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Archivo de la categoría ‘Chad’

Chad: el miedo que trae la desnutrición

Por Laura Rubio, UNICEF Comité Español, desde Chad

(Las huellas de Boko Haram, segunda parte).

En la zona del lago Chad, 8 de cada 10 personas desplazadas viven en comunidades de acogida, no en campos para desplazados. Sufren los que tienen que huir, pero también los que reciben el flujo constante de personas que llegan sin nada, a las que acogen por principios.

Una de estas comunidades es Tagal, una aldea de pescadores a orillas del lago, que ha visto cómo su población se ha duplicado debido a la llegada continua de quienes huyende la violencia de Boko Haram. Tagal era ya una aldea pobre, sin infraestructuras ni acceso a servicios básicos, y con recursos mínimos para subsistir. Pero aunque hay buenas intenciones, no llega para todos. Los locales y los desplazados comparten lo poco que tienen, hasta lo más básico: el agua, los alimentos, las esterillas, los enseres de cocina viejos y desgastados… y también las enfermedades y un estado de desnutrición crónica difícil de revertir.

Es en esa aldea de personas generosas donde a primera hora de la mañana recibimos otro golpe de realidad, muy difícil de encajar.
Sobre una esterilla de palma en la entrada de su vivienda (una choza levantada en la arena con hojas y cañas secas) nos encontramos con Akbáh y su padre.

Chad: el miedo que trae la desnutrición

Los niños son los más afectados por la violencia de Boko Haram / UNICEF Chad/2017/Bahaji

Akbáh, de tres años – aunque no aparentaba más de dos – estaba tumbado de lado sobre la esterilla, quietecito y tranquilo, ataviado solo con el hilo marrón atado a la cintura característico de los niños de su etnia (Kanembu). Su padre, sentado a su lado, nos relataba su historia mientras le acariciaba la cabeza.

Hacía meses que Akbáh estaba enfermo. Lo habían llevado al médico en varias ocasiones, pero no habían conseguido que mejorase. Tras semanas enganchando fiebres, tos, y sin poder retener nada en el estómago, Akbáh parecía demasiado cansado para seguir. La malaria y la desnutrición no daban tregua, y su presa ya no podía más.

No lo decía claramente porque su niño estaba delante, pero su relato dejaba entrever que ni su mujer ni él albergaban ninguna esperanza de que pudiera sobrevivir. Ya habían perdido dos hijos antes y reconocían bien las señales.

Los ojos grandes y serenos de Akbáh contrastaban con la crueldad de su suerte. No emitía ni un quejido, ni un llanto, solo una tos flemosa y débil salía de sus labios de cuando en cuando, como no queriendo molestar. La madre nos miraba desde la distancia mientras seguía con sus quehaceres.

“Es mejor no encariñarse demasiado con los hijos porque se te pueden morir en cualquier momento”, decía otra madre.

Deseé con todas mis fuerzas ver a Akbáh levantarse y salir corriendo a jugar con los otros niños, a tirar de ese camión fabricado con una lata oxidada atada a una caja con tapones … Pero nada de eso ocurrió. La realidad es que nos despedimos de Akbáh, que seguía apurando cada respiración en silencio junto a su padre.

Nos costó, los pies no querían irse. Sentí en mi interior esa mezcla de tristeza y rabia por la injusticia y la impotencia de todo aquello.

Cada vida cuenta. Cuando ves que se consigue salvar las vidas de miles de niños te sientes infinitamente feliz, e infinitamente triste cuando eres testigo de que la valiosísima vida de un niño como Akbáh se escapa.

Desde Tagal seguimos hacia la isla de Bouguirmi, en la zona central del Lago.

Las islas en el norte están deshabitadas. Algunas, debido a ataques de Boko Haram, otras evacuadas por las fuerzas militares como medida de protección. En esos movimientos de personas muchos han perdido la vida, y los que se han librado tienen que sobrevivir en medio de condiciones extremadamente duras. Este también es el caso de la gente de Bouguirmi.

Habían vuelto a la isla hacía dos meses, después de más de dos años de abandono forzoso. Tras recibir el aviso de que el grupo terrorista iba a atacar su aldea, escaparon dejando todo atrás. Salieron con lo puesto, ayudándose unos a otros. Lo siguiente que vieron fue su aldea en llamas.

Ahora vuelven a empezar de cero. ¿Por qué volver?

Nos decían que puestos a vivir con todo tipo de carencias, prefieren hacerlo en la tierra que les vio nacer. Han reconstruido sus hogares, y hasta han habilitado un puesto de salud y una pequeña escuela apoyados por UNICEF. Su capacidad de sobreponerse a la adversidad es indudable, y están más unidos que nunca, pero el hambre aprieta. Sin recursos ni tiempo para cultivar la tierra antes de que empiece la temporada de lluvias, sin ganado, y sin comercio con Nigeria, su supervivencia depende completamente del apoyo del gobierno y la ayuda humanitaria.

Chad: el miedo que trae la desnutrición

Muchas madres dejan de producir leche. Casi todos los niños presentan síntomas de desnutrición / UNICEF Chad/2017/Bahaji

El día que visitamos Bouguirmi era jornada de vacunación y de control de talla y peso de los niños. No hacía falta ser médico para ver que la mayoría de los niños tenía algún síntoma de desnutrición: los bracitos y las piernas muy finos o con la piel pegada a los huesos, vientres hinchados, talla por debajo de lo normal… Todo esto, nos explicaba mi compañero especialista en Salud, los hace aún más frágiles, y cuando vienen otras enfermedades prevalentes, como la malaria, la fiebre amarilla, o enfermedades transmitidas por el agua, es muy difícil la recuperación. De ahí que la prevención sea tan importante.

Muchas madres dejan de producir leche debido a la violencia y el terror. Ves a madres con los niños colgados al pecho, pero ellas están ausentes, con la mirada muy lejos. El apoyo psicosocial es clave también para la nutrición. Así nos lo contaba una compañera psicóloga que trabaja con los desplazados y refugiados en la frontera norte con Nigeria. Nos explicó el vínculo entre el trauma y el hambre, y de lo duro que es también para los trabajadores humanitarios llegar a esas zonas de difícil acceso en ese contexto de violencia e inseguridad.

Escuchando y viendo todo eso es fácil comprender que Alimé, de 40 años, embarazada por novena vez, esté preocupada. Se siente muy mayor para volver a dar a luz y ha perdido tres hijos. El último era su única niña, de la que estaba embarazada cuando huyó de la aldea con su familia. No sabe si fue el miedo que se le quedó metido en el cuerpo la causa directa de un embarazo que se volvió muy complicado, probablemente. Recuerda que ese día, por suerte, estaba a orillas del río lavando sus enseres de cocina con sus hijos pequeños cerca de ella. Los mayores estaban pescando con su padre. Cuando escuchó el estruendo que avisaba del ataque inminente de Boko Haram cogió a uno de sus hijos en brazos, su marido cogió a otros dos y los mayores (entonces de 10 y 13 años) les siguieron corriendo. Tuvieron que correr mucho y permanecer escondidos entre los matorrales toda la noche, sin nada, hasta que se sintieron a salvo para salir y continuar la huida hasta una aldea ‘segura’. Alimé recuerda que estuvo sangrando varios días. Su niña nació con problemas de salud y murió a los 40 días. Cuando le pregunté qué deseaba para el futuro de su familia y sus hijos, me dijo: “alimentos, ropa… utensilios de cocina, porque hasta eso es prestado”. Nada más. Sus palabras reflejan bien que la supervivencia es el día a día.

No obstante, Alimé nos despidió esperanzada. Sus hijos pueden ir a la escuela, por primera vez está recibiendo cuidado prenatal e información sobre cómo preparar los alimentos para que sean más seguros y nutritivos y, también por primera vez, tiene pensado dar a luz en un centro sanitario. Razones muy buenas para mantener la esperanza.

Las huellas de Boko Haram, primera parte

Por Laura Rubio, UNICEF Comité Español, desde Chad.

Hace unos días estuve con UNICEF en la zona del Lago Chad, entre las fronteras de Chad, Níger, Nigeria y Camerún.

Antes del viaje me hice con informes y datos, leí artículos relevantes, hablé con otras personas que habían estado recientemente en la zona, vi fotografías y mapas del sitio. Yo diría que iba bien documentada. Todo apuntaba a que iba a ser un viaje complicado, pero ya el bofetón de aire caliente mezclado con la humedad sofocante, nada más bajar del avión, fue el primer aviso de que lo que estaba por venir iba a ser aún más sobrecogedor. En realidad, la situación allí es mucho peor de lo que me esperaba.

Las huellas de Boko Haram, Primera parte.

Esta niña tuvo que huir cuando se recibió el aviso de que Boko Haram estaba a punto de atacar su aldea / ©UNICEF/2017/Bahaji

Una zona olvidada en un país que sufre una crisis sin fin te planta cara y, sin necesidad de hurgar demasiado, te muestra sus heridas, aún abiertas. Y es que, aunque quisiera esconderlas, no podría.

En el Día Mundial del Refugiado, recuerdo que en Chad hay unas 600.000 personas desplazadas, refugiadas o que han regresado al país a causa de la violencia en los países fronterizos. Más de 4 millones de personas sufren inseguridad alimentaria y cerca de la mitad de los niños y niñas en edad escolar no van a la escuela. En la zona del Lago, esta cifra alcanza el 84%.

Violencia de Boko Haram. Lo que he visto y oído

Una buena amiga con la que comparto preocupaciones y charlas en las que arreglamos el mundo, me preguntó el otro día a propósito de mi viaje: “¿Pero en realidad qué es Boko Haram?” En ese momento le di una respuesta rápida y le prometí explicaciones a la vuelta.

Desde hace unos años, con los primeros ataques y secuestros del grupo terrorista, el mundo es consciente de la violencia y la crueldad de sus acciones. Se sabe que suelen atacar por la noche, que llevan el rostro cubierto y que van armados hasta los dientes; que saquean aldeas enteras y se lo llevan todo, todo, incluso, a las mujeres y los niños; que dejan una estela de destrucción y muerte, y un olor del que los sentidos difícilmente se pueden desprender jamás.

Y estando ahí, hundiendo mis pies en la misma arena caliente en la que ellos han hundido los suyos, pude sentir y ver las huellas del daño que esa violencia salvaje ha provocado en las familias y los niños en la zona del Lago. De una manera u otra, todos están marcados.

Boko Haram se nota en la voz apenas perceptible y los ojos tristes de los niños que nos contaron su huida de manos de los terroristas. Pudieron escapar en un descuido de sus vigilantes, o aprovechando el caos de los enfrentamientos con fuerzas militares. El ataque, el secuestro, el sometimiento, la huida, y el ser consciente de que aún no se está a salvo es demasiado peso para llevar encima. Y es evidente. Les cuesta levantar la mirada, no saben muy bien qué pensar sobre su futuro, y apenas esbozan algo parecido a una sonrisa cuando están tranquilos. Después de lo que han vivido, los veía ahí, recogiendo su dignidad, en un campo de desplazados en medio de la nada. Ahí, donde los niños no juegan, estos chicos se pasan los días sin apenas alicientes para revivir al niño moribundo que llevan dentro.

Es un proceso lento y largo el que deben seguir para conseguir sanar poco a poco las heridas. La liberación y la reintegración a sus comunidades es solo el comienzo. Nos lo contaban nuestros compañeros de UNICEF que apoyan el trabajo para la recuperación de estos niños, que pasa por la reunificación familiar, la educación y el apoyo psicosocial.

Tienen pesadillas por las noches. No quieren acercarse al lago a pescar ni alejarse demasiado de la aldea para buscarse la vida porque tienen miedo de volver a caer en manos de los terroristas, que pueden estar escondidos en cualquier sitio.

Y es que los radicales de BoKo Haram no son solo gente de fuera. ‘Los malos’, como los llaman muchos, sin más, para no invocarles, han conseguido colarse en los pueblos y reclutar a jóvenes locales que, seguramente atenazados por la pobreza y el desánimo, se convierten en presas fáciles y manipulables a los que utilizan para sus ataques.

Se te cae el alma al suelo cuando te cuenta el director de una escuela en el campo de desplazados de Yakoua (Bol) que todos los días, antes de entrar al recinto, los niños tienen que esperar en fila su turno para ser registrados por alumnos más mayores. Estos comprueban que los que están ahí son los que deberían e identifican casos sospechosos, posibles niños y niñas bomba.

Me preguntaba cómo se explica eso a los críos, qué entenderán de todo eso. No sé qué pasará por sus cabecitas, pero está claro que son conscientes del peligro. No eran el típico grupo de niños que cuando te ven llegar se lanzan a saludarte, curiosos y alegres, y que te cogen de la mano y te sonríen. No. Se mantenían a distancia, serios y cautos. Apenas hacían ruido y marchaban como soldados, firmes y en silencio, a recoger ordenadamente su ración del almuerzo. Para muchos, su única comida del día. Pasado un rato empiezan a juguetear y a acercarse, pero les cuesta, viven en alerta.

Los cacheos están establecidos también el día de mercado en Baga Sola. Otra localidad muy cerca del lago. En una de las entradas al mercado vimos un ‘puesto de control’ (una simple cuerda atada a un lado y a otro), donde un hombre mayor con turbante, una mujer y un niño, revisaban a ojo carretillas, triciclos y enseres de todas las personas que iban entrando, incluso miran entre las ropas de los niños y niñas por si llevaran escondidos explosivos. Según datos de los que dispone UNICEF, desde enero de 2014 se han utilizado 117 niños y niñas en los denominados ataques suicidas en los cuatro países afectados por la crisis.

En la zona del Lago Chad te das cuenta de que para Boko Haram las vidas de los niños, a los que tratan como objetos, no tienen valor.

Y eso es demoledor.

Víctima de Boko Haram: nacido entre las bombas

Badre Bahaji, miembro del equipo de comunicación de UNICEF-Chad en Yamena 

La primera vez que vi a Kaltouma Ali, una mujer de 33 años y madre de 5 hijos —incluyendo el bebé de 12 meses, Hissein, nacido entre bombas — me llamó la atención lo fatigada que se la veía, pero también la dignidad que reflejaban sus ojos. En el mismo momento en el que nos conocimos, Hissein trepó a mi regazo, sin mostrar el menor atisbo de temor hacia los extranjeros.

“Hace dos años que ocurrió aquello. Era ya de noche y recibimos una llamada de la isla en el Lago Chad donde vivía mi madre. Estaba muy enferma y necesitaba mi ayuda. Dejé a mis hijos aquí y encontré una canoa que me llevaría hasta la isla. Sabía que Boko Haram andaba por la zona, pero necesitaba traerla aquí, al continente, donde podría recibir tratamiento médico” comienza su historia Kaltouma.

Víctima de Boko Haram: nacido entre las bombas

Kaltouma con su hijo Hissein, que nació mientras su madre estaba secuestrada por Boko Haram / © UNICEF Chad/2017/Bahaji

“Llegué poco después de la puesta de sol. Había electricidad en el ambiente. Encontré a mi madre tumbada sobre una colchoneta a la sombra de un árbol del barniz. Decidimos pasar la noche allí y salir temprano por la mañana hacia el continente”, me cuenta.

En mitad del relato, Hissein empieza a quejarse y Kaltouma hace una pausa en su relato para darle de mamar mientas vigila al resto de sus hijos, que juegan fuera. Juegan a las cocinitas como si la arena fuera comida, mientras que las ramitas del suelo hacen las veces de los utensilios.

Su ataque nos sorprendió en mitad de la noche. Dispararon al aire y nos hicieron salir al exterior. Nos obligaron a acompañarles, pero mi madre decidió quedarse. Dijeron que los que trataran de escapar pagarían por ello”, añade con voz temblorosa.

Kaltouma tuvo que quedarse 18 meses en aquella isla remota en compañía de los soldados de Boko Haram y del resto de personas secuestradas. Apenas las alimentaban, en función del ganado y las cosechas que robaban de las islas vecinas. Recuerdo que pensé que la voz de Kaltouma, mientras me describía este terrible suceso e intentaba dormir al bebé, sonaba monótona y ausente.

“Nada más llegar me obligaron a casarme, como al resto de mujeres, pero apenas veía a mi marido. Me quedaba sola en una cabaña y él solo venía por las noches. A las pocas semanas supe que estaba embarazada y 9 meses después nació Hissein. Lo llamé como a mi primer marido, al que dejé en la aldea. No he sabido hasta ahora, que he vuelto, que ha muerto. No quiero que Hissein sepa nada de esto”, prosigue amargamente.

“Una noche escuchamos el sonido de un helicóptero sobrevolando la isla. Estábamos todas escondidas en las cabañas y yo protegí a mi bebé bajo el vestido. Nos hirieron, pero fue leve y salimos vivos. El padre de Hissein murió durante el ataque”.

A medida que el relato de Kaltouma avanza, estoy cada vez más horrorizado por la dureza de lo que me está contando. No puedo dejar de mirar a su bebé, que me mira sonriente ajeno a lo que está pasando.

“Tras el ataque los soldados que sobrevivieron quedaron débiles, y algunos de ellos enfermaron. Un grupo de mujeres pensamos que era el momento de intentar escapar y decidimos que lo haríamos al caer la noche. Caminamos a través de los pantanos durante días. Las más altas nos ocupamos de llevar a los niños sobre nuestros hombros”, recuerda.

Kaltouma me cuenta que escapó con otras 500 mujeres, pero que algunas de ellas decidieron seguir por su cuenta en algún punto del camino. Solo 100 de ellas hicieron todo el camino de regreso juntas. No sabe qué fue de las otras. Cuando, finalmente, llegaron a la frontera, los soldados las llevaron al Centro de Transición. Se quedó allí durante algunas semanas antes de reunirse con su comunidad y con sus niños, a los que 18 meses atrás había dejado con una tía.

“Al final del viaje todos los niños estaban enfermos. El doctor le dio leche y plimplim* a Hissein”. El niño ha sido dado de alta en la última revisión que le han hecho en el centro de salud. Ahora que están libres y sanos es el momento de que Hissein y su madre empiecen a pensar en su futuro.

Hasta abril de 2017, más de 1.100 personas (el 70% de ellas, niños y mujeres) han sido presuntamente entregadas a las autoridades chadianas en la región de Lac (República de Chad). La mayor parte de ellos habían sido secuestrados por Boko Haram. En UNICEF estamos trabajando con las autoridades y nuestros aliados para prestar apoyo psicosocial, ayuda en la localización de familiares y asistencia médica a todos los niños afectados por la violencia de Boko Haram y sus familias.

*Nombre con el que se llama al alimento terapéutico listo para su uso, que se proporciona a los niños con desnutrición.

No hay edad para ir al colegio

En Chad, el campo de refugiados de Daresalam hospeda a más de 5.000 refugiados provenientes de Nigeria y Níger. Todos han huido de las atrocidades y violencia que asolan sus países. El colegio del campo es el único sitio donde Yande Tchari, de 17 años y en primer curso, se siente segura. “Sólo en clase consigo quitarme las preocupaciones de la cabeza. El colegio me da la oportunidad de aprender cosas nuevas todos los días”, dice.

UNICEF Chad/2016/Bahaji . Yande y Alhadj juntas en el colegio.

UNICEF Chad/2016/Bahaji . Yande y Alhadj juntas en el colegio.

Yande llevaba a su bebé en brazos. Su bufanda blanca con cuadros morados cubría totalmente su cabeza, pero deja ver una cara muy bella marcada por las dificultades de su vida. Sentada en el suelo frente a su amiga Yekaka Mahamadu y su bebé Mariam, las dos compañeras de clase y madres parecían mucho mayores que las demás.

Durante el recreo, me acerqué a las jóvenes madres para conocerlas. Yande vivía en Lelewa, una isla del Lago Chad en territorio de Níger. En su pueblo consideraban que, al tener 15 años, ya estaba preparada para casarse. “Una noche vinieron mis padres a decirme que me iban a dar en matrimonio a un pescador llamado Kando. Nunca le había visto o conocido, pero por respeto a mis padres no dije nada”. Le pregunté si fue feliz el día de su boda y me contestó inmediatamente, “Mis padres estaban contentos, era lo importante”.

Yande se quedó embarazada después de la boda y su bebé Alhadj nació unos meses después. “Justo después de nacer, Kando fue detenido y asesinado por Boko Haram por negarse a dejar sus pertenencias, su bote, algo de dinero y todo por lo que había trabajado. Ahora mi hijo nunca conocerá a su padre” me contó con amargura.

“Unos pocos días después, unos soldados nos ordenaron dejar el pueblo porque Boko Haram llegaba para matarnos. Acababa de perder a mi marido y tenía a mi bebé en mis brazos. Éramos muchos. Los niños lloraban, algunas de las madres también. Afortunadamente algunos soldados nos vieron y nos llevaron hasta el campo de refugiados de Daresalam”.

En el campo Yande se reunió con Yekaka, su amiga de la infancia del pueblo. “Mi marido también fue asesinado por Boko Haram. Nuestro sufrimiento nos ha unido y ahora nos ayudamos la una a la otra”.

La curiosidad llevó a Yande a entrar en el colegio por primera vez. “Teniendo a mi bebé dudé si ir o no al colegio, pero el director me dijo que podría acudir con él a clase. La primera frase que aprendí en francés fue Comment tu t’appelles?” (¿Cómo te llamas?)”, cuenta contenta Yande.

El recreo terminó y los niños volvieron agitados a clase. Los profesores enfrentan muchos desafíos en estas condiciones: las clases están masificadas, faltan materiales educativos, y para la mayoría de estos niños, es la primera vez que tienen la oportunidad de ir a la escuela.

Después de clase, me encontré de nuevo con Yande y le pregunté sobre sus motivaciones para ir al colegio. “Creo que este colegio puede ayudar a las mujeres a ser autosuficientes. Si no hubiéramos ido al colegio, no estarías aquí haciéndonos preguntas ¿no? Si hubiera tenido la oportunidad de haber ido al colegio, no me habría casado tan joven. Habría ayudado a mi familia y mi madre habría estado orgullosa de mí. Hoy en día el colegio es lo que me ayuda a olvidar mis preocupaciones”.

Mientras tomaba mis notas, Yande cogió un pedazo de papel y un bolígrafo y escribió su nombre y apellido, y ayudó a Yekaka a hacer lo mismo. “Creo que el francés es un idioma muy bonito. Puedes aprender mucho divirtiéndote. Mi hijo Alhadj crecerá para ser un gran escritor. Le voy a enseñar a leer y escribir insh’Allah (si dios quiere)”.

Pude hablar mucho y de muchas cosas con las dos jóvenes: matrimonio, colegio y sus planes de futuro. Al terminar Yande me dijo “Algunas personas se ríen de mi cuando les digo que quiero seguir yendo al colegio, pero en mi opinión, no hay edad para ir al colegio; lo que importa es la voluntad”.

Una evaluación nutricional con príncipe y pajarillo

por Trish Newport (enfermera de Médicos Sin Fronteras en Chad)*

Algunos días, siento que realmente estamos teniendo un impacto. Otros, me cuesta asimilar nuestras limitaciones y los cambios que no hacemos o no podemos hacer. Y la mayor parte de los días, paso de una sensación a otra a la velocidad del rayo. Y una vez me ocurrió que una de estas sensaciones se formó estando sentada, como la realeza, sobre un colchón de satén rosa con volantes.

Si bien la situación de seguridad alimentaria en Chad nunca es sobresaliente, este año es especialmente preocupante. El año pasado trajo malas cosechas y los cultivos que sí prosperaron fueron diezmados por una variedad de plagas. En esta región del mundo, en la que la desnutrición, la meningitis y el cólera cuentan cada uno con su propia estación, las malas cosechas no hacen sino aumentar la complejidad de los problemas que se pueden presentar.

Antes de cualquier intervención, debemos hacer una evaluación nutricional. Si os parece, os cuento cómo funcionan en un lugar como este y cómo llegué al colchón del que os hablaba al principio.

Llevar a cabo una evaluación nutricional no implica tan solo llegar a un pueblo y hacer un cribado de los niños. No solo hay que notificarlo a los jefes de los poblados, y que ellos nos autoricen a examinar a los niños: el territorio de Chad es inmenso así que, si no cuentas con un guía adecuado, es bastante fácil extraviarse durante horas en el desierto.

En una de las regiones en las que pretendíamos hacer el cribado el pasado mes de mayo, fue el Jefe de Cantón (un responsable de distrito) quien nos hizo de guía. Aunque se trate teóricamente de un puesto administrativo, culturalmente los jefes de cantón son vistos como miembros de la realeza, especialmente en las zonas más remotas.

El Jefe de Cantón de Affrouk, nuestro guía, era un hombre joven de 37 años y aspecto principesco, especialmente con sus bellísimos e impresionantemente blancos bubú**, túnica y turbante. Los asesores nutricionales a los que acompañaba me informaron de la costumbre de que el Jefe se sitúe en el asiento delantero de los vehículos, acompañado solamente por el conductor, ya que nadie querría jamás causarle incomodidad.

Al ver lo absurdo de que nueve personas se hacinaran en la parte trasera del todoterreno a 45 grados de temperatura, junto a todos los materiales que debíamos acarrear para pasar una semana en el desierto, el principesco jefe insistió en que me sentara delante con él. El equipo trató de disuadirle, pero finalmente (y con bastante alegría por mi parte) me pasé a los asientos delanteros.

Condujimos durante horas a través del desierto en busca de poblados seleccionados al azar para su inclusión en el estudio nutricional. A veces pasaba más de una hora sin que viéramos rastro alguno de vida humana, ni huellas de vehículos, ni pueblos, ni siquiera ganado. En las tres aldeas en las que nos detuvimos a realizar el cribado, nos trataron como a auténticos reyes. En uno de ellos, el jefe del poblado había preparado su choza para la ceremonia de bienvenida.

Para que nos sentáramos, tanto a mi principesca contraparte como a mí nos facilitaron nuestro propio colchón rosa con volantes forrado en raso. Sentada frente al Jefe del Cantón, me sentí como una princesa de derribo, ataviada con ropas que no lograban ocultar mi sempiterna incapacidad de mantenerme limpia durante más de dos minutos al día (especialmente en el desierto, donde las tormentas de arena son una forma de vida).

Después de que nos sirvieran numerosas rondas de té, uno de los evaluadores nutricionales nos presentó a un padre que llevaba en brazos a una niña diminuta, una bebé de 4 semanas que llevaba una semana enferma con diarreas y que a esas alturas parecía un pajarillo esquelético. El padre se sentó al borde del colchón rosa y lloró mientras yo le hacía preguntas acerca de la enfermedad de la niña. En francés fluido, me explicó cómo, unos días atrás, había caminado cuatro horas con la bebé en brazos para que la atendieran en el centro de salud más próximo; se lo encontró cerrado y tuvo que volverse.

Una vez terminada la evaluación nutricional en el pueblo, subimos a la bebé y a su madre al coche y emprendimos el larguísimo camino de vuelta al hospital de MSF. Esa noche, y cada una las seis noches siguientes, el padre de la bebé me llamó para preguntar por su familia. Con el tratamiento, la diminuta bebé pasó a ser una bebé pequeña, y finalmente volvió a ser una bebé lo suficientemente grande y sana como para poder regresar a casa. Agradecí las llamadas del padre, ya que hicieron que una de las razones por las que estamos aquí cobrara vida. Me dio un poco de pena que aquellas conversaciones terminaran.

Pero a la noche siguiente, el padre volvió a telefonear: llamaba para decirme que su hija y si mujer habían llegado a casa sanas y salvas. Y rompió a llorar de nuevo.

 

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* Trish Newport, de nacionalidad canadiense, es enfermera. Esta es su quinta misión con MSF.

** El bubú (‘boubou’ en francés) es una prenda típicamente africana similar a una camisa larga y ancha.

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Foto 1: Paisaje en el centro de Chad, en abril de 2012 (© Andrea Bussotti/MSF).

Foto 2: Evaluación nutricional en la aldea de Sinetaye, Chad, en abril de 2012 (© Andrea Bussotti/MSF).

Foto 3: Unidad de tratamiento intensivo para niños con desnutrición aguda severa en el hospital de MSF en Massakoty, Chad, en abril de 2012 (© Natacha Buhler).

Estaciones

por Trish Newport (Chad, Médicos Sin Fronteras)*

El cambio de estación afecta a la vida de las personas de manera diferente en distintos lugares del mundo. Durante la mayor parte de mi vida, el cambio de estación me había provocado una sensación de expectación emocionada con respecto a lo que pudiese traer la nueva temporada.

Aquí, en Chad, las estaciones se pueden dividir según el clima, o según la epidemia. Están la estación de la meningitis, la del cólera y la de la desnutrición, y todas ellas se solapan en algún momento. En abril, tuvimos la estación de la meningitis y se iba acercando lentamente la temporada alta de la desnutrición. Nos rodeaban las señales del cambio de estación, pero en este caso no era algo que me emocionara.

El número de personas en el programa de desnutrición de Massakory iba creciendo paulatinamente cada semana. Y no solo crecía el número de admisiones, sino que estaba cambiando el tipo de admisión. Empezamos a ver un número creciente de niños que retornaban al programa. Podemos curar la desnutrición de un niño, pero no somos capaces de curar de este problema al país. Al salir del programa, los niños regresan a los mismos problemas que originaron su desnutrición.

Así fue como conocí a Abdoulaye, de 22 meses, y a su madre. Abdoulaye estuvo en el programa de desnutrición en verano de 2011. Se curó en septiembre, pero en enero enfermó de diarrea. Él y su familia viven a dos horas y media caminando del centro de salud más próximo. Su madre no le había podido traer al centro de salud porque, ella sola, tenía que atender el campo para asegurar que la familia tuviese algo que comer.

Poco a poco, la salud de Abdoulaye empeoró hasta que volvió a estar desnutrido. En febrero reingresó en el programa de nutrición ambulatoria. A las pocas semanas había recuperado un peso adecuado y, una vez más, le consideramos ‘curado’. Cuando se lo dijimos a la madre de Abdoulaye, se enfadó. “¿Y ahora qué? ¿Esperar a que vuelva a estar desnutrido?”, nos contestó.

En Massakory estamos llevando a cabo una investigación sobre un alimento suplementario que sirve para prevenir la desnutrición en niños de entre 6 y 24 meses de edad. Vamos a distribuirlo en los pueblos de la región en la que vive Abdoulaye, entregándoselo a cada uno de los niños que cumplan los criterios de edad. Sus madres reciben cuatro tarros de este alimento cada mes: deben dar a sus hijos tres cucharadas tres veces al día. Se lo expliqué a la madre de Abdoulaye, pero no se calmaba. “Y cuando se acabe la distribución, cuando hayáis terminado de estudiarnos, ¿qué hacemos entonces? ¿Esperar a que nuestros hijos enfermen y vuelvan a estar desnutridos?’”. No supe qué responder. ¿Cuál es la respuesta?

La discusión me retrotrajo a Yibuti, a la primera vez que me encontré con algunas madres de las que sospechábamos estaban limitando la ingesta de alimentos de sus hijos para poder acceder a la atención médica gratuita ya que de otra forma no podían ver a un médico. Me recordó a algunas madres desesperadas en Níger que parecían mantener constantemente desnutrido a uno de sus hijos para poder recibir una ración semanal de alimentación terapéutica con la que poder alimentar al resto. Me recordó también a las madres del Congo, que debían decidir entre ir a recoger las cosechas de sus campos, donde las violarían, o quedarse en casa, no ser violadas y ver cómo sus familias pasaban hambre.

Las causas de la desnutrición son complejas, como lo es también su tratamiento. No lo es clínicamente, pero social, política y económicamente sí que es tremendamente problemático. Ni la alimentación terapéutica ni todos los demás productos similares son la solución a largo plazo.

Cuando se marchaba del centro con su última ración semanal, la madre de Abdoulaye miró hacia atrás y, con cínico realismo, se despidió con un “nos vemos dentro de unos meses”.

 Me recordó al final del campamento de verano cuando era joven. El fin de la temporada de acampada nos arrancaba lágrimas a todos, con la esperanza compartida de volvernos todos a ver al verano siguiente. La temporada alta de la desnutrición ha comenzado, pero ya sé que, para cuando asome su final, se habrán derramado muchas lágrimas, y pondré cada gramo de optimismo en la esperanza de que no tengamos que volver a ver en el centro de nutrición a los mismos niños que hemos tratado este año. Dicen que es lo último que se pierde, pero incluso la esperanza tiene sus límites.

* Trish Newport, de nacionalidad canadiense, es enfermera. Esta es su quinta misión con MSF.

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Foto 1: Una madre alimenta a su hijo con alimento terapéutico preparado (RUTF por sus siglas en inglés) en el centro ambulatorio de MSF en Karal, oeste del Chad (© Simon Petite/MSF, febrero de 2012).

Foto 2: Mujeres saliendo del centro de distribución de alimento terapéutico en Kitchimarom, oeste de Chad (© Simon Petite/MSF, febrero de 2012)

Todo es relativo

Por Trish Newport (Chad, Médicos Sin Fronteras)*

Antes incluso de llegar a Chad, ya había oído hablar de las duras condiciones de vida de los trabajadores internacionales de MSF en el proyecto de Massakory. Cuando los expatriados curtidos enseñan por primera vez sus “aposentos” a los recién llegados, lo hacen con una mezcla de orgullo, incredulidad y anticipación por la reacción esperada en los novatos. Soy de las que generalmente se desenvuelven mejor en la falta de confort, pero incluso yo, que siempre he buscado maneras de vivir que otros jamás elegirían, quedé impresionada por las condiciones. Se podrían calificar como “desafío”… en el mejor de los casos.

Soy enfermera y trabajo en la vertiente de salud comunitaria del ambicioso proyecto de MSF contra la desnutrición infantil en Massakory. El componente de salud comunitaria del programa se centra en tratar la desnutrición severa dentro de la comunidad. Si bien disponemos de los clásicos programas ambulatorios fuera de los centros de salud, estamos probando también un nuevo enfoque para el tratamiento de la desnutrición severa en comunidades remotas.

Hemos formado a miembros de las comunidades más aisladas para que sepan reconocer los síntomas de la desnutrición. Los niños identificados son derivados a la consulta del programa ambulatorio local. Si se considera que no presentan complicaciones, regresan a sus casas y reciben, en sus pueblos, su ración semanal de alimentación terapeutica preparada, que es el tratamiento para la desnutrición sin complicaciones. Es una pasta a base de cacahuete que incluye todos los nutrientes de origen animal y vegetal que un niño con desnutrición aguda necesita para recuperarse. La distribuye la persona ‘formada’ de la comunidad, a la que ‘paga’ la comunidad misma, bien en metálico, bien con comida o con alguna otra retribución.

Al llegar, visité algunos de los pueblos que participaban en esta nueva iniciativa. En los últimos cuatro años he tenido la oportunidad de trabajar en algunos de los sitios más desamparados y remotos de este planeta. Recuerdo la primera vez que me adentré en las zonas más aisladas de Níger: me quedé descolocada por la nueva definición de ‘desamparo’ que se formó en mi mente en aquella ocasión.

Pues la de esta visita de que os hablo ha sido una experiencia similar, quizás no tanto debido al desamparo, sino más bien por lo remoto del lugar. Durante hora y media, el todoterreno atravesó el desierto por pistas arenosas que conducían desde la ya pequeña localidad de Massakory hasta un pueblo aún más pequeño si cabe, que cuenta con un centro de salud apoyado por un programa nutricional ambulatorio de MSF. Desde allí condujimos otra hora más, sobre una pista tremendamente incierta a través del bosque desértico más cautivador que haya visto jamás.

Vimos unas preciosas aves verdes, varios tipos de rapaces, camellos a la pata coja (les atan las piernas entre sí para que no escapen) y un sinfín de mulas y ganado un tanto escuálido. Dicen que este bosque lo atraviesan también elefantes pero, muy a pesar mío, no vimos ninguno.

Al cabo de una hora llegamos a un diminuto poblado compuesto por unas pocas chozas de barro con los tejados de paja. A nuestra llegada, salieron trastabillándose de las chozas, cual payasos saliendo de diminutos carromatos circenses, una cantidad impresionante de niños. En el poblado no había rastro alguno de vehículos motorizados.

Pregunté al jefe de la comunidad cómo iban al centro de salud y cuánto tardaban: me explicó que normalmente había que ir en una carreta tirada por un burro, lo que llevaba varias horas, o andando, lo que era incluso más largo. En la mayoría de los casos solo se dirigen al centro de salud en caso de urgencia médica y las mujeres dan a luz en casa, con la esperanza de que todo vaya bien. Al verme en este diminuto poblado, se me hizo más que evidente la importancia de nuestro nuevo enfoque para el tratamiento de la desnutrición.

Tras nuestra primera parada, viajamos a varios pueblos más de los que participan en el programa de desnutrición, cada uno igual de pequeño y remoto que el primero. Los jefes de los poblados nos agradecían sin cesar que hiciéramos más accesible el tratamiento de la desnutrición y nos contaron un sinfín de historias sobre la penuria que supone vivir tan lejos de un centro de salud.

 

En el último mes se había producido un aumento exponencial del número de casos de niños desnutridos en el conjunto del proyecto de MSF en Massakory, a pesar de que, en teoría, aún faltan algunos meses para que llegue la ‘brecha del hambre’ estacional, el llamado ‘huger gap’, es decir los meses en los que, a la espera de la nueva cosecha y consumida la del año anterior, aumentan los niveles de inseguridad alimentaria y las tasas de desnutrición.

Aunque las causas de la desnutrición a lo largo y ancho del mundo son extremadamente variadas, no cabe duda de que una de las principales es la falta de atención médica temprana para las enfermedades básicas de la infancia. Viendo aquí de primera mano las distancias que tantas familias deben recorrer para obtener un tratamiento básico, me preocupa lo que traerán los meses de la brecha del hambre, cuando se combinen los efectos de la inseguridad alimentaria y la falta de acceso a un tratamiento médico temprano.

Si bien los poblados que he visitado encajarían fácilmente en el estereotipo de ‘pintoresco pueblo africano’, estaba claro que su modo de vida implica un sinfín de retos y dificultades. Tras una larguísima ruta, volví a casa, al lujo de mi diminuta habitación, una más en una larga hilera de habitaciones con paredes y techos de paja trenzada. Me tumbé en mi cama, donde en la oscuridad de la noche puedo oír cada movimiento y cada respiración de los demás.

Escuché el cacareo de las gallinas en el gallinero, que tengo más cerca que las letrinas o las duchas exteriores. Encendí el ventilador, que hace circular el aire caliente, con la habitación impregnada de olor de gallinas y arena, y me sentí afortunada por todo ello. Una vez más, la relatividad me dio una lección de humildad, como sin duda lo seguirá haciendo durante los próximos meses.

 * Trish Newport, de nacionalidad canadiense, es enfermera. Esta es su quinta misión con MSF.

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Foto 1: Líderes comunitarios reunidos con un equipo de MSF en Kitchimarom, en el oeste de Chad, en febrero de 2012 (©Simon Petite/MSF).

Foto 2: Atención médica a un niño con desnutrición aguda severa en el centro de nutrición intensiva de MSF en Massakory, Chad, en mayo de 2012 (© Stephanie Christaki/MSF).