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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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Matamos 100.000 albatros al año

Dicen los viejos marineros que matar a un albatros trae mala suerte, pues son la reencarnación de las almas de otros marineros ahogados en alta mar, pero que verlos volar es siempre un signo de buen augurio.

Mejor dicho lo pensaban antes, porque ahora los matan a miles, más de 100.000 al año.

No con ballesta, ni con fusil, sino con criminales palangres; hasta 130 kilómetros de líneas de anzuelos en un solo barco, hasta mil millones de anzuelos cebados con pescado, donde además de atunes y peces espada caen víctimas inocentes de nuestra rapiña todo tipo de aves marinas.

Todos tenemos un animal fetiche, blanco de nuestra admiración. Para algunos son las águilas, para otros los lobos, pero para mí son los albatros. No lo supe hasta que no vi mi primero en una colonia de Albatros ondulado (Phoebastria irrorata) en las Islas Galápagos. Un gigantesco pájaro con casi tres metros y medio de envergadura alar y hasta 10 kilos de peso. Las aves voladoras más grandes del mundo, pero también las más delicadas. Cuando macho y hembra se encuentran, juntos bailan una danza primitiva donde sus gigantescas cabezas se mueven con la gracilidad de una bailarina. Es su saludo tras haber recorrido más de 1.000 kilómetros en busca de alimento para su pollo, un gigantesco bolón de blanco algodón rematado por un pico del tamaño de un zapato de jugador de la NBA.

Pero el momento más mágico fue verlos volar. Tras su baile de despedida, el adulto relevado en el nido inició una torpe marcha hacia los cercanos acantilados. Abrió las descomunales alas pero no voló. Comenzó a flotar ingrávido en el aire, a escasos centímetros del mar, sin esfuerzo alguno, formando un todo con las olas, tan onduladas como sus alas. Y lloré de emoción.

Animales tan longevos como el hombre, pueden llegar a vivir hasta 60 e incluso 90 años. Decididamente monógamos, mantienen una única pareja durante toda su vida, y sólo tienen un polluelo a la vez, que tardan más de medio año en sacar adelante. Su asombrosa capacidad de volar sobre las olas sin mover apenas las alas les permite recorrer distancias increíbles, hasta el punto de que algunos han sido registrados dando la vuelta al mundo en tan sólo 46 días, la mitad del tiempo empleado por el julioverniano Phileas Fog.

Pero para nuestra insaciable máquina mundial de consumo estos animales no son importantes. Los matamos a miles, y lo justificamos como accidentes inevitables. Son simples daños colaterales. De hecho, desenganchados del palangre, sus cadáveres son luego arrojados al mar sin contemplaciones ni miedo a las maldiciones marineras. La mala suerte es para las aves, siempre para ellas. Por eso todas las especies de albatros son de preocupación mundial, y el 86% de ellas (19 especies de las 22 conocidas) se encuentran en peligro de extinción.

Los albatros han sobrevivido en el duro ambiente marino durante los últimos 50 millones de años, más de 100 veces lo que lleva recorrido nuestra especie. Pero están tocando fondo. El próximo día en que tenga la suerte de ver otra vez a un albatros en el mar estoy seguro: volveré a llorar.

En Bird Life llevan años tratando de poner fin a esta injustificada matanza “accidental”, pero lo tienen muy difícil.

Os incluyo a continuación un terrible vídeo donde se comprueba la impresionante belleza de estas aves y su ignominiosa muerte en los palangres. ¿Lograremos algún día acabar con este horror? Me temo que antes acabaremos con los albatros.


Salvados del volcán

En un mundo deshumanizado lleno de malas noticias también hay sitio para las buenas iniciativas. La última nos llega desde Japón. Allí hay una isla amenazada por los volcanes llamada Torishima, y en la zona de mayor peligro de erupciones subsiste la única colonia conocida del muy amenazado albatros colicorto (Phoebastria albatrus), apenas 80 parejas en el mundo. Tratando de evitar una extinción inminente, varias asociaciones conservacionistas japonesas y norteamericanas se han unido para emprender una arriesgada solución: crear una nueva colonia en otro lugar más seguro.

La nueva zona elegida es el islote Mukojima, perteneciente a las islas Bonin. Un territorio no volcánico situado a 350 kilómetros de distancia, gestionado por la metrópolis de Tokio, donde la especie crió hasta 1920.

¿Y cómo se hace para mover una colonia de sitio? Pues trasladando sus pollos a nuevos lugares, que para ellos serán el lugar de nacimiento y a donde se espera volverán a criar dentro de cinco años, una vez alcancen la madurez sexual. Es lo que se conoce por hatching, un engaño científicamente probado en numerosas especies de aves a partir de su fidelidad al lugar de sus primeros vuelos.

De esta manera, una decena de crías de estas formidables aves marinas han sido sacadas esta semana de sus nidos por expertos escaladores y transportadas en helicóptero a su nuevo hogar. Todavía les faltan tres meses de desarrollo para emanciparse, pero desgraciadamente sus padres no les podrán seguir alimentando en tan remoto sitio. En su lugar, un grupo de voluntarios harán de padres adoptivos, encargándose de la difícil tarea de darles de comer diariamente.

¿Tendrán éxito? Todos confiamos en ello, aunque como ha indicado Ben Sullivan, coordinador del programa mundial de aves marinas de BirdLife International, uno de los padrinos de la iniciativa, “aunque su número aumente, incluso una pequeña mortalidad debida al palangre podría obstaculizar su regreso”.

Tiene razón. Igual en el Pacífico que en el Mediterráneo los peligros para la vida natural son demasiados. Por nuestra culpa, auténticos volcanes de dos patas.