Viaje a la guerra Viaje a la guerra

Hernán Zin está de viaje por los lugares más violentos del siglo XXI.El horror de la guerra a través del testimonio de sus víctimas.

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Iphone, Skype y otras tecnologías para los talibanes

Cuando llegaron al poder en 1996, los talibanes prohibieron las películas de cine, la televisión, las fotografías y la música, porque consideraban que contradecían los preceptos de su versión medieval y reaccionaria del islam.

Sin embargo, desde que tuvieron que abandonar Kabul en 2001, parecen haber renunciado a las tesis antes sostenidas, especialmente gracias al Ministerio para la Supresión del Vicio y la Promoción de la Virtud, para lanzarse a los brazos de las últimas tecnologías tanto con el objetivo de comunicarse entre sí y coordinar ataques, como en labores de propaganda.

Hace un mes, el mulá Abdul Salaam Zaeef, antiguo embajador talibán en Pakistán que pasó cuatro años en la prisión naval de Guantánamo, confesaba su adicción al Iphone, que permite ver películas, fotos y escuchar música. “Es fácil y moderno y me encanta”, declaró.

Podría ser una anécdota, pero el Evening Standart mencionaba recientemente la preocupación por parte del servicio de inteligencia británico MI6 ante el uso creciente por parte de los talibanes de la versión móvil del Skype.

A diferencia de las llamadas telefónicas tradicionales, que pueden ser seguidas por los aviones espías Nimrod de la Real Fuerza Aérea, las llamadas de Skype – aplicación comercial de la tecnología conocida como Voice Over Internet Protocol (VOIP) – están fuertemente encriptadas.

Cuando estuvimos el año pasado acompañando a los soldados de EEUU en Afganistán, las misiones más importantes que realizaron fueron justamente por haber interceptado llamadas de los insurgentes o por haber recibido soplos por parte de la población local a través de teléfonos móviles.

A tal punto llegó la impotencia de los talibanes en este sentido, que en febrero de 2008 exigieron a las compañías de telefonía móvil que interrumpieran el servicio entre las cinco de la tarde y las tres de la mañana. Ya la insurgencia en Irak había dado pasos similares al destruir las torres que transmiten las señales de los teléfonos móviles.

Gracias a empresas de EEUU

También su presencia en Internet, quizás siguiendo el ejemplo de Al Qaeda, parece estar creciendo. Hace unos días, The Washington Post mencionaba dos direcciones en la web www.alemarah1.com y toorabora.com, en las que hacían publicidad de sus recientes ataques contra las fuerzas del ISAF.

Lo más curioso de esta historia es que ambos sitios se articulaban en el ciberespacio gracias a espacios contratados a empresas estadounidenses. Por www.alemarah1.com pagaban setenta dólares al mes, a través de tarjeta de crédito, a la compañía The Planet, situada en Houston, Texas. El servicio por toorabora.com, sitio que aún continúa en activo, se los brinda Tulix Systems, que tiene sus oficinas en Atlanta, Georgia.

Radio Mille Collines en Pakistán

El pasado viernes, The Wall Street Journal se hacía eco del nuevo programa del gobierno de Obama, que al menos de partida parece tener una estrategia más adecuada a la lucha de contrainsurgencia que la administración Bush, para terminar con las páginas de Internet y las radios ilegales que los talibanes emplean para lanzar sus mensajes.

El incombustible Richard Holbrooke, enviado especial para Pakistán y Afganistán, apoya la medida, que tendría entre sus objetivos las más de 150 emisoras FM que los talibanes tienen en lugares como el valle de Swat, y de cuyas prácticas da cuenta The New York Times.

Rememorando en cierta medida su propia experiencia con la administración Clinton en los años noventa, las comparó con la emisora Mille Collines, que tuvo un papel nefasto en el genocidio de Ruanda, pues permiten a los integristas “transmitir cada noche los nombres de las personas a la que van a decapitar o que ya han decapitado”.

No es una práctica nueva cortar de raíz los medios de comunicación de masas de los enemigos. En su guerra contra Hezbolá, Israel redujo a escombros el edificio beirutí de la estación de televisión Al Manar, que logró seguir transmitiendo hasta el final del conflicto. Lo mismo hizo el pasado mes de diciembre contra la televisión de Hamás en Gaza.

Sin embargo, algunos especialistas se oponen a esta clase de estrategia, pues afirman que priva de importantes fuentes de información sobre las actividades de los adversarios. Justamente Richard Holbrooke, que no tiene por norma callar lo que piensa, el pasado 8 de abril se quejaba de la escasa información que los servicios de inteligencia habían conseguido desde 2001 sobre los talibanes.

Un verdadero escollo para cualquier intento de llevar una estrategia similar a la que se aplicó en Irak, donde se compró y apartó de la lucha armada a los sectores menos radicales. “Necesitamos saber qué atrae a los talibanes”, declaró Holbrooke. Según sus estimaciones, “más de la mitad” de los combatientes no responden a las tesis más extremas de la organización.

Las sectas en Kenia: una amenaza para la paz

La existencia de grupos armados que se mueven en la penumbra del poder constituye una de las mayores amenazas para la paz en Kenia.

Aunque aún está por determinar judicialmente el grado de implicación que han tenido en la ola de violencia electoral que conmocionó al país tras las elecciones de diciembre de 2007, no son pocos los especialistas que sitúan a estas sociedades secretas y sectas detrás de algunas de las acciones más brutales.

Su génesis está relacionada con los rituales tradicionales de iniciación de los jóvenes de los distintos grupos tribales. Rituales que suelen incluir el uso de armas, aunque no de fuego.

También parecen tener su razón de ser en la ausencia de acción del Estado en barrios de chabolas y zonas marginales, donde se desempeñan como vigilantes brindando protección a los vecinos y cobrándoles impuestos, del mismo modo en que sucede, por ejemplo, en las favelas de Brasil, tanto por parte de los paramilitares como de los traficantes del Comando Vermelho o Tercero Comando.

Asimismo, se las vincula con la violencia que asola cíclicamente a zonas como Monte Elgon, donde los enfrentamientos se deben a la escasez de tierra.

Si bien la mayoría de ellas fueron prohibidas en 1992, no se descarta que puedan recibir apoyo político. Y existen crónicas periodísticas que denuncian la presencia de estos grupos en actos electorales.

Los mungiki

El nombre de esta secta kikuyu se escucha a todas horas en Kenia. “Los mungiki vinieron por la noche con machetes y nos echaron de nuestra casa”, me dice una familia a la que encuentro en la carretera que conduce a Kisumu, abarrotada en lo alto de un camión junto a sus pertenencias.

Creada en 1980, su nombre quiere decir “multitud”. Y, en teoría, esta organización secreta, cuasi religiosa, busca recuperar los valores africanos tradicionales, que vinculan a la lucha por la independencia otra organización mayoritariamente kikuyu: los mau mau. De ellos han heredado la costumbre de dejarse el cabello largo en lo que luego se dio a conocer por la música reggae como el estilo “rasta”.

Después de la violencia post electoral, aparecieron varias crónicas en los medios de comunicación de ataques de los mungiki, en las zonas de preeminencia kikuyu, a mujeres que llevaban minifaldas. No sólo pretenden que vuelvan a los vestidos tradicionales africanos, además abogan porque regrese la mutilación genital femenina, prohibida por ley en Kenia.

A lo largo del 2007, los mungiki protagonizaron una campaña de terror a través de la decapitación de sus adversarios, a la que el gobierno de Mwai Kibaki – que también pertenece a la etnia kikuyu – respondió con fiereza.

Organizaciones de Derechos Humanos, entre las que se encuentra Aministía Internacional, denuncian la desaparición y tortura de miles de supuestos componentes de esta secta, cuyas actividades fueron descritas exhaustivamente por periódicos como The New York Times.

Los talibán

Compuesto por miembros de la etnia luo, constituye el segundo grupo armado urbano más numeroso de Kenia. Actúa en los distritos marginales de Mathare, Huruma, Baba Dogo y Kariobangi.

Se supone que nació como una respuesta al poder de los mungiki. Si bien no cuenta con juramentos de fidelidad, ni parece tener una agenda cultural, su accionar se basa también en la extorsión de los conductores de matatu (minibuses), en este caso los que recorren Juja Road.

Los miembros de los talibán se reconocen y comunican a través de un código de señasque realizan con las manos. Como armas, emplean machetes y garrotes. Se estima que, tras las fallidas elecciones, quemaron al menos cien casas de kikuyus en Mathare.

El equivalente a los talibán, pero en el barrio de Kibera, son los conocidos como Bagdad Boys. También en este asentamiento marginal tiene una gran influencia la secta Kosovo, integrada además por miembros de la comunidad luhya.

La última gran organización urbana es la que recibe el nombre de Jeshi la Mzee aka Kamjesh, que se diferencia del resto por su composición multiétnica. Y que, al igual que las otras, se articula en base a la extorsión y la fuerza.

En 1992, el gobierno keniano prohibió a 18 grupos armados. No todos pueden ser considerados sectas en el sentido estricto de la palabra, ni actúan de la misma forma ni con el mismo espíritu. El resto, que describiré en la próxima entrada, se desempeña en las zonas rurales.

Los talibán retomarán Kabul en tres años

Existe la teoría de que la historia se repite de forma circular. Personalmente, creo que vivimos anclados en el presente, de espaldas a las lecciones de tiempos pretéritos, ignorando el legado de nuestro pasado, y por eso repetimos los mismos errores una y otra vez.

La historia de Afganistán, que resistió durante siglos las invasiones extrajeras, podría ser un buen ejemplo. Durante los tiempos de El Gran Juego, en el que varias potencias coloniales se disputaron el control de Asia Central, los británicos fueron derrotados por los afganos. Todo comenzó cuando en 1838 se lanzaron a la guerra para imponer el régimen marioneta de Shuja Shah.

En 1842, los ataques contra las tropas del Reino Unido en las calles eran de tal magnitud que finalmente decidieron retirarse de Kabul. Más de 16 mil soldados murieron cuando huían hacia la India. En su libro Kim, Rudyard Kipling traza un retrato no demasiado fidedigno, pero literariamente apasionante, de este periodo de lucha por el frustrado domino colonial de la región.

En 1979, el Ejército soviético entró en el país de los señores de la guerra y el opio para apoyar, teóricamente, al gobierno marxista del Partido Democrático Popular de Afganistán (PDPA). Aunque lo cierto es que se trató de una ocupación militar en toda regla. Muyahidines de toda la zona, entrenados y financiados por la CIA a través de los servicios de inteligencia paquistaníes (ISI), lucharon contra los comunistas.

Tras nueve años de combates, las tropas de Moscú también se tuvieron que marchar. No lograron vencer a las fuerzas musulmanas, entre las que se contaba un joven Osama Bin Laden, llegado desde Arabia Saudí para liderar la yihad contra el imperio soviético y gracias al apoyo del amigo americano.

Un reciente informe del centro de estudios Senlis Council señala que los talibán ya dominan el 54% de Afganistán, y que en menos de tres años podría tomar la capital. Una vez más, las fuerzas extranjeras, en este caso llegadas en noviembre de 2001, se verían obligadas a tener que retirarse.

Converso por teléfono con un oficial de la ONU, experto en desactivar minas antipersona al que conocí en Líbano, y que lleva desde 2001 trabajando en Afganistán. Le pido consejo logístico sobre el viaje que pretendo realizar a la zona. “Por el día las tropas de la coalición dominan el país, por la noche los talibán mandan, se mueven por las carreteras sin que nadie se anime a detenerlos. Y la situación va de mal en peor. Cada día tenemos más atentados con coche bomba. Esto ya parece Irak”, me explica.

Un estudio de Oxfam afirma que los niveles de pobreza que sufre la población afgana son similares a los que predominan en el África subsahariana. La ayuda internacional, que nunca llegó a alcanzar las cuantías previstas antes de la invasión de 2001, está dando pocos resultados, en parte por la presión de los talibán, pero también por la corrupción, las escasez de fondos y la mala gestión.

El informe de Oxfam también señala que 1.200 civiles murieron en bombardeos de la OTAN en lo que va de año. Conjunción de errores que serviría para explicar el creciente apoyo de la población a los talibán que, sin el apoyo de la gente de a pie, no podría estar ganando la batalla contra las tropas de la coalición.

El régimen de estos supuestos musulmanes, fanáticos y delirantes, fue uno de los más nefastos y retrógrados de la humanidad. Evitar que vuelva al poder requiere articular una estrategia inteligente y eficiente. Dejar de centrar la atención en Irak y comenzar a hacer las cosas bien en Kabul. También por la seguridad de los soldados españoles destacados en la región.

En definitiva: aprender de una vez por todas de los errores del pasado.