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Por aquí han pasado cooperantes de Ayuda en Acción, Cruz Roja, Ingeniería Sin Fronteras, Unicef, Médicos del Mundo, HelpAge, Fundación Vicente Ferrer, Médicos Sin Fronteras, PLAN
Internacional, Farmamundi, Amigos de Sierra
Leona y Arquitectura sin Fronteras.

El ‘precio’ de un parto si eres una refugiada en Líbano

Por Marina Juan, delegada de Cruz Roja Española en Líbano.

El hospital de Balsam, al sur, se encuentra situado en el campo de refugiados palestino de Rachidyeh. Construido en la década de las 90, fue durante los últimos años de la guerra civil libanesa de los pocos hospitales en funcionamiento en la región de Sour, al sur del país con frontera con Israel.

Mariam, trabajadora social del centro, es la encargada de seleccionar los casos sociales de mujeres en situación de vulnerabilidad “desde hace ocho años, coincidiendo con la guerra en siria y el aumento de refugiados que se asientan alrededor del campo, han aumentado considerablemente el número de mujeres que no pueden hacer frente al pago de los servicios al parto.

El precio de un parto, en el hospital (hospital de la Media Luna Roja palestina) asciende a uno 500 dólares. ¿Quién podría hacer frente a ese precio cuando no se tiene trabajo ni ningún tipo de ingreso?”- se pregunta, casi a si misma-.

En Balsam atienden unos 150 partos mensuales, de ellos, un 10% son cubiertos, previo estudio de caso social, gracias a ayudas recibidas por financiadores como la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha.

La situación de la población refugiada (siria y palestina) en Líbano, nos explica Mariam, es de extrema vulnerabilidad “la población refugiada no puede acceder al mercado laboral y por tanto el no tener unos ingresos estables les lleva a vivir en situaciones y condiciones precarias; además la situación administrativa irregular en la que viven la mayoría de ellos les impide moverse con libertad por el país. Todo esto dificulta el acceso a los servicios de básicos de salud. Que una mujer no pueda dar a luz en calidad y garantías es preocupante”.


* Cruz Roja tiene un proyecto de apoyo en la asistencia obstétrica y ginecológica a mujeres vulnerables sirias, palestinas y de las poblaciones de acogida afectadas por el conflicto en Siria financiado por Junta de Comunidades de Castilla la Mancha.

La “madre psicóloga” de los niños afectados por el ébola en RDC

Por Yves Willemot, jefe de comunicación de UNICEF en República Democrática del Congo.

“Los niños me hacen muchas preguntas sobre la enfermedad y por qué ellos están aquí”, explica Sylvie Waridi, psicóloga del centro de tratamiento del ébola en Beni, en el este de República Democrática del Congo (RDC).

Sylvie es una de los 150 trabajadores psicosociales formados por UNICEF para dar apoyo a los afectados por el virus del ébola. Ella es la responsable de proporcionar asistencia psicosocial a los niños que reciben cuidados en el centro de Beni. “Hablo con ellos, les consuelo y escucho sus preocupaciones”, explica Sylvie.

Cada vez que damos de alta a un niño nos llena de alegría

La psicóloga atendió a Gloria* y Emmanuel*, mellizos de ocho años. Los dos fueron admitidos en el centro y puestos en observación tras mostrar síntomas que podrían sugerir la presencia del virus. “No fue fácil para ellos comprender qué estaba ocurriendo. Afortunadamente, se pudieron apoyar el uno al otro”.

La madre de los pequeños estaba completamente destrozada y creía que iban a morir. “El padre, sin embargo, mantenía la esperanza. Cada mañana llegaba hasta la valla y se quedaba hasta la caída de la noche, dando por hecho que sus hijos podrían verle”, cuenta Sylvie.

Tras seis días de observación y dos tests negativos, se confirmó que ninguno de los mellizos tenía el virus. “Cada vez que damos el alta a un niño nos llena de alegría”.

La “madre psicóloga” de los niños afectados por el ébola en RDC

Sylvie, con los mellizos que acaban de salir del centro de ébola en Beni /UNICEF/DRC/2018/Naftalin

Para la psicóloga, este momento marca el comienzo de una nueva fase de su trabajo. Es entonces cuando debe recordar a los niños, con palabras sencillas, qué les ha ocurrido y qué pueden esperar. “Cada niño al que se da el alta busca contacto físico”, explica. “Tenerles en nuestros brazos les da la fuerza y la confianza para lo que viene después”.

Y es que el riesgo de estigmatización a quienes salen del centro de ébola es muy alto, y la vuelta a casa no siempre es fácil. Sylvie visita regularmente a Gloria y Emmanuel para asegurarse de que les han recibido bien. “Tienes que explicar a los vecinos en qué consiste la enfermedad, por qué los niños ingresaron en el centro y por qué ahora han regresado con su familia”.

En las últimas semanas, Sylvie ha visto llegar a más niños al centro. Afortunadamente, también ha visto cómo muchos lo abandonaban al no estar infectados.

*Nombres cambiados para proteger la identidad de los niños.

El esfuerzo ha merecido la pena

Por Silvia García, economista cooperante del proyecto de comercio justo de la Fundación Vicente Ferrer.

Cuesta ponerse a resumir lo que ha sido tu trabajo y en definitiva tu vida durante un período tan largo. Me preparo un cafelito, me siento y me traslado mentalmente al IDT -proyecto de comercio justo de la Fundación Vicente Ferrer- que conocí nada más llegar y al IDT que dejo estos días. Hemos avanzado mucho y en muy poco tiempo, lo que me hace pensar que el esfuerzo ha merecido la pena.

Con muy pocos recursos hemos conseguido mucho. Hemos sido capaces de entrar como miembros definitivos de la Organización Mundial de Comercio Justo y hacer un proyecto de artesanías sostenible que ha mejorado sustancialmente la vida de más de 300 mujeres con discapacidad.

He trabajado como coordinadora de artesanías y comercio justo de la Fundación Vicente Ferrer en India durante tres años y medio y, a pesar de ser un trabajo precioso, no ha sido nada fácil. Tengo la sensación de que siempre queremos cambiar las cosas, que todo vaya mejor y más rápido, dejar nuestra huella. Pero a la que llegas a Anantapur enseguida te das cuenta de que todo aquí tiene su ritmo, sus plazos, su forma y su lógica.

Hemos sido capaces de entrar como miembros definitivos en la Organización Mundial de Comercio Justo, mejorando la vida de más de 300 mujeres

Desde el principio tuve muy claro que para poder aportar algo, lo primero que tenía que hacer era desaprender mi propia manera de hacer las cosas y poner mucha atención en cómo realiza su trabajo las personas de aquí. Bajo mi punto de vista, solo entendiendo su forma de procesar la información y de actuar, iba a ser capaz de hacer pequeñas mejoras.

Mi labor parecía más la de una cirujana que meticulosamente va diseccionando por partes a un paciente que la de una economista. Desgrané cada una de las áreas hasta poder entender qué hacía falta. El resto del trabajo y lo que faltaba por venir se convirtió en un gran reto.

El trabajo que he realizado en handicrafts ha consistido principalmente en dar apoyo a mi compañera Safia Begum. No me gusta usar la palabra empoderamiento en el caso de una mujer tan potente como ella, pero si tuviera que definir nuestra relación laboral, mi parte ha sido de coaching y asesoramiento en gestión empresarial para que ella acabara tomando decisiones fundamentadas en criterios técnicos. Intentar que salga adelante el trabajo requiere de mucha paciencia y pedagogía, de hacer preguntas constantemente e ir canalizando las respuestas hasta lograr que el trabajo se realice conjuntamente con el equipo indio. Para mí, el éxito de este proyecto ha sido precisamente ese, el crear una sinergia con personas que tanto cultural como socialmente estamos a años luz, evitando actitudes invasivas por nuestra parte y creando puentes.

Estoy muy enamorada de este proyecto y sé que, de una forma u otra, siempre estaré vinculada a IDT y a sus mujeres

Tenemos que tener en cuenta que el personal que trabaja en IDT no ha tenido una educación reglada, no son profesionales, son sobre todo mujeres que han ido aprendiendo con la experiencia, de los errores y de muchos granitos de arena a lo largo de los años. Con todo ello, han sido capaces de poner en funcionamiento 11 talleres (7 técnicas artesanales distintas), y un volumen de facturación de más de 200.000 euros. Por lo tanto, en términos empresariales, se podría considerar que este proyecto ha sido y sigue siendo un éxito.

En mi caso, además he tenido la gran suerte de contar con un equipo de personas que se han implicado en el proyecto tanto como yo. Me refiero al voluntariado con el que he trabajado. Cada persona ha representado un aporte imprescindible en cada una de sus áreas, desde producción y marketing al área social o administrativa, sin dejar de lado el diseño y la calidad. Yo solo he intentado hacer una radiografía correcta de cada situación (al tener una visión más global) y coordinar así todas las áreas de IDT.

Por lo que respecta a la parte más personal, he tenido días de todo tipo y de todos los colores. Días en los que todo sale bien y días de estrés absoluto. En cualquier caso, los días más intensos fueron aquellos en los que te das cuenta de que sí, de que merece la pena, de que el trabajo que estamos haciendo va en la dirección correcta. Esos días son los mejores porque tienes la sensación de que tu trabajo y tantas energías invertidas en el proyecto, pues sirven para algo.

Me voy con un sentimiento muy positivo y muy emocionada por la reacción de quienes me han acompañado en la India. Me he sentido muy arropada, valorada y querida. Evidentemente, para mí, eso es lo más importante. Estoy muy enamorada de este proyecto y sé que de una forma u otra siempre estaré vinculada a IDT y a sus mujeres.

La silenciosa lucha contra el olvido de las mujeres refugiadas en Grecia

Texto y fotografías: Beatriz Garlaschi Rodríguez, Cruz Roja Española. Atenas, 10 de Agosto de 2018

Verano de 2018, Grecia. En este país balcánico viven alrededor de 60.000 personas refugiadas, y aunque las cifras de llegadas a las islas del mar Egeo han caído durante 2018, todavía hoy, decenas de personas se embarcan en Turquía en lanchas endebles y llegan a las idílicas Quíos o Lesbos, lejos de la atención de los grandes medios de comunicación.

Cruz Roja trabaja con personas que han tenido que huir de países como Sudán, Siria, Afganistán o Irak, y en ambos lados del Mediterráneo. No solo es en España donde trabajamos, Grecia es otro de esos lugares en los que se extiende la actividad de la organización con las personas refugiadas. Cada día escuchamos las historias de naufragios, de las pocas posibilidades que tienes de mantenerte a flote en el mar, de noche, solamente con tu suerte como equipaje. Son relatos que no dejan de conmovernos.

Nuestra obligación es hacer de altavoz de este sufrimiento. Se trata de seres humanos con un futuro incierto: la mayoría no podrá volver a sus pueblos y ciudades de origen, y una vez desembarcados en Europa, es difícil terminar de llegar a corto plazo.

Las organizaciones humanitarias tenemos la obligación de hacer de altavoz del sufrimiento de las personas refugiadas.

Es una lucha callada e invisible para todas las personas refugiadas, pero sobre todo para las miles de mujeres afganas, iraquíes o sirias que, solas o acompañadas por sus maridos u otros familiares, buscan una forma digna de subsistir en Grecia.

En el Centro de Multiactividades de Cruz Roja* ubicado en el corazón de Atenas, seis mujeres, procedentes de Afganistán, Irak, Siria y Armenia nos cuentan cómo es su vida en la capital griega. Este centro es un oasis en medio de la locura de la ciudad. Aquí, las personas refugiadas se sienten a salvo, protegidas, y reciben asesoría legal, ropa, o simplemente vienen a descansar un rato de la caótica ciudad.

Para Tina Agerbak, jefa de la delegación de la Cruz Roja Danesa en Grecia, “además de la asesoría paralegal o el apoyo psicológico, las personas que vienen al centro valoran también la tranquilidad de encontrarse en un sitio protegido, poder tomar un té o encontrar con quién charlar”.

Duha, Neda, Naira, Hamida, Manal y Nour, desconocidas entre ellas hasta hoy (salvo Manal y Nour, que son amigas sirias), entrelazan los relatos de sus vidas, deteniéndose en las coincidencias de sus experiencias, en el trato recibido en determinados sitios, en los detalles de la peligrosa travesía por el mar. Cuando están acompañadas de sus maridos, es muy difícil que las mujeres refugiadas cuenten cómo se sienten sin interferencias ni interrupciones. Es solo en las actividades entre mujeres cuando son capaces de revolver en sus recuerdos y poner voz a emociones y vivencias muy fuertes que se mantienen latentes en su día a día.

“Cuando están acompañadas de sus maridos, es muy difícil que las mujeres refugiadas cuenten cómo se sienten sin interferencias ni interrupciones”

Para Manal, este centro de Cruz Roja es un alivio, pues es un lugar de referencia en el que encuentran caras amigas y ayuda: “Si no fuera por sitios como éste no sé qué sería de nosotras”. Todas ellas son mujeres migrantes o refugiadas de la guerra, de la violencia generalizada de grupos armados, y algunas, hasta refugiadas del maltrato de sus propias familias, como Neda, de Afganistán.

Entre las dificultades con las que se encuentran las personas
refugiadas en Grecia, está la gestión de multitud de trámites hasta alcanzar su estatus de solicitante de asilo. Es algo que lleva mucho tiempo y esfuerzo y en lo que también es necesario apoyar para que su integración sea más rápida. En la foto, proceso de entrega de artículos de higiene en un campo de refugiados.

CUANDO NO PUDISTE SER NIÑA

Neda pasaría por ser una chica griega, con vaqueros, mochila, camiseta y coleta, pero no, es una chica afgana de 27 años y su vida es un largo listado de sufrimientos y situaciones inhumanas, por ser refugiada pero también por ser mujer. Una mujer superviviente cuya fuerza interior le ha hecho renacer de un verdadero infierno que comenzaba en su propia familia.

“Me quedé embarazada con 13 años, y yo no sabía nada de la vida. No entendía cómo era un embarazo, nadie me lo había explicado”.

Neda viajó a Irán cuando tenía nueve años, pero allí le fue muy difícil vivir como niña refugiada: “Nunca pude ir al colegio, ni a la universidad, y tampoco pude trabajar en ese país. Siempre estuvo en mi mente la idea de irme. Las mujeres no tienen derechos en ese país. Con tan solo nueve años me obligaron a llevar el Nikab, a mí no me gustaba, y me rompieron un dedo como lección para que no me lo quitara. Me violaron con nueve años también…”, nos cuenta Neda mientras clava su mirada en sus atentas interlocutoras.

“Con 13 años me obligaron a casarme, el chico tenía 36, y tenía otras mujeres. Me quedé embarazada siendo menor de edad, y yo no sabía nada de la vida. No entendía incluso cómo era un embarazo, nadie me lo había explicado. Aborté, el niño murió”.

Hay muchas maneras de vivir tu infancia, también tiene malos recuerdos de su niñez Manal, siria, de Damasco: “No tengo ningún recuerdo bonito de mi infancia, no me acuerdo de nada, incluso cuando era niña tuve que cuidar de cuatro hermanos”, cuenta con amargura. Nour, de Raqqa, Siria, 27 años, que llegó hace seis meses a Grecia, después de un largo camino con una lista de dificultades e incidentes enormes, empezando por la toma de Raqqa por parte del Estado Islámico, cuenta, sin embargo, que echa de menos todo de Siria y de su niñez: “Tuve una buena infancia, la vida no era tan difícil como lo es aquí, aquí en Grecia estoy viviendo los peores momentos de mi vida”.


“Mi vida era nada, y sigue siendo nada”, dice Manal: “Mi familia me sacó de la escuela y me casó con un hombre que ya tenía cinco hijos, yo tenía que hacer todo, en casa, en el negocio, todo. Tuve una hija, pero terminé divorciándome”.

Una Neda ya adolescente, con 15 años, después de que su marido la pegara y de denunciarlo a la policía sin éxito, fue condenada a ser enterrada y lapidada por su propia familia. Consiguió divorciarse, pero lo peor es que el sufrimiento venía desde dentro de la familia: “La gente de mi propia sangre fue quien más me hizo sufrir”. Y decidió escapar: “Quería encontrarme a mí misma. Yo no podía hacer todo lo que me decía un hombre, llegué a no saber quién era realmente. Y decidí marcharme, quería ser yo, no vivir para un hombre, ni para una familia, ni para un gobierno, ni para nadie”.

“He empezado a escribir sobre mi vida”, cuenta con un gran suspiro, haciendo una pausa en su relato. “Y me pregunto qué será lo siguiente, pero para mí, lo siguiente es vivir la vida como la vivo ahora, porque no tuve infancia, es como si estuviera naciendo en este momento… Gracias por dejarme abrir mi corazón y que otros puedan conocer mi historia”.

Hay muchas guerras diferentes. Tu propia guerra puede estar en tratar de escapar de un marido al que no quieres porque en realidad te han casado con 13 años y, a esa edad, el matrimonio es una aberración. Neda pasó por todas estas batallas, y de todas consiguió escapar.

Mientras Neda prosigue con el relato de su experiencia, Naira, de Armenia, dos niños, otra de las mujeres migrantes que ha llegado hasta Grecia, no es capaz de asimilar la lista de dramas relatados por su compañera afgana. No hay dos vidas iguales: “Mi vida es muy distinta”, nos comenta Naira entre lágrimas después de escuchar la historia de Neda. “Soy migrante en Grecia por casualidad, por haberme casado con un hombre de Costa de Marfil a quien no le está permitida la entrada en mi país. Pero mi existencia actual en Grecia, aunque no haya vivido los dramas de Neda (había oído cosas, pero conocer a alguien tan de cerca que haya pasado por todo esto me rompe el corazón) también difiere mucho de mi vida anterior en Armenia cuando trabajaba como investigadora y periodista. Es muy difícil todo cuando ya te han etiquetado como migrante”.

Desde Siria e Irak: recordando cómo tu vida puede saltar por los aires en cuestión de días

Naira y Neda son dos versiones muy diferentes de las vidas de personas migrantes y refugiadas, cada una es única y sus historias, con menor o mayor sufrimiento (un sufrimiento difícil medir realmente) están llenas de recovecos y vicisitudes. Para Duha, Irak, 21 años y una niña de un año con una enfermedad cardiaca, llegó de Irak a Grecia en 2017 después de dos intentos, la primera vez por tierra y la segunda, por mar.

El peor recuerdo de Duha está en su travesía marítima hasta llegar a Grecia: “Estábamos completamente solos en el mar, de noche. Estábamos perdidos. Las olas eran enormes e inundaban la barca”. Tuvieron la suerte de que un barco alemán pudo rescatarlos, mientras la guardia costera griega los acompañó después hasta la isla de Samos. “Por eso ya no me gusta el mar, incluso durante el día no puedo verlo”, nos cuenta esta joven mujer de ojos verdes, como ese mar al que no puede mirar.

Depender de las organizaciones humanitarias, al contrario de lo que se pueda pensar, te ayuda, pero también te convierte en alguien dependiente del apoyo externo, lo que limita tu autonomía personal.

La vida de Duha y su familia en Samos estuvo llena de dificultades, luego se trasladaron a Atenas. Su trayectoria ha sido una sucesión de situaciones siempre al amparo de organizaciones humanitarias, lo cual, al contrario de lo que se pueda pensar, te ayuda, pero también te convierte en alguien dependiente del apoyo externo, lo que limita tu autonomía personal.

Ya hace un año de la llegada de Duha a Grecia, y aún no ha conseguido hacerle una ecografía a su hija, cuando necesita un seguimiento continuo por su enfermedad del corazón. Y es que los servicios de salud se encuentran colapsados en Atenas desde hace meses, y si ya es complicado para los ciudadanos griegos acceder a sus hospitales y cuidados de salud (sobre todo para los enfermos crónicos). “Para las personas refugiadas es aún más costoso, porque se enfrentan a un idioma, a una cultura y a unos procedimientos que desconocen”, comenta Iria Folgueira, jefa de la delegación de Cruz Roja Española en Grecia.

“Hay demasiados reportajes y demasiadas fotos sobre nosotros, y todos cuentan lo mismo”.

Es lo que te puede pasar si tu vida salta por los aires, en cuestión de horas o días, y sientes que todo lo que te sustentaba, que la sociedad sobre la cual organizabas tu vida y tus necesidades ya no existe: “Mi marido perdió su tienda cuando llegó el ISIS a Raqqa, ya no hay vida allí. Yo era profesora y me ordenaron cerrar el colegio. Si te negabas, te decapitaban. Ya nadie quiere compartir estas historias, porque hay demasiados reportajes y demasiadas fotos sobre nosotros, y todos cuentan lo mismo”, nos comenta Nour, siria de Raqqa, dos hijos.

Hamida, con tres hijos, calmada, escuchando uno a uno los testimonios de sus compañeras, recuerda que en Siria tenían “una buena vida, mucho mejor que la de ahora”. Hamida ha pasado por fases similares a las de cualquier familia refugiada cuando llega a Europa, como Duha y su familia, que han tenido que cambiar de casa tres veces. En cada alojamiento encontraron una dificultad, un obstáculo que les hizo cambiar, además, su marido tiene una discapacidad y le es muy difícil vivir en un edificio sin ascensor. “Así que la vida es muy difícil para nosotros –dice Duha–. Salgo a repartir folletos, y a veces me llevo a la niña conmigo a trabajar, pero es que no tengo otra opción, necesito complementar la ayuda que nos dan“.

Otro de los riesgos a los que se enfrentan los menores y mujeres en las guerras es al tráfico de personas, algo de lo que no se está exento en los países europeos tampoco. “En Raqqa había mujeres europeas a las que habían lavado el cerebro para que fueran a la guerra en siria y se convertían en víctimas de trata, sobre todo eran francófonas. Una vez allí, buscaban traficantes para salir de Siria, pero durante la guerra había “mercados” en los que vendían a las mujeres también y una vez con los traficantes era muy complicado salir de allí”, nos cuenta Nour.

Depender de la ayuda humanitaria no es la solución

Para la mayoría de las personas refugiadas, Grecia es un país amable que les ha tendido una mano, pero en el que no ven claro su futuro, y su horizonte vital se encuentra más allá de sus fronteras.

Algo positivo que les aporta su estancia en este país es que “nos sentimos a salvo y los niños van al colegio. Es lo único bueno. Lo que me tiene enferma es que no tenemos una casa digna donde mis hijos tengan un sitio higiénico, una cocina, un baño…Los niños están desarrollando alergia. Y pensar que yo tengo mis propiedades en Siria y aquí no tengo nada”, nos cuenta Nour con desesperación.

“Estuvimos intentando escolarizar al niño y nos decían que iba a ser más fácil si vivíamos en un campo de refugiados, pero no queríamos vivir en un campo de refugiados. Vivimos en un apartamento, quinto piso sin ascensor, en un barrio en el que se ven cosas que mis hijos no tienen por qué ver. Se vende droga, por ejemplo. ¿Cómo se van a integrar mis hijos en un lugar así? Lo único que tenemos bueno es que el colegio está bien y los niños pueden llevar una vida más o menos normal”, concluye Nour.

“A veces salíamos del campo de refugiados solo para oler la comida que se cocinaba en las casas, porque teníamos hambre”.

Para Nour, el cambio radical de vida que ha supuesto la guerra para su familia es muy difícil de asimilar, y es especialmente difícil para ella aceptar que alguien te tenga que ayudar: “Imagina que en los campos de refugiados, como teníamos hambre, salíamos del campo solo para oler la comida que se cocinaba en las casas. Yo antes en Siria ayudaba a la gente y ahora soy yo quien necesita ayuda, es algo que me cuesta mucho aceptar”.

“La ayuda no nos llega para vivir, son 370 Euros por familia. No tenemos nada más, no tenemos trabajo. Tenemos que comprar leche para la niña, y no nos llega ese dinero para comer, esa es la razón por la cual la gente se quiere ir de Grecia. A las personas con necesidades especiales deberían darnos un trato especial”, comenta Duha a sus compañeras de conversación. Todas asienten, porque la comprenden, y viven esta situación de manera muy similar”.


“En Siria yo ayudaba a la gente, y ahora soy yo quien necesita ayuda, es algo que me cuesta mucho aceptar”.

Para las personas refugiadas que llegan a países extranjeros, encontrar una mano amiga y una sonrisa es a veces tan importante como la asesoría legal en su proceso de acogida. Para las mujeres refugiadas, además, tener sus propios espacios en los que poder compartir sus vivencias supone un apoyo fundamental para reconstruir sus vidas y dejar de ser personas “vulnerables”. En la fotografía, una mujer refugiada kurda acude a una sesión sobre salud materno infantil
impartida por la Cruz Roja en Grecia.


LA PALABRA ‘REFUGIADA’

“La palabra refugiado significa todo y nada a la vez. Para mí es una palabra con un fondo enorme, porque siempre he vivido bajo esa condición. Siendo refugiada te sientes sin derecho a nada, siempre piensas que eres menos que los demás. Es una palabra difícil de definir, yo lo que hago es intentar ser fuerte siempre y aprender a vivir con todo mi dolor”, comenta Neda.

“Si te conviertes en migrante o refugiado, es como si perdieras tu identidad, porque ya no tienes nada material”.

Neda, Nour, Duha, Hamida, Manal y Naira, todas ellas mujeres excepcionales y supervivientes que luchan contra el olvido y la catarsis que la inmigración ha impuesto en sus vidas. No importa si eres refugiado o migrante. Si has tenido que escapar, escapas para sobrevivir, llámalo guerra, o como quieras. Pero cada persona migrante o refugiada que se va de su país lo hace porque no ve otra alternativa. En mayor o menor grado, su vida o su salud corren peligro y lo que buscan las personas refugiadas son derechos. “Parece que solo eres alguien si vives en el lugar en el que naciste, pero si te conviertes en migrante o refugiado, es como si perdieras tu identidad, porque ya no tienes nada material, muchos ya no tienen ni siquiera donde volver”, concluye Nour.

*El Centro Multiactividad de Cruz Roja realiza sus actividades con la ayuda de los fondos provenientes de ECHO (Ayuda Humanitaria y Protección Civil de la Comisión Europea).

Juntas somos más fuertes

Emilia Sánchez, directora de Incidencia Política de Plan International

Un año después de la crisis rohingya, aproximadamente un millón de personas están viviendo en el mayor campo de refugiados del mundo, en Cox’s Bazar, Bangládes. La situación es crítica para todas estas personas, pero lo es especialmente para las niñas y adolescentes.

Después de huir de Myanmar por culpa de la violencia extrema, las jóvenes han seguido altamente expuestas a la violencia y los abusos durante su desplazamiento hasta llegar a los campamentos; y también una vez instaladas. Las niñas y las adolescentes se encuentran atrapadas en tiendas minúsculas, donde tienen que convivir hacinadas con desconocidos. Muchas de ellas están solas y viven con miedo, sin el acceso necesario a la educación, la comida, el agua potable o las letrinas. Todo ello las hace estar enormemente expuestas a los abusos, la violencia física o sexual, el matrimonio infantil o el tráfico de personas.

Así lo recoge nuestro estudio ‘Adolescentes en Emergencias: Voces de Bangladés’ donde contamos cómo es el día a día de las jóvenes rohingya en los campamentos. Queríamos hablar personalmente con las chicas para conocer cuáles son sus necesidades, sus miedos, pero también sus sueños, y así enfocar nuestros programas a lo que ellas demandan. Las jóvenes desean poder ir a la escuela, tener aseos cercanos a sus tiendas y sentirse seguras en los campamentos.

En Bangladés hemos creado espacios dedicados únicamente a las adolescentes, para que las chicas tengan un lugar en el que recibir apoyo psicológico y hablar de las cuestiones que más les preocupan, como puede ser el abuso sexual. También hemos construido letrinas cerca de las tiendas para que no tengan que adentrarse dentro del bosque por la noche, algo que tal y como nos han dicho, les da miedo.

Pero más allá de nuestro trabajo, me ha llamado extraordinariamente la atención la solidaridad entre ellas, cómo las chicas han creado comités de bienvenida a las chicas nuevas que llegan al campamento, cómo comparten su comida para que ninguna pase hambre y cómo han desarrollado estrategias para sentirse seguras. Cuando les preguntamos por qué hacían esto nos respondieron: “Porque hemos descubierto que juntas somos más fuertes”.

Sin duda, tenemos mucho que aprender de las adolescentes rohingya y su resiliencia ante esta situación de emergencia. Es imprescindible que se las escuche y se las tenga en cuenta en los programas de ayuda humanitaria. Ellas nos han dicho que el apoyo psicológico, la familia o poder tener relaciones de amistad con sus iguales, son para ellas igual de importantes que el agua potable o los alimentos. En nuestra mano está apoyarlas.

Crecer en positivo: sobreviviendo al VIH/SIDA en Kirguistán

Por Leyla Alyanak, UNICEF en Kirguistán

Nurdin viene hacia mí y me tiende la mano para saludarme. Mientras nos sentamos para charlar, este niño de 10 años, bien vestido y reflexivo, alterna entre su móvil y sus lápices de colores. Hay una cosa de la que no hablará: el estatus de su VIH/SIDA, y cómo ha sufrido por ello.

No responderá preguntas sobre cómo le trataban los otros niños en la escuela. Ni hablará sobre el dolor de ser diferente.

El estigma que rodea al VIH/SIDA en Osh, la segunda ciudad más grande de Kirguistán, sigue vivo. Si no fuera así, podríamos utilizar el nombre real de Nurdin.

Nurdin tiene suerte de seguir vivo. Él es uno de los muchos niños infectados por VIH/SIDA debido a sangre contaminada en una epidemia que afectó a los hospitales de Osh entre 2007 y 2010.

Crecer en positivo: sobreviviendo al VIH/SIDA en Kirguistán

Muchos niños de Osh, Kirguistán, tienen VIH/SIDA debido a la sangre contaminada de un hospital / ©UNICEF Kirguistán

En el momento de la epidemia, los medicamentos antirretrovirales eran raros en esta parte del país. Cuando estaban disponibles, los doctores a menudo no tenían los conocimientos suficientes acerca de cómo administrarlos.

E incluso cuando los médicos sabían, a menudo los padres rechazaban las medicinas o no se las daban a sus hijos porque desconfiaban de un sistema sanitario al que acusaban de haber causado la infección.

Cinco niños murieron.

De la supervivencia al estigma

La provincia de Osh es la segunda del país con las tasas más altas de infección de VIH/SIDA. Los intercambios de agujas (desechar las usadas para utilizar esterilizadas), llegar a población clave y una mejor información pública son medidas que forman parte de la actual respuesta para mejorar la situación.

Todos estos esfuerzos están dando sus frutos. “Entre 2009 y 2010 teníamos 250 nuevas infecciones por VIH/SIDA cada año”, explica Elmira Narmatova, directora del Centro de VIH de Osh. “Este año tenemos menos de 100”.

Este centro proporciona un entorno adecuado para niños, un sistema de diagnóstico para que los recién nacidos reciban antirretrovirales lo antes posible y un sistema móvil de seguimiento de los pacientes. Aquí más del 95% de los niños con VIH/SIDA tienen acceso a tratamiento antirretroviral.

Pero por muy bueno que sea el sistema de apoyo, el camino de los jóvenes hacia una vida normal sigue lleno de dificultades.

“Seguimos sin haber abordado el estigma de los primeros días de la epidemia. La gente sigue sin poder aceptar que es una infección que puede afectar a cualquiera”, reconoce Narmatova. “El estigma ha disminuido entre el personal médico, y ahora lo ven más como una enfermedad crónica. Pero entre la sociedad sigue siendo muy fuerte”.

Las consecuencias en las familias

Hadija, la madre de Nurdin, conoce el estigma de primera mano. “Cuando mi marido se enteró, me acusó de haberle sido infiel y me abandonó”, nos cuenta.

Ella cree que tanto ella como sus hijos fueron infectados en la sala de maternidad. Ahora que su marido se ha ido, se mantiene trabajando como trabajadora social en el centro de VIH, ayudando a los niños a aceptar su enfermedad.

Otra madre, Mahabad, ha sido ligeramente más afortunada: al menos ella puede hablar del tema en casa. Entre su ex familia política –su marido también la abandonó- hay médicos, y la comprenden. Su propia hija es seropositiva y aún no lo sabe, pero pregunta por qué tiene que tomar tantas medicinas.

Crecer en positivo: sobreviviendo al VIH/SIDA en Kirguistán

Adolescentes con VIH/SIDA, jugando a un juego sobre la importancia de seguir el tratamiento / ©UNICEF Kirguistán

Nurdin podría elegir no hablar de ello, pero conoce su situación. Muchos niños no.

“Para estos niños es importante conocer su estado antes de llegar a la adolescencia”, asegura Cholpon Imanalieva, especialista de salud de UNICEF Kirguistán. “Tienen el derecho a saber, o se sentirán engañados. Esto podría llevarles incluso al suicidio”.

“Nos preocupa cómo integrar a los jóvenes en la sociedad, añade Narmatova. “Ellos preguntan a sus padres: ‘¿Por qué soy diferente?’, ‘¿Por qué mis compañeros de clase no toman pastillas como yo?’”.

Contar a tu hijo o hija que es seropositivo es doloroso. Para Aygul, otra madre del centro, la parte más dura fue la discriminación a la que se enfrentó su hijo cuando los profesores y compañeros de escuela se enteraron de que tenía VIH/SIDA.

“Necesitamos abrirnos a los profesores, que pasan horas con los niños, no solo a los padres y doctores”, opina.

La educación, cree, es la única respuesta. “Las actitudes deben cambiar. En vez de estigmatizar a un niño, debería haber un conocimiento general sobre el VIH/SIDA, para que estos niños sean aceptados como cualquier otro”.

Para Nurdin, la vida ya no es supervivencia. Ha aceptado su situación, pero sabe que es diferente, aunque prefiera no hablar de ello. Las madres también han mejorado en la aceptación. Ahora solo esperan una cosa: que la sociedad también les acepte.

Qué está haciendo UNICEF

UNICEF ayuda al Ministerio de Sanidad de Kirguistán, junto con ONUSIDA y el gobierno ruso, a proporcionar apoyo psicosocial a los niños y familias con VIH/SIDA. UNICEF también organiza formaciones en Osh para personas con el virus y para organizaciones no gubernamentales.

Este mes de julio, UNICEF y sus aliados han organizado un campamento para adolescentes con VIH/SIDA procedentes de Bielorrusia, Kirguistán, Tayikistán y Uzbekistán. Aquí se reúnen niños que ya conocen que tienen el virus, para comprender mejor la enfermedad, así como su capacidad de vivirla de manera positiva.

Para muchos de los niños y adolescentes del campamento, esta ha sido la primera vez que han podido hablar abiertamente entre iguales acerca de su miedo a revelar su condición a amigos y familiares, su ansiedad acerca de su futuro, o sobre la discriminación que sufren cada día.

Con una vacuna, la vida de Nelly sería otra

Serge Wingi, UNICEF en República Democrática del Congo

Con motivo de una campaña de vacunación contra la polio hace un par de meses visité la aldea de Kayombo, conocida por la gran cantidad de gente que se opone a las vacunas debido a las creencias populares y tradicionales.

Al llegar al pueblo, me fijé en una joven de unos veintipico años. Parecía que estaba en las calles de Kinshasa, no en una pequeña aldea en medio de la provincia de Tanganica. Sentada a la sombra, con una trenza perfecta, la chica se maquillaba mirándose en un pequeño espejo. Intrigado, pregunté por ella a unos cuantos aldeanos, que rápidamente me dijeron que Nelly era la hija mayor del jefe de la aldea.

Con una vacuna, la vida de Nelly sería otra

Nelly ha aprendido a vivir con su estado /©UNICEF

Inmerso en mis actividades, me olvidé de la presencia de Nelly, que tanto me había llamado la atención al llegar. Solo por la tarde, cuando me iba, me acordé de ella. Venía detrás de nosotros gritando “¡esperad!, ¡esperad!”, porque quería venir con nosotros a Kalemie para vender allí comida.

Solo cuando la vi acercándose al coche comprendí que detrás de su gran sonrisa, sus ojos maquillados y su ropa moderna se ocultaba un gran dolor. Ella utilizaba sus brazos para moverse hacia nosotros. ¿Cómo una chica joven, con toda la vida por delante, podía llevar una carga tan pesada? Pasé la mayor parte del viaje entre la aldea y Kalemie haciendo preguntas a Nelly.

“Nací con buena salud, pero cuando tenía cuatro años de pronto no podía sostenerme sobre mis piernas”, me contó.

En ese momento, nadie en la aldea pensó en la posibilidad de la polio. “Mis padres atribuyeron la enfermedad a brujería”, continuó. Durante meses, la llevaron a todos los brujos y curanderos de la zona. “Pasé días enteros con el cuerpo enterrado hasta el estómago para estirarme las piernas”, recuerda. Pero no hubo ningún cambio, excepto que las posesiones de la familia desaparecieron ante sus ojos. Todos los “cuidadores” cogieron los caballos, gallinas, ropas o utensilios de cocina a cambio de cuidar de ella.

Solo tras incontables fracasos, los padres de Nelly decidieron llevarla a un centro de salud. Las pruebas de laboratorio rápidamente revelaron que era polio, una enfermedad que causa una parálisis irreversible.

Con ambas extremidades inferiores paralizadas, Nelly es incapaz de sostenerse sobre ellas, lo cual le obliga a arrastrase. “Mi estado me causa mucho dolor, pero con el tiempo he aprendido a vivir con ello”, me asegura. A pesar de su discapacidad, Nelly ha puesto en marcha un pequeño negocio para tener algo de independencia. La joven va y viene entre su aldea y Kalemie vendiendo productos que compra a los granjeros locales.

Como madre de una niña de dos años, Nelly sigue estrictamente el calendario de vacunación. “No quiero que le pase lo mismo que a mí”, explica. También anima a todas las madres de la aldea a vacunar a sus hijos.

Con una vacuna, la vida de Nelly sería otra

Nelly no quiere que a su hija le pase lo mismo que a ella /©UNICEF

Durante las recientes campañas de vacunación contra la polio, Nelly y su padre se implicaron mucho en su comunidad para encontrar a los niños no vacunados y animarles a vacunarse. “Mi hija está así debido a mi ignorancia”, me confesó el padre de Nelly con la voz entrecortada. Como jefe de la aldea, anima a todos los padres a vacunar a sus hijos para mantener la polio fuera del pueblo. “No puedo ver más casos de polio aquí. Los trabajadores sanitarios deben vacunar a nuestros hijos”, explica más convencido que nunca.

El trabajo de UNICEF y sus aliados.

Más de tres millones de niños recibieron sus vacunas durante las recientes campañas de vacunación en las provincias de Alto Lomami, Tanganica, Alto Katanga y Lualaba. Sin embargo, en algunas comunidades un número importante de niños sigue sin estar protegido debido a la continua oposición a las vacunas. UNICEF apoya al gobierno en la concienciación a los hogares reticentes y en la movilización de cientos de representantes comunitarios, movilizadores sociales y auxiliares.

Notas desde el Congo (y V) Asante Sana

Por Ida Moberg, doctora de MSF en la República Democrática del Congo

La doctora Ida Moberg concluye su primera misión con Médicos Sin Fronteras (MSF). Desde Numbi, en las montañas de la provincia de Kivu sur, al este de la República Democrática del Congo (RDC), relata en un diario de campaña el trabajo en esta zona minera donde el acceso a la salud es todo un reto para las comunidades locales.

Mulume tiene dos años. Su respiración es rápida y superficial. Tiene episodios de fiebre alta desde la noche anterior y carece de fuerzas para comer ni beber. Esa misma mañana ha sufrido convulsiones que han preocupado a su madre. Fue ella misma quién lo trajo a un pequeño centro de salud en la provincia de Ziralo, en el este de la República Democrática del Congo. Una vez allí, Mulume, muy pálido, dió positivo en el test de malaria. Un análisis de sangre confirmó que sufría anemia a causa de esta enfermedad. La enfermera del centro de salud derivó a Mulume al nuevo hospital de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Kusisa.

Nuevo hospital de Kusisa

Hasta la puesta en funcionamiento del nuevo hospital de Kusisa, en la imagen, muchos pacientes tenían que caminar durante horas hasta Numbi para recibir atención médica.

Ahora Mulume está acostado en una cama en la sala de urgencias del hospital de Kusisa. Mis colegas y yo efectuamos nuevos análisis de sangre. Los resultados muestran que su hemograma es tan bajo que necesita una transfusión de sangre. En previsión de eso, comenzamos el tratamiento para la malaria con artesunato intravenoso.

Afortunadamente, encontramos un donante de sangre compatible con Mulume para que podamos comenzar una transfusión. En el pasado, los pacientes en la provincia de Ziralo tenían que recorrer un largo camino para llegar a un hospital. Ahora, gracias al recién inaugurado hospital de Kusisa, Mulume puede recibir tratamiento contra la malaria y transfusión de sangre en apenas unas horas.

Cuando al día siguiente realiza la ronda de consulta con mi colega congoleño, Mulume ya se encuentra mejor. Ha desayunado algo y ha recibido tres dosis de artesunato intravenoso. Además, su conteo sanguíneo ha aumentado tras la transfusión. Cambiamos la administración del tratamiento a pastillas que deberá tomar durante los próximos tres días.

En la cama junto a Mulume está el pequeño Bahati. Tiene 6 meses de edad, pero pesa solo 3,5 kg, lo que generalmente corresponde al peso de un recién nacido. Está tan delgado que se le marcan las costillas. Su madre ha caminado durante ocho horas para llegar al hospital de Kusisa. Apenas tiene leche materna para amantar a su bebé. Tras examinar, medir y pesar a Bahati concluimos que está sufriendo una desnutrición aguda grave del tipo marasmo. Además, presenta signos de neumonía por lo que comenzamos un tratamiento con penicilina intravenosa.

Después de una semana de tratamiento contra la neumonía y la desnutrición, Bahati ya tiene más energía. Ahora me mira con firmeza y responde con una sonrisa cuando le sonrío. Ha ganado unos cientos de gramos. Tras una semana y media en Kusisa, ha subido aún más de peso y podemos darle de alta. Facilitamos a la madre paquetes de alimentos preparados ricos en nutrientes suficientes para una semana cuando tendrán que volver para una visita de seguimiento. Estos preparados contienen leche en polvo enriquecida y manteca de cacahuete y aportan los nutrientes que necesita un niño desnutrido para compensar sus deficiencias y ganar peso. Bahati lo come con buen apetito.

En República Democrática del Congo, no dices adiós cuando te marchas. Antes, cuando Bahati y su madre van a abandonar el hospital, nos tomamos las manos y decimos “tutaonana”, que significa “hasta que volvamos a encontrarnos” en swahili.

Mi misión en República Democrática del Congo ha terminado y es hora de regresar a casa, a Suecia. Tras 6 meses en Numbi toca decir: ¡”Asante Sana” (muchas gracias) y “Tutaonana” (¡hasta que nos volvamos a encontrar) en el Congo!

Retos y supersticiones de la salud bucal en la India rural

Por Vicente Lozano, dentista voluntario de la Fundación Vicente Ferrer que visita pacientes en Anantapur.

Hace décadas que soy el coordinador de Odontología de la Fundación Vicente Ferrer (FVF). Mi labor y la de mis compañeros sanitarios, se ha centrado en diagnosticar y tratar las patologías orales que presentan los pacientes que hemos visitado, en los servicios de Odontología de los hospitales de Kanekal y Bathalapalli, en el sur de la India.

En nuestro Dental Office (Servicio de Odontología) de Kanekal tratamos a una media de 56 pacientes al día, y en el de Bathalapalli, a otros entre 35 y 40 pacientes diarios. Poseemos todos los medios a nuestro alcance, tanto para el diagnóstico como para los tratamientos orales, y la FVF no ha escatimado en recursos para obtenerlos. Damos gran importancia al diagnóstico clínico y a la observación de los tejidos blandos orales, ya que las casta bajas (dálits y grupos tribales), al ser en su mayoría masticadores de betel y tabaco, pueden presentar tumores malignos. Además, consideramos que la profilaxis y prevención oral son básicas. Por ello, recorremos las aldeas apartadas con las Brigadas Rurales organizadas por la FVF y la ONG española, Dentistas Sin Fronteras.

En esas zonas, alejadas de la civilización y prácticamente sin recursos, nos esperan para que hagamos la visita, les diagnostiquemos y se realice la operatoria oportuna. Hay días, que entre 15 licenciados en odontología, tratamos una media de 350 pacientes. El récord lo ostentamos en agosto del 2008, cuando atendimos en un día a 530 pacientes. Vicente Ferrer, que aún vivía, fue testigo de ello. Nos quería y cuidaba mucho.

Para nosotros es prioritaria la prevención oral. Por eso, explicamos en los colegios de las castas bajas, cómo tienen que cepillarse los dientes. En colaboración con la industria, les damos cepillos dentales a los críos, enseñándoles una profilaxis correcta tras cada ingesta. Hay un porcentaje elevado de diabéticos en nuestra zona, motivo por el que hemos de ser muy cuidadosos con las historias clínicas de los pacientes, antes de cada intervención.

Además la presencia excesiva de flúor (fluorosis) en las aguas de la zona, hace que se presente una mayor patología dentaria. Los pacientes van perdiendo el miedo al odontólogo, especialmente en las zonas rurales muy apartadas. Muchos creen, que tras una extracción de una raíz de un diente, pueden perder la memoria o no reconocer a los seres queridos; es una lucha titánica contra esas costumbres ancestrales, que muchas veces dificulta nuestra labor sanitaria.

También es prioritario para nosotros, tanto los que trabajamos en los servicios de odontología de Kanekal o Bathalapallli, como en las Brigadas Rurales de Dentistas Sin Fronteras, la atención a los más desfavorecidos, a los que nadie quiere en la familia: los menores con VIH, discapacitados físicos o psíquicos, ciegos, sordomudos, que sí son tratados en la FVF de forma gratuita, a la vez que reciben escolarización, alimentos y cobijo. Fruto de esta labor, hemos publicado trabajos de investigación en revistas de alto impacto, además de varias tesis doctorales de algunos de nuestros licenciados voluntarios.

Lo que más nos emociona a los voluntarios que tratamos a estas castas bajas y tribales durante todo el año, es el agradecimiento que nos muestra la población. No tenemos palabras para compensar la gratitud de los pacientes, porque ellos nos dan mucho más de lo que nosotros les ofrecemos. Sus sonrisas, darnos la mano, ofrecernos una flor o una galleta, son muestras de agradecimiento constantes, y hace que nuestro trabajo sea tremendamente gratificante.

La tierra de nadie en la que los niños son el problema de otro

Por Sarah Crowe, especialista de comunicación de UNICEF, desde Níger.

Agadez, Níger. Nada podría estar más lejos de las puertas del paraíso que este desierto abrasador que se extiende mucho más allá de lo que la vista puede abarcar.

Y, sin embargo, es esto. Escondidos en los guetos, distribuidos entre los alrededores de esta antigua ciudad de color dorado y paseando en los centros, hay cientos de migrantes. Están abandonados, con deseos truncados y sueños incumplidos. Están en camino hacia o desde los países vecinos, o más allá. Algunos –sorprendentemente, no la mayoría- tienen como último objetivo atravesar las ardientes arenas del Sáhara hacia lo que se está convirtiendo rápidamente en el escurridizo Eldorado: Europa. Muchos niños viajando solos, madres lactantes, recién nacidos, y multitud de hombres jóvenes y enfadados porque su búsqueda ha sido interrumpida.

Agadez (Níger) fue una vez la capital africana de la migración, un cruce de caminos para la gente en tránsito, un bullicioso centro para los traficantes y para quienes vendían al borde de la carretera máscaras y mascarillas para el sobrecogedor viaje. Traficantes esperando su mercancía humana. Las autoridades cerraron los ojos entonces. Ahora, a medida que Europa y el norte de África –en una restricción generalizada de la migración– endurecen sus fronteras y cierran sus puertos, generando un drama en alta mar, este remoto centro se ha convertido efectivamente en la nueva frontera de Europa. Las llegadas a Italia entre enero y principios de junio se redujeron en dos tercios, en comparación con el mismo periodo del año pasado, cuando 60.000 personas cruzaron desde África del Norte.

La tierra de nadie en la que los niños son el problema de otro

Centro para migrantes en Agadez, Níger / © UNICEF/UN0209686/Gilbertson VII Photo

Desde noviembre del año pasado, más de 8.000 personas de África Occidental, incluidos 2.000 niños, han vuelto a Níger desde Argelia. Otros 900 refugiados y solicitantes de asilo del este de África, trasladados desde Libia, esperan los lentos y complejos reasentamientos o reunificaciones familiares que determinen su futuro.

Níger es uno de los países más pobres del mundo y todavía soporta las peores consecuencias de las políticas de los países ricos de “fuera de la vista, fuera de la mente”.

Los apresurados acuerdos entre un país y el siguiente (UE-Turquía, UE-Libia, Francia-Níger, Argelia-Níger) están haciendo de la migración el problema de “otro”, empujando a las personas migrantes como una “patata caliente” hacia el sur. Los niños pagan el precio más alto, con pocas estructuras que les mantengan seguros.

Estos rechazos han provocado que las apuestas sean más altas y las rutas más arriesgadas.

En medio de una tormenta de polvo, con un calor abrasador, conocemos a un joven guineano furioso por haber sido expulsado en la frontera desde Algeria, donde huía de una vida en las calles haciendo trabajos esporádicos. Comenzó una arenga gesticulando ferozmente, pero sus palabras eran tan acertadas como angustiosas: “El desierto se ha convertido en un cementerio para nuestros hermanos africanos, y a nadie le importa”.

Él es uno de los que fueron devueltos desde Argelia, abandonados en una tierra de nadie en el desierto, a temperaturas de 48º, a kilómetros de la frontera con Níger, obligados a caminar hasta que pudieran encontrar transporte y refugio. Muchos procedían de Zinder, Níger, una empobrecida ciudad que depende de las ayudas desde hace mucho tiempo.

Irónicamente, cuando los migrantes son llevados a Agadez, a un llano totalmente seco con apenas unas tiendas de campaña desgastadas, los niños de la zona les rodean con boles de plástico, pidiendo una limosna a quienes la pedían antes que ellos.

Es un grupo variopinto, algunos podrían ser clasificados como refugiados. Conozco a liberianos que dejaron su país durante la crisis del ébola, a guineanos que huyen de tiempos difíciles, a nigerianos que escaparon de Boko Haram, y a otras personas que huyeron de la tortura y los sufrimientos en Libia. Tres naciones de la ONU –ACNUR, la OIM y UNICEF- han aumentado la respuesta en Níger.

“El cumplimiento de las leyes anti migratorias ha cambiado las dinámicas del país. Estamos viendo un aumento de los niños no acompañados, y una utilización de rutas en las que no pueden ser rastreados, lo cual las hace más peligrosas”, explica Dan Rono, oficial de protección infantil de UNICEF. “Es un viaje duro para un adulto, así que imagínate para un niño de 11 años. Es casi imposible para él”.

La tierra de nadie en la que los niños son el problema de otro

Un grupo de migrantes sudaneses juega al fútbol en un refugio en Agadez, Níger / © UNICEF/UN0209677/Gilbertson VII Photo

Solo en abril se produjo un incremento del 14% respecto a los meses anteriores de gente moviéndose por Níger; un tercio de ellos eran niños, exhaustos y traumatizados. La cifra real podrías ser mucho más alta, ya que muchos niños están escondidos o no se les ha detectado.

Omar, un niño de 14 años de Sierra Leona, pertenece a una de esas estadísticas ocultas. Desgarbado y de movimientos torpes, lleva una gorra de los yankees, una camiseta sin mangas, pantalones holgados y chanclas, prácticamente son todas sus pertenencias. Está censado en un lugar llamado “Gueto”, a las afueras de Agadez, esperando la oportunidad de cruzar. Dejó su casa porque su padre no pagaba la matrícula de la escuela.

“Decidí ir a Libia, o a Europa para tener una buena vida. No volveré a casa hasta lograrlo, hasta llegar a ser un buen chico para ayudar a la familia que ha quedado atrás”, me cuenta. “Si me quedo en casa seré un mal chico. Beberé, fumaré…pero no quiero esa vida. No quiero ser un mal chico. Si voy a Europa podré ir a la escuela. Seguiré jugando al fútbol”.

Según estudios de UNICEF, aunque la mayoría de los niños migrantes se quedan en África y no desean ir a Europa, un tercio de los que sí quieren llegar, como Omar, dicen que es por su educación.

Un antiguo traficante, Dan Ader, cuyo lucrativo negocio se desmoronó cuando se produjeron las restricciones, nos explica: “Hay muchos muertos porque hay miles de rutas. Si tu GPS tiene un pequeño fallo estás perdido. Nunca encontrarás tu camino de nuevo”.

UNICEF estima que. entre enero y mayo, unos 120 niños se ahogaron en el mar. Al menos en el mar hay guardacostas. Pero nadie patrulla el vasto y letal mar de arena.

Eso no les disuadirá de seguir intentándolo.

La desesperación y los sueños les convierten en filósofos y poetas. Las inscripciones en las celdas y los grafitis en los sombríos muros de los guetos cuentas sus historias, garabateadas con carbón:

“Europa o nada. Dios está allí”. “Es mejor morir en el mar que morir delante de tu madre sin nada”.

La tierra de nadie en la que los niños son el problema de otro

Transporte de migrantes y refugiados en Zinder, Níger / © UNICEF/UN0209720/Gilbertson VII Photo

La migración es tan antigua como la propia humanidad. Para muchos, un rito de iniciación a la edad adulta, o sencillamente una manera de buscar una vida mejor. Y no parece que el cierre de puertas y fronteras vaya a detenerla. África tiene la población más joven y que crece más rápidamente. Hay un dicho que cuenta que “África está sentada con sus bolsas preparadas”. Una de las pintadas de Agadez es un crudo recordatorio de una de las razones: “África es rica, pero sus niños la abandonan por sus malos gobiernos”.

Pero solo un 15% de quienes están migrando en África muestran interés por llegar a Europa.

Así que gestionar la migración es algo global, y ahora que los Pactos Mundiales sobre Refugiados y Migraciones se están finalizando, la UE y otros actores necesitan realmente aprovechar este momento para poner las necesidades de los niños desarraigados por encima de los intereses nacionales. También hay que mantener a las familias juntas y a los niños seguros, e invertir en países como Níger y otros del sur, que reciben a más migrantes y refugiados en un mes que todos los países del norte en un año.

Para muchos de ellos, el verdadero paraíso perdido es el ser desarraigado de su hogar y de sus seres queridos, sobre todo para los niños solos. Ahora miran a los estados más poderosos, a la UE y a la Unión Africana para que establezcan un sistema migratorio adecuado que no les deseche como el viento que les llevó a orillas extranjeras.