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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

Date un baño de otoño en el bosque más viejo de Ordesa

Celebremos la llegada del otoño por todo lo alto. A más de 1.300 metros de altitud y caminando por uno de los bosques más viejos de los Pirineos, el abetal de Turieto, una venerable selva atrincherada bajo las inmensas moles calizas de Las Cutas, en el corazón del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido.

El próximo año se celebrará el primer centenario de la declaración de este espacio como primer espacio natural protegido de España, junto con el de Covadonga, y desde entonces no se ha cortado ni un solo árbol en este bosque. Un siglo dejando a la naturaleza que siga su curso, un siglo de temporales y avalanchas pero también de primaveras gloriosas y nacimiento de millones de prometedores retoños. A la espera de un próximo programa oficial de conmemoraciones, el mejor homenaje que podemos hacerle a este paraíso es recorrerlo pausadamente.

Gracias a una invitación especial del Gobierno de Aragón he tenido estos días la extraordinaria oportunidad de darme un relajante baño en este bosque de ensueño, un baño tranquilo, parándome a disfrutar del silencio, a contemplar una seta o un escarabajo de esos que pacientemente van convirtiendo la madera muerta en suelo fértil, siguiendo el vuelo nervioso de los herrerillos capuchinos y oliendo el musgo que cubre con un manto de verde intenso rocas y troncos.

Ordesa es la joya de la corona aragonesa. Una de sus principales señas de identidad, pero ante todo un fenomenal recurso turístico, hasta el punto de ser el segundo lugar más visitado de la comunidad después de la basílica de El Pilar. 600.000 visitantes lo disfrutamos cada año, ahí es nada. Y con nuestra presencia logramos mantener una economía alternativa capaz de frenar en parte la terrible despoblación que desangra a estas montañas donde los pueblos se van quedando cada día más vacíos, sin risas de niños ni kikirikis de gallos.

Las grandes montañas dan la personalidad al espacio (Cilindro de Marboré, Monte Perdido, Mondarruego, Tobacor, Cotatuero) pero son los bosques quienes le dan sentimiento. Y por ello, con toda la delicadeza que las botas me lo permiten, empiezo a caminar por la senda cohibido, algo avergonzado pues me siento intruso en ese paraíso de tranquilidad reservado para un mundo silencioso que desgraciadamente no tiene nada que ver con el mío.

Nos adentramos por el camino por donde antaño subían caminando o en burro las gentes de Torla para llegar a las praderas, campos y casas de Ordesa. Hasta hace dos años estaba prohibido caminar por aquí. Era una “Zona de Reserva” donde se había detectado la presencia de los últimos ejemplares de bucardo, la subespecie pirenaica de la cabra montés (Capra pyrenaica pyrenaica) . Pero ahora que se han extinguido el camino se ha reabierto. Qué pena. En 1999 murió el último macho. Y la última hembra, “Laña”, fue encontrada muerta en enero de 2000 debajo de un árbol caído.

Hoyamos pues el viejo bosque sabiendo que nunca más podremos ver triscando por ahí a estas hermosas cabras. Nos adentramos en la espesura de una fresca ladera orientada al norte donde el sol no es bien recibido, húmeda por influencia del río Arazas cuyo murmullo lejano nos acompaña. Y la primera sorpresa nos la da el bosque. Puro caos vegetal con árboles arrancados de cuajo o partidos por la mitad, ramas rotas amontonadas en el suelo, ejemplares secos por todas partes.

¿Qué ha pasado? Pues pasa que durante el último siglo el bosque ha ido evolucionando de forma natural, a su bola, dejándose llevar por el ciclo de la vida, los vendavales, la nieve, las sequías y las tormentas. Nadie ha retirado una sola rama. El trabajo de destrucción de la madera muerta se ha dejado a los insectos, hongos y bacterias.

Al verlo así, “desordenadamente ordenado“, como lo glosaba el inolvidable Félix Rodríguez de la Fuente, muchos piensan que el monte está sucio o abandonado. Craso error. El monte está natural. No nos necesita para nada. Tiene sus propios métodos (los mejores) y sus propios tiempos.

Éste es un bosque musgoso donde las viejas hayas (Fagus sylvatica) se entremezclan con los abetos blancos (Abies alba) y los pinos silvestres (Pinus sylvestris), pero dejando sitio para arces (Acer platinoides), abedules (Betula pendula), chopos temblones aquí llamados tremoletas (Populus tremula), fresnos (Fraxinus excelsior), avellanos (Corylus avellana) bojes (Buxus sempervirens) o serbales (Sorbus aucuparia). También encontramos joyas botánicas tan sorprendentes como la increíble Oreja de oso (Ramonda myconi), medicinal y de distribución relicta de la Era Terciaria. Y las marcas inconfundibles del picamaderos negro (Dryocopus martius), horadador de agujeros en los troncos por donde acabarán entrando a consumir la madera muerta insectos de espectacular coloración pero muy amenazados como la Rosalia alpina o el Carabus splendens

Este bosque maduro, casi anciano, es además un estupendo laboratorio natural donde se están desarrollando importantes estudios científicos. Como el que está desarrollando el Gobierno de Aragón utilizando las últimas tecnologías, entre ellas el uso de drones que han ayudado a realizar estudio fotogravimétrico con el que ha sido posible obtener modelos en 3D. También se ha estudiado su biodiversidad con el objeto de dejar constancia de su estado actual, para que en próximo años se pueda repetir la experiencia, generando así un “timelapse” que en un futuro ayudará a los gestores de los espacios naturales protegidos y de las masas forestales a comprender los procesos que de forma natural se dan en ellas.

Pero toda esta información se desvanece cuando te adentras silencioso en el venerable bosque. Poco a poco los ocres y rojizos conquistan la paleta de colores de esa artista única que llamamos Madre Naturaleza, las hojas empiezan a amarillear, tapizan el suelo, vuelan pesadas. Aguzas el oído para escuchar tus pisadas y la respiración pausada. Abres mucho los ojos para no perderte ni un solo detalle de esa penumbra. Aspiras profundo para oler esa mezcla de vida y muerte, de taninos y pudriciones. Tocas con delicadeza un trozo de tronco muerto que cual pergamino centenario se deshace entre las manos, se hace tierra. Tus dedos saben a tierra y a hongos. Te sientas en un viejo tocón y, en ese preciso instante, todo el planeta cabe en un metro de ese bosque mágico.

Muchas gracias a Miguel Ángel Mainar, Eduardo Viñuales y Carlos G. Vallecillo por la compañía y a Manolo Montes, director del Parque Nacional, por todas las facilidades.

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