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Ciencia semanal: el “planeta corchopán” y el eslabón perdido de las ballenas

Repasamos algunas noticias científicas que ha dejado esta tercera semana de mayo.

Un planeta ligero como el corchopán

Incluso entre los científicos hay quienes tienen ojo para el marketing, y quienes no. Si este amplio equipo de investigadores de varios países, dirigido por la Universidad Lehigh (EEUU), se hubiese limitado a presentar su hallazgo como el tercer exoplaneta de menor densidad bien caracterizado hasta ahora, nadie les habría prestado atención.

Pero se les ocurrió publicitarlo comparando su densidad con la del poliexpán (más correctamente, poliestireno expandido; el corcho blanco de toda la vida, aunque personalmente me gusta más llamarlo corchopán en homenaje a los geniales Gomaespuma). Y ¡bang!: el estudio se ha comentado esta semana en todos los medios de ciencia, lo que me obliga a mencionarlo también aquí.

El planeta KELT-11b, a 320 años luz de nosotros, es un 40% mayor que Júpiter, pero pesa solo la quinta parte. Los científicos aún tratan de entender qué proceso lleva a algunos de estos gigantes gaseosos a inflarse como globos. La hipótesis de los autores del estudio es que se debe a la alta dosis de radiación que KELT-11b recibe de su estrella, a la que se encuentra muy próximo y que se está expandiendo al convertirse en una gigante roja.

Ilustración del exoplaneta KELT-11b. Imagen de Walter Robinson/Lehigh University.

Ilustración del exoplaneta KELT-11b. Imagen de Walter Robinson/Lehigh University.

La ballena que perdió las patas

Aunque todos los descubrimientos de fósiles revelan datos valiosos para entender qué pasaba en nuestro planeta cuando aún no estábamos aquí, son especialmente preciados los que nos presentan una foto de la evolución en acción; lo que popularmente se conoce como eslabones perdidos, aunque esta expresión no gusta a muchos paleontólogos.

Este es el caso de Mystacodon selenensis, la ballena de hace 36,4 millones de años descrita esta semana por investigadores de Bélgica, Francia, Italia y Perú, y que es ahora la especie más próxima al momento en que los cetáceos se dividieron en dos grupos que perduran hasta hoy: los que tienen dientes (odontocetos), como el cachalote o la orca, y los que filtran su alimento del agua mediante esos filamentos llamados precisamente ballenas (misticetos).

Los científicos estiman que hace 55 millones de años un grupo de mamíferos comenzó a adaptarse a la vida acuática. Unos 14 millones de años después, sus patas delanteras se habían transformado en aletas, mientras las traseras se iban atrofiando. Hace 38 o 39 millones de años comenzaron a diferenciarse dos grupos que 15 millones de años después se definieron como hoy los conocemos, odontocetos y misticetos. Ambos fueron perdiendo las patas traseras al mismo tiempo.

La nueva especie, descubierta en la costa de Perú, se convierte ahora en la más próxima a ese momento en que las dos ramas se separaron, acercándose un par de millones de años más que la especie más antigua conocida hasta ahora. Esta ballena, del tamaño de un delfín, aún tenía patas traseras residuales. También conservaba los dientes, pero según los científicos estaba especializada en alimentarse sorbiendo pequeñas presas del fondo marino, abriendo el camino hacia la alimentación por filtración que se impondría en los misticetos hace unos 23 millones de años.

Ilustración de 'Mystacodon selenensis'. Imagen de Alberto Gennari.

Ilustración de ‘Mystacodon selenensis’. Imagen de Alberto Gennari.

El continente blanco se vuelve verde

A estas alturas los signos del cambio climático ya no deberían ser una sorpresa para nadie, pero cada nuevo estudio es una oportunidad para transmitirnos una llamada de urgencia ante lo que está ocurriendo. En otros lugares del mundo un paisaje que verdea es una buena noticia, pero no en la Antártida, donde la proliferación de musgo observada por investigadores británicos es un hecho preocupante, consecuencia de la desaparición progresiva de los hielos. Y si a esto añadimos que otras regiones del planeta se están calentando a un ritmo mucho más rápido que la Antártida, el panorama es aún más alarmante.

Bancos de musgo en la Antártida. Imagen de Matt Amesbury.

Bancos de musgo en la Antártida. Imagen de Matt Amesbury.

El mordisco catastrófico del T-rex

Con la desaparición de los dinosaurios no aviares perdimos joyas de la naturaleza, pero el mundo sería un lugar mucho más complicado para nosotros si tuviéramos que compartirlo con el tiranosaurio rex. Un nuevo estudio de dos investigadores de EEUU pone cifras a lo incómodo que habría resultado el mordisco de un T-rex: el dinosaurio más mítico ejercía una presión con las mandíbulas de más de 3.600 kilos, más del doble que los cocodrilos, los actuales campeones del bocado. Esta presión transmitía a sus dientes una fuerza de casi 200.000 kilos por pulgada cuadrada. Con tales mordiscos el tiranosaurio era capaz de provocar en sus víctimas lo que los investigadores definen como una “catastrófica explosión de los huesos” para comerse la médula, como hoy hacen las hienas.

Imagen de Florida State University.

Imagen de Florida State University.

Un hallazgo en un cometa complica la búsqueda de vida alienígena

¿Cómo puede un descubrimiento en un cometa complicar la búsqueda de vida alienígena? Si les interesa, sigan leyendo.

Tal vez recuerden que hace dos años y medio hasta algunos telediarios abrieron con el primer aterrizaje de un artefacto espacial en un cometa: se trataba de Philae, un módulo separable de la sonda Rosetta de nuestra Agencia Europea del Espacio (ESA). Philae solo pudo operar durante un par de días debido a que su aterrizaje defectuoso lo dejó en un lugar bastante escondido de la luz del sol, pero su breve vida fue suficiente para hacer ciencia muy valiosa. Por su parte, su nodriza Rosetta concluyó su misión en septiembre de 2016 estrellándose contra el objeto de su estudio, el cometa 67P/Churyumov–Gerasimenko.

Imagen del cometa 67P/Churyumov–Gerasimenko tomada por la sonda Rosetta. Imagen de ESA/Rosetta/NAVCAM.

Imagen del cometa 67P/Churyumov–Gerasimenko tomada por la sonda Rosetta. Imagen de ESA/Rosetta/NAVCAM.

Entre los descubrimientos que Rosetta ha aportado al conocimiento, en 2015 los científicos de la misión anunciaron el hallazgo de oxígeno molecular en la atmósfera del cometa. El oxígeno molecular es lo que respiramos, una molécula formada por dos átomos de oxígeno, O2. Y a pesar de que el oxígeno como elemento es uno de los más abundantes en el universo (el tercero, después de hidrógeno y helio), su forma molecular, la respirable, es extremadamente rara, que sepamos hasta ahora. Hasta 2011 no se confirmó por primera vez su existencia fuera del Sistema Solar, y no fue precisamente aquí al lado: en una región formadora de estrellas de la nebulosa de Orión, a unos 1.500 años luz. Posteriormente se ha detectado también en otra zona de formación de estrellas de la nebulosa Rho Ophiuchi.

La rareza del oxígeno molecular estriba en que es muy reactivo, muy oxidante, por lo que tiende a reaccionar rápidamente con otros compuestos y desaparecer en esta forma; por ejemplo, con el hidrógeno para producir agua. Así que, cuando los científicos encontraron oxígeno molecular en el cometa 67P, la reacción lógica se resumía en tres letras: WTF?

La explicación que sugirieron los investigadores de Rosetta era que el oxígeno estaba congelado en el cometa desde su formación, en los tiempos del origen del Sistema Solar, y que se iba liberando por el calor del sol. Sin embargo, la hipótesis fue cuestionada porque incluso en este caso parecía improbable que el oxígeno pudiera haber permanecido intacto, sin reaccionar, durante miles de millones de años.

Ahora, por fin existe una explicación para el oxígeno de 67P, y ha llegado de una fuente inesperada: un ingeniero químico que se dedica a la investigación de nuevos componentes electrónicos. Konstantinos Giapis, de Caltech (EEUU), se dedica desde hace 20 años a cosas como bombardear semiconductores con chorros de átomos cargados a alta velocidad para estudiar las reacciones químicas que se producen.

Cuando Giapis supo del descubrimiento de Rosetta, de repente se dio cuenta de que el cometa podía ser un ejemplo real de los experimentos que él realiza en el laboratorio: el hielo presente en 67P se calienta con el sol, liberando vapor de agua que se ioniza con la radiación ultravioleta solar y se estrella de nuevo a alta velocidad con el cuerpo del cometa por el efecto del viento solar. Cuando estas moléculas de agua chocan contra la superficie de 67P, arrancan átomos de oxígeno que se combinan con el oxígeno del agua para formar O2.

Ilustración del experimento de Konstantinos Giapis. Al bombardear con moléculas de agua (izquierda) una superficie de materiales similares a los del cometa 67P, se desprende oxígeno molecular (en rojo; el hidrógeno, en azul). Imagen de Caltech.

Ilustración del experimento de Konstantinos Giapis. Al bombardear con moléculas de agua (izquierda) una superficie de materiales similares a los del cometa 67P, se desprende oxígeno molecular (en rojo; el hidrógeno, en azul). Imagen de Caltech.

No es solo una teoría: Giapis lo ha puesto a prueba en su laboratorio, simulando el proceso que tiene lugar en el cometa, y ha demostrado que se produce oxígeno molecular. Así que la presencia de este compuesto en 67P no es una reliquia de la época del nacimiento del cometa, sino una reacción que está ocurriendo ahora para generar oxígeno respirable fresco.

Lo cual nos lleva de vuelta al título de este artículo. Y es que, aunque el estudio de Giapis aporta un interesante hallazgo en el campo de la astrofísica/química, sus repercusiones pueden complicar aún más la búsqueda de firmas de vida en planetas extrasolares: incluso si se detecta oxígeno en la atmósfera de alguno de estos lejanos planetas, ya hay otro mecanismo más que podría explicar su origen sin necesidad de que exista algo vivo allí.

El drama de la búsqueda de vida en el universo es que difícilmente llegaremos jamás a tener una prueba directa, una confirmación absoluta. Todos los intentos de encontrar biología en planetas extrasolares, que cada vez son más (los intentos y los planetas), deben conformarse con buscar indicios indirectos, como señales que no sean fácilmente atribuibles a un fenómeno natural. Los nuevos instrumentos de observación van a facilitar en los próximos años el análisis de las atmósferas de muchos exoplanetas, y con ello será posible sospechar que tal o cual composición atmosférica podría indicar la existencia de vida.

Naturalmente, la más evidente de estas posibles firmas biológicas atmosféricas es el oxígeno. Nunca se ha pretendido que esta fuese una firma definitiva: existen procesos geológicos y químicos que pueden dar lugar a la generación de este gas sin intervención de nada vivo. Por ejemplo, Europa y Ganímedes, dos de las grandes lunas de Júpiter, tienen atmósferas de oxígeno muy tenues, pero allí este gas se forma por la ruptura del agua (H2O) causada por la radiación, o radiolisis.

Sin embargo, con los procesos abióticos (sin vida) de fabricación de oxígeno ocurren dos cosas: primero, no parece fácil que puedan originar enormes cantidades de este gas y sostenidas a lo largo del tiempo. En el caso de la Tierra, el gran inflado de nuestra atmósfera se produjo por la proliferación de microbios fotosintéticos, y si aún hoy podemos respirar es gracias a que seguimos teniendo organismos fotosintéticos.

Segundo, en algunos casos esos procesos requieren condiciones que tampoco son hospitalarias para la vida. Por ejemplo, en planetas muy calientes y próximos a su estrella, la radiación UV de esta puede descomponer el agua. Pero si se encuentra oxígeno en un planeta así, sus propias condiciones hacen muy improbable que exista algo vivo.

En resumen, y aunque detectar oxígeno en abundancia en la atmósfera de un exoplaneta no sería una demostración de vida, sí sería un buen comienzo. O al menos, lo era, hasta el hallazgo de Giapis. Ahora sabemos que hay una manera más de producir oxígeno, que a 67P le funciona muy bien, y en la que no interviene nada parecido a la vida. Desde Caltech ya nos advierten: “otros cuerpos astrofísicos, como planetas más allá de nuestro Sistema Solar, o exoplanetas, también podrían producir oxígeno molecular por el mismo mecanismo abiótico, sin necesidad de vida. Esto puede influir en la futura búsqueda de signos de vida en exoplanetas”.

La vida extraterrestre, cada vez más cerca

Durante buena parte del siglo pasado cundía la sensación de que la confirmación de la vida extraterrestre era una fruta madura a punto de caer. Eran los años 60, 70 y 80, cuando el fenómeno ovni estaba en su apogeo y parecía que la prueba definitiva llegaría mañana o pasado. Pero después comenzaron a aparecer las cámaras digitales y los móviles con cámara (que, para los recién llegados, en realidad son anteriores a los smartphones).

Ilustración del exoplaneta LHS 1140b. Imagen de M. Weiss/CfA.

Ilustración del exoplaneta LHS 1140b. Imagen de M. Weiss/CfA.

Hoy hasta los maasáis de la sabana keniana llevan en el bolsillo una cámara de fotos de alta definición (no es broma); y en contra de lo que muchos habrían previsto, en lo referente a los ovnis seguimos estancados en la misma coyuntura de los tiempos en que una cámara era un bien escaso y rudimentario. Cada día se suben milles de millones de fotos y vídeos a internet, pero ninguno de los 7.500 millones de humanos dispersos por todos los rincones del planeta nos ha mostrado una entrevista con alienígenas recién bajados de un platillo volante, grabada en Full HD con un iPhone no-sé-cuántos-van-ya.

Ya expliqué aquí hace tiempo mis razones para no creer en los ovnis, mal que me pese; y en algún otro medio he contado cómo la ciencia ha ido desmontando uno por uno los presuntos casos de avistamientos más sonados de los últimos años. Pero si lo que piense alguien que tiende al escepticismo puede mover a otros a un escepticismo hacia el escepticismo, la cuestión es que, como conté en un reportaje hace ya ocho años, incluso algunos ufólogos hace tiempo que tiraron la toalla; claro está, aquellos que han sostenido frente al fenómeno ovni una actitud honesta y racional, no quienes tratan de seguir viviendo del cuento a toda costa.

Rescato algunos ejemplos de lo anterior que cité en aquel reportaje. Jenny Randles, ufóloga, escritora y antigua directora de investigación de la British UFO Research Association (BUFORA), reconocía: “ET no aterrizó y el mundo sigue su camino como siempre”. Wendy Connors, ufóloga estadounidense, escribió un artículo sobre la “muerte de la ufología”. El español Ricardo Campo, investigador crítico del fenómeno ovni, calificaba la ufología como “ciencia abortada”, y me contaba a su vez que muchos ufólogos se habían rendido a la evidencia. El ufólogo Vicente-Juan Ballester Olmos también cerraba el ataúd de la ufología: “Lo que no ha ocurrido ya en estos 60 años no creo que vaya a ocurrir en lo sucesivo; el misterio de los ovnis ya está momificado y es labor para historiadores, antropólogos y sociólogos”, decía.

Y a pesar de todo, en ciertos programas de televisión continúan desfilando personajes que no hacen sino confirmar aquella idea del genial Carl Sagan: “los casos fiables no son interesantes, y los casos interesantes no son fiables. Desafortunadamente, no hay casos que sean a la vez fiables e interesantes”.

Todo lo cual no significa que la creencia en los ovnis haya desaparecido de la calle. De hecho, algún análisis reciente apunta que esta fe, ya que a tales alturas no cabe otra calificación, puede estar remontando desde sus mínimos históricos, tal vez debido a las corrientes culturales cíclicas, y tal vez enmarcada dentro de un fenómeno más general de auge de las pseudociencias y del movimiento anti-Ilustración, algo de lo que ya he hablado aquí.

Pero una cosa es el fenómeno ovni, y otra muy diferente la confirmación de vida extraterrestre. Y respecto a esto último, sí podría decirse, desde un enfoque científico, que la situación actual tiene un cierto sabor a años 60-70: como entonces, hoy se diría que la noticia de que nuestro planeta no es el único lugar habitado del universo parece a punto de caer, aunque los otros puedan ser simplemente organismos simples como hongos o bacterias.

Ya conté aquí hace unos días que por primera vez se ha logrado detectar una atmósfera en un planeta de tamaño y masa similares a la Tierra. En plenas vacaciones de Semana Santa, la revista Science nos sorprendía con un bombazo: Encélado, una luna de Saturno que se postula como uno de los candidatos del Sistema Solar para albergar vida, puede tener fuentes hidrotermales en el fondo de su océano subglacial. Recordemos que hoy muchos científicos se inclinan por la hipótesis de que fue precisamente en este tipo de fumarolas submarinas donde pudo nacer la vida en la Tierra.

Ahora, esta misma semana, la revista Nature publica el hallazgo de un nuevo exoplaneta que uno de sus descubridores, Jason Dittmann, del Centro de Astrofísica Harvard-Smithsonian (CfA), califica como “el mejor objetivo para la búsqueda de vida más allá de la Tierra”. LHS 1140b, que así se llama, es una superTierra de 6,6 veces la masa terrestre y 1,4 veces su diámetro, probablemente rocosa, situada en la zona templada de su estrella, una enana roja a 40 años luz de nosotros.

Ilustración del exoplaneta LHS 1140b. Imagen de ESO/spaceengine.org.

Ilustración del exoplaneta LHS 1140b. Imagen de ESO/spaceengine.org.

Las palabras de Dittmann no solo se justifican por las condiciones propicias del planeta, sino también por las condiciones propicias para estudiarlo: el nuevo planeta transita ante la cara de su estrella desde nuestro punto de vista, algo que no sucede en todos los casos, como por ejemplo en el muy prometedor Proxima b, descubierto el año pasado. Este paso de LHS 1140b delante de su estrella permitirá estudiar la luz que lo roza para determinar si tiene atmósfera, si su composición es apta para la vida, y si podría mostrar alguna firma biológica.

Por último, LHS 1140b cuenta con dos ventajas interesantes frente a otros exoplanetas recientemente descubiertos. A diferencia de la muy cacareada TRAPPIST-1, la estrella LHS 1140 parece tranquila, sin grandes fulguraciones achicharrantes. Y también a diferencia de TRAPPIST-1, la estrella del nuevo exoplaneta parece tener una edad suficiente (según los autores del estudio, por lo menos 5.000 millones de años) como para haber dado margen a un proceso de desarrollo de vida…

…si es que este proceso ha podido llegar a ocurrir alguna vez fuera de la Tierra. Algo de lo que personalmente también me declaro escéptico, por razones que ya he contado aquí y que se resumen en una: si en 4.540 millones de años de edad de la Tierra, y que sepamos, la vida solo ha surgido aquí una única vez, ¿qué parte de este argumento nos incita a dar por supuesto que la aparición de la vida sea un fenómeno frecuente? Pero de verdad, me encantaría tener que reconocer mi equivocación aquí mañana mismo…

Este planeta es lo más parecido a la Tierra que tenemos hoy

La búsqueda de exoplanetas es una fascinante materia de investigación, pero no nos engañemos: sin ánimo de barrer para casa, en último término lo que de verdad interesa a la mayor parte de aquellos a quienes nos interesa, más que si hay casas fuera de la nuestra, es si están habitadas por alguien (más que algo).

Y a este respecto, teniendo como objetivo acertar en un planeta con muy serias y plausibles posibilidades de vida inteligente, las flechas cada vez van acercándose más al blanco, pero todavía sin conseguir un tiro limpio en el centro. Hace algo más de un mes saltaba una noticia que todos los medios recogían con excesivo entusiasmo, gracias al astuto márketing de la NASA que, por otra parte, no era la responsable del descubrimiento. Los siete planetas de la estrella TRAPPIST-1, algunos de ellos templados y posiblemente habitables, se presentaban casi como una probable flecha en el blanco. Incluso Google publicó uno de sus doodles saludando a nuestros nuevos amigos en el espacio.

Doodle de Google sobre el sistema estelar TRAPPIST-1.

Doodle de Google sobre el sistema estelar TRAPPIST-1.

Pero de inmediato el Instituto SETI (uno de los centros que buscan señales tecnológicas de vida inteligente en el universo) se apresuró a aclarar que su observación de TRAPPIST-1 no había detectado ninguna señal. Yo expuse aquí mis razones por las que no creía que aquel sistema fuera el gran hallazgo que estábamos esperando. Y desde entonces, las expectativas sobre TRAPPIST-1 no han hecho más que desinflarse.

Un último estudio hasta hoy revela que la estrella no es tan tranquila como los descubridores del sistema creían inicialmente: a lo largo de 80 días de observación del telescopio espacial Kepler, se han registrado 42 grandes fulguraciones, resplandores que disparan una radiación intensa al espacio. Los investigadores dicen que las fulguraciones de aquella estrella son cientos o miles de veces más potentes que las de nuestro Sol. Y además nosotros estamos protegidos por la magnetosfera terrestre; la conclusión de los científicos es que los planetas de TRAPPIST-1, mucho más cercanos a su estrella que nosotros al Sol, necesitarían campos magnéticos entre cientos y miles de veces más potentes que el nuestro para que la vida pudiera sobrevivir en tales condiciones de bombardeo estelar.

Ilustración de GJ 1132b. Imagen de MPIA.

Ilustración de GJ 1132b. Imagen de MPIA.

Más interesante en cambio, aunque sin el bombo y platillo de la NASA, es un estudio publicado ahora por investigadores europeos que ha detectado por primera vez una atmósfera en un planeta similar a la Tierra. Esta es su ficha: Gliese 1132b, 39 años luz, 1,6 veces la masa de la Tierra, 1,4 veces su radio.

Ya se conocen atmósferas en otros planetas extrasolares. La primera de ellas se describió hace 15 años. Pero dado que el descubrimiento de exoplanetas ha ido refinándose desde los supergigantes gaseosos hasta localizar planetas cada vez más pequeños, también el estudio de atmósferas exoplanetarias puede ahora evaluar objetos más parecidos a la Tierra. Y hasta hoy, GJ 1132b debe ostentar el título del planeta más similar al nuestro, ya no solo por su masa y tamaño, sino por poseer una atmósfera. Una de las posibilidades manejadas por los autores del estudio es que se trate de un mundo acuático con una atmósfera de vapor caliente.

Pero aún no es la flecha en el blanco: la temperatura calculada para su superficie es de 370 grados centígrados. Y no; como ya he contado aquí innumerables veces, no confíen en aquello de “¿pero y si…?”. Hay muchas razones biológicas para que a 370 ºC no pueda existir nada vivo.

Sin embargo, GJ 1132b es un paso importante en la dirección correcta. Con toda seguridad, pronto sabremos de un planeta terrestre templado con atmósfera. Pronto sabremos de un planeta terrestre templado con una atmósfera hospitalaria para la vida. Y pronto sabremos de un planeta terrestre templado con una atmósfera hospitalaria para la vida con una posible firma biológica en su composición atmosférica. La meta está cada vez más cerca. Y una vez que encontremos el candidato ideal, habrá muchos esfuerzos de científicos planetarios, astrobiólogos e investigadores SETI volcados en convertir ese futuro presunto planeta en nuestro nuevo lugar favorito del universo.

No se han detectado señales de vida inteligente en TRAPPIST-1

No, no es que los resultados hayan llegado de ayer a hoy. Verán, les explico: la estrella TRAPPIST-1 no ha debutado en este nuevo estudio que ha resonado esta semana por todos los rincones del planeta. Los responsables del trabajo, de la Universidad de Lieja, ya publicaron en mayo de 2016 el hallazgo de tres planetas orbitando en torno a aquel astro, pero han sido observaciones posteriores más precisas las que han desdoblado el tercer planeta en tres y han descubierto dos más, elevando el total a siete, que es lo nuevo publicado ahora.

Ilustración del sistema TRAPPIST-1. Imagen de ESO/N. Bartmann/spaceengine.org.

Ilustración del sistema TRAPPIST-1. Imagen de ESO/N. Bartmann/spaceengine.org.

Pero tal vez conviene aclarar que los científicos no acaban de proponer por primera vez el potencial para la vida de las estrellas enanas. De hecho, también orbita en torno a una enana roja Proxima b, el exoplaneta más cercano conocido hasta ahora, que también es el exoplaneta habitable más cercano conocido hasta ahora, cuyo hallazgo es obra del catalán Guillem Anglada-Escudé (declarado por ello uno de los diez científicos estelares de 2016 por la revista Nature) y que sin embargo no recibió tanto bombo y platillo como TRAPPIST-1, a pesar de que su distancia a nosotros es casi diez veces menor. Pero claro, en aquel caso no participó la NASA con su poderosa maquinaria mediática.

Hay alguien que ya desde antes creía en las estrellas enanas frías como las candidatas más prometedoras para albergar vida: se trata de Seth Shostak, director del proyecto SETI (Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre) del Instituto SETI en California. Los científicos SETI apuntan radiotelescopios a multitud de coordenadas precisas en el cielo para tratar de detectar alguna señal de radio que pueda revelar un origen inteligente. Y Shostak lleva tiempo enfrascado en un proyecto de escucha de 20.000 estrellas enanas.

Una de esas estrellas fue TRAPPIST-1, antes de los nuevos resultados del equipo belga. A efectos de SETI, no importa que la estrella tenga tres planetas o siete, o que ni siquiera se conozca si posee alguno; los científicos SETI se saltan este paso y directamente ponen el oído en busca de posibles señales de origen no natural.

Y las noticias no son buenas. En un artículo en la web del Instituto SETI, Shostak escribe: “El Instituto SETI utilizó el año pasado su Matriz de Telescopios Allen para observar los alrededores de TRAPPIST-1, escaneando a través de 10.000 millones de canales de radio en busca de señales. No se detectó ninguna transmisión, aunque preparamos nuevas observaciones”.

Por supuesto, los resultados no excluyen por completo la existencia de vida allí, ni siquiera de vida inteligente. Aunque, como comenté ayer, y simplemente desde el punto de vista biológico, esto último es más bien improbable, algo que tal vez no se ha explicado lo suficiente. En un artículo publicado por la NASA como seguimiento de la noticia de los nuevos planetas, se daba por fin voz a una astrobióloga, Victoria Meadows, del Instituto de Astrobiología de la NASA. Meadows sopesaba las posibles condiciones de aptitud para la vida del sistema TRAPPIST-1, pero después de exponer los pros y contras, terminaba aclarando: “aquí estoy hablando solo de moho”. En otras palabras: la astrobióloga no se planteaba ni como posibilidad remota la existencia de vida inteligente en aquella estrella.

Por el momento, solo nos queda seguir esperando. Pero al menos estaremos entretenidos: ya se han escrito dos relatos, un poema y un cómic sobre TRAPPIST-1.

Por qué es improbable que haya alienígenas en TRAPPIST-1

El hallazgo es histórico: un sistema de siete planetas templados, todos ellos de tamaño similar a la Tierra, al menos seis de ellos con suelo firme, al menos tres de ellos con la casi garantía de condiciones climáticas adecuadas para la existencia de agua líquida en toda su superficie. Ya conocíamos exoplanetas de talla terrestre, ya conocíamos exoplanetas rocosos y ya conocíamos exoplanetas templados. Pero encontrar todo ello junto multiplicado varias veces significa que el sistema de TRAPPIST-1 es, desde hoy, nuestro nuevo rincón favorito del universo. Y a solo 40 años luz, lo cual es una minucia en distancias cósmicas.

Ilustración de TRAPPIST-1 f. Imagen de NASA/JPL-Caltech.

Ilustración de TRAPPIST-1 f. Imagen de NASA/JPL-Caltech.

Pero vaya una advertencia: ¡por favor, no le atribuyan el descubrimiento a la NASA! Es cierto que la agencia estadounidense ha participado, pero es que actualmente participa de una manera u otra en la casi totalidad de los descubrimientos de exoplanetas, dado que la mayoría de ellos suelen contar con alguno de sus telescopios espaciales.

Al César lo que es del César: el sistema de la estrella TRAPPIST-1 es la criatura de un equipo de astrónomos belgas trabajando con un telescopio belga en suelo chileno, cuyo nombre (el mismo de la estrella) no es casual, como sabe todo el que haya probado la típica cerveza belga trapense (trappist). Por supuesto, ha sido el telescopio espacial de infrarrojos Spitzer de la NASA el que ha permitido desdoblar lo que antes se creía un solo planeta en tres, y descubrir otros dos nuevos. Pero un edificio de Norman Foster sigue siendo de Norman Foster pese a que sea otro quien lo construya.

Los medios ya han ofrecido esta tarde toda la información básica sobre el nuevo sistema solar de bolsillo, con sus siete planetas (como mínimo) apiñados en torno a su pequeña estrella. Yo mismo también lo he contado en otro medio. Pero hay un aspecto que quisiera comentar aquí, y es lo que en el fondo más importa a la mayoría de un descubrimiento como el del sistema TRAPPIST-1: la posibilidad de que haya vida allí. Y cuando la mayoría piensa en vida, piensa en alguien a quien podríamos llegar a saludar, de una manera u otra.

Ilustración del sistema TRAPPIST-1. Imagen de NASA/JPL-Caltech.

Ilustración del sistema TRAPPIST-1. Imagen de NASA/JPL-Caltech.

Por supuesto que desde el punto de vista de los astrofísicos y los científicos planetarios aún quedan muchas condiciones por definir antes de que puedan lanzar alguna apuesta sobre la habitabilidad real de aquel sistema. Los responsables del estudio, bajo la dirección del astrónomo de la Universidad de Lieja Michaël Gillon, dijeron ayer martes en una rueda de prensa telefónica organizada por la revista Nature que TRAPPIST-1 es una estrella muy tranquila, sin grandes erupciones solares que puedan arrasar sus planetas con grandes dosis de radiación y pelar sus atmósferas.

Aun así, los científicos estiman que probablemente los planetas de TRAPPIST-1 estén sometidos a una enorme radiación ultravioleta (UV), y este es un claro impedimento para la vida. La luz UV provoca daños celulares que resultan dañinos o letales para los organismos. Los terrícolas contamos con un aliado que nos protege, y que sin duda les sonará: la capa de ozono de la atmósfera.

Pero para protegerse de esta nociva irradiación, los seres vivos también pueden refugiarse a la sombra, ya sea bajo tierra o debajo del agua. Y hay otra interesante posibilidad analizada por Jack T. O’Malley-James y Lisa Kaltenegger, dos investigadores del Instituto Carl Sagan de la Universidad de Cornell (EEUU), en un estudio de próxima publicación, y que bien podría ser aplicable al sistema de TRAPPIST-1: la biofluorescencia.

La fluorescencia consiste en emitir luz después de absorberla, pero de modo que la luz emitida tiene menos energía que la recibida, y por tanto (según una propiedad básica de la luz) mayor longitud de onda. Es decir, que por ejemplo un cuerpo fluorescente recibe luz UV y la convierte en luz visible, anulando así su efecto dañino. La fluorescencia se ha propuesto como un mecanismo de defensa de algunos organismos contra la luz UV aquí mismo, en la Tierra; en concreto, en algunos corales.

Según O’Malley-James y Kaltenegger, y suponiendo que los seres vivos de un lugar como TRAPPIST-1 desarrollaran biofluorescencia como sistema de protección contra el UV, no solo podrían vivir bajo esas condiciones, sino que incluso nosotros podríamos detectar esa luz a distancia, por ejemplo durante fuertes fogonazos de UV por parte de la estrella. Así, la fluorescencia podría ser una biofirma temporal, distinguible de la emitida por los minerales, que podría revelarnos la existencia de vida en un sistema solar lejano.

Según ha informado hoy la Universidad de Cornell, Kaltenegger tiene ahora mismo en revisión otro estudio en el que discute concretamente la posibilidad de existencia de vida en las condiciones de irradiación UV de TRAPPIST-1. Lo esperaremos con impaciencia.

Ilustración del sistema TRAPPIST-1. Imagen de NASA/JPL-Caltech.

Ilustración del sistema TRAPPIST-1. Imagen de NASA/JPL-Caltech.

Pero incluso dando todo lo anterior por supuesto, desde el punto de vista biológico hay un enorme impedimento para que en TRAPPIST-1 pueda existir una civilización con la que pudiéramos intercambiar señales cada 40 años: la estrella es demasiado joven.

En la rueda de prensa, Gillon y sus colaboradores explicaron que TRAPPIST-1 tiene unos 500 millones de años. Al tratarse de una estrella de evolución lenta, seguirá ahí cuando nuestro planeta ya no sea ni un recuerdo: mientras que el Sol se encuentra más o menos a la mitad de su vida y pueden quedarle por delante unos 5.000 millones de años, en cambio TRAPPIST-1 vivirá un billón de años, dijeron los investigadores.

Mucho tiempo por delante. Pero muy poco por detrás. Si repasamos los 4.600 millones de años de historia de nuestro Sistema Solar, o lo que sabemos de esos 4.600 millones de años, encontramos que tuvieron que pasar más de 500 millones de años hasta la aparición de las primeras células simples. Y aunque la ventana del comienzo de la vida en la Tierra suele centrarse en torno a los 4.000 millones de años atrás por los indicios químicos hallados, las pruebas fósiles más antiguas no llegan más allá de los 3.700 millones de años.

Durante la mayor parte de la historia del planeta, la Tierra ha estado habitada solo por células individuales. Aunque tampoco sabemos con certeza cuándo aparecieron los primeros organismos multicelulares (las estimaciones pueden variar salvajemente entre los 800 y los 2.000 millones de años), sí sabemos que solo hace 570 millones de años comenzaron a aparecer formas de vida más complejas, como los artrópodos.

Los mamíferos solo llevamos aquí unos 200 millones de años. Y la única especie con capacidad para comunicarse con otras civilizaciones, nosotros, somos unos recién nacidos, con unos 200.000 años de vida. Somos un decimal en la historia de la vida terrestre; este planeta ha tardado casi 4.600 millones de años en alumbrar una especie que, si no fuéramos tan bestias, podría llamarse civilizada.

Pero TRAPPIST-1 no ha tenido tanto tiempo. Si hay algo allí, apenas serán células simples.

Es cierto, se puede objetar que estas cronologías probablemente vienen marcadas tanto por fenómenos geológicos como biológicos: la Tierra recién formada tuvo que enfriarse, sufrir el cataclismo lunar, recuperarse del cataclismo lunar… Pero por desgracia, de los biológicos en realidad sabemos poco. Como aún desconocemos el proceso de la abiogénesis (la transición de la no vida a la vida), sus pasos más limitantes y su probabilidad, o si pudo existir más de un origen de la biología terrestre (segundo génesis), no podemos valorar las posibilidades reales de que la vida pueda seguir otros caminos con cronologías muy diferentes.

Así que debemos atenernos al principio de mediocridad, y suponer que la de la Tierra sería una historia típica, con su evolución geológica y biológica gradual puntuada por grandes catástrofes esporádicas que provocan extinciones masivas. Y no tenemos razones para sospechar que en TRAPPIST-1 no se aplique el principio de mediocridad.

Por otra parte, está también la vieja objeción de suponer la vida tal como la conocemos, y de olvidar que la vida podría existir tal como no la conocemos y por tanto regirse por otros parámetros bien distintos, incluyendo su cronología evolutiva. Pero sin mencionar siquiera que otras bioquímicas alternativas propuestas a veces tienen más de fantasía que de posibilidad real (algo de lo que ya he hablado más extensamente aquí en alguna otra ocasión), hay que tener en cuenta que estamos valorando la habitabilidad del sistema TRAPPIST-1, o de otros exoplanetas en general, por la comparación de sus condiciones con las terrestres. Así que en realidad estamos pensando en la vida más o menos tal como la conocemos.

En otras palabras: nadie ha refutado formalmente la posibilidad de vida exótica extremadamente rara, como la que Robert L. Forward situaba sobre una estrella de neutrones en Huevo del Dragón, y que funcionaba un millón de veces más deprisa que la terrestre. Pero los planetas de TRAPPIST-1 no son estrellas de neutrones, sino planetas parecidos a la Tierra. Y en planetas parecidos a la Tierra la biología debería funcionar de forma parecida a la de la Tierra. Y según la biología de la Tierra, o mucho nos equivocamos, o me temo que imaginar una civilización inteligente en un planeta que aún es un bebé cósmico no es más que pura fantasía.

Y el autor del artículo de ciencia más comentado de 2016 es… Barack Obama

El Almendro vuelve a casa por Navidad, y los balances del año comienzan a florecer en los medios como… como flores. La compañía Altmetric, que mide la repercusión de los estudios científicos y académicos en internet, ha publicado su Top 100 de 2016. Y la novedad, quizá no la sorpresa, es que el número uno, el artículo más comentado del año, se publicó el 2 de agosto (11 de julio en internet) en la revista The Journal of the American Medical Association (JAMA) y viene firmado por un solo autor, un tal Barack Obama.

Barack Obama. Imagen de Wikipedia.

Barack Obama. Imagen de Wikipedia.

Hasta este momento, el artículo ha aparecido en 315 noticias, 45 entradas de blogs, 8.943 tuits y 201 entradas de Facebook, entre otros medios y redes. A todos ellos hay que añadir uno más, este que están ustedes leyendo: 20 Minutos está en la lista de los medios recogidos por Altmetric. Y seguramente la noticia de que es el artículo de ciencia más comentado del año le dará a su vez un nuevo empujón.

Obviamente el artículo de Obama no es científico, sino político. Se titula United States Health Care Reform: Progress to Date and Next Steps (Reforma sanitaria de EEUU: progreso hasta la fecha y próximos pasos) y analiza lo que valora como un “cambio positivo” en el que ha sido uno de los grandes objetivos de su mandato, recomendando prioridades para el próximo gobierno; que, por entonces, en julio, ni él ni nadie podía imaginar que estaría presidido por un malo de peli mala como Donald Trump.

Pero lo que quiero comentar aquí no es la reforma del sistema sanitario en EEUU; no es el contenido, sino el continente. El artículo de Obama es una típica pieza de análisis y opinión en una revista científica, con su estructura canónica, su declaración de conflictos de intereses, sus 68 referencias bien citadas y enumeradas, su información sobre la identidad, titulación y afiliación del autor (Barack Obama, JD [doctor en leyes], presidente de Estados Unidos, The White House, 1600 Pennsylvania Ave NW, Washington, DC 20500), y su correo electrónico de contacto, que naturalmente no es el suyo propio sino el de prensa de la Casa Blanca.

Y siendo obvio que Obama no se lo ha guisado y comido solito, sino que le ha ayudado un equipo de expertos convenientemente citados en los agradecimientos, a lo que voy con todo esto es, y perdónenme el grito en mayúsculas:

¿IMAGINAN ALGO PARECIDO AQUÍ?

Por lo demás, la lista de los diez estudios y artículos científicos más comentados incluye algunas de las historias más importantes del año en este campo y que también han tenido cabida en este blog, como el descubrimiento de las ondas gravitacionales, la relación entre zika y microcefalia, el posible Planeta Nueve del Sistema Solar, la polémica sobre el azúcar y las grasas, o el nuevo atlas mundial de la contaminación lumínica.

Hay un dato que resulta curioso. La lista que sigue muestra el número de estudios del Top 100 de Altmetric en los que participan instituciones de cada país. He seleccionado los 20 países más potentes en ciencia por número de publicaciones según el ránking de SCImago que ya comenté aquí:

  1. Estados Unidos: 75
  2. China: 5
  3. Reino Unido: 33
  4. Alemania: 14
  5. Japón: 5
  6. Francia: 8
  7. Canadá: 6
  8. Italia: 5
  9. India: 3
  10. España: 4
  11. Australia: 12
  12. Corea del Sur: 2
  13. Rusia: 1
  14. Holanda: 5
  15. Brasil: 4
  16. Suiza: 6
  17. Taiwán: 1
  18. Suecia: 3
  19. Polonia: 4
  20. Turquía: 0

No olvidemos, el Top 100 de Altmetric no dice nada de la calidad de los estudios o de su relevancia para la ciencia, sino solo de cuánto se han comentado (con enlaces directos) en medios online, blogs y redes sociales; es un índice mediático, no científico. Los responsables de este Top 100 son (somos) los periodistas de ciencia, científicos presentes en blogs o redes y el público con interés en el campo.

La conclusión es que la ciencia anglosajona es infinitamente más mediática; su maquinaria de divulgación es la más potente, además de contar con la ventaja de su idioma, lingua franca de la ciencia. Destacan EEUU (primera potencia mundial en ciencia) con 75 estudios, Reino Unido con 33 y Australia con 12, además de Alemania con 14. China, segunda actualmente en número de publicaciones, solo participa en cinco estudios, uno más que España.

Casi todos los países de la lista participan en el estudio de descubrimiento de las ondas gravitacionales publicado en Physical Review Letters, un trabajo monstruo con la colaboración de más de 1.000 científicos de 133 instituciones. España colaboró a través del equipo de la Universitat de les Illes Balears.

Los otros tres estudios con participación española son: el hallazgo de Proxima Centauri b, el exoplaneta posiblemente habitable más cercano, en el sistema de Alfa Centauri, publicado en Nature; la revisión en Science que proponía denominar Antropoceno a la época geológica actual, en la que participaba el geólogo de la Universidad del País Vasco Alejandro Cearreta; y un estudio genético aparecido en Nature Communications que identificaba genes implicados en los rasgos del pelo de la cara y la cabeza en la población latinoamericana, con la participación del equipo del biólogo molecular de la Universidad de Oviedo Carlos López-Otín.

Ilustración de un posible paisaje en el exoplaneta Proxima Centauri b. Imagen de ESO/M. Kornmesser vía Wikipedia.

Ilustración de un posible paisaje en el exoplaneta Proxima Centauri b. Imagen de ESO/M. Kornmesser vía Wikipedia.

Pero sin duda el trabajo estrella de la ciencia española en este año que termina es el hallazgo de Proxima b, el exoplaneta más cercano a la Tierra jamás descubierto con posibilidades de contener agua líquida en su superficie, a solo 4,2 años luz. La investigación cuenta con la participación del Instituto de Astrofísica de Andalucía, pero además el principal responsable del estudio es catalán, Guillem Anglada-Escudé, de la Universidad Queen Mary de Londres.

Obviamente es más que probable que otros estudios del Top 100 de Altmetric cuenten con la participación de investigadores españoles trabajando en el extranjero; tenemos científicos de primer nivel, pero nos faltan centros de primer nivel que atraigan también a científicos extranjeros de primer nivel. Lo que cuenta a la hora de valorar la potencia científica de un país es la ubicación del centro en el que se ha gestado su trabajo, con independencia de que sus autores se llamen Pérez o Smith.

Viaje con nosotros a Kepler-186f, donde la hierba es roja

Es un hecho: viajar a planetas en otros sistemas solares es un imposible para todos los que hoy vivimos. Pero esto no significa que no podamos soñar con ello. A muchos esta sugerencia les dejará completamente fríos, pero algunos sentimos que hemos nacido en una época de transición entre las grandes exploraciones del pasado y los futuros viajes interplanetarios; en un momento tonto de la historia en el que ya no quedan mundos por descubrir en esta roca mojada, y los que nos esperan en otros planetas están aún completamente fuera del alcance de la tecnología actual.

"Relájese en Kepler-16b, la tierra de los dos soles, donde su sombra siempre tiene compañía". Imagen de NASA/JPL-Caltech.

“Relájese en Kepler-16b, la tierra de los dos soles, donde su sombra siempre tiene compañía”. Imagen de NASA/JPL-Caltech.

Para quienes comparten este suspirar por una épica del descubrimiento geográfico que hoy nunca podremos disfrutar, el Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) de la NASA ha creado estos preciosos carteles de viajes inspirados en la estética retrofuturista.

Los pósters nos proponen viajes a los exoplanetas Kepler-16b, HD 40307 g y Kepler-186f. El primero de ellos se presenta como “la tierra de los dos soles, donde tu sombra siempre tiene compañía”. Kepler-16b, descubierto por el telescopio espacial Kepler de la NASA en 2011, fue el primer planeta confirmado que orbita alrededor de dos estrellas, una enana roja y una enana naranja, lo que de inmediato inspiró a los fans de Star Wars a rebautizarlo como Tatooine, en recuerdo del planeta en el que Luke Skywalker contemplaba la puesta de dos soles. Sin embargo, la ficticia Agencia de Viajes Exoplanetarios del JPL ha aplicado un exceso de imaginación, ya que Kepler-16b es probablemente un gigante gaseoso del tamaño de Saturno y con una temperatura máxima de -70 ºC; tan frío como el hielo seco. Otro inconveniente es la distancia: 200 años luz.

"Experimente la gravedad de HD 40307 g, una supertierra". Imagen de NASA/JPL-Caltech.

“Experimente la gravedad de HD 40307 g, una supertierra”. Imagen de NASA/JPL-Caltech.

En cuanto al segundo de los planetas, el JPL nos invita a experimentar la intensa gravedad de HD 40307 g, una supertierra. Este planeta, descubierto en 2012 por el Observatorio Europeo Austral (ESO), se encuentra a solo 42 años luz de nosotros. Su tamaño es el doble que el terrestre y su masa ocho veces mayor. Los científicos aún no están seguros de su composición.

Por último, Kepler-186f fue anunciado el pasado año en la revista Science como el primer exoplaneta habitable lejos de casa (este “lejos” son 490 años luz), con un tamaño similar a la Tierra y a una distancia de su estrella enana roja que permitiría la presencia de agua líquida, con una temperatura posiblemente superior a los 0 ºC. En su imaginaria invitación, el JPL dibuja este planeta como un mundo de hierba roja, adaptada para absorber la longitud de onda de la luz de su estrella.

El hallazgo de Kepler-186f fue recibido con gran entusiasmo por los científicos dedicados a la búsqueda de inteligencia extraterrestre (SETI). De inmediato, el Instituto SETI de California orientó las antenas de su telescopio Allen hacia este nuevo mundo en busca de posibles emisiones de radio que delataran la existencia de una civilización tecnológica. El rastreo dio un resultado oficialmente negativo, aunque este punto requeriría una explicación más extensa que dejaremos para otro día.

"Kepler-186f, donde la hierba siempre es más roja al otro lado". Imagen de NASA/JPL-Caltech.

“Kepler-186f, donde la hierba siempre es más roja al otro lado”. Imagen de NASA/JPL-Caltech.

Este mismo mes, los científicos que estudian los datos de la misión Kepler han confirmado la existencia de ocho nuevos exoplanetas potencialmente habitables; dos de ellos, Kepler-438b y Kepler-442b, respectivamente a 470 y 1.100 años luz de nosotros, han sido definidos por los investigadores como los más similares a la Tierra que hemos conocido hasta ahora.

Volviendo a los carteles, habrá quien los califique como un generoso desperdicio espacio-temporal; pero dejando aparte el hecho de que quedarían fastuosos en el salón que algún día construiré en el ominoso sótano de mi casa, lo cierto es que la web PlanetQuest del JPL, subtitulada La búsqueda de otra Tierra, realiza una magnífica labor de divulgación a través de estos pequeños bocados audiovisuales.

Además de los datos científicos sobre exoplanetas, en PlanetQuest encontramos vídeos que explican, por ejemplo, de dónde vienen los abstrusos nombres de los planetas extrasolares, que se nos presentan organizados en una fantástica enciclopedia visual en 3D; además de juegos y exposiciones interactivas que nos permiten planear nuestro viaje interplanetariopersonalizar nuestro propio planeta, conocer la historia de la búsqueda de planetas o consultar un atlas de los nuevos mundos. Y por si a alguien todo esto le despierta una tardía vocación de buscador de planetas, la web Planet Hunters admite voluntarios dispuestos a donar algo de su tiempo para analizar las observaciones de Kepler y contribuir al descubrimiento de nuevos mundos.