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Los humanos arcaicos también inventaban a la vez

No cabe duda de que los humanos somos seres curiosos e innovadores. Ya sea para resolver nuestros problemas o simplemente para pulverizar nuestros límites, desde antiguo existen casos documentados de descubrimientos o invenciones que varias personas han desarrollado de forma simultánea. Isaac Newton y Gottfried Leibniz formularon el cálculo al mismo tiempo, y Charles Darwin y Alfred Russell Wallace hicieron otro tanto con la teoría de la evolución de las especies. Miguel Servet descubrió la circulación de la sangre sin saber que un médico árabe ya la había descrito antes; y después del aragonés, sin conocer su trabajo, el inglés William Harvey hizo lo mismo. Por no hablar de los inventos con varios padres independientes, entre los cuales se encuentran el teléfono, el aeroplano, la bombilla o la fotografía. En la investigación actual, el descubrimiento simultáneo es algo tan frecuente que a menudo las revistas científicas se ven obligadas a coordinar la publicación de hallazgos similares.

Todos estos casos no responden a la casualidad: la ciencia y la innovación avanzan paso a paso, sobre hombros de gigantes, como dice el proverbio. Y cada uno de esos pequeños incrementos solo puede aparecer cuando el conocimiento y la tecnología están maduros para ello. De ahí que la bombilla se inventara hasta 23 veces en tiempos del que ha perdurado como su padre oficial, Thomas Edison. Y sin embargo, en pasmosa contraposición a todo esto, los modelos que describen la prehistoria de la humanidad y de sus ancestros siempre presumen que las innovaciones, como las técnicas de trabajo de la piedra para fabricar herramientas, han aparecido una sola vez en un único lugar concreto y se han extendido gracias a las migraciones de esas comunidades pioneras.

¿Por qué? “Yo creo que la arqueología se ha contagiado de la visión de la evolución biológica. Y cuando vas acumulando datos en el registro arqueológico, son puntos en el mundo y fechas, y para nuestro cerebro lo más fácil es buscar el punto más antiguo como si hubiera sido único, y suponer que hubo una difusión desde ahí”. Quien responde es Carolina Mallol, arqueóloga de la Universidad de La Laguna (Tenerife). En menos de una semana, es la tercera vez que reseño aquí el trabajo de Mallol. La primera fue a propósito de la desaparición temprana de los neandertales, y la segunda sobre la coexistencia de esta especie y los sapiens en el valle del Danubio. Pero no es manía acosadora por mi parte (Carolina puede dar fe de que nunca nos hemos visto), sino que es el mérito de su trabajo el que lo reclama.

El descubrimiento del yacimiento de Nor Geghi 1 en julio de 2008. Foto de Daniel S. Adler.

El descubrimiento del yacimiento de Nor Geghi 1 en julio de 2008. Foto de Daniel S. Adler.

El motivo es que Mallol es especialista en un campo cada vez más demandado en arqueología, el estudio fino del suelo antiguo en el que cayeron los restos arqueológicos o paleontológicos, y que quedó después encerrado en la roca. Este aspecto de los enclaves arqueológicos, que antes se despreciaba, hoy se considera esencial para situar los hallazgos en su contexto, del mismo modo que el envoltorio de un regalo puede revelarnos tanto de una persona como el propio presente que contiene. Y en este nuevo caso, la investigadora ha participado en un estudio que hoy publica la revista Science y que demuestra precisamente lo que abre este texto: los humanos llevamos cientos de miles de años innovando y lo hemos hecho al mismo tiempo en distintos lugares, una vez que nuestro conocimiento ha avanzado lo suficiente para llegar a lo que Mallol define como “el punto de caramelo”.

Un equipo internacional de investigadores, liderado por la Universidad de Connecticut (EE. UU.), ha excavado un enclave llamado Nor Geghi 1, en Armenia, al sur del Cáucaso. La situación de esta región la postula como una auténtica autopista para las antiguas migraciones de los homininos desde África hacia Eurasia, pero solo recientemente ha empezado a abrirse a la exploración arqueológica. Los científicos han encontrado allí un verdadero tesoro: un yacimiento de industria paleolítica en el que se demuestra la transición desde una tecnología a otra que hasta ahora se creía inventada solo en África y transportada después con las migraciones a Eurasia.

Hasta hace unos 300.000 años, los ancestros humanos habían aprendido a trabajar la piedra mediante la llamada tecnología achelense, que obtenía herramientas (llamadas bifaces) de los bloques de piedra como un escultor saca su obra de la roca madre, descartando las lascas y aprovechando el núcleo. La transición desde aquel Paleolítico Inferior al Medio vio el nacimiento de una nueva tecnología revolucionaria, un destello de lo que hoy conocemos como pensamiento lateral: en lugar de desechar las lascas, producirlas según un patrón determinado y utilizarlas como herramientas. Esto es lo que se conoce como tecnología Levallois, y hasta ahora se pensaba que algún genio prehistórico individual la inventó en África para después extenderla por el mundo llevándola consigo.

La evolución tecnológica en el yacimiento armenio de Nor Geghi 1. Arriba, bifaces achelenses. Abajo, núcleos de Levallois. Foto de Daniel S. Adler.

La evolución tecnológica en el yacimiento armenio de Nor Geghi 1. Arriba, bifaces achelenses. Abajo, núcleos de Levallois. Foto de Daniel S. Adler.

Lo que han descubierto los arqueólogos es que Nor Geghi tuvo su propio genio de cabecera. “Los artefactos forman tres grupos”, explica Mallol;”uno de bifaces, otro Levallois, y un tercero que representa un estadio intermedio”. “Tenemos una continuidad, una evolución tecnológica in situ. Un grupo humano que innovó a partir del achelense para llegar al Levallois”. Las dataciones han situado el momento entre hace 325.000 y 335.000 años, lo que convierte el yacimiento en el Levallois más antiguo de Eurasia. El trabajo de Mallol ha permitido reconstruir el contexto a través del estudio microscópico de los estratos. “Sabemos que formó un suelo estable con cobertura vegetal y poco aporte de sedimentos, que los homininos fueron ocupando a lo largo de varios milenios”, relata la arqueóloga. “Esa interpretación casa bien con la cronología de las dataciones, en un período interglacial con condiciones climáticas parecidas a las actuales”. La datación se ha podido precisar también gracias a dos coladas de lava de hace 200.000 y 400.000 años que hicieron un sándwich con el nivel estudiado como relleno.

El nuevo estudio obligará a replantear un dogma tácito de la arqueología y la paleoantropología. “Las lascas son más fáciles de transportar y aprovechan mejor la materia prima, por lo que el Levallois era una adaptación favorecida”, reflexiona Mallol. “Estos grupos eran versátiles, flexibles, y supieron innovar. La tecnología achelense les llevaba a producir muchísimas lascas, y tal vez de repente pensaron que podían emplearlas”. En cuanto a la identidad de aquellos pobladores, la falta de restos humanos impide deducirla. “No podemos saber si era un Homo sapiens arcaico o un heidelbergensis“, apunta Mallol.

Sin embargo, la conclusión presenta un resquicio aún difícil de tapar con las técnicas actuales. Cuando se observa un cambio, es tremendamente complejo establecer si existió un contacto directo, dado que depende de la finura con que la sucesión de capas de roca pueda marcar el paso del tiempo, y de la resolución que puedan aplicar los investigadores al interpretarlo. “No podemos descartar que por allí pasaran muchísimos grupos y que esas ocupaciones se solaparan sin llegar a conocerse”, admite Mallol. “Nuestro argumento para descartar esa posibilidad es que en el paleolítico armenio que hoy conocemos no hay grupos de solo Levallois, o solo bifaces, o solo pasos intermedios, que serían evidencias de un territorio ocupado aisladamente por los tres”.

“Estamos llegando a una resolución de centímetros que nos permite afinar mucho, pero el gran reto es demostrar el contacto”, comenta la investigadora. “Ahora puedes marcar una línea muy clara y decir: aquí hubo 300 años; esta gente no se conoció”. El problema aparece con un concepto que la arqueología comparte con el estudio de documentos antiguos: el palimpsesto. Un manuscrito que fue borrado para escribir de nuevo en el mismo soporte es un palimpsesto. En arqueología, se llama así a una mezcla de estratos que dificulta averiguar qué vino antes o después. “En este caso tienes que buscar otro tipo de marcadores, como por ejemplo pátinas diferentes en los artefactos”. Para disponer de mejores herramientas a la hora de enfrentarse a los nuevos tesoros que aún deben revelar lugares como Armenia, Mallol trabaja en el desarrollo de nuevos marcadores temporales que le permitan diseccionar los palimpsestos. “Es la clave para no quedarnos anclados en una visión de la arqueología del siglo XIX”, concluye.

Neandertales y sapiens, un vals junto al Danubio

Nunca está de más rescatar la vieja frase del escritor y activista Stewart Brand: “science is the only news“; la ciencia es la única noticia o, mejor, la única nueva. La actividad de los investigadores nunca deja de aportar una savia fresca que algunos nos empeñamos en inyectar en las venas de la actualidad informativa, en la esperanza de incitar en algunos la curiosidad por meter las narices en lo que acontece en el laboratorio y en el campo. Pero no siempre tenemos la satisfacción de asistir a algo radicalmente nuevo, un cambio de paradigma. Esto es lo que viene ocurriendo en los últimos años en lo que podríamos denominar el mundo paleo, y los resultados están sacudiendo los cimientos de lo que hasta ahora creíamos saber.

El origen de la revolución está en la novedad del enfoque. Los pioneros de la arqueología o la paleoantropología llegaban a un yacimiento, desenterraban sus piezas con más o menos tiento y se largaban pisando la colilla del puro sobre los restos, por expresarlo gráficamente. Ahora, un enclave que conserva un testimonio del pasado se trata con el mismo cuidado que la escena de un crimen en manos de los CSI, y los científicos que lo analizan ya no se forman en un mismo y único edificio de la universidad. En los equipos hay expertos no solo en artefactos y fósiles, sino también en geografía, geología, clima, edafología, ecología, zoología o botánica. Y en el laboratorio donde estudiarán las piezas encontradas ya no les aguardan solo las tradicionales lupas del arqueólogo, sino también sofisticados microscopios, tomógrafos, escáneres o sincrotrones, cuyos mandos a veces los pilotan ingenieros que jamás oyeron hablar de australopitecos o de bifaces durante todos sus años de carrera.

Todo esto tiene un nombre, en forma de una palabra de 21 letras difícil de pronunciar sin trabarse: interdisciplinariedad. “Se reúnen numerosos especialistas y se hace una aproximación al yacimiento en la que reconstruimos el contexto: paleoambiente, paleoantropología física, tecnología, dieta… Intentamos reconstruir todo lo que podamos”, explica a Ciencias Mixtas la investigadora Carolina Mallol, de la Universidad de La Laguna (Tenerife). Mallol aporta precisamente una pieza clave de ese carácter poliédrico de los estudios paleo: el estudio del suelo antiguo, ese pavimento natural que pisaron los humanos prehistóricos y donde quedaron encerradas innumerables pistas más allá de los grandes tropezones de historia que saltan a la vista de los arqueólogos.

Según conté aquí la semana pasada, Mallol forma parte de un equipo de investigadores que está poniendo patas arriba algunas nociones hasta ahora asumidas sobre los neandertales, esa rama de la familia humana que se separó de la nuestra hace unos 400.000 años. Gracias a ese abordaje interdisciplinar, los estudios de Mallol y sus colaboradores, en consonancia con los de otros expertos internacionales, han demostrado que la extinción de los neandertales fue más temprana de lo sospechado, lo que supone un obstáculo a la idea de que ambas especies llegaron a coexistir.

Sin embargo, y esto es un capítulo que aún no parece zanjado, los estudios genómicos indican que los no africanos llevamos en nuestros genes entre un 1 y un 4% de ADN neandertal. Los científicos que defienden esta conclusión sugieren que este llamado flujo genético (para el cual existen otros muchos términos más populares) acaeció en algún lugar difuso entre Europa del este y Oriente Próximo. Ahora conocemos una zona concreta en la que humanos y neandertales pudieron convivir durante miles de años. Y lo sabemos gracias a un estudio publicado hoy en la revista PNAS y del que Mallol es coautora, junto con un equipo de investigadores de Alemania, Reino Unido, Bélgica y Austria.

La Venus de Willendorf, hallada en 1908 en Austria. Foto de Matthias Kabel / Wikipedia.

La Venus de Willendorf, hallada en 1908 en Austria. Foto de Matthias Kabel / Wikipedia.

El enfoque interdisciplinar permite volver a examinar yacimientos ya conocidos y de los que en su día se extrajo un rendimiento valioso, pero que aún guardaban muchos secretos ahora accesibles con las nuevas técnicas. En 1908, una excavación en Austria sacó de la tierra una figurita femenina que desde entonces se ha conocido como la Venus de Willendorf, por la población en la que se halla el enclave. El equipo internacional del que forma parte Mallol ha emprendido un nuevo análisis del yacimiento, y el resultado es que Willendorf albergó la comunidad de humanos modernos más antigua de la que se tiene noticia en Europa, hace 43.500 años.

La conclusión es fruto de ese riguroso estudio interdisciplinar: “Para la mayoría de yacimientos de esta época conflictiva de transición entre neandertales y sapiens, lo que solía hacerse antes era establecer las condiciones del clima de la época con datos externos al yacimiento, como por ejemplo registros de Groenlandia”, detalla Mallol. “Lo que hemos hecho nosotros es generar datos directos del clima a partir de los moluscos y del sedimento del propio yacimiento”. Los científicos han podido así establecer que aquellos humanos, cuyos artefactos de piedra se han datado con precisión en 43.500 años, habitaban en un lugar frío y estepario, con alguna vegetación similar a la que hoy puede encontrarse en Escandinavia.

“Los resultados de la datación son muy importantes, porque atrasan la primera presencia de la tecnología auriñaciense, ligada al Homo sapiens“, destaca Mallol. Y como conclusión, las fechas indican que sapiens y neandertales pudieron coexistir en aquella región durante miles de años. Sin embargo, lamenta Mallol, aún falta la prueba directa, un contacto físico entre los artefactos de ambas especies: “Hay solapamiento de fechas y sería posible encontrar un contexto de transición, pero aún falta. Incluso en la zona de los Alpes de Suabia [Alemania], donde se han encontrado muchos restos, sigue habiendo una brecha entre ambos”.

La investigadora Carolina Mallol en la excavación del yacimiento de Willendorf. Foto de Carolina Mallol.

La investigadora Carolina Mallol en la excavación del yacimiento de Willendorf. Foto de Carolina Mallol.

Con todo, el solapamiento temporal descubierto es muy sugerente, porque deja abierta la puerta a que ese contacto acabe demostrándose, lo que quizá dependa de la revisión de otros yacimientos, “por ejemplo en la zona de Ucrania y los Cárpatos, donde aparentemente hay culturas de transición”. En lugares como estos será donde los expertos deberán aplicar la enorme finura de este nuevo estilo de hacer arqueología a lo CSI. “Hay que tener en cuenta que esos contactos tienen que darse en un espesor de sedimento muy fino, de unos diez centímetros, a una escala muy pequeña que hay que estudiar microscópicamente”.

Tomados en conjunto, los resultados de los últimos estudios definen un panorama que sitúa una posible convivencia entre ambas especies humanas en Europa central. Los sapiens que llegaron a la península ya llevaban esa dosis de genes neandertales, y aquí nunca llegaron a cruzarse (en ninguno de los sentidos posibles) con sus primos. “Eso explica que, cuanto más hacia el oeste de Europa, hay menos evidencia de Homo sapiens sapiens, y en Iberia no hay”, señala Mallol. La idea extendida de que la Península Ibérica fue el último refugio de los neandertales antes de su extinción también parece ya insostenible. “La visión va a ir cambiando”, apuesta la investigadora.

Pero para que el esquema quede completo, aún faltan algunos cabos por atar. Recientemente, otro equipo de científicos halló en la cueva gibraltareña de Gorham lo que fue descrito como un grabado ejecutado por manos neandertales y datado en 40.000 años, una fecha en claro conflicto con las que defienden Mallol y otros expertos. La investigadora no cree que esta datación vaya a superar un escrutinio más riguroso. “En Gorham también están revisando la cronología. Realmente, allí hay industrias que no encajan ni con un musteriense [neandertales] ni con un auriñaciense [sapiens]”. Pero que nadie tema un enfrentamiento cruento entre arqueólogos a golpe de hachas de sílex: “Lo importante es que haya una buena comunicación entre los especialistas”, concluye Mallol.

Y, volviendo a la frase de Brand, esto tampoco acaba aquí. Me atrevería a apostar que antes de que termine la semana tendremos más y sorprendentes nuevas del mundo paleo. Como dicen los anglosajones, stay tuned.

¿Y si nunca conocimos a los neandertales?

Resulta difícil imaginar cómo sería hoy este planeta si los neandertales no hubieran desaparecido, si dos especies humanas estuviéramos conviviendo en esta roca mojada. Quizá la mezcla entre ambos linajes habría llegado a difuminar las diferencias hasta hacernos indistinguibles. O quizá, entendiendo cómo viene funcionando el mundo, los neandertales, diferentes en varios aspectos de los humanos modernos, habrían sido estigmatizados, recluidos y sometidos a uno de esos genocidios sistemáticos que tanto nos gustan a los sapiens. Quién sabe. Lo cierto es que los neandertales ya no existen y, aunque parte de su legado genético pervive en nosotros, aún estamos aprendiendo a comprender quiénes eran aquellos tipos bajitos y corpulentos que poblaron Europa y Asia central.

Recreación de una pareja de neandertales en el Museo Neandertal (Alemania). Foto de UNiesert / Frank Vincentz / Wikipedia.

Recreación de una pareja de neandertales en el Museo Neandertal (Alemania). Foto de UNiesert / Frank Vincentz / Wikipedia.

Sabemos que los neandertales fabricaban herramientas y dominaban el fuego, pero tradicionalmente los hemos imaginado como una raza de brutos trogloditas sin el menor atisbo de intelecto, hasta tal punto que su apelativo se utiliza a menudo como insulto. Sin embargo, la revista científica PNAS publicó hace dos semanas el hallazgo de una posible muestra de arte neandertal en la cueva gibraltareña de Gorham, en la forma de un grabado en la roca tallado hace 40.000 años que los medios de comunicación compararon humorísticamente con un hashtag de Twitter. Bromas aparte, lo cierto es que un grabado es mucho más que un grabado: es una prueba de cultura, de abstracción y pensamiento simbólico, lo que podría rehabilitar definitivamente la imagen de los neandertales entre los sapiens. Hoy se extiende la idea de que, como titulaba el director del Proyecto Genoma Neandertal, Svante Paabo, en un artículo publicado el pasado abril en el diario The New York Times, “los neandertales también son gente”.

Pero esa gente desapareció, y aún ni siquiera estamos seguros del porqué. Algunos científicos vuelven el dedo acusador hacia nosotros, los sapiens, que por entonces ni siquiera habíamos adquirido esa costumbre del genocidio en masa. Otro de los sospechosos es un cambio climático que trajo el frío, al que los neandertales estaban bien adaptados, pero no así sus fuentes de alimento. Sea como fuere, sabemos que el linaje neandertal en retirada encontró sus últimos refugios en la Península Ibérica, y que dejó de existir hace unos 40.000 años. De esto último estamos seguros. ¿O no?

Excavación en la cueva de El Salt, en Alcoy (Alicante). Foto de Garralda et al., Journal of Human Evolution.

Excavación en la cueva de El Salt, en Alcoy (Alicante). Foto de Garralda et al., Journal of Human Evolution.

Para añadir más intriga a la historia de los neandertales, está comenzando a propagarse la noción de que su extinción fue en realidad más temprana de lo que creíamos. Esta teoría es materia de estudio de un equipo de científicos españoles que excava los yacimientos paleolíticos de El Salt y el Abric del Pastor, ambos en Alcoy (Alicante). En la cueva de El Salt, los investigadores, de la Universidad tinerfeña de La Laguna, de la Complutense de Madrid y otras instituciones, han encontrado restos dentales pertenecientes a un joven neandertal que habitó la cueva al final del Paleolítico Medio, hace unos 45.000 años. Conservados en el mismo estrato han aparecido fragmentos de piedra trabajada y huesos de animales. Y sin embargo, en el libro de la vida que forman las capas rocosas, a este bullicioso período le sigue un estrato superior en el que no hay absolutamente nada. Los científicos concluyen así que el individuo hallado representa el punto y final a la ocupación humana de la cueva de El Salt.

En apariencia, el hallazgo podría pasar por uno más entre la veintena de yacimientos neandertales descubiertos en la Península Ibérica. Pero los resultados, publicados en la revista Journal of Human Evolution, cobran una inmensa trascendencia al poner la lupa sobre las fechas y situarlas en contexto. En un segundo estudio que acompaña al anterior, los investigadores de la Laguna Bertila Galván, Cristo M. Hernández, Carolina Mallol y sus colaboradores detallan la cronología del enclave de El Salt y concluyen que la cueva fue vivienda humana entre 60.000 y 45.000 años atrás, hasta que el frío extremo puso fin a la última población neandertal del lugar. “Comenzamos a observar un declive progresivo en la población neandertal hace unos 49.000 años, que coincide con un empeoramiento climático hacia un clima más frío”, explica Cristo M. Hernández a Ciencias Mixtas. “Por fin, en el 43.000 desaparece todo rastro de presencia humana. Los compañeros que trabajan con el registro faunístico han descrito la desaparición de otras especies a partir de estas mismas fechas, como la tortuga mediterránea, lo que indica que el impacto climático no solo afectó a las poblaciones humanas”.

¿Qué significa esto? Hace dos años, en la revista Quaternary International, los mismos científicos analizaban los datos de todos los yacimientos neandertales ibéricos, llegando a la conclusión de que entre los últimos restos de esta especie y los primeros sapiens había una brecha, un espacio en blanco, y que este patrón sugería una desaparición de los neandertales en una época de clima riguroso, miles de años antes de que los sapiens se extendieran por la península. “Ocurre lo mismo que describimos en El Salt: por encima de las últimas ocupaciones neandertales hay un depósito estéril”, señala Hernández. “No hay ningún caso donde tengamos ocupaciones de los primeros humanos modernos directamente encima de las últimas neandertales”. No existen, destaca el investigador, restos humanos neandertales datados en la Península Ibérica que sean posteriores a hace 43.000 años.

Una de las piezas dentales halladas en El Salt, Alcoy (Alicante). Foto de Garralda et al., Journal of Human Evolution.

Una de las piezas dentales halladas en El Salt, Alcoy (Alicante). Foto de Garralda et al., Journal of Human Evolution.

Para Hernández y sus colaboradores, los nuevos hallazgos de El Salt no hacen sino confirmar la hipótesis de que nuestros primos humanos se marcharon antes de lo que creíamos. Pero ¿qué ocurre entonces con casos de fechas más recientes, como el de la cueva de Gorham? “Solo hay algunos yacimientos, como el caso de Gibraltar, que nos dan fechas recientes, pero obtenidas en estratos donde no hay restos humanos y donde la industria es muy poco diagnóstica”, valora Hernández. “Lo que tienen datado es el estrato que cubre los grabados, pero ese estrato no tiene restos humanos y no sabemos con exactitud quién es el autor de esas industrias, que tampoco son muy abundantes”. Una posibilidad es que los autores del hashtag de Gorham no fueran en realidad neandertales, sino sapiens como nosotros.

La clave de este cambio de interpretación está en la datación de los restos. “Muchos yacimientos que estaban datados con fechas recientes, como Jarama VI [Guadalajara] o Zafarraya [Granada], se han vuelto a datar con las últimas técnicas, que evitan la contaminación de las muestras, y se han atrasado las fechas”, apunta el investigador. Y esto no solo ha ocurrido en la Península Ibérica: “Se acaba de publicar un trabajo en Nature que cubre todos los yacimientos europeos y que demuestra una desaparición más antigua de los neandertales”. “No somos nosotros únicamente los que planteamos esto, hay otros equipos defendiendo lo mismo. Cada vez hay más grupos que están barajando esta posibilidad”, afirma Hernández.

Así, los nuevos datos dibujan una cronología que separa los reinados de neandertales y sapiens en la Península Ibérica: los primeros desaparecieron hace unos 45.000 años, mientras que los segundos no llegaron hasta hace unos 40.000. “Hay un vacío de población hasta que llegan los primeros humanos modernos”, resume Hernández. Si, como demuestran las pruebas genéticas, algo de sangre neandertal corre por nuestras venas, estas comunidades mixtas nunca vivieron en la península. Sencillamente, jamás llegamos a conocernos. Pero, si tal es el caso, al menos no fuimos culpables de este genocidio.

Una metrópolis de la Edad del Cobre en Toledo

Miguel de Cervantes puso la provincia de Toledo en el mapa del mundo a través de la literatura, consiguiendo que un estudiante de Singapur tenga que aprender a pronunciar correctamente “El Toboso”. Pedro Almodóvar logró además elevar la meseta sur peninsular a la categoría de icono pop, a la altura de la América profunda de Jack Kerouac. La hermosa desolación de los paisajes castellano-manchegos relaja la vista y la mente, además de ofrecer rincones de analogías sorprendentes como el Parque de Cabañeros, donde uno casi esperaría ver desfilar un rebaño de ñus bajo la mirada atenta de un clan de leones. Pero no cabe duda de que los parajes del centro-sur peninsular, por lo general más áridos y polvorientos que verdes y feraces, no son los que buscan quienes eligen vivir al sol, como los exiliados climáticos del norte europeo que se apiñan en la costa mediterránea.

Durante años, los antropólogos han pensado que este carácter solitario ha acompañado a la vasta extensión de la meseta meridional durante toda su historia, y que esta región ha permanecido prácticamente despoblada desde antiguo frente al intenso intercambio cultural y comercial en las costas del Mediterráneo. Pero parece que no es así: un estudio de la Universidad alemana de Tubinga ha descubierto que, con toda probabilidad, ciertos enclaves de lo que hoy es la provincia de Toledo acogieron una floreciente población que, durante la Edad del Cobre, hace 4.000 años, fundía el metal, trabajaba la tierra, cuidaba su ganado, fabricaba herramientas, enterraba a sus muertos en monumentos megalíticos y compartía costumbres y forma de vida con lugares tan lejanos como el sur de Portugal.

Dolmen de Azután. Foto de Felicitas Schmitt / Universidad de Tubinga.

Dolmen de Azután. Foto de Felicitas Schmitt / Universidad de Tubinga.

Los investigadores alemanes, con la colaboración de la Universidad de Alcalá de Henares, han encontrado un área de 90 hectáreas sembrada de esquirlas y herramientas de piedra en el municipio de Azután, en La Jara, donde existe un dolmen funerario que demuestra cómo los pobladores del lugar habían alcanzado un alto grado de desarrollo cultural y tecnológico. Los restos pertenecen al período Calcolítico, una época de transición entre lo que popularmente conocemos como Edad de Piedra y la Edad del Bronce, cuando se descubrió que la aleación del cobre con estaño aumentaba la dureza del metal.

Hasta ahora, los científicos creían que la cuenca del Tajo, encerrada entre el Sistema Central y los Montes de Toledo, había sido prácticamente un desierto humano durante la prehistoria peninsular, debido a su difícil acceso y al obstáculo que probablemente presentaba el propio río, mucho más caudaloso hace entre 4.000 y 5.000 años. Sin embargo, estructuras como el dolmen de Azután sugerían otra cosa, y los nuevos hallazgos parecen confirmar que la situación era muy diferente. En Azután se han hallado también piedras de molino y pesos para redes de pesca, lo que sugiere que los pobladores calcolíticos explotaban intensamente los recursos de la meseta castellana con un sistema de división del trabajo. Felicitas Schmitt, coautora del estudio (aún sin publicar), resume: “Los nuevos descubrimientos en Azután confirman que había un asentamiento y un trabajo del cobre intensivos también en la España central. Hasta ahora, se pensaba que esta actividad se limitaba sobre todo a las fértiles regiones costeras en el sur de la Península Ibérica”.

Los científicos, dirigidos por el arqueólogo Martin Bartelheim, planean comparar sus prospecciones geomagnéticas con fotografías aéreas para tratar de delimitar el tamaño y la estructura del asentamiento de Azután y de otros vecinos, como un posible enclave fortificado en la cercana Aldeanueva de San Bartolomé, donde se han hallado signos de procesamiento del cobre.

Otra prueba de la importancia de estos asentamientos es la semejanza de los restos hallados en Azután con otros muy alejados, como un yacimiento calcolítico en el Algarve portugués. “Las dos regiones son similares en sus tumbas, ritos de enterramiento y objetos, así que estamos trabajando bajo la premisa de que los ríos y las sendas de los pastores desempeñaron un papel importante como vías de comunicación incluso entonces”, explica Schmitt. Con sus resultados, los investigadores esperan ayudar a definir las rutas mesetarias que se empleaban como autopistas de comunicación en la Iberia prehistórica.

¿Somos el resultado de un bombardeo de radiación extraterrestre?

A nadie se le escapa que la radiación hace daño. Su efecto perjudicial se debe a que rompe la doble hélice de ADN, lo que desemboca en la muerte de la célula –de ahí la pérdida de pelo– o bien en reparaciones erróneas que pueden introducir mutaciones y con ello causar peligrosos desastres celulares, como el cáncer. Sin embargo, desde el punto de vista no de un individuo, sino de la población, la radiación y las mutaciones que provoca pueden ofrecer el sustrato sobre el que actúa la selección natural, acelerando la aparición de nuevas especies. Un ejemplo es la obtención de bacterias intestinales inmunes a la radiación que comentábamos aquí hace unas semanas. Aquellas Escherichia coli ultrarresistentes bien podrían considerarse una nueva especie, aunque no suele aplicarse este criterio cuando se trata de una evolución forzada en el laboratorio.

Ilustración del Brote de Rayos Gamma GRB 080319B, detectado en 2008, con dos rayos en direcciones opuestas. NASA.

Ilustración del Brote de Rayos Gamma GRB 080319B, detectado en 2008, con dos rayos en direcciones opuestas. NASA.

No es habitual que todos los organismos terrestres se vean sometidos a una alta dosis de radiación de forma global y repentina. Pero tampoco es impensable. Ciertas estrellas pueden sufrir una gran explosión que dispara chorros de radiación intensa a través del cosmos. Estos fenómenos, conocidos como Brotes de Rayos Gamma (BRG), se han observado con cierta periodicidad en el universo. Y si por casualidad la Tierra se encuentra justo en la trayectoria de un rayo potente, temblad, terrícolas. Se ha propuesto que los BRG pueden haber causado alguna de las cinco extinciones masivas de la historia de nuestro planeta, como la acaecida entre el Ordovícico y el Silúrico hace 440 millones de años, la segunda más devastadora de las cinco.

Sin embargo, y dado que la frontera entre extinción y especiación es delgada, algunos científicos juegan con la idea de que un BRG haya podido actuar como motor de la evolución biológica en alguna época de la historia de la Tierra. Y una candidata golosa es la llamada Explosión Cámbrica, un súbito acelerón en la aparición de nuevas especies que ocurrió hace unos 540 millones de años y que sacó del sombrero biológico la mayor parte de los grandes grupos de organismos llamados filos, como los artrópodos, los moluscos o los cordados, a los que pertenecemos. De hecho, la churrera de especies que representó la Explosión Cámbrica se ha denominado el “dilema de Darwin”, ya que el propio padre de la evolución por selección natural escribió en El origen de las especies: “A la cuestión de por qué no encontramos ricos depósitos fosilíferos pertenecientes a estos períodos tempranos previos al sistema Cámbrico, no puedo dar una respuesta satisfactoria”.

Los físicos Pisin Chen, de la Universidad Nacional de Taiwán y el Instituto Kavli de Astrofísica de Partículas y Cosmología de la Universidad de Stanford (EE. UU.), y Remo Ruffini, de la Universidad La Sapienza de Roma (Italia), han llevado esta hipótesis a la pizarra y han descubierto que las cuentas cuadran. Los autores han tomado como variable el radio mínimo dentro del cual es probable que la Tierra haya sufrido el impacto de al menos un BRG en sus casi 5.000 millones de años de historia, que resulta ser de unos 1.500 años luz.

Reconstrucción de un mar del Cámbrico. Ghedoghedo.

Reconstrucción de un mar del Cámbrico. Ghedoghedo.

Para calcular la dosis de radiación recibida por la Tierra en este supuesto, los investigadores han considerado la densidad atmosférica existente en aquella época. “Las pruebas indican que la atmósfera del Cámbrico contenía sobre todo nitrógeno con una densidad comparable al nivel presente, mientras que la abundancia del oxígeno era solo un pequeño porcentaje del valor actual”, escriben los científicos en su estudio, disponible en arXiv.org y aún pendiente de publicación. Con este valor de densidad, Chen y Ruffini calculan que la radiación recibida en la Tierra pudo ser letal para las especies aéreas, pero no para las acuáticas. “Afortunadamente, la mayoría de los organismos en el Cámbrico vivían en aguas someras”, escriben. “Los organismos marinos que vivían […] bajo la superficie pudieron sobrevivir al impacto sufriendo mutaciones inducidas en su ADN”. Con todo ello, los autores concluyen que “un GRB es la única entre todas las fuentes propuestas, terrestres y extraterrestres, de extinciones masivas que puede proporcionar una explicación a esta génesis en masa”.

Chen y Ruffini exploran también las consecuencias de su hipótesis en cuanto a la posibilidad de que en tiempos del Cámbrico pudiera existir vida fuera de la Tierra. “Esto puede tener implicaciones en la extinción de la vida en Marte, cuya atmósfera es mucho más tenue”, reflexionan. Por otra parte, sugieren que la idea “impone restricciones” a la teoría de la panspermia, según la cual los microorganismos podrían viajar por el espacio a bordo de asteroides y sembrar la vida en otros planetas. “Los microorganismos primitivos sin protección transportados por rocas interestelares habrían podido quedar esterilizados tras su exposición a un BRG”, pero “estas semillas de panspermia podrían haber evitado la destrucción si su velocidad de migración y colonización fuera más rápida que la tasa de BRG”.

Con todo, no hay que perder de vista que se trata tan solo de un ejercicio de especulación teórica, aunque las ecuaciones de Chen y Ruffini encajen en la hipótesis como el pie de Cenicienta en el zapato. A su favor, los físicos alegan que “una posible prueba de este origen propuesto para la Explosión Cámbrica sería la abundancia anómala de ciertos isótopos en registros geológicos del período Cámbrico”, un indicio que según los autores es coherente con su hipótesis. Pero aún deberá recorrerse un largo camino antes de poder afirmar que los terrícolas somos el resultado fortuito de un bombardeo de radiación extraterrestre.

Los Álvarez y los dinosaurios, un culebrón científico con fabes y hamburguesas

Cuatro generaciones de científicos. De arriba abajo, Luis F. Álvarez, Walter C. Alvarez, Luis Walter Alvarez (1968) y este con su hijo Walter Alvarez (1981).

Cuatro generaciones de científicos. De arriba abajo, Luis F. Álvarez, Walter C. Alvarez, Luis Walter Alvarez (1968) y este con su hijo Walter Alvarez (1981).

Supongan que el que suscribe, que también escribe, se presentara un buen día en el mismo Hollywood tratando de vender un guion para una película, o tal vez una serie. ¿De qué va?, interroga el ejecutivo de la productora. Y uno le espeta lo que sigue:

Va de un médico de Asturias que emigra a Estados Unidos, se casa con la hija de un marino prusiano y se establece en Hawái, donde desarrolla un tratamiento contra la lepra y acumula una fortuna gracias a sus negocios de tabaco, minas y bienes raíces. Su hijo, también médico, describe el Síndrome de Álvarez, consistente en una hinchazón histérica del abdomen sin motivo aparente. Su nieto estudia física y participa en el Proyecto Manhattan para la fabricación de la bomba de Hiroshima, cuyo lanzamiento observa desde un bombardero que vuela junto al Enola Gay. Además, inventa un radar de aproximación para los aviones sin visibilidad, crea el primer acelerador lineal de protones y un sistema para explorar las pirámides de Egipto por rayos X, y explica las trayectorias de las balas del asesinato de Kennedy. Le conceden el premio Nobel de Física y finalmente, junto a su hijo, bisnieto del médico asturiano, descubre por qué se extinguieron los dinosaurios. Fin.

Semejante argumento solo lo compraría, si acaso, aquel ejecutivo de la Fox en Los Simpson al que el director Ron Howard lograba colocar un guion de Homer para una película protagonizada por un robot asesino profesor de autoescuela que viajaba en el tiempo para salvar a su mejor amigo, una tarta parlante. Por lo demás, para un novelista o guionista, los únicos salvoconductos válidos para cruzar la frontera de la verosimilitud sin ser acribillado a balazos se despachan a nombre de Tarantino y alguno más.

Sin embargo, la historia del médico asturiano es cien por cien verídica. Luis Fernández Álvarez, reconvertido en su versión norteamericana a Luis F. Alvarez, nació en 1853 en La Puerta, un barrio de la parroquia de Mallecina en el concejo asturiano de Salas, hijo del bodeguero del infante de España Francisco de Paula de Borbón, a su vez vástago del rey Carlos IV. La saga de científicos que Álvarez fundó en su emigración a las Américas es quizá uno de los ejemplos más tempranos y brillantes de nuestra tradicional fuga de cerebros; un modelo paradigmático de lo que nos hemos perdido.

Los Álvarez son más conocidos por la aportación estrella del nieto del médico, Luis Walter Alvarez, que a pesar de su Nobel de Física hoy es más popular por el estudio que publicó en 1980 en Science junto con su hijo Walter y en el que proponía una solución al enigma de la desaparición de los dinosaurios. Según esta hipótesis, la llamada extinción masiva K/T, que hace 65 millones de años marcó la frontera entre el Cretácico y el Terciario, fue provocada por la colisión de un gran objeto espacial. Años más tarde la teoría cobró impulso al descubrirse el cráter de Chicxulub en la península mexicana de Yucatán, una hoya de 180 kilómetros de diámetro enmascarada por sedimentos posteriores. Recientemente el gobierno de Yucatán ha anunciado que se propone emprender el desarrollo turístico del cráter de Chicxulub, lo que añadirá un atractivo científico a la costa del Caribe mexicano.

La teoría de los Álvarez es la más aceptada, pero no la única, y aún es objeto de investigaciones. Hace poco más de una semana ha aparecido el penúltimo estudio, aún sin publicar, que analiza los datos sobre el impacto para tratar de establecer su naturaleza. En este trabajo, los investigadores Héctor Javier Durand-Manterola y Guadalupe Cordero-Tercero, del Instituto de Geofísica de la Universidad Nacional Autónoma de México, han calculado que el objeto pesaba entre 1 y 460 billones de toneladas y medía entre 10,6 y 80,9 kilómetros de diámetro. Los científicos mexicanos sugieren que probablemente no se trataba de un asteroide sino de un cometa, algo que ya se había propuesto anteriormente.

Hoy el bisnieto del médico, Walter Alvarez, prestigioso geólogo de la Universidad de California en Berkeley, es un estadounidense de cuarta generación de setenta y tres años al que ya poco le liga al origen geográfico de su familia, salvando un doctorado honoris causa por la Universidad de Oviedo y una pertenencia honoraria al Ilustre Colegio Oficial de Geólogos. Aun así, es su regalo el dedicar parte de sus investigaciones a la evolución tectónica de la Península Ibérica. Será que, como sabemos quienes hemos vivido en Asturias, la tierrina nunca deja de tirarle a uno de la sisa.

Las heces de un koala dan pistas sobre la historia temprana de la vida en la Tierra

La ciencia, al contrario que la política, la justicia, la economía, la religión, el fútbol, la publicidad, el periodismo, la venta por teléfono y casi todo lo demás en este planeta, no teme reconocer que no posee todas las respuestas. Un viejo y sabio inmunólogo decía que lo primero que debe aprender un científico es a decir “no sé”. El dogmatismo es enemigo del conocimiento. Y una de esas respuestas que (aún) escapan a la ciencia y que (quizá) siempre escaparán es cómo comenzó la vida en la Tierra, cuál fue la chispa que dio origen al primer saquito vivo llamado célula.

Podemos asumir que los primeros organismos vivos fueron bacterias y arqueas, las formas más simples de existencia, pero la época de su primera aparición aún está en disputa entre quienes defienden fechas más antiguas, en torno a 3.800 millones de años atrás, y quienes recortan la cifra hasta los 2.700 millones de años, una horquilla temporal de más de 1.000 millones de años. La discrepancia nace de la diferente opinión sobre la intervención de procesos biológicos en la formación de ciertas rocas, los únicos signos perdurables de aquellos minúsculos y primitivos bichos.

Cianobacterias del género 'Anabaena'. Instituto Nacional de Ciencias Ambientales de Japón.

Cianobacterias del género ‘Anabaena’. Instituto Nacional de Ciencias Ambientales de Japón.

Algo que sí dejó un rastro inequívoco en las rocas fue el hito que permitió la posterior explosión de la vida: la aparición del oxígeno en la atmósfera, sucedida hace unos 2.400 millones de años en lo que se denomina el Gran Evento de Oxidación (GEO). Las responsables de esta innovación atmosférica, a la que debemos nuestra presencia aquí, fueron las cianobacterias fotosintéticas. Estas prodigiosas criaturas inventaron un nuevo metabolismo que prescindía del sulfuro de hidrógeno de sus abuelas para utilizar otro alimento alternativo, el óxido de hidrógeno, es decir, agua. Con un sorbito y una bocanada de dióxido de carbono eran capaces de fabricar moléculas orgánicas, liberando un curioso residuo: oxígeno. Y todo ello, además, propulsado por energía solar.

Tampoco existe acuerdo sobre cuándo surgieron las primeras cianobacterias, pero cada vez se acumulan más pruebas, la última hace solo unos días, de que ya estaban presentes hace al menos 2.700 millones de años. Siendo así, las cuentas no salen: ¿Por qué ese retraso de al menos 300 millones de años hasta que el oxígeno empezó a notarse en la composición de la atmósfera? Esta es una incógnita que lleva años rondando entre la comunidad científica y a la que aún no se ha dado respuesta definitiva. Varias teorías se han propuesto para explicar esta enorme demora, e incluso ciertos investigadores sugieren que no hay tal: Birger Rasmussen, de la Universidad Tecnológica de Curtin en Australia Occidental, publicó en Nature en 2008 que no existe huella confirmada de fotosíntesis en la historia geológica de la Tierra hasta hace solo 2.200 millones de años. ¿Cómo resolver este enredo?

Un nuevo estudio, aún pendiente de publicación, viene a aportar una interesante conclusión que podría colocar alguna pieza del puzle. Y el lugar donde se ha encontrado esta pista es insólito: las heces de un koala. La historia comienza el año pasado, cuando un grupo de investigadores dirigido por las microbiólogas Ruth Ley, de la Universidad de Cornell (EE. UU.), y Jill Banfield, de la Universidad de California en Berkeley (EE. UU.), puso nombre a un difuso grupo de bacterias que llevaba circulando un tiempo por la literatura científica y que se había aislado de hábitats tales como los acuíferos, el suelo o las heces. El estudio de Ley y Banfield, publicado en 2013 en la revista eLife, analizó los genomas de estos microbios y descubrió que eran muy similares a las cianobacterias pero sin maquinaria fotosintética, algo que les sería poco útil en lugares como el intestino. Los investigadores concluyeron que se trataba de un grupo hermano de las cianobacterias que tuvo un ancestro común con estas en los primeros tiempos de la vida en la Tierra, y propusieron para este grupo el nombre de melainabacterias en referencia a Melaina, la ninfa griega de las aguas negras.

Un koala en el santuario de Healsville (Australia). Summi.

Un koala en el santuario de Healsville (Australia). Summi.

Mientras tanto, en Australia, un grupo de microbiólogos de la Universidad de Queensland se dedicaba a “perfilar las comunidades [bacterianas] fecales de los koalas”, según explica a Ciencias Mixtas el director del equipo, Philip Hugenholtz. ¿Y por qué koalas? “¿Por qué no?”, responde el científico. Los investigadores recogieron heces de Zagget, un anciano macho de 12 años que vive en el santuario de Lone Pine, en la ciudad de Brisbane, y realizaron un estudio metagenómico, consistente en leer todas la secuencias de ADN presentes en la muestra y que incluyen la mezcla de genomas de las bacterias que viven en el intestino del animal. El paso siguiente es procesar estas secuencias mediante complejas herramientas informáticas para separarlas en genomas individuales.

La primera autora del nuevo estudio, Rochelle Soo, detalla que el propósito de todo esto era “tratar de rellenar el árbol de la vida con secuencias genómicas representativas”.”Nos interesaban las cianobacterias basales [primitivas] que solo se han encontrado en hábitats afóticos [sin luz], lo que nos hacía pensar que podría haber cianobacterias no fotosintéticas”, agrega Soo. “Obtuvimos varias secuencias y concluimos que, en efecto, no son fotosintéticas”. Y había algo más: las nuevas bacterias identificadas se parecían muchísimo a las melainabacterias.

Estos parecidos genéticos son los que hoy emplean los científicos para establecer la clasificación de los seres vivos en especies y en los grupos que las relacionan, como familias, órdenes y clases. Las semejanzas o diferencias entre sus genomas permiten definir sus relaciones evolutivas e incluso estimar en qué época sus ramas se separaron del tronco común, por ejemplo, los humanos y los grandes simios. Basta pensar en el caso de los parentescos: dos hermanos tendrán genomas más parecidos entre sí que a los de sus primos. Si a partir de numerosos casos se logra definir una regla que relacione el grado de diferencia genética con la distancia genealógica, la comparación entre los genomas de dos personas emparentadas permite deducir si el ancestro que comparten fue un abuelo, un bisabuelo o un tatarabuelo. Lo mismo se aplica a la taxonomía de las especies.

Gracias a esta metodología, los investigadores concluyen que las melainabacterias no son un grupo hermano de las cianobacterias, sino que son cianobacterias. “Deberían ser una clase dentro del filo Cianobacterias, y no un filo separado”, apunta Soo. Los autores proponen que el filo de las cianobacterias debe remodelarse para incluir dos clases, las melainabacterias, no fotosintéticas, y las oxifotobacterias, lo que hasta ahora se conocía simplemente como cianobacterias. Sin embargo, no les está resultando fácil convencer a otros expertos de que acepten una propuesta que supone modificar la definición de las cianobacterias que figura en todos los libros de texto y enciclopedias del mundo. “Es un desafío directo a un dogma largamente establecido en microbiología, que todas las cianobacterias son fotosintéticas”. Por este motivo, el estudio aún está en proceso de revisión. “Estamos encontrando mucha resistencia debido a su naturaleza controvertida”, dice Soo.

Un estromatolito, roca formada por la fosilización de tapices de microbios, entre ellos cianobacterias. Este se encontró en la región de Pilbara (Australia) y su edad se estima en unos 3.500 millones de años. Didier Descouens.

Un estromatolito, roca formada por la fosilización de tapices de microbios, entre ellos cianobacterias. Este se encontró en la región de Pilbara (Australia) y su edad se estima en unos 3.500 millones de años. Didier Descouens.

Hasta aquí, la cuestión no pasaría de ser un simple cambio de nombres. Pero otra consecuencia del estudio va más allá. En consonancia con trabajos previos, los autores sugieren que la adquisición de la maquinaria fotosintética fue algo tardío en la evolución de las cianobacterias, y que esto ocurrió después de que ambas ramas se separaran de su ancestro común, a saber, una bacteria no fotosintética que dependía de la energía química, no solar. Es decir, que mientras un grupo aprendía a vivir del Sol y a producir oxígeno, sus hermanas melainabacterias conservaban el modo de vida ancestral de sus antepasados. Y aquí vienen las grandes consecuencias del estudio: por un lado, esto deja a las melainabacterias, descubiertas en los últimos años, entre los organismos más cercanos que existen hoy al primer ser vivo que jamás habitó la Tierra. Y algunas de ellas viven en nuestro intestino.

Pero además este esquema, de ser validado, podría aportar una pista a la demora entre la aparición de vida en la Tierra y la oxigenación de la atmósfera. Si las primeras cianobacterias que dejaron registro en la roca terrestre hace entre 3.500 y 2.700 millones de años atrás eran melainabacterias no fotosintéticas, no es de extrañar que la huella del oxígeno en la atmósfera se retrasara hasta cientos de millones de años después, quizá el tiempo preciso para que las dos líneas evolutivas se separaran y una de ellas, las oxifotobacterias, llegara a perfeccionar la maquinaria necesaria para la fotosíntesis. Lo que, además, cuadraría con lo defendido por Rasmussen si antes del GEO solo hubieran existido melainabacterias no fotosintéticas. Con todo, Soo se muestra cauta y no se aventura a suscribir esta hipótesis. De momento, bastante tarea tiene con tratar de convencer al mundo de que es necesario tirar los libros de texto y hacer otros nuevos. Falta comprobar si finalmente la comunidad científica prefiere aferrarse al dogma o reemplazarlo por un humilde “no sé”.

NOTA: Después de publicado este artículo, Rochelle Soo, autora principal del estudio mencionado, me comunica que su trabajo ha sido aceptado para publicación en la revista Genome Biology and Evolution.

El último mastodonte ibérico vivió en el ‘Serengeti español’

Al inicio del Pleistoceno, entre 2 y 2,5 millones de años atrás, un hipotético visitante habría podido disfrutar de un auténtico safari en lo que hoy es la comarca granadina de Guadix. Elefantes, jirafas, felinos con dientes de sable, rinocerontes, guepardos, lobos, cebras o hienas, y así hasta 38 tipos de animales, incluyendo 24 grandes mamíferos, poblaban un ecosistema en el que convivían especies autóctonas con inmigrantes africanos y asiáticos, y que no tiene parangón en todo el registro fósil de la época en la Península Ibérica.

Interior del Centro Paleontológico Fonelas P-1. IGME.

Interior del Centro Paleontológico Fonelas P-1. IGME.

Dos millones de años después, científicos del Instituto Geológico y Minero de España (IGME) están rescatando y preservando este colosal tesoro fósil gracias a la Estación Paleontológica Valle del Río Fardes, la primera instalación estatal de su clase en España dedicada a la investigación, la divulgación y la docencia. Su primera fase, el Centro Paleontológico Fonelas P-1, abrirá sus puertas al público la próxima Semana Santa para quien quiera pasar sus vacaciones viajando a un Serengeti prehistórico y rematar el safari con una tapa de jamón de Trévelez, solo o con habas.

La última joya del enclave ha aparecido en forma de mandíbula de elefante, una pieza que los investigadores del IGME Guiomar Garrido y Alfonso Arribas rescataron a menos de un kilómetro de Fonelas P-1 y que se describe en un estudio publicado en la revista de acceso abierto Palaeontologia Electronica. Y no es un elefante cualquiera: las características del maxilar y de los dos molares que conserva no solo demuestran que se trata de una nueva subespecie nunca antes descrita, sino que además representa el último mastodonte que habitó la Península Ibérica, entre 2,5 y 2,4 millones de años atrás.

Reconstrucción de un 'Anancus arvernensis' en el Parque del Plioceno en Dorkovo (Bulgaria). Спасимир/Wikipedia

Reconstrucción de un ‘Anancus arvernensis’ en el Parque del Plioceno en Dorkovo (Bulgaria). Спасимир/Wikipedia.

“Rápidamente lo asignamos a un mastodonte, pero ya en el laboratorio descubrimos que tenía características que no eran comunes a la típica especie que habitaba la Península Ibérica por entonces, el Anancus arvernensis“, resume Garrido a Ciencias Mixtas. “Tenía caracteres muy primitivos, pero otros más evolucionados, como el menor tamaño, lo que corresponde a animales más modernos. Este es el mastodonte más pequeño registrado, y el más moderno en la Península Ibérica”. El animal, también llamado gonfoterio, ha sido bautizado como Anancus arvernensis mencalensis. Era bastante similar a un elefante actual, ligeramente más pequeño que el africano con una altura de entre 2,5 y tres metros, pero con unos colmillos descomunales.

Adiós, mastodontes; hola, mamuts

Uniendo las piezas del puzle prehistórico, los investigadores de Fonelas reconstruyen qué estaba ocurriendo por entonces en la campiña granadina cuando aquel último mastodonte mordió el polvo en la Hoya de Guadix. “Justo en ese período de cambio del Plioceno al Pleistoceno se produce una crisis climática en África y se observan cambios faunísticos en la Península Ibérica”, señala Garrido. “Esta población de mastodontes quedó aislada y tuvo que adaptarse a un clima más árido. Luego comenzaron a llegar los primeros mamuts y estos mastodontes se extinguieron”.

Fragmento de mandíbula de mastodonte hallado en Fonelas. Garrido y Arribas, IGME.

Fragmento de mandíbula de mastodonte hallado en Fonelas. Garrido y Arribas, IGME.

Pese a todo, el nuevo mastodonte es para Garrido casi “una anécdota” en el contexto de Fonelas, “un punto caliente de biodiversidad hace dos millones de años” y un regalo que debemos agradecer a unos animales no siempre bien apreciados: las hienas. “Fonelas P-1 era un cubil de hienas en el margen de un meandro abandonado, y los huesos de sus presas quedaron atrapados bajo el agua en la siguiente estación de lluvias”, explica Garrido, que no disimula el orgullo al repasar el elenco de su prehistórico zoo: “Entre las especies tenemos la cabra más antigua conocida, y una jirafa, que pensábamos que en la Península se habían extinguido en el Plioceno, y que sin embargo es la misma que se ha hallado en Grecia, Rumanía, Turquía y Tayikistán”.

Fue por entonces cuando otros peculiares animales irrumpieron en aquel Edén biológico. “Es el ecosistema que vieron los primeros homínidos cuando comenzaron a llegar en aquella época”, dice la paleontóloga. El resto ya es historia: nosotros permanecimos, ellos desaparecieron. En otro estudio publicado esta semana en la revista PNAS, investigadores daneses muestran que los grandes mamíferos eran los arquitectos de los paisajes templados europeos antes de su extinción asociada a la presencia del hombre moderno, y lanzan una curiosa propuesta: repoblar nuestros campos con grandes herbívoros para restaurar ecosistemas variados y autosostenibles. El coautor del trabajo Rasmus Ejrnæs, de la Universidad de Aarhus, sugiere así “hacer sitio a los grandes herbívoros en el paisaje europeo y posiblemente reintroducir animales como ganado salvaje, bisontes e incluso elefantes”.