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Archivo de la categoría ‘Siria’

Mejorar la atención a las refugiadas sirias en Saida, Líbano

Marina Juan, delegada de Cruz Roja Española en Líbano.

Ghada Salem es trabajadora social en el Hospital de Hamshari en Saida (región sur del Libano). Hamshari es el hospital de referencia de la Media Luna Roja Palestina (MLRP) y es el único hospital de la MLRP que fue construido para este propósito.

Ghada lleva 7 años trabajando como trabajadora social en Hamsari, y en estos años de trabajo ha visto un cambio en el perfil de pacientes que acuden al hospital. Desde que empezó la crisis siria el número de pacientes sirios se ha incrementado exponencialmente.

El 80% de los casos sociales que atiendo son pacientes sirios que han llegado a Líbano escapando de la guerra en su país. Las familias sirias instaladas en Saida cuentan con escasos recursos económicos y la mayoría viven en condiciones muy precarias; muchas familias comparten habitación para poder pagar los elevados precios del alquiler e incluso algunas familias viven en tiendas de campaña…

Nos lo explica Ghada mientras examina la pila de casos sociales que se acumula en su escritorio.

Otro de los cambios que ha notado Ghada en los últimos años es el aumento de adolescentes embarazadas:

En los casos que veo a diario, hay cada vez más adolescentes embarazadas, de 15 y 16 años, la práctica del matrimonio precoz está cada vez más extendida entre las familias sirias que acuden al hospital. Hace falta incrementar las actividades de sensibilización sobre derecho sexual y reproductivo y reforzar las consultas de planificación familiar para intentar frenar este fenómeno.

El apoyo a la asistencia obstétrica y ginecológica a mujeres vulnerables sirias, palestinas y de las poblaciones de acogida afectadas por el conflicto en Siria cuenta con el apoyo del Fons Mallorquí de Solidaritat i Cooperació.

Siete años de guerra en Siria: la inspiradora carta de una joven siria

Por Mouna Otham, alumna de clases de refuerzo apoyadas por UNICEF en Siria

Mouna, de 20 años, nació con una discapacidad visual. A los obstáculos que afronta de por sí, se han unido los siete años de guerra en Siria y los desplazamientos. Pero ella está decidida a continuar con su educación y a estudiar ciencias políticas. Mouna quiere que el mundo la escuche, y por ello participa en un programa radiofónico semanal en el que debate sobre temas que interesan a jóvenes como ella.

Mouna nos ha enviado una carta escrita en braille, que transcribimos a continuación:

“Me llamo Mouna Otham y soy de Alepo, Siria. Tengo 20 años. Vivo con mi padre, mi madre, dos hermanos y una hermana. Todos vivimos en una casa. Nos hemos visto obligados a desplazarnos cinco veces entre Alepo y Hama.

La situación es más tranquila ahora en mi pueblo, pero sigo sin poder volver. Muy poca gente lo ha hecho, y nosotros no podemos permitirnos arreglar nuestra casa, que quedó parcialmente destruida durante los combates.

Aunque nací ciega, siempre me he sentido agradecida porque no hay nada difícil para mí. Estoy decidida a lograr mis objetivos en la vida.

Siete años de guerra en Siria: la inspiradora carta de una joven siria

Mouna, de camino a la parada del bus escolar cerca de su casa, en Alepo / ©UNICEF/Syria2018/Khudr Al-Issa

La guerra, y sobre todo los desplazamientos, me afectaron mucho. Cada vez que hago nuevos amigos tengo que dejarlos. Echo de menos cada casa en la que hemos vivido.

Cuando la guerra empezó, siempre tuve miedo de no poder encontrar la estabilidad. Pero después me sentí más fuerte, sabiendo que tengo derecho a vivir y a aprender.

La guerra también se llevó a un amigo muy querido. Le arrancaron la vida como a una flor que está a punto de florecer. Fue asesinado por un proyectil en un ataque mientras reparaba su casa. Lloré mucho después de su muerte. Solíamos hablar mucho sobre las dificultades que afronto. Él me dio la fuerza para enfrentarme a esos obstáculos.

Empecé a ir a la escuela cuando tenía 12 años. Era un colegio para niños discapacitados visuales. En una semana aprendí braille, y en un solo año pasé dos cursos.

Después, cuando tuvimos que movernos, fui a un colegio normal. Allí mis amigos me ayudaron mucho. Ellos me leían las lecciones y yo las escribía. Tengo una herramienta especial para escribir, llamada pizarra de braille, que tiene un bolígrafo especial para perforar el papel.

Ahora sigo con mi educación. Empecé a ir a clases de refuerzo de inglés y francés después de la escuela. Cuando voy al colegio, cuento lo que aprendo de mis amigos. Les ayudo a entender y aprender. Me encanta ayudar a los demás.

El mayor obstáculo al que me enfrento en la escuela es la falta de libros de texto en braille. Solo tengo los audiolibros, pero no puedo depender de ellos. Necesito libros en braille para poder estudiar. Copiar los libros de texto nos lleva a mis amigos y a mí unas siete horas al día. Apenas tengo tiempo para estudiar. A pesar de los avances tecnológicos, los libros son los mejores recursos.

También me gusta participar en programas de radio de sensibilización, algo que hago cada semana. Comparto mis opiniones y hago sugerencias a otros jóvenes. Debatimos temas como el matrimonio temprano, el divorcio en la familia, el trabajo infantil, etc.

Más adelante quiero estudiar ciencias políticas. Mi amiga Maram me habló de esta materia y me encantó. Espero lograr ir a la universidad en el futuro.

Finalmente, deseo de todo corazón que todos los niños puedan recibir educación. Aprender es lo más importante en esta vida. No hay vida si no hay educación. Cuando la recibimos, vemos la vida de manera positiva.

Y aquellos que han tenido la oportunidad de recibir una educación deberían difundir y compartir sus conocimientos con otros. Así es cómo se desarrollan las sociedades.

Con todo mi amor y respeto,

Mouna”
(Alepo, Siria)

Siria, también en guerra contra las enfermedades crónicas

Por Vanessa Cramond, Médicos Sin Fronteras, desde Siria. 

La falta de acceso a tratamientos y material sanitario complica la vida de los enfermos crónicos en Siria

Estoy apoyada en el extremo de la cama de Aisha, una niña de ocho años. Padece talasemia beta mayor, el tipo de trastorno sanguíneo más grave y potencialmente mortal de la talasemia. Aisha está a medio camino de completar su primera unidad de sangre diaria. Su pequeño cuerpo es frágil, está amarillento a causa de la ictericia y presenta un abdomen grande, tirante e hinchado. Aisha está acurrucada en el colchón y tiene una hermosa sonrisa.

En el laboratorio de un hospital de MSF en Siria se pueden hacer diagnósticos básicos, así como las pruebas para que opere un pequeño banco de sangre. © Robin Meldrum/MSF

La familia de la pequeña tuvo que enfrentarse a muchos peligros para darle los cuidados que necesita. Pese a haber huido de la ciudad de Raqqa el mes pasado, han logrado encontrar la manera para que Aisha reciba regularmente transfusiones sanguíneas. Lo consiguen gracias a las donaciones de los miembros de la familia, que también se encargan de comprar y encontrar los suministros médicos y artículos de laboratorios necesarios, así como las clínicas donde poder llevar a cabo este proceso.

Cuando trabajaba en Siria, a finales de 2013, sabíamos que había muchos menores y jóvenes en el norte del país con talasemia que tenían dificultades para acceder a los servicios sanitarios para recibir sus transfusiones de sangre de forma regular. Médicos Sin Fronteras (MSF) tenía planes de intervenir ofreciendo un programa médico para que estos niños tuvieran la atención que necesitaban. Sin embargo, la creciente gravedad del conflicto  y la falta de seguridad relegaron al equipo de MSF en Siria a la periferia. Pacientes como Aisha, que vive con la enfermedad, esperan a que podamos volver a tener acceso a la población.

La talasemia es un conjunto de trastornos relacionados con la sangre que afectan al paciente de forma leve o grave. Los que se ven más perjudicados sufren malformaciones en sus glóbulos rojos, que los hacen menos eficaces para transportar el oxígeno por el cuerpo. Esta complicación provoca anemia de por vida. En Siria, se calcula que el 5% de la población tiene talasemia o padece algunos de sus síntomas.

Un enfermero comprueba el suero sanguíneo de un paciente en una clínica al este de Alepo. © KARAM ALMASRI

La pequeña Aisha es completamente dependiente de la generosidad de su familia en forma de hemoglobina, elemento rico en hierro. Precisamente es el exceso de hierro, o más bien la falta de control de sus niveles en sangre, lo que pone en peligro a la pequeña. Sin los pertinentes análisis regulares y la medicación regular, el hierro se acumula de forma preocupante, provocando un daño inmenso a sus órganos internos (corazón, riñones o hígado), viéndose amenazada su vida. Aisha necesita urgentemente tomar sus medicamentos (quelantes) para que la sangre que recibe no la cure y la mate al mismo tiempo. Hace tres años que no los toma. Sus padres me cuentan lo complicado y caro que está siendo conseguir y dar estas medicinas.

Su pequeño cuerpo, aún sin haberle hecho los análisis, me dice que Aisha tiene insuficiencia renal.

 

Enfermedades crónicas y olvidadas

Las enfermedades crónicas como la talasemia son prácticamente invisibles en la guerra. Envuelto en un caos que dura ya seis años, el sistema de salud se desmonora y es disfuncional e incapaz de cuidar a la gente como hacía antes del conflicto. Hemos visto cómo han reaparecido enfermedades poco comunes, como la poliomielitis, el sarampión, la tosferina y la hepatitis A. Las crecientes dificultades de acceso a la atención primaria, secundaria y especializada han tenido como resultado el aumento de las discapacidades, la morbilidad y la mortalidad. Además, muchos hospitales han sido abandonados y dañados por los combates y el personal médico hace tiempo que se ha ido. Las consecuencias indirectas de esta guerra sobre la salud de la población son incalculables y se dejarán sentir durante décadas.

MSF proporciona programas de vacunación para niños llegados de Raqqa y de ciudades de alrededor. © MSF

Menores como Aisha, que requieren una atención médica regular y especializada, han sido olvidados. Me desespera la situación de estos pequeños, porque su corta vida se ha visto más reducida aún por culpa de esta sangrienta guerra. Un conflicto que les ha privado de una vida llena de transfusiones de sangre y quelaciones, que les habría permitido ir a la escuela y tener energía y fuerza para jugar con sus amigos.

El panorama actual nos deja ante una situación desalentadora. Para reanudar la quelación para pacientes como Aisha, se requieren más recursos en laboratorios, además de medicamentos, suministros y personal médico capacitado. Nunca antes hemos tenido que poner en marcha este tipo de tratamiento, y mucho menos en el marco de un conflicto. La quelación puede implicar largas perfusiones diarias de medicamentos, que normalmente se hacen por las noches a cargo de enfermeros o familiares. Este mecanismo para alargar la vida de los pacientes debe llevarse a cabo a diario para que las familias puedan considerarlo un mecanismo fiable. Tenemos que conseguir un tratamiento de este tipo para Aisha y los cientos de niños que se encuentran en su misma situación.

Anoche escuché un avión de guerra. Me pregunto si podemos prometer a estas personas, que nos necesitan, que nos quedaremos a su lado. El sonido de los reactores se me antoja como un claro recordatorio de la incertidumbre de este conflicto y su capacidad para interferir en el derecho de recibir atención médica.

La familia de Aisha me cuenta qué ha sido de ellos desde que abandonaron Raqqa. Saben lo frágil que es la vida. Puse mi mano en el hombro de la madre de Aisha e intercambiamos una mirada. Sabe lo mal que está su hija y lo valioso que es cada día que pasa con ella.

Sé que es posible que no podamos prolongar más la vida de Aisha. Llegamos tarde, quizás demasiado. Pero intentaremos y trataremos de ayudar a tantos otros niños y niñas que se enfrentan a su misma situación.

Mientras tanto, la sonrisa de Aisha me llena la mirada cuando le hago cosquillas en el pie y jugamos a ser vampiros.

 

*Los nombres y los detalles de este artículo han sido cambiados.

Las víctimas invisibles de la guerra en Siria

Por Scott Hamilton, Médicos Sin Fronteras, desde Irbid, en Jordania. 

Atención domiciliaria a pacientes con enfermedades no transmisibles en el norte de Jordania

Tanto Mohanned como Samir usan sandalias de goma. “El calzado fácil de poner y quitar es mucho más útil para los días en los que tienes que hacer varias visitas a domicilio”, dice Mohannad.

Al tiempo que conversan animadamente, ambos suben a una camioneta junto con Moataz, que será su chófer hoy. Los tres se comportan como viejos amigos, riendo y bromeando el uno con el otro. “Es importante que nos llevemos bien y que nos divirtamos”, explica Samir; “a veces pasamos más tiempo con nuestros compañeros que con nuestras familias”.

Mohanned y Samir hacen visitas domiciliarias a los pacientes que no pueden ir por sus propios medios hasta el hospital. El 60% de ellos son refugiados sirios. ©Scott Hamilton/MSF

Samir es enfermero y Mohannad, médico. Todas las semanas realizan visitas domiciliarias a refugiados sirios y ciudadanos jordanos que se encuentran en situación especialmente vulnerable en la Gobernación de Irbid, en el norte de Jordania. Todos sus pacientes sufren lo que se denomina enfermedades no transmisibles, cuyos principales exponentes son las enfermedades cardiovasculares (como los ataques cardiacos y los accidentes cerebrovasculares), el cáncer, las enfermedades respiratorias crónicas (como la enfermedad pulmonar obstructiva crónica y el asma) y la diabetes. Hoy visitarán a cuatro de estos y para ello tendrán que conducir más que de costumbre, ya que uno de los objetivos del programa es llegar hasta las personas con dificultades de movilidad que viven más alejados del centro de la ciudad de Irbid.

El programa de visitas domiciliarias de MSF comenzó en agosto de 2015. “Antes atendíamos a los pacientes en dos clínicas en la ciudad de Irbid. Todavía lo hacemos, pero las visitas domiciliarias también son necesarias. Muchos de nuestros pacientes no pueden venir a la ciudad, ya sea porque se encuentran demasiado débiles físicamente para hacer el viaje, o porque no pueden costeárselo”, explica Samir.

La primera casa que visitan es el hogar de dos pacientes: un matrimonio formado por Aziz y Azam. Su hija y sus tres nietos les abren la puerta. La casa es de una planta y apenas está amueblada. El modo distendido y familiar con que los pacientes saludan a Samir y Mohannad es revelador. “Conozco a estos pacientes desde hace mucho tiempo”, cuenta Samir. “Es un poco como tener parientes lejanos”.

Aziz es un refugiado sirio. Hace poco sufrió un derrame cerebral y por el momento no puede salir de la cama. ©Scott Hamilton/MSF

En primer lugar, Samir y Mohannad le toman la presión arterial a Aziz y comprueban sus reflejos. Aziz sufrió un derrame cerebral, es diabético y, por el momento, no puede salir de la cama. A pesar de su frágil estado, se esfuerza en explicar su situación:

“Llevamos aquí cinco años. Nos fuimos de Siria porque tanto la salud de Azam como la mía estaban empeorando. Fue por culpa de los bombardeos. Yo cultivaba una granja; no era mía, pero nos permitía vivir bien. También tenía mi propia casa. Hace años, mi abuelo palestino cruzó a través de Jordania y se estableció en Siria. Ojalá se hubiera quedado aquí en Jordania; ojalá no hubiéramos visto nunca esta guerra. Nuestra hija todavía está en Siria y pensamos en ella constantemente. No nos resulta fácil vivir aquí, el alquiler es caro y somos ocho personas viviendo en una casa muy pequeña. Tenemos sólo un hijo trabajando; él tiene que pagarlo todo, incluso la electricidad y las facturas. Queremos volver a casa, pero sólo lo haremos cuando no haya más guerra ni más matanzas”.

Azam se quedó ciega hace 15 años. Sufre glaucoma y tendría que ser operada. ©Scott Hamilton/MSF

Azam se quedó ciega hace 15 años. Sufre glaucoma y tendría que ser operada. También necesita colirio, pero cada frasco cuesta 23 dinares jordanos (algo más de 27 euros); un precio demasiado alto para ella. Afortunadamente nosotros podemos ofrecérselo gratuitamente.

“Vivir los bombardeos y la guerra fue extremadamente estresante, ciega o no. Pero estoy feliz de estar aquí. Aquí la comunidad nos recibió con agrado. Nuestros vecinos nos visitan y el propietario, que sabe de nuestra situación, nos hace un descuento en el alquiler“.

Azam por su parte tiene diabetes e hipertensión. Mientras Samir le hace un análisis de sangre y verifica su presión arterial, Mohannad coge en brazos a su nieto más pequeño, que ha empezado a arrojar juguetes. Tras breves momentos de bullicio, se sienta contento con Mohannad y se queda observando a través de la ventana a los pájaros que pasan volando.

El doctor Mohannad sostiene en brazos al más pequeño de los nietos de Aziz y Azam. ©Scott Hamilton/MSF

De camino a la segunda casa del día, Samir habla con cariño de una antigua paciente. “Un francotirador le disparó en la cadera. Las heridas fueron graves, pero logró sobrevivir. La tratábamos por hipertensión, y a pesar de su estado siempre insistía en ofrecernos un desayuno. Lamentablemente, murió hace poco de un ataque al corazón. Es la parte más dura de este trabajo; la gente que se nos va”.

La tercera paciente que hoy visita el equipo se llama Khairiya. Sufre hipertensión y también es ciega. En su situación le resulta muy difícil acudir a una clínica de la ciudad para hacer revisiones médicas, así que está feliz de que recibirnos en su casa.

Khairiya sufre hipertensión y es ciega. En su situación le resulta muy difícil acudir a una clínica de la ciudad para hacer revisiones médicas. ©Scott Hamilton/MSF

“Llevamos aquí desde 2013. La violencia y la tensión hacían muy difícil nuestra vida en Siria, pero el viaje hasta aquí tampoco fue fácil. Incluso tuvimos que caminar parte del viaje. Cuando nos acercamos al puesto fronterizo, un guardia se percató de que yo era ciega. Me tomó de la mano y me condujo durante la última parte del camino. A pesar de que tuvimos algunas oportunidades de ir a vivir a Estados Unidos y Canadá, estoy feliz de que estemos en Jordania, ya que es un país que comparte tradiciones con el nuestro. Nuestra mayor preocupación ahora es el dinero. Somos cinco personas viviendo aquí y nuestro hijo apenas gana lo necesario para pagar el alquiler y los alimentos”.

Mientras Mohannad comprueba la presión arterial de Khairiya, su hija prepara café y explica que también ella necesita ver a un médico. Mohannad le dice que la referirá a uno en el ministerio de salud. A medida que hablan, su hijo de dos años gatea hacia su abuela. Está completamente  fascinado por el dispositivo que emplean para medir la presión arterial.

La cuarta paciente del día es Saltiya. Se encuentra postrada, también tiene hipertensión y hace poco sufrió un derrame cerebral. Mientras su esposo, su hija y sus nietos dan la bienvenida a Mohannad y a Samir a su casa, ella se esfuerza por abrir los ojos.

En la casa de Saltiya viven doce miembros de una misma familia. Todos están especialmente preocupados por su salud, pues tiene hipertensión y hace poco sufrió un derrame cerebral. ©Scott Hamilton/MSF

En esta casa viven doce miembros de una misma familia y todos están especialmente preocupados por Saltiya. A pesar del precio de la electricidad, hay dos ventiladores encendidos en el cuarto para que ella no pase demasiado calor. Al hijo de Saltiya le resulta difícil mantener a su familia. En Siria era panadero y su padre era propietario de un supermercado. Cultivaban sus propias hortalizas y tenían un olivar, pero cuando empezó a ver cómo pasaban los misiles por encima de su casa decidió que tenían que salir de allí.

En el camino de regreso a la ciudad, Mohannad y Samir discuten sobre la pertinencia de este programa. Para unos profesionales que están acostumbrados a trabajar en proyectos destinados a responder a los efectos inmediatos de la guerra, a las epidemias, a catástrofes o a hambrunas, esta es una misión sin duda diferente. Sin embargo, al visitar los hogares de estos pacientes se les presenta una cruda realidad: se trata de personas con necesidades médicas reales y continuas que viven en situaciones muy precarias. Pueden haber escapado de la guerra, pero su futuro sigue siendo incierto.

Ninguno de los pacientes a los que visitaron hoy podía recibirles por sí solo. No tienen apenas dinero ni movilidad física, así que la pregunta más acuciante que Mohannad y Samir siempre se hacen es la misma: si MSF no tuviera un programa como este, ¿cómo iban a recibir tratamiento todas estas personas?

Día Mundial de la Asistencia Humanitaria: el doctor sirio que no abandonó a los desplazados

Por Lina Alqassab y Yasmine Saker, UNICEF en Siria

Cuando, a finales de 2014, la violencia empezó a obligar a las familias de la zona rural de Idleb (Siria) a abandonar sus casas, el doctor Khaled fue uno de los primeros que respondió.

Este trabajador sanitario y nutricional de UNICEF era decisivo a la hora de lanzar las tan necesarias campañas de vacunación, distribuir suministros básicos médicos y nutricionales para los niños de Siria y sus madres, y dirigir visitas regulares a los campos de desplazados internos para para evaluar la situación humanitaria y la respuesta.

Día Mundial de la Asistencia Humanitaria: el doctor sirio que no abandonó a los desplazados

El doctor Khaled mide el perímetro del brazo de una niña para detectar si sufre desnutrición. / ©UNICEF/ Syria 2017/ Lina Alqassab

No sabía el doctor Khaled cómo ese cambio iba a afectar a su propia vida. Unos meses más tarde, y solo cuatro días después del nacimiento de su bebé, el propio Khaled y su familia tuvieron que huir de su casa.

Un viaje duro

Cuando la lucha se intensificó en su pueblo natal, la familia dejó todo atrás y se dirigió a una zona aislada de la zona rural de Idleb. Esta huida no sería la última.

“Mi mujer todavía se estaba recuperando de la cesárea y sufría una grave depresión postparto”, recuerda Khaled. “Estábamos en estado de shock, sobrepasados por la aterradora idea de tener que dejar nuestra casa para siempre”.

Las familias, apiñadas en coches, bloqueaban las carreteras en su huida de la violencia mientras la zona era atacada.
“Tardamos seis horas en recorrer un trayecto que normalmente se hace en una”, explica el doctor. “Cuando llegamos, a mi hijo le había salido un eccema por haber estado expuesto a un calor abrasador durante tanto tiempo. Incluso rechazaba el pecho, y eso aumentaba la angustia de mi mujer”, suspira mientras recuerda el horror del viaje.

El pueblo al que llegaron era seguro, pero las condiciones de vida eran muy duras. No había agua ni electricidad, y estaba masificado. La familia de Khaled tuvo que compartir una pequeña casa rural con otras tres familias.

Así que, en busca de una vida mejor, se fueron nuevamente. Finalmente llegaron a la ciudad de Hama, pero él se quedó en Idleb para seguir ayudando a los desplazados internos, como él mismo.

Al haber experimentado en su propia piel lo que significa estar desplazado, Khaled estaba incluso más decidido a ayudar a los niños y a sus familias.

“Durante mis visitas a los alojamientos, cuando veo a un bebé durmiendo en una tienda humilde, o a una madre cargando a su hijo dormido mientras hace cola para conseguir comida o agua, pienso en mi mujer y en mi hijo. ¡Podríamos ser nosotros!”.

Un nuevo comienzo en medio del conflicto en Siria

A principios de 2016, el doctor Khaled se vio obligado a dejar su trabajo en Idleb y sus alrededores por la restricción de acceso humanitario a la zona. No tuvo más opción que trasladarse con su familia a la provincia costera de Lattakia, donde sigue trabajando en proyectos de UNICEF para promover la salud y nutrición adecuadas de los niños y sus madres.

Allí UNICEF apoya 36 centros de salud que proporcionan atención sanitaria a madres y niños: vacunación, tratamiento contra enfermedades infantiles comunes, salud reproductiva y tratamiento contra la desnutrición. UNICEF también apoya tres clínicas móviles para los niños que están en zonas de difícil acceso.

El Día Mundial de la Asistencia Humanitaria se celebra el 19 de agosto para rendir tributo a los trabajadores como el doctor Khaled, que arriesgan sus vidas llevando ayuda humanitaria a otros, así como para apoyar y recordar a las personas afectadas por crisis en todo el mundo.

Las madres coraje de Siria. Segunda parte

Testimonio de Fátima*, proveniente de la Gobernación de Dar’a, Siria

 “Nunca en mi vida había visto la felicidad como algo tan lejano e inverosímil”.

Fatima, una madre siria de 45 años recibe medicamentos en Irbid. Fotografía: Maya Abu Ata/MSF

Fátima, una madre siria de 45 años recibe medicamentos en Irbid. Fotografía: Maya Abu Ata/MSF

«Miedo, ataques aéreos, bombardeos… esos fueron los motivos que me llevaron a salir de Siria. Dejé el país hace seis años. Todavía recuerdo cómo me sentí el día que abandoné mi país. Mi marido, los niños y yo creíamos que la muerte sería más misericordiosa que permanecer allí. La terrible guerra en Siria no solo me obligó a abandonar mi país para buscar protección para mi familia y para mí en otro lugar, sino que también tuvo un impacto en la salud de mi marido, que sufrió 21 ataques a causa del miedo y de la tensión constante bajo la que vivíamos. Nos aterrorizaba la idea de algo malo pudiera pasarle a nuestros hijos y ese estrés continuo acabó pasándole factura. Y sí, es cierto que mi marido ya era un hombre enfermo desde hacía bastantes años, pero al final su estado de salud se deterioró tanto que tuvieron que amputarle una pierna.

En aquel momento, yo solo pensaba en cómo podría encontrar un lugar seguro para mi familia; un sitio que estuviese suficientemente alejado de las crueles zarpas de la guerra. Y, cómo no, en obtener un tratamiento médico que pudiera aliviar el continuo dolor de mi marido.

Nunca podré olvidar aquellas jornadas en las que cruzamos a Jordania; sé que se quedarán marcadas a fuego en nuestra historia. Fueron dos días de absoluta tristeza y desesperación, con mi marido apoyándose en mi hombro para mantenerse en pie. Formábamos un espectáculo dantesco e inolvidable; un amputado, su esposa, dos hijas y tres hijos. Una familia que no tenía nada, excepto la ropa que llevaban puesta, un pesado dolor en el pecho y muchos viejos recuerdos. Eso fue todo lo que nos pudimos llevar; lo demás, todas aquello que nos resultaba querido, lo dejamos todo atrás.

Estaba preocupada y estresada. Me encontraba constantemente pensando en qué podía hacer para ayudar a mi familia y ayudarles a ponerse a salvo. Permanecimos cuatro meses en el campo de refugiados de Zaatari, donde pasamos la mayor parte del tiempo en el hospital marroquí. Cuando llegamos al campo de Zaatari sufría de hipertensión. Mi marido, aparte de todos los problemas que ya veía arrastrando, tampoco salió indemne: los acontecimientos en Siria también le afectaron y en Zaatari le dijeron que sufría de diabetes e hipertensión.

“Nuestra miserable situación llevó a mi marido al borde de la desesperación”.

Tras esos cuatro meses, decidimos abandonar el campo. Teníamos la esperanza de que la situación mejorase, pero no lo hizo. Sí, es cierto que conseguimos dejar atrás la cultura de las «caravanas del desierto», dónde vivíamos entre el polvo y la arena, pero en nuestro nuevo hogar la nieve y la lluvia llegaron sin previo aviso y cubrieron nuestra «casa» con el manto del crudo invierno.

Durante este tiempo, mis hijos trataron de trabajar para pagar el alquiler y mantener a la familia. Nuestra miserable situación llevó a mi marido al borde de la desesperación, una vez más, pero no permití que se me contagiase ese sentimiento de desesperanza. Visitaba regularmente el dispensario médico para tratar de obtener medicamentos y el tratamiento que necesitaba mi marido. Y traté también de aliviar el agotamiento que se dibujaba tan claramente en las frentes de mis hijos. Les di apoyo psicológico, les pedí que tuvieran paciencia y que resistieran, recordándoles lo fuertes que habíamos sido. Y así logré que no perdieran la esperanza.

Las constantes dificultades y penalidades acabaron por derrotar a mi marido: un día sufrió un infarto cerebral y falleció de inmediato. Aquel día supe lo duro que puede llegar a ser el sufrimento. Nunca en mi vida había visto la felicidad como algo tan lejano e inverosímil. Me di cuenta de que a partir de ese momento estaba sola y que tendría que luchar por mí misma contra todas las mareas sorprendentes de la vida. Tenía que seguir adelante, sobrevivir y ayudar a mi familia, porque, como me repetía a mí misma constantemente, no habíamos hecho nada malo a nadie, nos merecíamos vivir en paz.

Cuando nos trasladamos a Irbid, mi hijo menor estaba haciendo sus estudios de tercer grado. Yo le animé a que completara su educación a pesar de nuestra difícil situación y de nuestras limitaciones económicas. Hoy en día ya está en séptimo y quiere continuar su formación para poder llegar a ser médico en el futuro y poder prestar una atención médica como la que hoy nos proporciona Médicos Sin Fronteras (MSF).

Conocí esta organización y sus servicios unos meses antes de la muerte de mi marido. Un médico que conozco me dijo que MSF era una organización médica internacional que proporcionaba servicios gratuitos. Así que los busqué, me registré y desde entonces recibo la atención médica que necesito, incluyendo un apoyo psicosocial que en este momento resulta imprescindible para mí. Me enseñaron cómo hacer frente a las presiones psicológicas de una manera saludable, y cómo adaptarme a mis problemas financieros y hacer frente a los problemas familiares. Además, nunca dejo de orar y alabar a Dios cada vez que tengo ese sentimiento de asfixia. La oración me da cierta sensación de confort, pero también necesito el apoyo psicológico que me da la organización. Ahora me doy cuenta de que me siento más cómoda y aliviada que durante mi periplo hasta aquí, ya que tengo a mis hijos conmigo. Me siento más segura y estable, lo que despierta una sensación de alivio dentro de mí.

Fatima, una madre siria de 45 años recibe medicamentos en Irbid. Fotografía: Maya Abu Ata/MSF

Fátima, una madre siria de 45 años recibe su tratamiento en Irbid. Fotografía: Maya Abu Ata/MSF

Seguiré siendo fuerte para poder mantener a mi familia. A pesar de las duras circunstancias, me esfuerzo al máximo para encontrar un rayo de luz, algo de esperanza para esta humilde familia. Continúo buscando trabajo, mientras tanto proporciono a mi familia apoyo moral, pero no puedo prestarles apoyo financiero.

Al fin y al cabo, soy madre, y todo el mundo sabe cuál es la definición de la madre y qué significa ser madre y refugiada siria.

* Se ha modificado el nombre para mantener su confidencialidad.

Las madres coraje de Siria. Primera parte

Testimonio de Majida*, proveniente de la Gobernación de Dar’a, en Siria.

Majida, refugiada siria de 58 años, es atendida en Irbid. Fotografía: Maya Abu Ata/MSF

Majida, refugiada siria de 58 años, es atendida en Rahabah. Fotografía: Maya Abu Ata/MSF

“Mientras haya guerra, no volveremos a Siria”

Tuve que abandonar Siria a causa de los devastadores bombardeos y ataques aéreos que sufríamos. Mi marido me dijo: «Huye y yo me uniré a ti el mes que viene». Además, mi hijo quería finalizar sus estudios y allí no habría podido, así que esa fue otra razón de peso para que decidiéramos irnos. Pagamos 24.000 libras sirias (unos 100 euros al cambio actual) para obtener los documentos oficiales de mis hijos y poder viajar a Jordania, pero solo logramos conseguir los certificados de secundaria de ambos, no los certificados universitarios. Vivo en Jordania con mi hijo y con mi hija desde hace cinco años.

Tras cinco años en Jordania, extraño mi pueblo y a mi familia. Cuando llegamos a Jordania estuvimos viviendo en una tienda de campaña durante tres meses. Era muy duro. Más tarde, nos compramos una caravana en la que permanecimos un año, pero la lluvia caía con tanta fuerza que el agua se filtraba en el interior de la misma.

Mi marido nunca llegó a salir de Siria. Al final se casó con otra mujer y se negó a enviarnos dinero. Tras permanecer un año y tres meses en el campo de refugiados, mi hijo decidió que era hora de irse. Gracias a la ayuda de un extranjero, consiguió inscribirse en la Universidad de Ciencia y Tecnología en Jordania. Entró en la universidad con otros 60 estudiantes y comenzó a estudiar farmacia. Tuvo que superar muchas dificultades durante el proceso de registro, pero lo consiguió. Espera graduarse este año después del Ramadán. A pesar de las muchas reticencias que tenían otros miembros de la familia, yo siempre lo he apoyado para que continuase sus estudios.

También apoyé mi hija para que continuara sus estudios en la escuela. La inscribí en el último curso de secundaria y en dos cursos de inglés fuera de los límites del campo de Zaatari. Siempre he animado a mi hija a superar las dificultades y continuar sus estudios a pesar del cansancio físico y psicológico que sufrían tanto ella y como mi hijo. Ambos han sufrido mucho y tuve que llevarlos varias veces al hospital a causa de esta fatiga. Mi hijo empezó a hacer algunos trabajos para ganar una pequeña paga y ayudarme a pagar los estudios de su hermana. Lo bueno es que al final ambos consiguieron su objetivo: mi hija también terminó la educación secundaria y pudo inscribirse en la universidad. Ahora está a punto de graduarse como asistente farmacéutica.

Miro atrás y veo todo lo que pude conseguir para mis hijos. Sé que todo esto se lo debo a mi fe y confianza en Dios y a la ayuda de muchas personas que se mantuvieron siempre a mi lado y que me apoyaron cuando las cosas estaban más difíciles. Aunque muchas personas me presionaron para que obligara a mis hijos a casarse, no cedí a la presión. Me he esforzado mucho para mantener a mis hijos hasta que terminen sus estudios. Esa siempre ha sido mi máxima prioridad.

“Sufría mucho, y eso tenía un impacto extremadamente negativo en mi estado físico y psicológico”.

Solía comprar mis medicamentos en el campo de Zaatari hasta que llegué a la zona de Rahabah, donde me dijeron que había un equipo de Médicos Sin Fronteras (MSF) que llevaba trabajando allí desde hacía casi un año y medio. Desde ese momento, pasé a recibir mis medicamentos gratuitamente. Hace tiempo que sufro una enfermedad del corazón y que tengo hipertensión, pero desde hace algo menos de tiempo también sufro diabetes y tengo altas concentraciones de triglicéridos. Antes de recibir la medicación gratuita, compraba el paquete de 30 comprimidos para mis problemas con los triglicéridos a un precio de 30 dinares jordanos. Además de ser caros, casi nunca quedaban existencias de ese medicamento en las farmacias, así que a veces me quedaba sin tomarlos y mi estado de salud empeoraba. Afortunadamente, ahora estoy mucho mejor, ya que estoy recibiendo tratamiento médico de forma regular.

Sufría mucho, y eso tenía un impacto extremadamente negativo en mi estado físico y psicológico. Las sesiones de apoyo psicosocial me ayudaron mucho, pero todavía no he logrado recibir ninguna ayuda financiera. Tampoco he conseguido que alguien me diera una oportunidad de trabajo. Mis condiciones de vida siguen siendo difíciles y eso hace que no pueda pagar el alquiler de forma puntual. Durante mucho tiempo fui paciente porque no tenía otra opción; debía ser fuerte y soportar esa carga por el bien de mis hijos. Tras el abandono que sufrimos por parte de su padre, solo me tenían a mí. Sin embargo, la paciencia ya se me está agotando y empiezo a tener la necesidad de salir de aquí..

Majida es atendida en el hospital de MSF en Irbid mientras le toman la tensión. Fotografía: Maya Abu Ata/MSF

Majida es atendida en el hospital de MSF en Rahabah mientras le toman la tensión. Fotografía: Maya Abu Ata/MSF

Insté a mis hijos a que también fueran pacientes y les animé a tener fe en que pronto las cosas irían mejor. Nuestra situación era tan dura que a veces un día se me hacía tan largo como un año entero. También sufrimos el intenso frío del invierno y la falta de dinero y recursos. Ni siquiera teníamos dinero para pagar la calefacción.

Espero con impaciencia el día en que mis hijos terminen sus estudios, para que puedan trabajar con dignidad sin necesitar ayuda de nadie. Estoy orgullosa de ellos, pero tengo miedo de que mi hijo no llegue a tener la oportunidad de trabajar, casarse y asentarse. Mientras sigan estudiando, me quedaré con ellos y seguiré apoyándolos. Ahora estamos evaluando las posibilidades que hay para salir de Jordania y que mis hijos puedan trabajar. Lo que tengo claro es que mientras haya guerra, no deseamos en absoluto volver a Siria.

* Se ha modificado el nombre para mantener su confidencialidad.

Un nuevo peligro para los niños sirios: los explosivos sin detonar

Por Rasha, UNICEF en Siria

Amin, de 10 años, estaba jugando con su primo cuando encontró una bomba sin explotar. Un peligroso resto del conflicto en Siria, que cumple seis años.

“Estaba muy contento y se la quería enseñar a mis amigos”, cuenta. “Agarré la bomba y explotó inmediatamente. Me entró metralla en el pecho, quemaba como el fuego. Me llevaron rápidamente al hospital en Alepo, donde estuve un mes”, añade.

El trayecto desde la ciudad de Amin hasta el hospital más cercano en Alepo lleva casi una hora. Afortunadamente, Amin pudo salvar su vida.

Amin explica a su hermano pequeño cómo detectar artefactos sin detonar, con un folleto de UNICEF/ ©UNICEF/Syria/2017/Al-Issa

En Assan, la ciudad de Amin, hay combates intensos desde el mes de julio. Ahora que parece que están disminuyendo, muchas familias están volviendo a casa. Pero la presencia de restos de explosivos de guerra supone un riesgo muy grave para los niños sirios.

Los aliados de UNICEF informaron de que seis niños habían resultado heridos por minas en Assan, como Amin. En diciembre murieron en el este de Alepo seis niños mientras jugaban con artefactos explosivos sin detonar. UNICEF está proporcionando a los niños y sus familias formación urgente sobre el riesgo de las minas, a medida que vuelven a zonas potencialmente peligrosas.

Los aliados y voluntarios, con apoyo de UNICEF, van puerta por puerta para dar a niños, adolescentes y padres información vital sobre el riesgo de los restos explosivos de la guerra. Desde noviembre, más de 80.000 personas han recibido esta información mediante visitas a sus casas y sesiones de sensibilización. El objetivo es ayudarles a detectar fácilmente objetos peligrosos, como las minas.

“Nuestra prioridad es llegar a los niños, porque son muy curiosos, quieren explorar todo lo que les rodea, y eso les pone en un gran riesgo”, explica Mohammad, uno de los voluntarios que participa en la campaña educativa. “Lo que hacemos es muy fundamental. Incluso aunque solo salváramos una vida. Poder proteger a miles de niños es muy importante”.

De vuelta a Assan, Amin acude a sesiones formativas sobre artefactos sin detonar. “A partir de ahora, si alguna vez veo objetos así me alejaré. Se lo diré a un adulto y él sabrá qué hacer”, asegura.

Se cumplen seis años del conflicto en Siria y los niños siguen sufriendo las consecuencias más que nadie. En 2016, el peor año de la guerra para ellos, 652 niños fueron asesinados y 850 fueron reclutados. Pero además casi 3 millones viven como refugiados en otros países, 2,3 millones no van a la escuela, y solo la mitad de los hospitales están operativos. En total, más de 8 millones de niños sirios necesitan ayuda humanitaria urgente. Los niños sirios no se rinden, y nosotros tampoco debemos hacerlo.

A salvo en Turquía, los sirios siguen atormentados por la guerra

Por Caroline Willemen, asesora de salud mental de MSF

Una mujer y su hija reciben atención en una de las clínicas donde trabaja MSF con refugiados sirios. Anna Surinyach.

Una mujer y su hija reciben atención en una de las clínicas donde trabaja MSF con refugiados sirios. Anna Surinyach.

Una mujer sale al patio soleado de una vieja casa en Killis (Turquía), nos saluda y llama a su hijo para que limpie con un trapo un par de sillas de plástico para que nos sentemos. Su nombre es Loubna* y durante la próxima media hora compartirá con dos agentes comunitarios de salud mental sus reflexiones sobre lo que supone ser una refugiada siria.

Mientras, su hijo pequeño juguetea y se esconde detrás de ella. El niño tiene curiosidad por los dos extraños que acaban de entrar en su casa, pero al mismo tiempo se muestra inquieto.

Los dos trabajadores son parte de un equipo de diez personas que visitan cada día a los refugiados sirios en sus hogares y también en lugares públicos para ofrecerles una primera atención psicosocial e identificar quienes de ellos necesitan seguir un tratamiento psicológico.

Muchas de las personas a las que atendemos llegaron a Turquía hace varios años. Su sentimiento de inseguridad ha menguado pero siguen afectados por la guerra por muchísimas razones. La primera de ellas, la proximidad a Siria, tanto emocional como física. Aquí en Killis, a unos pocos kilómetros de la frontera, puede verse desde las colinas y a veces incluso escuchar el sonido distante de los bombardeos.

Pero mucho más difícil de afrontar son los fuertes lazos emocionales con su país. Todos aquí tienen familiares o amigos en Siria de los que no han tenido noticias desde hace demasiado. Y cuando las tienen son historias desgarradoras de la rutina diaria de un país en guerra.

Luego están los desafíos propios de vivir en el extranjero. La población de Killis es hoy una mezcla casi al 50% de sirios y turcos. Sin embargo, para muchos refugiados encajar en un país que no es el suyo sigue siendo una lucha constante. Tal y como Loubna nos cuenta mientras tomamos café, “es difícil ser un extranjero cuando no se tiene trabajo ni un hogar y la familia está lejos”.

La mujer duerme poco. Cuenta que antes era muy sociable, pero que ahora, sin embargo, evita el contacto con el resto de personas. Loubna vive con sus cuatro hijos y su cuñada en una casa austera. Cuando amanece, el patio se torna un lugar acogedor, pero los plásticos que cubren las ventanas recuerdan rápidamente el frío invierno que esta familia acaba de atravesar. Las condiciones en las que viven los sirios también pueden generar tensiones. Los hogares que visitamos oscilan entre los que son algo confortables y garajes que han sido convertidos en precarios habitáculos, con poca luz natural y ausencia de privacidad. No es extraño que la salud mental de los refugiados se resienta en esta situación.

Siempre me siento algo incómoda cuando entro a estos hogares acompañando a nuestros agentes de salud mental, que también son sirios. Sin embargo, es una agradable sorpresa ver que a la gente no parece importarle la presencia de un extranjero. Durante nuestras visitas, encontramos a las mujeres y a los niños casa, dispuestos a conversar con nosotros y compartir sus experiencias. Nos sirven interminables rondas de café o té y siempre me impresiona ver lo rápido que mis colegas se ganan la confianza de las personas a las que asistimos.

Una mujer y su hija reciben atención en una de las clínicas donde trabaja MSF con refugiados sirios. Anna Surinyach.

Una mujer y su hija reciben atención en una de las clínicas donde trabaja MSF con refugiados sirios. Anna Surinyach.

Tal y como nos dice una pequeña de diez años: a ella le encanta su profesora y de mayor quiere ser también maestra. Pero entonces su madre empieza a llorar en silencio. Fátima*  explica que ella concibe la educación como la herramienta más importante que se le puede dar a un niño para su futuro. Pero muestra también una gran preocupación por sus dificultades económicas, que le obligarán a dejar de llevar a sus hijos a la escuela para que empiecen a trabajar. Es solo un ejemplo de cómo los niños resultan afectados por esta guerra. Loubna menciona que los juegos infantiles han cambiado y que ahora incluyen armas, tiroteos y aviones de guerra. Un reflejo de lo que los más pequeños consideran algo normal.

Cada sirio en este pueblo tiene una triste historia que contar. Pero también es impresionante comprobar su resiliencia. Aunque Loubna crea que jamás podrá regresar a Siria, guarda algo de esperanzas en el futuro y da gracias porque su familia está a salvo en Turquía. Fátima, por su parte, sonríe cuando dejamos su casa y agradece a los agentes comunitarios de salud mental la oportunidad de poder compartir sus pensamientos y sus miedos. Asegura que se ha quitado un gran peso de encima.

*Los nombres se han cambiado para proteger la privacidad.

Médicos Sin Fronteras apoya a Citizens’ Assembly, una ONG turca, en Killis desde 2013. Además de salud mental y ayuda psicosocial, MSF gestiona una clínica de salud primaria para la población que ha huido de Siria.

Niños en emergencias: la importancia de la ayuda humanitaria

Belén Ruiz-Ocaña, UNICEF Comité Español

Chubat, 12 años, Sudán del Sur. Su escuela fue quemada en un combate.

Fati*, 15 años, Nigeria. Pasó cuatro meses secuestrada por Boko Haram.

Abdulghani, 9 años, y Hassan, 6, Siria. Permanecen en Alepo, donde beben agua contaminada cuando hay cortes en el suministro.

Mohanned, 5 años, Yemen. Sufre desnutrición aguda grave.

Son cuatro nombres, cuatro historias, cuatro vidas marcadas por un conflicto o una crisis. Son solo cuatro de los 535 millones de niños que viven en países afectados por situaciones de emergencia.

 

Niños en emergencias: la importancia de la ayuda humanitaria

Chubat y una amiga en las ruinas de lo que era su escuela en Sudán del Sur /© UNICEF/UN018992/George

Cuando sucede un conflicto o un desastre natural los niños son los más vulnerables. La inseguridad alimentaria les pone en riesgo de sufrir desnutrición. La falta de agua y saneamiento facilita la aparición de enfermedades transmitidas a través del agua. El cierre de escuelas causa que muchos niños estén meses, o incluso años, sin ir a clase. Las experiencias que viven les dejan traumatizados.

Por eso es fundamental llegar a estos niños con tratamientos contra la desnutrición, con agua potable, con material escolar y educación, con apoyo psicológico. La ayuda humanitaria es básica tanto para afrontar los primeros momentos tras una emergencia, como la recuperación a largo plazo de las personas afectadas.

Umara, 7 meses, Nigeria. Pasó de 4,2 kg a 5,1 kg de peso durante los 20 días de tratamiento contra la desnutrición.

Rafi, 3 años, Irak. Ha podido afrontar las bajas temperaturas invernales con la ropa de abrigo que recibió de UNICEF.

Nyaruot, 14 años, Nyachan, 11, y Nyaliep, 3, Sudán del Sur. Pudieron reunirse con sus padres después de dos años separadas de ellos.

Maxim, 8 años, Ucrania. Recibe apoyo psicológico para superar los traumas causados por la violencia en su país, como la muerte de su padre.

Niños en emergencias: la importancia de la ayuda humanitaria

Rafi sujeta sonriente la caja con ropa de invierno que le ha dado UNICEF/ © UNICEF/UN042749/Khuzaie

Son cuatro nombres, cuatro historias, cuatro vidas que ya han dado un paso en el camino hacia un futuro mejor.

Sus logros demuestran que los niños en situaciones de emergencia nos necesitan. Por eso UNICEF ha lanzado Acción Humanitaria para la Infancia 2017, el mayor llamamiento de fondos de toda su historia. El objetivo es ambicioso: llegar a 48 millones de niños en 48 países.

Chubat, Fati*, Abdulghani, Hassan, Mohanned, Umara, Rafi, Nyaruot, Nyachan, Nyaliep y Maxim demuestran que el esfuerzo vale la pena.

*Nombre ficticio.