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¿Las palomas pueden transmitir enfermedades? Sí, como cualquier otro animal (sobre todo los humanos) (II)

Recientemente un amigo sostenía que Paul McCartney no es un buen guitarrista. Hey, ni siquiera está en la lista del Top 100 de Rolling Stone, en la que sí aparecen sus excompañeros George Harrison (en el puesto 11) y John Lennon (55).

Mi respuesta era: McCartney no es un buen guitarrista, ¿comparado con quién? La lista de Rolling Stone, incluso suponiéndole un valor rigurosamente objetivo (que no es así), solo muestra que en el mundo han existido al menos 100 guitarristas mejores que el exBeatle. ¿Cuántos millones de guitarristas son peores que él? Descalificar a McCartney desde la posición de un aficionado es como mínimo presuntuoso, pero sobre todo es perder de vista la perspectiva del contexto: ya quisieran muchas bandas en el mundo, incluso entre quienes le critican, tener un guitarrista como Paul McCartney.

¿Y qué diablos tiene que ver Paul McCartney con las palomas y las zoonosis (enfermedades transmitidas de animales a humanos)?, tal vez se pregunten. Para valorar con la adecuada perspectiva la destreza de McCartney con la guitarra, o el riesgo de transmisión de enfermedades de las palomas, es esencial situar el objeto de valoración en su contexto: ¿comparado con qué? Sí, las palomas pueden transmitir enfermedades a los humanos, y de hecho sucede. Pero ¿cuál es el riesgo real? ¿Con qué frecuencia ocurre?

Imagen de Craig Cloutier / Flickr / CC.

Imagen de Craig Cloutier / Flickr / CC.

Regresemos al estudio de la Universidad de Basilea que cité ayer. Los autores peinaron los datos y tienen la respuesta: entre 1941 y 2003, el total de casos documentados de contagios humanos causados por palomas fue de… 176. En 62 años, 176 casos. ¿Saben cuántas personas mueren en accidente de tráfico solo en un año, concretamente en 2013, el último dato publicado por la Organización Mundial de la Salud? 1.250.000. Incluso suponiendo que los 176 casos de contagios por palomas hubieran terminado en muerte, que ni mucho menos es así, podríamos estimar que en un año mueren más de 446.000 veces más personas en la carretera que por causa de las palomas. Lo cual nos sugiere que deberíamos estar 446.000 veces más preocupados por el riesgo para nuestra salud de los coches que de las palomas.

De esos 60 patógenos que las palomas podrían transmitirnos, solo hay casos documentados de transmisión a humanos para siete de ellos. Ninguno de ellos, ninguno, de Campylobacter (esa bacteria presente en más de dos tercios de las palomas madrileñas analizadas en aquel alarmista alarmante estudio que comenté ayer). La mayoría de ellos, de Chlamydia psittaci y Cryptococcus neoformans. Los autores del estudio suizo concluían: “aunque las palomas domésticas suponen un riesgo esporádico para la salud humana, el riesgo es muy bajo, incluso para los humanos implicados en ocupaciones que les ponen en contacto estrecho con los lugares de anidación”.

Pero volvamos a los resultados del estudio sobre las palomas madrileñas. Aparte de en esta especie, ¿dónde más podemos encontrar la Chlamydia psittaci y la Campylobacter jejuni? Respecto a la primera, y aunque la psitacosis se conoce como enfermedad de los loros por su primera descripción en estos animales, lo cierto es que es muy común en las aves: según una revisión de 2009 escrita por investigadores belgas, se ha descrito en 465 especies. Y entre ellas, ya podrán imaginar que se encuentra el ave más directamente relacionada con los hábitos de consumo de infinidad de humanos: el pollo, o la gallina.

Por ejemplo, un estudio de 2014 en granjas belgas descubría que en 18 de 19 instalaciones analizadas estaba presente la bacteria de la psitacosis; o mejor dicho bacterias, ya que recientemente se han descubierto otras especies relacionadas que también causan la enfermedad. Periódicamente las investigaciones, como una llevada a cabo en 2015 en Francia, descubren que la enfermedad ha saltado de los pollos a los trabajadores de las granjas. Por suerte, la psitacosis se cura con antibióticos. Y aunque la transmisión de persona a persona es posible, es muy rara. También los pavos pueden ser una fuente de contagio: los autores de la revisión de 2009 citaban que esta bacteria es endémica en las granjas belgas de pavos, y que por tanto lo es probablemente también en muchos otros países.

Pero también Campylobacter jejuni, el otro microbio detectado en las palomas madrileñas y que puede provocar diarreas en los humanos, se cría muy a gusto en las granjas aviares. En 2017, un estudio de las muestras fecales en instalaciones holandesas encontró una prevalencia de esta bacteria del 97% en las granjas de gallinas ponedoras, y del 93% en las que criaban pollos para carne. Los autores comprobaron que en más de la cuarta parte de los casos los microbios se expanden al suelo y las aguas circundantes, y citaban el dato de que el 66% de los casos de campilobacteriosis en humanos se originan en los pollos, seguidos por un 21% causados por el ganado. Las palomas no aparecen como fuente de ningún contagio.

Claro que, con todo lo anterior, habrá alguien tentado de concluir que las palomas en concreto, pero también las aves en sentido más amplio, son “ratas con alas”. Pues bien, y aunque la mayoría de los casos de campilobacteriosis registrados proceden de los pollos, en realidad no son estos animales la mayor fuente posible de contagio de estas bacterias: una nueva revisión publicada precisamente hace unos días nos recuerda que “las especies de Campylobacter pueden aislarse comúnmente en las muestras fecales recogidas de perros y gatos”.

Es decir, que la bacteria cuya presencia en las palomas fue tan cacareada (¿o gorjeada?) por aquel estudio en Madrid es muy común en los perros y los gatos; quien lleve a su perro al parque mirando con recelo a las palomas, debería saber que posiblemente su propio animal sea portador de esta bacteria. Claro que, como vengo insistiendo, el riesgo de contagio en cualquier caso es realmente bajo. Sin embargo, es oportuno citar al autor de la nueva revisión: “el contacto con perros y gatos es un factor reconocido de campilobacteriosis humana, y por tanto las personas que viven o trabajan en estrecho contacto con perros y gatos deberían ser advertidas de los organismos zoonóticos que estos animales pueden liberar”.

De hecho, Campylobacter no es ni mucho menos el único patógeno peligroso que puede encontrarse en los animales de compañía más populares. Si decíamos ayer que las palomas pueden transmitir 60 enfermedades a los humanos, el Centro para el Control de Enfermedades de EEUU (CDC) enumera 41 organismos patógenos que los perros y los gatos podrían contagiar a las personas, incluyendo bacterias, virus, hongos y parásitos, pero aclarando que se trata de una lista selectiva, no exhaustiva.

Ahora, y por si hubiera alguien inclinado a pensar que las palomas, las aves en sentido más amplio y los animales de compañía son “ratas con alas o patas”, cabe añadir que tampoco los animales de casa son la única posible fuente de contagio. Hoy es raro el colegio que no lleva a sus alumnos de visita a alguna granja-escuela. Pues bien, en 2007 una revisión en Reino Unido recopilaba numerosos casos de brotes de enfermedades causados por las excursiones a estos recintos, y descubría que muchas zoonosis comunes están presentes también en las granjas-escuelas.

Con todo esto no se trata ni mucho menos de alarmar sobre ningún riesgo de contagio por el contacto con los animales, sino todo lo contrario, de explicar que el peligro real de contraer una enfermedad por causa de las palomas es similar al causado por cualquier otro animal de los que conviven con nosotros, y que en cualquier caso el riesgo es muy bajo, siempre que se respeten las medidas higiénicas recomendables como lavarse las manos.

Pero conviene recordar que incluso para los animales de compañía estrictamente sometidos a control veterinario, como es obligado, algunos expertos apuntan que el lametón de un perro puede llevar a nuestros tejidos vivos, como heridas, ojos o mucosas, microbios patógenos que su lengua o su hocico hayan recogido antes de otros lugares poco deseables: “los perros se pasan media vida metiendo la nariz en rincones sucios y olisqueando excrementos, por lo que sus hocicos están llenos de bacterias, virus y gérmenes”, decía el virólogo de la Universidad Queen Mary de Londres John Oxford.

Imagen de Max Pixel.

Imagen de Max Pixel.

Claro que, por si hay algún nihilista dispuesto a asegurar que las palomas, las aves en sentido más amplio, los animales de compañía y todos los animales en general son “ratas con alas o patas”, es imprescindible aclarar que la principal fuente de contagio de enfermedades infecciosas en los humanos no es otra que los propios humanos. Estas infecciones se transmiten comúnmente entre nosotros por vías como los aerosoles de la respiración o el contacto con superficies contaminadas, pero no olvidemos que también “las mordeduras humanas tienen tasas de infección más altas que otros tipos de heridas” debido a que “la saliva humana contiene hasta 50 especies de bacterias”, según recordaba una revisión de 2009.

¿Somos las palomas, las aves en sentido más amplio, los animales de compañía, todos los animales en general y los humanos en concreto “ratas con alas, patas o piernas”? Sería bastante injusto para las ratas; recupero lo que conté en este blog hace cuatro años a propósito de un estudio que analizó la presencia de patógenos en las ratas neoyorquinas:

Catorce de las ratas estudiadas, más o menos un 10% del total, estaban completamente libres de polvo y paja. Un 23% de los animales no tenían ningún virus, y un 31% estaban libres de patógenos bacterianos. De hecho, entre todas las situaciones posibles que combinan el número de virus con el número de bacterias, la de cero virus y cero bacterias resulta ser la más prevalente, la de mayor porcentaje que el resto. Solo 10 ratas estaban infectadas con más de dos bacterias, y ninguna de las 133 con más de cuatro. Solo 53 ratas tenían más de dos virus, y solo 13 más de cinco. Teniendo en cuenta que, sobre todo en esta época del año, no hay humano que se libre de una gripe (influenza) o un resfriado (rinovirus), y sumando las ocasionales calenturas y otros herpes, algún papiloma y hepatitis, además del Epstein-Barr que casi todos llevamos o hemos llevado encima (y sin contar bacteriófagos, retrovirus endógenos y otros), parece que después de todo no estamos mucho más limpios que las ratas.

Resulta que finalmente ni siquiera las ratas son “ratas con patas”. Y como también conté aquí, estos roedores muestran en los estudios de laboratorio una capacidad para la empatía con los miembros de su propia especie que en ocasiones nos falta a los humanos. Pero si hay por ahí especies con habilidades sorprendentes, entre ellas están también las palomas: antes de mirarlas con desdén, sepan que estos animales son capaces de distinguir la música de Bach de la de Stravinsky. ¿Cuántos humanos pueden hacer lo mismo?

Las ratas vuelven a demostrar que son buenas personas

Ratas y humanos hemos estado juntos durante tiempos inmemoriales, y seguiremos estándolo. No son palabras de un humano, sino de una rata. Una de ficción, claro: Remy, el protagonista de Ratatouille. El DVD de la película de Disney Pixar incluye un corto titulado Tu amiga la rata, en el que Remy y su hermano Emile exponen un alegato para redimir a las ratas de su clásico sambenito de alimañas indeseables, contando al mismo tiempo la historia de la tensa y larga relación entre sus especies y la nuestra. Divertido y divulgativo; si están en edad de criar y tienen el DVD en casa, no se lo pierdan.

Póster del corto 'Tu amiga la rata'. Imagen de Disney Pixar.

Póster del corto ‘Tu amiga la rata’. Imagen de Disney Pixar.

Lo cierto es que las ratas no suelen ganar el premio a la simpatía entre los de nuestra especie. Casi es innecesario enumerar los motivos, pero es evidente que son los animales menos apreciados de entre toda la fauna urbana, al menos de la visible. Si las palomas invaden un parque, se les da pan. Si son las ratas, se les da veneno. Es probable que una buena parte de la infamia de estos roedores proceda de la peste negra del siglo XIV; aunque, como bien explican Remy y Emile, no fueron ellas, sino sus pulgas, quienes transmitieron el agente de la enfermedad. Y según añadía en un artículo la antropóloga Birgitta Edelman, “la información de que los perros y los gatos pueden portar estas pulgas infestadas, y de que los gatos pueden llevar ellos mismos la bacteria, se ha extendido mucho más lentamente entre el público”.

De hecho, un estudio que comenté aquí el año pasado mostraba que las ratas de Nueva York están más limpias de lo que cabría suponer. De 133 ejemplares capturados y analizados, uno de cada diez estaba completamente libre de patógenos, y casi un tercio no llevaba ninguna bacteria peligrosa. Lo cual no implica que sea sensato acariciar a cualquier rata que uno se encuentre en su ciudad; en la última secuencia del corto de Pixar, corre por la pantalla una advertencia sobre el peligro de interactuar con estos animales, que Emile intenta censurar apartándolo de la pantalla y arrojándose de panza sobre las líneas de texto.

Tampoco es necesario mencionar que gran parte de la medicina actual no existiría sin la contribución forzosa de estos sufridos animales que han servido como modelos de experimentación mayoritarios junto con sus primos más pequeños, los ratones. Por desgracia, aún no hemos desarrollado la tecnología suficiente como para prescindir de los animales de laboratorio. Y en contra de lo que algunos creen, aún estamos muy lejos de ello.

Un clásico en la experimentación con ratas es el laberinto. El aprendizaje, la memoria y las funciones cognitivas nos han revelado sus secretos gracias a la enorme habilidad de las ratas resolviendo intrincadas redes de pasadizos, una capacidad entrenada a fuerza de evolución en un animal acostumbrado a reptar por madrigueras subterráneas. Pero en los últimos años, el estudio más detallado del comportamiento de las ratas ha permitido descubrir un insospechado rasgo de su conducta.

Hace poco más de un par de semanas resumí aquí los experimentos anteriores que han desvelado los comportamientos prosociales de las ratas. Hoy cuento otro nuevo. Investigadores del Centro Champalimaud para lo Desconocido (un instituto biomédico en Lisboa), dirigidos por Cristina Márquez y Marta Moita, prepararon un dispositivo en el que una rata podía elegir entre dos compuertas: o bien una que solo le ofrecía comida a ella misma, u otra que dispensaba alimento tanto a ella como a una compañera. Es decir, la rata encargada de la elección obtenía una recompensa idéntica en cualquiera de los dos casos.

El resultado del experimento, publicado en la revista Current Biology, es contundente: en el 70% de los casos, las ratas eligen la opción prosocial, es decir, la que también beneficia a su compañera. De los 15 animales que han participado en el ensayo, curiosamente solo uno se ha empecinado en escoger una y otra vez la opción egoísta. Los datos están en consonancia con experimentos previos, por lo que no resultan del todo sorprendentes. Quizá lo más novedoso en este caso es que las ratas puestas a prueba solo se decantan por la elección del mutuo beneficio cuando el segundo animal, el que espera al otro lado, señala específicamente cuál de las dos compuertas prefiere que su compañera abra. Según los científicos, una equivalencia podemos encontrarla en el comportamiento humano: si no pides ayuda, el otro no sabe que la necesitas.

Los investigadores añadieron una variación más, en la que se entrenaba a la segunda rata para señalar una de las compuertas pero en la que la apertura de cualquiera de las dos dispensaba comida a ambas. Y en este caso, la primera rata abría una u otra indistintamente; es decir, que no estaba condicionada por la preferencia de su compañera, sino que solo actuaba guiada por el propósito de que ambas obtuvieran la comida.

Regresando al corto de Pixar, es evidente que nuestro sesgo antropomórfico debe quedar confinado a los dibujos animados. La tarea de etólogos y psicobiólogos es definir, explicar y poner nombre a estos comportamientos. Los autores del estudio lo describen como comportamiento prosocial, a diferencia del altruismo, en el que el bien ajeno se busca incluso a costa del propio (por ejemplo, cuando alguien dona un riñón en vida). Pero otros experimentos anteriores con ratas en los que, a diferencia de este caso, se introducían condiciones de estrés, han demostrado que estos animales también son capaces de ayudar a otros superando su reacción fisiológica normal de miedo, que es quedarse paralizados y no actuar. Dado que una respuesta activa en estos casos equivale a despreciar un posible riesgo, algunos verían aquí algo parecido al altruismo.

En cualquier caso, y nombres aparte, lo que queda claro es que Remy y Emile tienen razón: deberíamos evitar que el nombre común de su especie designe lo peor del ser humano, cuando estos animales nos están demostrando una y otra vez que poseen alguno de esos rasgos que tradicionalmente hemos asociado a lo que hace a alguien digno de llamarse persona.

A ver si aprendemos empatía de las ratas

No es mi estilo ir hisopando moralina por el mundo, pero es difícil ignorar las lecciones que últimamente nos vienen dando ciertos animalitos tradicionalmente desdeñados por nuestra especie. Cuando equiparamos a las personas tacañas o despreciables con las ratas, el diccionario está de acuerdo, pero no la realidad: varios experimentos de comportamiento animal nos están demostrando que las ratas son mejores personas que las personas.

Dos ratas albinas en una jaula. Imagen de Nobuya Sato / Animal Cognition.

Dos ratas albinas en una jaula. Imagen de Nobuya Sato / Animal Cognition.

El hecho de que muchos animales responden a las emociones de otros no es una sorpresa. Pero sí lo es, desde hace unos años, el grado en el que algunos pueden llegar a mostrar comportamientos que antes creíamos reservados al ser humano y otros primates. En 2011, un estudio publicado en Science revelaba que a las ratas les importaba el sufrimiento de sus congéneres: cuando se situaba a un animal libre junto a otro encerrado, el primero liberaba al segundo una vez que aprendía a accionar el mecanismo. En cambio, cuando el recinto cerrado estaba vacío o contenía un objeto, las ratas no lo abrían. Es más; si junto al animal preso se situaba otra celda idéntica con chocolate, el roedor libre también ayudaba a su compañero, y luego entre ambos se repartían la comida.

Experimentos anteriores ya habían descubierto que las ratas eran capaces de contagiarse las emociones. Es decir, que un animal adopta reacciones de miedo o dolor cuando observa a otro sufriendo. Pero para los investigadores de la Universidad de Chicago (EE. UU.), dirigidos por la neurobióloga Peggy Mason, fue toda una sorpresa descubrir esta conducta de ayuda, ya que conlleva la necesidad de que las ratas superen su respuesta natural de quedarse paralizadas. Estamos acostumbrados a pensar que el instinto de conservación prima en el comportamiento de los animales; pero en este caso, la rata ignora las posibles consecuencias de sus actos cuando acude a socorrer a su congénere, actuando de manera diferente a como lo haría en una situación de peligro.

Con todo, los científicos reconocían que sus experimentos no permitían desentrañar en profundidad las motivaciones de las ratas. Desde nuestra tendencia a antropomorfizar a los animales y sus comportamientos, es inmediato emplear palabras como empatía, altruismo o compasión. Pero fuera del mundo de los dibujos animados, los científicos buscan una explicación fisiológica a esta conducta. Podría ser, arguyen, que el gesto de auxilio sea una manera de aliviar la propia angustia que el animal sufre debido a su contagio emocional, y que tal vez exista un mecanismo mediado por feromonas. Pero los investigadores tampoco descartan la posibilidad de que haya una verdadera motivación de ayudar. O quizá sea una mezcla de ambas cosas.

Para seguir indagando en esta conducta de las ratas y en sus motivaciones, Mason y sus colaboradores ampliaron sus experimentos con el fin de esclarecer qué tipo de vínculos son capaces de desencadenar la respuesta de ayuda. Según un estudio publicado en enero de 2014 en la revista eLife, los roedores socorren tanto a los compañeros de jaula como a los extraños, pero, en principio, siempre que sean de la misma cepa. Las ratas de laboratorio se diferencian de las salvajes en que pertenecen a líneas puras, obtenidas por cruces sucesivos a lo largo del tiempo hasta que se establece lo que se conoce como un background o fondo genético conocido y controlado. Dos cepas distintas pueden tener aspecto diferente; por ejemplo, en el experimento se emplearon ratas albinas y otras blancas y negras.

Las investigadoras de la Universidad de Chicago Peggy Mason (derecha) e Inbal Bartal observan a una rata que se dispone a liberar a otra. Imagen de Kevin Jiang.

Las investigadoras de la Universidad de Chicago Peggy Mason (derecha) e Inbal Bartal observan a una rata que se dispone a liberar a otra. Imagen de Kevin Jiang.

Pero aún más sorprendente es que, incluso cuando se trata de extraños de otra cepa diferente, la ayuda también aparece si esas ratas de distinta raza previamente han compartido jaula. Y cuando esto ocurre, los roedores también prestarán auxilio a otros extraños de la cepa con la que previamente se han familiarizado. En cambio, las ratas criadas desde pequeñas con miembros de otra cepa diferente de la suya no asistirán a los de su propia línea, a menos que se les haya habituado antes. Con todo esto, los investigadores concluían que el comportamiento prosocial no depende de la identidad genética, sino de la familiaridad social.

Con ocasión del nuevo estudio, la propia Mason no pudo evitar hacer una extrapolación de sus resultados: “La exposición y la interacción con distintos tipos de individuos las motiva para actuar bien con otras que pueden o no parecerse a ellas. Pienso que estos resultados tienen mucho que decir sobre la sociedad humana”. Como conclusión de sus experimentos, Mason sospecha que la motivación de las ratas no es otra que “una versión de la empatía en roedores”.

Ahora, otro nuevo experimento viene a reforzar las conclusiones de Mason. En este caso, investigadores de la Universidad Kwansei Gakuin de Japón han sometido a las ratas a un entorno de estrés: una piscina. Los científicos construyeron un recinto con dos compartimentos, uno seco y otro con un cierto volumen de agua que obligaba a los roedores a nadar. Al situar a un animal en cada uno de los dos habitáculos, los investigadores han descubierto que la rata en tierra seca abre la compuerta para permitir que su compañera escape del agua, y que el auxilio es más rápido cuando el propio roedor salvavidas ha sufrido antes la experiencia de la piscina en sus propias carnes. En cambio, la rata no abre la compuerta si no existe otro animal en peligro.

En otro experimento, el recinto contenía tres habitáculos; a un lado, la piscina; en el centro, el recinto seco; y en el extremo contrario, un compartimento con chocolate, accesible por una compuerta idéntica a la que conducía a la piscina. En la mayoría de los casos, escriben los investigadores en su estudio publicado en Animal Cognition, la rata elige socorrer a su compañera antes que acceder a la comida. Para el director del estudio, Nobuya Sato, sus resultados “sugieren que las ratas pueden mostrar un comportamiento prosocial, y que las ratas que ayudan pueden estar motivadas por sentimientos similares a la empatía hacia sus compañeros en apuros”.

Después de todo lo anterior, y como comparación ilustrativa, no puedo evitar terminar con este vídeo. No tiene nada que ver con las ratas, pero sí mucho con la humanidad de los humanos. Se trata de un experimento social en el que se colocó en la calle a un chico en camiseta, aterido de frío en pleno invierno neoyorquino a -15 grados centígrados. Si quieren saber qué sucedió, no se pierdan la grabación completa. Verdaderamente, en algún momento de nuestro proceso evolutivo hemos perdido la compasión, la empatía y la solidaridad que distinguen a las ratas de nosotros, y no al revés.

Las ratas de Nueva York no están tan sucias (fiebre hemorrágica aparte)

Cápsidas icosahédricas de adenovirus al microscopio electrónico. Imagen de GrahamColm / Wikipedia.

Cápsidas icosaédricas de adenovirus al microscopio electrónico. Imagen de GrahamColm / Wikipedia.

Ninguno estamos a salvo de morir a causa de un virus, pero un biólogo no puede dejar de maravillarse ante estas criaturas. Desde mis tiempos como estudiante siempre sentí una especie de malsana atracción por los parásitos, esos seres que han evolucionado en hostil armonía con sus hospedadores, a los que necesitan y hieren, pero a los que no pueden destruir (como especie, se entiende) so pena de eliminarse a sí mismos.

Y entre todos los parásitos es imposible no asombrarse ante los virus, esos minúsculos puñados cartesianos de moléculas ordenadas que son como kits mínimos de supervivencia capaces de invadir, hackear y rendir la resistencia de organismos millones de veces mayores que ellos, y contra los cuales toda nuestra tecnología aún no ha conseguido encontrar una penicilina, un arma universal. El virus de la viruela, por citar uno de los más viejos enemigos del ser humano, desapareció de la naturaleza sin que fuéramos capaces de encontrar una cura para la infección. Puedo imaginar el estupor del primer tipo que vio una perfecta cápsida poliédrica al microscopio electrónico, o del que observó por primera vez un fago lambda o un T4, esos virus de bacterias con aspecto de módulos lunares alienígenas.

Estructura del virus bacteriófago T4. Imagen de CUA.edu.

Estructura del virus bacteriófago T4. Imagen de CUA.edu.

Apartando el debate sobre si los virus son o no criaturas vivas, dejémoslo en que son los entes biológicos más abundantes del planeta. Nos rodean por todas partes (incluido nuestro interior): en 200 litros de agua de mar hay unos 5.000 genotipos virales, y en torno a un millón en un kilo de sedimento marino. Nadie sabe cuántos virus existen en la naturaleza. Una estimación del virólogo de la Universidad de Columbia Vincent Racaniello arrojaba un número superior a los 100 millones de virus, sin contar los que infectan a organismos unicelulares como bacterias y protozoos. Una cifra que suele manejarse es la de 10 elevado a 31, o 10 quintillones. Siempre hablando de estimaciones de servilleta de bar, los astrónomos calculan que en el universo existen unas 10 a la 24 estrellas; o sea, un cuatrillón. Esto implica que en la Tierra hay diez millones de virus por cada estrella del universo. Son unos cuantos. Y solo se conocen unos pocos miles.

Por eso no es raro que los virólogos cuenten sus criaturas por cientos, como los 600 que ha descubierto a lo largo de su carrera el investigador de la Escuela Mailman de Salud Pública de la Universidad de Columbia Ian Lipkin. Este científico fue uno de los coautores del trabajo que describió en 2011 el virus de Lloviu, ese pariente del ébola que mata a los murciélagos en cuevas de la Península Ibérica y Francia y cuyo efecto sobre los humanos aún es desconocido. Lipkin y un grupo de colaboradores acaban de publicar ahora un curioso estudio en la revista mBio de la Sociedad Estadounidense de Microbiología en el que se analiza la vida interior de las ratas de Nueva York. Es decir, qué microorganismos llevan consigo y por tanto pueden transmitir a los humanos.

Las ratas de Nueva York ya estaban de actualidad cuando la semana pasada las autoridades de la ciudad informaron de un aumento del 10% en las protestas relacionadas con estos roedores en solo un año, de 2012 a 2013. Estos animales se han convertido en un problema tan serio en la Gran Manzana que cuentan con su propia entrada en la Wikipedia, e incluso el Departamento de Salud e Higiene Mental de la ciudad ofrece en internet un Portal de Información de Ratas (en inglés R. I. P., humor ante todo), en el que cualquier neoyorquino puede comprobar la densidad de roedores en su calle.

Según cuenta Lipkin en una nota de prensa, la idea del nuevo estudio nació a raíz de sus conversaciones con el microbiólogo y premio Nobel Joshua Lederberg (ya fallecido), quien descubrió que las bacterias pueden pasarse genes como los niños de una guardería comparten microbios. Lipkin y Lederberg pensaron que las ratas eran un catálogo viviente de los microorganismos peligrosos que pululan por una ciudad, y que sería importante disponer de esta foto en caso de brote epidémico de alguna enfermedad infecciosa nueva.

Los investigadores recogieron un total de 133 ratas de la ciudad, con especial atención a las que vivían en edificios residenciales, y estudiaron los microbios que llevan de un lugar a otro. El resultado ha caído como noticia espeluznante entre los neoyorquinos, ya que, como no podía ser de otra manera, en las ratas se han encontrado un protozoo (Cryptosporidium parvum) y al menos ocho bacterias que causan enfermedades en humanos, incluyendo Bartonella, Salmonella, Clostridium difficile (responsable de las infecciones multirresistentes en los hospitales), Clostridium perfringens (el bicho de la gangrena), Yersinia enterocolitica (un primito intestinal de la peste) o Escherichia coli de las que te descomponen por dentro.

Ratas comiendo restos de comida en un parque de Nueva York. Imagen de Center for Infection and Immunity, Mailman School of Public Health, Columbia University.

Ratas comiendo restos de comida en un parque de Nueva York. Imagen de Center for Infection and Immunity, Mailman School of Public Health, Columbia University.

El capítulo que más revuelo ha levantado es el de los virus. En las ratas de Gotham, Lipkin y su equipo han hallado decenas de virus de todo tipo, incluyendo 18 hasta ahora desconocidos. Pero sobre todo, el descubrimiento más sorprendente y aterrador ha sido encontrar en ocho de las 133 ratas el Hantavirus de Seúl, que causa fiebre hemorrágica y que se detecta por primera vez en Nueva York. Según los investigadores, su genética revela que se trata de un emigrante reciente, pero la enfermedad ya ha causado problemas anteriormente en Maryland y Los Ángeles. Como virólogo, sin embargo, Lipkin, destaca otro hallazgo, y es el de dos virus emparentados con el de la hepatitis C humana, NrHV-1 y NrHV-2, que según el científico pueden convertirse en grandes herramientas para estudiar la dolencia en ratas.

Y aún con todo lo anterior, hay otra manera de mirar el estudio que resulta casi más asombrosa, y es que 14 de las ratas estudiadas, más o menos un 10% del total, estaban completamente libres de polvo y paja. Un 23% de los animales no tenían ningún virus, y un 31% estaban libres de patógenos bacterianos. De hecho, entre todas las situaciones posibles que combinan el número de virus con el número de bacterias, la de cero virus y cero bacterias resulta ser la más prevalente, la de mayor porcentaje que el resto. Solo 10 ratas estaban infectadas con más de dos bacterias, y ninguna de las 133 con más de cuatro. Solo 53 ratas tenían más de dos virus, y solo 13 más de cinco. Teniendo en cuenta que, sobre todo en esta época del año, no hay humano que se libre de una gripe (influenza) o un resfriado (rinovirus), y sumando las ocasionales calenturas y otros herpes, algún papiloma y hepatitis, además del Epstein-Barr que casi todos llevamos o hemos llevado encima (y sin contar bacteriófagos, retrovirus endógenos y otros), parece que después de todo no estamos mucho más limpios que las ratas.