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Por aquí han pasado cooperantes de Ayuda en Acción, Cruz Roja, Ingeniería Sin Fronteras, Unicef, Médicos del Mundo, HelpAge, Fundación Vicente Ferrer, Médicos Sin Fronteras, PLAN
Internacional, Farmamundi, Amigos de Sierra
Leona, Sonrisas de Bombay y Arquitectura sin Fronteras.

COVID-19 en Loreto: la región olvidada del Perú que se enfrenta sola a la pandemia

Por Stefanny Peláez – técnico de comunicación de Plan International Perú

América Latina y el Caribe están viviendo un “rápido aumento” de casos de COVID-19, lo que amenaza con desestabilizar una región con sistemas de salud ya de por sí precarios, tal y como ha advertido la Organización Mundial de la Salud. Cinco de los diez países que han registrado el mayor número de nuevos casos -hasta el 2 de junio de 2020-, se encuentran en el continente americano: Brasil, Estados Unidos, Perú, Chile y México.

En Perú, una de las regiones más afectadas por la pandemia es Loreto. La región está ubicada en el noreste del país y es la más extensa, cubriendo el 28.7% del territorio nacional. Loreto se encuentra en la Amazonía peruana y tiene una población de 1.076,937 habitantes; de los cuales, el 11,9% son indígenas. La región está aislada del resto del Perú y la situación de su población requiere de atención urgente por parte del estado y de las organizaciones humanitarias.

El sistema de salud de Loreto está sobrepasado, con más de 6.000 personas infectadas y 305 muertes por COVID-19, según el Ministerio de Salud. Sin embargo, el Dr. Carlos Calampa, director regional de salud, ha indicado en entrevistas que el número real de muertes supera las 1.700. De manera devastadora, el 90% del personal de salud se ha infectado y al menos 20 sanitarios han perdido la vida.

La pandemia de la COVID-19 también ha afectado la economía de Loreto. Los empleos son escasos y la población es cada vez más incapaz de obtener alimentos.

Silvia es voluntaria comunitaria en Plan International Perú en Loreto. Ella ha visto de primera mano el desastre provocado por la COVID-19: “Las familias no tienen trabajo. No pueden comprar sus alimentos ni sus medicinas”.

Como en la mayoría de países del mundo, las escuelas han cerrado debido a la pandemia.

“Sé que tengo la suerte de poder seguir mis clases online, puedo repetir las lecciones y descargar mis materiales”, dice Mallory, un adolescente de 15 años.

Sin embargo, aunque algunas niñas y niños en Loreto tengan la opción de asistir a clases virtuales, la mayoría no tiene acceso y ven negado su derecho a la educación.

“Los niños y las niñas no pueden atender a las clases virtuales porque no tienen televisores o radios. No tienen acceso a Internet y no pueden tener clases, pero además es que algunas casas ni siquiera tienen luz eléctrica “, explica Silvia.

La mayoría de los y las adolescentes tienen que usar los teléfonos móviles de sus padres cuando han terminado sus tareas domésticas. Como resultado, los niños y niñas del país corren el riesgo de perder el resto del curso, y las niñas son especialmente vulnerables al fracaso y el abandono escolar.

Los dos hospitales en Iquitos, la capital de Loreto, están desbordados. “La morgue tiene la capacidad de incinerar entre dos y cuatro cuerpos por día. Entre ayer y hoy llegaron más de ocho cuerpos. Eso es el doble de lo que la morgue puede manejar “, señala el gobernador de Loreto, Elisban Ochoa Sosa. Es por eso que la gente muere en sus casas.

“Los médicos no pueden atender a las familias en casa y si llegan al hospital, a menudo no pueden recibir tratamiento porque el sistema de salud está colapsado”, cuenta Silvia.

La incapacidad para trabajar está exacerbando el problema. La gente tiene hambre y está débil. Eso, combinado con la COVID-19 y un sistema de salud pública ineficiente, es mortal.

“En algunos sectores de la región, la gente ya está poniendo banderas blancas, como alerta, pidiendo ayuda para que puedan recibir víveres para alimentarse. Es desesperante, la verdad, porque lo estamos sintiendo en carne propia”, manifiesta Silvia.

Los retornados de la ciudad u otras regiones conllevan un riesgo adicional para la población indígena: pueden infectarse de COVID-19 en sus viajes y llevarlo de regreso a sus comunidades de origen. Otro factor de riesgo proviene de las donaciones de alimentos y medicamentos, que se transportan a través de embarcaciones, que a menudo carecen de las condiciones higiénicas mínimas requeridas.

El apu de la comunidad indígena de Nueva Alianza, Regner Flores Cariajano, está solicitando pruebas para detectar COVID-19: “No queremos convertirnos en un cementerio (…) No nos dejen morir de esta manera”.

También ha habido situaciones en las que el personal médico ha abandonado sus puestos por temor al contagio, debido a la inexistencia de equipos de protección y protocolos de tratamiento. Alrededor de veinte comunidades indígenas están expuestas a COVID-19 después de que once casos positivos llegaron a su territorio. Esto significa que el riesgo de una infección generalizada sin posibilidad de tratamiento está aumentando.

A pesar de estos desafíos, Plan International ha estado respondiendo a la emergencia sanitaria por la COVID-19 en Loreto en las áreas de salud, educación, transferencias de efectivo y agua, saneamiento e higiene (WASH). Se ha conseguido la entrega de Equipo de Protección Individual (EPIs) al personal de salud, así como la transferencia de efectivo a 466 familias a través del “Bono Plan Familiar”, que han usado el dinero para comprar alimentos, material escolar y medicamentos. Además, se han entregado kits educativos, de higiene y de higiene femenina y se han instalado estaciones de lavado de manos.

Plan International ha adquirido 25 altavoces para retrasmitir clases por radio en 25 comunidades donde niñas, niños y adolescentes no tienen acceso a educación a distancia. Además, el equipo de Loreto está difundiendo mensajes clave sobre hábitos saludables de higiene, ofreciendo protección y prevención de la violencia y educando sobre salud sexual y reproductiva en el contexto de COVID-19.

Yemen: el coronavirus empeora una situación desesperada

Equipo de UNICEF Yemen

La llegada de la COVID-19 a Yemen está deteriorando una situación que ya era desesperada para millones de niños y familias. La falta de agua y saneamiento adecuados está facilitando la propagación del virus. Tratar a las personas enfermas es muy difícil porque el sistema sanitario está al borde del colapso debido a cinco años de conflicto. El informe de UNICEF Yemen, cinco años después: niños, conflicto y COVID-19 alerta de que, si la comunidad internacional no responde, muchos niños morirán. Estas son algunas de sus historias.

No hay lugar seguro para los niños

Ryan, de 3 años, perdió su brazo el año pasado cuando la violencia se intensificó en Aden. Visita regularmente el centro protésico en el Hospital de Aden para ir a fisioterapia e ir haciendo pruebas para una nueva prótesis. Su madre Amina, y su padre, Abu Ali Sahleh, cuentan su historia:

“En agosto había enfrentamientos”, cuenta Abu. “Un día hubo bombardeos y una bomba cayó en nuestra casa”.

Rayan, de tres años, perdió su brazo en un bombardeo. / © UNICEF/UNI338366/Alzekri

Un proyectil cortó su brazo”, recuerda Amina. “Él estaba en la cocina cogiendo un vaso de agua”.

“Le sacamos rápidamente de casa, y la casa sufrió un nuevo ataque”, añade Abu.

Sus padres explican que Rayan tiene dolores cada día. Además, tiene infecciones crónicas en el pecho por los cascotes de su casa. Le mantienen en casa para protegerle, porque la situación en Aden es cada vez más caótica. Su estado de salud es más precario ahora que la COVID-19 está en la ciudad. Sus padres dicen que lo único que el niño quiere es la paz.

Cuando la pobreza no te da otra opción

Amina* fue obligada a casarse cuando era niña. Ahora está divorciada.

Cuando tenía 11 años la obligaron a dejar la escuela. Vivía con su familia en un asentamiento en los suburbios de Aden, tras verse desplazados debido a la inseguridad. Su padre, que trabaja como conductor para mantener a una familia de ocho miembros, la casó con 16 años con un hombre mayor de 30. A cambio recibió una pequeña cantidad de dinero.

“Un hombre llegó, le pidió permiso a mi padre para casarse conmigo y él dijo que sí enseguida”, dice Amina. “No tuve otra opción, porque mi padre marca las reglas en casa. Me arrojaron a una vida de la que no sabía nada”.

Amina fue obligada a casarse. Hoy está divorciada. /© UNICEF/UNI337490/

Su madre recuerda la reacción de Amina. “Sufría problemas psicológicos, se aisló de todos y no salió de la cama en tres meses. Siento un gran remordimiento por el dolor que le causamos”.

Después de sufrir una violencia terrible a manos de su marido, Amina volvió a casa y su familia finalmente negoció el divorcio. El balón de oxígeno llegó cuando contactó con una asistente social que le dio apoyo psicológico. Al final se unió a un programa de UNICEF donde recibió formación y apoyo para iniciar un pequeño negocio de costura. Ahora gana un sueldo, puede ayudar a su familia y ha decido que no se volverá a casar. Además, es una activista contra el matrimonio infantil en su comunidad.

El coronavirus acecha a los más vulnerables

Saliha Aish tiene 11 años. Huyó con su familia a Saná cuando su casa fue destruida hace cinco años. Desde entonces su familia, que lo perdió todo, se ha refugiado en un viejo asentamiento en las afueras de Saná. Su casa es un edificio en ruinas. No protege frente al frío, el calor o la lluvia. Está oscuro y mal ventilado. No tienen acceso a agua.

Ahora han acogido a su tío y su familia, que huyeron de los combates hace un mes. Su tío y su primo tienen asma, por lo que están en un riesgo mayor si contraen el coronavirus.

La familia de Saliha es solo una de las miles de familias “muhamasheen” o “marginadas”, el grupo más vulnerable de Yemen. Mientras el conflicto continúa y no pueden volver a casa, luchan cada día por sobrevivir. Tienen miedo por todo lo que están oyendo de la COVID-19, pero no pueden cumplir las medidas de aislamiento, distancia social e higiene de manos.

Saliha Aish, de 11 años, limpiando en la puerta de su casa. /© UNICEF/UNI338484

“Oigo hablar de la pandemia y de que hay muchos casos”, dice Ali, el padre. “Pienso miles de veces cómo proteger a mi familia, pero tengo que salir fuera para conseguir alimentos. Si me quedara en casa, moriríamos de hambre”.
Ali sale todos los días para buscar botellas de plástico, que vende por un precio ínfimo.

“Antes de la guerra, no esperábamos acabar así. Tenemos la esperanza de recuperar nuestras casas cuando la situación mejore”, añade.

Si los programas de agua y saneamiento de UNICEF no reciben fondos, se podría cortar el suministro para millones de niños como Saliha. Algo catastrófico en plena pandemia.

Una infancia robada

Tras dejar la escuela cuando tenía 11 años, Ali* pasó varios años cogiendo pequeños trabajillos en granjas cercanas a su pueblo. Un día conoció a un hombre de otro pueblo, que le habló de la línea de combate. Le dijo cómo apuntarse, y Ali se unió a una formación con otros chicos.

“Tengo siete hermanos y hermanas”, cuenta. “Soy el quinto chico. Ninguno de mis hermanos o hermanas ha ido a la escuela. Ir a combatir era la única manera de ganar algo. En el campo mis hermanos trabajan en granjas o en la construcción. Hacemos cualquier trabajillo para sacar algo de dinero. Vivimos juntos en una casa pequeña. Vi que mi familia es muy pobre y vive en condiciones terribles. Quise ganar algo de dinero”.

Pasó seis meses en primera línea y luego otros dos en prisión, hasta que acabó en un centro de tránsito.

Ali, en el centro de tránsito donde se encuentra ahora. /© UNICEF/UNI338456/Alzekri

“La gente –que me contó lo de la primera línea- era de otros pueblos”, recuerda. “Me dijeron que mi misión sería fácil, que sería en la línea de fondo y que ganaría dinero. No me dijeron cuánto ganaría, pero sí que compartirían el dinero que lograran conmigo. Cuando dejé a mi familia lloraron, pero me dejaron ir”.

Mientras les entrenan como soldados, a los niños se les advierte a menudo de que si son capturados por el bando contrario serán torturados. Cuando Ali fue capturado tenía miedo de qué le ocurriría. Finalmente acabó en prisión con otros niños.

“Tenía miedo”, dice. “La prisión no era agradable, pero no nos torturaron. Estuvo seis meses. Estaba solo. No quería hablar con nadie. Pero tenía esperanza. Me dijeron que estaría un año o dos, y que luego saldría”. Como parte de los trabajos para acabar con el reclutamiento de niños, Ali fue liberado y llevado a un centro apoyado por UNICEF. Está recibiendo atención psicológica y apoyo educativo con otros niños.

“Cuando salí, no esperaba venir a un lugar tan bonito”, reflexiona. “Ahora puedo hablar con mi familia y me preguntan cuándo volveré a casa. En Yemen es muy difícil. Otros países tienen sus planes, pero los niños aquí soportan el peso. Soy joven y no entiendo qué está pasando, pero cuando veo los combates mi corazón sangra. Dejamos nuestras armas y ahora empuñamos lápices. Y esto continuará”.

“Quiero irme, quiero ir a casa y quiero estudiar. Volveré a la escuela, aunque está a tres horas a pie. Desde que salgo de casa hasta que llego a la escuela no me cruzo con nadie. Nos pegan si llegamos tarde. Los profesores no reciben su salario. Si conociera a alguien que se estuviera pensando ir a combatir, le diría que no. Si no me escuchara, le dejaría caer y volver, y entonces me diría: ‘ojalá te hubiera escuchado’”.

*Nombres cambiados para proteger su identidad.

Día del Niño Africano: África es fuerte

James Elder, jefe de comunicación de UNICEF para África Oriental y Meridional

De acuerdo, ¿quién sigue confuso respecto a la COVID-19?

Después de meses de una cobertura 24 horas al día / 7 días a la semana, parece que sigue sin haber acuerdo en muchos detalles fundamentales: los pros y contras de las medidas de confinamiento. ¿Cuándo es seguro volver a la escuela? ¿Y al trabajo? ¿Cuándo es seguro abrazar a alguien?

Día del Niño Africano: África es fuerte

En Ruanda Igihozo Kevin, de 11 años, estudia en casa debido a la crisis del coronavirus. /© UNICEF/UNI319836/Kanobana

Pero algo sabemos seguro: a pesar del continuo aumento de casos, África lo está haciendo bien en la batalla contra la COVID-19. Esta crisis ha sacado de nuevo la cara más innovadora del continente. Ha recordado al mundo que quienes primero responden son en realidad la gente del día a día.

Y, francamente, es hora de que lo reconozcamos.

Después de una investigación considerable, he constatado lo bien que lo están haciendo algunas partes de África Oriental y Meridional, zona en la que trabajo. Desde los trabajadores de primera línea hasta los emprendedores, pasando por las intervenciones de los gobiernos.

Para echar una mirada inspiradora y darse un placer visual con este continente, no hay que ir más allá del vídeo que unos realizadores han hecho desde el epicentro de esta pandemia, Convicts NYC. Recientemente se hicieron famosos por su película NY Tough, una emotiva cinta basada en los resúmenes diarios del gobernador de NY sobre la gestión de la crisis de la COVID-19. El video logró 2 millones de visualizaciones y fue compartido por Ellen DeGeneres, Diddy, Hillary Clinton o Katie Couric.

Ahora, en el Día del Niño Africano, Convicts ha llevado la atención a África con la producción de Africa strong (“África fuerte”). “Quiero mostrar una historia que es verdad en mi hogar, mi continente”, explica el ganador de la copa mundial de rugby, Tendai Mtawarira, que narra el vídeo. “Todos sentimos el dolor, pero también vemos la humildad y los héroes. Y lo vemos todos los días. Africa Strong es el testimonio de esas personas. De quienes están en primera línea de la pandemia y todo el caos que trae. Y quiero que esta cinta vea la luz el día que más importa”.

Ese día es, por supuesto, el Día del Niño Africano. Cada año desde 1991, esta fecha se conmemora en memoria de los jóvenes activistas que fueron asesinados durante el levantamiento de Soweto en Sudáfrica. Recuerda el sacrificio de los jóvenes estudiantes negros, que tomaron las calles protestando contra un Sistema educativo injusto y demandando que se les enseñara en una lengua que comprendieran. En este día, Africa Strong quiere alabar su valentía y reflejar los obstáculos a los que los jóvenes se siguen enfrentando hoy.

Y, todavía, hay muchos. Los impactos directos y secundarios del virus amenazan con revertir los logros para los niños más pobres del continente. La pandemia –y la respuesta a esta- ha puesto sobre las familias dos tipos de presión distintos: el miedo sanitario y una inseguridad financiera sin precedentes. La pérdida de empleos y la reducción de los salarios están afectando a nivel global, pero para quienes están más cerca de la base de la pirámide económica, las familias con muy pocos o ningún ahorro, así como escasas reservas alimentarias, el impacto es inmediato y se une a los niños fuera de la escuela, los problemas de salud mental, la violencia y el abuso sexual.

Nos han dicho que estos problemas pueden empeorar. “Y, aun así, la gente resiste”, dice Mtawarira, que nació en Zimbabwe. “La gente permanece los unos al lado de los otros. Se animan unos a otros. Y abunda el ingenio”.

Tiene razón. Y, si no, miren estos datos de África Oriental y Meridional:

  • Sudáfrica envió 30.000 trabajadores de la salud comunitarios para examinar al 15% de su población en menos de un mes.
  • Mozambique lanzó una línea gratuita de información sobre el coronavirus para que la gente pudiera conectar con los médicos y, así, reducir el número de personas que iba a los centros de salud.
  • Etiopía –con más de 100 millones de habitantes- completó un estudio puerta a puerta en la capital en solo tres semanas.

En lo que se refiere a innovación:

  • En Ruanda, los emprendedores tienen acceso a becas, mentorías y servicios legales. El país tiene también cinco robots anti epidemia que se utilizarán para los controles de temperatura.
  • Las universidades de Zimbabwe y Kenia están produciendo mascarillas, geles y equipos de protección para los ciudadanos.

En educación, UNICEF se ha aliado con una compañía de telefonía para garantizar el acceso gratuito a las plataformas educativas en varios países. Más allá de lo digital, organizaciones como UNICEF están ayudando a millones de niños a seguir aprendiendo a través de radio, SMS y materiales impresos.

Finalmente, en lo que se refiere a combatir la pobreza, Kenia, Namibia, Sudáfrica y Madagascar han mostrado un gran liderazgo en llevar dinero a quinees más lo necesitan.

No podemos negar que vienen tiempos duros. Ya lo están siendo. Y vendrán momentos peores. Pero el mundo no debería olvidar lo que, pese a las dificultades, muchas personas han hecho hasta ahora. ¡África es fuerte!

Semana Mundial de la Vacunación: un día en la vida de un vacunador en Malí

Por Fatou Diagne, UNICEF Malí

Adama Traoré vive en Sadiola, un pueblo de la región de Kayes, en el oeste de Malí. Lleva más de diez años trabajando como vacunador en el centro de salud comunitario.

“Cuando era joven tenía unos vecinos que eran pobres. Un día uno de los hijos enfermó de repente. Le salieron manchas rojas en el cuerpo y tenía mucha fiebre. Tenía sarampión, pero los padres no tenían dinero para llevarle al hospital ni para comprar medicamentos. Después de una semana de sufrimiento, otro vecino decidió llevarle al hospital. Tuvo suerte y se recuperó por complete, pero su hermano mayor, al que le había ocurrido lo mismo dos años antes, no tuvo tanta suerte y murió. Por eso decidí hacerme vacunador”.

Quería mejorar la salud de los niños de su comunidad: “Estamos en una zona de minas de oro, y muchas familias trabajan y viven aquí, con sus hijos completamente aislados y privados de cualquier tipo de atención”.

Adama vacunando a un niño en las minas de oro. Llega hasta allí en un peligroso viaje en moto. /©UNICEF/UN0293785/Keïta

Hoy acompañamos a Adama en su visita a los niños de las minas de oro de Massakama.

A las 7:30 de la mañana Adama deja su casa rumbo a la primera parada: el centro de salud comunitario de Sadiola. Una vez allí coge su moto y continúa hasta el centro de salud de Kobokotossou, donde recoge las vacunas. Es el centro más cercano a su destino final, Massakama. Gracias al apoyo de Canadá, UNICEF ha podido equipar este centro con un frigorífico solar para mantener las vacunas a una temperatura constante.

Hasta ahora Adama ha recorrido 60 kilómetros, pero tiene otros 50 por delante. En su moto lleva con total cuidado la caja de vacunas, el registro de vacunación y una caja de guantes. “Antes de salir me aseguro de que todo va bien sujeto y compruebo por última vez si llevo todas las vacunas básicas que pueda necesitar, porque cada vacuna puede salvar una vida infantil: tos ferina, tuberculosis, tétanos, polio, sarampión y difteria, hepatitis, diarrea, neumonía, fiebre amarilla y meningitis.

Son las 8:30 de la mañana y, bajo un sol abrasador, el termómetro se acerca a los 40 grados. Adama empieza su carrera contrarreloj para llegar a las minas de oro, vacunar al máximo número de niños posible y volver a casa antes de que anochezca. La carretera por la que debe viajar es complicada, está aislada y carece de infraestructuras. Es un viaje peligroso.

Después de conducir durante dos horas, finalmente llega a Massakama. Está agotado, pero decidido.

Las minas de oro de Massakama están cerca de la frontera con Senegal. Más de 2.000 personas, incluidas familias con niños, viven aquí. No hay escuela ni centros de salud. Sin ninguna otra opción, muchos de los niños trabajan, privados de sus derechos a protección, educación, supervivencia y desarrollo.

Mariam*, de 14 años, lleva trabajando cinco años en las minas de oro. Nunca ha ido al colegio. “Quiero irme de aquí, estoy cansada. Sueño con ir a la escuela como mis amigos”.

En cuanto Adama llega con su moto, madres y niños se acercan corriendo a él.

“Empecé a trabajar y nunca pude llevar a mi hijo a vacunar”, cuenta la madre de un bebé de 6 meses. “He oído que ha habido casos de sarampión entre adolescentes en Senegal. Si no vacuno a mi hijo podría coger la enfermedad y morir”.

Por cada niño vacunado, Adama apunta información en su registro. Una vez que se queda sin vacunas, toma nota de los niños que necesitarán dosis en su próxima visita.

A las 2 de la tarde dice a los padres que volverá la siguiente semana. Coloca todo de nuevo en la moto para volver a Sadiola antes de que oscurezca.

Adama hace un trabajo increíble”, cuenta el jefe de la villa de Massakama. “Aquí, los padres pasan sus días buscando oro y terminan muy tarde. Sin este sistema de vacunación móvil, la mayoría de ellos no podrían vacunar a sus hijos”.

UNICEF y aliados como Gavi están apoyando al Ministerio de Sanidad para llevar vacunas directamente a los niños más aislados y vulnerables. En la región de Kayes, solo el 41% de los niños recibe todas las vacunas que necesita para mantenerse sanos”.

*Nombre y edad cambiados

El confinamiento de los más vulnerables

Por Alfonso Hernández, portavoz de campañas de Sonrisas de Bombay


Una crisis de salud pública como el coronavirus pone a prueba las estructuras de cualquier estado. Pero en aquellos donde este equilibrio es más precario o se encuentra en permanente tensión, este tipo de situaciones supone un factor de desestabilización impredecible. Es el caso de la India, el segundo país más poblado del mundo con 1.300 millones de habitantes, en el que el 20% de la población vive con menos de 1,9 dólares al día. Esto es, 260 millones de personas.

La India ha aplicado medidas radicales para evitar la propagación del virus en un país que cuenta con una de las densidades de población más altas del mundo, especialmente en las grandes ciudades. Por el momento, el confinamiento general de la población está surtiendo efecto, con poco más de 5.100 casos confirmados y 150 fallecidos, según el Ministerio de Salud (cifras del miércoles 8 de abril). Pero estas necesarias medidas de prevención también suponen confinar a millones de habitantes de los slums, las barriadas que habitualmente viven en condiciones insalubres, en sus precarias viviendas luz ni agua potable.

Sin ir más lejos, días antes a la orden de confinamiento, los equipos de Sonrisas de Bombay visitaron distintos slums para informar a la población sobre cómo prevenir el contagio. Allí, muchas personas no tenían conocimiento de la pandemia ni de sus síntomas ni de cómo prevenirlos. Y otras no se habían tomado muy en serio las noticias o habían asumido ideas erróneas, como que es una enfermedad que sólo afecta a los ricos, a las personas blancas o de origen chino; que debido al calor el virus no es efectivo en buena parte de la India, o que beber alcohol ayuda a prevenir la enfermedad.

Los despidos y la falta de trabajo ya han comenzado a afectar a muchas familias, así como la escasez de alimentos y bienes básicos. Entre la población crece la preocupación por el difícil acceso a los sistemas de salud, una cuestión que ya era objeto de nuestros proyectos y que en esta situación se agudiza.

Si miramos más de cerca a la población vulnerable que más puede sufrir los efectos de esta pandemia nos encontramos con dos grupos de especial riesgo. ¿Qué sucede, por ejemplo, con las miles de mujeres que son víctimas de la trata en la India? Sin posibilidad de obtener ingresos sufriendo la explotación, confinadas en burdeles junto a los proxenetas de las redes ilegales que las retienen; sin poder retornar a sus lugares de origen en caso de que estuviesen en procesos de repatriación; sometidas doblemente a la violencia física de la explotación y a la imposibilidad de salir al exterior… Las víctimas de la trata son uno de los grupos de riesgo, pero no olvidemos el enorme índice de violencia machista que existe en India, donde 1 de cada 4 hombres admiten cometer violencia sexual hacia sus parejas mujeres. El confinamiento de las familias puede suponer una situación de extraordinaria angustia para millones de mujeres en este país.

Estamos hablando de confinamiento en una casa, un hogar o un lugar donde refugiarse y encontrar cobijo. Pero ¿qué sucede cuando ni siquiera existe un hogar donde confinarse? Aproximadamente 40.000 niños y niñas y sus familias viven en la calle, sólo en Bombay, solos o con sus familias. El próximo domingo es el Día internacional de los niños en la calle, y este año especialmente no podemos olvidarnos de la situación que sufren miles de niños en todo el mundo durante esta pandemia.

Desde Sonrisas de Bombay seguimos comprometidos con los más vulnerables en la ciudad donde trabajamos. Hemos reforzado el seguimiento a las familias de nuestros beneficiarios y beneficiarias. Y hemos puesto en marcha un paquete de medidas tanto para prevenir el posible aumento en la propagación del virus entre los sectores con mayor riesgo como para atender las necesidades básicas de estos grupos vulnerables. Pero hay muchos más a los que no podemos llegar.

Sólo las medidas extraordinarias que se tomen dentro y fuera de países como la India pueden evitar que una situación como la que ha provocado el coronavirus se convierta en una crisis aún mayor entre las personas que están más expuestas a perderlo todo y a sufrir doblemente esta pandemia.

Cuarentena: cuando la casa no significa protección

Por Viviana Santiago, Gerente de género e influencia de Plan International Brasil

Una joven de 17 años en su casa de la provincia rural de Maranhão

 

Ya todo el mundo lo sabe: convivimos con la pandemia del COVID-19 y sus impactos. El coronavirus representa un desafío a la salud pública, para las autoridades y toda la población. En los últimos días, hemos visto que en muchos países ya se han decretado medidas oficiales que limitan la circulación de la gente para intentar prevenir la propagación del virus. Empleados y empleadas trabajando desde la casa; restaurantes, bares, cines, teatros y tiendas cerradas; niñas, niños y adolescentes en casa debido al cierre y paralización de escuelas y actividades recreativas en organizaciones, asociaciones y espacios comunes. Quédate en casa. Esa es la recomendación.

El hogar es el lugar en el que todos y todas debemos estar para atravesar esta situación de forma segura. Estar en casa significa, por encima de todo, la certeza de tener tranquilidad en un espacio de cuidado y aprecio. Significa no desplazarse y no interactuar con personas fuera del círculo familiar. Debería significar protección. Y podría significarlo si la casa no fuera también, para muchas niños, niños y adolescentes, un espacio de violencia.

Mantener a niñas, niños y adolescentes en casa es una medida que conlleva el riesgo de aumentar tensiones intrafamiliares y una sobrecarga de trabajo doméstico para las mujeres adultas y las niñas. Las niñas –que suelen ser consideradas adultas en miniatura- experimentan desde muy pequeñas los impactos de lo que es percibido como natural en la vida de las mujeres. En los hogares marcados por violencia intrafamiliar, que suele afectar más a las mujeres y niñas, este período de confinamiento en casa eleva las condiciones de tensión que pueden llevar a la ruptura de una ya de por sí débil dinámica familiar y traer serios riesgos de violencia. Hay inumerables casos en los que niñas, niños y adolescentes han podido salir de situaciones de violencia en casa porque esa violencia ha sido detectada a través de interacciones con la escuela, a través de consultas básicas en unidades de salud, visitas médicas, proyectos y actividades socio- educativas realizadas por organizaciones de la sociedad civil. Muchas veces, los adultos notan los signos de violencia. Otras veces, son las niñas, niños y adolescentes quienes, al sentirse en espacios y relaciones seguras fuera de casa, indican que sufren episodios violentos en su familia.

En Brasil, cada hora, cuatro niñas menores de 13 años sufren violencia sexual, según estadísticas del Foro de Seguridad Pública de Brasil. Las niñas menores de 13 años representan más de la mitad (54%) de las víctimas de las 66.000 violaciones registradas en el país en 2019. Se estima que hay alrededor de 500.000 casos de violencia sexual al año y que sólo el 10% es reportado. De acuerdo a estudios, la mayor parte de las víctimas son violadas por personas que conocen y la violencia ocurre dentro de sus casas, en sus familias.  Es por ello que es necesario tener en cuenta que las medidas de protección del coronavirus que aislan a niñas, niños y adolescentes también conllevan repercusiones significativas que no deben ser ignoradas y necesitan ser abordadas lo antes posible.

La cuarenta mantiene a niñas y niños lejos de los espacios extra familiares y de las relaciones que son esenciales para reconocer y prevenir círculos continuos de violencia en la casa. Se trata de enfatizar que las medidas relacionadas con la pandemia no deberían ser tomadas sin tener en cuenta un contexto analítico profundo que garantice la protección de niñas, niños y adolescentes. Que el Estado garantice sus derechos para vivir libres de violencia y que garanticemos nuestro rol estipulado en el Artículo 229 de la Constitución Federal de Brasil: “Es nuestro deber el asegurar el derecho a vivir, a tener salud (…) a cada niña, niño, adolescente, con absoluta prioridad,  y ponerlos a resguardo de todas las formas de descuido, discriminación, explotación, violencia, crueldad y opresión”.

 

 

 

 

Nueve años de guerra en Siria: de la pérdida a los sueños sin fin, la historia de Nour

Por Lina Alqassab y Rasha Alsabbagh, UNICEF Siria

Mi mayor pérdida fue mi madre. Nos quería muchísimo”, cuenta Nour, de 16 años. Pero la muerte de su madre es solo una de las muchas pérdidas a las que se ha enfrentado ya, más que los años que tiene.

En 2011 la violencia obligó a Nour y su familia a huir de su hogar, en un barrio de Homs, Siria. Buscaron refugio en Ar-Raqqa, al noreste del país.

Nueve años de guerra en Siria: de la pérdida a los sueños sin fin, la historia de Nour

Nour frente a su casa en Homs (Siria), destrozada por la guerra. /©UNICEF/Syria/2020/ Abdulaziz-Aldroubi

“Nos apretujamos todos en un coche, apenas teníamos espacio para todos”, recuerda. La familia fue la penúltima que abandonó la zona.

“Estar fuera de casa, lejos de mis vecinos y mis amigos, no fue fácil. Me sentía aislada”.

Nada más llegar a Raqqa, los padres de Nour matricularon a sus hijas en la escuela. Estaban decididos a asegurarse de que sus niñas continuaban su educación, y querían devolver algo de normalidad a sus vidas. Pero la normalidad duró poco, y en 2013 la madre murió a causa de un cáncer.

Un año después, el padre de Nour tuvo que tomar una decisión muy dura. La envió de vuelta a Homs. Tuvo que mandarla de una ciudad asolada por la guerra a otra para que recibiera la atención médica que necesitaba. En Raqqa Nour, que sufría grandes dolores en su rodilla derecho, soportó la agonía de numerosas visitas médicas y la ausencia de un nivel adecuado de atención sanitaria.

En 2015, en ausencia de su madre, Nour fue a Homs con su tía para que la vieran más médicos. Allí sufrió otra pérdida. Le tuvieron que amputar la pierna derecha debido a complicaciones médicas. Nour se quedó con su tía para recuperarse.

Pasó los dos años siguientes lejos de su padre y hermanas. No iba a a escuela. Perdió años de aprendizaje a la vez que aprendía ella sola a gestionar la pérdida de su pierna.

“Tuve que acostumbrarme a caminar con muletas, y también a las miradas de la gente”, recuerda. “Pero la vida sigue. Nunca pondré límites a mis sueños”.

Gracias a esta actitud y a su determinación, pudo superar todas las dificultades. En 2017, aprovechando un respiro del a violencia, su padre y sus hermanas volvieron a asa. Con su apoyo, y gracias a un programa de UNICEF de aprendizaje intensivo, Nour volvió a la escuela. Ahora recupera los cursos perdidos mientras su padre trata de reconstruir su hogar.

“Soy muy optimista, sé que la educación puede ayudar a los niños a cumplir sus sueños”.

A Nour le gustaría continuar con su educación. Sueña con ser psicóloga para ayudar a su comunidad. También cree que el apoyo psicológico puede ayudar a aliviar el impacto que están teniendo sobre los niños los ya 9 años de un conflicto brutal.

364 días para seguir avanzando

Por Alfonso Hernández, portavoz de Campañas de Sonrisas de Bombay

“Yo solía ser muy tímida y callada, casi no hablaba con nadie. Pero ahora tengo confianza en mí misma y hablo con cualquiera. Nunca pensé que siendo ama de casa algún día llegaría a ser profesora, y que en mi barrio me reconocerían por la calle.

Quien dice estas palabras es Manda Baburao, una maestra india de 39 años que trabaja en un parvulario de Sonrisas de Bombay. Ella es una de las muchas mujeres para las cuales un trabajo es mucho más que una forma de ganarse la vida. Significa ser respetada y valorada por la sociedad. Lo contrario supondría estar silenciada, prácticamente no existir.

Manda siempre había querido dedicarse a la enseñanza y educar niños en un parvulario, pero para llegar hasta ahí tenía que superar una serie de obstáculos que los hombres no encuentran. Se topó con el primero nada más casarse. Su vida tenía a ser lo que se esperaba de ella: ser una buena esposa y madre, cuidar de la casa y servir a su marido. El segundo, la formación. Nadie le había preguntado si quería seguir estudiando, simplemente el futuro lo deciden otros. El tercero, su familia; la presión social para casarse… Y así sucesivamente.

En la sociedad india, como en otras muchas, los esquemas tradicionales están tambaleándose ante una ola imparable. Una ola que viene cargada de igualdad, de derechos y lo más importante: de una convicción radical de justicia. Por eso también es una ola silenciosa y pacífica. La victoria de esta lucha es precisamente su naturalidad. Es inevitable.

Cada vez más mujeres en la India están asumiendo y comprendiendo que son iguales y tienen los mismos derechos reales que los hombres. Asumen cada vez más protagonismo sobre sus vidas, con o sin permiso. Un signo de que algo está cambiando en la compleja sociedad india es, precisamente, que los hombres comienzan a apoyar o al menos no obstruyen a la mujer, de la misma manera que las familias son cada vez más comprensivas y tolerantes con la voluntad de sus hijas y lo que quieren hacer con sus vidas.

Al menos ha sido así para Manda y muchas de sus compañeras en otros parvularios. Ellas son la primera generación de mujeres que se han puesto a trabajar y no han pedido permiso a sus maridos. Pero esto sigue siendo poco frecuente en un país en el que solo el 41% de las mujeres admiten tener libertad de movimiento y poder ir libremente a cualquier parte; donde el 53% tiene acceso y maneja una cuenta bancaria personal o un escaso 46% tiene su propio teléfono móvil*.

Manda y sus compañeras han tenido que romper sus propios prejuicios, su inseguridad, atreverse a hacer algo que antes ninguna mujer en su familia había hecho. Y las fuerzas para dar ese paso provienen de una lucha compartida que se ha ido fraguando a lo largo de las generaciones. Insistiendo para ir a la escuela, negándose a aceptar un matrimonio concertado, no conformándose con un futuro ya marcado. Convenciendo a sus familias y maridos para seguir sus propios caminos. Escapando de la violencia, de una eventual red que acabara explotándolas con fines sexuales… En definitiva, recordando las injusticias que sufrieron sus madres, abuelas y bisabuelas y construyendo un camino con su legado.

Por eso es tan importante para Manda no su profesión, fuese maestra, cocinera o abogada. No el qué sino el cómo ha llegado hasta ahí y lo que simboliza. A partir de Manda ya nada será igual, porque sus hijas crecerán en otro sistema de valores, que las generaciones anteriores fueron tejiendo a base de muchas derrotas y algunas victorias.

El Día de la Mujer, en la India, se celebra la lucha silenciosa de millones de mujeres que han removido los cimientos sobre la igualdad de género en este país. Queda mucho por hacer aún, y para eso está el resto del año. Como dice Manda, “a las mujeres siempre nos dan órdenes, nos dicen que hay que hacer esto o lo otro. Yo pienso que las mujeres tenemos que ser respetadas siempre y que eso se tiene que celebrar todos los días. Celebrar el Día de la Mujer sólo durante un día no es suficiente“. En efecto, hay que luchar todo el año.

* (National Family Health Survey-4. Ministry of Health and Family Welfare. Gobierno de India).

Vivir al borde del vertedero

Por Alfonso Hernández, responsable de Comunicación de Sonrisas de Bombay

Govandi es uno de los barrios más pobres de Bombay. La gente suele asociar este barrio con nada especial salvo su proximidad con Deonar, el vertedero más grande de la ciudad y uno de los más grandes de toda Asia, que recibe 5.500 toneladas de desechos a diario en sus más de 130 hectáreas de extensión, equivalente a unos 180 campos de fútbol. Justo al lado de este megavertedero se levanta un slum, en el cual vive el 11% de habitantes de los slums de Bombay. Estamos hablando de aproximadamente 575.000 personas. Como si toda la ciudad de Málaga viviera en chabolas.

Nadie quiere vivir en Govandi ni estar cerca del vertedero de Deonar. Por eso es una de las pocas zonas de la hiperpoblada y carísima Bombay – la segunda ciudad más cara del mundo, según Forbes – con espacio para que los últimos que llegan a la ciudad puedan levantar algo parecido a una casa. Unas cuantas planchas de chapa es lo máximo que pueden permitirse estas familias, y esperar mejores perspectivas de futuro. Por desgracia, en el mejor de los casos sus habitantes consiguen malvivir pidiendo dinero en las calles, recogiendo basuras, chatarra o como jornaleros de día. No hay muchas perspectivas de bienestar si tienes que sobrevivir de lo que ofrece un vertedero.

Los niños, por su parte, tampoco tienen muchas probabilidades de salir de ese entorno, ya que a partir de los 4 o 5 años acompañan a sus padres en el vertedero. No es que las tasas de abandono escolar sean sangrantes, sino la escolarización en sí. Hasta los 6 años, cuando comienza la educación primaria obligatoria, los niños tienen tiempo para asimilar y aceptar al vertedero como una fuente de supervivencia, como una posibilidad – incómoda pero real – de ganarse la vida igual que sus padres. De forma que cuando comienzan primaria puede ser demasiado tarde para romper esa relación de dependencia que al mismo tiempo los está excluyendo de un futuro con más oportunidades.

Vivir al borde del vertedero es vivir con 30, 50 euros al mes, cuando el alquiler de una de estas infraviviendas puede costar 400 euros al mes. Una situación de extrema vulnerabilidad y de extrema desigualdad. A unos cuantos kilómetros de Govandi, en los barrios de Worli, Altamount o Malabar Hill, el precio del metro cuadrado es mayor que en Nueva York, y en uno de estos barrios se encuentra la residencia privada más cara del mundo, después del palacio de Buckingham. Su valor: 689 millones de dólares.

Lógicamente, en este paraíso de la desigualdad es donde más sentido tiene actuar para una ONG. En Govandi, Sonrisas de Bombay cuenta con seis parvularios, concretamente en Deonar, Chedda Nagar y Sathe Nagar. También en Govandi comenzamos a actuar, en 2018, en una escuela pública de primaria, Shivajirao Shendge, facilitando becas a 30 niños y niñas de estas familias vulnerables.

Hoy 20 de febrero, Día Internacional de la Justicia Social, desde Sonrisas de Bombay queremos poner el foco en este tipo de realidades incómodas de extrema desigualdad. Donde los desperdicios que arrojan los 557 multimillonarios que viven en Bombay son el medio de vida para más de 15 millones de personas que viven en slums, en la misma ciudad.

“Estoy orgullosa de no haber sido sometida a MGF, y no me da vergüenza”

Débora, de 26 años, es una de las caras visibles de la lucha contra la Mutilación Genital Femenina (MGF) en su país, Sierra Leona. A los 12 años, cuando su familia intentó obligarla a someterse a Mutilación Genital Femenina, la joven se escapó de su casa.

Al norte de su país, más del 96% de las niñas son obligadas a someterse a esta práctica que tiene consecuencias físicas y psicológicas en quienes la sufren. Tradicionalmente, la Mutilación Genital Femenina es considerada una parte esencial de la iniciación de las chicas en la sociedad Bondo, una sociedad antigua y tradicionalmente femenina.

Tras haber encontrado un espacio seguro en uno de los refugios en los que Plan International trabaja, a los 16 años, esta joven empezó a movilizarse contra esta práctica, algo que sigue haciendo a día de hoy. Su sueño es convertirse en abogada de Derechos Humanos para poder luchar por los derechos de las niñas y protegerlas de las consecuencias de la Mutilación Genital Femenina.

“En mi familia hay muchas Soweis, que son las mujeres cuya opinión tiene mayor peso dentro de la sociedad Bondo. Mi abuela, mi tía y otras mujeres de mi familia son cortadoras. Por eso, nadie dudaba de que yo me iba a someterme a la MGF y también me iba a iniciar en la sociedad Bondo. Aunque tuve muchísima presión para unirme a esta sociedad porque soy la única chica de ocho hermanos, era consciente de que la Mutilación Genital Femenina era algo malo, así que me negué. Cuando intentaron obligarme, me escapé.

Después de escapar, la vida no fue fácil. Me refugié en una casa, lejos de mi hogar y, aunque hablé con mi madre, ella nunca pudo entender mi punto de vista, así que se negó a hacerse cargo de mí. Conseguí quedarme en un espacio habilitado por Plan International, que se convirtió en mi hogar hasta que terminé la escuela.

Aun así, sufrí mucho acoso escolar porque no era parte de la sociedad Bondo. Mis compañeros me decían que, si no me iniciaba, no estaba ‘completa’, que estaba ‘sucia’ y que, si no me sometía a la Mutilación Genital Femenina, me volvería promiscua. Afortunadamente, tenía la suficiente confianza en mí misma para poder soportar ese tipo de comentarios.

Sin embargo, al contrario que en mi caso, hay muchas chicas que se avergüenzan y temen hablar sobre Mutilación Genital Femenina porque, al hacerlo, reciben comentarios negativos y amenazas.  Yo misma me he enfrentado a muchos obstáculos, pero, aun así, no tengo miedo de hablar abiertamente sobre la MGF. No dejo que las palabras de la gente me afecten, porque, si haces caso a todo lo que dicen, no podrás hacer nada. Y aunque soy la única persona en mi familia que no forma parte de la sociedad Bondo, me siento muy afortunada. Estoy orgullosa de no haber sido sometida a MGF y no me da vergüenza decirlo.

Sin embargo, mi país necesita erradicar la Mutilación Genital Femenina definitivamente. Hay muchas Soweis en nuestra ciudad y algunas de ellas son muy jóvenes. Incluso hay Soweis de tan solo seis o siete años, y eso se debe a que tienen familiares que también lo son y transmiten esta tradición a sus hijas. Muchas niñas abandonan la escuela porque sus familias piensan que la sociedad Bondo es más importante que su educación.

Hemos animado a muchas de ellas a venir a la casa segura de Plan International para que tengan más información sobre la MGF. A pesar de nuestros esfuerzos, algunas de ellas no se quedan con nosotras ni una hora, porque están tan inmersas en la sociedad Bondo que quieren irse cuanto antes.

Algunas jóvenes piensan que ser Sowei es un privilegio y un honor, pero otras se ven obligadas a hacerlo. La sociedad ejerce mucha presión sobre ellas, y pocas personas se atreven a romper los estereotipos. En mi opinión, sin embargo, lo único que hacen es engañar a las personas y destruir la vida de las niñas. Muchas chicas mueren a causa de la Mutilación Genital Femenina, una práctica muy común, sobre todo, en los pueblos. Una práctica que está destruyendo el futuro de las niñas y las jóvenes.

La última vez que visité mi aldea natal, uno de mis tíos me dijo que la gente de mi comunidad piensa que todavía soy una niña porque no he sido iniciada, así que podrían intentar forzarme cuando me vean. Mi abuela, que también era Sowei, siempre decía que yo era una bruja, porque no accedí a ser mutilada.

Este es el tipo de actitudes que estamos intentando cambiar. Si no seguimos trabajando con las comunidades, las niñas seguirán siendo las más perjudicadas. Hay muchas chicas que ni siquiera son conscientes de las consecuencias negativas de la Mutilación Genital Femenina. Muchas de ellas enferman después del rito de iniciación. Hay también casos de infecciones. Y, si preguntas en los hospitales de las aldeas, descubrirás que muchas han perdido la vida durante el parto a causa de la MGF.

Aun así, en algunas comunidades es muy complicado hablar sobre la mutilación genital. Hay personas que piensan que estamos intentando acabar con nuestra sociedad, pero lo único que queremos es erradicar la Mutilación Genital Femenina. Por eso, cuando nos reunimos con personas que no nos conocen de antes, no les decimos en un primer momento que queremos hablar sobre MGF. Lo tenemos que hacer poco a poco.

He hablado con muchas chicas que no quieren ser parte de la sociedad, y se lo dicen a sus padres, pero no les escuchan. Yo también soy madre, y me encantaría poder conocer a los padres de esas niñas para decirles que deberían proteger a sus hijas y conocer sus inquietudes.

En Sierra Leona, muchos padres no escuchan a sus hijas y te dicen que: “Como eres mi hija, tengo derecho a hacerte cualquier cosa”. Pero estamos en el siglo XXI y el mundo avanza todos los días. Las voces de las jóvenes deben ser escuchadas, especialmente las de las niñas. Si fuera así, todos estaríamos mejor. Lucharé por los derechos de las niñas hasta que las cosas cambien”.