Viaje a la guerra Viaje a la guerra

Hernán Zin está de viaje por los lugares más violentos del siglo XXI.El horror de la guerra a través del testimonio de sus víctimas.

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Los niños de Makpandu

Situado en la provincia sudanesa de Ecuatoria Occidental, Makpandu es el más grande de los campos de refugiados que a lo largo del último año ha generado la ofensiva de los hombres de Joseph Kony. Cuenta con unos seis mil habitantes, en su mayor parte provenientes de la región de Dungu, al otro lado de la frontera, en la República Democrática del Congo, donde el LRA tenía sus bases y desde donde desató esta última oleada de violencia.

Al igual que los antiguos campos ugandeses de Gulu y los de Dadaab – que esperamos visitar la próxima semana -, Makpandu no presenta una fisonomía de provisionales tiendas de campañas, sino que está compuesto de chozas a las que aquí se llama tukuls. Por esta razón, a primera vista podría parecer un poblado. Sin embargo, sólo basta superar la epidermis física, las meras apariencias, para descubrir aquello que predomina en casi todos los refugiados: el desgarro por lo perdido, la incertidumbre ante el futuro.

Ibrahim Ganiko Bate es lo que se conoce como chef du camp: el representante que los refugiados congoleños eligieron para que defienda sus derechos frente a las autoridades locales y las ONG. Tiene 32 años. Oriundo de la ciudad de Duru, llegó a Makpandu el 12 de diciembre de 2008. Su mujer y sus tres hijos continúan en el Congo. Nada sabe de ellos. “Esta es una vida muy dura. No se reconocen nuestros derechos. Las autoridades no nos dan el estatus de refugiado. No tenemos documentación alguna para poder desplazarnos, para poder trabajar“, afirma. Responsables del ACNUR nos explican que las trabas burocrática las pone el gobierno de Jartum.

A esta indefensión jurídica hay que sumarle el miedo a un ataque del LRA con el que conviven los habitantes del campo de refugiados. Algunos de ellos han perdido familiares a manos de los hombres de Joseph Kony. Otros, como Midogo Nalayanga, de 26 años, han visto de su cerca su brutalidad. Los guerrilleros la arrancaron de la escuela en la que estudiaba junto a las demás alumnas del curso y la llevaron a la selva. Estuvo secuestrada seis meses hasta que soldados del UPDF lograron liberarla. Su testimonio demuestra que el LRA sigue en el Congo y en Sudán con la táctica de secuestrar a niños para convertirlos en soldados y a niñas para hacerlas esclavas sexuales, que iniciara hace 22 años en Uganda.

Dos presencias ayudan a mitigar la dureza física y emocional de la vida en el campamento. La labor de las organizaciones humanitarias que allí trabajan: ACNUR, Coopi, World Vision y, muy especialmente, Médicos Sin Fronteras España, que desarrolla un proyecto de salud mental (sobre el que escribiremos más adelante). La otra presencia insoslayable es la de los niños, que constituyen la mayor parte de la población refugiada. Por eso hemos escogido fotos de ellos para ilustrar esta entrada. Sus voces en la escuela, en los juegos, constituyen el sonido de fondo de la existencia en Makpandu. Apenas algunos de los nueve millones de menores refugiados que hay en el mundo.

(Fotos: HZ)