Dicen que la adolescencia es la etapa en que uno deja de hacer preguntas y empieza a dudar de las respuestas

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De fin de curso… a Mallorca

Ya está en marcha el viaje de fin de curso, ese que mi hijo pequeño lleva esperando desde que comenzaron las clases en septiembre, o tal vez antes. Han sido meses de rifas, venta de papeletas, fiestas y competiciones deportivas para conseguir fondos. Meses de planes, de visitas a agencias de viajes, de conversaciones con los que ya han estado. Una vez descontado lo que han logrado recaudar y con el viaje ya reservado -a la espera de las notas finales-, todos sus planes giran en torno a Mallorca. Y eso que aún quedan dos meses para ir.

Ya sé que ni la catedral ni el casco antiguo de Palma van a ser el centro de atención de ese viaje. Él sólo piensa en playas y discotecas, en disfrutar de esa gran aventura con los amigos, salir de noche y dormir de día, conocer a un montón de tías buenas, ligar todo lo que pueda…

En los últimos días no deja de hablar de la marcha, el ambientazo y las discotecas mallorquines -esas cosas que corren de boca en boca entre los que ya han estado en la isla antes que él-. Su hermano, que ya hizo un viaje similar, es uno de los que no dejan de calentar el ambiente. Y claro, con tanta juerga, tanta gogó, tanto DJ y tantas suecas en la cabeza no piensa en otra cosa que en las cálidas noches mallorquinas. De hecho, anoche le escuché mientras hablaba en pleno sueño del Tito’s, una conocida discoteca de Palma.

Sólo espero que a ninguno del grupo le de la vena exhibicionista como al estudiante holandés al que se le ocurrió mostrar su pene ante el Taj Mahal mientras un amigo grababa la escena. Ya se sabe que en grupo son todos más divertidos, más gamberros y más gallitos que nadie, y por un minuto de gloria en YouTube algunos son capaces de casi cualquier cosa.

A todos les dejan… menos a mi

Esta frase es uno de los grandes argumentos de mi hijo pequeño para intentar convencerme de que le deje hacer algo. La utiliza para pedir cualquier cosa: quedarse por ahí hasta más tarde, ir a dormir a casa de un amigo, a la casa del pueblo de los padres de no sé quién, a la fiesta que organizan los amigos del campamento y, últimamente, para que le deje ir al viaje de fin de curso que ya están planificando.

Es agotador. No se cansa nunca de repetir lo mismo. “Es que les dejan a todos, te lo juro, llama si quieres a sus padres…”, insiste una y otra vez pese a que ya le he explicado mil veces, o más, que no va a conseguir nada insistiendo, que no voy a llamar a nadie para comprobarlo y que hará las cosas cuando pueda o deba hacerlas, no antes.

Entonces pasa a la táctica de compararse con su hermano: “A él a mi edad ya le dejabais salir hasta más tarde”, “Él podía dormir con sus amigos siempre que quería, pregúntale, ya verás”, “Él hacía esto, él hacía lo otro…”.

También le he explicado hasta la saciedad que todas las situaciones no son comparables, y que, además, no sirve acordarse de lo que su hermano hacía en tal o cual curso cuando uno nació a primeros de año y otro a finales y la diferencia es de casi un año… Pero le da igual, sigue en sus trece y vuelve a insistir. Creo que alguna vez utilicé esas mismas frases a su edad, pero no recuerdo haberme puesto nunca tan pesada.