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Hernán Zin está de viaje por los lugares más violentos del siglo XXI.El horror de la guerra a través del testimonio de sus víctimas.

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El gasto militar de EEUU y el mito de la creación de empleo

Robert Gates, Secretario de Defensa de EEUU, ha realizado una profunda transformación del presupuesto militar de su país, como bien llevaba meses anunciando que lo haría.

No lo redujo en cuantía, pero sí ha puesto coto a programas como el cazabombardero F22 o el Future Combat System, que resultan más propios de la lógica de la guerra fría, de la confrontación entre vastos y poderosos ejércitos, que de los verdaderos desafíos de escenarios bélicos como Irak y Afganistán, donde lo que prima es la labor de contrainsurgencia.

En Newsweek, Fareed Zakaria describe a todos aquellos a los que Gates se ha tenido que enfrentar, y se tendrá que enfrentar en los próximos años, para sacar adelante su plan, en un párrafo que resume a la perfección lo que tantas veces hemos denunciado en este blog: que la guerra es para muchos un fantástico y oscuro negocio.

Están los contratistas de defensa, preocupados porque las décadas de contabilidad fraudulenta lleguen a su fin; los consultores para los que la guerra contra el terror ha sido una época de bonanza; los servicios armados que se habían acostumbrados a que se cumplieran todas sus fantasías; y los congresistas que protegen toda esta corrupción institucionalizada con tal de mantener los puestos de trabajo en sus respectivos estados.

Zakaria denuncia que los 95 programas más ambiciosos del sector armamentístico de EEUU, y que poca o nula atención prestan a la lógica de las guerras que se están luchando en estos momentos, se han gastado solamente en sobrecostos la suma de 3.000 millones de dólares a lo largo de 2008. “Este sistema se encuentra tan arraigado que la gente ya no se molesta en indignarse”, explica.

También menciona el recorte al programa para la construcción de nuevos destructores para la Marina de EEUU, que escasa relación tiene con el único desafío que tienen ahora en los mares: los piratas somalíes. “Gates acaba de comenzar un proceso muy necesario para repensar la estrategia de defensa de EEUU después de la guerra fría”, afirma.

La guerra de Robert Gates

Mark Thompson, en la revista Time, señala que Gates lucha a la vez en dos frentes para llevar a cabo sus planes. En primer lugar, los propios militares. En segundo, no pocos congresistas que no quieren que el recorte de los programas se traduzcan en la pérdida de puestos de trabajo en sus respectivos estados:

Durante una comparecencia en Capitol Hill, los legisladores lo presionaron para que declara que sus programas preferidos estaban a salvo. El senador James Inhofe presionó a Gates para que protegiera el proyecto FCS, cuyo cañón de alta tecnología se construye en Oklahoma, el estado natal de Inhofe.

Vale la pena recordar que Inhofe, además de decir que Gates “está desarmando a EEUU”, tiene en sus haber algunas de las perlas más soberbias de esa derecha rancia, tremendista, tan dada la hipérbole ramplona y a la descalificación populista – y que en España tiene a uno de sus más destacados imitadores y altavoces en el menguante Jiménez Losantos -como comparar públicamente a los ecologistas estadounidenses con el Tercer Reich y a la United States Environmental Protection Agency (EPA) con la Gestapo.

“Cerrar las líneas de producción del F22 significa la pérdida de 95.000 puestos de trabajo”, advirtió Saxby Chambliss, senador por Georgia, al igual que otros en su estado. “Si realmente queremos estimular la economía, no hay mejor sitio para hacerlo que el gasto defensa”. El último mes, más de la mitad del congreso mandó cartas a Barak Obama para pedirle que mantenga activa la línea de producción del F22.

Aunque queda claro que la producción del F22 no es necesaria en la actualidad, Fareed Zakaria escribe: “¿Usted se pregunta por qué el programa sigue sobre la mesa? Porque su construcción se realiza en 44 estados”.

¿Crear empleos?

Otros analistas, como Noah Satchman, van en la misma línea. La inercia del dinero público fácil y a raudales, del tráfico de influencias, de los grupos de presión, y no las verdaderas necesidades del Ejército, son las que han mandado en el presupuesto militar de EEUU durante la administración Bush, que ha llegado a ser en términos absolutos el más elevado de la historia del país.

Sin contar, por supuesto, la gran coartada, la gran excusa, para esta orgia de gastos que ha hecho que algunas compañías y sus directivos amasasen verdaderas fortunas: el miedo a otro 11S y la llamada guerra contra el terror, que en realidad ha sido una guerra sucia de secuestros, desapariciones y torturas. Una guerra de terror en toda regla.

Quizás el argumento más debatible, que también se usa en España cuando se habla de cuestiones como la venta de armas a Israel, es que se trata de una valiosa fuente de empleo. Los datos que brinda Mark Thomson en Time parecen echar por tierra también esta teoría:

A pesar de las protestas de los legisladores, el gasto en defensa es una forma ineficiente de crear empleos porque requiere salarios exorbitantes. Los civiles que trabajan en misiles de defensa para Boeing en Arizona ganan tres veces el sueldo promedio del salario en el estado. “Bien para ellos”, señala la compañía, pero no para los que pagan impuestos y para los desempleados.

Sostiene que se pueden generar más trabajos si se dedican fondos, como lo ha hecho Gates por 10 mil millones de dólares, para que los militares construyan hospitales, guarderías, clínicas y barracas. Claro que esto no beneficia a las grandes empresas del sector ni a los grupos de presión que actúan en su nombre.