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Por aquí han pasado cooperantes de Ayuda en Acción, Cruz Roja, Ingeniería Sin Fronteras, Unicef, Médicos del Mundo, HelpAge, Fundación Vicente Ferrer, Médicos Sin Fronteras, PLAN
Internacional, Farmamundi, Amigos de Sierra
Leona y Arquitectura sin Fronteras.

Con una vacuna, la vida de Nelly sería otra

Serge Wingi, UNICEF en República Democrática del Congo

Con motivo de una campaña de vacunación contra la polio hace un par de meses visité la aldea de Kayombo, conocida por la gran cantidad de gente que se opone a las vacunas debido a las creencias populares y tradicionales.

Al llegar al pueblo, me fijé en una joven de unos veintipico años. Parecía que estaba en las calles de Kinshasa, no en una pequeña aldea en medio de la provincia de Tanganica. Sentada a la sombra, con una trenza perfecta, la chica se maquillaba mirándose en un pequeño espejo. Intrigado, pregunté por ella a unos cuantos aldeanos, que rápidamente me dijeron que Nelly era la hija mayor del jefe de la aldea.

Con una vacuna, la vida de Nelly sería otra

Nelly ha aprendido a vivir con su estado /©UNICEF

Inmerso en mis actividades, me olvidé de la presencia de Nelly, que tanto me había llamado la atención al llegar. Solo por la tarde, cuando me iba, me acordé de ella. Venía detrás de nosotros gritando “¡esperad!, ¡esperad!”, porque quería venir con nosotros a Kalemie para vender allí comida.

Solo cuando la vi acercándose al coche comprendí que detrás de su gran sonrisa, sus ojos maquillados y su ropa moderna se ocultaba un gran dolor. Ella utilizaba sus brazos para moverse hacia nosotros. ¿Cómo una chica joven, con toda la vida por delante, podía llevar una carga tan pesada? Pasé la mayor parte del viaje entre la aldea y Kalemie haciendo preguntas a Nelly.

“Nací con buena salud, pero cuando tenía cuatro años de pronto no podía sostenerme sobre mis piernas”, me contó.

En ese momento, nadie en la aldea pensó en la posibilidad de la polio. “Mis padres atribuyeron la enfermedad a brujería”, continuó. Durante meses, la llevaron a todos los brujos y curanderos de la zona. “Pasé días enteros con el cuerpo enterrado hasta el estómago para estirarme las piernas”, recuerda. Pero no hubo ningún cambio, excepto que las posesiones de la familia desaparecieron ante sus ojos. Todos los “cuidadores” cogieron los caballos, gallinas, ropas o utensilios de cocina a cambio de cuidar de ella.

Solo tras incontables fracasos, los padres de Nelly decidieron llevarla a un centro de salud. Las pruebas de laboratorio rápidamente revelaron que era polio, una enfermedad que causa una parálisis irreversible.

Con ambas extremidades inferiores paralizadas, Nelly es incapaz de sostenerse sobre ellas, lo cual le obliga a arrastrase. “Mi estado me causa mucho dolor, pero con el tiempo he aprendido a vivir con ello”, me asegura. A pesar de su discapacidad, Nelly ha puesto en marcha un pequeño negocio para tener algo de independencia. La joven va y viene entre su aldea y Kalemie vendiendo productos que compra a los granjeros locales.

Como madre de una niña de dos años, Nelly sigue estrictamente el calendario de vacunación. “No quiero que le pase lo mismo que a mí”, explica. También anima a todas las madres de la aldea a vacunar a sus hijos.

Con una vacuna, la vida de Nelly sería otra

Nelly no quiere que a su hija le pase lo mismo que a ella /©UNICEF

Durante las recientes campañas de vacunación contra la polio, Nelly y su padre se implicaron mucho en su comunidad para encontrar a los niños no vacunados y animarles a vacunarse. “Mi hija está así debido a mi ignorancia”, me confesó el padre de Nelly con la voz entrecortada. Como jefe de la aldea, anima a todos los padres a vacunar a sus hijos para mantener la polio fuera del pueblo. “No puedo ver más casos de polio aquí. Los trabajadores sanitarios deben vacunar a nuestros hijos”, explica más convencido que nunca.

El trabajo de UNICEF y sus aliados.

Más de tres millones de niños recibieron sus vacunas durante las recientes campañas de vacunación en las provincias de Alto Lomami, Tanganica, Alto Katanga y Lualaba. Sin embargo, en algunas comunidades un número importante de niños sigue sin estar protegido debido a la continua oposición a las vacunas. UNICEF apoya al gobierno en la concienciación a los hogares reticentes y en la movilización de cientos de representantes comunitarios, movilizadores sociales y auxiliares.

Notas desde el Congo (y V) Asante Sana

Por Ida Moberg, doctora de MSF en la República Democrática del Congo

La doctora Ida Moberg concluye su primera misión con Médicos Sin Fronteras (MSF). Desde Numbi, en las montañas de la provincia de Kivu sur, al este de la República Democrática del Congo (RDC), relata en un diario de campaña el trabajo en esta zona minera donde el acceso a la salud es todo un reto para las comunidades locales.

Mulume tiene dos años. Su respiración es rápida y superficial. Tiene episodios de fiebre alta desde la noche anterior y carece de fuerzas para comer ni beber. Esa misma mañana ha sufrido convulsiones que han preocupado a su madre. Fue ella misma quién lo trajo a un pequeño centro de salud en la provincia de Ziralo, en el este de la República Democrática del Congo. Una vez allí, Mulume, muy pálido, dió positivo en el test de malaria. Un análisis de sangre confirmó que sufría anemia a causa de esta enfermedad. La enfermera del centro de salud derivó a Mulume al nuevo hospital de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Kusisa.

Nuevo hospital de Kusisa

Hasta la puesta en funcionamiento del nuevo hospital de Kusisa, en la imagen, muchos pacientes tenían que caminar durante horas hasta Numbi para recibir atención médica.

Ahora Mulume está acostado en una cama en la sala de urgencias del hospital de Kusisa. Mis colegas y yo efectuamos nuevos análisis de sangre. Los resultados muestran que su hemograma es tan bajo que necesita una transfusión de sangre. En previsión de eso, comenzamos el tratamiento para la malaria con artesunato intravenoso.

Afortunadamente, encontramos un donante de sangre compatible con Mulume para que podamos comenzar una transfusión. En el pasado, los pacientes en la provincia de Ziralo tenían que recorrer un largo camino para llegar a un hospital. Ahora, gracias al recién inaugurado hospital de Kusisa, Mulume puede recibir tratamiento contra la malaria y transfusión de sangre en apenas unas horas.

Cuando al día siguiente realiza la ronda de consulta con mi colega congoleño, Mulume ya se encuentra mejor. Ha desayunado algo y ha recibido tres dosis de artesunato intravenoso. Además, su conteo sanguíneo ha aumentado tras la transfusión. Cambiamos la administración del tratamiento a pastillas que deberá tomar durante los próximos tres días.

En la cama junto a Mulume está el pequeño Bahati. Tiene 6 meses de edad, pero pesa solo 3,5 kg, lo que generalmente corresponde al peso de un recién nacido. Está tan delgado que se le marcan las costillas. Su madre ha caminado durante ocho horas para llegar al hospital de Kusisa. Apenas tiene leche materna para amantar a su bebé. Tras examinar, medir y pesar a Bahati concluimos que está sufriendo una desnutrición aguda grave del tipo marasmo. Además, presenta signos de neumonía por lo que comenzamos un tratamiento con penicilina intravenosa.

Después de una semana de tratamiento contra la neumonía y la desnutrición, Bahati ya tiene más energía. Ahora me mira con firmeza y responde con una sonrisa cuando le sonrío. Ha ganado unos cientos de gramos. Tras una semana y media en Kusisa, ha subido aún más de peso y podemos darle de alta. Facilitamos a la madre paquetes de alimentos preparados ricos en nutrientes suficientes para una semana cuando tendrán que volver para una visita de seguimiento. Estos preparados contienen leche en polvo enriquecida y manteca de cacahuete y aportan los nutrientes que necesita un niño desnutrido para compensar sus deficiencias y ganar peso. Bahati lo come con buen apetito.

En República Democrática del Congo, no dices adiós cuando te marchas. Antes, cuando Bahati y su madre van a abandonar el hospital, nos tomamos las manos y decimos “tutaonana”, que significa “hasta que volvamos a encontrarnos” en swahili.

Mi misión en República Democrática del Congo ha terminado y es hora de regresar a casa, a Suecia. Tras 6 meses en Numbi toca decir: ¡”Asante Sana” (muchas gracias) y “Tutaonana” (¡hasta que nos volvamos a encontrar) en el Congo!

Retos y supersticiones de la salud bucal en la India rural

Por Vicente Lozano, dentista voluntario de la Fundación Vicente Ferrer que visita pacientes en Anantapur.

Hace décadas que soy el coordinador de Odontología de la Fundación Vicente Ferrer (FVF). Mi labor y la de mis compañeros sanitarios, se ha centrado en diagnosticar y tratar las patologías orales que presentan los pacientes que hemos visitado, en los servicios de Odontología de los hospitales de Kanekal y Bathalapalli, en el sur de la India.

En nuestro Dental Office (Servicio de Odontología) de Kanekal tratamos a una media de 56 pacientes al día, y en el de Bathalapalli, a otros entre 35 y 40 pacientes diarios. Poseemos todos los medios a nuestro alcance, tanto para el diagnóstico como para los tratamientos orales, y la FVF no ha escatimado en recursos para obtenerlos. Damos gran importancia al diagnóstico clínico y a la observación de los tejidos blandos orales, ya que las casta bajas (dálits y grupos tribales), al ser en su mayoría masticadores de betel y tabaco, pueden presentar tumores malignos. Además, consideramos que la profilaxis y prevención oral son básicas. Por ello, recorremos las aldeas apartadas con las Brigadas Rurales organizadas por la FVF y la ONG española, Dentistas Sin Fronteras.

En esas zonas, alejadas de la civilización y prácticamente sin recursos, nos esperan para que hagamos la visita, les diagnostiquemos y se realice la operatoria oportuna. Hay días, que entre 15 licenciados en odontología, tratamos una media de 350 pacientes. El récord lo ostentamos en agosto del 2008, cuando atendimos en un día a 530 pacientes. Vicente Ferrer, que aún vivía, fue testigo de ello. Nos quería y cuidaba mucho.

Para nosotros es prioritaria la prevención oral. Por eso, explicamos en los colegios de las castas bajas, cómo tienen que cepillarse los dientes. En colaboración con la industria, les damos cepillos dentales a los críos, enseñándoles una profilaxis correcta tras cada ingesta. Hay un porcentaje elevado de diabéticos en nuestra zona, motivo por el que hemos de ser muy cuidadosos con las historias clínicas de los pacientes, antes de cada intervención.

Además la presencia excesiva de flúor (fluorosis) en las aguas de la zona, hace que se presente una mayor patología dentaria. Los pacientes van perdiendo el miedo al odontólogo, especialmente en las zonas rurales muy apartadas. Muchos creen, que tras una extracción de una raíz de un diente, pueden perder la memoria o no reconocer a los seres queridos; es una lucha titánica contra esas costumbres ancestrales, que muchas veces dificulta nuestra labor sanitaria.

También es prioritario para nosotros, tanto los que trabajamos en los servicios de odontología de Kanekal o Bathalapallli, como en las Brigadas Rurales de Dentistas Sin Fronteras, la atención a los más desfavorecidos, a los que nadie quiere en la familia: los menores con VIH, discapacitados físicos o psíquicos, ciegos, sordomudos, que sí son tratados en la FVF de forma gratuita, a la vez que reciben escolarización, alimentos y cobijo. Fruto de esta labor, hemos publicado trabajos de investigación en revistas de alto impacto, además de varias tesis doctorales de algunos de nuestros licenciados voluntarios.

Lo que más nos emociona a los voluntarios que tratamos a estas castas bajas y tribales durante todo el año, es el agradecimiento que nos muestra la población. No tenemos palabras para compensar la gratitud de los pacientes, porque ellos nos dan mucho más de lo que nosotros les ofrecemos. Sus sonrisas, darnos la mano, ofrecernos una flor o una galleta, son muestras de agradecimiento constantes, y hace que nuestro trabajo sea tremendamente gratificante.

La tierra de nadie en la que los niños son el problema de otro

Por Sarah Crowe, especialista de comunicación de UNICEF, desde Níger.

Agadez, Níger. Nada podría estar más lejos de las puertas del paraíso que este desierto abrasador que se extiende mucho más allá de lo que la vista puede abarcar.

Y, sin embargo, es esto. Escondidos en los guetos, distribuidos entre los alrededores de esta antigua ciudad de color dorado y paseando en los centros, hay cientos de migrantes. Están abandonados, con deseos truncados y sueños incumplidos. Están en camino hacia o desde los países vecinos, o más allá. Algunos –sorprendentemente, no la mayoría- tienen como último objetivo atravesar las ardientes arenas del Sáhara hacia lo que se está convirtiendo rápidamente en el escurridizo Eldorado: Europa. Muchos niños viajando solos, madres lactantes, recién nacidos, y multitud de hombres jóvenes y enfadados porque su búsqueda ha sido interrumpida.

Agadez (Níger) fue una vez la capital africana de la migración, un cruce de caminos para la gente en tránsito, un bullicioso centro para los traficantes y para quienes vendían al borde de la carretera máscaras y mascarillas para el sobrecogedor viaje. Traficantes esperando su mercancía humana. Las autoridades cerraron los ojos entonces. Ahora, a medida que Europa y el norte de África –en una restricción generalizada de la migración– endurecen sus fronteras y cierran sus puertos, generando un drama en alta mar, este remoto centro se ha convertido efectivamente en la nueva frontera de Europa. Las llegadas a Italia entre enero y principios de junio se redujeron en dos tercios, en comparación con el mismo periodo del año pasado, cuando 60.000 personas cruzaron desde África del Norte.

La tierra de nadie en la que los niños son el problema de otro

Centro para migrantes en Agadez, Níger / © UNICEF/UN0209686/Gilbertson VII Photo

Desde noviembre del año pasado, más de 8.000 personas de África Occidental, incluidos 2.000 niños, han vuelto a Níger desde Argelia. Otros 900 refugiados y solicitantes de asilo del este de África, trasladados desde Libia, esperan los lentos y complejos reasentamientos o reunificaciones familiares que determinen su futuro.

Níger es uno de los países más pobres del mundo y todavía soporta las peores consecuencias de las políticas de los países ricos de “fuera de la vista, fuera de la mente”.

Los apresurados acuerdos entre un país y el siguiente (UE-Turquía, UE-Libia, Francia-Níger, Argelia-Níger) están haciendo de la migración el problema de “otro”, empujando a las personas migrantes como una “patata caliente” hacia el sur. Los niños pagan el precio más alto, con pocas estructuras que les mantengan seguros.

Estos rechazos han provocado que las apuestas sean más altas y las rutas más arriesgadas.

En medio de una tormenta de polvo, con un calor abrasador, conocemos a un joven guineano furioso por haber sido expulsado en la frontera desde Algeria, donde huía de una vida en las calles haciendo trabajos esporádicos. Comenzó una arenga gesticulando ferozmente, pero sus palabras eran tan acertadas como angustiosas: “El desierto se ha convertido en un cementerio para nuestros hermanos africanos, y a nadie le importa”.

Él es uno de los que fueron devueltos desde Argelia, abandonados en una tierra de nadie en el desierto, a temperaturas de 48º, a kilómetros de la frontera con Níger, obligados a caminar hasta que pudieran encontrar transporte y refugio. Muchos procedían de Zinder, Níger, una empobrecida ciudad que depende de las ayudas desde hace mucho tiempo.

Irónicamente, cuando los migrantes son llevados a Agadez, a un llano totalmente seco con apenas unas tiendas de campaña desgastadas, los niños de la zona les rodean con boles de plástico, pidiendo una limosna a quienes la pedían antes que ellos.

Es un grupo variopinto, algunos podrían ser clasificados como refugiados. Conozco a liberianos que dejaron su país durante la crisis del ébola, a guineanos que huyen de tiempos difíciles, a nigerianos que escaparon de Boko Haram, y a otras personas que huyeron de la tortura y los sufrimientos en Libia. Tres naciones de la ONU –ACNUR, la OIM y UNICEF- han aumentado la respuesta en Níger.

“El cumplimiento de las leyes anti migratorias ha cambiado las dinámicas del país. Estamos viendo un aumento de los niños no acompañados, y una utilización de rutas en las que no pueden ser rastreados, lo cual las hace más peligrosas”, explica Dan Rono, oficial de protección infantil de UNICEF. “Es un viaje duro para un adulto, así que imagínate para un niño de 11 años. Es casi imposible para él”.

La tierra de nadie en la que los niños son el problema de otro

Un grupo de migrantes sudaneses juega al fútbol en un refugio en Agadez, Níger / © UNICEF/UN0209677/Gilbertson VII Photo

Solo en abril se produjo un incremento del 14% respecto a los meses anteriores de gente moviéndose por Níger; un tercio de ellos eran niños, exhaustos y traumatizados. La cifra real podrías ser mucho más alta, ya que muchos niños están escondidos o no se les ha detectado.

Omar, un niño de 14 años de Sierra Leona, pertenece a una de esas estadísticas ocultas. Desgarbado y de movimientos torpes, lleva una gorra de los yankees, una camiseta sin mangas, pantalones holgados y chanclas, prácticamente son todas sus pertenencias. Está censado en un lugar llamado “Gueto”, a las afueras de Agadez, esperando la oportunidad de cruzar. Dejó su casa porque su padre no pagaba la matrícula de la escuela.

“Decidí ir a Libia, o a Europa para tener una buena vida. No volveré a casa hasta lograrlo, hasta llegar a ser un buen chico para ayudar a la familia que ha quedado atrás”, me cuenta. “Si me quedo en casa seré un mal chico. Beberé, fumaré…pero no quiero esa vida. No quiero ser un mal chico. Si voy a Europa podré ir a la escuela. Seguiré jugando al fútbol”.

Según estudios de UNICEF, aunque la mayoría de los niños migrantes se quedan en África y no desean ir a Europa, un tercio de los que sí quieren llegar, como Omar, dicen que es por su educación.

Un antiguo traficante, Dan Ader, cuyo lucrativo negocio se desmoronó cuando se produjeron las restricciones, nos explica: “Hay muchos muertos porque hay miles de rutas. Si tu GPS tiene un pequeño fallo estás perdido. Nunca encontrarás tu camino de nuevo”.

UNICEF estima que. entre enero y mayo, unos 120 niños se ahogaron en el mar. Al menos en el mar hay guardacostas. Pero nadie patrulla el vasto y letal mar de arena.

Eso no les disuadirá de seguir intentándolo.

La desesperación y los sueños les convierten en filósofos y poetas. Las inscripciones en las celdas y los grafitis en los sombríos muros de los guetos cuentas sus historias, garabateadas con carbón:

“Europa o nada. Dios está allí”. “Es mejor morir en el mar que morir delante de tu madre sin nada”.

La tierra de nadie en la que los niños son el problema de otro

Transporte de migrantes y refugiados en Zinder, Níger / © UNICEF/UN0209720/Gilbertson VII Photo

La migración es tan antigua como la propia humanidad. Para muchos, un rito de iniciación a la edad adulta, o sencillamente una manera de buscar una vida mejor. Y no parece que el cierre de puertas y fronteras vaya a detenerla. África tiene la población más joven y que crece más rápidamente. Hay un dicho que cuenta que “África está sentada con sus bolsas preparadas”. Una de las pintadas de Agadez es un crudo recordatorio de una de las razones: “África es rica, pero sus niños la abandonan por sus malos gobiernos”.

Pero solo un 15% de quienes están migrando en África muestran interés por llegar a Europa.

Así que gestionar la migración es algo global, y ahora que los Pactos Mundiales sobre Refugiados y Migraciones se están finalizando, la UE y otros actores necesitan realmente aprovechar este momento para poner las necesidades de los niños desarraigados por encima de los intereses nacionales. También hay que mantener a las familias juntas y a los niños seguros, e invertir en países como Níger y otros del sur, que reciben a más migrantes y refugiados en un mes que todos los países del norte en un año.

Para muchos de ellos, el verdadero paraíso perdido es el ser desarraigado de su hogar y de sus seres queridos, sobre todo para los niños solos. Ahora miran a los estados más poderosos, a la UE y a la Unión Africana para que establezcan un sistema migratorio adecuado que no les deseche como el viento que les llevó a orillas extranjeras.

El reto de formar y retener sanitarias en la India rural

Por Silvia Muíña, voluntaria en la Fundación Vicente Ferrer.

Ser enfermera o enfermero en la India significa tener un puesto de trabajo asegurado. Aún así, son las ganas de ayudar y ser útil a una sociedad con tantas carencias sanitarias las verdaderas motivaciones que llevan a muchas jóvenes a optar por este futuro profesional. Desafortunadamente, una vez en el mercado laboral, muchas se tienen que enfrentar a un sistema sanitario con recursos insuficientes y acaban optando por migrar.

Esta problemática es especialmente grave en el mundo rural, y contribuye a cronificar la falta de personal sanitario cualificado en estas zonas, donde vive el 70% de la población de la India.

El Informe Mundial de Salud de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sitúa a la India como uno de los 60 países con “escasez crítica de personal sanitario” y según datos de la revista The Lancet, el país tiene alrededor de 12 médicos, enfermeras y parteras por cada 10.000 personas, una cifra por debajo del índice de referencia de la OMS. El sistema de salud del país asiático es insuficiente para cubrir las necesidades de sus más de 1.300 millones de habitantes.
, en la India faltan 1,94 millones de profesionales de la enfermería, según un análisis del periódico IndiaSpend (2017), de los datos del Indian Nursing Council (INC) y de la OMS. Algunos de los problemas relacionados con la retención de profesionales son la inseguridad laboral y los salarios bajos tanto en el sector público como en el sector privado.

Uno de los pilares básicos del programa sanitario de la Fundación es precisamentearticular una red sanitaria rural que logre una cobertura básica y de calidad y paliar la falta de personal sanitario. Para ello en 2004, la FVF puso en marcha una Escuela de Enfermería, en las instalaciones del Complejo Sanitario de Bathalapalli, destinada a formar y retener profesionales

Beena Joseph, directora de la Escuela, recuerda que en los comienzos solo había 8 estudiantes. Hoy, el centro recibe 200 solicitudes para 45 plazas anuales. 25 de ellas son una cuota para el Gobierno, el resto son estudiantes becados por la Fundación Vicente Ferrer.

En estos 14 años han pasado por la Escuela cerca de 500 alumnas. El 50% se quedan trabajando en algunos de los tres hospitales de la Fundación. La otra mitad opta, o bien por continuar estudiando especializándose en la Universidad, o bien por trabajar en hospitales en grandes ciudades como Bangalore o Hyderabab, donde su sueldo será más alto y podrán ayudar a sus familias, que reside en las aldeas.

Respecto a la importancia de tener una Escuela en una zona rural destinada a mujeres, Beena subraya el valor de la educación en las jóvenes que, de otra forma, acabarían casándose a edades muy tempranas. Se trata de dar las herramientas para que estas mujeres se empoderen y puedan cuidar de sí mismas y de sus familias. Ahora, aunque se casen, el 99% sigue trabajando como enfermeras.

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Los jóvenes reporteros de Bikoro se movilizan contra el ébola

Por Christophe Yoka Nkummu Daddy, responsable de los jóvenes reporteros de UNICEF en Bikoro (República Democrática del Congo)

El 8 de mayo, el Ministerio de Salud declaró un brote de ébola en Bikoro, una zona de la provincia de Ecuatoria en República Democrática del Congo. Hasta la fecha se han registrado en este lugar unos 23 casos, 18 de los cuales han terminado con la muerte del paciente. Se ha identificado a más de 250 personas que estuvieron en contacto –directo o indirecto- con ellos, y que ahora están en observación.

Me llamo Christophe Yoka Nkumu. Soy supervisor de los Jóvenes Reporteros de Bikoro desde hace tres años. Siempre he querido guiar y proteger a los niños. No entiendo cómo alguien puede abandonar a un niño o menospreciar sus derechos. Dirigir a los Jóvenes Reporteros de Bikoro me permite entender qué problemas afrontan los niños en mi comunidad y poder hacer algo para mejorar su situación.

Los jóvenes reporteros de Bikoro se movilizan contra el ébola

Los Jóvenes Reporteros realizan actividades de sensibilización en las escuelas para combatir el ébola/ ©UNICEF

Cuando escuché por la radio la declaración del Ministerio de Salud, me dije a mí mismo que ningún niño debería morir a causa de esta enfermedad. ¡Debíamos actuar rápido! Inmediatamente reuní a los Jóvenes Reporteros y nos reunimos con el médico jefe del distrito. Era fundamental que los chicos recibieran información durante esos primeros días para poder empezar a actuar sin dilación. Algunos niños estaban un poco reacios porque no sabían nada del ébola. Después de una breve charla, el miedo dio paso a la motivación.

De un niño a otro

Concienciar en las escuelas es absolutamente crucial para combatir la propagación del virus del ébola. Los Jóvenes Reporteros establecieron puntos de lavado de manos y explicaron a los niños los buenos hábitos que debían incorporar a sus rutinas diarias. En solo unos días, ocho reporteros llevaron a cabo sesiones de sensibilización para 2.000 escolares de la ciudad de Bikoro. Es más, cuando un niño habla a otro, podemos estar seguros de que el mensaje será comprendido y tenido en cuenta fácilmente.

Los niños son discriminados por otros niños en la escuela. Recuerdo el caso de un niño de 12 años cuyo padre recibía tratamiento en el Centro de Tratamiento del Ébola (ETC, por sus siglas en inglés). Bikoro es una ciudad pequeña, así que cuando la dirección de la escuela se enteró de que el padre del chico estaba ingresado, decidieron que no podría ir más a la escuela. Durante más de dos semanas, este estudiante de cuarto grado tuvo que quedarse en casa. Los Jóvenes Reporteros lucharon por que le permitieran volver a clase. Todo le va bien a hora a este niño. Ha vuelto a la escuela y su padre ha salido del ETC.

Por el momento, las actividades de sensibilización solo se realizan en escuelas de educación primaria, pero creo que deberíamos ampliarlas a todos los centros educativos. El ébola no se detiene en el sexto curso de educación primaria.

¿Cómo podemos ampliar la concienciación?

Además de las actividades de sensibilización en escuelas, podemos publicar nuestros mensajes a mayor escala. Desafortunadamente, y a diferencia de otros distritos, Bikoro no tiene una emisora de radio comunitaria a través de la cual poder difundir buenos hábitos. Eso sería demasiado fácil. Desde un solo lugar, podríamos alcanzar a la población más remota sin tener que desplazarnos hasta allí. Pero así, ¿cómo podríamos recorrer cientos de kilómetros para que los Jóvenes Reporteros puedan difundir su mensaje?

Una emisora de radio comunitaria podría también permitirnos divulgar la Convención sobre los Derechos del Niño y aumentar la concienciación de la gente sobre las enfermedades transmitidas a través del agua, que están devastando nuestra ciudad. Podríamos hablar fácilmente sobre todo esto en la radio, y llegar a poblaciones que normalmente son inaccesibles.

Hay algo que no tuvimos en cuenta: desde la declaración del brote de ébola en Bikoro, decenas de trabajadores humanitarios han llegado a la zona. Esto ha dificultado el acceso a internet.

Pero a pesar de las dificultades, los Jóvenes Reporteros de Bikoro siguen dispuestos a concienciar a la población de Bikoro sobre el virus del ébola y a mostrar al mundo lo que aquí está ocurriendo.

Notas desde el Congo (IV): La pequeña de ojos asombrados

Por Ida Moberg, doctora de MSF en la República Democrática del Congo

La doctora Ida Moberg se encuentra en su primera misión con Médicos Sin Fronteras (MSF). Desde el poblado de Numbi, en la provincia de Kivu sur, al este de la República Democrática del Congo (RDC), relatará en un diario de campaña el trabajo en el hospital de esta pequeña aldea y el día a día de las comunidades locales.

La cesárea en curso acaba de dar un giro inesperado. La placenta está atrapada en el útero y la mujer se desangra en la mesa de operaciones. Solicitamos el apoyo de otro cirujano. Los dos médicos y la anestesista tratan de detener el sangrado. Mientras, yo me encargo de la pequeña bebé. Es prematura. Ha nacido un mes antes de la fecha prevista del parto y no llega a los dos kilos.

Le cuesta respirar así que después de limpiarla, ventilo sus pulmones por medio de un balón de respiración. Tras unos minutos, respira por sí misma y la llevamos a la sala de recién nacidos.

A pesar de la cirugía y de varias transfusiones de sangre, no podemos salvar la vida de la mujer. Ahora la pequeña está sola en el hospital. Su padre llega al día siguiente. Sin embargo, regresa a su pueblo para enterrar el cuerpo de su esposa y deja a la bebé en el hospital. Desde entonces, la niña ha estado sola.

Una bebé prematura en una hospital de MSF en Kivu norte. Gwenn Dubourthoumieu / MSF

La pequeña sufre una infección que tratamos con antibióticos por vía intravenosa. También tiene ictericia y aquí, en el hospital de Numbi, no podemos medir la cantidad de bilirrubina (la sustancia que causa ictericia) en la sangre. Tampoco tenemos una lámpara UV para tratarla. Lo único que tenemos son los rayos del sol, que ahora, en la época de lluvias, brillan por su ausencia. Por fortuna, a pesar de estas limitaciones la ictericia remite y la infección disminuye.

El otro gran problema es la alimentación de la pequeña. Es difícil encontrar leche materna aquí. Los hospitales de Suecia cuentan por lo general con un banco de reservas, pero estos es impensable en Numbi. No obstante, otra madre que acaba de dar a luz, comparte su leche con la pequeña que, de este modo, gana algo de peso.

Ahora la niña me mira con ojos de asombro. Quizás se pregunta que hace una muzungu (persona blanca en swahili) mirándola de este modo. A pesar del arduo comienzo de su vida, se siente algo mejor y con suerte tendrá el alta en poco tiempo. Pero no sabemos si su padre regresará o si tendremos que buscar a una familia que la adopte. Cruzo los dedos para que su padre regrese la próxima semana.

Garantizar el derecho a la educación de los niños y niñas en emergencia

Anne-Marie McCarthy, Gerente de Programas de Emergencia en Plan International

Temperaturas que a menudo superan los 40ºC, mucho polvo, viviendas hechas de paja y láminas de plástico que no ofrecen protección contra el calor, colas interminables bajo el sol para obtener algo de agua… Así es el campamento de refugiados de Minawao, en Camerún, hogar de unos 60.000 desplazados que han huido de sus hogares en Nigeria por culpa de Boko Haram.

Viajé hasta allí para ver cómo se desarrolla el trabajo de Plan International y para conocer de primera mano cuál era la perspectiva de los refugiados y del personal que a diario colabora en la zona.

Campamento de refugiados Minawao, Camerún.

Una vez en terreno, hablé con los padres y madres acerca de la educación de sus hijos e hijas. La mayoría, pese a las duras condiciones del campamento, deseaba que los jóvenes siguieran estudiando. Proporcionar una escuela y material escolar es imprescindible para asegurar que los niños y niñas continúen con su educación y puedan tener un futuro mejor.

“En la escuela vuelven a sentirse niños y niñas de nuevo, como si nada hubiera cambiado”, me contó uno de los líderes comunitarios. Nos comentó cuál es el papel de Plan International en el asentamiento y cómo los niños y niñas habían recuperado parte de su infancia. Gracias a la organización, que trabaja por los derechos de la infancia y la igualdad de las niñas, no solo se han podido construir centros de enseñanza, sino también letrinas y aseos para mejorar las condiciones higiénico-sanitarias de los niños y niñas, sus familias y comunidades.

Hablé con más desplazados y todos me dejaron claro que quieren regresar a su hogar. Plan International trabaja para que el regreso de estas familias se produzca lo antes posible: permite que los niños, niñas y mujeres jóvenes puedan seguir formándose en el campamento para que el día de mañana tengan capacidad y medios con los que volver a casa. Además, organiza reuniones con distintos líderes comunitarios procedentes de Nigeria para asegurar que no haya tensiones en el campamento y que la convivencia sea fácil.

Mi trabajo me proporciona perspectiva. Distancia para recordar que soy afortunada, que he podido recibir una buena educación y que eso ha hecho que hoy tenga este trabajo y esta vida. Los 22 millones de refugiados que hay en el mundo no siempre tienen estas oportunidades.

Notas desde el Congo (III): El pequeño Uwiringe y su pelea contra el cólera

Por Ida Moberg, doctora de MSF en la República Democrática del Congo

La doctora Ida Moberg se encuentra en su primera misión con Médicos Sin Fronteras (MSF). Desde el poblado de Numbi, en la provincia de Kivu sur, al este de la República Democrática del Congo (RDC), relatará en un diario de campaña el trabajo en el hospital de esta pequeña aldea y el día a día de las comunidades locales.  

Uwiringe tiene 11 años y  ha llegado al hospital desde un pueblo en las montañas a las afueras de Numbi. Por lo general, a esa hora del día está en la escuela y no en la cama de una sala de urgencias, como ahora.

Su padre, que lo ha llevado en brazos durante una hora para llegar al hospital, dice que ha enfermado esa misma mañana y que ha tenido diarrea. Desde entonces, ha empeorado muy rápido y apenas ha podido tomar nada.

Hay varios casos similares en el pueblo últimamente.

Un centro de tratamiento de cólera de MSF en Kivu sur. Marta Soszynska / MSF

Uwiringe sólo puede decir algunas palabras y yo casi no puedo sentir el pulso en su muñeca. No tiene fiebre, pero tiene la boca muy seca y cuando le pellizco la piel del estómago ésta no regresa inmediatamente a su lugar, lo cual es un signo claro de deshidratación.

Sospechamos que Uwiringe tiene cólera y deshidratación severa. Como el pequeño está tan débil, pues no es capaz ni de beber, iniciamos el tratamiento con fluidos por vía intravenosa y lo ubicamos en la pequeña unidad de aislamiento del hospital.

Se han dado varios brotes de cólera en Kivu sur en los últimos seis meses. MSF ha activado su respuesta para combatirlos y ha tratado a pacientes en los hospitales a los que apoya y en sus centros temporales de cólera. Además, el Equipo de Respuesta a Emergencias de Kivu sur (conocido como RUSK), que viaja por toda la región y realiza respuestas específicas, se ha activado para atajar la enfermedad.

Durante la noche, Uwiringe continúa con diarrea acuosa, así que seguimos con el tratamiento. Al día siguiente, se siente un poco mejor y puede empezar a beber suero.

Hoy se ha levantado casi recuperado y la diarrea ha cesado. Creemos que ya está lo suficientemente bien para que le demos el alta. Aunque ahora ya puede caminar al lado de su padre y mañana irá a la escuela de nuevo.

Soy parte de un cambio real (un proyecto de comercio justo con mujeres con de castas bajas y con discapacidad)

Por Rocío Luque, diseñadora artesanía de comercio justo Fundación Vicente Ferrer.

Este 12 de mayo se celebra el Día Mundial del Comercio Justo, iniciativa de la WFTO (Organización Mundial del Comercio Justo, por sus siglas en inglés) que reclama este movimiento como una contribución tangible a la lucha contra la pobreza, la explotación laboral y el cambio climático. El comercio justo se identifica un modelo de negocio que rescata los valores humanistas, apostando por un desarrollo sostenible.

Durante este día podremos acudir a múltiples eventos y actividades que celebran este movimiento basado en los principios éticos del comercio. Disfrutaré de estas actividades, pero no podré evitar tener mi cabeza a más de 10.000 kilómetros de distancia, concretamente en la India. Para mí este día no solamente significa una apuesta por el cambio en el tipo de consumo sino también un paso lleno de esperanza hacia el progreso y el desarrollo que asegura las necesidades de muchas vidas, entre ellas, las de más de trescientas hermosas y valientes mujeres con las que trabajo en la India rural.

El proyecto de comercio justo de la Fundación da una oportunidad a quienes sufren discriminación por partida triple: mujeres, de castas bajas y con discapacidad.

Desde hace cuatro años coopero como diseñadora de producto de artesanía en la Fundación Vicente Ferrer (FVF). Esta labor me permite pasar varios periodos en terreno para desarrollar las distintas colecciones de producto. En 2001 la FVF crearon en Anantapur los primeros talleres-residencia para mujeres sin recursos y con discapacidad de las zonas rurales del estado sureño de Andhra Pradesh, dando oportunidades a quienes sufren discriminación por partida triple: por ser mujeres, por pertenecer a castas bajas y por tener discapacidad. La iniciativa persigue que más de 320 mujeres de las zonas rurales de Anantapur consigan independencia económica, mejoren su autoestima, aprendan un oficio y sean reconocidas y valoradas en su entorno familiar y en su comunidad.

Durante mis estancias allí, trabajo mano a mano con este colectivo de mujeres, potenciando su formación profesional y realizando las primeras muestras de aquellos productos que posteriormente se pondrán a la venta.

En relación con el trabajo de diseñadora he de decir que supone un constante reto al mismo tiempo que un aprendizaje continuo. El diseño consiste en hacer una mezcla nueva e interesante de elementos conocidos para crear productos llenos de frescura y originalidad, consiste en explotar los datos reunidos a partir de una investigación y conseguir traducirlos de forma adecuada. A través de distintas actividades de producción creativa, transformamos y creamos objetos de una naturaleza muy distintiva, ya que pueden ser funcionales, utilitarios, estéticos, decorativos, artísticos, creativos, etc. En mi opinión estos productos tienden a adquirir el carácter de piezas únicas; ya que predomina en su creación la aplicación de energía humana, de la actividad física y mental de este colectivo de mujeres. Los productos se realizan con las manos, sin un carácter seriado y con la ayuda de herramientas manuales e incluso de algunos medios mecánicos o maquinaria relativamente simple.

Esta concepción e idea de los elementos y las orientaciones creativas siempre está presente en mi trabajo, pero en este caso la realidad hace que la adaptabilidad, perseverancia y la paciencia sean las herramientas más necesarias para cumplir con tus objetivos. En este caso la realidad y su dificultad están por encima de las expectativas que tengas en tu cabeza. El trabajo con una cultura completamente diferente a la tuya implica un ejercicio de reflexión y consciencia de nuestra propia cultura. Las distintas formas de entender y analizar el mundo logran cohesionarse. Construir relaciones, ya sean laborales o personales, con gente de diferentes culturas, es vital para formar comunidades diversas que sean suficientemente poderosas para alcanzar objetivos significativos. En este caso hemos logrado entender y asumir nuestras necesidades como equipo.

Como consumidora de este tipo de productos quiero subrayar la importancia de rescatar estos valores humanos y solidarios, no en un sentido caritativo o de asistencia, sino como un concepto central que potencia una economía social centrada en las personas, en el reconocimiento y la puesta en valor del trabajo y las relaciones que se establecen entre las personas, no en un sentido utilitarista sino en un sentido social de reconocimiento de “un otro”.

A modo de conclusión, lo que me resulta más importante al mismo tiempo que apasionante, es formar parte de este proyecto. Lo emocionante de este trabajo es la propia experiencia con estas mujeres, el día a día, los descubrimientos, los buenos y malos momentos, todos ellos transformados en lecciones diarias de superación y valentía. Desde el punto de vista profesional me aporta muchísimo porque aprendo que hay diferentes vías para llegar a un mismo producto.

Formar parte de un proyecto que posibilita el acceso laboral a un colectivo en dificultad, sentirte parte del empoderamiento y el aumento de autoestima y confianza que tienen las artesanas, su independencia, su legitimidad, su autonomía hace que te sientas parte de un cambio real.