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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

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El vertedero más grande del mundo es el mar

El mayor vertedero del mundo flota en medio del Océano Pacífico. Entre las costas de California y Hawai, en una zona de calmas, se acumulan los desechos de nuestra sociedad de consumo y despilfarro. Una gigantesca mancha de 3 toneladas de plásticos se extiende por una superficie dos veces más grande que los Estados Unidos. Este volumen es seis veces mayor que la cantidad de plancton que vive en sus aguas. Parcialmente disuelta en pequeños trozos, semisumergida y en movimiento, su localización es muy complicada incluso utilizando satélites. Pero está ahí, cada vez más grande y cada vez más espesa.

¿De dónde viene tanta mierda? De todas partes; de los barcos, pero también de las ciudades.

En el mundo se producen al año más de 100 millones de toneladas de plásticos, que en un 10 por ciento acaban en el mar. Los ambientes marinos son incapaces de digerir tanta basura, cuyo reciclaje natural necesita decenas de años para lograrlo. Un tiempo durante el cual botellas, envoltorios y toda clase de desperdicios flotan libres a lomos de las corrientes, convirtiendo la superficie marina en una asquerosa sopa de residuos. Y el problema no es tan sólo estético. Más de un millón de aves y cien mil mamíferos marinos y tortugas mueren cada año al ingerirlo accidentalmente o enredarse en él.

Charles Moore, oceanógrafo estadounidense y creador de la Fundación de Investigación Marina Algalita, ha llegado a la conclusión de que “nadie puede limpiarla y la mancha sigue aumentado”. De hecho, los científicos han descubierto que en las costas de Japón el número de partículas de plástico en el agua se multiplica por diez cada dos o tres años.

Alan Weisman, en su fantástico libro El mundo sin nosotros, asegura que si mañana los humanos dejáramos de existir, esta capa de basura en el mar seguiría flotando allí durante muchos años después de nuestra desaparición.

Ni arte ni literatura. Nuestra herencia es la basura.

Ave marina varada en una playa y con todo su cuerpo lleno de plásticos ingeridos accidentalmente. La basura mata.

Regresa del país de los muertos

Tan sólo se le había visto dos veces desde 1920, la última vez hace 79 años. Considerado “Críticamente amenazado”, era dado por muerto por la mayoría de los científicos. Pero contra todo pronóstico, el petrel de Beck (Pseudobulweria becki) ha regresado del país de los muertos, del listado de las especies extinguidas.

En realidad nunca se había ido, pero sus poblaciones son tan escasas y se localizan en una zona tan remota del Pacífico austral, que las probabilidades de que un experto en aves marinas diera con él y lo identificara con precisión eran mínimas.

El mérito de este redescubrimiento tiene nombre propio: Hadoram Shirihai. Un entusiasta ornitólogo israelita empeñado, por no decir obsesionado, en el petrel perdido. Creyó haberlo visto en 2003 en el archipiélago de Bismarck, al noreste de Papúa Nueva Guinea. La duda no le dejaba tranquilo. Así que en el verano del año pasado emprendió una apasionante aventura personal en su busca. Alquiló un yate y durante 15 días recorrió 1.400 kilómetros por entre algunas de las más de 200 islas del lejano archipiélago. Shirihai justificó así su decisión: “Estaba ansioso por saber sobre estos sorprendentes petreles… y comprender mejor cómo podemos ayudar a conservarlos”. Para muchos era una excentricidad, por no decir una locura. Pero como ocurre tantas veces, el éxito sonrió al idealista contumaz.

No sólo vio un petrel de Beck. ¡Vio 30 de estas imposibles aves marinas! Entre ellas varios jóvenes, evidencia clara de que la especie sigue criando. También los fotografió, algo que no se había logrado nunca. Por si todo esto fuera poco, encontró el cadáver reciente de una de esas aves en el mar, que lo convierte en el tercer espécimen recolectado para su estudio por la ciencia.

Los petreles son un grupo de aves parecidas a pequeñas gaviotas que pasan toda su vida en el mar y sólo se acercan a las costas para criar. Al igual que las pardelas, presentan un orificio tubular sobre el pico por el que expulsan el exceso de sal consumida, una sorprendente adaptación al mundo marino.

A los de Beck, así llamados en honor a su descubridor para la ciencia Rollo Beck, se les supone amenazados por las mismas causas que afectan a otros petreles del Pacífico: gatos y ratas introducidos en sus lugares de cría, tala y desmonte de los bosques para plantaciones de aceite de palma, sobrepesca, contaminación. Pero hasta que no conozcamos sus lugares exactos de cría tan sólo son suposiciones.

Les reconozco mi envidia al enterarme de esta noticia. Todavía quedan rincones en el mundo por explorar. Las islas Bismarck, por ejemplo. ¿Necesitará Hadoram Shirihai un viejo grumete inexperto para su próxima expedición? Por si acaso le mandaré mi currículum.

Mapa de la ruta seguida por el ornitólogo Hadoram Shirihai en julio-agosto de 2007. La zona donde descubrió al petrel de Beck se encuentra cerca del Cabo San Jorge, en la punta sur de Nueva Irlanda.