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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

Las cabras felices de Juan Pérez y su perro Arrogante

Con el amanecer de cada mañana Juan Pérez salta de la cama, desayuna un buen tazón de leche con gofio y saca a pastar sus 20 cabritas felices. En realidad 25 si contamos los pequeños baifos, palabra de origen aborigen con la que se nombra en la isla canaria de Fuerteventura a los cabritos o chivos lechales. No olvida la lata, una larga pértiga de fibrosa madera con punta de hierro a modo de cayado con la que lo mismo se apoya en ella que da unos saltos increíbles por entre la lava. El salto del pastor lo llaman. Tampoco se olvida cubrirse la cabeza con su raído cachucho de lana, típico sombrero con al menos el medio siglo de vida de su propietario al que Juan es tan fiel como a su flamante bigote setentero.

Le acompaña su fiel perro Arrogante, un bardino majorero de cinco años con pelo grisáceo tirando a verde y las rayas atigradas propias de los de su raza. Otra peculiaridad de esta isla. El bardino o perro majorero es una de las cinco razas caninas autóctonas de Canarias. Tradicionalmente se usó como perro ganadero y guardián, por eso ahora está tan amenazada como la misma profesión de pastor. Por el abandono del campo pero también por su mala fama. Se les acusa de ser celosos, desconfiados y traicioneros; de no avisar, acercarse cautelosos y soltarte una fuerte dentellada con sus poderosas mandíbulas cuando menos te lo esperas.

No es el caso del animal de Juan, o al menos eso espero cuando me los cruzo en el campo, ellos vigilando el ganado y yo buscando con mis prismáticos esos machos de avutarda hubara encelados estos días en sus carreras vertiginosas de amor ciego.

“Por aquí no las busques”, me aconseja el sabio. “Están más arriba, junto a la montañeta”. Y me señala el cerro desnudo de un pequeño volcán en escudo, apenas un grano en esta desarbolada llanura de Tesjuate. Lo hace levantando su lata, una pieza fascinante. Me pregunto si estará hecha con madera de acebuche canario (Olea cerasiformis). Tan dura que se utilizaba para pelear en los juegos de pastor, por eso que reza el refrán de que “al acebuche no hay palo que lo luche”. Pero lo descarto al instante. El antiguo bosque de acebuches que cubría hace 2.000 años Fuerteventura ha desaparecido. En 50 kilómetros a la redonda ya sólo queda un único ejemplar, medio seco, colgado de un risco inaccesible para el siempre hambriento ganado.

“Es de tarajal”, informa el pastor. Me parece imposible que haya encontrado una rama tan recta de una especie como el tarajal o taray (Tamarix canariensis), retorcida como pocas. Pero existe un secreto para lograrlo. “Hay que domarla con fuego y sebo”, explica mientras endereza la larguiducha cachava basculando todo el peso de su cuerpo con maestría de escultor y con sus curtidas manazas como hábiles moldeadoras. Técnicas ancestrales de origen aborigen aprendidas de padres a hijos hasta hoy, la época de la desconexión con nuestras raíces.

“Entonces una familia podía vivir bien en Fuerteventura con unas pocas cabras. Te daban leche, carne y queso. También tenías unas pocas gavias [tierras] plantadas con cereal o lentejas. Y entre todo algo de dinero siempre sobraba para comprar aceite, vino o lo que te hiciera falta”.

Juan también probó fortuna, como todos, fuera del campo. Pero ahora está en el paro, como tantos otros. Y ha vuelto a sus cabritas felices. Ya no dan para vivir, se lamenta, pero con ellas es feliz: “Es lo que mamamos desde niños, lo que vimos siempre y nos gusta. Pero te dejo que se me escapa el ganado”.

Empuña la lata, salta con ella un trastón, silba a Arrogante y ambos se alejan llanura abajo abriendo un efímero sendero entre las flores amarillas de los crisantemos.

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