BLOGS
El Blog Solidario El Blog Solidario

Por aquí han pasado cooperantes de Ayuda en Acción, Cruz Roja, Ingeniería Sin Fronteras, Unicef, Médicos del Mundo, HelpAge, Fundación Vicente Ferrer, Médicos Sin Fronteras, PLAN
Internacional, Farmamundi, Amigos de Sierra
Leona y Arquitectura sin Fronteras.

Batangafo: “Lo único que le queda a toda esa gente es su propia vida”

Por Natacha Buhler, responsable de comunicación de MSF en RCA

Desde finales de julio de 2017, los combates entre las facciones ex-Seleka y anti-balaka han vuelven a incendiar el norte de la República Centroafricana. Miles de personas se han visto obligadas a abandonar sus refugios en Batangafo y alrededores, en donde estaban instalados desde la crisis en 2013-2014. Muchos de ellos han buscado protección en el complejo hospitalario administrado por MSF.

“Estoy cansada de correr. Mientras se siga oyendo el zumbido de los disparos, me quedaré en el hospital”. Esther tiene 30 años y vive en una cabaña hecha con ramas. Junto a ella están su hija y su hermano menor. La cabaña está justo detrás del edificio en el que se encuentra el quirófano de nuestro hospital en Batangafo. El 29 de julio de este año, tras el enésimo estallido de violencia entre las facciones de la antigua coalición Seleka y la anti-Balaka, Esther y unas 16.000 personas más, buscaron refugio en este lugar.

Esther Ngaindiro, de 30 años, vive en el hospital de Batangafo desde el brote de violencia del 29 de julio. Antes, vivía en el emplazamiento de Baga para desplazados internos, donde algunos de sus familiares fueron asesinados durante los enfrentamientos. Ahora está en el hospital con su hija y otros miembros de su familia. Su madre decidió quedarse en Baga, ya que cree que si ella si Esther se separan, habrá más opciones de que alguna de las dos sobreviva para cuidar de la familia © Natacha Buhler/MSF

Los “acontecimientos”, como se conoce aquí la violencia que devastó el país en 2013 y 2014, todavía están presentes en la mente de todo el mundo. No todos los que huyeron de Batangafo en 2013 regresaron cuando pasó la gran oleada de violencia. Muchos tenían miedo de volver a sus casas y por eso unas 23.000 personas decidieron quedarse durante todo este tiempo en los campos de desplazados de la zona.

Sin embargo, si algo tengo comprobado en el tiempo que llevo aquí, es que en este país la violencia se ceba de manera especialmente cruel con los más débiles.  Aquellos que ya habían perdido todo en el pasado, vieron en julio cómo sus precarias cabañas quedaban completamente calcinadas, lo cual les llevó a tener que huir una vez más.

“No sé por qué pelean. Cualquier motivo parece ser suficiente para comenzar a luchar de nuevo; para aprovechar la oportunidad de saquearlo todo y dejarnos sin lo poco que tenemos. En los enfrentamientos de julio, algunos de mis familiares fueron asesinados y todas mis pertenencias fueron destruidas o robadas”, continúa Esther, que, como tantos otros, llevaba en uno de estos campos desde hacía tres años.

Hoy, Esther está en el hospital junto con miles de personas, con la esperanza puesta en que este lugar pueda brindarles un mínimo de seguridad. Y ojalá pudiéramos dársela, pero a día de hoy, por desgracia, ni siquiera un hospital puede considerarse a salvo de los combates o de las bombas. Lo que sí vemos es que la cantidad de personas desplazadas que acoge el recinto varía de acuerdo con la evolución del conflicto. A veces somos más y otras veces somos bastantes menos.

Desde que estallara la violencia en Batangafo, algunas personas que habían buscado un refugio intentaron volver a casa cuando la situación se calmó. Pero se vieron forzadas a refugiarse de nuevo en el hospital cuando la violencia resurgió a principios de septiembre © Natacha Buhler/MSF

Tras los incidentes de julio, la violencia continuó en Batangafo durante los meses de agosto y septiembre de este año, hasta que los ex-Seleka y anti-Balaka firmaron un nuevo alto el fuego. Luego, en octubre, surgió un nuevo grupo de “autodefensa” con las mismas ganas de pelear que todos los demás. Fue fundado en un pueblo situado no muy lejos de aquí y allí es donde ahora se están librando los combates; más allá del río que separa la ciudad de la comunidad vecina, Saragba. Muchos de los que llegan al hospital huyendo de allí lo hacen sin absolutamente nada. Y casi todos nos hablan de aldeas totalmente quemadas y de cuerpos sin sepultar.  La violencia aquí no cesa.

“Mi madre se quedó en el campo de desplazados. Me dijo que era mejor si nos separábamos, porque si algo le sucedía a una de nosotras, entonces la otra podría cuidar de la familia”, comenta Esther. “La temporada de lluvias fue dura, las lonas que usamos no nos resguardaban de la lluvia. Pasamos muchas noches de pie, apretujados los unos contra los otros. Se ha acabado la temporada y todavía seguimos aquí. No hay nada que hacer. Antes, me dedicaba un poco al comercio. Pero hace ya mucho que se nos acabó el dinero”.

Aunque refugiarse en el hospital de Batangafo puede ser la opción más fiable en términos de seguridad, también contiene riesgos ocultos como el contagio de enfermedades. Un hospital es esencialmente un sitio donde tratar a personas enfermas © Natacha Buhler/MSF

Hay poco que celebrar cuando pensamos en cómo será el futuro en Batangafo. Esther, como muchos, dice que espera que vuelva a reinar la paz para poder comenzar a ganar dinero y poder cuidar de su familia. Su mayor anhelo es el de enviar a su hija a la escuela. Pero no se acaba de creer que eso sea algo que pueda llegar a suceder algún día. “Para que haya paz, no puede haber hombres armados”, dice mirando al suelo. “Pero aquí los hombres no están dispuestos a dejar la violencia de lado”.

 

Médicos Sin Fronteras (MSF) ha prestado apoyo al hospital de Batangafo desde 2006, brindando atención médica gratuita a la población de la ciudad y de sus alrededores. La organización también ha establecido redes de trabajadores comunitarios en los cinco ejes fuera de la ciudad, de modo que el tratamiento para la malaria y para la diarrea siempre está accesible para la mayor parte de la población sin tener que desplazarse hasta el hospital. En la carretera de Ouogo, donde actualmente se libran los combates, solo dos trabajadores de 16 lograron llegar al hospital para reabastecerse del suministro de medicamentos paras sus respectivas zonas. La inseguridad también impide que el equipo de MSF acceda a aquellos lugares donde se libran los combates. La mayor parte de la población que vive allí ha huido al bosque o al campo, donde no tienen acceso a la atención médica, mientras que los puestos de salud en las aldeas han sido saqueados, destruidos o abandonados.Los trabajadores sanitarios también son víctimas del conflicto y, como todos los demás, se vieron obligados a huir para tratar de poner a salvo sus vidas.

MSF lleva trabajando en la República Centroafricana desde 1997 y hoy brinda asistencia médica a las poblaciones de Bria, Bambari, Alindao, Batangafo, Kabo, Bossangoa, Boguila, Paoua, Carnot, Zemio y Bangui. En 2016, la organización atendió un millón de consultas médicas, vacunó a 500.000 niños contra diversas enfermedades, realizó 9.000 intervenciones quirúrgicas y ayudó en el parto de 21.000 bebés en el país. Sin embargo, desde comienzos del año, con la intensificación del conflicto armado, la organización ha tenido que adaptar cuatro de sus 16 proyectos para responder a las necesidades más  urgentes de las personas directamente afectadas por el conflicto.

Cuando solo el 57% de los niños senegaleses acaba la educación primaria

Por Sara Diez, en Senegal, de Arquitectura Sin Fronteras.

Cuando llegas a Senegal, lo primero que te llama la atención es la acogida y la hospitalidad senegalesa. Su generosidad para dar lo poco que tienen, la tolerancia y el respeto hacia cualquier cultura y religión, son asombrosos.

Mi nombre es Sara, soy arquitecta y he trabajado en varios proyectos en Senegal. En este último, llevo 6 meses en una población llamada Joal-Fadiouth. Pertenezco a la ONG Arquitectura Sin Fronteras (ASF) y estamos construyendo una escuela llamada Centro de Educación Media III (CEM3).

Sara Diez con niños de la guardaría de CSF.

Trabajar en Senegal, como en otras regiones de África, supone un choque cultural grande. Significa adaptarse a una realidad que no tiene mucho que ver con lo que conocemos en España. Las cosas del día a día en las que ni reparamos, en Senegal se hacen protagonistas y condicionantes. La falta de agua potable y energía eléctrica está a la orden del día. Logísticas tan sencillas como lavarte los dientes mientras te preparas un café, no es algo que puedas hacer fácil ni rápidamente. Coger el metro para desplazarte en tu rutina diaria, aquí se traduce en coger un coche comunitario que se cae a pedazos o montar en una carreta de burros.

Como podréis imaginar, el sistema educativo y las condiciones de muchos edificios escolares, no son una excepción. Lo que en España es algo incuestionable, aquí no lo es tanto. Un claro ejemplo ha sido la anterior escuela del CEM 3 que se encontraba en muy mal estado. En época de lluvias se inundaba y se quedaba inutilizable dejando a casi 1.000 niños y niñas sin escuela durante meses. Como resultado, estas condiciones estructurales agravaban significativamente el ya de por sí complicado sistema de escolarización en Senegal.

Profesores y director del CEM 3. Detrás, el edificio en construcción de ASF.

Aunque este país cuenta con educación pública, que convive con la privada, y supone un 24% del gasto del Gobierno anual según el Banco Mundial, la tasa de abandono escolar en Joal- Fadiouth es muy alta. Debido a los pocos recursos económicos de las familias, los/as niños/as se ven obligados a comenzar a trabajar para ayudar en la economía familiar. En algunos casos, estos/as mismos/as niños/as son el único sustento para toda la familia si alguno de los padres fallece.

Como agravante, el rol tradicional de la mujer hace que, en algunos casos, las niñas deban quedarse en casa ocupándose del cuidado de sus hermanos/as y ayudando en las tareas domésticas. En otros, simplemente, les obligan a casarse demasiado pronto. A muchos de estos/as niños/as les gustaría seguir estudiando, pero sus circunstancias se imponen. El acceso a la educación es un derecho, pero en muchos lugares del mundo, solo un privilegio.

Según cifras del Banco Mundial, solo un 57% de los/as niños/as finalizan la educación primaria en Senegal, mientras que en España lo hacen un 99,2%. Entre los que terminan el primer ciclo escolar, se encuentra un 55,9% de los niños y un 60,2% de las niñas (frente al 97,3% y 97,5% en España respectivamente).

Frente a esta crítica situación, mantener edificios en mal estado que dificulten todavía más el acceso y continuidad en las aulas, es intolerable. Los/as niños/as de Senegal no pueden permitirse esos periodos de cortes en su breve educación. Y ese es uno de los objetivos de mi organización, Arquitectura Sin Fronteras, y por el que estoy aquí.

Escuela en construcción por ASF.

Durante la ejecución del proyecto, he trabajado en la obra con un equipo de hombres y mujeres senegaleses –ya que la empoderación de la mujer y la capacitación de la población son dos de nuestros principales objetivos-. Por ello, mi trabajo significa compartir muchas cosas de su cultura, dentro  y fuera de la obra. Comer todos juntos el thieboudienne con la mano, tomar el té varias veces al día, acompañarles en sus celebraciones católicas y musulmanas que celebran en armonía… Y todo ello con una filosofía de vida en la que prima la solidaridad y el respeto de los unos por los otros, el compartir todo lo que se tenga. Como ellos mismos dicen: ‘Nio far’, que significa en wolof (lengua senegalesa) que ‘Todos somos la misma cosa’.

Compartiendo experiencias con mujeres y hombres senegaleses en su día a día.

Es por eso que tras este tiempo me doy cuenta de una cosa. Los valores como la solidaridad, el respeto o la hospitalidad son enseñanzas que muchos senegaleses no han podido aprender en las aulas, o tuvieron que dejar de aprenderlas a una edad muy temprana. Sin embargo, deben de llevarlo en su ADN. Me han dado grandes lecciones de vida que deberían de tomarse como ejemplo, en muchas partes del mundo. 

Devolviendo la infancia a niñas y niños con la creación de espacios seguros

Por Fabian Boeckler, Plan International, desde Lago Chad. 

Los espacios seguros para la infancia son lugares en los que las niñas, niños y adolescentes están seguros y protegidos mientras desarrollan actividades lúdicas y deportivas que les permiten generar resiliencia y superar el trauma.

La falta de acceso siempre ha sido el mayor obstáculo a la hora de proporcionar ayuda humanitaria en algunos de los distritos locales de las áreas más afectadas del noreste de Nigeria, impidiéndonos a los trabajadores humanitarios llegar a los niños y niñas vulnerables, así como las mujeres y sus comunidades. Sin embargo, la iniciativa de las unidades móviles nos ha permitido llegar a las poblaciones más inaccesibles para llevar una ayuda muy necesitada.

El equipo de unidades móviles está formado por cinco miembros que incluyen nutricionista, enfermero, trabajadora social, ingeniero y conductor. Una parte esencial de la iniciativa es el espacio móvil de protección a la infancia. Este concepto está ganando fuerza (no sólo en Nigeria sino como componente clave de nuestra respuesta por todo el Lago Chad y en otras zonas). Una vez entendido en la teoría, estoy muy ilusionado de verlo llevarse a la práctica.

Los niños y niñas, sus familias y sus comunidades reciben el apoyo de Plan International, que colabora con ellos creando espacios seguros para la infancia © Plan International

Mi llegada a Watu

Cuando llegué a Watu, mis compañeros y yo paramos en un lugar prácticamente rodeado de edificios que habían sido colegios, donde pude ver incluso señales conmovedoras del conflicto: uno de los colegios había sido destruido. Sin embargo, a pesar de los escombros y la destrucción, pude sentir una atmósfera de alegría.

Para ser sincero, necesité un tiempo para adquirir perspectiva de lo que estaba pasando a mi alrededor, porque no era exactamente lo que me esperaba. Aunque había visto muchos de nuestros espacios seguros para la infancia en todo el mundo, esperaba encontrar una de nuestras típicas casetas grandes y blancas con niños y niñas jugando en su interior. Lo que me impactó al principio fue el gran número de niños, niñas y adolescentes que participaban de forma activa (hay más de 400 personas que forman parte de al menos ocho actividades).

Las chicas jugaban al fútbol; un grupo de chicos estaba perdiendo una partida del juego de la soga contra sus contrincantes femeninas; niños y niñas competían en carreras de sacos. Otros niños jugaban a construir edificios con ladrillos, a modelar arcilla, a hacer ganchillo, a dibujar o hacer los deberes (con el apoyo de varios de los trece voluntarios comunitarios).

Cuando le pregunté a una de las adolescentes a quién le iba a regalar el trabajo de ganchillo que estaba haciendo, contestó: “Hay niños y niñas en la comunidad cuyos padres no tienen dinero para comprarles ropa. La ropa que tejemos es para ellos”.

Mary and Salima son respetadas en la comunidad. Las dos, enfermera y profesora retiradas, son las únicas mujeres miembro de su cerrada comunidad de líderes locales © Plan International

Haciendo que todos los miembros de la comunidad se involucren

Durante mi visita al espacio seguro conocí a Elizabeth, nuestra trabajadora social y miembro de la unidad móvil. Llevaba un niño dormido en los brazos y explicó: “Este niño atrajo mi atención durante las actividades porque se mantenía aislado y no quería participar. Hablé con los voluntarios y, una vez que identificamos a los padres del pequeño, les ofrecimos apoyo y logramos que se implicaran”.

De esta forma se identifican los casos potenciales de menores en riesgo durante las actividades realizadas en el espacio seguro para la infancia. Elizabeth hace hincapié en la importancia del apoyo psicosocial y en la asesoría, pero también se ofrecen muchos otros servicios a través de las unidades móviles. Por ejemplo, los nutricionistas organizan una prueba para detectar la desnutrición infantil (el MUAC, que consiste en la medida de la circunferencia del brazo del niño o niña) de modo que los menores puedan ser remitidos a tratamiento en caso de ser necesario.

No hay refugio para la infancia

La columna vertebral de nuestro proyecto de unidad móvil son los voluntarios comunitarios. Entre ellos está Idris, que dice: “Antes de iniciar las actividades del espacio seguro para la infancia, los niños y niñas tenían mucho miedo de las experiencias que habían vivido. Permanecían en casa y no tenían otro lugar a dónde ir. Ahora, míralos. Están recuperando su infancia”.

Cuando le pregunto por qué es voluntario, Idris contesta: “Somos voluntarios porque es una forma de ayudar a nuestros niños y niñas. Queremos verlos crecer para que puedan ser alguien el día de mañana”. Si nadie se preocupa por la infancia, se estará preparando terreno para un nuevo conflicto. Cuando me despido, Idris me hace una promesa: “Aunque te vayas, nosotros continuaremos”.

Fabian Boeckler, Coordinador del Programa del Lago Chad, ha recorrido el mundo y visitado los espacios seguros para la infancia, un elemento clave en los programas de protección infantil en emergencias de Plan International. Ahora nos cuenta su viaje a Watu, una comunidad del distrito local de Michika en el Estado de Adamawa, que le ha permitido ver el nuevo concepto que Plan International Nigeria está llevando a cabo como parte de la respuesta humanitaria en el noreste del país: espacios de protección de la infancia dentro de sus unidades móviles.

Construyendo un orfanato en Sierra Leona por WhatsApp, cuando se quiere se puede

Por Javier Gutiérrez, jefe de obra para Amigos de Sierra Leona.

Permitidme dos minutos de vuestro tiempo para que os cuente una historia.

Hoy en día creo no equivocarme si digo que la mayoría de las personas que vivimos en España tenemos la dichosa aplicación y que el 100% de las personas que la tienen forma parte de algún grupo: la familia, las madres del colegio, los colegas, el equipo de ciclismo etc.

Tampoco creo equivocarme mucho si afirmo que muchas veces estamos hartos de tener que revisar cientos de mensajes sin contenido de esos grupos y muchas veces nos envían amigos bien intencionados: pesados archivos molestos, que llenan la memoria de nuestros móviles, agotan la pila, nuestros megas y nuestra paciencia.

Os diré que yo soy de ese pequeño porcentaje que no tenía la famosa aplicación instalada; os diré también que llevo haciendo obras de construcción más de media vida y eso, contando los años que tengo, es bastante tiempo.

En todos estos años, todos los días he pasado por las obras en las que estaba de una u otra forma participando, he visto lo que se estaba haciendo, he hablado con los trabajadores y he dado mis opiniones o instrucciones. ¡Ah! Se me olvidaba, siempre en perfecto castellano, ya fueran los trabajadores españoles, rumanos, cubanos, marroquíes o de otras nacionalidades.

Pero… el pasado 31 de diciembre de 2016, instalé la aplicación esperando recibir y compartir con mis amigos y familiares la felicidad por un año terminado y os mejores deseos para el siguiente. Claro que recibí muchos vídeos e imágenes, pero también recibí un mensaje que cambiaría mi concepto de la famosa aplicación, el uso que hacía de ella y mi vida.

Uy, que dije dos minutos y se está haciendo largo. Acelero…

La segunda semana de enero de 2017, Concha me presentó a Susan, que me contó que la ONG que presidia tenía un sueño: construir un orfanato y una escuela y un consultorio médico y así ayudar a los huérfanos de una terrible enfermedad que en España nos tuvo pendientes de la televisión unos cuantos meses allá por el 2015: el ébola (decidlo bajito, que todavía asusta).

La cuarta semana de enero, tuve otra reunión con Amigos de Sierra Leona, esta vez para preparar mi viaje al país a la semana siguiente.

El día 3 de febrero estaba aterrizando en Freetown y pase los siguientes siete días en Ma-tindi: conocí a los trabajadores del sitio, replanteé los cimientos y colaboré en el diseño del nuevo proyecto, dada la dificultad de realizar en ese país el que estaba predefinido; aprendí todo lo que pude y enseñé lo poco que sabía; vi la pobreza, la necesidad de ayuda que tenían; hice buenos amigos y lloré, lloré mucho, en silencio. Cuando se secaron mis lágrimas, decidí que este nuevo amigo mío, necesitaba y merecía toda mi ayuda.


Desde el 8 de febrero, cuando envié a mi amiga Concha esta foto por WhatsApp, nunca he dejado de estar pendiente del teléfono. Con la famosa aplicación, antes odiada podía comunicarme con la obra, ver los avances y celebrar con los trabajadores cada paso dado. Estaba disfrutando y viendo crecer día a día el futuro de muchos niños.

Pero de repente la cosa cambió, la constructora encargada de las obras comenzó a demorarlas con la intención de conseguir más dinero de nuestra pobre caja, la calidad de los trabajos bajó y la cercanía de la temporada de lluvias, ponía en grave peligro nuestra intención de abrir la escuela en septiembre de este año. Los días pasaban inexorablemente y, a 5.300 kilómetros de casa, nuestra impotencia crecía, no encontrábamos la solución.

Miré mi teléfono una vez más, para ver las fotos de los trabajos realizados, calmar mi rabia y buscar consuelo.

Susan, Nacho, Concha, nuestro representante allí en Sierra Leona, tiene una wifi portátil y por lo tanto WhatsApp en el teléfono, puedo comunicarme con él, rápido volvemos a contratar a los trabajadores despedidos por la constructora, yo los conozco y sé que son buenos chicos, me comunicaré a diario con Mohamed y le daré instrucciones de como continuar los trabajos, no importa que él no sepa de construcción yo visitaré la obra todos los días aunque este a 5.300 kilómetros.  Mohamed su teléfono y el antes odiado WhatsApp, serán mis ojos y yo seré el jefe de obra que necesitan, no importa que no sepa inglés y que ellos no sepan español, traduciré con la aplicación todos y cada uno de los mensaje que me manden y los que yo les mande, revisaré las fotos una por una y mandare planos, croquis y dibujos de todos y cada uno de los procesos necesarios.

Desde entonces todas las tardes, dedico unas horas a dirigir mi mejor obra, a mis mejores trabajadores y a preparar el futuro de esos niños y niñas que tanto lo necesitan.

2.950 fotos y más de 5.000 mensajes de texto enviados por WhatsApp, la obra está terminada, los niños tienen su escuela y el orfanato está a punto de abrir sus puertas y acoger los primeros huérfanos.

Gracias a todos los trabajadores del sitio por su titánico esfuerzo, gracias a los Amigos de Sierra Leona por haber confiado en mí, gracias a todos los donantes que han facilitado los materiales y el dinero para poder hacer realidad este sueño. Gracias a mi familia por su apoyo y a mi mujer Amy por su paciencia.

P.D. hace unos días he podido viajar nuevamente a Ma-tindi y llorar al ver los edificios construidos. Como veréis, soy muy llorón, pero cuando se han secado las lágrimas, he contemplado unos magníficos edificios nacidos en medio de la selva, me he puesto mi casco de obra para trabajar y dar a los edificios una terminación del siglo XXI en un país en el que todavía por desgracia muchos de sus habitantes viven en el XIX, pero eso sí, tienen WhatsApp.

No volveré a mirar esta aplicación con odio y no me volverá a molestar oír su Tu tu turutú.

Javier Gutiérrez, Amigos de Sierra Leona,

El error de la automedicación contra la hepatitis C en Camboya

Por Theresa Chan, Médicos Sin Fronteras, desde Camboya

Desesperada por una cura, en Camboya la gente gasta cantidades que no pueden permitirse en tratamientos contra la hepatitis C que no son efectivos. Theresa Chan, de Médicos Sin Fronteras, cuenta las historias de automedicación que encuentra en la clínica de Phnom Penh cada día.

Trabajamos a toda máquina en la clínica de hepatitis C de Phnom Penh. Desde que llegué aquí hace dos meses, he visto a 350 pacientes en distintas fases del tratamiento. Gasté una caja de recargas de bolígrafos en una semana en Camboya, mientras que en Estados Unidos un boli me duraba dos o tres semanas.

Toueng Sreymon, técnico de Farmacia de MSF, distribuye medicamentos contra la hepatitis C en el hospital de MSF en Phnom Penh, Camboya. © Todd Brown

Dado que nos estamos preparando para inscribir a 1.000 personas en el programa de antivirales de acción directa (DAA, por sus siglas en inglés), el tipo de visita médica que más recibo son revisiones generales. En estas consultas, obtengo un rápido historial médico, prestando especial atención a cualquier tratamiento previo de hepatitis C. Es importante, porque la gente que ha sido tratada anteriormente con DAA pero no ha finalizado el tratamiento o que ha sufrido más de una vez la enfermedad pese a haber recibido los medicamentos, necesita una evaluación especial y es posible que requiera un tratamiento más largo o complejo.

Cuando pregunto a nuestros pacientes si han sido tratados contra la hepatitis C con anterioridad, suelo obtener varias respuestas. Gran parte de ellos no puede permitirse económicamente los DAA, así que la respuesta mayoritaria es no. A veces dicen que sí, y tengo que ponerme el sombrero de detective y preguntar el nombre del medicamento (normalmente no lo saben), cuántas veces al día lo tomaba y de cuántas pastillas diarias constaba el tratamiento. Pregunto todo esto porque los DAA suelen tomarse una o dos veces al día, así que si un paciente me dice que tomaba 13 pastillas tres veces al día, sabré que se trataba probablemente de suplementos vitamínicos.

Algunos pacientes me cuentan que tomaron suplementos vitamínicos porque les dijeron que frenarían el avance de la hepatitis C. Esto me molesta, porque no hay pruebas de que nada influya en el avance natural de la hepatitis C más allá de los factores individuales, que no están bien definidos, la presencia o ausencia de infección por hepatitis B o VIH y el consumo de alcohol o drogas. Me preocupa que los pacientes con hepatitis C sean fácilmente objetivos de marketing manipulador de vitaminas y otras intervenciones cuyo beneficio no está probado. No creo que las vitaminas sean malas, pero los pacientes me dicen que pagan entre 20 y 50 dólares mensuales, y eso es mucho dinero en este país: los trabajadores no capacitados, como costureros o empleados de la construcción, ganan solo 5 o 6 dólares diarios.

Furgoneta de complementos vitamínicos frente a la clínica de MSF en Phnom Penh, Camboya © Theresa Chan

La gente puede ser incitada a hacer gastos más caros que no ayudarán a que se recuperen de la hepatitis C. Un hombre gastó cientos de dólares durante tres meses en un tratamiento de DAA de sofosbuvir y ribavirin, dos medicinas que usamos en nuestros tratamientos, pero lo hacemos conjuntamente otros medicamentos como daclatasvir o ledipasvir. El principio general para tratar la hepatitis C es que se deben usar combinaciones de fármacos que funcionan a través de diferentes mecanismos. De otro modo, se corre el riesgo de generar resistencia y es posible que el tratamiento no sirva.

Eso mismo le ocurrió a este paciente: tomó estas medicinas durante tres meses, pero las compró por su cuenta y los consumió sin supervisión médica. No podía saber que la combinación de esos medicamentos nunca eliminaría la hepatitis C. Ahora se ha sumado a nuestro programa, varios cientos de dólares más pobre y aún con el virus detectable en su sistema circulatorio.

“Quería curarme”, me dijo cuando le pregunté por qué había elegido ese tratamiento.

No le culpo por querer curarse. Yo también quiero que se cure. Quiero que esos cientos de pacientes que atendemos a diario se curen. Lo que no quiero es que esas personas gasten el dinero que no tienen en tratamientos que no son efectivos. Por desgracia, es común oír historias como esta en nuestra clínica cuando la gente habla de épocas en las que MSF aún no había llegado a Phnom Penh.

Combatiendo la hepatitis en Camboya

Por Theresa Chan, Médicos Sin Fronteras, desde Camboya

¿Qué es la hepatitis C? ¿Cómo se contrae la enfermedad y qué implica tenerla? La médica Theresa Chan trabaja en la clínica de MSF enfocada en tratar la hepatitis C en la ciudad Phnom Penh, Camboya. En este texto explica qué es esta enfermedad a la que ella y su equipo se enfrentan diariamente

Muchos de nuestros pacientes con hepatitis C crónica han sabido que estaban infectados desde hace mucho tiempo, a veces durante décadas. Todos esos años han pensado que no tenían posibilidades de curarse y se han preguntado cuánto se acortaría su vida a causa de la enfermedad. Por eso me hace feliz trabajar en la clínica de MSF: damos muchas buenas noticias y esperanza a nuestros pacientes.

Una mujer sonríe cerca de dos mangos enormes en la clínica de MSF que trata la hepatitis C. Está comenzando su tratamiento con antivíricos de acción directa (DAA, por sus siglas en inglés). ¿Su donación a la clínica? Dos mangos de su jardín. © Theresa Chan

En Camboya, la hepatitis C provoca resignación en la mayoría de las personas que la contraen. Entre 300.000 y 750.000 de los 15 millones de habitantes que tiene el país se ven afectados por la enfermedad y los medicamentos no están subvencionados por el Estado, lo que en la práctica significa que solo aquellos que tienen poder adquisitivo tienen acceso a ellos. Y por lo general, son muy pocos los que pueden permitirse un “lujo” así.

Aunque muchas personas saben desde hace mucho tiempo que padecen la enfermedad, normalmente no saben mucho sobre la hepatitis C. Así que una parte importante de nuestro trabajo es explicarles qué es esta enfermedad cuando llegan a la consultas y les damos sus tratamientos.

Esto es lo que les digo:

‘Hepatitis’ significa ‘inflamación del hígado’. Muchas cosas pueden causar esta enfermedad, como el abuso en el consumo del alcohol y los efectos de ciertos medicamentos; pero a nivel mundial muchos casos severos de hepatitis son causados por infecciones. Las hepatitis del tipo A, B, C, D y E son causadas por infecciones virales. A pesar de esto, son ligeramente diferentes entre sí y por eso el tratamiento y la prevención son diferentes para cada tipo.

Sin embargo, MSF estima que la mayoría de los afectados por hepatitis C en Camboya se infectó durante el periodo de inestabilidad política del país (años 70-80 y 90 del siglo pasado), cuando el sistema sanitario del país colapsó. El de Camboya es un claro ejemplo de las consecuencias médicas a largo plazo que puede llegar a provocar la inseguridad sociopolítica.

La enfermedad se transmite por vía sanguínea. Por eso, quienes se exponen a un contacto sanguíneo por medio de prácticas sexuales peligrosas, procedimientos médicos poco seguros o incluso durante un parto, corren el riesgo de infectarse.

Un paciente sostiene su medicina en la clínica de Hepatitis C de MSF en el hospital de Preah Kossamak, en Phnom Penh, Cambodia. © Todd Brown

Cuando la gente contrae hepatitis C normalmente muestra pocos síntomas. Algunas personas pueden experimentar una enfermedad viral, pero es algo poco común. Aunque algunos podrán sobreponerse a la enfermedad sin el tratamiento, más de la mitad desarrollará una infección crónica. Es importante comprender esto, porque la hepatitis C causa un gran daño durante los años y décadas posteriores a la infección, y lo hace prácticamente de forma silenciosa.

La mayoría de las personas con hepatitis C son diagnosticadas durante el cribado, o porque han presentado en análisis de sangre rutinarios niveles anormales de enzimas en el hígado y no porque se hayan sentido enfermos.

La ‘fase silenciosa’ es la etapa crónica de la infección. Durante este tiempo, los pacientes se sienten bien a pesar de que la hepatitis crea una inflamación que provoca fibrosis o necrosis en el hígado. Algunas personas sólo desarrollan una fibrosis leve y no padecerán las complicaciones más severas de la hepatitis C, pero desafortunadamente, sí hay grupos de personas que desarrollan cirrosis y cáncer de hígado.

La cirrosis es una condición en la que el hígado deja de funcionar correctamente y el tejido del órgano cicatriza casi por completo. El hígado cirroso no puede realizar sus funciones normales y la sangre no puede circular fácilmente por las venas que atraviesan el órgano, esta es la etapa en la que comienzan los síntomas. Entre estos síntomas se incluyen la ascitis –una acumulación anormal de líquido en el abdomen– y la encefalopatía, provocada por una acumulación de toxinas metabólicas que normalmente son desechadas por el hígado.

Vemos a muchos pacientes con cirrosis en la clínica de MSF, y esperamos que el tratamiento que les proporcionamos detenga el progreso de sus síntomas y mejore su calidad de vida.

Desafortunadamente también vemos a muchos pacientes con cáncer de hígado, una enfermedad fuertemente relacionada con la hepatitis crónica, especialmente con los tipos B y C. Lamentablemente, los antivíricos de acción directa (DAA, por sus siglas en inglés) no ayudan a los pacientes con cáncer. La mayoría de las malas noticias que debemos comunicar en la clínica son para los pacientes con cáncer, que no tienen suficientes opciones de tratamiento en Camboya.

Siria, también en guerra contra las enfermedades crónicas

Por Vanessa Cramond, Médicos Sin Fronteras, desde Siria. 

La falta de acceso a tratamientos y material sanitario complica la vida de los enfermos crónicos en Siria

Estoy apoyada en el extremo de la cama de Aisha, una niña de ocho años. Padece talasemia beta mayor, el tipo de trastorno sanguíneo más grave y potencialmente mortal de la talasemia. Aisha está a medio camino de completar su primera unidad de sangre diaria. Su pequeño cuerpo es frágil, está amarillento a causa de la ictericia y presenta un abdomen grande, tirante e hinchado. Aisha está acurrucada en el colchón y tiene una hermosa sonrisa.

En el laboratorio de un hospital de MSF en Siria se pueden hacer diagnósticos básicos, así como las pruebas para que opere un pequeño banco de sangre. © Robin Meldrum/MSF

La familia de la pequeña tuvo que enfrentarse a muchos peligros para darle los cuidados que necesita. Pese a haber huido de la ciudad de Raqqa el mes pasado, han logrado encontrar la manera para que Aisha reciba regularmente transfusiones sanguíneas. Lo consiguen gracias a las donaciones de los miembros de la familia, que también se encargan de comprar y encontrar los suministros médicos y artículos de laboratorios necesarios, así como las clínicas donde poder llevar a cabo este proceso.

Cuando trabajaba en Siria, a finales de 2013, sabíamos que había muchos menores y jóvenes en el norte del país con talasemia que tenían dificultades para acceder a los servicios sanitarios para recibir sus transfusiones de sangre de forma regular. Médicos Sin Fronteras (MSF) tenía planes de intervenir ofreciendo un programa médico para que estos niños tuvieran la atención que necesitaban. Sin embargo, la creciente gravedad del conflicto  y la falta de seguridad relegaron al equipo de MSF en Siria a la periferia. Pacientes como Aisha, que vive con la enfermedad, esperan a que podamos volver a tener acceso a la población.

La talasemia es un conjunto de trastornos relacionados con la sangre que afectan al paciente de forma leve o grave. Los que se ven más perjudicados sufren malformaciones en sus glóbulos rojos, que los hacen menos eficaces para transportar el oxígeno por el cuerpo. Esta complicación provoca anemia de por vida. En Siria, se calcula que el 5% de la población tiene talasemia o padece algunos de sus síntomas.

Un enfermero comprueba el suero sanguíneo de un paciente en una clínica al este de Alepo. © KARAM ALMASRI

La pequeña Aisha es completamente dependiente de la generosidad de su familia en forma de hemoglobina, elemento rico en hierro. Precisamente es el exceso de hierro, o más bien la falta de control de sus niveles en sangre, lo que pone en peligro a la pequeña. Sin los pertinentes análisis regulares y la medicación regular, el hierro se acumula de forma preocupante, provocando un daño inmenso a sus órganos internos (corazón, riñones o hígado), viéndose amenazada su vida. Aisha necesita urgentemente tomar sus medicamentos (quelantes) para que la sangre que recibe no la cure y la mate al mismo tiempo. Hace tres años que no los toma. Sus padres me cuentan lo complicado y caro que está siendo conseguir y dar estas medicinas.

Su pequeño cuerpo, aún sin haberle hecho los análisis, me dice que Aisha tiene insuficiencia renal.

 

Enfermedades crónicas y olvidadas

Las enfermedades crónicas como la talasemia son prácticamente invisibles en la guerra. Envuelto en un caos que dura ya seis años, el sistema de salud se desmonora y es disfuncional e incapaz de cuidar a la gente como hacía antes del conflicto. Hemos visto cómo han reaparecido enfermedades poco comunes, como la poliomielitis, el sarampión, la tosferina y la hepatitis A. Las crecientes dificultades de acceso a la atención primaria, secundaria y especializada han tenido como resultado el aumento de las discapacidades, la morbilidad y la mortalidad. Además, muchos hospitales han sido abandonados y dañados por los combates y el personal médico hace tiempo que se ha ido. Las consecuencias indirectas de esta guerra sobre la salud de la población son incalculables y se dejarán sentir durante décadas.

MSF proporciona programas de vacunación para niños llegados de Raqqa y de ciudades de alrededor. © MSF

Menores como Aisha, que requieren una atención médica regular y especializada, han sido olvidados. Me desespera la situación de estos pequeños, porque su corta vida se ha visto más reducida aún por culpa de esta sangrienta guerra. Un conflicto que les ha privado de una vida llena de transfusiones de sangre y quelaciones, que les habría permitido ir a la escuela y tener energía y fuerza para jugar con sus amigos.

El panorama actual nos deja ante una situación desalentadora. Para reanudar la quelación para pacientes como Aisha, se requieren más recursos en laboratorios, además de medicamentos, suministros y personal médico capacitado. Nunca antes hemos tenido que poner en marcha este tipo de tratamiento, y mucho menos en el marco de un conflicto. La quelación puede implicar largas perfusiones diarias de medicamentos, que normalmente se hacen por las noches a cargo de enfermeros o familiares. Este mecanismo para alargar la vida de los pacientes debe llevarse a cabo a diario para que las familias puedan considerarlo un mecanismo fiable. Tenemos que conseguir un tratamiento de este tipo para Aisha y los cientos de niños que se encuentran en su misma situación.

Anoche escuché un avión de guerra. Me pregunto si podemos prometer a estas personas, que nos necesitan, que nos quedaremos a su lado. El sonido de los reactores se me antoja como un claro recordatorio de la incertidumbre de este conflicto y su capacidad para interferir en el derecho de recibir atención médica.

La familia de Aisha me cuenta qué ha sido de ellos desde que abandonaron Raqqa. Saben lo frágil que es la vida. Puse mi mano en el hombro de la madre de Aisha e intercambiamos una mirada. Sabe lo mal que está su hija y lo valioso que es cada día que pasa con ella.

Sé que es posible que no podamos prolongar más la vida de Aisha. Llegamos tarde, quizás demasiado. Pero intentaremos y trataremos de ayudar a tantos otros niños y niñas que se enfrentan a su misma situación.

Mientras tanto, la sonrisa de Aisha me llena la mirada cuando le hago cosquillas en el pie y jugamos a ser vampiros.

 

*Los nombres y los detalles de este artículo han sido cambiados.

Las voces de Kenia: abogando por los derechos de las personas mayores

Por Rhonda Ngima y Esther Wamera, Activistas de la Campaña Adultos Mayores Demandan Acción de HelpAge International.

© HelpAge International

Por 10 años, la campaña Adultos Mayores Demandan Acción (ADA) ha ofrecido a las personas mayores activistas una plataforma para alzar sus voces en contra de la discriminación por edad y luchar por sus derechos. Hemos preguntado a dos de las activistas más implicadas a largo plazo en la campaña, Rhoda Ngima Kariuki y Esther Wamera, que compartan con nosotros cómo ADA ha ayudado a proteger los derechos de las personas mayores en Kenia:

Rhoda: “ADA ha creado un espacio para que las personas mayores se reúnan con responsables políticos”

He nacido en 1934 en Kenia. He sido activista por más de 20 años y me he unido a la campaña ADA en 2009. Desde pequeña, he sido una bailarina de renombre durante la rebelión Mau Mau contra el colonialismo. En esa época, utilizábamos la música para crear cohesión y confianza en nuestra comunidad con el fin de poder gestionar los asuntos de nuestra nueva república independiente.

Me resulta muy fácil crear y trasmitir mensajes a través de las canciones. Por mucho tiempo he utilizado las canciones para crear conciencia sobre las cuestiones a las que se enfrentan las personas en situaciones de vulnerabilidad.

Empecé a involucrarme en la campaña ADA en 2009. Ese año 27 personas mayores habían sido asesinadas después de haber sido acusadas de brujería.

Esto me conmovió hasta las lágrimas. Nunca habíamos sabido que esto les pasaba a las personas mayores, por lo que fui uno de los miembros de una delegación que se presentó en frente del Primer Ministro para protestar por estos asesinatos.

A través de esta delegación, conocí a HelpAge International cuyo personal nos ofreció formación a mí y a más personas de mi comunidad para abogar para los derechos de las personas mayores.

En 2010, HelpAge International me ayudó a ir a una reunión a Bélgica. Aquí, tuve la oportunidad de contar al mundo más información sobre ADA y los desafíos a los que se enfrenta el colectivo mayor.

ADA me ha apoyado a participar en encuentros con ministros para demandar los servicios que las personas mayores necesitan. Hemos conseguido muchas de nuestras peticiones. Nuestra campaña ha presionado al Gobierno para aumentar las transferencias de dinero de 1.500 chelines kenianos (15$) a 4.000, así como para mejorar la atención médica para las personas mayores.

Pero las personas mayores siguen enfrentándose a muchos desafíos. Los mayores que no han tenido un trabajo formal, no reciben una pensión. No obstante, deben pagar un alquiler, llevar a sus nietos a la escuela y cuidar de sus propios hijos adultos que quizás no tengan un trabajo. En 2018, está previsto introducir un sistema universal de pensiones, un paso muy importante para mejorar la vida de las personas mayores, pero seguirá habiendo muchas cuestiones que necesitarán una mejora.

El núcleo de Adultos Mayores Demandan Acción son las personas mayores. Para muchos, esta campaña es la única oportunidad para reunirse con las autoridades gubernamentales y poder discutir sobre cuestiones importantes para el colectivo mayor.

Esther Wamera: “Gracias a ADA, ahora los kenianos están conscientes de la urgencia que hay para proteger los derechos de las personas mayores”

El septiembre pasado, cumplí 80 años. Empecé a trabajar en la campaña ADA en 2012. El dolor causado por la pérdida de mi esposo, tras haber estado en la lista de espera de un hospital público, fue demasiado grande. Sentí que tenía que hacer algo para asegurar mi propio bienestar como persona mayor.

Como una activista ADA, he recibido formación para abogar por los derechos de las personas mayores, lo que me ha dado mucha confianza para entablar conversaciones con el gobierno.

Nuestro propósito es juntar a las personas mayores para tomar medidas, fijar encuentros con ministros y demandar el cumplimiento de los derechos de las personas mayores. Hemos demandado mejoras en la atención médica para el colectivo mayor, lo que ha llevado a la creación de nuevas normas puesto que ahora ya no hace falta estar en la lista de espera para beneficiarse de las instalaciones sanitarias y tenemos un plan nacional de seguro médico.

He podido llevar nuestras demandas a las Naciones Unidas para sumar a nuestra comunidad al llamamiento para la adopción de una convención para los derechos de las personas mayores y he participado en la Asamblea Mundial de la Salud de Ginebra para exigir el acceso a mejora atención médica.

La antigua percepción de que los hijos deben cuidar de sus padres cuando estos lleguen a una edad avanzada ya no es una realidad dado que en Kenia muchos de los jóvenes se han ido del país. Muchas personas mayores están haciendo grandes esfuerzos para moverse de un sitio para otro. Las ciudades actuales en las que vivimos no están adaptadas para los mayores. Y, como división de las autoridades se crea más y más por regiones, necesitamos asegurar que las voces de las zonas rurales se escuchen también. Necesitamos ayudarles para que se unan a nuestra campaña y ofrecerles la capacitación para luchar para las causas que son importantes para ellos.

Gracias a ADA, ahora los kenianos están conscientes de la urgencia que hay para proteger los derechos de las personas mayores. Ahora necesitamos garantizar que el Gobierno se hará cargo de la implementación de las políticas para las cuales hemos abogado.

Mortalidad infantil: podemos dar la vuelta a las cifras

Por Belén Ruiz-Ocaña, UNICEF Comité Español

En Sierra Leona, Manso Turay, de 9 días, es acunado por su madre, Tenneh. Cuatro de sus cinco hijos nacieron en un centro sanitario. “Nancy, la trabajadora sanitaria de mi comunidad, me hizo entender los beneficios de ir al médico cuando estás embarazada, y de dar a luz en un centro. No me importa caminar más de 6 kilómetros para llegar, porque sé que en mi pueblo no puedo recibir esa atención. Mis bebés y yo estuvimos bien al dar a luz porque me puse todas las vacunas que me mandaron durante el embarazo, y también les vacuné a ellos. Además, mis hijos apenas se ponen enfermos porque duermen debajo de mosquiteras y tienen buenos hábitos de higiene”, cuenta Tenneh.

Afortunadamente, ellos tienen acceso a una atención sanitaria adecuada, y gracias a ello Manso no forma parte de una terrible estadística: todavía, cada día, 7.000 recién nacidos mueren, sobre todo por complicaciones durante el parto o debido a parto prematuro.

Mortalidad infantil: podemos dar la vuelta a las cifras

Manso Turay, de tan solo nueve días, acunado por su madre, Tenneh /© UNICEF/UN065191/Phelps

Son datos del último informe de Naciones Unidas, Niveles y Tendencias de la Mortalidad Infantil 2017, que, aunque refleja grandes avances (desde el año 2000 se han salvado 50 millones de vidas de niños), destaca también datos inadmisibles en pleno siglo XXI:

  • 15.000 niños murieron cada día en 2016 antes de cumplir cinco años, es decir, 5,6 millones de niños al año.
  • 2,6 millones de niños nacen muertos cada año, algo que en la mayoría de los casos podría haberse evitado.
  • 7.000 recién nacidos mueren cada día, la mitad de ellos en tan solo cinco países: India, Pakistán, Nigeria, República Democrática del Congo y Etiopía.
  • Si se mantienen las tendencias actuales, ente 2017 y 2030 morirán 60 millones de niños menores de cinco años.

Podemos dar la vuelta a estos datos. Poner fin a las muertes de niños puede lograrse con medidas como mejorar el acceso a la sanidad y, sobre todo, terminar con las inequidades existentes entre países y poblaciones. En Sierra Leona, donde nació y vive Manso, el gobierno sigue trabajando para proporcionar atención sanitaria y materna asequible y de calidad. El país tiene una de las tasas de mortalidad más altas del mundo: 1.360 muertes por cada 100.000 nacidos vivos, o lo que es lo mismo, 120 muertes por 1.000 nacidos vivos.

Para abordar este asunto, UNICEF trabaja con el gobierno y otras autoridades, con el objetivo de construir y rehabilitar instalaciones sanitarias, formar a los trabajadores y proporcionar equipos y suministros médicos. UNICEF forma parte también de la iniciativa gubernamental para proporcionar atención sanitaria gratuita, que incluye medicamentos gratis para mujeres embarazadas y lactantes, y para niños menores de 5 años. Unos 15.000 trabajadores de la salud comunitarios del país, a través de esta iniciativa, están llevando servicios sanitarios vitales en sus comunidades.

En África subsahariana se producen el 38% de las muertes de recién nacidos. Todavía la neumonía y la diarrea encabezan el listado de enfermedades infecciosas que causan la muerte de millones de niños cada año en el mundo.

También la malaria causa muchos problemas en países como Sierra Leona. Allí vive también Mariama Bangura, concretamente en el pueblo de Gondama. El país es uno de los siete de África subsahariana donde más de una cuarta parte de la población está infectada de malaria en algún momento. Casi tres de cada diez ciudadanos sufre la enfermedad, que causa aproximadamente del 20% de las muertes infantiles. Las mujeres embarazadas sufren un riesgo especial, ya que contribuye a las altas tasas de abortos, partos prematuros y bajo peso de los recién nacidos.

Mortalidad infantil: podemos dar la vuelta a las cifras

Mariama Bangura vive en Sierra Leona, donde el 25% de la población está infectada de malaria /© UNICEF/UN072236/Phelps

Cuatro de cada diez niños de entre 6 meses y 5 años dio positivo en malaria, según datos de Sierra Leona, cuyo plan estratégico nacional plantea que todos los niños menores de cinco años y las mujeres embarazadas deberían dormir todas las noches bajo una mosquitera. Por ello, en junio el Ministerio de Salud distribuyó 4,3 millones de mosquiteras y suplementos de vitamina A.

Son medidas como esta las que pueden contribuir a seguir avanzando en la lucha por la supervivencia infantil.

El mayor miedo de una madre rohingya

Esta historia cuenta la desgarradora realidad a la que se enfrentan miles de madres rohingyas refugiadas.

Por Charlotte Glennie, de UNICEF Australia, desde Cox’s Bazar

Cada día surgen nuevos horrores en la situación que afrontan los refugiados rohingyas en los campos de Cox’s Bazar. Esta es una emergencia de proporciones inmensas. Lo demuestra el sufrimiento de niños como Anamul, de nueve meses. Su madre, Nuraasha, de 20 años, le ha llevado a una de las tiendas médicas instaladas por UNICEF y el gobierno de Bangladesh. Allí van a vacunarle contra el sarampión y la rubeola, ya que las enfermedades infecciosas amenazan a esta vasta comunidad de refugiados recién llegados, y los trabajadores sanitarios se apresuran para vacunar a 150.000 niños lo más rápido posible.

El mayor miedo de una madre rohingya

Nuraasha y Anamul, antes de ser trasladados a la clínica donde el bebé recibirá tratamiento contra la desnutrición /© UNICEF Australia/Matthew Smeal

Pero cuando madre e hijo llegan, se hace patente que Anamul tiene necesidades más urgentes. El bebé y su madre, embarazada de seis meses, son llevados rápidamente al experto nutricional que UNICEF y sus aliados han llevado al campo para identificar los casos de desnutrición infantil más graves.

Sin duda, Anamul es uno de ellos.

Cuando el experto mide el diminuto perímetro del brazo de Anamul, el resultado es un siete. Cualquier cifra por debajo del 12 se traduce en que el niño sufre desnutrición. Pero los números más bajos significan que está en riesgo inmediato de muerte a menos que reciba tratamiento inmediatamente. Este bebé hambriento tiene todos los síntomas de desnutrición extrema: sus sienes están hundidas, no tiene masa muscular en la parte superior del brazo, sus pequeñas costillas sobresalen del cuerpo.

Llevamos rápidamente a Nuraasha y su precioso hijo a la clínica, donde llegan muchos de estos niños.

Mientras espera, comparte con nosotros parte de su terrible historia, como la de tantos otros refugiados rohingyas.

“Hace una semana que llegué a Bangladesh”, me cuenta. “Mi marido está aquí pero está enfermo, tiene fiebre. Al llegar me alojé en un sitio, pero me obligaron a ir a otro, y después a otro, y a otro”.

Huyendo de la violencia, Nuraasha llegó a Bangladesh sin nada. Alguien le dio algo de comida, pero se le está terminando. Le pregunto cómo está alimentando a su bebé. “Tengo un poco de leche y arroz frito. Le alimento con eso poco a poco. Mezclo el arroz con la leche”.

UNICEF estima que hay entre 3.000 y 4.000 niños con desnutrición severa y aguda entre los que han llegado a Bangladesh desde el 25 de agosto. Necesitan tratamiento o probablemente morirán.

Estamos haciendo lo que podemos para llegar a todos ellos, pero las zonas en las que la gente se queda de manera temporal son remotas y de difícil acceso. Los campos son caóticos. Muchos refugiados pasan fugazmente, se mueven de asentamiento en asentamiento buscando ayuda desesperadamente. Es una carrera contra el reloj.

Anamul es enviado a una clínica local donde recibirá tratamiento y se le hará seguimiento. UNICEF está trabajando para proporcionar a los niños más gravemente desnutridos tratamiento terapéutico vital.

Pero necesitamos más recursos para responder de manera adecuada a esta crisis, y si no los logramos esta situación se convertirá probablemente en una catástrofe, peor aún, una catástrofe que a afectará al menos a 240.000 niños rohingyas.