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El Nobel de Medicina se acuerda del Tercer Mundo

Ni microbioma, ni plegamiento de proteínas, ni células T reguladoras. El Instituto Karolinska ha llevado la concesión del Nobel de Medicina o Fisiología 2015 por un camino muy diferente a las predicciones de Thomson Reuters que he apuntado esta mañana.

Imagen de Jonathunder / Wikipedia.

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El premio se ha repartido en dos alícuotas. Una de ellas ha ido al irlandés afincado en EE. UU. William Campbell, investigador emérito de la Universidad Drew, y al japonés Satoshi Ōmura, profesor emérito de la Universidad Kitasato, ambos ya jubilados, por su descubrimiento de las avermectinas, un conjunto de compuestos empleados para tratar enfermedades causadas por gusanos nematodos como la filariasis y la oncocercosis o ceguera de los ríos.

La segunda mitad ha sido para la investigadora china Tu Youyou, profesora de la Academia China de Medicina Tradicional y la primera mujer de aquel país en hacerse con este galardón, por su hallazgo de la artemisinina, una sustancia extraída de una planta que hoy es el tratamiento estándar empleado contra la malaria.

La decisión del comité de los Nobel merece un aplauso por premiar la investigación en enfermedades parasitarias, a menudo olvidada tanto por las compañías farmacéuticas como por los organismos públicos de financiación de la ciencia debido a que afectan predominantemente a los países del Tercer Mundo. El premio puede servir como llamada de atención sobre la necesidad de sostener el progreso en la obtención de terapias contra las dolencias más devastadoras de la humanidad, que continúan siendo las enfermedades infecciosas.

Dicho esto, mi única crítica al veredicto es que estos premios deberían haber llegado antes. La investigadora china Tu (este es el apellido, que figura en primer lugar siguiendo la costumbre de aquel país) descubrió la artemisinina en 1972 a partir del ajenjo chino Artemisia annua, allí llamado Qinghaosu y empleado en la medicina tradicional china. El hallazgo fue el producto de un programa de investigación lanzado por Mao Tse-tung (o Zedong, como se dice ahora) en 1967 para ayudar a sus aliados norvietnamitas durante la guerra contra Estados Unidos. Aunque el compuesto tardó décadas en abrirse paso hasta los circuitos occidentales, a comienzos de este siglo la artemisinina ya era el tratamiento preferente recomendado por la Organización Mundial de la Salud contra la malaria. De hecho, la Fundación Lasker, una de las fuentes en las que suele fijarse el comité de los Nobel, ya concedió su premio a Tu en 2011.

En cuanto a las avermectinas, aisladas de un tipo de bacteria, también fueron descubiertas en la década de los 70. Los Nobel imparten justicia, pero tardan.

Semana de los Nobel: hoy, Fisiología y Medicina

Un año más hemos vivido para llegar a la semana en que se anuncian los premios Nobel. Hoy lunes, en apenas una hora mientras escribo estas líneas, se desvelarán los premiados en la categoría de Fisiología o Medicina. Mañana martes seguirá el de Física, el miércoles el de Química y el viernes el de la Paz. El lunes 12 se declarará el ganador en Economía, y el de Literatura cerrará el elenco en una fecha hoy todavía no determinada.

Imagen de Jonathunder / Wikipedia.

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Como cada año, el gigante de la comunicación Thomson Reuters ha elaborado sus predicciones sobre los premios de ciencia y economía, que se basan en el volumen de citaciones; es decir, en cuántas veces el trabajo de un científico aparece referenciado en los estudios de otros. Este índice no solo muestra el impacto de un hallazgo en un campo concreto del conocimiento, sino que además revela qué áreas de investigación son en cada momento las más calientes.

Con respecto al premio de Fisiología o Medicina, Thomson Reuters apuesta por tres áreas: microbioma humano, plegamiento de proteínas y células T reguladoras (un componente clave del sistema inmunitario). Investigadores estadounidenses y japoneses acaparan estas nominaciones no oficiales.

En cuanto al primer campo, la comunidad de microbios que cada persona llevamos puesta, y cuyo número supera en diez veces a nuestras propias células, ha demostrado en los últimos años una relevancia crucial más allá de los procesos ya conocidos como la digestión, algo que ya he tratado en este blog. Numerosas investigaciones han demostrado que la salud de nuestro cuerpo es también la salud de nuestro microbioma, y que este despliega conexiones antes insospechadas con múltiples sistemas de nuestra maquinaria corporal, incluyendo el sistema nervioso central. Thomson Reuters ha seleccionado como investigador más citado, y por tanto como candidato al Nobel, al estadounidense Jeffrey Gordon, de la Universidad de Washington en San Luis (Misuri). Entre los hallazgos de Gordon se encuentra la demostración de cómo nuestra flora intestinal influye en la obesidad, una condición que se puede inducir en ratones mediante el trasplante de microbios de personas obesas.

La segunda opción premiaría al japonés Kazutoshi Mori, de la Universidad de Kioto, y al estadounidense Peter Walter, de la Universidad de California en San Francisco. Ambos trabajan en un mecanismo celular llamado respuesta a proteínas desplegadas con posibles implicaciones en varias enfermedades como el alzhéimer o la Enfermedad de Creutzfeld-Jakob (el equivalente humano del mal de las vacas locas). En pocas palabras, la producción de proteínas en la célula pasa por un departamento llamado retículo endoplásmico (RE), una especie de línea de montaje donde las cadenas de aminoácidos se pliegan en las conformaciones espaciales que les permitirán realizar sus funciones.

Mori y Walter han descubierto independientemente que existe un control de calidad, la respuesta a proteínas desplegadas, que se activa cuando una situación de estrés celular causa que se acumulen proteínas mal plegadas. En caso de que la acumulación de productos defectuosos no se pueda corregir, este mecanismo provoca la muerte celular programada por un proceso ya conocido denominado apoptosis, una especie de suicidio de la célula. Mori y Walter ganaron en 2014 el premio Lasker de investigación médica básica, un galardón que suele ofrecer pistas de cara a los Nobel.

Por último, tres candidatos aparecen en la apuesta de Thomson Reuters por su trabajo en células T reguladoras. Se trata de Alexander Rudensky, del Memorial Sloan Kettering Cancer Center (EE. UU.), Shimon Sakaguchi, de la Universidad de Osaka (Japón), y Ethan Shevach, del Instituto Nacional de Alergia y Enfermedades Infecciosas de EE. UU. Los tres estudian un tipo de linfocitos del sistema inmunitario llamados células T reguladoras, cuyas funciones explican innumerables procesos en la fisiología y la patología de nuestra respuesta defensiva, incluyendo las respuestas de inflamación y alergia, así como las enfermedades autoinmunes. En concreto, los investigadores han mostrado la importancia de una proteína reguladora llamada Foxp3.

Dentro de poco más de una hora, la solución. Desde 2002, Thomson Reuters ha pronosticado con éxito la concesión de 37 premios Nobel.

Termina la semana Nobel, esos días tan entrañables…

¡Aaah, no hay nada como saborear las viejas tradiciones! Finaliza la semana de los premios Nobel con ese hogareño regusto al café molido en aquel viejo molinillo de la abuela: ningún español gana un Nobel de ciencia y todo el que es alguien ya conocía al galardonado en Literatura antes del premio (¡cómo no, Patrick, genial escritor!). El de Economía no se conocerá hasta el lunes, pero… ¡esperen, no me lo digan! A que va a ser un prestigiosísimo economista elogiado por todos los expertos, pero a quien nunca se le pedirá que explique cómo sus estudios han contribuido a mejorar el bienestar de la humanidad (algo que invariablemente parece suponerse a los ganadores de los premios científicos).

Para conmemorar el momento, nada mejor que celebrar la propia ciencia regresando a sus raíces, a lo que nos deja con la boca abierta, recordándonos lo que nos empuja a descubrir cómo funciona la asombrosa naturaleza que nos rodea. Hoy recojo aquí un puñado de vídeos que nos muestran algunos experimentos y descubrimientos que nunca ganarán un Nobel. Pero molan.

Comenzamos con un clásico que a muchos recordará a aquellos quimicefas de nuestra infancia. Al sumergir alambres de hierro en una solución de sulfato de cobre, los átomos del primero se disuelven cediendo sus electrones al cobre y uniéndose a los iones de sulfato, mientras que el cobre recoge los electrones del hierro, precipita y se vuelve sólido. Es una reacción de desplazamiento por oxidación y reacción, o redox, que finalmente produce cobre metálico y sulfato de hierro. El resultado es un bonito bosque de cristales que puede adoptar muchas variantes según la forma del material utilizado.

¿Quién no ha oído hablar de la reacción entre los caramelos Mentos y la Coca-Cola? Este experimento casero es ideal para entretener a los niños en un cumpleaños con algo de ciencia recreativa. Yo lo hice en una ocasión en una fiesta de mis hijos, y el resultado fascinó tanto a los peques que agradecí haber comprado reservas de sobra, porque el exigente público, completamente entregado, continuó pidiendo bises hasta que se me agotó el material. El vídeo que aparece aquí es el récord mundial, conseguido en Cincinnati, Ohio, en 2007, con la participación de medio millar de personas.

Señoras y señores, ante ustedes, la moneda que tirita de frío cuando se la clava en un bloque de hielo seco (también llamado nieve carbónica). En realidad no se trata de una tiritona del pobre John F. Kennedy, sino de un efecto provocado por una corriente de gas. El hielo seco está compuesto por dióxido de carbono (el que las plantas se comen de día y desprenden de noche) congelado a unos 80 grados bajo cero. Cuando el calor de la moneda se transfiere al hielo, este se sublima, se transforma directamente en CO2 gaseoso, y la corriente que crea produce el movimiento.

El efecto que sigue fue muy popular como juego pirotécnico hace décadas, hasta que su extrema toxicidad obligó a retirarlo del mercado. Se trata de la conocida como “serpiente del faraón”. La descomposición del tiocianato de mercurio(II) por el calor produce un sólido serpenteante que crece y crece como si surgiera de la nada. El resultado es una especie de churro con aspecto de torrezno o de costilla asada, y fue precisamente su apariencia de algo comestible la que indujo a varios niños a comerlo, con trágicas consecuencias.

Terminamos con un espejismo marino que no es tal, sino un efecto óptico causado por un increíble animalillo llamado zafirina o zafiro de mar, perteneciente a un grupo de crustáceos llamados copépodos que a menudo parasitan a otras especies. El zafiro de mar despliega esos espectaculares destellos azules debido a que sus células poseen microscópicas láminas de cristal tan próximas entre sí como la longitud de onda de la luz azul. Es decir, no se trata de ningún pigmento; no es un color real, sino un efecto debido a las características ópticas de la estructura. A menudo sus tonos varían del azul al dorado, lo que ocurre solo en los machos. Las hembras viven parasitando a un tipo de medusa y no muestran estas brillantes tonalidades, pero en cambio tienen grandes ojazos sensibles al color, por lo que quizá utilizan este rasgo de los machos para encontrar pareja. Como el animal es muy pequeño para nuestra escala humana –solo unos milímetros– y por tanto difícil de distinguir, a menudo los buceadores creen estar alucinando cuando comienzan a ver chispazos de colores donde aparentemente no hay nada.