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Un blog desde el terreno de la mano de Ayuda en Acción, Cruz Roja, Ingeniería Sin Fronteras, Unicef, Médicos del Mundo, HelpAge, Fundación Vicente Ferrer, Médicos Sin Fronteras, PLAN Internacional y Farmamundi.

Cómo un hospital de Kirguistán le plantó cara a la mortalidad infantil

Por Sven G. Simonsen, UNICEF en Kirguistán

Este bebé que has visto…”. El doctor Shavkat Tadjibaev señala la sala de reanimación que acaba de mostrarnos. “Hace tres años, no habría vivido. Pero ahora está tranquilo, está respirando. Podemos decir que se está recuperando”.

El doctor Shavkat Tadjibaev es pediatra en el hospital infantil territorial Kara-Suu, en el sur de la provincia de Osh, Kirguistán. Este hospital da servicio a una población mayoritariamente de la etnia Uzbek. Kara-Suu fue uno de los distritos más afectados por el conflicto étnico que sufrió el país en 2010.

El médico nos relata una historia muy personal. Es también la historia de cómo, en poco tiempo, la atención a niños gravemente enfermos ha mejorado considerablemente.

Un comienzo dramático

La historia empieza de forma más dramática, un día de primavera de 2013. Tadjibaev estaba de guardia cuando un bebé de cuatro meses, enfermo de diarrea, cayó en coma. El personal no tenía medios para ayudarle y no podía ser trasladado al hospital provincial, que estaba a tan solo veinte minutos.

El niño se moría, y lo único que podía hacer yo era observar su estado”, lamenta el médico.

El bebé de 4 meses pudo ser trasladado en ambulancia al hospital de Osh /©UNICEF Kyrgyzstan/2017/Cholpon Imanalieva

Sin embargo, justo ese día el Ministro de Sanidad y dos experimentados médicos que representaban a UNICEF estaban visitando el hospital. Ellos contactaron con el hospital provincial, que envió una ambulancia totalmente equipada. El niño pudo ser tratado en Osh. “Cuando le visité al día siguiente estaba consciente y sonreía”.

Lo que ocurrió al día siguiente fue solo el comienzo de algo mucho más grande. Porque ese incidente reveló las deficiencias del hospital en la atención a niños gravemente enfermos, que cada año causaban muchas muertes que se podían haber prevenido. Hasta hace pocos años, la situación en Kara-Suu era “muy mala”, en palabras de Gulmira Kalbaeva, la directora del hospital, que empezó a trabajar allí hace siete años. “La tasa de mortalidad era muy alta. Cada año veíamos morir a más de 40 niños. La mitad moría de neumonía”.

UNICEF toma la iniciativa

Las causas eran variadas: falta de equipamiento, falta de formación, procedimientos erróneos y una deficiente cooperación entre hospitales. Cada causa se abordó a través de una serie de iniciativas de UNICEF, financiadas por el gobierno de Japón.

El incidente puso de manifiesto la falta de protocolos para dar respuesta a emergencias médicas. Las consecuencias podían ser terribles.

“A veces era un caos. Los médicos no se entendían unos a otros, cada uno proponía su propio tratamiento”.

UNICEF, con el Ministerio de Sanidad, inició un proceso para formular por primera vez protocolos nacionales sobre reanimación infantil en cuatro de las afecciones más comunes. Han sido aprobados recientemente.

“Los protocolos aportan mecanismos claros, lo cual nos hace ahorrar tiempo. Ahora solo tenemos en reanimación a la mitad de niños que solíamos tener, porque respondemos de manera más adecuada a cada caso”, explica Tadjibaev.

En paralelo, UNICEF inició una amplia formación a médicos de reanimación infantil y otro personal de los hospitales de todo el país. En 2015 la organización llevó a un equipo de especialistas de Lituania para impartir formación de soporte vital pediátrico avanzado. Una evaluación posterior ha demostrado que quienes recibieron esta formación obtienen resultados un 30% mejores que los que no. Por eso el soporte vital ha entrado en el programa académico de formación pediátrica postgrado.

Todo el personal del Kara-Suu ha realizado ya varias formaciones para mejorar. “Nos gusta el método de los formadores de UNICEF”, asegura Kalbaeva. “Son formaciones prácticas, van a lo importante, y además luego hay visitas de supervisión para asegurarse de que lo estamos poniendo en práctica. Además, hay una cosa muy importante, y es que forman a la vez a médicos y enfermeras, para enseñarnos a trabajar juntos como equipo. Antes, las enfermeras no podían ayudar a un niño en una emergencia, tenían miedo y no sabían cómo actuar. Pero ahora pueden intervenir si el médico no está”.

Mejora de los equipamientos

También la mejora en los equipamientos ha permitido mejorar la respuesta. Hasta hace poco, la sala de reanimación del hospital estaba desprovista de equipos operativos. Ahora hay tres camas con material vital. De hecho, Kara-Suu es uno de los 34 hospitales del país que han recibido por parte de UNICEF máquinas CPAP, que ayudan a respirar a los niños de una manera no intrusiva.

Finalmente, UNICEF ha contribuido a preparar protocolos para la derivación de niños gravemente enfermos, para garantizar que los traslados sean en ambulancias adecuadamente equipadas, que no haya retrasos y que los mejores hospitales estén preparados para recibir al paciente.

Hasta hace tres años, cada año entre 15 y 20 niños morían mientras eran trasladados en taxi de las localidades de Kara-Suu al hospital provincial de Osh. En 2013, de los 27 niños derivados a Osh desde los centros de salud locales o llevados por sus familias, 19 murieron por el camino o durante las tres primeras horas de hospitalización. Hoy, con un traslado en ambulancia y con un sistema de derivación que funciona, esto puede ocurrir quizás una vez al año.

Por fin duermo bien por las noches

La tasa de mortalidad es muy baja en el hospital de Kara-Suu: mientras que hace siete años cada año morían 20-25 niños por neumonía, en 2015 eran cinco y en 2016 fueron solo dos.

Cómo un hospital de Kirguistán le plantó cara a la mortalidad infantil

El doctor Shavkat Tadjibaev, frente a una de las tres camas del área de reanimación equipadas con soporte vital /©UNICEF Kyrgyzstan/2017/Sven G. Simonsen

El niño con el que Tadjibaev empezaban nuestra conversación tenía neumonía. Su pronóstico es bueno, y desde luego mucho mejor que lo que habría sido hace unos pocos años.

Cuando le pregunto qué supone todo esto para él personalmente, el doctor Tadjibaev me responde: “Antes, cuando un niño moría, sentía que no le había salvado incluso aunque podría haberlo hecho. Ese es un sentimiento con el que es muy muy difícil vivir. Pero ahora puedo dormir bien por la noches”.

Hacia una mejor integración de los programas de desarrollo en las ayudas en emergencias

Por Amleset Tewodros, Resposable de Programas en África de HelpAge International

© Ben Small/HelpAge International

En los últimos años, han tenido lugar varios conflictos alrededor del mundo que han dejado a muchas personas sin hogar, en búsqueda de seguridad y protección en sus países. Muchos de ellos se encuentran en un campo de refugiados donde las autoridades y las agencias humanitarias les proporcionan apoyo vital.

En la mayoría de los casos se trata de ayudas en forma de comida, bienes, atención médica y protección –respondiendo a las necesidades inmediatas y urgentes de las personas. No obstante, a medida que las crisis humanitarias llegan a ser más largas, arrastrándose año tras año, necesitamos ver respuestas que impliquen un mayor enfoque de desarrollo para impulsar la autonomía y la independencia de los refugiados a largo plazo.

Aquí en Tanzania, más de 270.000 refugiados burundeses viven en tres campos del oeste del país, cerca de la frontera con Burundi.

Desde HelpAge, nosotros apoyamos a las personas con necesidades específicas en dos campos –Mtendeli y Nduta. Esto incluye a las personas mayores, personas con discapacidad, madres solteras y personas que sufren de enfermedades crónicas. Nosotros les ofrecemos una variedad de servicios para fomentar su protección, impulsar su salud física y mental y mejorar el acceso a servicios humanitarios básicos.

Esta parte de nuestro apoyo a los refugiados puede parecer bastante similar al resto, pero un aspecto de nuestro programa tiene un enfoque diferente. Ayudamos a los refugiados que empleen sus habilidades y adquieran nuevas habilidades que les puedan permitir ganar ingresos dentro del campo, integrarse mejor en la comunidad y reducir su dependencia en la ayuda de emergencia.

En una visita reciente a los dos campos, he sido testigo de ver lo ocupados que estaban los refugiados en su nuevo oficio. Los hombres construían muebles, tales como sillas, mesas, estanterías, mientras que las mujeres mayores tejían cestas.

He visto a madres solteras que han recibido formación de sastrería, ocupadas en su trabajo con las máquinas de coser que les hemos proporcionado, confeccionando ropa que pueden vender en el mercado tanto a visitantes como a refugiados. Estas mujeres son apoyadas por otros refugiados en su comunidad que facilitan servicios de guardería para que sus hijos sean cuidados mientras ellas trabajan como costureras.

“Estamos implicadas activamente en las actividades de la comunidad y nos pasamos el día de forma productiva, volviendo a nuestros hogares satisfechas; esto nos ayuda a olvidar las dificultades que hemos vivido en los últimos años”, explica un refugiado al que ayudamos para que empiece su oficio como carpintero.

 “Con el dinero que ganamos de la venta de diferentes productos, podemos comprar otros productos que necesitamos y que no nos son proporcionados en el campo, tales como arroz, verduras y medicamentos”.

Lo más importante de este trabajo es que continúa tener un impacto a largo plazo después de que los refugiados han abandonado los campos o, por si alguna razón, nuestro programa deja de existir. Estas habilidades no desaparecen –ellas pueden continuar a ser el medio de vida de una persona en el futuro por mucho tiempo.

Este enfoque es una oportunidad para demostrar cómo los refugiados –al recibir los instrumentos adecuados y apoyo– pueden encargarse de sus necesidades. Cuando los refugiados reciben una educación o se les permite trabajar para que pueden sustentar a sus familias, ellos se convierten en contribuyentes para la comunidad que les recibe. Y para esto se necesita un enfoque diferente por parte del país que les recibe; por tanto, es muy importante que exista un apoyo para que los niños reciban una educación, que las familias refugiadas tengan un sitio seguro donde vivir y que cada refugiado aprenda nuevas habilidades para poder apoyar a su familia.

Los refugiados son gente común y corriente. Son madres, padres, abuelos, hermanos y niños. Ellos tienes las mismas esperanzas y aspiraciones que todos nosotros. Los refugiados pueden ser muy hábiles e ingeniosos. Ellos tienen muchas habilidades, talentos y fortalezas profesionales con los cuales pueden contribuir de forma muy positiva al país que les recibe si se les ofrece la oportunidad. Integrando los programas y las estrategias locales de desarrollo a las respuestas que reciben las crisis humanitarias de refugiados es una forma segura de demonstrar actos de solidaridad tanto a los refugiados como a las comunidades de acogida.

Voluntariado para empoderar a mujeres en Varanasi, una de las siete ciudades sagradas del hinduismo

Almudena Fuente, responsable de comunicación de Viajes Solidarios Tumaini, una ONG dedicada al turismo solidario y sostenible.

Varanasi es uno de los lugares más especiales que hemos visitado nunca. Es una de las siete ciudades sagradas del hinduismo y el Ganjes es el protagonista de muchas tradiciones que se desarrollan en su día a día. Desde primera hora de la mañana, muchas personas se bañan, rezan, se purifican y realizan ofrendas a este impresionante río.

Hace unas semanas, viajé a Varanasi para conocer y evaluar pequeñas ONG locales con las que Tumaini podría colaborar en un futuro. Se trata de visitar los proyectos, hacer voluntariado en ellos y hablar con los coordinadores, trabajadores y beneficiarios para asegurarnos de que cumple con los requisitos necesarios para que personas voluntarias puedan visitarlos. Además, también comprobamos que el trabajo voluntario de las personas que viajan va a tener impacto social real. El equipo de Tumaini ya ha viajado a numerosas ciudades de ocho países diferentes para evaluar proyectos, pero Varanasi era una asignatura pendiente.

En mi viaje, conocí la escuela y taller de comercio justo con el que ya hemos empezado a colaborar.

La pequeña ONG se sitúa a las afueras de esta ciudad, en uno de sus barrios más empobrecidos. Su objetivo es mejorar la vida de mujeres en riesgo de exclusión. Se enfrentan a problemas como: violencia de género, alcoholismo o adicción al juego por parte de sus maridos, falta de educación, ya que no fueron a la escuela por el mero hecho de ser mujeres… y falta total de libertad. Más del 90% de las beneficiarias del proyecto nunca han visitado el centro de Varanasi (a 4 km). No se les permite ir a ningún sitio si no van acompañadas de sus maridos o familiares. La mayoría, además, pertenecen a castas bajas y sufren discriminación por ello.

El proyecto es muy pequeño, pero ha logrado que las mujeres que trabajan en el taller de costura sean independientes económicamente y puedan tomar sus propias decisiones. Además, sus hijos más pequeños asisten a la escuelita preescolar que está en el mismo centro donde ellas trabajan. De esta forma, pueden seguir trabajando, ya que saben que sus hijos están en un lugar seguro.

Mi primer contacto con el proyecto fue la visita a la tienda, que está parte antigua de la ciudad. Allí Mani, uno de los fundadores, me explicó cómo trabajan, los logros de su iniciativa y sus planes de futuro. En estos años, han conseguido que 18 mujeres trabajen en condiciones dignas cosiendo para la tienda, que sus hijos más pequeños acudan a la escuelita y que los niños y niñas que han cumplido 6 años vayan al colegio gracias al apoyo económico del proyecto. Le encantó la idea de recibir voluntarios y voluntarias para colaborar en sus actividades diarias y hacer posible que el proyecto crezca.

En un futuro, les gustaría ampliar el número de mujeres que trabajan en el taller y el número de niños y niñas que acuden a la escuelita. Para ello, sería necesario contratar a otra maestra para dividir a los niños y niñas por edades. De esta forma, se podrían hacer actividades más adecuadas para cada grupo.

Cuando visité el centro, pude hablar mucho con Ritu, maestra de los niños y niñas, y con Suneeta, supervisora de la escuela y del taller donde cosen las mujeres. Ritu me contó que se había casado con 17 años y que tenía 3 hijos. Cuando le conté que yo no estaba casada y que vivía sola me dijo: “entonces, ¡puedes hacer lo que quieras!” Me encantó compartir con ellas estos momentos en los que hablamos de nuestras vidas.

Muchas de las mujeres que trabajan en el taller no saben inglés, pero es increíble la cantidad de información que pueden dar solo con la mirada y los gestos. Las ves trabajando juntas y se las ve felices. El taller para ellas también es un espacio seguro para hablar de sus cosas con total libertad.

La cocinera del centro no sabe inglés pero estuve con ella mientras cocinaba y me encantó ver cómo cuida cada detalle con mucho cariño. Cuando menos te lo esperas, te ofrece un té como gesto de bienvenida, para que te sientas como en casa. Eso me encantó: enseguida eres una más, te incluyen en su día a día. Con Ritu, en clase, ayudamos en las tareas diarias: clase de inglés, de yoga, de matemáticas… Los peques estaban encantados con la novedad de vernos allí. Jugamos con ellos, les ayudamos en sus ejercicios, y escuchamos cómo cantaban. ¡Fueron unos días increíbles!

Mujeres, niños y niñas y trabajadores del proyecto son una gran familia. Tienen muchas ganas de que se conozca el trabajo que realizan y de recibir personas voluntarias que les ayuden con las actividades en la escuela. Solo así podrán crecer y poner en marcha nuevas ideas para mejorar la vida de estas mujeres y niños.

Más info del proyecto en la web de Viajes Solidarios Tumaini.

Chad: el miedo que trae la desnutrición

Por Laura Rubio, UNICEF Comité Español, desde Chad

(Las huellas de Boko Haram, segunda parte).

En la zona del lago Chad, 8 de cada 10 personas desplazadas viven en comunidades de acogida, no en campos para desplazados. Sufren los que tienen que huir, pero también los que reciben el flujo constante de personas que llegan sin nada, a las que acogen por principios.

Una de estas comunidades es Tagal, una aldea de pescadores a orillas del lago, que ha visto cómo su población se ha duplicado debido a la llegada continua de quienes huyende la violencia de Boko Haram. Tagal era ya una aldea pobre, sin infraestructuras ni acceso a servicios básicos, y con recursos mínimos para subsistir. Pero aunque hay buenas intenciones, no llega para todos. Los locales y los desplazados comparten lo poco que tienen, hasta lo más básico: el agua, los alimentos, las esterillas, los enseres de cocina viejos y desgastados… y también las enfermedades y un estado de desnutrición crónica difícil de revertir.

Es en esa aldea de personas generosas donde a primera hora de la mañana recibimos otro golpe de realidad, muy difícil de encajar.
Sobre una esterilla de palma en la entrada de su vivienda (una choza levantada en la arena con hojas y cañas secas) nos encontramos con Akbáh y su padre.

Chad: el miedo que trae la desnutrición

Los niños son los más afectados por la violencia de Boko Haram / UNICEF Chad/2017/Bahaji

Akbáh, de tres años – aunque no aparentaba más de dos – estaba tumbado de lado sobre la esterilla, quietecito y tranquilo, ataviado solo con el hilo marrón atado a la cintura característico de los niños de su etnia (Kanembu). Su padre, sentado a su lado, nos relataba su historia mientras le acariciaba la cabeza.

Hacía meses que Akbáh estaba enfermo. Lo habían llevado al médico en varias ocasiones, pero no habían conseguido que mejorase. Tras semanas enganchando fiebres, tos, y sin poder retener nada en el estómago, Akbáh parecía demasiado cansado para seguir. La malaria y la desnutrición no daban tregua, y su presa ya no podía más.

No lo decía claramente porque su niño estaba delante, pero su relato dejaba entrever que ni su mujer ni él albergaban ninguna esperanza de que pudiera sobrevivir. Ya habían perdido dos hijos antes y reconocían bien las señales.

Los ojos grandes y serenos de Akbáh contrastaban con la crueldad de su suerte. No emitía ni un quejido, ni un llanto, solo una tos flemosa y débil salía de sus labios de cuando en cuando, como no queriendo molestar. La madre nos miraba desde la distancia mientras seguía con sus quehaceres.

“Es mejor no encariñarse demasiado con los hijos porque se te pueden morir en cualquier momento”, decía otra madre.

Deseé con todas mis fuerzas ver a Akbáh levantarse y salir corriendo a jugar con los otros niños, a tirar de ese camión fabricado con una lata oxidada atada a una caja con tapones … Pero nada de eso ocurrió. La realidad es que nos despedimos de Akbáh, que seguía apurando cada respiración en silencio junto a su padre.

Nos costó, los pies no querían irse. Sentí en mi interior esa mezcla de tristeza y rabia por la injusticia y la impotencia de todo aquello.

Cada vida cuenta. Cuando ves que se consigue salvar las vidas de miles de niños te sientes infinitamente feliz, e infinitamente triste cuando eres testigo de que la valiosísima vida de un niño como Akbáh se escapa.

Desde Tagal seguimos hacia la isla de Bouguirmi, en la zona central del Lago.

Las islas en el norte están deshabitadas. Algunas, debido a ataques de Boko Haram, otras evacuadas por las fuerzas militares como medida de protección. En esos movimientos de personas muchos han perdido la vida, y los que se han librado tienen que sobrevivir en medio de condiciones extremadamente duras. Este también es el caso de la gente de Bouguirmi.

Habían vuelto a la isla hacía dos meses, después de más de dos años de abandono forzoso. Tras recibir el aviso de que el grupo terrorista iba a atacar su aldea, escaparon dejando todo atrás. Salieron con lo puesto, ayudándose unos a otros. Lo siguiente que vieron fue su aldea en llamas.

Ahora vuelven a empezar de cero. ¿Por qué volver?

Nos decían que puestos a vivir con todo tipo de carencias, prefieren hacerlo en la tierra que les vio nacer. Han reconstruido sus hogares, y hasta han habilitado un puesto de salud y una pequeña escuela apoyados por UNICEF. Su capacidad de sobreponerse a la adversidad es indudable, y están más unidos que nunca, pero el hambre aprieta. Sin recursos ni tiempo para cultivar la tierra antes de que empiece la temporada de lluvias, sin ganado, y sin comercio con Nigeria, su supervivencia depende completamente del apoyo del gobierno y la ayuda humanitaria.

Chad: el miedo que trae la desnutrición

Muchas madres dejan de producir leche. Casi todos los niños presentan síntomas de desnutrición / UNICEF Chad/2017/Bahaji

El día que visitamos Bouguirmi era jornada de vacunación y de control de talla y peso de los niños. No hacía falta ser médico para ver que la mayoría de los niños tenía algún síntoma de desnutrición: los bracitos y las piernas muy finos o con la piel pegada a los huesos, vientres hinchados, talla por debajo de lo normal… Todo esto, nos explicaba mi compañero especialista en Salud, los hace aún más frágiles, y cuando vienen otras enfermedades prevalentes, como la malaria, la fiebre amarilla, o enfermedades transmitidas por el agua, es muy difícil la recuperación. De ahí que la prevención sea tan importante.

Muchas madres dejan de producir leche debido a la violencia y el terror. Ves a madres con los niños colgados al pecho, pero ellas están ausentes, con la mirada muy lejos. El apoyo psicosocial es clave también para la nutrición. Así nos lo contaba una compañera psicóloga que trabaja con los desplazados y refugiados en la frontera norte con Nigeria. Nos explicó el vínculo entre el trauma y el hambre, y de lo duro que es también para los trabajadores humanitarios llegar a esas zonas de difícil acceso en ese contexto de violencia e inseguridad.

Escuchando y viendo todo eso es fácil comprender que Alimé, de 40 años, embarazada por novena vez, esté preocupada. Se siente muy mayor para volver a dar a luz y ha perdido tres hijos. El último era su única niña, de la que estaba embarazada cuando huyó de la aldea con su familia. No sabe si fue el miedo que se le quedó metido en el cuerpo la causa directa de un embarazo que se volvió muy complicado, probablemente. Recuerda que ese día, por suerte, estaba a orillas del río lavando sus enseres de cocina con sus hijos pequeños cerca de ella. Los mayores estaban pescando con su padre. Cuando escuchó el estruendo que avisaba del ataque inminente de Boko Haram cogió a uno de sus hijos en brazos, su marido cogió a otros dos y los mayores (entonces de 10 y 13 años) les siguieron corriendo. Tuvieron que correr mucho y permanecer escondidos entre los matorrales toda la noche, sin nada, hasta que se sintieron a salvo para salir y continuar la huida hasta una aldea ‘segura’. Alimé recuerda que estuvo sangrando varios días. Su niña nació con problemas de salud y murió a los 40 días. Cuando le pregunté qué deseaba para el futuro de su familia y sus hijos, me dijo: “alimentos, ropa… utensilios de cocina, porque hasta eso es prestado”. Nada más. Sus palabras reflejan bien que la supervivencia es el día a día.

No obstante, Alimé nos despidió esperanzada. Sus hijos pueden ir a la escuela, por primera vez está recibiendo cuidado prenatal e información sobre cómo preparar los alimentos para que sean más seguros y nutritivos y, también por primera vez, tiene pensado dar a luz en un centro sanitario. Razones muy buenas para mantener la esperanza.

La migración: una lucha por sobrevivir

Por Aina Valldaura de la Fundación Vicente Ferrer.

El mes de mayo es uno de los más calurosos en el distrito de Anantapur (India) con temperaturas que alcanzan los 45 y 46 grados. Se trata del mes previo al monzón y de vital importancia para el cultivo de las cosechas, al menos así era antes de la sequía severa que desde hace tres años afectara la región. En el último año prácticamente no ha caído ni una gota durante la temporada del monzón, las cosechas se han perdido y en su lugar, la migración se ha impuesto como una necesidad.

Cuando llegamos al pueblo de Pillagundla, en la región de Madakasira, uno de las zonas más afectadas por la sequía por su carácter eminentemente rural, un grupo de mujeres mayores, niños y niñas nos estaban esperando. Nuestro objetivo era hablar con una familia en la que algunos de sus miembros hubieran migrado debido a la sequía, dejando atrás a la gente mayor y a los hijos de menor edad. Lo que no nos esperábamos era descubrir que el pueblo entero cumplía con ese perfil.

Mucho se ha escrito sobre el fenómeno migratorio: su impacto, las condiciones en las que viajan los migrantes, los motivos por los que se van y los abusos que a menudo les esperan cuando llegan a su destino. Pero, ¿qué pasa con los que se quedan? ¿Qué pasa con aquellos y aquellas que viven día a día con esa ausencia?

En el distrito de Anantapur en los últimos años han migrado 480.000 personas, lo que equivale al 10% de la población. Después de años de sequía y la pérdida del 90% de las cosechas, las opciones en las áreas rurales se reducen a dos: sentarse y esperar que llegue el monzón o migrar.

De las poco más de 70 familias que viven en la aldea de Pillagundla todas han asumido la migración como una necesidad. En todas ellas como mínimo uno de sus miembros ha migrado en busca de un futuro mejor, mientras que cinco ya han abandonado el pueblo de forma permanente.  Menores y ancianos son los únicos testimonios de este cambio en la realidad social del pueblo. Son muchos los ejemplos que podríamos enumerar, y Pillagundla, es una aldea más de esta lista, pero sus habitantes tienen mucho que decirnos.

“Mi marido y yo tenemos dos acres  (0.8 hectáreas) de tierra, pero ¿qué hacemos con ella si no llueve?”, cuenta Pushpa, una joven de 30 años y madre de dos hijos en la entrada de su casa ahora cerrada con candado. Hace cinco años tuvo que migrar de Pillagundla en busca de un futuro mejor. Ser propietario de tierras de cultivo ya no es suficiente para poder llevar una vida digna.

Los hijos de Pushpa ahora viven con su abuela Anjinamma de 65 años, quien se hace cargo de dos nietos más. Los cinco conviven en una casa de una sola habitación. Anjinamma hace años que ha asumido el rol de madre, padre y abuela, así como la responsabilidad y cuidado de los pequeños. “Cuidar de ellos es mi trabajo, lo he hecho toda mi vida, y además ahora mis vecinos me ayudan. Somos muchas las que estamos en una situación parecida”, añade la anciana.

Pushpa espera con ansia el día uno de cada mes, cuando puede ir al pueblo a visitar a sus pequeños y recoger los alimentos subvencionados que les otorga el Gobierno. Cuenta con tristeza el trabajo que tiene en la ciudad: hacer ladrillos. Trabaja 12 horas días, los siete días de la semana, por poco más de 7.000 rupias al mes (96 euros). Su marido, por el simple hecho de ser hombre, cobra 9.800  (135 euros).

Le cambia el tono de voz cuando le preguntamos por el futuro de sus hijos. Quiere que estudien, encuentren un buen trabajo y, al contrario que ella, no tengan que depender nunca de la lluvia para poder comer. “Quiero que sean doctores”. Pushpa dejó la escuela con solo 10 años y quiere evitar por todos los medios que a sus hijos les pase lo miso. Aunque el precio sea, estar lejos de ellos.

  • Todas las imágenes son de Constanza González/Fundación Vicente Ferrer.

Las huellas de Boko Haram, primera parte

Por Laura Rubio, UNICEF Comité Español, desde Chad.

Hace unos días estuve con UNICEF en la zona del Lago Chad, entre las fronteras de Chad, Níger, Nigeria y Camerún.

Antes del viaje me hice con informes y datos, leí artículos relevantes, hablé con otras personas que habían estado recientemente en la zona, vi fotografías y mapas del sitio. Yo diría que iba bien documentada. Todo apuntaba a que iba a ser un viaje complicado, pero ya el bofetón de aire caliente mezclado con la humedad sofocante, nada más bajar del avión, fue el primer aviso de que lo que estaba por venir iba a ser aún más sobrecogedor. En realidad, la situación allí es mucho peor de lo que me esperaba.

Las huellas de Boko Haram, Primera parte.

Esta niña tuvo que huir cuando se recibió el aviso de que Boko Haram estaba a punto de atacar su aldea / ©UNICEF/2017/Bahaji

Una zona olvidada en un país que sufre una crisis sin fin te planta cara y, sin necesidad de hurgar demasiado, te muestra sus heridas, aún abiertas. Y es que, aunque quisiera esconderlas, no podría.

En el Día Mundial del Refugiado, recuerdo que en Chad hay unas 600.000 personas desplazadas, refugiadas o que han regresado al país a causa de la violencia en los países fronterizos. Más de 4 millones de personas sufren inseguridad alimentaria y cerca de la mitad de los niños y niñas en edad escolar no van a la escuela. En la zona del Lago, esta cifra alcanza el 84%.

Violencia de Boko Haram. Lo que he visto y oído

Una buena amiga con la que comparto preocupaciones y charlas en las que arreglamos el mundo, me preguntó el otro día a propósito de mi viaje: “¿Pero en realidad qué es Boko Haram?” En ese momento le di una respuesta rápida y le prometí explicaciones a la vuelta.

Desde hace unos años, con los primeros ataques y secuestros del grupo terrorista, el mundo es consciente de la violencia y la crueldad de sus acciones. Se sabe que suelen atacar por la noche, que llevan el rostro cubierto y que van armados hasta los dientes; que saquean aldeas enteras y se lo llevan todo, todo, incluso, a las mujeres y los niños; que dejan una estela de destrucción y muerte, y un olor del que los sentidos difícilmente se pueden desprender jamás.

Y estando ahí, hundiendo mis pies en la misma arena caliente en la que ellos han hundido los suyos, pude sentir y ver las huellas del daño que esa violencia salvaje ha provocado en las familias y los niños en la zona del Lago. De una manera u otra, todos están marcados.

Boko Haram se nota en la voz apenas perceptible y los ojos tristes de los niños que nos contaron su huida de manos de los terroristas. Pudieron escapar en un descuido de sus vigilantes, o aprovechando el caos de los enfrentamientos con fuerzas militares. El ataque, el secuestro, el sometimiento, la huida, y el ser consciente de que aún no se está a salvo es demasiado peso para llevar encima. Y es evidente. Les cuesta levantar la mirada, no saben muy bien qué pensar sobre su futuro, y apenas esbozan algo parecido a una sonrisa cuando están tranquilos. Después de lo que han vivido, los veía ahí, recogiendo su dignidad, en un campo de desplazados en medio de la nada. Ahí, donde los niños no juegan, estos chicos se pasan los días sin apenas alicientes para revivir al niño moribundo que llevan dentro.

Es un proceso lento y largo el que deben seguir para conseguir sanar poco a poco las heridas. La liberación y la reintegración a sus comunidades es solo el comienzo. Nos lo contaban nuestros compañeros de UNICEF que apoyan el trabajo para la recuperación de estos niños, que pasa por la reunificación familiar, la educación y el apoyo psicosocial.

Tienen pesadillas por las noches. No quieren acercarse al lago a pescar ni alejarse demasiado de la aldea para buscarse la vida porque tienen miedo de volver a caer en manos de los terroristas, que pueden estar escondidos en cualquier sitio.

Y es que los radicales de BoKo Haram no son solo gente de fuera. ‘Los malos’, como los llaman muchos, sin más, para no invocarles, han conseguido colarse en los pueblos y reclutar a jóvenes locales que, seguramente atenazados por la pobreza y el desánimo, se convierten en presas fáciles y manipulables a los que utilizan para sus ataques.

Se te cae el alma al suelo cuando te cuenta el director de una escuela en el campo de desplazados de Yakoua (Bol) que todos los días, antes de entrar al recinto, los niños tienen que esperar en fila su turno para ser registrados por alumnos más mayores. Estos comprueban que los que están ahí son los que deberían e identifican casos sospechosos, posibles niños y niñas bomba.

Me preguntaba cómo se explica eso a los críos, qué entenderán de todo eso. No sé qué pasará por sus cabecitas, pero está claro que son conscientes del peligro. No eran el típico grupo de niños que cuando te ven llegar se lanzan a saludarte, curiosos y alegres, y que te cogen de la mano y te sonríen. No. Se mantenían a distancia, serios y cautos. Apenas hacían ruido y marchaban como soldados, firmes y en silencio, a recoger ordenadamente su ración del almuerzo. Para muchos, su única comida del día. Pasado un rato empiezan a juguetear y a acercarse, pero les cuesta, viven en alerta.

Los cacheos están establecidos también el día de mercado en Baga Sola. Otra localidad muy cerca del lago. En una de las entradas al mercado vimos un ‘puesto de control’ (una simple cuerda atada a un lado y a otro), donde un hombre mayor con turbante, una mujer y un niño, revisaban a ojo carretillas, triciclos y enseres de todas las personas que iban entrando, incluso miran entre las ropas de los niños y niñas por si llevaran escondidos explosivos. Según datos de los que dispone UNICEF, desde enero de 2014 se han utilizado 117 niños y niñas en los denominados ataques suicidas en los cuatro países afectados por la crisis.

En la zona del Lago Chad te das cuenta de que para Boko Haram las vidas de los niños, a los que tratan como objetos, no tienen valor.

Y eso es demoledor.

Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y el Maltrato en la Vejez: la violencia contra las mujeres no tiene límite de edad

Por Amy Heritage, Responsable de Comunicación Digital en Age International, apoya las relaciones de comunicación e incidencia con HelpAge International.

©Roopa Gogineni/HelpAge International

La violencia contra las mujeres no tiene límite de edad; a medida que las mujeres envejecen, se vuelven más vulnerables. Actualmente, miles de mujeres mayores en todo el mundo son atacadas atrozmente –y algunas son matadas– después de haber sido acusadas de brujería. Hablando con algunas de las mujeres mayores de Tanzania, ellas quisieron compartir conmigo sus experiencias y dar a conocer la realidad en la que viven.

“Me cortaron los brazos”

Los atacadores de Deyu le cortaron ambos brazos ©Jeff Williams/HelpAge International

“Cuando me atacaron estaba en casa, cuidando de uno de mis nietos que era solo un bebé. Mi marido estaba fuera”, me explica Deyu. “De repente, personas llegaron a mi casa. Les grite ‘¿quiénes sois?’ pero no podía ver sus caras. Me atacaron y me cortaron ambos brazos. Salí corriendo al edificio de al lado donde estaba un nieto mío mayor y empecé a gritar ‘Me estoy muriendo, me estoy muriendo’ y luego me desmayé. Me levanté al día siguiente en el hospital. Nunca supimos quiénes fueron las personas que me hicieron esto”.

Deyu me cuenta que ha escuchado historias de otras mujeres mayores que fueron atacadas porque se les considera “brujas”, pero ella piensa que esto es solamente una excusa –la verdadera razón, me explica Deyu es “la envidia que le tienen mi familia por buenas cosechas que tenemos”.

“Nadie hace nada para los pobres”

Nyamizi fue atacada con un machete por un hombre cuando regresaba a su casa de noche ©Jeff Williams/HelpAge International

“Soy una buena persona y le caigo bien a la gente”, nos cuenta Nyamizi, 73 años. “Pero tengo un vecino –un hombre adinerado– que tiene un niño enfermo, que al final murió. El vecino dijo que fue por mi culpa”.

“Recibí una carta amenazándome, diciéndome ‘debes abandonar el pueblo, múdate a unos 15 pueblos lejos de aquí o te haremos algo que jamás olvidarás’”. “Llevé la carta al tribunal, pero no se hizo nada. Una noche, estaba regresando a casa y vi a una persona corriendo hacia mí –me golpeó con un machete y me cortó el brazo y me hirió la cabeza. Estaba oscuro, pero pude reconocer a la persona”.

“Durante un día estuve inconsciente en el hospital y estuve internada durante tres semanas. Estaba casi segura que iba a morir”.

“Cuando estaba en el hospital, la policía vino y me preguntó sobre mis vecinos, incluso sobre el hombre que yo sospechaba que me había hecho esto. Cuando me recuperé, recibí una carta de la policía para ir al juicio. La primera vez el juez no vino, y la segunda vez me dijeron que el juicio ya se había solucionado y había perdido, pero la policía nunca me dijo esto. Estuve muy enfadada cuando escuché esto y regresé a la comisaría. Estaba muy enfadada con ellos y regresé a mi casa muy decepcionada. Nunca se volvió a hacer otro juicio”.

“No hay justicia. No pude hacer justicia y ganar el juicio porque no pude pagar por esto. Nadie hace nada para los pobres”, nos relata Nyamizi con lágrimas en los ojos”.

“La mentalidad es que ‘mayor’ significa ‘bruja’”

Nziku recibió cartas con amenazas y fue atacada de noche
Jeff Williams/HelpAge International

“Poco después de la muerte de mi marido, hace dos años, recibí cartas con amenazas”, nos explica Nziku. “Las cartas siempre llegaban de noche, en la oscuridad. Las dejaban en el muro, fuera de la casa, para que nadie supiera quién entregaba estas cartas”.

“Estaba muy asustada. Me mudé a otro pueblo”, relata Nziku.

“Muchas personas piensan que cuando una mujer envejece, se convierte en una bruja. La mentalidad es que ‘mayor’ significa ‘bruja’. ¡No entiendo esto! Soy una persona mayor y ya no puedo hacer algunas tareas –¿cómo podría convertirme de repente en bruja?”.

La vejez trae consigo nuevos tipos de violencia y abuso hacia las mujeres mayores que es muy probable que no se hayan experimentado antes, en etapas más tempranas de la vida de una mujer. Uno de estos tipos de violencia es el terrible abuso debido a las acusaciones de brujería en varias comunidades.

Mujeres de todas las edades pueden ser víctimas de violencia y abuso. HelpAge International, junto con Age International y su contraparte local en Tanzania, trabaja, en línea con el Objetivo 5 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible “eliminar todas las formas de violencia contra todas las mujeres y las niñas”, para ayudar a las mujeres mayores de las zonas rurales de Tanzania, que han sido víctimas de brutales ataques posteriores a las acusaciones que recibían al ser consideradas brujas.

Cómo está cambiado la vida de los mayores el primer sistema público de pensiones de África del Este en imágenes

Por Ben small, Coordinador del Área de Comunicación e Incidencia de HelpAge International.

En abril 2016, Zanzíbar fue el primer lugar de África del Este en ofrecer a las personas mayores una pensión pública. Desde entonces, cada persona de 70 años o más recibe 20,000 chelines tanzanos (9€) al mes. Es una cantidad modesta de dinero, pero en una isla donde muy pocas personas hacen contribuciones formales para tener una pensión de jubilación, este dinero tiene un gran poder ya que ha llegado a transformar la vida de las personas mayores beneficiarias de la pensión pública.

Viajar a Zanzíbar y ver cómo una cantidad tan pequeña de dinero ha cambiado la vida de las personas mayores, su actitud y su modo de ver la vida me ha demostrado que debemos seguir abogando por implementar un sistema público de pensiones en todos los países en vías de desarrollo. Kombo Mohamed, Ernestina Felix, Cassim Juma Vuai o Mambo Huwiss Mambo son solamente algunos de los mayores de Zanzíbar que han compartido conmigo sus vivencias y experiencias después de empezar a recibir la pensión mensual.

1. Kombo Mohamed, 72 años, ha sido la primera persona en Stone Town, en el casco histórico de la ciudad de Zanzíbar, que ha recibido una pensión del estado de 20,000 chelines tanzanos (9€) al mes. “Toda mi familia se beneficia de mi pensión”, me explica. “Puedo pagar los estudios de mi hija y el transporte a la escuela y hemos mejorado nuestra alimentación al poder comprar más frutas y verduras”.

2. Personas mayores en Welezo, un distrito de Stone Town, se reúnen por la mañana para recoger la pensión.

3. Pensionistas esperando en la cola para recibir su pago mensual en una escuela local.

4. Ernestina Felix tiene 88 años, es viuda y vive con su hija menor y sus tres nietos, y ha sido la primera mujer en recibir la pensión.

5. La familia de Ernestina la cuida muy bien ya que ha trabajado toda su vida –ha sido empleada doméstica hasta que ha cumplido 81 años– y no quiere ser una carga para su familia. Con la pensión, ha abierto un pequeño negocio de venta de zumos y vende una botella por 1,500 chelines.

6. Cassim Juma Vuai, 71 años, ayuda a un cliente en su tienda del pueblo de Uroa, Zanzíbar. Cassim ha trabajado como limpiador hasta cumplir los 60 años y luchaba para sobrevivir con una pensión de 40,000 chelines al mes. Cuando se introdujo el sistema social de pensiones, sus ingresos incrementaron con un 50%, lo que le permitió que abriera una tienda alimentaria donde vende productos básicos como harina o aceite.

7. Cassim, regalando mangos a los niños en su tienda, relata: “He decidido abrir una tienda porque no requiere mucha energía ya que estoy sentado todo el día esperando a que vengan los clientes”.

8. Fatima Mohamed, 70 años, recoge su pensión en una escuela local de Stone Town.

9. Fátima fue abandonada por su esposo y relata: “Antes de tener la pensión, mi vida era muy difícil porque no tenía ningún recurso para mantenerme”.

10. Fátima alimenta a un pollo. Ahora tiene un pequeño negocio vendiendo tomates, cacahuetes y otros pequeños productos. Cada mes, gasta la mitad de su pensión en comida para la casa y la otra mitad la invierte en su negocio.

11. Mambo Huwiss Mambo, 75 años, pescador del pueblo Chwaka, explica: “En un mes menos productivo, el dinero de la pensión es muy importante porque puedo comprar comida”.

12. El pago mensual le ha permitido a Asherjuma Ama comprar estos libros para la escuela de su nieto. Relata que jabón será la primera cosa que comprará cuando reciba la siguiente pensión.

13. Para Kombo, la pensión significa que tiene más dinero para poder comprar mangos como los que tiene en el bol. Como profesor de química jubilado, recibe también una pensión del Ministerio de Educación. La pensión estatal es muy útil en los meses cuando va muy justo de dinero. “Es una gran ayuda para los otros mayores que tienen su propio negocio o construyen sus casas poco a poco”, cuenta Kombo.

14. Los beneficios de los que disfruta este pensionista en Zanzíbar pueden ser los mismos en toda Tanzania. El socio de HelpAge Tanzania, Age International, sigue trabajando con el gobierno nacional para desarrollar un sistema estatal de pensiones para todo el país.



Fotos:
Kate Holt, Age International/HelpAge International

Las madres coraje de Siria. Segunda parte

Testimonio de Fátima*, proveniente de la Gobernación de Dar’a, Siria

 “Nunca en mi vida había visto la felicidad como algo tan lejano e inverosímil”.

Fatima, una madre siria de 45 años recibe medicamentos en Irbid. Fotografía: Maya Abu Ata/MSF

Fátima, una madre siria de 45 años recibe medicamentos en Irbid. Fotografía: Maya Abu Ata/MSF

«Miedo, ataques aéreos, bombardeos… esos fueron los motivos que me llevaron a salir de Siria. Dejé el país hace seis años. Todavía recuerdo cómo me sentí el día que abandoné mi país. Mi marido, los niños y yo creíamos que la muerte sería más misericordiosa que permanecer allí. La terrible guerra en Siria no solo me obligó a abandonar mi país para buscar protección para mi familia y para mí en otro lugar, sino que también tuvo un impacto en la salud de mi marido, que sufrió 21 ataques a causa del miedo y de la tensión constante bajo la que vivíamos. Nos aterrorizaba la idea de algo malo pudiera pasarle a nuestros hijos y ese estrés continuo acabó pasándole factura. Y sí, es cierto que mi marido ya era un hombre enfermo desde hacía bastantes años, pero al final su estado de salud se deterioró tanto que tuvieron que amputarle una pierna.

En aquel momento, yo solo pensaba en cómo podría encontrar un lugar seguro para mi familia; un sitio que estuviese suficientemente alejado de las crueles zarpas de la guerra. Y, cómo no, en obtener un tratamiento médico que pudiera aliviar el continuo dolor de mi marido.

Nunca podré olvidar aquellas jornadas en las que cruzamos a Jordania; sé que se quedarán marcadas a fuego en nuestra historia. Fueron dos días de absoluta tristeza y desesperación, con mi marido apoyándose en mi hombro para mantenerse en pie. Formábamos un espectáculo dantesco e inolvidable; un amputado, su esposa, dos hijas y tres hijos. Una familia que no tenía nada, excepto la ropa que llevaban puesta, un pesado dolor en el pecho y muchos viejos recuerdos. Eso fue todo lo que nos pudimos llevar; lo demás, todas aquello que nos resultaba querido, lo dejamos todo atrás.

Estaba preocupada y estresada. Me encontraba constantemente pensando en qué podía hacer para ayudar a mi familia y ayudarles a ponerse a salvo. Permanecimos cuatro meses en el campo de refugiados de Zaatari, donde pasamos la mayor parte del tiempo en el hospital marroquí. Cuando llegamos al campo de Zaatari sufría de hipertensión. Mi marido, aparte de todos los problemas que ya veía arrastrando, tampoco salió indemne: los acontecimientos en Siria también le afectaron y en Zaatari le dijeron que sufría de diabetes e hipertensión.

“Nuestra miserable situación llevó a mi marido al borde de la desesperación”.

Tras esos cuatro meses, decidimos abandonar el campo. Teníamos la esperanza de que la situación mejorase, pero no lo hizo. Sí, es cierto que conseguimos dejar atrás la cultura de las «caravanas del desierto», dónde vivíamos entre el polvo y la arena, pero en nuestro nuevo hogar la nieve y la lluvia llegaron sin previo aviso y cubrieron nuestra «casa» con el manto del crudo invierno.

Durante este tiempo, mis hijos trataron de trabajar para pagar el alquiler y mantener a la familia. Nuestra miserable situación llevó a mi marido al borde de la desesperación, una vez más, pero no permití que se me contagiase ese sentimiento de desesperanza. Visitaba regularmente el dispensario médico para tratar de obtener medicamentos y el tratamiento que necesitaba mi marido. Y traté también de aliviar el agotamiento que se dibujaba tan claramente en las frentes de mis hijos. Les di apoyo psicológico, les pedí que tuvieran paciencia y que resistieran, recordándoles lo fuertes que habíamos sido. Y así logré que no perdieran la esperanza.

Las constantes dificultades y penalidades acabaron por derrotar a mi marido: un día sufrió un infarto cerebral y falleció de inmediato. Aquel día supe lo duro que puede llegar a ser el sufrimento. Nunca en mi vida había visto la felicidad como algo tan lejano e inverosímil. Me di cuenta de que a partir de ese momento estaba sola y que tendría que luchar por mí misma contra todas las mareas sorprendentes de la vida. Tenía que seguir adelante, sobrevivir y ayudar a mi familia, porque, como me repetía a mí misma constantemente, no habíamos hecho nada malo a nadie, nos merecíamos vivir en paz.

Cuando nos trasladamos a Irbid, mi hijo menor estaba haciendo sus estudios de tercer grado. Yo le animé a que completara su educación a pesar de nuestra difícil situación y de nuestras limitaciones económicas. Hoy en día ya está en séptimo y quiere continuar su formación para poder llegar a ser médico en el futuro y poder prestar una atención médica como la que hoy nos proporciona Médicos Sin Fronteras (MSF).

Conocí esta organización y sus servicios unos meses antes de la muerte de mi marido. Un médico que conozco me dijo que MSF era una organización médica internacional que proporcionaba servicios gratuitos. Así que los busqué, me registré y desde entonces recibo la atención médica que necesito, incluyendo un apoyo psicosocial que en este momento resulta imprescindible para mí. Me enseñaron cómo hacer frente a las presiones psicológicas de una manera saludable, y cómo adaptarme a mis problemas financieros y hacer frente a los problemas familiares. Además, nunca dejo de orar y alabar a Dios cada vez que tengo ese sentimiento de asfixia. La oración me da cierta sensación de confort, pero también necesito el apoyo psicológico que me da la organización. Ahora me doy cuenta de que me siento más cómoda y aliviada que durante mi periplo hasta aquí, ya que tengo a mis hijos conmigo. Me siento más segura y estable, lo que despierta una sensación de alivio dentro de mí.

Fatima, una madre siria de 45 años recibe medicamentos en Irbid. Fotografía: Maya Abu Ata/MSF

Fátima, una madre siria de 45 años recibe su tratamiento en Irbid. Fotografía: Maya Abu Ata/MSF

Seguiré siendo fuerte para poder mantener a mi familia. A pesar de las duras circunstancias, me esfuerzo al máximo para encontrar un rayo de luz, algo de esperanza para esta humilde familia. Continúo buscando trabajo, mientras tanto proporciono a mi familia apoyo moral, pero no puedo prestarles apoyo financiero.

Al fin y al cabo, soy madre, y todo el mundo sabe cuál es la definición de la madre y qué significa ser madre y refugiada siria.

* Se ha modificado el nombre para mantener su confidencialidad.

Las madres coraje de Siria. Primera parte

Testimonio de Majida*, proveniente de la Gobernación de Dar’a, en Siria.

Majida, refugiada siria de 58 años, es atendida en Irbid. Fotografía: Maya Abu Ata/MSF

Majida, refugiada siria de 58 años, es atendida en Rahabah. Fotografía: Maya Abu Ata/MSF

“Mientras haya guerra, no volveremos a Siria”

Tuve que abandonar Siria a causa de los devastadores bombardeos y ataques aéreos que sufríamos. Mi marido me dijo: «Huye y yo me uniré a ti el mes que viene». Además, mi hijo quería finalizar sus estudios y allí no habría podido, así que esa fue otra razón de peso para que decidiéramos irnos. Pagamos 24.000 libras sirias (unos 100 euros al cambio actual) para obtener los documentos oficiales de mis hijos y poder viajar a Jordania, pero solo logramos conseguir los certificados de secundaria de ambos, no los certificados universitarios. Vivo en Jordania con mi hijo y con mi hija desde hace cinco años.

Tras cinco años en Jordania, extraño mi pueblo y a mi familia. Cuando llegamos a Jordania estuvimos viviendo en una tienda de campaña durante tres meses. Era muy duro. Más tarde, nos compramos una caravana en la que permanecimos un año, pero la lluvia caía con tanta fuerza que el agua se filtraba en el interior de la misma.

Mi marido nunca llegó a salir de Siria. Al final se casó con otra mujer y se negó a enviarnos dinero. Tras permanecer un año y tres meses en el campo de refugiados, mi hijo decidió que era hora de irse. Gracias a la ayuda de un extranjero, consiguió inscribirse en la Universidad de Ciencia y Tecnología en Jordania. Entró en la universidad con otros 60 estudiantes y comenzó a estudiar farmacia. Tuvo que superar muchas dificultades durante el proceso de registro, pero lo consiguió. Espera graduarse este año después del Ramadán. A pesar de las muchas reticencias que tenían otros miembros de la familia, yo siempre lo he apoyado para que continuase sus estudios.

También apoyé mi hija para que continuara sus estudios en la escuela. La inscribí en el último curso de secundaria y en dos cursos de inglés fuera de los límites del campo de Zaatari. Siempre he animado a mi hija a superar las dificultades y continuar sus estudios a pesar del cansancio físico y psicológico que sufrían tanto ella y como mi hijo. Ambos han sufrido mucho y tuve que llevarlos varias veces al hospital a causa de esta fatiga. Mi hijo empezó a hacer algunos trabajos para ganar una pequeña paga y ayudarme a pagar los estudios de su hermana. Lo bueno es que al final ambos consiguieron su objetivo: mi hija también terminó la educación secundaria y pudo inscribirse en la universidad. Ahora está a punto de graduarse como asistente farmacéutica.

Miro atrás y veo todo lo que pude conseguir para mis hijos. Sé que todo esto se lo debo a mi fe y confianza en Dios y a la ayuda de muchas personas que se mantuvieron siempre a mi lado y que me apoyaron cuando las cosas estaban más difíciles. Aunque muchas personas me presionaron para que obligara a mis hijos a casarse, no cedí a la presión. Me he esforzado mucho para mantener a mis hijos hasta que terminen sus estudios. Esa siempre ha sido mi máxima prioridad.

“Sufría mucho, y eso tenía un impacto extremadamente negativo en mi estado físico y psicológico”.

Solía comprar mis medicamentos en el campo de Zaatari hasta que llegué a la zona de Rahabah, donde me dijeron que había un equipo de Médicos Sin Fronteras (MSF) que llevaba trabajando allí desde hacía casi un año y medio. Desde ese momento, pasé a recibir mis medicamentos gratuitamente. Hace tiempo que sufro una enfermedad del corazón y que tengo hipertensión, pero desde hace algo menos de tiempo también sufro diabetes y tengo altas concentraciones de triglicéridos. Antes de recibir la medicación gratuita, compraba el paquete de 30 comprimidos para mis problemas con los triglicéridos a un precio de 30 dinares jordanos. Además de ser caros, casi nunca quedaban existencias de ese medicamento en las farmacias, así que a veces me quedaba sin tomarlos y mi estado de salud empeoraba. Afortunadamente, ahora estoy mucho mejor, ya que estoy recibiendo tratamiento médico de forma regular.

Sufría mucho, y eso tenía un impacto extremadamente negativo en mi estado físico y psicológico. Las sesiones de apoyo psicosocial me ayudaron mucho, pero todavía no he logrado recibir ninguna ayuda financiera. Tampoco he conseguido que alguien me diera una oportunidad de trabajo. Mis condiciones de vida siguen siendo difíciles y eso hace que no pueda pagar el alquiler de forma puntual. Durante mucho tiempo fui paciente porque no tenía otra opción; debía ser fuerte y soportar esa carga por el bien de mis hijos. Tras el abandono que sufrimos por parte de su padre, solo me tenían a mí. Sin embargo, la paciencia ya se me está agotando y empiezo a tener la necesidad de salir de aquí..

Majida es atendida en el hospital de MSF en Irbid mientras le toman la tensión. Fotografía: Maya Abu Ata/MSF

Majida es atendida en el hospital de MSF en Rahabah mientras le toman la tensión. Fotografía: Maya Abu Ata/MSF

Insté a mis hijos a que también fueran pacientes y les animé a tener fe en que pronto las cosas irían mejor. Nuestra situación era tan dura que a veces un día se me hacía tan largo como un año entero. También sufrimos el intenso frío del invierno y la falta de dinero y recursos. Ni siquiera teníamos dinero para pagar la calefacción.

Espero con impaciencia el día en que mis hijos terminen sus estudios, para que puedan trabajar con dignidad sin necesitar ayuda de nadie. Estoy orgullosa de ellos, pero tengo miedo de que mi hijo no llegue a tener la oportunidad de trabajar, casarse y asentarse. Mientras sigan estudiando, me quedaré con ellos y seguiré apoyándolos. Ahora estamos evaluando las posibilidades que hay para salir de Jordania y que mis hijos puedan trabajar. Lo que tengo claro es que mientras haya guerra, no deseamos en absoluto volver a Siria.

* Se ha modificado el nombre para mantener su confidencialidad.