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Internacional, Farmamundi, Amigos de Sierra
Leona y Arquitectura sin Fronteras.

Entradas etiquetadas como ‘Siria’

Testimonio en Siria: Madaya

Mientras conducíamos hacia Madaya, en un convoy de cientos de metros que serpenteaba por la autopista de Damasco, se me hizo un nudo en la boca del estómago. Sin saber lo que nos encontraríamos allí, recordaba las desgarradoras imágenes de niños demacrados suplicando con los ojos un descanso de este asedio. Me era difícil no estar angustiado con esa clase de angustia que se mete hasta los huesos.

El silencio era inquietante mientras atravesábamos las ciudades justo antes de llegar a Madaya. Hileras e hileras de restaurantes abandonados, tiendas cerradas con persianas oxidadas, casas atrancadas, jardines abandonados y arbustos sedientos que ya se habían vuelto marrones. El vacío y abandono eran desoladores.

Después de horas esperando en el check point entramos despacio en Madaya, en el momento en el que el sol empezaba a ocultarse. Me quedé inmediatamente impactado por lo que vi, pensando si estaba en el sitio correcto. Vinieron todos, sin importarles la hora, mientras conducíamos por la ciudad en nuestros coches de Naciones Unidas, lentamente con sus banderas izadas, seguidos de camión tras camión de suministros para salvar vidas.

Niños por todas partes corriendo junto al convoy. Su alegría era incontenible. Las mujeres observando desde los balcones, los jóvenes de pie, firmes en las esquinas de las calles, con mirada de sospecha pero algo aliviados de que estuviéramos ahí. Todos escoltaron el cargamento lo largo del camino.

Empezamos el descargue de suministros en el mismo instante en el que bajamos de nuestros vehículos. El equipo de UNICEF fue directamente a la clínica improvisada. Como el flautista de Hamelín, los niños y las mujeres nos siguieron, llamando a la médico de UNICEF que recordaban de otros convoyes, “¡Dra. Raija! ¡Dra. Raija!” Estaban tan contentos de verla otra vez, esperando que trajera más medicamentos…y algunas respuestas. Hicieron una fila en el exterior de la clínica, dispuestos a esperar lo que hiciera falta para verla.

UNICEF/2016/Syria Descargue de provisiones en Madaya

UNICEF/2016/Syria Descargue de provisiones en Madaya

Paciente tras paciente, pasaron a ver a la Dra. Raija, todos compartiendo historias. Padres de hijos que habían dejado de comer porque sus cuerpos no podían tolerar ya más que arroz y alubias. Niños que ya no podían andar erguidos por una falta de vitamina D y micronutrientes que había provocado raquitismo en sus huesos, o niños que habían dejado de crecer por completo por una falta de vitaminas esenciales. Una madre nos mostró la botella de su bebé rellena con agua de cocción de arroz, sus pechos se habían reducido tanto que necesitó cirugía. “Mira con lo que alimento a mi hijo”, nos dijo.

Prácticamente todas las personas con las que hablamos nos pidieron proteínas (carne, huevos, leche, vegetales) algo más para sustentarse que los productos secos que estaban disponibles. Una madre nos explicó que ahora, cada vez que su hija huele el trigo integral bullendo se pone a llorar.

La doctora nos informó de un número creciente de abortos, 10 casos en los últimos 6 meses, debido al estado nutricional de las madres. Durante el último año tuvo que llevar a cabo más de 60 cesáreas. Nos contó que estas cifras no se habían dado hasta la crisis. Pero las mujeres ya no tienen la fuerza para dar a luz, y muchos embarazos superan el plazo previsto, también debido a la paupérrima salud de las mujeres embarazadas.

No vimos tanta desnutrición como en visitas anteriores. Esta vez no fue la demacración física la que nos impactó, sino la demacración psicológica. Los médicos nos informaron de 12 intentos de suicidio, 8 de ellos mujeres. El asedio prolongado ha llevado a las personas al límite, y algunos han visto en la muerte la única salida.

El trabajador sanitario local recopila las historias: la madre de 5 niños que vio como no tenía más comida que dar a sus hijos, un estudiante de instituto al que no le permitieron abandonar Madaya para hacer sus exámenes, una recién casada de 21 años que acababa de perder a su marido por la violencia y no tuvo fuerzas para seguir sola, una chica de 16 años que no veía ningún futuro en medio de ese infierno…

Todas intentaron acabar con sus vidas como última salida, como única posibilidad de escapar de aquel horror diario. Era evidente que los mecanismos de las personas para hacer frente a aquella situación estaban derrumbándose, su capacidad de resiliencia se estaba poniendo verdaderamente a prueba en ese asedio que temían no tuviera fin.

Los médicos y profesionales de la salud por su parte han demostrado verdadera resiliencia. Trabajar en estas terribles condiciones, sin poder contar con la mayoría del equipamiento y suministros básicos. Uno de los médicos nos contó que había empezado a recurrir al gel de ducha para las ecografías, al no tener desde hacía tiempo el gel necesario. Nos enseñó su quirófano. Un batiburrillo de cajas de plástico, estantes antiguos de madera y suministros quirúrgicos en bandejas expuestas que esterilizaba con fuego, al haberse quedado sin alcohol. Y aun así continuaba, porque lo contrario no es una opción.

Y en medio de este sufrimiento, me encontré con una niña de 10 años. Desnutrida pero sonriente ante la doctora Raija, encantada de verla de nuevo. Le pregunté por el colegio y sobre lo que quería hacer cuando creciera. Me miró con unos enormes ojos marrones llenos de esperanza y dijo: “Quiero trabajar contigo”.

Revoloteó por la clínica hasta que el último paciente fue examinado, y mientras subíamos por las escaleras fuera de la clínica, que estaba en un sótano, me cogió de la mano y la agarró con fuerza. De vuelta, mientras recorríamos las calles, desapareció con su madre en la oscuridad. Rezo por volver a verla en una Madaya que volverá a estar de nuevo, algún día, a abrir sus puertas.

 

Mirna Yacoub, representante adjunta de UNICEF  en Siria

Hoy es el viaje de su vida, mañana puede ser el de la mía

Por Ianire Molero, coordinadora de campaña #Elviajedesuvida, UNICEF Comité Español

Malak, Bryn, Assia o Allahyar nunca habrían elegido este viaje. Tampoco los millones de niños y niñas que diariamente abandonan sus hogares en diferentes lugares del mundo huyendo de la violencia, la pobreza o los desastres.

Han nacido en Siria, Honduras, República Centroafricana o Afganistán, y sus vidas están atravesadas por el conflicto y la desesperación. Tienen entre 7 y 16 años y algo en común: un viaje que nunca van a olvidar. Acumulan experiencias traumáticas, dramas que arrancan en su país de origen y se encadenan en este éxodo a ninguna parte.

Malak (7 años) sobrevivió a un naufragio en su viaje a Lesbos. Recuerda a sus amigos en Siria, donde ya no queda nadie. Bryan (17 años) salió de Honduras huyendo del crimen y la falta de oportunidades. Perdió una pierna en “La bestia”, el tren de la muerte que llega hasta la frontera con EEUU. Assia (10 años) vive con su abuela en un campo de refugiados en Chad desde que escapó de República Centroafricana. Allahyar (13 años) entró en una balsa de 8 metros cuadrados con 70 personas hacia Turquía, pasando por Pakistán e Irán. Sus padres pagaron 3.200 euros para sacarle de Afganistán.

Sus viajes no terminan en el destino. Aún tendrán que encarar el racismo, la discriminación o las devoluciones. Sus historias son parte de #Elviajedesuvida, la última acción de sensibilización de UNICEF, grabada con cámara oculta para llamar a la reflexión y la empatía sobre la durísima situación que viven los niños refugiados y migrantes.

Solo en 2015 unos 300.000 han arriesgado su vida en el Mediterráneo para llegar a Europa. Y en los últimos siete meses 358 niños han muerto cruzando las aguas entre Grecia y Turquía. Son las cifras de una crisis que se intensifica cada vez más rápido.

Cada día, imágenes desgarradoras muestran la mayor crisis de refugiados y migrantes en Europa desde la II Guerra Mundial, de la que un 40% de sus víctimas son niños.

Inyecciones de realismo que fracturan unos principios fundacionales a punto de convertirse en mito. Mujeres embarazadas esperando en la frontera, niños pintando en el barrizal, personas que cargan sus vidas a la espalda y esperan hueco en un tren. Seres humanos en imágenes deshumanizadas que recuerdan momentos de la historia donde tampoco hubo respuestas cuando tocaba. ¿No nos duele la deshumanización?

#Elviajedesuvida ha revelado que sí, que sí que duele. Esta campaña nos ha supuesto un giro provocador, una sacudida para demostrar que no somos indiferentes, que los seres humanos no somos insensibles. Un desafío al relato diario para expresar que este no es un viaje de placer.

Son causas de fuerza mayor las que te obligan a tomar la decisión de tu vida: abandonar tu hogar y tus sueños. 250 millones de niños viven en países afectados por conflictos. Sabemos que la solución pasa por la acción de la comunidad internacional para poner fin a los conflictos en Siria, Afganistán, Iraq, Pakistán, República Centroafricana, Yemen o Eritrea, entre otros muchos.

Esta campaña refuerza el trabajo político y humanitario de UNICEF en esta crisis. Exigimos a los gobiernos europeos medidas urgentes y justas de protección a la infancia, especialmente para los que viajan solos, los bebés o los niños con discapacidad.

Con los espacios amigos de la infancia en varios puntos de la ruta de los Balcanes estamos consiguiendo que los niños vuelvan a ser niños en medio del caos, que reciban atención psicosocial, abrigo y calzado, alimentación o atención sanitaria.

Personas reales que una tarde fueron de compras nos han ayudado a contar que este no debería ser el viaje de la vida de nadie. Gracias a cada una de esas personas por su empatía, por su generosidad, por prestarnos sus reacciones y contarnos las sensaciones semanas después.

Gracias por estar al otro lado del relato, por ser las “víctimas” de un viaje al que como Malak, Bryan, Assia o Allahyar no llegasteis voluntariamente. Nos habéis contagiado vuestras sensaciones a través de las redes. Tenemos fuerza para seguir exigiendo el fin de esta crisis a las puertas de Europa.

“Mi historia podría ser el guión de una película”

Suar huyó del servicio militar en Siria y tomó la arriesgada ruta hacia el Kurdistán iraquí a manos de una red de traficantes de personas. Cruzó campos minados y durante el trayecto perdió sus posesiones más preciadas. Después se instaló en el campamento de Domeez, donde actualmente trabaja para Médicos Sin Fronteras (MSF) como enfermero.

Suar absconded from military service in Syria and made a run for Iraqi Kurdistan, a journey that involved people smugglers, minefields and the loss of his most precious possessions.

La situación en Daraa se estaba poniendo difícil y no me gustaba el cariz que estaban tomando las cosas. A medida que los grupos rebeldes comenzaron a multiplicarse, cada vez se iban desplegando más soldados en los puestos de control y otros efectivos militares eran enviados a las casas de quienes ellos consideraban sospechosos, rompiendo las puertas en mitad de la noche, sin importar si había o no mujeres y niños en el interior. Aquellos soldados cometían actos vergonzosos, tales como robos y saqueos, y acosaban a todo el mundo. Yo no quería formar parte de aquello. Agarré mi documento de identificación militar y, a pesar de que no tenía documentos de identidad civil, me puse de camino a Damasco.

Sentía pavor a ser detenido por un grupo rebelde en uno de los muchos puestos de control que había a lo largo del camino y de ser reconocido como un soldado. Mi única esperanza era que no me pidieran en ningún momento mis documentos. Así que tomé un autobús que estaba repleto de pasajeros y recé porque me dieran un asiento al lado del conductor. Mi deseo se hizo realidad. Los oficiales de seguridad que comprueban los documentos asumieron que yo era el ayudante del conductor y pasaron de largo.

En Damasco encontré una compañía de autobuses que se encargaba de organizar trayectos al Kurdistán sirio. Les expliqué mi situación y el gerente lo arregló todo para que viajara con otros kurdos en un autobús que iba por caminos secundarios. Estuvimos 24 horas en la carretera. Los conductores del autobús usaban teléfonos móviles para mantenerse informados entre sí acerca de los peligros que se encontraban a lo largo del camino y para sugerirse rutas alternativas. Había una especie de compartimento secreto en la cual me podría haber escondido en caso de emergencia, pero tuvimos suerte y llegamos sin incidentes.

Pocos días después de llegar al kurdistán sirio, recibí una llamada de la base militar en la que me decían que el depósito había sido forzado, las armas robadas y que algunos soldados se habían unido a los rebeldes. Esa fue la gota que colmó el vaso. No tenía interés alguno de enfrentarme a la inevitable investigación, así que decidí tomar el riesgo y escapar de nuevo.

Un tipo que conocí me puso en contacto con unos traficantes de personas. El día en que iba a salir, hubo un incidente y de repente se incrementaron los controles de seguridad en ambos lados de la frontera. Me escondí junto a otras seis personas en una casa durante días, esperando que la situación se calmara. En lo que concierne a todas las partes enfrentadas, nosotros éramos combatientes en edad de servicio evadiendo nuestro deber. Desertores.

De repente un día, nos dijeron que nos íbamos. Primero fuimos a un pueblo y luego a otro. Pagamos el equivalente a 500 dólares y fuimos escoltados a través de tres puestos de control. Luego nos pidieron que caminásemos el último kilómetro y medio solos en la oscuridad. Comenzamos a andar y al poco tiempo fuimos descubiertos por tres hombres armados que iban en moto. Nos dijeron que nos detuviéramos y luego comenzaron a disparar. Me tiré al suelo, como me habían enseñado en el ejército, y esperé. Mis amigos siguieron corriendo y casi los mataron. Cuando los disparos terminaron, me puse de pie y eché a correr, pero olvidé recoger el bolso en donde tenía todas mis posesiones más valiosas: mis títulos de estudiante, una muda de ropa y un teléfono móvil.

Llegamos a un puesto de control iraquí. Los funcionarios nos interrogaron, tomaron nuestros datos y nos pidieron que esperásemos mientras comprobaban la información en su sede de Bagdad. Un amable oficial se acercó y nos advirtió de que corríamos el riesgo de ser deportados a Siria. Nos aconsejó que corriéramos hacia el puesto que se encontraba más adelante. Fue entonces cuando recordé mi bolso. Mi futuro dependía de los documentos que tenía en él y no podía irme sin ellos. Mi amigo se ofreció a ir a buscar el bolso y se puso en marcha hacia el lugar que habíamos dejado atrás. De repente, alguien nos alertó de que tuviéramos cuidado, que aquel campo por el que habíamos pasado poco antes era un campo minado. Ahí fue cuando me di cuenta de lo cerca que habíamos estado de la muerte. Tuvimos que llamar al amable oficial nuevamente, que aparentemente sabía dónde estaban las minas, para que nos dijera cómo podíamos recuperar mis pertenencias. Nos pidió que de momento fuéramos al registro y nos dijo que ellos ya lo arreglarían.

Comenzamos el proceso de registro y por fin alguien contactó con otra persona para que fuera a rescatar el bolso; estaba claro que el precio a pagar sería alto. Tuve que negociar duro, pero al final obtuve de vuelta mis valiosas y escasas pertenencias.

Poco más tarde, estaba por fin en el Kurdistán iraquí. Mi ropa estaba hecha harapos y los cortes y las heridas que había sufrido tardaron dos meses en sanar, pero estaba a salvo y vivo.

Cuando llegué por primera vez al campamento de Domeez, había menos de 100 tiendas de campaña. Para entonces mi familia también se había reunido conmigo y Domeez era el lugar lógico para solicitar la condición de refugiado. Empecé a preguntar por trabajo y, por casualidad, tres semanas más tarde, me encontré con un miembro del equipo internacional de MSF que hablaba árabe. Llevé mis documentos a la entrevista y me contrató en el acto gracias a mi formación médica.

Aún así, mis padres no estaban contentos conmigo. Continuaron molestándome para que me casara. En el pasado, siempre me había negado a hacerlo a causa de mis estudios. Y en aquel momento, estaba ocupado con el trabajo y en comenzar una nueva vida. No quería pensar en tener una esposa. Sin embargo, mis padres fueron implacables. Poco después de recibir mi última negativa, mi padre me anunció que me habían comprometido oficialmente con la hija de nuestros vecinos. Increíblemente, por raro que parezca, ahora puedo decir que aquello fue lo mejor que me ha pasado en la vida.

Suar absconded from military service in Syria and made a run for Iraqi Kurdistan, a journey that involved people smugglers, minefields and the loss of his most precious possessions.

Tenemos una niña y nos hemos mudado a nuestra propia tienda. La vida en el campo no siempre es fácil; hay cortes de energía seis horas al día y una gran cantidad de polvo. De todas maneras, estoy feliz porque tenemos trabajo dentro y fuera del campamento; tenemos dignidad.

Estoy agradecido por todo lo que me ha pasado, pero sobre todo, estoy agradecido porque me casé con una mujer buena y porque tengo un gran trabajo con el que ayudo a la gente.

Sin embargo, no todo iba a ser felicidad en esta historia; la vida del refugiado no siempre es fácil.

Mi hija Helma, que ahora tiene ocho meses, tiene problemas de salud. Soy enfermero especialista en reanimación, así que sé bien cuando las cosas van mal. La niña lleva varias semanas con convulsiones, pero no está claro por qué y ninguno de los tratamientos que le hemos dado ha funcionado. Como padre y enfermero que soy, siento que tengo que darle la mejor atención médica que haya. Esté donde esté.

Si tuviera pasaporte, saldría inmediatamente y la llevaría al mejor hospital de Alemania, donde sé que mi hija recibiría el tratamiento adecuado. Pero soy un refugiado, sin pasaporte. Estoy atrapado y no puedo ir a ninguna parte. Mi esposa tampoco tiene pasaporte -de hecho, al igual que muchos sirios kurdos, no tiene ni siquiera un documento de identificación sirio.

No quiero viajar ilegalmente con mi hija; sería demasiado peligroso para una niña que está tan enferma. Yo mismo lo he hecho y sé lo peligroso que puede ser cruzar las fronteras de forma ilegal. La única forma posible de salir de aquí es hacer una petición formal a través de la ONU para que mi hija reciba un tratamiento médico en el extranjero, pero se necesita tiempo y hay muchos otros refugiados en la misma situación que nosotros. Y lo cierto es que no sé si mi hija dispone de ese tiempo. La vida del refugiado no es ni mucho menos sencilla.

Los nombres han sido modificados.

“Vivir huyendo se convirtió en nuestro día a día”

Arfa de 30 años, "vivir huyendo se ha convertido en nuestro día a día”

Arfa de 30 años, “vivir huyendo se ha convertido en nuestro día a día”

Sara Creta, periodista de Médicos Sin Fronteras (MSF).

Dejó Afganistán hace 4 meses junto a su marido y sus hijos porque ya no podían seguir viviendo allí. Los talibanes amenazaban a su marido constantemente por no respetar la voluntad del mullah y él estaba seguro de que un día acabarían por asesinarle. Por eso decidieron irse a Irán.

En Irán tampoco les acogieron bien. Arfa me decía que no paraban de hostigarles y de molestarles, así que, tras 5 días, emprendieron de nuevo la ruta y se dirigieron hacia Turquía.

En Turquía les obligaban a trabajar 12 horas al día si recibir apenas nada a cambio. Incluso ella, que por aquel entonces estaba embarazada de 9 meses, tenía que trabajar en las mismas condiciones lamentables que todos los demás. Apenas 10 días después de dar a luz, Arfa y su familia decidieron que había llegado el momento de intentar cruzar el Egeo. Como miles de personas más, se subieron a bordo de una lancha neumática atestada de gente y se lanzaron al mar. Eran conscientes de que podrían haber corrido la misma suerte que las 3.000 personas que murieron el año pasado haciendo ese mismo trayecto, pero afortunadamente los guardacostas griegos les rescataron y les salvaron la vida.

Después de embarcar en un ferry desde las islas griegas hasta Atenas, se pusieron en marcha hacia Macedonia. Pasaron sin demasiados problemas; por aquel entonces, los afganos sirios e iraquíes todavía estaban bien vistos en Europa y las autoridades les permitían cruzar las fronteras.

Después llegaron a Serbia, y una vez allí, se dirigieron a la frontera con Croacia. En aquella nueva frontera les informaron de que debían volver a Serbia. Se quedaron esperando a la intemperie en tierra de nadie durante un día y medio, pero nadie les informó de la situación legal en la que estaban ni de cuáles eran los motivos por los que no podían pasar.

En Serbia les dicen que vuelvan a Macedonia para que les expidan un nuevo permiso, pero Arfa y su familia no quieren regresar ni confían en que les vayan a dar ese permiso. En la frontera con Croacia, los funcionarios les dicen lo mismo: “o nos traes un visado sellado por Serbia o no podrás entrar en Croacia”.

Arfa tiene niños, ha pasado mucho frío y se queja de que la policía croata no les ha ayudado en nada.  Es más, les culparon de su situación y les preguntaron que por qué no se habían quedado en su casa. El caso es que llevan tres meses esperando y no saben si podrán pasar en algún momento.

Me dice que han llorado mucho, que lo han pasado mal. Ahora llevan dos semanas en el campo de Sid, cerca de la frontera de Serbia con Croacia, donde han sido atendidos por Médicos Sin Fronteras. Cuando la conocí, no paraba de preguntarme si sabía por qué estaban cerradas las fronteras y si podía decirle qué podían hacer una vez llegados a ese punto. Me hubiera gustado poder ayudarle, pero lo cierto es que no tengo respuestas para esas preguntas.

Lo que más me marcó de Arfa fue la frase con la que se despidió de mí: “Si quieren que volvamos hasta Afganistán es mejor que nos maten. No tenemos nada, lo hemos perdido todo”.

Crisis de Siria: un muro de esperanza protege a una escuela de los francotiradores

Por Basma Ourfali, UNICEF Siria.

En una de las ciudades más peligrosas del mundo, los niños de Siria que viven en Alepo están decididos a continuar con su educación pese a los riesgos que les rodean. El vecindario conocido como 1070, en oeste de Alepo, es el hogar de miles de familias desplazadas a causa del largo conflicto que se vive en Siria. Las escuelas se esfuerzan por acomodar a los niños desplazados.

La escuela local de niñas es la única de enseñanza media en el vecindario, y la mayoría de alumnos proceden de familias desplazadas. UNICEF ha instalado aulas prefabricadas para aumentar el espacio y proporcionar un entorno de aprendizaje mejor para los 670 estudiantes.

La representante de UNICEF en Siria, Hanaa Singer, visitó la escuela en febrero y estuvo con los profesores y alumnos. Ahlam, de 16 años, habló con Singer del miedo que tienen a los francotiradores de los edificios cercanos. “No podemos estar fuera de las aulas. El patio está expuesto a los francotiradores. Pasamos todos los recreos dentro”.

UNICEF reaccionó rápidamente y trabajó con la escuela para construir un muro protector de acero que impida la visión desde los edificios próximos.

Crisis de Siria: un muro de esperanza protege a una escuela de los francotiradores

Las alumnas pintaron el muro levantado para proteger a la escuela de los francotiradores/ ©UNICEF

“Escuchaba a las niñas hablarme del francotirador cercano y no me lo podía creer”, dice Hanaa Singer. “Me sentí muy inspirada por ellas y su pasión por la educación. A pesar de ese peligro amenazador diario, a pesar de todas las dificultades que han afrontado con sus familias al verse desplazadas por la guerra, no dejan de perseguir su sueño de tener una educación. Una vez más me sentí abrumada por la resistencia de los niños de Siria”.

Los alumnos pudieron moverse libremente por el patio de la escuela cuando se levantó la pared. Al ver que era marrón, Ahlam tuvo una idea. “¿Por qué no la pintamos? Así parece muy aburrida”. Así que con una amiga hizo unos diseños y empezaron a trabajar.

“Estuve pintando todo el día, pero no me cansé nada. Cambió la escuela”, dice entre risas.

UNICEF apoya la educación de los niños de Siria de varias maneras. En 2015 ayudó a rehabilitar 327 colegios, y proporcionó aulas prefabricadas para 20.000 niños, especialmente para integrar a los niños desplazados en las escuelas de las comunidades de acogida. Con “Curriculum B” (una versión condensada de los libros de texto para acelerar el aprendizaje), UNICEF ayuda a los alumnos a recuperar su nivel, que pierden cuando huyen de la violencia o sus escuelas se ven obligadas a cerrar. Y los programas de auto aprendizaje ayudan a los 2 millones de niños que están fuera de la escuela a seguir aprendiendo y preparando sus exámenes en casa o en su comunidad, cuando no pueden ir al colegio debido al conflicto.

Los ataques contra estudiantes y escuelas deben parar. Por ahora, este muro es un pequeño paso para que la escuela sea más segura para 670 niñas. Las escuelas deben ser un lugar seguro para los niños, un lugar seguro en el que aprender”, afirma Singer.

Mis amigas y yo sabemos que si no vamos al colegio no tendremos un futuro”, le aseguró Ahlam a Hanaa Singer.

¿Refugiados, migrantes o personas?

Unni Krishnan, Director de Respuesta ante Desastres de Plan International

“We know where we´re going… We know where we´re from”, cantaba Bob Marley en un contexto y una era diferentes.

Este año 2015  miles de personas, muchas de ellas niños y niñas, han huido de sus hogares en un éxodo global. Son personas que saben de dónde son, algunas sabían su destino, pero no todas lo han logrado. Más de 3.580 personas han muerto o desaparecido en el mar Mediterráneo, y cientos de refugiados siguen atrapados entre los estrictos controles fronterizos.

Siria es el escenario de un conflicto cuya violencia y sufrimiento ha afectado y afecta a 13.5 millones de personas, de las cuales la mitad son niños y niñas. El mundo está siendo testigo del mayor desplazamiento de personas desde la Segunda Guerra Mundial.

Plan International trabaja para proteger a los niños y niñas refugiados sirios. Copyright Plan International

Bombardeos, balas y barcos

Selam es una niña de 10 años procedente de Damasco. Los continuos bombardeos llevaron a su familia a tomar la decisión de huir. Desde Turquía, cogieron una embarcación hacia las costas griegas pero tras dos horas de navegación el barco se hundió. Los guardacostas griegos les rescataron y les llevaron a la isla de Lesbos desde donde fueron traslados a la península en ferry. “Las bombas eran peores que el barco hundiéndose”, afirmaba Selam.

Su historia es solo un ejemplo del sufrimiento generalizado de todos los niños y niñas que han tenido que abandonar sus hogares, su cultura y su infancia . ¿Por qué la humanidad sigue sin abordar la crisis de los refugiados y migrantes? Las discusiones en torno a este tema se centran en la definición que se da a las personas que llegan a Europa, bien como refugiadas -persona obligada a dejar su país para escapar de la guerra, la persecución y la violación de los derechos humanos-, o bien como migrantes -persona que llega a otro país en busca de un trabajo y unas condiciones de vida mejores-.

¿Realmente importa esta diferenciación? Los términos deshumanizan a los miles de niños y niñas, así como a familias cuya crisis humanitaria ha llegado a nuestro continente. La guerra y la violencia han puesto fin a la vida de muchos niños y niñas que no podrán volver al colegio a corto plazo o que no volverán a ver a sus amigos o familiares.

Copyright Plan International

Necesitamos más

Entre 2014 y 2015, unas 900.000 personas han llegado a Europa cruzando océanos en peligrosas embarcaciones, atravesando campos desiertos y haciendo largas colas en los controles fronterizos. El 51% de las personas que han sobrevivido a la travesía provienen de Siria. El éxodo de nuestro tiempo se guía por la esperanza, el instinto de supervivencia y, normalmente, un teléfono móvil.

Esta situación  internacional precisa comprensión, respeto y el cumplimiento de las leyes internacionales que protegen los derechos de refugiados, migrantes y, en definitiva, de todas las personas. La Carta Humanitaria recuerda al mundo que los derechos, la ayuda, la dignidad y el respeto hacia las personas son inseparables. Las Leyes Humanitarias Internacionales dictan la protección de todos los civiles, especialmente de las mujeres y los niños y niñas.

Sin embargo, las dificultades legales y la semántica no deberían entorpecer las acciones políticas. La asistencia humanitaria y la protección son derechos que todo el mundo debería respetar. Según Antonio Guterres, Alto Comisario para los Refugiados de la ONU, “nos encontramos ante una batalla de valores: la compasión contra el miedo”.

La riqueza de la humanidad se centra en la compasión y la preocupación por otros seres humanos por lo que deberían priorizarse los valores que sirvieron para crear las reglas y leyes.

Avanzando

La coordinación, coherencia y humanidad para responder a la crisis de los refugiados ha fallado. La falta de acciones por parte de los gobiernos quedará en la memoria colectiva, pero también lo harán las respuestas que todavía se pueden tomar.

Las políticas del miedo tienen que dejar paso a la esperanza fundada en la educación sobre cómo recibir a los refugiados. La organización en defensa de los derechos de la infancia, Plan International, presta ayuda a los refugiados en Alemania y Egipto y tiene previsto desarrollar proyectos a largo plazo ya que esta crisis no va a desaparecer.

Plan International España trabaja desde 2013 en Egipto para ayudar a los niños y niñas sirios refugiados, así como a sus familias, en las provincias del Gran Cairo, Alejandría y Damieta. Según Concha López, directora de Plan International España, es necesario proteger y garantizar los derechos de todos los sirios, pero en particular de las niñas, que son las más vulnerables a sufrir violaciones de sus derechos como la falta de acceso a la educación, el maltrato y el matrimonio infantil.

Plan International trabaja en Egipto para proteger los derechos de los niños niñas refugiados sirios. Copyright Plan International v2

La ONU espera que las cifras de refugiados se mantengan en 2016 ya que “las causas que obligan a las personas a huir van a seguir existiendo”.

El mundo tiene que responder a esta crisis centrándose en la seguridad y protección de los más pequeños, ya que muchos de ellos viajan solos. Además, hay que saber responder a los traumas psicológicos que los bombardeos, la violencia y el miedo vivido en los botes han causado en los niños y niñas.

El año nuevo es una fecha en la que predomina el deseo de construir un mundo mejor. Hay muchas historias de individuos y personas que han mostrado compasión y han ayudado a los refugiados y migrantes que han llegado a Europa, un continente con una larga historia de  acogida de refugiados.

Ningún niño o niña nace con el título de refugiado o migrante. Ningún niño es ilegal. Los menores tienen el derecho de ser cuidados y protegidos. Los gobiernos tienen que centrarse en el cuidado de los que más lo necesitan y dejar a un lado las políticas y los problemas burocráticos. La policía fronteriza necesita mostrar humanidad ya que, después de todo, no somos definidos por cómo describimos a los otros, sino por cómo elegimos responderles.

 

Día Universal del Niño: que se cumpla tu sueño, pequeña Nabiha

Por Belén Ruiz-Ocaña, UNICEF en Serbia

Hoy es 20 de noviembre. Y los niños ocuparán unas líneas, tal vez incluso una página, en los periódicos; serán los protagonistas de alguna noticia en televisión; tal vez hablen de ellos en la radio. Las redes sociales les cederán un hueco entre la vorágine de mensajes que se lanzan cada día.

Porque hoy, 20 de noviembre, es el Día Universal del Niño. Una fecha en la que, desde las organizaciones que trabajamos por la infancia, recordaremos que todos los niños, sean de donde sean, estén donde estén, tienen unos derechos que deben cumplirse. Hablaremos de los millones de niños que sufren desnutrición, de los que no pueden ir a la escuela, de los que no tienen acceso a servicios sanitarios básicos, de quienes sufren la violencia.

Pero detrás de cada número, de cada cifra, hay una cara y un nombre, una historia real que merece ser contada. Como la de la pequeña Nabiha, que me mira con timidez sin decidirse a hablar conmigo.

Nos conocemos en el centro de registro de refugiados en Presevo, Serbia. Tiene una mariposa pintada en la cara, se la han dibujado en la frontera con la antigua República Yugoslava de Macedonia, tan solo unos kilómetros más atrás. Una mariposa que le hace sonreír y que le quita el miedo, aunque sea por un rato.

Tiene 12 años y es de Alepo, Siria. “Estoy bien”, nos cuenta, “pero cansada”. Salió de su país hace casi 20 días con sus padres, su hermana y su hermano. Huyen de la violencia. Son solo una familia entre los miles de refugiados que llegan a este centro cada día. Aquí pasan tan solo unas horas, el tiempo que tardan en registrarse y coger el autobús o el tren que les llevará a la próxima frontera, la que separa Serbia y Croacia. Y desde allí, un nuevo viaje en busca de un futuro mejor.

Que se cumplan tu sueño, pequeña Nabiha

Nabiha, delante de los dibujos realizados por niños en el espacio amigo de la infancia de UNICEF en Presevo, Serbia / ©UNICEF

Un futuro que Nabiha quiere encontrar en Alemania. Y allí, ¿qué te gustaría ser cuando seas mayor? “Peluquera”, y sonríe convencida. Le pregunto si no preferiría volver a su país. Su “no” es tan rotundo que sorprende, viniendo de una niña. “He visto mucha gente muerta, y muchos de mis amigos perdieron a sus padres. No había electricidad, ni comida, ni agua”. Y su mirada oscura ya no me parece la de una niña.

Su historia es parecida a la de los niños que nos rodean, casi todos ellos sirios, iraquíes y afganos. Estamos en el espacio amigo de la infancia que UNICEF ha habilitado en este centro de Presevo para que, mientras los padres realizan los trámites de registro, sus hijos puedan jugar o descansar. Ser niños de nuevo.

Casi todos llegan con lo puesto, y las organizaciones que trabajan en el centro les dan comida y otros artículos. UNICEF les da ropa de abrigo, porque aunque aquí nos cuentan que este año el invierno se está retrasando, el frío se acerca. Y todavía tienen muchos kilómetros por delante en busca de ese futuro que la guerra les impidió encontrar en su país de origen.

Por eso, en este 20 de noviembre, para mí el Día Universal del Niño tiene la cara de Nabiha y de todos los niños que, como ella, están atravesando Europa huyendo de lo que ningún niño nunca, en ningún lugar, debería vivir.

Pequeña Nabiha, ojalá se cumpla tu sueño y, dentro de unos años, seas la peluquera siria más feliz del mundo.

Atrapados en la crisis de refugiados, los niños solos se cuidan a sí mismos

Por Christopher Tidey y Ashley Gilbertson, UNICEF Serbia

Es difícil entender el nombre del niño mientras trata de hablar entre sollozos. Está abrumado por las miles de personas que hay a su alrededor, por los policías y por el personal de UNICEF que intenta hablar con él en una lengua que no entiende. Su familia no está a la vista, y tiene miedo. Como los miles de niños refugiados y migrantes que están llegando a Europa.

“Hassan”, logra decir finalmente señalándose a sí mismo. Se llama Hassan. Levanta las dos manos para decirnos su edad: 10 años.

Un traductor árabe se une a nosotros para ayudar, y rápidamente logramos más información. Hassan viene de Siria y se ha separado de su padre entre la gran masa de gente que espera entrar en el centro de recepción de Presevo (Serbia), después de haber cruzado la antigua República Yugoslava de Macedonia.

Gracias a la rapidez de la policía y los trabajadores humanitarios, se localiza al padre de Hassan y padre e hijo se reencuentran. Aunque seguimos viendo el miedo y la angustia en su cara, Hassan está ya seguro con su padre.

Puede que estos niños no estén “solos” en sentido estricto –hay grupos de adolescentes viajando juntos, o un niño como Hassan puede quedar separado de sus padres momentáneamente en el caos del cruce de frontera- pero en cualquier caso son vulnerables y están en un mayor riesgo de sufrir una violación de sus derechos.

En casos como el de Hassan la razón por la que el niño queda separado o no acompañado es rápidamente identificable, y se soluciona fácilmente. Los niños pequeños están en un riesgo mayor de quedar separados de sus padres mientras se mueven entre las grandes masas de gente que se forman en los puntos fronterizos y en los centros de recepción, donde reinan la aglomeración y el caos.

Atrapados en la crisis de refugiados, los niños solos se cuidan a sí mismos

Ali y su hermano Ahmad, en la isla de Lesbos, Grecia / © UNICEF/NYHQ2015-2587/Gilbertson VII

Pero otros casos son mucho más complejos.

Hermanos viajando solos

Ali Abdul-Halim, de 17 años, y su hermano Ahmad, de 15, llegaron a la isla griega de Lesbos en un barco, junto con otros refugiados de Siria, Iraq y Afganistán. Todos los niños a bordo iban con sus padres, excepto ellos. Los niños, técnicamente “menores no acompañados”, habían viajado juntos desde Líbano a Turquía y después a Grecia. Su familia les envió a Europa porque en su comunidad había grupos armados. “No hay seguridad. No hay trabajos. Hay muertes cada día”, dice Ali.

En un momento de la travesía temieron ahogarse. En esos duros momentos, Ali solo pensaba en su familia. “Primero pensé en mi madre. Tenía mucho miedo, pensaba que podía morir en cualquier momento porque no sabía nadar. No era un barco adecuado, era un bote de goma con tanto peso que en cualquier momento podía volcar”.

Cuando llegaron a la costa llamó a sus padres para darles un mensaje breve pero potente: “Hola, os llamo para tranquilizaros. Hemos logrado llegar a Grecia”.

Su objetivo final es llegar a Alemania. “Me encanta Alemania”, dice Ali. “Siento que allí está el futuro. Tengo amigos allí. Todos me han contado que allí hay trabajo, y que podré vivir con dignidad”.

Ahora ha asumido el papel de cabeza de familia, como un adulto, trabajando y preocupándose por su hermano menor, aunque él mismo, a sus 17 años, sigue siendo un niño. Ha estado trabajando como peluquero desde que dejó el colegio. “Mi sueño es ser un buen hombre, y tener dinero para poder ayudar al resto del mundo, empezando por mi familia”.

En la mayoría de las crisis humanitarias los niños identificados como separados o no acompañados reciben atención especializada por parte de las organizaciones para garantizar su seguridad. Pero en el contexto de la actual crisis de refugiados y migrantes, los niños como Ali y Ahmad no tienen intención de que su viaje finalice por ser menores, lo cual dificulta que se les de apoyo y protección. Los niños harán todo lo que puedan para llegar a su destino final, cuidando de ellos mismos y de otros durante todo el camino.

No todos los niños que atraviesan Europa sin un adulto pueden contar con el apoyo de un hermano.

Un reto continuo

Con los niños separados y no acompañados, cada caso es diferente. Cada niño tiene sus necesidades y vulnerabilidades. Hassan, solo entre una pila de maletas en Presevo, necesitaba estar seguro inmediatamente, hasta que encontraran a su padre. Ali y su hermano podrían ver cómo se les escapa el sueño de llegar a a Alemania, porque no son técnicamente adultos.

El movimiento de niños separados y no acompañados es básicamente una crisis dentro de una crisis. Las soluciones pueden ser escasas, pero estos niños seguirán viviendo a Europa en busca de seguridad y una vida mejor. Y encontrar la manera de ayudarles es un reto en el que debemos seguir trabajando.

Las aplicaciones móviles: un salvavidas para los jóvenes sirios que huyen de la guerra hacia Europa

Por Lely Djuhari, UNICEF

Jehad mece el teléfono móvil en su mano. Para este adolescente sirio de 15 años que ha llegado a Europa después de varias semanas de viaje, su móvil es uno de sus bienes más preciados.

“No veo a mi padre desde hace un año. Con esto puedo tener noticias suyas desde Alemania y saber cómo salen adelante mi madre, mi hermana y mi hermano en Jordania”, nos cuenta Jehad, que usa habitualmente  WhatsApp, Facebook y Viber para conectarse con su familia y amigos.

Conocí a Jehad hace muy poco, en un espacio amigo de la infancia apoyado por UNICEF cerca de Gevgelija, en la ex República Yugoslava de Macedonia. Allí hizo una parada de un día después de cruzar la frontera con Grecia.

Las aplicaciones móviles: un salvavidas para los jóvenes sirios que huyen de la guerra hacia Europa

Jehad, de pie en el espacio amigo de la infancia que hemos instalado en el centro de recepción de refugiados próximo a Gevgelija, en la antigua República Yugoslava de Macedonia, después de cruzar la frontera con Grecia. ©UNICEFMK-2015/Emil Petrov

Él es una de las 3.000 personas que están llegando a diario. Se les da permiso para permanecer durante 72 horas en el país y presentar formalmente la solicitud para obtener la condición de refugiado. Sin embargo, la mayoría continúa su viaje a la vecina Serbia, Hungría y, finalmente, a los países de Europa occidental o del norte.

La familia de Jehad abandonó Siria huyendo de la violencia y la inseguridad hacia Amman, la capital de Jordania, donde ha estado viviendo durante los últimos años. Pero atrapados por las dificultades económicas, decidieron escapar y buscar una nueva vida en Europa. Su padre se marchó primero. Un año después, Jehad se fue de casa con su tío y varios de sus amigos.

Nos relata el angustioso viaje que sufrió en una débil lancha de goma junto a otras 60 personas intentando cruzar el tormentoso mar de Turquía a Grecia.

“Fue muy aterrador. Si te sentabas, el aire se escapaba. Estuvimos siete horas en el mar. La lancha se llenó de agua. Daba mucho miedo y había familias y niños. Cuando la lancha se desinfló y se llenó de agua, todos los adolescentes de mi edad saltamos al agua y nadamos. Dejamos a las mujeres, niños y ancianos en el bote. Tratamos de empujarlos hasta la playa. Nadamos hasta la playa y cuando llegamos allí caminamos varias horas hasta llegar al campamento”.

Las aplicaciones móviles: un salvavidas para los jóvenes sirios que huyen de la guerra hacia Europa

Jehad responde a los mensajes pendientes en su teléfono móvil. ©UNICEFMK-2015/Emil Petrov

Es un nuevo trauma que se une a los numerosos que muchos ya han acumulado con las guerras de Siria, Irak y Afganistán. Pero aún así siguen viniendo.

Noor es una joven de 17 años, también de Siria, que está tratando de conseguir “noticias de casa” y “asuntos domésticos” en su móvil. En lugar de buscar información sobre cómo obtener ayuda, quiere saber cómo continuar con sus estudios y lograr un trabajo en Suecia.

Me enseñó una aplicación llamada Gherbtna, hecha por un refugiado emprendedor sirio, Mojahid Akil, para ayudar a los refugiados en Turquía que se enfrentan dificultades como la obtención de la residencia y la apertura de cuentas bancarias, para obtener información sobre ofertas de empleo o para ayudar a la gente que no tiene acceso a información.

“Turquía ya estaba a tope. Tuvimos que irnos. Sería muy útil contar con una aplicación como esta para Suecia “, dice.

Y con una mirada nostálgica, agrega: “Me pregunto si todo el mundo en Europa piensa que somos gente pobre que no quiere trabajar o ganarse el pan y sólo recibir dinero del Estado. Quiero ser programadora informática como mi padre”. Noor prefiere que no la fotografíen; teme por su madre, que aún se encuentra en Damasco.

Jehad dice que solo le llevará un año estudiar alemán y que después podrá estudiar para ser arquitecto.

Entrecerrando los ojos bajo un sol cegador, descubre que la pantalla de su móvil se había apagado. No hay ningún sitio para cargar su teléfono. Al menos puede descansar a la sombra, beber y comer un poco de pan. Los niños más pequeños se divierten con juguetes y participan en actividades de canto y dibujo. Otros han recibido ayuda médica de Cruz Roja. Los problemas más habituales son la deshidratación, ampollas, resfriados, diarrea y quemaduras solares.

El centro de recepción próximo a Gevgelija estará muy pronto equipado con dos grandes tiendas de campaña apoyadas por UNICEF, con un espacio amigo para madres lactantes, bidones de agua, instalaciones de saneamiento y más baños.

Estoy impresionado con niños como Jehad y Noor. Impresionado por su tenacidad, resistencia y deseos de aprender. Como especialista en Comunicación de UNICEF, he hablado con muchos expertos sobre cómo los niños se expresan en el mundo online usando los medios sociales y cada vez más el móvil. Ahora más que nunca soy muy consciente de lo mucho que significa un teléfono móvil como salvavidas para los niños en tránsito, además de su necesidad de protección, salud, alimentación, educación, vivienda y apoyo emocional.

Esta semana, sigo en contacto con Jehad a través del WhatsApp.

“Estoy en Hungría desde hace tres días. Duermo en el suelo, pero hay demasiado ruido en la estación de tren. Un hombre nos está proporcionando un lugar para cargar nuestros teléfonos. Todo el mundo dice que es imposible pasar a Alemania. Pero todavía tengo esperanzas“, me cuenta.

Nuestra dignidad yace en el fondo del Mediterráneo

Pablo Marco, miembro de Médicos Sin Fronteras

El escenario de la zozobra y el hundimiento de un barco de refugiados visto desde la cubierta del Dignity I, el barco de rescate de MSF que responde a la emergencia.

El escenario de la zozobra y el hundimiento de un barco de refugiados visto desde la cubierta del Dignity I, el barco de rescate de MSF que responde a la emergencia. Foto Marta Soszynska/MSF

Yo era uno de esos que se sentían orgullosos de ser europeo. Del continente que había superado sus demonios y abanderaba la promoción de la democracia, los derechos humanos y la solidaridad internacional. Era uno de esos, hasta que el otro día vi en el periódico la foto de los puntitos. ¿La habéis visto? Sí, esos puntitos que, si ampliamos la imagen, en realidad son las cabezas de centenares de personas tratando de mantenerse a flote en el Mediterráneo.

Esa imagen me atormenta por las noches. Quizás porque sé de qué huían esas personas. He visitado los hospitales en Siria, las salas llenas de cuerpos despedazados por las explosiones de los barriles bomba. He hablado con las familias iraquíes que huían de las atrocidades del Estado Islámico. He recorrido los pueblos calcinados por las milicias en Darfur y he visto a los niños morir por desnutrición o epidemias. Claro que huyen, ¿quién no lo haría? Esos puntitos de la foto habían recorrido miles de kilómetros en busca de un sueño, un lugar seguro donde poder criar a sus hijos, en Europa, la tierra de la democracia y los derechos humanos. Pero su viaje terminó en el fondo del mar, víctimas de los cálculos de nuestros líderes políticos.

Después de la decisión de la Unión Europea (UE) tras el fin de Mare Nostrum, la operación de rescate en el Mediterráneo sostenida por Italia, de instaurar Tritón, una misión de vigilancia con menos fondos y con un área operacional limitada a las costas italianas, todos sabíamos que miles de personas estaban siendo condenadas a morir ahogadas si continuaban en su empeño de llegar a Europa.

Médicos Sin Fronteras decidió entonces fletar tres barcos para asistir a personas en riesgo de naufragio frente a las costas de Libia. Desde que empezó la operación a principios de mayo hemos rescatados a más de 15.500 personas. Desgraciadamente, más de 2.500 personas han fallecido en estas aguas durante lo que llevamos de año. Cuando rescatamos a un grupo de náufragos, les mostramos en un mapa dónde están, y les explicamos a qué puerto vamos a llevarles, y cuáles son sus derechos una vez desembarquen.

Tripulación del Dignity I, el barco de salvamento de MSF, rescatan a supervivientes del naufragio del pasado 5 de agosto donde más de 200 personas podrían haber perdido la vida. Foto Marta Soszynska/MSF.

Tripulación del Dignity I, el barco de salvamento de MSF, rescatan a supervivientes del naufragio del pasado 5 de agosto donde más de 200 personas podrían haber perdido la vida. Foto Marta Soszynska/MSF.

Pero, ¿quién se atreverá a decirles toda la verdad? ¿Qué le diríamos?: “Ahmed, vienes de Siria, ¿verdad? Me imagino que huyes del horror de los bombardeos, la violencia que no cesa, las torturas, los recuerdos de tus amigos que murieron, la miseria, la desesperanza. Con tu mujer y tus hijos, cruzaste la frontera con Turquía, donde te acogieron con los brazos abiertos. Os ofrecieron un techo, salud y educación gratuita, y libertad para quedaros cuánto tiempo necesitáis. A ti y a otros dos millones de sirios refugiados en el país. Pero Turquía no puede brindar trabajo a todos y decidiste arriesgarte y venir a Europa. Volasteis a Argelia y os pusisteis en manos de un traficante que os llevó hasta Libia. Allí os subió a una chalupa atestada de gente y os lanzó al mar. Lo que no sabías, Ahmed, es que tu destino era morir ahogado, junto con tu mujer y tus hijos, porque la Unión Europea llegó a la conclusión de que rescatarte alimenta el efecto llamada. Mientras Líbano, Jordania y Turquía acogen a cuatro millones de sirios, los europeos ni siquiera nos pusimos de acuerdo sobre cómo acoger a los primeros cuarenta mil. Así que teníais que morir ahogados, Ahmed, para que los siguientes se lo pensaran dos veces antes de venir. Habéis tenido la suerte de que los chalados de Médicos Sin Fronteras decidieran fletar tres barcos y lanzarse a la mar, con más corazón que cabeza, para sacar gente del agua. A ti te hemos salvado, Ahmed, pero a muchos otros no pudimos”.

El fondo del Mediterráneo está poblado por miles cadáveres de hombres, mujeres y niños, que yacen junto con los principios e ideales europeos de los que me sentía orgulloso.

Hace unos meses, propuse bautizar con el nombre de “Europa” a uno de los barcos de MSF. Finalmente decidimos llamarlo “Dignity”. Mejor así, “Europa” debería ser el nombre del barco insignia de la flota que nuestros gobiernos ojalá envíen pronto para acabar con el horror del Mediterráneo. La flota que jubile al “Dignity”, y que recupere la decencia de nuestros países. Y no solo eso. Necesitamos que los líderes europeos, en vez de azuzar el miedo hablando de plagas de inmigrantes, tengan el coraje de explicar la verdad a nuestros ciudadanos. Que les digan que los que se están ahogando en la costa libia, y los que molemos a palos en la frontera de Macedonia, son familias que huyen de horrores que ni siquiera podemos imaginar, y que necesitan nuestra ayuda. Que nos recuerden que la solidaridad no se mide solo por el dinero que donamos a las ONG. Que la auténtica solidaridad es la del que abre la puerta de su casa para acoger al vecino en apuros. Que tenemos el deber de acoger a una parte de los que huyen de las guerras y la miseria. Entonces volveré a sentirme orgulloso de ser europeo.

 

Este post forma parte del Concurso de Post Solidarios que la Fundación Mutua Madrileña ha puesto en marcha con motivo de los III Premios al Voluntariado Universitario.