Viaje a la guerra Viaje a la guerra

Hernán Zin está de viaje por los lugares más violentos del siglo XXI.El horror de la guerra a través del testimonio de sus víctimas.

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Un médico en la guerra del Líbano

La entrada del hospital de Hiram. Situado en las afueras de la ciudad de Tiro, fue uno de los centros de atención médica a los que llegaban los heridos durante la guerra del pasado año entre Israel y Hezbolá. Pero no sólo eso, en sus sotanos se congregaron más de quinientas personas que vinieron en busca de refugio.

En contraposición al silencio y el orden que hoy imperan aquí, en este plácido día estival, me imagino la escenas de caos y desesperación que se vivieron hace un año. Las ambulancias que se sucedían en la puerta, que frenaban violentamente para que bajaran los heridos. Las familias que venían aterradas, a pie o en coches, cargadas con las pocas pertenencias que habían podido rescatar. Los periodistas que se acercaban para buscar historias.

Después, a medida que progresaba el conflicto, el miedo ante la escasez de agua, de medicinas, los cortes de luz y los ataques israelíes cada vez más cercanos. Ya ni los reporteros ni las ambulancias se animaban a llegar al hospital pues la aviación hebrea había amenazado con disparar a todo lo que se moviera.

Y un médico. El doctor Ibrahim Faraj, cirujano formado en Génova, Italia, durante 13 años, que pasó la guerra en el hospital. Jefe del departamento de cirugía, realizó 126 intervenciones en apenas 33 días. “No bebo, no fumo, pero en aquel tiempo fumaba todo el tiempo y por las noches aceptaba un vaso de vodka de los compañeros. Dormía una hora al día”, me explica.

Uno de los testimonios más extraordinarios que he recogido en este año y medio de viaje a la guerra. Por su decisión de quedarse cuando todos huían, por su compromiso moral. “Mis hijos me llamaban por teléfono, me decían, papá, cuándo nos vas a venir a buscar, pero yo les decía que aquí había gente que me necesitaba más. Era muy duro para mí no estar con mi familia en momentos tan difíciles”, afirma en un italiano de cadencia típicamente genovesa y acento árabe.

Unos recuerdos, los del doctor Faraj, que vamos reconstruyendo gracias a las fotografías que guarda en el móvil. Recuerdos que comienzan con la historia de Nabil, un niño estadounidense, hijo de libaneses, que había venido por primera vez a Líbano de vacaciones.

Mientras huía de la ciudad de Bint Jbeil, junto a su hermano y su madre, lo alcanzó un misil. No sólo el doctor Faraj le salvó la vida, sino que lo cogió en su coche y lo llevó hasta el puerto, donde el pequeño se sumó a los millares de extranjeros que huyeron de la guerra rumbo a Chipre. “A veces Nabil me llama por teléfono desde EEUU. Quiere que lo vaya a visitar. Nos hemos hecho muy buenos amigos”, me dice.

Continúa…