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Archivo de la categoría ‘República Democrática del Congo’

La “madre psicóloga” de los niños afectados por el ébola en RDC

Por Yves Willemot, jefe de comunicación de UNICEF en República Democrática del Congo.

“Los niños me hacen muchas preguntas sobre la enfermedad y por qué ellos están aquí”, explica Sylvie Waridi, psicóloga del centro de tratamiento del ébola en Beni, en el este de República Democrática del Congo (RDC).

Sylvie es una de los 150 trabajadores psicosociales formados por UNICEF para dar apoyo a los afectados por el virus del ébola. Ella es la responsable de proporcionar asistencia psicosocial a los niños que reciben cuidados en el centro de Beni. “Hablo con ellos, les consuelo y escucho sus preocupaciones”, explica Sylvie.

Cada vez que damos de alta a un niño nos llena de alegría

La psicóloga atendió a Gloria* y Emmanuel*, mellizos de ocho años. Los dos fueron admitidos en el centro y puestos en observación tras mostrar síntomas que podrían sugerir la presencia del virus. “No fue fácil para ellos comprender qué estaba ocurriendo. Afortunadamente, se pudieron apoyar el uno al otro”.

La madre de los pequeños estaba completamente destrozada y creía que iban a morir. “El padre, sin embargo, mantenía la esperanza. Cada mañana llegaba hasta la valla y se quedaba hasta la caída de la noche, dando por hecho que sus hijos podrían verle”, cuenta Sylvie.

Tras seis días de observación y dos tests negativos, se confirmó que ninguno de los mellizos tenía el virus. “Cada vez que damos el alta a un niño nos llena de alegría”.

La “madre psicóloga” de los niños afectados por el ébola en RDC

Sylvie, con los mellizos que acaban de salir del centro de ébola en Beni /UNICEF/DRC/2018/Naftalin

Para la psicóloga, este momento marca el comienzo de una nueva fase de su trabajo. Es entonces cuando debe recordar a los niños, con palabras sencillas, qué les ha ocurrido y qué pueden esperar. “Cada niño al que se da el alta busca contacto físico”, explica. “Tenerles en nuestros brazos les da la fuerza y la confianza para lo que viene después”.

Y es que el riesgo de estigmatización a quienes salen del centro de ébola es muy alto, y la vuelta a casa no siempre es fácil. Sylvie visita regularmente a Gloria y Emmanuel para asegurarse de que les han recibido bien. “Tienes que explicar a los vecinos en qué consiste la enfermedad, por qué los niños ingresaron en el centro y por qué ahora han regresado con su familia”.

En las últimas semanas, Sylvie ha visto llegar a más niños al centro. Afortunadamente, también ha visto cómo muchos lo abandonaban al no estar infectados.

*Nombres cambiados para proteger la identidad de los niños.

Con una vacuna, la vida de Nelly sería otra

Serge Wingi, UNICEF en República Democrática del Congo

Con motivo de una campaña de vacunación contra la polio hace un par de meses visité la aldea de Kayombo, conocida por la gran cantidad de gente que se opone a las vacunas debido a las creencias populares y tradicionales.

Al llegar al pueblo, me fijé en una joven de unos veintipico años. Parecía que estaba en las calles de Kinshasa, no en una pequeña aldea en medio de la provincia de Tanganica. Sentada a la sombra, con una trenza perfecta, la chica se maquillaba mirándose en un pequeño espejo. Intrigado, pregunté por ella a unos cuantos aldeanos, que rápidamente me dijeron que Nelly era la hija mayor del jefe de la aldea.

Con una vacuna, la vida de Nelly sería otra

Nelly ha aprendido a vivir con su estado /©UNICEF

Inmerso en mis actividades, me olvidé de la presencia de Nelly, que tanto me había llamado la atención al llegar. Solo por la tarde, cuando me iba, me acordé de ella. Venía detrás de nosotros gritando “¡esperad!, ¡esperad!”, porque quería venir con nosotros a Kalemie para vender allí comida.

Solo cuando la vi acercándose al coche comprendí que detrás de su gran sonrisa, sus ojos maquillados y su ropa moderna se ocultaba un gran dolor. Ella utilizaba sus brazos para moverse hacia nosotros. ¿Cómo una chica joven, con toda la vida por delante, podía llevar una carga tan pesada? Pasé la mayor parte del viaje entre la aldea y Kalemie haciendo preguntas a Nelly.

“Nací con buena salud, pero cuando tenía cuatro años de pronto no podía sostenerme sobre mis piernas”, me contó.

En ese momento, nadie en la aldea pensó en la posibilidad de la polio. “Mis padres atribuyeron la enfermedad a brujería”, continuó. Durante meses, la llevaron a todos los brujos y curanderos de la zona. “Pasé días enteros con el cuerpo enterrado hasta el estómago para estirarme las piernas”, recuerda. Pero no hubo ningún cambio, excepto que las posesiones de la familia desaparecieron ante sus ojos. Todos los “cuidadores” cogieron los caballos, gallinas, ropas o utensilios de cocina a cambio de cuidar de ella.

Solo tras incontables fracasos, los padres de Nelly decidieron llevarla a un centro de salud. Las pruebas de laboratorio rápidamente revelaron que era polio, una enfermedad que causa una parálisis irreversible.

Con ambas extremidades inferiores paralizadas, Nelly es incapaz de sostenerse sobre ellas, lo cual le obliga a arrastrase. “Mi estado me causa mucho dolor, pero con el tiempo he aprendido a vivir con ello”, me asegura. A pesar de su discapacidad, Nelly ha puesto en marcha un pequeño negocio para tener algo de independencia. La joven va y viene entre su aldea y Kalemie vendiendo productos que compra a los granjeros locales.

Como madre de una niña de dos años, Nelly sigue estrictamente el calendario de vacunación. “No quiero que le pase lo mismo que a mí”, explica. También anima a todas las madres de la aldea a vacunar a sus hijos.

Con una vacuna, la vida de Nelly sería otra

Nelly no quiere que a su hija le pase lo mismo que a ella /©UNICEF

Durante las recientes campañas de vacunación contra la polio, Nelly y su padre se implicaron mucho en su comunidad para encontrar a los niños no vacunados y animarles a vacunarse. “Mi hija está así debido a mi ignorancia”, me confesó el padre de Nelly con la voz entrecortada. Como jefe de la aldea, anima a todos los padres a vacunar a sus hijos para mantener la polio fuera del pueblo. “No puedo ver más casos de polio aquí. Los trabajadores sanitarios deben vacunar a nuestros hijos”, explica más convencido que nunca.

El trabajo de UNICEF y sus aliados.

Más de tres millones de niños recibieron sus vacunas durante las recientes campañas de vacunación en las provincias de Alto Lomami, Tanganica, Alto Katanga y Lualaba. Sin embargo, en algunas comunidades un número importante de niños sigue sin estar protegido debido a la continua oposición a las vacunas. UNICEF apoya al gobierno en la concienciación a los hogares reticentes y en la movilización de cientos de representantes comunitarios, movilizadores sociales y auxiliares.

Notas desde el Congo (y V) Asante Sana

Por Ida Moberg, doctora de MSF en la República Democrática del Congo

La doctora Ida Moberg concluye su primera misión con Médicos Sin Fronteras (MSF). Desde Numbi, en las montañas de la provincia de Kivu sur, al este de la República Democrática del Congo (RDC), relata en un diario de campaña el trabajo en esta zona minera donde el acceso a la salud es todo un reto para las comunidades locales.

Mulume tiene dos años. Su respiración es rápida y superficial. Tiene episodios de fiebre alta desde la noche anterior y carece de fuerzas para comer ni beber. Esa misma mañana ha sufrido convulsiones que han preocupado a su madre. Fue ella misma quién lo trajo a un pequeño centro de salud en la provincia de Ziralo, en el este de la República Democrática del Congo. Una vez allí, Mulume, muy pálido, dió positivo en el test de malaria. Un análisis de sangre confirmó que sufría anemia a causa de esta enfermedad. La enfermera del centro de salud derivó a Mulume al nuevo hospital de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Kusisa.

Nuevo hospital de Kusisa

Hasta la puesta en funcionamiento del nuevo hospital de Kusisa, en la imagen, muchos pacientes tenían que caminar durante horas hasta Numbi para recibir atención médica.

Ahora Mulume está acostado en una cama en la sala de urgencias del hospital de Kusisa. Mis colegas y yo efectuamos nuevos análisis de sangre. Los resultados muestran que su hemograma es tan bajo que necesita una transfusión de sangre. En previsión de eso, comenzamos el tratamiento para la malaria con artesunato intravenoso.

Afortunadamente, encontramos un donante de sangre compatible con Mulume para que podamos comenzar una transfusión. En el pasado, los pacientes en la provincia de Ziralo tenían que recorrer un largo camino para llegar a un hospital. Ahora, gracias al recién inaugurado hospital de Kusisa, Mulume puede recibir tratamiento contra la malaria y transfusión de sangre en apenas unas horas.

Cuando al día siguiente realiza la ronda de consulta con mi colega congoleño, Mulume ya se encuentra mejor. Ha desayunado algo y ha recibido tres dosis de artesunato intravenoso. Además, su conteo sanguíneo ha aumentado tras la transfusión. Cambiamos la administración del tratamiento a pastillas que deberá tomar durante los próximos tres días.

En la cama junto a Mulume está el pequeño Bahati. Tiene 6 meses de edad, pero pesa solo 3,5 kg, lo que generalmente corresponde al peso de un recién nacido. Está tan delgado que se le marcan las costillas. Su madre ha caminado durante ocho horas para llegar al hospital de Kusisa. Apenas tiene leche materna para amantar a su bebé. Tras examinar, medir y pesar a Bahati concluimos que está sufriendo una desnutrición aguda grave del tipo marasmo. Además, presenta signos de neumonía por lo que comenzamos un tratamiento con penicilina intravenosa.

Después de una semana de tratamiento contra la neumonía y la desnutrición, Bahati ya tiene más energía. Ahora me mira con firmeza y responde con una sonrisa cuando le sonrío. Ha ganado unos cientos de gramos. Tras una semana y media en Kusisa, ha subido aún más de peso y podemos darle de alta. Facilitamos a la madre paquetes de alimentos preparados ricos en nutrientes suficientes para una semana cuando tendrán que volver para una visita de seguimiento. Estos preparados contienen leche en polvo enriquecida y manteca de cacahuete y aportan los nutrientes que necesita un niño desnutrido para compensar sus deficiencias y ganar peso. Bahati lo come con buen apetito.

En República Democrática del Congo, no dices adiós cuando te marchas. Antes, cuando Bahati y su madre van a abandonar el hospital, nos tomamos las manos y decimos “tutaonana”, que significa “hasta que volvamos a encontrarnos” en swahili.

Mi misión en República Democrática del Congo ha terminado y es hora de regresar a casa, a Suecia. Tras 6 meses en Numbi toca decir: ¡”Asante Sana” (muchas gracias) y “Tutaonana” (¡hasta que nos volvamos a encontrar) en el Congo!

Los jóvenes reporteros de Bikoro se movilizan contra el ébola

Por Christophe Yoka Nkummu Daddy, responsable de los jóvenes reporteros de UNICEF en Bikoro (República Democrática del Congo)

El 8 de mayo, el Ministerio de Salud declaró un brote de ébola en Bikoro, una zona de la provincia de Ecuatoria en República Democrática del Congo. Hasta la fecha se han registrado en este lugar unos 23 casos, 18 de los cuales han terminado con la muerte del paciente. Se ha identificado a más de 250 personas que estuvieron en contacto –directo o indirecto- con ellos, y que ahora están en observación.

Me llamo Christophe Yoka Nkumu. Soy supervisor de los Jóvenes Reporteros de Bikoro desde hace tres años. Siempre he querido guiar y proteger a los niños. No entiendo cómo alguien puede abandonar a un niño o menospreciar sus derechos. Dirigir a los Jóvenes Reporteros de Bikoro me permite entender qué problemas afrontan los niños en mi comunidad y poder hacer algo para mejorar su situación.

Los jóvenes reporteros de Bikoro se movilizan contra el ébola

Los Jóvenes Reporteros realizan actividades de sensibilización en las escuelas para combatir el ébola/ ©UNICEF

Cuando escuché por la radio la declaración del Ministerio de Salud, me dije a mí mismo que ningún niño debería morir a causa de esta enfermedad. ¡Debíamos actuar rápido! Inmediatamente reuní a los Jóvenes Reporteros y nos reunimos con el médico jefe del distrito. Era fundamental que los chicos recibieran información durante esos primeros días para poder empezar a actuar sin dilación. Algunos niños estaban un poco reacios porque no sabían nada del ébola. Después de una breve charla, el miedo dio paso a la motivación.

De un niño a otro

Concienciar en las escuelas es absolutamente crucial para combatir la propagación del virus del ébola. Los Jóvenes Reporteros establecieron puntos de lavado de manos y explicaron a los niños los buenos hábitos que debían incorporar a sus rutinas diarias. En solo unos días, ocho reporteros llevaron a cabo sesiones de sensibilización para 2.000 escolares de la ciudad de Bikoro. Es más, cuando un niño habla a otro, podemos estar seguros de que el mensaje será comprendido y tenido en cuenta fácilmente.

Los niños son discriminados por otros niños en la escuela. Recuerdo el caso de un niño de 12 años cuyo padre recibía tratamiento en el Centro de Tratamiento del Ébola (ETC, por sus siglas en inglés). Bikoro es una ciudad pequeña, así que cuando la dirección de la escuela se enteró de que el padre del chico estaba ingresado, decidieron que no podría ir más a la escuela. Durante más de dos semanas, este estudiante de cuarto grado tuvo que quedarse en casa. Los Jóvenes Reporteros lucharon por que le permitieran volver a clase. Todo le va bien a hora a este niño. Ha vuelto a la escuela y su padre ha salido del ETC.

Por el momento, las actividades de sensibilización solo se realizan en escuelas de educación primaria, pero creo que deberíamos ampliarlas a todos los centros educativos. El ébola no se detiene en el sexto curso de educación primaria.

¿Cómo podemos ampliar la concienciación?

Además de las actividades de sensibilización en escuelas, podemos publicar nuestros mensajes a mayor escala. Desafortunadamente, y a diferencia de otros distritos, Bikoro no tiene una emisora de radio comunitaria a través de la cual poder difundir buenos hábitos. Eso sería demasiado fácil. Desde un solo lugar, podríamos alcanzar a la población más remota sin tener que desplazarnos hasta allí. Pero así, ¿cómo podríamos recorrer cientos de kilómetros para que los Jóvenes Reporteros puedan difundir su mensaje?

Una emisora de radio comunitaria podría también permitirnos divulgar la Convención sobre los Derechos del Niño y aumentar la concienciación de la gente sobre las enfermedades transmitidas a través del agua, que están devastando nuestra ciudad. Podríamos hablar fácilmente sobre todo esto en la radio, y llegar a poblaciones que normalmente son inaccesibles.

Hay algo que no tuvimos en cuenta: desde la declaración del brote de ébola en Bikoro, decenas de trabajadores humanitarios han llegado a la zona. Esto ha dificultado el acceso a internet.

Pero a pesar de las dificultades, los Jóvenes Reporteros de Bikoro siguen dispuestos a concienciar a la población de Bikoro sobre el virus del ébola y a mostrar al mundo lo que aquí está ocurriendo.

Notas desde el Congo (III): El pequeño Uwiringe y su pelea contra el cólera

Por Ida Moberg, doctora de MSF en la República Democrática del Congo

La doctora Ida Moberg se encuentra en su primera misión con Médicos Sin Fronteras (MSF). Desde el poblado de Numbi, en la provincia de Kivu sur, al este de la República Democrática del Congo (RDC), relatará en un diario de campaña el trabajo en el hospital de esta pequeña aldea y el día a día de las comunidades locales.  

Uwiringe tiene 11 años y  ha llegado al hospital desde un pueblo en las montañas a las afueras de Numbi. Por lo general, a esa hora del día está en la escuela y no en la cama de una sala de urgencias, como ahora.

Su padre, que lo ha llevado en brazos durante una hora para llegar al hospital, dice que ha enfermado esa misma mañana y que ha tenido diarrea. Desde entonces, ha empeorado muy rápido y apenas ha podido tomar nada.

Hay varios casos similares en el pueblo últimamente.

Un centro de tratamiento de cólera de MSF en Kivu sur. Marta Soszynska / MSF

Uwiringe sólo puede decir algunas palabras y yo casi no puedo sentir el pulso en su muñeca. No tiene fiebre, pero tiene la boca muy seca y cuando le pellizco la piel del estómago ésta no regresa inmediatamente a su lugar, lo cual es un signo claro de deshidratación.

Sospechamos que Uwiringe tiene cólera y deshidratación severa. Como el pequeño está tan débil, pues no es capaz ni de beber, iniciamos el tratamiento con fluidos por vía intravenosa y lo ubicamos en la pequeña unidad de aislamiento del hospital.

Se han dado varios brotes de cólera en Kivu sur en los últimos seis meses. MSF ha activado su respuesta para combatirlos y ha tratado a pacientes en los hospitales a los que apoya y en sus centros temporales de cólera. Además, el Equipo de Respuesta a Emergencias de Kivu sur (conocido como RUSK), que viaja por toda la región y realiza respuestas específicas, se ha activado para atajar la enfermedad.

Durante la noche, Uwiringe continúa con diarrea acuosa, así que seguimos con el tratamiento. Al día siguiente, se siente un poco mejor y puede empezar a beber suero.

Hoy se ha levantado casi recuperado y la diarrea ha cesado. Creemos que ya está lo suficientemente bien para que le demos el alta. Aunque ahora ya puede caminar al lado de su padre y mañana irá a la escuela de nuevo.

Notas desde el Congo (II): Hakuna matata

Por Ida Moberg, doctora de MSF en la República Democrática del Congo

La doctora Ida Moberg se encuentra en su primera misión con Médicos Sin Fronteras (MSF). Desde el poblado de Numbi, en la provincia de Kivu sur, al este de la República Democrática del Congo (RDC), relatará en un diario de campaña el trabajo en el hospital de esta pequeña aldea y el día a día de las comunidades locales.  

Han pasado unos días desde que llegué a Numbi. Todo es intenso y lleno de nuevas experiencias. También está siendo una lucha para mí lidiar con el francés. De hecho, varias veces, me he descubierto pensando en cómo he podido ser tan inconsciente en aceptar una misión en un país en el que se habla francés…

Pero para complicar aún más las cosas, no todo el mundo lo habla, claro. La lengua de la mayoría de los pacientes del hospital es el swahili y el kinyarwanda. Así que he aprendido algunas frases en swahili para saludarlos y preguntarles cómo se sienten:

Habari Gani (¿Cómo estás?)

Unaumwa na nini (¿Qué te pasa?)

De todos modos, hay veces en que puedo identificar el problema que tiene el paciente. Pero si este acude a la consulta con una historia algo más larga, me quedo allí de pie, quieta, cómo un gran signo de interrogación. Por suerte, hay una enfermera local que traduce del swahili al francés para que la comunicación no sea un problema.

MSF trabaja en Numbi desde 2014. Desde entonces, el antiguo centro de salud ha ido convirtiéndose en un pequeño hospital. Ahora las comunidades locales tienen mejor acceso a la atención médica que antes cuando tenían que caminar o montarse en una motocicleta durante varias horas por caminos casi impracticables.

EL pequeño hospital de Numbi. Pau Miranda / MSF

La accesibilidad es uno de los mayores desafíos en el montañoso Kivu sur. La temporada de lluvias actual hace que conducir por las carreteras sea aún más difícil. El viaje de 150 kilómetros de Bukavu a Numbi nos llevó ocho horas. En varios puntos del camino nos encontramos con que los puentes se habían derrumbado. Así pues, tuvimos que conducir a través de ríos y pequeños arroyos para continuar nuestro camino. Pero a pesar de que íbamos en un jeep con tracción en las cuatro ruedas, nos quedamos atascados después de que otro puente, uno pequeño, se cayera. Pero la situación se resolvió cuando vinieron a  socorrernos varia personas que pasaban por allí.

En swahili, se usa la expresión hakuna matata. Significa “no hay problema”. ¡Creo que puede ser un buen lema para mí en Congo!

Notas desde el Congo (I): Rumbo a Numbi

Por Ida Moberg, doctora de MSF en la República Democrática del Congo

La doctora Ida Moberg se encuentra en su primera misión con Médicos Sin Fronteras (MSF). Desde el poblado de Numbi, en la provincia de Kivu sur, al este de la República Democrática del Congo (RDC), relatará en un diario de campaña el trabajo en el hospital de esta pequeña aldea y el día a día de las comunidades locales.   

Estoy sentada en la terraza y miro cómo se extiende en lago Kivu en Bukavu. Aunque es oscuro, se escucha un gallo en la casa vecina y el sonido se mezcla con la risa de unos niños que juegan. Tengo la cabeza llena de expectativas. Mañana salgo hacia la pequeña aldea de Numbi, al sur de esta provincia. ¡Al fin ha llegado la hora de empezar mi trabajo en terreno!

Las últimas semanas antes de la partida fueron básicamente para decir adiós a los que están cerca de mí. Y, como es mi primera misión con MSF, a hacer un curso en Barcelona sobre los protocolos y funcionamiento interno de la organización, y cómo deben tratarse enfermedades específicas en terreno, pues las dolencias más comunes aquí, en el este de la RDC, difieren mucho de las que hay en mi país, en Suecia.

Vistas del lago Kivu, en Kivu Sur, RDC. Marta Soszynska / MSF

Llegué a Kigali, la capital de Ruanda, 12 horas más tarde de lo esperado. Pues una amenaza de bomba en el aeropuerto de Bromma, en Suecia, retrasó el vuelo y perdí la conexión en Bruselas… Pero bueno… ¡Cuando trabajas para MSF debes ser flexible!

Desde Ruanda, el viaje continuó en automóvil hasta la frontera con la RDC. Y de ahí a Bukavu. El área se ha visto muy afectada por todos estos años de guerra. El conflicto ha dejado su huella. Muestra de ello, son las grandes diferencias que hay entre las infraestructuras de Ruanda y las de la RDC. Son palpables claramente poco después de cruzar la frontera. En el lado congolés, las carreteras tienen grandes agujeros.

Las condiciones de las carreteras en RDC no son las mejores. Ida Moberg / MSF

Una misión de Naciones Unidas ha estado presente en el área desde 1999, pero aun así la tensión entre los diferentes grupos armados continúa. Cosa que dificulta el día a día de la población local.

MSF está presente en la RDC desde 1981. Actualmente apoya varios proyectos de atención médica, incluido el hospital de Numbi, donde trabajaré durante los próximos seis meses.

Petite Bebé. Cuál es el futuro de un bebé prematuro en República Democrática del Congo

Por Begoña Hermida Val, responsable médico del proyecto de Médicos Sin Fronteras en Shabunda.

acientes esperan su turno en el hospital de Matili. Juan Carlos Tomasi.

Pacientes esperan su turno en el hospital de Matili. Juan Carlos Tomasi.

¿Te imaginas cuál puede ser el porvenir de un bebé que nace en una pequeña aldea de la República Democrática del Congo? ¿Y si además ese bebé pesa 650 gramos al nacer y lo hace en un centro hospitalario donde solo una fuente de calor artificial puede ayudarle? Pero, ¿y si además su mamá, que es VIH positiva, le abandona para ir a una chambre de prière (o casas de oración, uno de los recursos habituales de la población local para curar problemas de salud) donde acuden a buscar la solución a su enfermedad de la mano de un curandero o charlatan que es como los llaman por aquí?

Como cada dos semanas, durante más de nueve meses de misión en el proyecto de Shabunda, me desplazo a Matili, donde apoyamos el centro hospitalario de la localidad. A mi llegada, la responsable de actividades  de las enfermeras, me dice que quiere presentarme el caso de una “Petite Bebé”, de dos días de vida y con un peso que no llega a los 700 gramos.

Su mamá, abatida por el VIH y la desnutrición, la ha abandonado. Ha decidido acudir ir a una chambre de prière para resolver sus problemas a través de la oración. Ahora, necesitamos alimentarla, mantener su temperatura corporal y protegerla del ambiente al que ha tenido que exponerse bruscamente ocho semanas antes de lo previsto.

Nuestra “Petite Bebé”, que todavía no tiene nombre, estaba ahora bajo el cuidado de su abuela, quien, al contrario que su hija, había decidido hacer todo lo posible para que sobreviviese. Las enfermeras de la recién reorganizada unidad de neonatología, acostumbradas a la llegada de casos tan difíciles como este y a ver morir unos seis neonatos por mes, no mostraban una gran esperanza.

Ponemos nuestro mayor empeño para motivarlas y hacerles ver que si juntos nos volcamos en los cuidados de la pequeña, esta tendrá un halo de esperanza. ¿Qué cuidados habremos de darle? Alimentación artificial, ante la imposibilidad de lactancia, conservación de una temperatura adecuada, los cuidados diarios del cordón umbilical y de la piel en general asegurando las normas de higiene para así evitar las infecciones y complicaciones, como el síndrome de insuficiencia respiratoria, que podrían llevarle a la muerte.

Otra técnica muy recomendada para el cuidado de los prematuros de menos de 2 kilogramos, es el llamado ‘método canguro’, que se caracteriza por la lactancia exclusiva y más frecuente, y el contacto piel-piel entre la mamá y el bebé para reforzar así el dúo madre-hijo. Desafortunadamente, ¿cómo poder beneficiarte de ello si tu mamá no está contigo?

Para sorpresa de todo el equipo, tras dos semanas hospitalizada, “Petite Bebé” y su minúsculo cuerpo seguían luchando día tras día por sobrevivir: su tórax se movía con fuerza y a gran velocidad para poder asegurar la entrada de aire en sus diminutos e inmaduros pulmones.

En la reunión médica matinal, el equipo de guardia informa cada día de la evolución de su peso, que poco a poco aumenta y está ya en 700 gramos. Todo el equipo se muestra feliz y su abuela llena de esperanza. Mamá sigue sin aparecer.

Dos pacientes descansan en el hospital de Matili. Juan Carlos Tomasi.

Dos pacientes descansan en el hospital de Matili. Juan Carlos Tomasi.

Al mismo tiempo, en mi cabeza ronda una gran cuestión: ¿qué será mejor para ella, sobrevivir o no hacerlo? Teniendo en cuenta que el bajo peso al nacer contribuye del 60% al 80% de las muertes neonatales y que en más del 20% de los supervivientes permanecen secuelas irrecuperables, no encuentro una respuesta a mi pregunta.

Pasan los días, me tengo que ir de Matili, y paso a visitarla una última vez. Al verla, con sus 710 gramos hoy y sus 17 días de vida, me viene a la mente la respuesta a la cuestión que me acechaba: Vivir sería maravilloso, si alguien le ayudase a hacerlo. Si su familia quisiese luchar por ella; si tuviesen acceso a la alimentación, a cuidados básicos de salud, a educación, a vivienda, a un empleo, en definitiva, a cualquiera de esos derechos básicos que apenas disfruta un muy pequeño extracto de la población mundial. También pensé, sería todavía más maravilloso si el Gobierno de su desestructurado país hiciese políticas para que ella, y para los otros 65 millones de habitantes, tuviese la oportunidad de una vida digna.

Contra todo pronóstico, gracias a sus ganas de vivir, a la atención que los equipos médicos de Médicos Sin Fronteras y del Ministerio de Salud brindan y con el único amor de su anciana abuela, Petite Bebé sigue luchando por salir adelante. Me despido con un sentimiento amargo, pero a su vez, con la esperanza de que su diminuto cuerpecito siga creciendo.

Bahati njema, dogo rafiki! (En swahili: buena suerte, amiguita)

Médicos Sin Fronteras trabaja en República Democrática del Congo desde 1981. En la actualidad, alrededor de 3.000 congoleses y 200 empleados internacionales trabajan conjuntamente para facilitar de servicios médicos a la población a través de 20 programas repartidos por todo el país.

Los hombres que no querían a las mujeres

Por Amanda Martínez, cooperante de Farmamundi en República Democrática del Congo (RDC).

Ella ni siquiera lloraba. Contaba su historia con una calma desconcertante. Las demás mujeres la escuchaban atentas y en silencio, formaba parte de la terapia: escuchar y compartir.

Ella estaba embarazada, pero ese embarazo no se acompañaba de alegría y orgullo, sino todo lo contrario, de vergüenza y miedo a ser repudiada. Con solo 32 años, Therese Kavira, del poblado Mutendero, a 26km de la ciudad de Butembo, había sido violada en más de una ocasión y el bebé que iba a traer al mundo era fruto de una de esas agresiones. A pesar de todo, estaba convencida de que quería tenerlo, y que lo iba a cuidar con todo el cariño que ella no había tenido, costase lo que costase, al fin y al cabo, decía, no había sido culpa suya.

Su marido la abandonó tras haber sido violada, no estaba bien visto en la comunidad.

Hizo una pausa. A su lado, una mujer la cogió de la mano. Siguió hablando, contó que dejó su casa, la mayoría de sus pertenencias y se fue a casa de un familiar, donde seguía siendo despreciada por el padre de familia. No la querían, pero no sabía dónde ir. Contaba que trabajaba duro, como lo hacen el resto de las mujeres africanas, responsables del cien por cien de las tareas reproductivas del núcleo familiar: transportar agua, leña, trabajar el campo, preparar la comida, limpiar, siempre con bebés a la espalda cargados con telas descoloridas.

Las industrias madereras iban abriéndose paso en los valles y las colinas de Kivu Norte, al Este de la República Democrática del Congo, y cada vez había que recorrer más kilómetros para llegar a los campos de cultivo, muchos de ellos, además, ocupados por grupos armados. Un día, estaba recogiendo maíces y escuchó voces masculinas que la dejaron petrificada. Cuando reaccionó quiso correr, pero ya era tarde. De nuevo, volvieron a abusar de ella, quedándose así embarazada.

ACABAR CON LA IMPUNIDAD

La República Democrática del Congo se considera uno de los peores lugares del mundo donde nacer mujer. Esta situación se agrava en la zona este del país, territorio de los Kivu, donde la población vive sumergida en un contexto de crisis profunda de larga duración. Todo ello promueve que las violaciones de derechos humanos que sufre los habitantes de esta zona sean continuas y sistemáticas, incidiendo además con mayor dureza en función del género y de la posición económica.

Por otra parte, la impunidad generalizada que existe para los agresores, sean conocidos o desconocidos por la víctima, es escalofriante. En ocasiones, son obligadas a contraer matrimonio con sus agresores para no manchar la imagen en la comunidad. En otras ocasiones los hermanos, cónyuges o padres de las víctimas resuelven los casos con una compensación económica entre familias. Pero ¿y ellas?

Farmamundi apoya, entre otras y desde hace más de una década, a una Asociación Local de Mujeres en la ciudad de Butembo que articula estrategias necesarias para que las mujeres, como Therese, y niñas que han padecido violencia sexual accedan a una atención sanitaria de urgencia y tratamiento especializado. Las víctimas que acuden al Centro Hospitalario de FEPSI, en la Zona de Salud de Butembo, son inmediatamente atendidas médica y psicológicamente, gracias al abastecimiento en medicamentos y material sanitario de calidad, que incluye unos kits de urgencia para prevenir embarazos no deseados y otras enfermedades de transmisión sexual.

Además, un equipo humano profesionalizado y con larga experiencia en el tratamiento psíquico de las víctimas de violencia sexual se encarga de su tratamiento psicológico, contribuyendo así a su reestructuración personal y reintegración social.

Por último, la estrategia de atención incluye el asesoramiento legal de estas víctimas, cuyo objetivo no es tanto la interposición de una denuncia, sino la asesoría de calidad de las mujeres, un derecho que es sistemáticamente vulnerado debido a la desinformación y las barreras sociales y económicas para acceder a la justicia.

Las mujeres y niñas son el 50% de la población mundial. Están ahí y sufren. No solo en la República Democrática del Congo, sino también en Nigeria, Guatemala, Nepal, Brasil, Estados Unidos, España o Alemania. Abramos los ojos a una realidad que es más evidente en unas regiones que en otras, pero que existe a nivel mundial.

Respetémoslas, escuchémoslas, amémoslas porque son nuestras hijas, hermanas, madres y mujeres. Seguro que así podremos acercarnos más a esa paz tan anhelada por todos.

El niño que no sonreía nunca

Clara Noguer, médico anestesióloga  de Médicos Sin Fronteras en Lulingu, República Democrática del Congo (RDC)

Yuma tiene 6 años y no sonríe nunca. Es un niño muy delgado, de ojos enormes y mirada brillante. Llega al hospital doblado de dolor. Parece que tiene algún problema en el abdomen; no disponemos de pruebas complementarias pero consideramos que no puede esperar, hay que operar de inmediato.

El niño espera paciente de pie en medio del quirófano mientras lo preparamos todo. No dice una palabra. Le pinchamos y le volvemos a pinchar, es difícil encontrarle una vía. Yuma ni se mueve, la frente se le cubre de perlas de sudor y finalmente le asoman un par de lágrimas, pero no se queja.

La intervención es mucho más compleja de lo que todos esperábamos. Hace poco que Yuma tuvo fiebre tifoidea. Parte de sus intestinos quedaron afectados por la enfermedad que le provocó múltiples abscesos que se perforaron y derivaron en una peritonitis grave. Es sorprendente como ha podido aguantar hasta este punto cuando su abdomen es un auténtico desastre. Y pensar que ha venido caminando más de 30 km a través de la selva de la mano de su abuela, que ha aguantado días y días de fiebre y dolor, sin prácticamente comer ni beber. Su fortaleza es increíble.

La fiebre tifoidea es una enfermedad bacteriana que se transmite al ingerir agua o alimentos contaminados con heces de personas infectadas o portadoras. Los niños son especialmente susceptibles tanto esta infección como a la presencia de complicaciones y al riesgo de deshidratación severa provocada por las diarreas. El tratamiento precoz con antibióticos reduce radicalmente la gravedad, la duración de los síntomas y las complicaciones. La falta de hábitos higiénicos y de agua filtrada o purificada, hace endémica esta enfermedad en regiones como esta.

Asimismo, el difícil acceso a los servicios de salud implica un diagnóstico y tratamiento tardío o incluso inexistente. Esta enfermedad tiene más incidencia en contextos de desplazamientos de población y campos de refugiados, por las dificultades que presenta el consumir agua en condiciones de higiene apropiadas y la falta de estructuras sanitarias.

Como consecuencia, en RDC no es extraño encontrar casos como el de Yuma, en los cuales la falta de acceso al tratamiento conduce a la presencia de abscesos intestinales y perforaciones digestivas, complicación típica de esta infección y que entraña una gravedad extrema con un importante riesgo vital asociado, necesitando intervención quirúrgica de urgencia.

Cirugía complicada
La intervención se prologa durante más de tres horas, su condición clínica es precaria y la cirugía difícil, pero después de mucho esfuerzo conseguimos terminar la operación y llevarlo a la sala de recuperación. Al principio le cuesta un poco despertarse, pero finalmente abre sus ojos. Con el semblante agotado, parece que no tiene fuerzas ni para quejarse. Desorientado busca algún rostro que le resulte familiar. Lo dejamos descansar tranquilo acompañado de su abuela. Ahora viene la parte más difícil de todas, los intestinos que han tenido que ser resecados y suturados tendrán que cicatrizar bien, si no el peligro de que haya una nueva perforación es alto, y no creo que aguante una complicación tal. Desgraciadamente, su estado nutricional es malo, ahora tendrá que pasar varios días en ayunas, y eso no juega nada a nuestro favor.

Me quedo vigilando sus constates vitales hasta que se hace de noche. Es hora de volver a la base. Ahora mismo no podemos hacer más. Nos centramos en calmarle el dolor que le produce la herida que cruza su vientre desde el esternón hasta debajo del ombligo, darle fluidos y antibióticos por vía intravenosa. Solo nos queda cruzar los dedos y ver cómo evoluciona, las primeras 24 horas serán claves.

Paso la noche sin sacármelo de la cabeza, pegada a la radio por si algo se complica. Afortunadamente, amanece y no he recibido ninguna llamada, espero que signifique buenas noticias. Y efectivamente lo son. Acudo directamente a la sala de cirugía a verle, y me encuentro con un niño fatigado de ojos llorosos, pero sin rastro de fiebre. La herida tiene buena pinta y sus constantes son normales. Respiro aliviada, primera batalla ganada aunque soy consciente que no hay que confiarse. Estamos lejos de pensar que está fuera de peligro, pero me invade una oleada de optimismo.

Yuma resiste
Los días pasan. Yuma está cada vez más delgado, pero resiste. Al rato lo encontramos acurrucado en una hamaca fuera de la sala, incluso se le puede ver dando algún paseo, siempre colgado del brazo de su inseparable abuela. Después de hablar con los médicos locales, conseguimos que acepten empezar a darle de comer después de una semana. Se le ilumina la mirada cuando le ponemos delante un plato de insípido arroz blanco con alguna verdura. Siete días en ayunas, una gran intervención quirúrgica tras días y días de fiebre e intensos dolores, un pequeño cuerpo frágil de 15 kilos luchando con uñas y dientes contra una gran infección. Parece increíble que todo esté yendo tan bien.

Un día, Yuma vuelve a quejarse de dolor, la herida empieza a tener mal aspecto, entre los puntos de sutura empieza a salir algo de pus. Para el equipo es un jarro de agua fría. Ya no contábamos con que algo saliese mal. Antibióticos, vigilancia y curas, solo podemos hacer esto.  El niño, después de tantos días, se ha convertido en un veterano, una parte más de la rutina hospitalaria. Cuando llego cada mañana lo primero que hago es ir a verle, chocarle la mano y llevármelo con su cara seria y resignada a cambiarle el apósito.

Finalmente, después de casi un mes ingresado, Yuma está listo para ser dado de alta. La infección se ha resuelto y cada día tiene mejor aspecto; no debemos prolongar más su ingreso. Con una mezcla de alegría y pena, le decimos a su abuela que pueden marcharse. Ella asiente y se va a envolver todos sus trastos en una tela que cargará sobre su cabeza durante el largo camino de vuelta a casa. Mientras, me quedo sentada en el suelo con el niño que no sonríe nunca. Justo antes de marchar, nos damos la mano como hacíamos cada día. Pero hoy es diferente, se anima, sonríe y me echa los brazos al cuello, se me encoge el corazón y no puedo evitar que se me salten las lágrimas.

Les acompañamos hasta la puerta del hospital. Me quedo embobada viéndolos alejarse por el camino, queriendo guardar para siempre esta foto en mi retina. La abuela, con una mano sobre la cabeza equilibrando su equipaje y la otra enlazada con la de su nieto Yuma, el niño con fuerza de titán al que finalmente vimos sonreír.