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Cómo un hospital de Kirguistán le plantó cara a la mortalidad infantil

Por Sven G. Simonsen, UNICEF en Kirguistán

Este bebé que has visto…”. El doctor Shavkat Tadjibaev señala la sala de reanimación que acaba de mostrarnos. “Hace tres años, no habría vivido. Pero ahora está tranquilo, está respirando. Podemos decir que se está recuperando”.

El doctor Shavkat Tadjibaev es pediatra en el hospital infantil territorial Kara-Suu, en el sur de la provincia de Osh, Kirguistán. Este hospital da servicio a una población mayoritariamente de la etnia Uzbek. Kara-Suu fue uno de los distritos más afectados por el conflicto étnico que sufrió el país en 2010.

El médico nos relata una historia muy personal. Es también la historia de cómo, en poco tiempo, la atención a niños gravemente enfermos ha mejorado considerablemente.

Un comienzo dramático

La historia empieza de forma más dramática, un día de primavera de 2013. Tadjibaev estaba de guardia cuando un bebé de cuatro meses, enfermo de diarrea, cayó en coma. El personal no tenía medios para ayudarle y no podía ser trasladado al hospital provincial, que estaba a tan solo veinte minutos.

El niño se moría, y lo único que podía hacer yo era observar su estado”, lamenta el médico.

El bebé de 4 meses pudo ser trasladado en ambulancia al hospital de Osh /©UNICEF Kyrgyzstan/2017/Cholpon Imanalieva

Sin embargo, justo ese día el Ministro de Sanidad y dos experimentados médicos que representaban a UNICEF estaban visitando el hospital. Ellos contactaron con el hospital provincial, que envió una ambulancia totalmente equipada. El niño pudo ser tratado en Osh. “Cuando le visité al día siguiente estaba consciente y sonreía”.

Lo que ocurrió al día siguiente fue solo el comienzo de algo mucho más grande. Porque ese incidente reveló las deficiencias del hospital en la atención a niños gravemente enfermos, que cada año causaban muchas muertes que se podían haber prevenido. Hasta hace pocos años, la situación en Kara-Suu era “muy mala”, en palabras de Gulmira Kalbaeva, la directora del hospital, que empezó a trabajar allí hace siete años. “La tasa de mortalidad era muy alta. Cada año veíamos morir a más de 40 niños. La mitad moría de neumonía”.

UNICEF toma la iniciativa

Las causas eran variadas: falta de equipamiento, falta de formación, procedimientos erróneos y una deficiente cooperación entre hospitales. Cada causa se abordó a través de una serie de iniciativas de UNICEF, financiadas por el gobierno de Japón.

El incidente puso de manifiesto la falta de protocolos para dar respuesta a emergencias médicas. Las consecuencias podían ser terribles.

“A veces era un caos. Los médicos no se entendían unos a otros, cada uno proponía su propio tratamiento”.

UNICEF, con el Ministerio de Sanidad, inició un proceso para formular por primera vez protocolos nacionales sobre reanimación infantil en cuatro de las afecciones más comunes. Han sido aprobados recientemente.

“Los protocolos aportan mecanismos claros, lo cual nos hace ahorrar tiempo. Ahora solo tenemos en reanimación a la mitad de niños que solíamos tener, porque respondemos de manera más adecuada a cada caso”, explica Tadjibaev.

En paralelo, UNICEF inició una amplia formación a médicos de reanimación infantil y otro personal de los hospitales de todo el país. En 2015 la organización llevó a un equipo de especialistas de Lituania para impartir formación de soporte vital pediátrico avanzado. Una evaluación posterior ha demostrado que quienes recibieron esta formación obtienen resultados un 30% mejores que los que no. Por eso el soporte vital ha entrado en el programa académico de formación pediátrica postgrado.

Todo el personal del Kara-Suu ha realizado ya varias formaciones para mejorar. “Nos gusta el método de los formadores de UNICEF”, asegura Kalbaeva. “Son formaciones prácticas, van a lo importante, y además luego hay visitas de supervisión para asegurarse de que lo estamos poniendo en práctica. Además, hay una cosa muy importante, y es que forman a la vez a médicos y enfermeras, para enseñarnos a trabajar juntos como equipo. Antes, las enfermeras no podían ayudar a un niño en una emergencia, tenían miedo y no sabían cómo actuar. Pero ahora pueden intervenir si el médico no está”.

Mejora de los equipamientos

También la mejora en los equipamientos ha permitido mejorar la respuesta. Hasta hace poco, la sala de reanimación del hospital estaba desprovista de equipos operativos. Ahora hay tres camas con material vital. De hecho, Kara-Suu es uno de los 34 hospitales del país que han recibido por parte de UNICEF máquinas CPAP, que ayudan a respirar a los niños de una manera no intrusiva.

Finalmente, UNICEF ha contribuido a preparar protocolos para la derivación de niños gravemente enfermos, para garantizar que los traslados sean en ambulancias adecuadamente equipadas, que no haya retrasos y que los mejores hospitales estén preparados para recibir al paciente.

Hasta hace tres años, cada año entre 15 y 20 niños morían mientras eran trasladados en taxi de las localidades de Kara-Suu al hospital provincial de Osh. En 2013, de los 27 niños derivados a Osh desde los centros de salud locales o llevados por sus familias, 19 murieron por el camino o durante las tres primeras horas de hospitalización. Hoy, con un traslado en ambulancia y con un sistema de derivación que funciona, esto puede ocurrir quizás una vez al año.

Por fin duermo bien por las noches

La tasa de mortalidad es muy baja en el hospital de Kara-Suu: mientras que hace siete años cada año morían 20-25 niños por neumonía, en 2015 eran cinco y en 2016 fueron solo dos.

Cómo un hospital de Kirguistán le plantó cara a la mortalidad infantil

El doctor Shavkat Tadjibaev, frente a una de las tres camas del área de reanimación equipadas con soporte vital /©UNICEF Kyrgyzstan/2017/Sven G. Simonsen

El niño con el que Tadjibaev empezaban nuestra conversación tenía neumonía. Su pronóstico es bueno, y desde luego mucho mejor que lo que habría sido hace unos pocos años.

Cuando le pregunto qué supone todo esto para él personalmente, el doctor Tadjibaev me responde: “Antes, cuando un niño moría, sentía que no le había salvado incluso aunque podría haberlo hecho. Ese es un sentimiento con el que es muy muy difícil vivir. Pero ahora puedo dormir bien por la noches”.

Chad: el miedo que trae la desnutrición

Por Laura Rubio, UNICEF Comité Español, desde Chad

(Las huellas de Boko Haram, segunda parte).

En la zona del lago Chad, 8 de cada 10 personas desplazadas viven en comunidades de acogida, no en campos para desplazados. Sufren los que tienen que huir, pero también los que reciben el flujo constante de personas que llegan sin nada, a las que acogen por principios.

Una de estas comunidades es Tagal, una aldea de pescadores a orillas del lago, que ha visto cómo su población se ha duplicado debido a la llegada continua de quienes huyende la violencia de Boko Haram. Tagal era ya una aldea pobre, sin infraestructuras ni acceso a servicios básicos, y con recursos mínimos para subsistir. Pero aunque hay buenas intenciones, no llega para todos. Los locales y los desplazados comparten lo poco que tienen, hasta lo más básico: el agua, los alimentos, las esterillas, los enseres de cocina viejos y desgastados… y también las enfermedades y un estado de desnutrición crónica difícil de revertir.

Es en esa aldea de personas generosas donde a primera hora de la mañana recibimos otro golpe de realidad, muy difícil de encajar.
Sobre una esterilla de palma en la entrada de su vivienda (una choza levantada en la arena con hojas y cañas secas) nos encontramos con Akbáh y su padre.

Chad: el miedo que trae la desnutrición

Los niños son los más afectados por la violencia de Boko Haram / UNICEF Chad/2017/Bahaji

Akbáh, de tres años – aunque no aparentaba más de dos – estaba tumbado de lado sobre la esterilla, quietecito y tranquilo, ataviado solo con el hilo marrón atado a la cintura característico de los niños de su etnia (Kanembu). Su padre, sentado a su lado, nos relataba su historia mientras le acariciaba la cabeza.

Hacía meses que Akbáh estaba enfermo. Lo habían llevado al médico en varias ocasiones, pero no habían conseguido que mejorase. Tras semanas enganchando fiebres, tos, y sin poder retener nada en el estómago, Akbáh parecía demasiado cansado para seguir. La malaria y la desnutrición no daban tregua, y su presa ya no podía más.

No lo decía claramente porque su niño estaba delante, pero su relato dejaba entrever que ni su mujer ni él albergaban ninguna esperanza de que pudiera sobrevivir. Ya habían perdido dos hijos antes y reconocían bien las señales.

Los ojos grandes y serenos de Akbáh contrastaban con la crueldad de su suerte. No emitía ni un quejido, ni un llanto, solo una tos flemosa y débil salía de sus labios de cuando en cuando, como no queriendo molestar. La madre nos miraba desde la distancia mientras seguía con sus quehaceres.

“Es mejor no encariñarse demasiado con los hijos porque se te pueden morir en cualquier momento”, decía otra madre.

Deseé con todas mis fuerzas ver a Akbáh levantarse y salir corriendo a jugar con los otros niños, a tirar de ese camión fabricado con una lata oxidada atada a una caja con tapones … Pero nada de eso ocurrió. La realidad es que nos despedimos de Akbáh, que seguía apurando cada respiración en silencio junto a su padre.

Nos costó, los pies no querían irse. Sentí en mi interior esa mezcla de tristeza y rabia por la injusticia y la impotencia de todo aquello.

Cada vida cuenta. Cuando ves que se consigue salvar las vidas de miles de niños te sientes infinitamente feliz, e infinitamente triste cuando eres testigo de que la valiosísima vida de un niño como Akbáh se escapa.

Desde Tagal seguimos hacia la isla de Bouguirmi, en la zona central del Lago.

Las islas en el norte están deshabitadas. Algunas, debido a ataques de Boko Haram, otras evacuadas por las fuerzas militares como medida de protección. En esos movimientos de personas muchos han perdido la vida, y los que se han librado tienen que sobrevivir en medio de condiciones extremadamente duras. Este también es el caso de la gente de Bouguirmi.

Habían vuelto a la isla hacía dos meses, después de más de dos años de abandono forzoso. Tras recibir el aviso de que el grupo terrorista iba a atacar su aldea, escaparon dejando todo atrás. Salieron con lo puesto, ayudándose unos a otros. Lo siguiente que vieron fue su aldea en llamas.

Ahora vuelven a empezar de cero. ¿Por qué volver?

Nos decían que puestos a vivir con todo tipo de carencias, prefieren hacerlo en la tierra que les vio nacer. Han reconstruido sus hogares, y hasta han habilitado un puesto de salud y una pequeña escuela apoyados por UNICEF. Su capacidad de sobreponerse a la adversidad es indudable, y están más unidos que nunca, pero el hambre aprieta. Sin recursos ni tiempo para cultivar la tierra antes de que empiece la temporada de lluvias, sin ganado, y sin comercio con Nigeria, su supervivencia depende completamente del apoyo del gobierno y la ayuda humanitaria.

Chad: el miedo que trae la desnutrición

Muchas madres dejan de producir leche. Casi todos los niños presentan síntomas de desnutrición / UNICEF Chad/2017/Bahaji

El día que visitamos Bouguirmi era jornada de vacunación y de control de talla y peso de los niños. No hacía falta ser médico para ver que la mayoría de los niños tenía algún síntoma de desnutrición: los bracitos y las piernas muy finos o con la piel pegada a los huesos, vientres hinchados, talla por debajo de lo normal… Todo esto, nos explicaba mi compañero especialista en Salud, los hace aún más frágiles, y cuando vienen otras enfermedades prevalentes, como la malaria, la fiebre amarilla, o enfermedades transmitidas por el agua, es muy difícil la recuperación. De ahí que la prevención sea tan importante.

Muchas madres dejan de producir leche debido a la violencia y el terror. Ves a madres con los niños colgados al pecho, pero ellas están ausentes, con la mirada muy lejos. El apoyo psicosocial es clave también para la nutrición. Así nos lo contaba una compañera psicóloga que trabaja con los desplazados y refugiados en la frontera norte con Nigeria. Nos explicó el vínculo entre el trauma y el hambre, y de lo duro que es también para los trabajadores humanitarios llegar a esas zonas de difícil acceso en ese contexto de violencia e inseguridad.

Escuchando y viendo todo eso es fácil comprender que Alimé, de 40 años, embarazada por novena vez, esté preocupada. Se siente muy mayor para volver a dar a luz y ha perdido tres hijos. El último era su única niña, de la que estaba embarazada cuando huyó de la aldea con su familia. No sabe si fue el miedo que se le quedó metido en el cuerpo la causa directa de un embarazo que se volvió muy complicado, probablemente. Recuerda que ese día, por suerte, estaba a orillas del río lavando sus enseres de cocina con sus hijos pequeños cerca de ella. Los mayores estaban pescando con su padre. Cuando escuchó el estruendo que avisaba del ataque inminente de Boko Haram cogió a uno de sus hijos en brazos, su marido cogió a otros dos y los mayores (entonces de 10 y 13 años) les siguieron corriendo. Tuvieron que correr mucho y permanecer escondidos entre los matorrales toda la noche, sin nada, hasta que se sintieron a salvo para salir y continuar la huida hasta una aldea ‘segura’. Alimé recuerda que estuvo sangrando varios días. Su niña nació con problemas de salud y murió a los 40 días. Cuando le pregunté qué deseaba para el futuro de su familia y sus hijos, me dijo: “alimentos, ropa… utensilios de cocina, porque hasta eso es prestado”. Nada más. Sus palabras reflejan bien que la supervivencia es el día a día.

No obstante, Alimé nos despidió esperanzada. Sus hijos pueden ir a la escuela, por primera vez está recibiendo cuidado prenatal e información sobre cómo preparar los alimentos para que sean más seguros y nutritivos y, también por primera vez, tiene pensado dar a luz en un centro sanitario. Razones muy buenas para mantener la esperanza.

Las huellas de Boko Haram, primera parte

Por Laura Rubio, UNICEF Comité Español, desde Chad.

Hace unos días estuve con UNICEF en la zona del Lago Chad, entre las fronteras de Chad, Níger, Nigeria y Camerún.

Antes del viaje me hice con informes y datos, leí artículos relevantes, hablé con otras personas que habían estado recientemente en la zona, vi fotografías y mapas del sitio. Yo diría que iba bien documentada. Todo apuntaba a que iba a ser un viaje complicado, pero ya el bofetón de aire caliente mezclado con la humedad sofocante, nada más bajar del avión, fue el primer aviso de que lo que estaba por venir iba a ser aún más sobrecogedor. En realidad, la situación allí es mucho peor de lo que me esperaba.

Las huellas de Boko Haram, Primera parte.

Esta niña tuvo que huir cuando se recibió el aviso de que Boko Haram estaba a punto de atacar su aldea / ©UNICEF/2017/Bahaji

Una zona olvidada en un país que sufre una crisis sin fin te planta cara y, sin necesidad de hurgar demasiado, te muestra sus heridas, aún abiertas. Y es que, aunque quisiera esconderlas, no podría.

En el Día Mundial del Refugiado, recuerdo que en Chad hay unas 600.000 personas desplazadas, refugiadas o que han regresado al país a causa de la violencia en los países fronterizos. Más de 4 millones de personas sufren inseguridad alimentaria y cerca de la mitad de los niños y niñas en edad escolar no van a la escuela. En la zona del Lago, esta cifra alcanza el 84%.

Violencia de Boko Haram. Lo que he visto y oído

Una buena amiga con la que comparto preocupaciones y charlas en las que arreglamos el mundo, me preguntó el otro día a propósito de mi viaje: “¿Pero en realidad qué es Boko Haram?” En ese momento le di una respuesta rápida y le prometí explicaciones a la vuelta.

Desde hace unos años, con los primeros ataques y secuestros del grupo terrorista, el mundo es consciente de la violencia y la crueldad de sus acciones. Se sabe que suelen atacar por la noche, que llevan el rostro cubierto y que van armados hasta los dientes; que saquean aldeas enteras y se lo llevan todo, todo, incluso, a las mujeres y los niños; que dejan una estela de destrucción y muerte, y un olor del que los sentidos difícilmente se pueden desprender jamás.

Y estando ahí, hundiendo mis pies en la misma arena caliente en la que ellos han hundido los suyos, pude sentir y ver las huellas del daño que esa violencia salvaje ha provocado en las familias y los niños en la zona del Lago. De una manera u otra, todos están marcados.

Boko Haram se nota en la voz apenas perceptible y los ojos tristes de los niños que nos contaron su huida de manos de los terroristas. Pudieron escapar en un descuido de sus vigilantes, o aprovechando el caos de los enfrentamientos con fuerzas militares. El ataque, el secuestro, el sometimiento, la huida, y el ser consciente de que aún no se está a salvo es demasiado peso para llevar encima. Y es evidente. Les cuesta levantar la mirada, no saben muy bien qué pensar sobre su futuro, y apenas esbozan algo parecido a una sonrisa cuando están tranquilos. Después de lo que han vivido, los veía ahí, recogiendo su dignidad, en un campo de desplazados en medio de la nada. Ahí, donde los niños no juegan, estos chicos se pasan los días sin apenas alicientes para revivir al niño moribundo que llevan dentro.

Es un proceso lento y largo el que deben seguir para conseguir sanar poco a poco las heridas. La liberación y la reintegración a sus comunidades es solo el comienzo. Nos lo contaban nuestros compañeros de UNICEF que apoyan el trabajo para la recuperación de estos niños, que pasa por la reunificación familiar, la educación y el apoyo psicosocial.

Tienen pesadillas por las noches. No quieren acercarse al lago a pescar ni alejarse demasiado de la aldea para buscarse la vida porque tienen miedo de volver a caer en manos de los terroristas, que pueden estar escondidos en cualquier sitio.

Y es que los radicales de BoKo Haram no son solo gente de fuera. ‘Los malos’, como los llaman muchos, sin más, para no invocarles, han conseguido colarse en los pueblos y reclutar a jóvenes locales que, seguramente atenazados por la pobreza y el desánimo, se convierten en presas fáciles y manipulables a los que utilizan para sus ataques.

Se te cae el alma al suelo cuando te cuenta el director de una escuela en el campo de desplazados de Yakoua (Bol) que todos los días, antes de entrar al recinto, los niños tienen que esperar en fila su turno para ser registrados por alumnos más mayores. Estos comprueban que los que están ahí son los que deberían e identifican casos sospechosos, posibles niños y niñas bomba.

Me preguntaba cómo se explica eso a los críos, qué entenderán de todo eso. No sé qué pasará por sus cabecitas, pero está claro que son conscientes del peligro. No eran el típico grupo de niños que cuando te ven llegar se lanzan a saludarte, curiosos y alegres, y que te cogen de la mano y te sonríen. No. Se mantenían a distancia, serios y cautos. Apenas hacían ruido y marchaban como soldados, firmes y en silencio, a recoger ordenadamente su ración del almuerzo. Para muchos, su única comida del día. Pasado un rato empiezan a juguetear y a acercarse, pero les cuesta, viven en alerta.

Los cacheos están establecidos también el día de mercado en Baga Sola. Otra localidad muy cerca del lago. En una de las entradas al mercado vimos un ‘puesto de control’ (una simple cuerda atada a un lado y a otro), donde un hombre mayor con turbante, una mujer y un niño, revisaban a ojo carretillas, triciclos y enseres de todas las personas que iban entrando, incluso miran entre las ropas de los niños y niñas por si llevaran escondidos explosivos. Según datos de los que dispone UNICEF, desde enero de 2014 se han utilizado 117 niños y niñas en los denominados ataques suicidas en los cuatro países afectados por la crisis.

En la zona del Lago Chad te das cuenta de que para Boko Haram las vidas de los niños, a los que tratan como objetos, no tienen valor.

Y eso es demoledor.

El poder de las vacunas

Por Belén Ruiz-Ocaña, desde UNICEF en Cuba

Analía no lo sabe, pero el pinchazo que acaba de causarle un gran berrinche la protege contra tres enfermedades. Hasta que la vacuna ha llegado a su brazo, ha recorrido un largo camino en el que cada paso es fundamental: desde que UNICEF adquiere la vacuna hasta que las enfermeras se la ponen a Analía en un policlínico de La Habana, Cuba, hay que garantizar que la cadena de frío no se rompe, y que la dosis llega en perfectas condiciones.

En el centro donde conozco a Analía y a su madre, Gretel, 160 niños son vacunados cada año. En este barrio la cobertura de vacunación en 2016 llegó al 100%. En todo el país, anualmente se distribuyen 4,8 millones de dosis de 12 tipos de vacunas para prevenir 13 enfermedades. Desde 1962 se han erradicado seis enfermedades, se han eliminado distintas complicaciones y se han reducido las tasas de morbilidad.

El poder de las vacunas

Analía, antes de recibir la vacuna que la protege contra tres enfermedades/ © UNICEF

Los números demuestran el poder de las vacunas, que cada año salvan entre 2 y 3 millones de vidas. El año pasado UNICEF adquirió 2.500 millones de dosis de vacunas, que llegaron a casi la mitad de niños menores de 5 años en todo el mundo. Solo en Cuba, UNICEF adquiere 70.000 dosis de la vacuna PRS (para prevenir la parotiditis, rubeola y sarampión), lo cual supone el 60% de las que se necesitan en todo el país.

Gracias a la aportación de UNICEF y su trabajo junto con la OMS, la Alianza Mundial para Vacunas e Inmunización, la Fundación Bill y Melinda Gates y otros aliados, se han logrado grandes éxitos como la reducción en un 85% y 83%, respectivamente, del número de niños menores de 5 años fallecidos debido al sarampión y al tétanos neonatal. Las vacunas han posibilitado la reducción en un 47% de las muertes por neumonía y un 57% de las causadas por la diarrea. Y sin embargo, el reto hoy es llegar a los 19,5 millones de niños que todavía hoy no reciben la vacuna que podría salvar su vida.

Por eso, cuando termina la Semana Mundial de la Vacunación, la sonrisa de Analía solo un rato después de recibir su dosis de la vacuna PRS nos recuerda una vez más el gran poder de las vacunas.

Víctima de Boko Haram: nacido entre las bombas

Badre Bahaji, miembro del equipo de comunicación de UNICEF-Chad en Yamena 

La primera vez que vi a Kaltouma Ali, una mujer de 33 años y madre de 5 hijos —incluyendo el bebé de 12 meses, Hissein, nacido entre bombas — me llamó la atención lo fatigada que se la veía, pero también la dignidad que reflejaban sus ojos. En el mismo momento en el que nos conocimos, Hissein trepó a mi regazo, sin mostrar el menor atisbo de temor hacia los extranjeros.

“Hace dos años que ocurrió aquello. Era ya de noche y recibimos una llamada de la isla en el Lago Chad donde vivía mi madre. Estaba muy enferma y necesitaba mi ayuda. Dejé a mis hijos aquí y encontré una canoa que me llevaría hasta la isla. Sabía que Boko Haram andaba por la zona, pero necesitaba traerla aquí, al continente, donde podría recibir tratamiento médico” comienza su historia Kaltouma.

Víctima de Boko Haram: nacido entre las bombas

Kaltouma con su hijo Hissein, que nació mientras su madre estaba secuestrada por Boko Haram / © UNICEF Chad/2017/Bahaji

“Llegué poco después de la puesta de sol. Había electricidad en el ambiente. Encontré a mi madre tumbada sobre una colchoneta a la sombra de un árbol del barniz. Decidimos pasar la noche allí y salir temprano por la mañana hacia el continente”, me cuenta.

En mitad del relato, Hissein empieza a quejarse y Kaltouma hace una pausa en su relato para darle de mamar mientas vigila al resto de sus hijos, que juegan fuera. Juegan a las cocinitas como si la arena fuera comida, mientras que las ramitas del suelo hacen las veces de los utensilios.

Su ataque nos sorprendió en mitad de la noche. Dispararon al aire y nos hicieron salir al exterior. Nos obligaron a acompañarles, pero mi madre decidió quedarse. Dijeron que los que trataran de escapar pagarían por ello”, añade con voz temblorosa.

Kaltouma tuvo que quedarse 18 meses en aquella isla remota en compañía de los soldados de Boko Haram y del resto de personas secuestradas. Apenas las alimentaban, en función del ganado y las cosechas que robaban de las islas vecinas. Recuerdo que pensé que la voz de Kaltouma, mientras me describía este terrible suceso e intentaba dormir al bebé, sonaba monótona y ausente.

“Nada más llegar me obligaron a casarme, como al resto de mujeres, pero apenas veía a mi marido. Me quedaba sola en una cabaña y él solo venía por las noches. A las pocas semanas supe que estaba embarazada y 9 meses después nació Hissein. Lo llamé como a mi primer marido, al que dejé en la aldea. No he sabido hasta ahora, que he vuelto, que ha muerto. No quiero que Hissein sepa nada de esto”, prosigue amargamente.

“Una noche escuchamos el sonido de un helicóptero sobrevolando la isla. Estábamos todas escondidas en las cabañas y yo protegí a mi bebé bajo el vestido. Nos hirieron, pero fue leve y salimos vivos. El padre de Hissein murió durante el ataque”.

A medida que el relato de Kaltouma avanza, estoy cada vez más horrorizado por la dureza de lo que me está contando. No puedo dejar de mirar a su bebé, que me mira sonriente ajeno a lo que está pasando.

“Tras el ataque los soldados que sobrevivieron quedaron débiles, y algunos de ellos enfermaron. Un grupo de mujeres pensamos que era el momento de intentar escapar y decidimos que lo haríamos al caer la noche. Caminamos a través de los pantanos durante días. Las más altas nos ocupamos de llevar a los niños sobre nuestros hombros”, recuerda.

Kaltouma me cuenta que escapó con otras 500 mujeres, pero que algunas de ellas decidieron seguir por su cuenta en algún punto del camino. Solo 100 de ellas hicieron todo el camino de regreso juntas. No sabe qué fue de las otras. Cuando, finalmente, llegaron a la frontera, los soldados las llevaron al Centro de Transición. Se quedó allí durante algunas semanas antes de reunirse con su comunidad y con sus niños, a los que 18 meses atrás había dejado con una tía.

“Al final del viaje todos los niños estaban enfermos. El doctor le dio leche y plimplim* a Hissein”. El niño ha sido dado de alta en la última revisión que le han hecho en el centro de salud. Ahora que están libres y sanos es el momento de que Hissein y su madre empiecen a pensar en su futuro.

Hasta abril de 2017, más de 1.100 personas (el 70% de ellas, niños y mujeres) han sido presuntamente entregadas a las autoridades chadianas en la región de Lac (República de Chad). La mayor parte de ellos habían sido secuestrados por Boko Haram. En UNICEF estamos trabajando con las autoridades y nuestros aliados para prestar apoyo psicosocial, ayuda en la localización de familiares y asistencia médica a todos los niños afectados por la violencia de Boko Haram y sus familias.

*Nombre con el que se llama al alimento terapéutico listo para su uso, que se proporciona a los niños con desnutrición.

Otra guerra en Yemen: la lucha contra la desnutrición y la enfermedad

Por Bismarck Swangin, UNICEF Yemen

Khawla Mohammed, de un año, yace en una cama de un hospital de Saná, la capital de Yemen. Un tubo atraviesa su nariz. Sufre desnutrición, y lucha contra una infección en el pecho que afecta a su respiración.

A su lado su madre, preocupada, nos cuenta que Khawla enferma una y otra vez desde que cumplió cuatro meses.

Otra guerra en Yemen: la lucha contra la desnutrición y la enfermedad

Khawla es examinada por los medicos en el área pediátrica del hospital Al-Sabeen en Saná, Yemen./© UNICEF Yemen/2017/Farid

“Al principio era diarrea. Adelgazó tanto que podía cogerla con una mano. Después perdió el apetito, y me preocupé”, explica. Debido a esto han pasado los últimos seis meses yendo al hospital, donde los doctores diagnosticaron a la niña desnutrición y la pusieron en tratamiento en el Centro de Alimentación Terapéutica apoyado por UNICEF.

Cuando llegó esta última vez, Khawla pesaba unos 6 kilos, lejos de los casi 10 que suele pesar un bebé de un año.

En los diez días que ha pasado en el hospital ha recibido una galleta altamente energética, utilizada para combatir la desnutrición. Se disuelve en un líquido y esto se le da a través de una sonda. Además, recibe antibióticos para tratar la infección respiratoria.

Las tasas de desnutrición en Yemen han aumentado de manera dramática, hasta un 200%, desde 2014. Actualmente 462.000 niños sufren desnutrición severa aguda, y podrían morir si no reciben tratamiento urgentemente.

En todo el país, 17 millones de personas –más del 60% de la población- están en una situación de inseguridad alimentaria, y más de 7 millones de personas no saben de dónde van a sacar su próxima comida. Al menos 14,5 millones de personas carecen de acceso a agua potable.

“Antes del conflicto, mi marido tenía un trabajo. Con su sueldo podíamos cubrir nuestras necesidades”, cuenta la madre de Khawla. “Cuando empezaron los combates todo colapsó. Intentamos cultivar verduras en nuestra granja, pero no era seguro debido a las bombas y las balas. Ahora hemos quedado reducidos a la nada”.

La madre de Khawla no solo está preocupada por su pequeña. También por sus otros hijos, que están en casa al cuidado de la abuela. Ellos tampoco están seguros de dónde sacarán su próxima comida.

El país afronta una gran crisis económica, la mayor consecuencia del conflicto. Las tasas de inflación y los precios se han disparado. Las familias se están quedando rápidamente sin sus escasos ahorros y se ven obligados a reducir sus raciones o a saltarse comidas.

El conflicto en Yemen está teniendo un impacto devastador en los ciudadanos, pero son los niños los que más sufren. UNICEF estima que es probable que 10.000 niños mueran debido a causas prevenibles como la desnutrición, la diarrea o la neumonía.

A pesar de la inseguridad, UNICEF y sus aliados están en el terreno, llevando a cabo evaluaciones nutricionales y proporcionando tratamiento contra la desnutrición y las enfermedades, así como agua segura para prevenir muertes. Desde enero, UNICEF ha apoyado el tratamiento de más de 6.000 niños con desnutrición severa aguda. Durante todo este año aumentaremos la vigilancia sobre la desnutrición y proporcionaremos tratamiento para 320.000 niños con desnutrición severa aguda.

Los niños están al límite, y no se vislumbra el final del conflicto. El tiempo se agota, y el mundo debe actuar rápidamente para salvar las vidas de los niños en Yemen.

Un nuevo peligro para los niños sirios: los explosivos sin detonar

Por Rasha, UNICEF en Siria

Amin, de 10 años, estaba jugando con su primo cuando encontró una bomba sin explotar. Un peligroso resto del conflicto en Siria, que cumple seis años.

“Estaba muy contento y se la quería enseñar a mis amigos”, cuenta. “Agarré la bomba y explotó inmediatamente. Me entró metralla en el pecho, quemaba como el fuego. Me llevaron rápidamente al hospital en Alepo, donde estuve un mes”, añade.

El trayecto desde la ciudad de Amin hasta el hospital más cercano en Alepo lleva casi una hora. Afortunadamente, Amin pudo salvar su vida.

Amin explica a su hermano pequeño cómo detectar artefactos sin detonar, con un folleto de UNICEF/ ©UNICEF/Syria/2017/Al-Issa

En Assan, la ciudad de Amin, hay combates intensos desde el mes de julio. Ahora que parece que están disminuyendo, muchas familias están volviendo a casa. Pero la presencia de restos de explosivos de guerra supone un riesgo muy grave para los niños sirios.

Los aliados de UNICEF informaron de que seis niños habían resultado heridos por minas en Assan, como Amin. En diciembre murieron en el este de Alepo seis niños mientras jugaban con artefactos explosivos sin detonar. UNICEF está proporcionando a los niños y sus familias formación urgente sobre el riesgo de las minas, a medida que vuelven a zonas potencialmente peligrosas.

Los aliados y voluntarios, con apoyo de UNICEF, van puerta por puerta para dar a niños, adolescentes y padres información vital sobre el riesgo de los restos explosivos de la guerra. Desde noviembre, más de 80.000 personas han recibido esta información mediante visitas a sus casas y sesiones de sensibilización. El objetivo es ayudarles a detectar fácilmente objetos peligrosos, como las minas.

“Nuestra prioridad es llegar a los niños, porque son muy curiosos, quieren explorar todo lo que les rodea, y eso les pone en un gran riesgo”, explica Mohammad, uno de los voluntarios que participa en la campaña educativa. “Lo que hacemos es muy fundamental. Incluso aunque solo salváramos una vida. Poder proteger a miles de niños es muy importante”.

De vuelta a Assan, Amin acude a sesiones formativas sobre artefactos sin detonar. “A partir de ahora, si alguna vez veo objetos así me alejaré. Se lo diré a un adulto y él sabrá qué hacer”, asegura.

Se cumplen seis años del conflicto en Siria y los niños siguen sufriendo las consecuencias más que nadie. En 2016, el peor año de la guerra para ellos, 652 niños fueron asesinados y 850 fueron reclutados. Pero además casi 3 millones viven como refugiados en otros países, 2,3 millones no van a la escuela, y solo la mitad de los hospitales están operativos. En total, más de 8 millones de niños sirios necesitan ayuda humanitaria urgente. Los niños sirios no se rinden, y nosotros tampoco debemos hacerlo.

Hambruna en Sudán del Sur: Emmanuel quiere sobrevivir

Por Nicholas Ledner, UNICEF en Sudán del Sur

Eran más o menos las 10 de una mañana de julio cuando Helen empezó a ver y sentir las balas silbar sobre su cabeza. Acababa de tomarse un té y se disponía a tender la colada con la ropa de sus hijos. Inmediatamente corrió hacia su casa agarrando a los dos niños y huyó de su pueblo, cercano a Juba, con otros vecinos. El conflicto en Sudán del Sur había estallado y parecía que quienes estaban atrapados en medio no importaban nada.

Helen estuvo cuatro días caminando, con su hijo mayor a la espalda y el pequeño en sus brazos. No tenía dinero ni alternativa. Por fin llegó a Uganda, pero cuando estuvieron seguros en el campo de refugiados llegó una dificultad casi peor: no había comida. Cuando Helen y sus hijos llegaron a Uganda, los niños estaban sanos y fuertes. Pero la falta de comida en el campo empezó a debilitarlos, especialmente al pequeño, Emmanuel. Tenía tan solo unos meses, y cada vez parecía más frágil entre los brazos de su madre. Helen sabía que no podía permanecer allí, así que decidió emprender un peligroso viaje de vuelta a su pueblo. Enfrentarse a una posible muerte debido a la guerra era mejor que una muerte lenta por hambre.

Hambruna en Sudán del Sur: Emmanuel quiere sobrevivir

Helen sostiene a su hijo Emmanuel, que sufre desnutrición severa aguda / © UNICEF/UN053449/Gonzalez Farran

Cuando llegó a casa comprobó consternada que su pueblo estaba abandonado. Su marido no estaba allí. Cuando empezó el conflicto quedaron separados, porque él estaba trabajando en Juba. Ella intentó llamarle una y otra vez, pero el teléfono ya no funcionaba. Las cosas se ponían cada vez más difíciles: no tenía padres que pudieran ayudarla, y no quedaban huertos de los que pudiera coger algo para comer.

Sin alimentos, Emmanuel cada vez estaba peor. Una mañana de enero, Helen se lo encontró inconsciente en casa. Se había desmayado. Sabía que era el momento de hacer algo si quería que su hijo sobreviviera. Rogó y suplicó a cualquiera en el pueblo que pudiera ayudarla. Finalmente su hermano pudo darle el dinero suficiente para que ella y el niño fueran al centro de tratamiento contra la desnutrición en Juba.

Helen no paraba de rezar por la vida de Emmanuel. Le llamó así porque nació el día después de Navidad y esperaba que el nombre, que significa “Dios está con nosotros”, le traería suerte. Pero durante esos últimos meses Helen perdió la esperanza de que su hijo sobreviviera. Le recordó con diarrea, con síntomas de desnutrición severa aguda. Estaba desesperada. Ahora, en la clínica, estaba en buenas manos y podría recuperarse, aunque el camino no sería fácil.

El pequeño Emmanuel se agarraba al pecho de su madre. Afortunadamente en el centro había la suficiente leche y alimento terapéutico listo para consumir. Helen aprendió allí la importancia de tener buenos hábitos. Sobre todo, llevar a los niños al centro más cercano en cuanto se pusiera enfermo. El ánimo de las enfermeras le ayudaba a ser positiva.

Helen piensa en la guerra y reflexiona: “Si no hubiera guerra, mi familia estaría junta y tendríamos trabajo para comprar comida. Pero nada funciona y no hay oportunidades para mí”. Echa de menos la comodidad que su marido llevaba a la familia, por no mencionar el dinero. Por ahora no sabe qué futuro les espera. Helen y su familia siguen luchando por permanecer vivos.

Recientemente se ha declarado una hambruna en ciertas partes de Sudán del Sur. Cerca de un tercio de la población necesita ayuda humanitaria alimentaria urgentemente. Más de 1,1 millones de niños sufren desnutrición aguda. Solo en enero, UNICEF y sus aliados admitieron a 11.359 niños en tratamientos contra la desnutrición severa aguda.

En las zonas inseguras, a las que no llega la ayuda humanitaria, UNICEF, el Plan Mundial de Alimentos (PMA) y otros aliados, están trabajando para llegar a los niños desnutridos más vulnerables a través de un mecanismo de respuesta rápida. También trabajamos para restablecer servicios en zonas de relativa calma. Se prevé realizar más misiones en los próximos días y semanas.

El programa de nutrición de UNICEF tiene un déficit de financiación de 26 millones de dólares para poder seguir realizando actividades durante 2017.

Niños en emergencias: la importancia de la ayuda humanitaria

Belén Ruiz-Ocaña, UNICEF Comité Español

Chubat, 12 años, Sudán del Sur. Su escuela fue quemada en un combate.

Fati*, 15 años, Nigeria. Pasó cuatro meses secuestrada por Boko Haram.

Abdulghani, 9 años, y Hassan, 6, Siria. Permanecen en Alepo, donde beben agua contaminada cuando hay cortes en el suministro.

Mohanned, 5 años, Yemen. Sufre desnutrición aguda grave.

Son cuatro nombres, cuatro historias, cuatro vidas marcadas por un conflicto o una crisis. Son solo cuatro de los 535 millones de niños que viven en países afectados por situaciones de emergencia.

 

Niños en emergencias: la importancia de la ayuda humanitaria

Chubat y una amiga en las ruinas de lo que era su escuela en Sudán del Sur /© UNICEF/UN018992/George

Cuando sucede un conflicto o un desastre natural los niños son los más vulnerables. La inseguridad alimentaria les pone en riesgo de sufrir desnutrición. La falta de agua y saneamiento facilita la aparición de enfermedades transmitidas a través del agua. El cierre de escuelas causa que muchos niños estén meses, o incluso años, sin ir a clase. Las experiencias que viven les dejan traumatizados.

Por eso es fundamental llegar a estos niños con tratamientos contra la desnutrición, con agua potable, con material escolar y educación, con apoyo psicológico. La ayuda humanitaria es básica tanto para afrontar los primeros momentos tras una emergencia, como la recuperación a largo plazo de las personas afectadas.

Umara, 7 meses, Nigeria. Pasó de 4,2 kg a 5,1 kg de peso durante los 20 días de tratamiento contra la desnutrición.

Rafi, 3 años, Irak. Ha podido afrontar las bajas temperaturas invernales con la ropa de abrigo que recibió de UNICEF.

Nyaruot, 14 años, Nyachan, 11, y Nyaliep, 3, Sudán del Sur. Pudieron reunirse con sus padres después de dos años separadas de ellos.

Maxim, 8 años, Ucrania. Recibe apoyo psicológico para superar los traumas causados por la violencia en su país, como la muerte de su padre.

Niños en emergencias: la importancia de la ayuda humanitaria

Rafi sujeta sonriente la caja con ropa de invierno que le ha dado UNICEF/ © UNICEF/UN042749/Khuzaie

Son cuatro nombres, cuatro historias, cuatro vidas que ya han dado un paso en el camino hacia un futuro mejor.

Sus logros demuestran que los niños en situaciones de emergencia nos necesitan. Por eso UNICEF ha lanzado Acción Humanitaria para la Infancia 2017, el mayor llamamiento de fondos de toda su historia. El objetivo es ambicioso: llegar a 48 millones de niños en 48 países.

Chubat, Fati*, Abdulghani, Hassan, Mohanned, Umara, Rafi, Nyaruot, Nyachan, Nyaliep y Maxim demuestran que el esfuerzo vale la pena.

*Nombre ficticio.

Las escuelas que atesoran el futuro de Burundi

Por Ana Muñoz, UNICEF en Burundi

Cristiano Ronaldo, Messi, Neymar. Nombres de futbolistas que decoran las deterioradas paredes de esta aula de la escuela de Busebwa, a unos 100 kilómetros de Bujumbura, la capital de Burundi. Muros entre los que se condensa un tremendo calor, cosidos de agujeros por los que se filtra el agua cuando llueve para caer sobre un suelo plagado de socavones. “Bonjour, madame”, saludan, puestos en pie, los pequeños. Uno de ellos, el designado por el maestro, busca un hueco entre los boquetes de la pizarra en el que poder escribir sus cuentas. No es fácil.

Cada una de estas clases alberga una media de 84 alumnos, hasta cinco niños por cada pupitre pensado para dos. Otros, sencillamente, no caben y se sientan en el suelo. Y eso que en Burundi hay dos turnos de clases, de mañana y de tarde. La explicación a por qué esta y otras escuelas están tan masificadas no se encuentra solo en el hecho de que cada mujer en Burundi tenga una media de seis hijos, sino también en el retorno de muchos ciudadanos refugiados hasta hace poco tiempo en Tanzania.

Las escuelas que atesoran el futuro de Burundi

Los alumnos dela escuela de Busebwa celebran el anuncio de que pronto llegarán los nuevos kits de material escolar /© UNICEF/Burundi/2016/Ana Muñoz

El abandono y deterioro de la infraestructura educativa responde a la incapacidad de las arcas burundesas para sostener el sistema. En 2015, la grave crisis política y la inestabilidad a la que dio paso llevaron a no pocos países a congelar sus donaciones a Burundi. Por aquel entonces la mitad del presupuesto anual del país dependía de la ayuda exterior. Ahora, la situación dramática de la economía afecta de manera desproporcionada a los niños, que son aproximadamente la mitad de la población.

En este escenario, ¿qué motiva a un joven director de escuela para levantarse temprano cada día y venir a trabajar? Jean Claude Nduwayo fija la mirada en el vacío, en algún punto entre nosotros y la puerta al final del pasillo, y piensa su respuesta. “Soy cristiano y creo que éste es mi deber en la tierra, hacer todo lo posible como director para estos chicos”. Tiene 38 años y dirige la escuela de Busebwa. Nos recibe en su despacho, vestido con una camiseta del Real Madrid. Como en el resto del centro, aquí tampoco hay electricidad. Montones de papeles se apilan caóticamente en los estantes. De las paredes cuelgan cuadrantes hechos a mano y listas de calificaciones. Nduwayo señala una caja de tizas: “Son las que tenemos hasta que acabe el curso”.

Esta escuela no es una excepción. Por eso UNICEF apoya al gobierno burundés para garantizar que todos y cada uno de los niños de Burundi tengan acceso a una educación de calidad. Solo durante el año pasado, el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia formó allí a 32.000 profesores y entregó material escolar básico a 2,6 millones de niños. Cuando visitamos la escuela de Busebwa, quedan solo unos días para que lleguen los nuevos kits, cada uno de ellos con dos cuadernos, un lapicero, un bolígrafo, una goma de borrar, una regla y una bolsa en la que guardarlo todo. Con solo mencionarlo, estallan las carcajadas y los aplausos entre los alumnos.

Dormidos de debilidad

Desde que el gobierno de Burundi decretó en 2005 la gratuidad de la educación primaria, el número de niños que va a la escuela ha crecido considerablemente, pasando de un 59% en 2004 a casi un 94% en 2015. Sin embargo, ese cambio no ha ido acompañado de una mejora en la calidad de la misma. La carencia de profesores, de infraestructuras adecuadas y de material escolar son problemas que, lejos de desaparecer, no han hecho sino agravarse. Las niñas siguen siendo difíciles de retener en la escuela, pues abandonan los estudios al quedarse embarazadas. Por otro lado, el cansancio y el hambre hacen que la mayoría de estos niños apenas pueda seguir las clases. “Se quedan dormiditos de pura debilidad”, explica Celine Lafoucriere, responsable de Educación en UNICEF Burundi. El director lo corrobora: “No pueden concentrarse porque tienen hambre”.

El trauma también es un obstáculo para la vida en general y para el aprendizaje en particular. Los episodios violentos que siguieron a las protestas de 2015 pusieron a muchos de estos chavales ante escenas y situaciones que un niño jamás debería presenciar. Las pesadillas y el fantasma de los recuerdos forman parte de sus vidas y las condicionan.

Otra escuela es posible

A unos pocos minutos en coche por carreteras que en realidad son caminos de arena, hay otra escuela que más bien parece otro mundo. Se trata de la escuela piloto de Busebwa, apoyada por UNICEF y construida en base a principios de sostenibilidad ecológica y económica con materiales de la zona. Un sitio seguro para los niños, con vistas a la naturaleza, con letrinas diferenciadas para profesores y alumnos y separadas por género, con pistas deportivas, sala de profesores e incluso un aula informática. Una prueba de que las cosas pueden hacerse de otra manera con los medios al alcance y una manera de establecer un modelo a seguir. Pero el reto no es tanto construir escuelas así, como conseguir que el sistema burundés sea capaz de garantizar su continuidad, y en eso trabaja también UNICEF.

Cuando preguntamos a los chavales qué quieren ser de mayores, médico y profesor son las respuestas más repetidas. Los kilómetros que muchos de ellos recorren cada día para llegar a la escuela desde sus pueblos remotos ya demuestran su voluntad de conseguirlo. Solo les falta una cosa: la oportunidad que merecen. Y solo en la medida en que, entre todos, podamos dársela, un país como Burundi podrá construir su futuro.