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Archivo de la categoría ‘Nigeria’

Chad: el miedo que trae la desnutrición

Por Laura Rubio, UNICEF Comité Español, desde Chad

(Las huellas de Boko Haram, segunda parte).

En la zona del lago Chad, 8 de cada 10 personas desplazadas viven en comunidades de acogida, no en campos para desplazados. Sufren los que tienen que huir, pero también los que reciben el flujo constante de personas que llegan sin nada, a las que acogen por principios.

Una de estas comunidades es Tagal, una aldea de pescadores a orillas del lago, que ha visto cómo su población se ha duplicado debido a la llegada continua de quienes huyende la violencia de Boko Haram. Tagal era ya una aldea pobre, sin infraestructuras ni acceso a servicios básicos, y con recursos mínimos para subsistir. Pero aunque hay buenas intenciones, no llega para todos. Los locales y los desplazados comparten lo poco que tienen, hasta lo más básico: el agua, los alimentos, las esterillas, los enseres de cocina viejos y desgastados… y también las enfermedades y un estado de desnutrición crónica difícil de revertir.

Es en esa aldea de personas generosas donde a primera hora de la mañana recibimos otro golpe de realidad, muy difícil de encajar.
Sobre una esterilla de palma en la entrada de su vivienda (una choza levantada en la arena con hojas y cañas secas) nos encontramos con Akbáh y su padre.

Chad: el miedo que trae la desnutrición

Los niños son los más afectados por la violencia de Boko Haram / UNICEF Chad/2017/Bahaji

Akbáh, de tres años – aunque no aparentaba más de dos – estaba tumbado de lado sobre la esterilla, quietecito y tranquilo, ataviado solo con el hilo marrón atado a la cintura característico de los niños de su etnia (Kanembu). Su padre, sentado a su lado, nos relataba su historia mientras le acariciaba la cabeza.

Hacía meses que Akbáh estaba enfermo. Lo habían llevado al médico en varias ocasiones, pero no habían conseguido que mejorase. Tras semanas enganchando fiebres, tos, y sin poder retener nada en el estómago, Akbáh parecía demasiado cansado para seguir. La malaria y la desnutrición no daban tregua, y su presa ya no podía más.

No lo decía claramente porque su niño estaba delante, pero su relato dejaba entrever que ni su mujer ni él albergaban ninguna esperanza de que pudiera sobrevivir. Ya habían perdido dos hijos antes y reconocían bien las señales.

Los ojos grandes y serenos de Akbáh contrastaban con la crueldad de su suerte. No emitía ni un quejido, ni un llanto, solo una tos flemosa y débil salía de sus labios de cuando en cuando, como no queriendo molestar. La madre nos miraba desde la distancia mientras seguía con sus quehaceres.

“Es mejor no encariñarse demasiado con los hijos porque se te pueden morir en cualquier momento”, decía otra madre.

Deseé con todas mis fuerzas ver a Akbáh levantarse y salir corriendo a jugar con los otros niños, a tirar de ese camión fabricado con una lata oxidada atada a una caja con tapones … Pero nada de eso ocurrió. La realidad es que nos despedimos de Akbáh, que seguía apurando cada respiración en silencio junto a su padre.

Nos costó, los pies no querían irse. Sentí en mi interior esa mezcla de tristeza y rabia por la injusticia y la impotencia de todo aquello.

Cada vida cuenta. Cuando ves que se consigue salvar las vidas de miles de niños te sientes infinitamente feliz, e infinitamente triste cuando eres testigo de que la valiosísima vida de un niño como Akbáh se escapa.

Desde Tagal seguimos hacia la isla de Bouguirmi, en la zona central del Lago.

Las islas en el norte están deshabitadas. Algunas, debido a ataques de Boko Haram, otras evacuadas por las fuerzas militares como medida de protección. En esos movimientos de personas muchos han perdido la vida, y los que se han librado tienen que sobrevivir en medio de condiciones extremadamente duras. Este también es el caso de la gente de Bouguirmi.

Habían vuelto a la isla hacía dos meses, después de más de dos años de abandono forzoso. Tras recibir el aviso de que el grupo terrorista iba a atacar su aldea, escaparon dejando todo atrás. Salieron con lo puesto, ayudándose unos a otros. Lo siguiente que vieron fue su aldea en llamas.

Ahora vuelven a empezar de cero. ¿Por qué volver?

Nos decían que puestos a vivir con todo tipo de carencias, prefieren hacerlo en la tierra que les vio nacer. Han reconstruido sus hogares, y hasta han habilitado un puesto de salud y una pequeña escuela apoyados por UNICEF. Su capacidad de sobreponerse a la adversidad es indudable, y están más unidos que nunca, pero el hambre aprieta. Sin recursos ni tiempo para cultivar la tierra antes de que empiece la temporada de lluvias, sin ganado, y sin comercio con Nigeria, su supervivencia depende completamente del apoyo del gobierno y la ayuda humanitaria.

Chad: el miedo que trae la desnutrición

Muchas madres dejan de producir leche. Casi todos los niños presentan síntomas de desnutrición / UNICEF Chad/2017/Bahaji

El día que visitamos Bouguirmi era jornada de vacunación y de control de talla y peso de los niños. No hacía falta ser médico para ver que la mayoría de los niños tenía algún síntoma de desnutrición: los bracitos y las piernas muy finos o con la piel pegada a los huesos, vientres hinchados, talla por debajo de lo normal… Todo esto, nos explicaba mi compañero especialista en Salud, los hace aún más frágiles, y cuando vienen otras enfermedades prevalentes, como la malaria, la fiebre amarilla, o enfermedades transmitidas por el agua, es muy difícil la recuperación. De ahí que la prevención sea tan importante.

Muchas madres dejan de producir leche debido a la violencia y el terror. Ves a madres con los niños colgados al pecho, pero ellas están ausentes, con la mirada muy lejos. El apoyo psicosocial es clave también para la nutrición. Así nos lo contaba una compañera psicóloga que trabaja con los desplazados y refugiados en la frontera norte con Nigeria. Nos explicó el vínculo entre el trauma y el hambre, y de lo duro que es también para los trabajadores humanitarios llegar a esas zonas de difícil acceso en ese contexto de violencia e inseguridad.

Escuchando y viendo todo eso es fácil comprender que Alimé, de 40 años, embarazada por novena vez, esté preocupada. Se siente muy mayor para volver a dar a luz y ha perdido tres hijos. El último era su única niña, de la que estaba embarazada cuando huyó de la aldea con su familia. No sabe si fue el miedo que se le quedó metido en el cuerpo la causa directa de un embarazo que se volvió muy complicado, probablemente. Recuerda que ese día, por suerte, estaba a orillas del río lavando sus enseres de cocina con sus hijos pequeños cerca de ella. Los mayores estaban pescando con su padre. Cuando escuchó el estruendo que avisaba del ataque inminente de Boko Haram cogió a uno de sus hijos en brazos, su marido cogió a otros dos y los mayores (entonces de 10 y 13 años) les siguieron corriendo. Tuvieron que correr mucho y permanecer escondidos entre los matorrales toda la noche, sin nada, hasta que se sintieron a salvo para salir y continuar la huida hasta una aldea ‘segura’. Alimé recuerda que estuvo sangrando varios días. Su niña nació con problemas de salud y murió a los 40 días. Cuando le pregunté qué deseaba para el futuro de su familia y sus hijos, me dijo: “alimentos, ropa… utensilios de cocina, porque hasta eso es prestado”. Nada más. Sus palabras reflejan bien que la supervivencia es el día a día.

No obstante, Alimé nos despidió esperanzada. Sus hijos pueden ir a la escuela, por primera vez está recibiendo cuidado prenatal e información sobre cómo preparar los alimentos para que sean más seguros y nutritivos y, también por primera vez, tiene pensado dar a luz en un centro sanitario. Razones muy buenas para mantener la esperanza.

Víctima de Boko Haram: nacido entre las bombas

Badre Bahaji, miembro del equipo de comunicación de UNICEF-Chad en Yamena 

La primera vez que vi a Kaltouma Ali, una mujer de 33 años y madre de 5 hijos —incluyendo el bebé de 12 meses, Hissein, nacido entre bombas — me llamó la atención lo fatigada que se la veía, pero también la dignidad que reflejaban sus ojos. En el mismo momento en el que nos conocimos, Hissein trepó a mi regazo, sin mostrar el menor atisbo de temor hacia los extranjeros.

“Hace dos años que ocurrió aquello. Era ya de noche y recibimos una llamada de la isla en el Lago Chad donde vivía mi madre. Estaba muy enferma y necesitaba mi ayuda. Dejé a mis hijos aquí y encontré una canoa que me llevaría hasta la isla. Sabía que Boko Haram andaba por la zona, pero necesitaba traerla aquí, al continente, donde podría recibir tratamiento médico” comienza su historia Kaltouma.

Víctima de Boko Haram: nacido entre las bombas

Kaltouma con su hijo Hissein, que nació mientras su madre estaba secuestrada por Boko Haram / © UNICEF Chad/2017/Bahaji

“Llegué poco después de la puesta de sol. Había electricidad en el ambiente. Encontré a mi madre tumbada sobre una colchoneta a la sombra de un árbol del barniz. Decidimos pasar la noche allí y salir temprano por la mañana hacia el continente”, me cuenta.

En mitad del relato, Hissein empieza a quejarse y Kaltouma hace una pausa en su relato para darle de mamar mientas vigila al resto de sus hijos, que juegan fuera. Juegan a las cocinitas como si la arena fuera comida, mientras que las ramitas del suelo hacen las veces de los utensilios.

Su ataque nos sorprendió en mitad de la noche. Dispararon al aire y nos hicieron salir al exterior. Nos obligaron a acompañarles, pero mi madre decidió quedarse. Dijeron que los que trataran de escapar pagarían por ello”, añade con voz temblorosa.

Kaltouma tuvo que quedarse 18 meses en aquella isla remota en compañía de los soldados de Boko Haram y del resto de personas secuestradas. Apenas las alimentaban, en función del ganado y las cosechas que robaban de las islas vecinas. Recuerdo que pensé que la voz de Kaltouma, mientras me describía este terrible suceso e intentaba dormir al bebé, sonaba monótona y ausente.

“Nada más llegar me obligaron a casarme, como al resto de mujeres, pero apenas veía a mi marido. Me quedaba sola en una cabaña y él solo venía por las noches. A las pocas semanas supe que estaba embarazada y 9 meses después nació Hissein. Lo llamé como a mi primer marido, al que dejé en la aldea. No he sabido hasta ahora, que he vuelto, que ha muerto. No quiero que Hissein sepa nada de esto”, prosigue amargamente.

“Una noche escuchamos el sonido de un helicóptero sobrevolando la isla. Estábamos todas escondidas en las cabañas y yo protegí a mi bebé bajo el vestido. Nos hirieron, pero fue leve y salimos vivos. El padre de Hissein murió durante el ataque”.

A medida que el relato de Kaltouma avanza, estoy cada vez más horrorizado por la dureza de lo que me está contando. No puedo dejar de mirar a su bebé, que me mira sonriente ajeno a lo que está pasando.

“Tras el ataque los soldados que sobrevivieron quedaron débiles, y algunos de ellos enfermaron. Un grupo de mujeres pensamos que era el momento de intentar escapar y decidimos que lo haríamos al caer la noche. Caminamos a través de los pantanos durante días. Las más altas nos ocupamos de llevar a los niños sobre nuestros hombros”, recuerda.

Kaltouma me cuenta que escapó con otras 500 mujeres, pero que algunas de ellas decidieron seguir por su cuenta en algún punto del camino. Solo 100 de ellas hicieron todo el camino de regreso juntas. No sabe qué fue de las otras. Cuando, finalmente, llegaron a la frontera, los soldados las llevaron al Centro de Transición. Se quedó allí durante algunas semanas antes de reunirse con su comunidad y con sus niños, a los que 18 meses atrás había dejado con una tía.

“Al final del viaje todos los niños estaban enfermos. El doctor le dio leche y plimplim* a Hissein”. El niño ha sido dado de alta en la última revisión que le han hecho en el centro de salud. Ahora que están libres y sanos es el momento de que Hissein y su madre empiecen a pensar en su futuro.

Hasta abril de 2017, más de 1.100 personas (el 70% de ellas, niños y mujeres) han sido presuntamente entregadas a las autoridades chadianas en la región de Lac (República de Chad). La mayor parte de ellos habían sido secuestrados por Boko Haram. En UNICEF estamos trabajando con las autoridades y nuestros aliados para prestar apoyo psicosocial, ayuda en la localización de familiares y asistencia médica a todos los niños afectados por la violencia de Boko Haram y sus familias.

*Nombre con el que se llama al alimento terapéutico listo para su uso, que se proporciona a los niños con desnutrición.

Niños en emergencias: la importancia de la ayuda humanitaria

Belén Ruiz-Ocaña, UNICEF Comité Español

Chubat, 12 años, Sudán del Sur. Su escuela fue quemada en un combate.

Fati*, 15 años, Nigeria. Pasó cuatro meses secuestrada por Boko Haram.

Abdulghani, 9 años, y Hassan, 6, Siria. Permanecen en Alepo, donde beben agua contaminada cuando hay cortes en el suministro.

Mohanned, 5 años, Yemen. Sufre desnutrición aguda grave.

Son cuatro nombres, cuatro historias, cuatro vidas marcadas por un conflicto o una crisis. Son solo cuatro de los 535 millones de niños que viven en países afectados por situaciones de emergencia.

 

Niños en emergencias: la importancia de la ayuda humanitaria

Chubat y una amiga en las ruinas de lo que era su escuela en Sudán del Sur /© UNICEF/UN018992/George

Cuando sucede un conflicto o un desastre natural los niños son los más vulnerables. La inseguridad alimentaria les pone en riesgo de sufrir desnutrición. La falta de agua y saneamiento facilita la aparición de enfermedades transmitidas a través del agua. El cierre de escuelas causa que muchos niños estén meses, o incluso años, sin ir a clase. Las experiencias que viven les dejan traumatizados.

Por eso es fundamental llegar a estos niños con tratamientos contra la desnutrición, con agua potable, con material escolar y educación, con apoyo psicológico. La ayuda humanitaria es básica tanto para afrontar los primeros momentos tras una emergencia, como la recuperación a largo plazo de las personas afectadas.

Umara, 7 meses, Nigeria. Pasó de 4,2 kg a 5,1 kg de peso durante los 20 días de tratamiento contra la desnutrición.

Rafi, 3 años, Irak. Ha podido afrontar las bajas temperaturas invernales con la ropa de abrigo que recibió de UNICEF.

Nyaruot, 14 años, Nyachan, 11, y Nyaliep, 3, Sudán del Sur. Pudieron reunirse con sus padres después de dos años separadas de ellos.

Maxim, 8 años, Ucrania. Recibe apoyo psicológico para superar los traumas causados por la violencia en su país, como la muerte de su padre.

Niños en emergencias: la importancia de la ayuda humanitaria

Rafi sujeta sonriente la caja con ropa de invierno que le ha dado UNICEF/ © UNICEF/UN042749/Khuzaie

Son cuatro nombres, cuatro historias, cuatro vidas que ya han dado un paso en el camino hacia un futuro mejor.

Sus logros demuestran que los niños en situaciones de emergencia nos necesitan. Por eso UNICEF ha lanzado Acción Humanitaria para la Infancia 2017, el mayor llamamiento de fondos de toda su historia. El objetivo es ambicioso: llegar a 48 millones de niños en 48 países.

Chubat, Fati*, Abdulghani, Hassan, Mohanned, Umara, Rafi, Nyaruot, Nyachan, Nyaliep y Maxim demuestran que el esfuerzo vale la pena.

*Nombre ficticio.

Nigeria: educación en pleno conflicto

Por Gerida Burikila y Geoffrey Njoku de UNICEF Nigeria

Hace hoy justo un año, 276 niñas fueron secuestradas en Nigeria y el #BringBackOurGirls encendió las redes sociales, donde personas de todo el mundo pedían su liberación. La mayoría de ellas continúan desaparecidas.

Hemos querido aprovechar este triste aniversario para recordar que la infancia de este país sigue sufriendo las consecuencias del conflicto abierto entre Boko Haram, los grupos de autodefensa y las fuerzas gubernamentales.

Acabamos de visitar los campos de desplazados en Maiduguri, en Nigeria, donde los niños se reúnen ansiosos en pequeños espacios, con su mirada muy atenta hacia el frente. Están aprendiendo a leer, contar y escribir. Para muchos, esta es la primera vez que lo hacen.

Estos niños son parte de las miles de familias que han huido del conflicto y han buscado refugio en Maiduguri. La situación de inseguridad es extrema. La mayoría de colegios cerraron después de los ataques a profesores y edificios. A otros niños no se les permite asistir a colegios que imparten una educación de tipo más occidental.

En resumen, se está negando el derecho a la educación a miles de niños.

 Aisha, de 13 años, en un campamento para personas desplazadas en Yola, la capital del estado de Adamawa. (UNICEF/NYHQ2015-0477/Esiebo)

Aisha, de 13 años, en un campamento para personas desplazadas en Yola, la capital del estado de Adamawa. (UNICEF/NYHQ2015-0477/Esiebo)

AL COLE EN LOS CAMPAMENTOS DE REFUGIADOS

En el estado de Borno, los colegios solo están abiertos en 8 de las 27 zonas gubernamentales y están cerrados en los lugares donde el conflicto entre el ejército y los grupos armados se recrudece.

UNICEF ha puesto en marcha clases de recuperación para los niños que viven en los campos de Maiduguri. Profesores formados dirigen las clases en aulas que se montan y desmontan. Más de 30.371 niños de 6 a 15 años están participando en la iniciativa.

En una de las clases, en la que hay 106 niñas de 6 a 15 años, solo 6 habían ido antes al colegio. Cuando llegamos al aula, las alumnas nos muestran orgullosas cómo han aprendido a contar de 0 a 100. Las clases les dan una oportunidad para aprender. Las clases les dan una oportunidad para jugar, cantar y socializar. Las clases las mantienen a salvo.

LA HISTORIA DE HADIZA

Hadiza (nombre modificado para proteger la identidad de la niña) es una de las alumnas de esta clase. Tiene solo 13 años y ya ha sido testigo de cosas que la mayoría de la gente no sufre en toda su vida. Vio cómo su padre moría de un tiro en la cabeza y luego tuvo que ayudar a enterrarlo. Estuvo retenida en un campo de detención, donde cada día presenciaba la ejecución de hombres y adolescentes. Escaló una alambrada de púas para escapar de allí. Después tuvo que asistir a la boda de su hermana con un miembro de Boko Haram.

Ahora, en la seguridad que le proporciona Maiduguri, Hadiza se encarga de cuidar de su madre, que sufre hipertensión a causa de los traumas, y de sus dos hermanas pequeñas. Por la noche, cuando descansa, revive en sueños todos los malos momentos. “Veo cómo mi padre recibe el disparo y se desangra. También tengo pesadillas con las personas a las que vi morir en prisión. También con que Boko Haram me persigue y me detiene”.

Todos los días, Hadiza busca un lugar tranquilo en el campo para repasar el alfabeto y practicar las matemáticas básicas que le han enseñado en clase. Está muy emocionada por esta oportunidad. “Nunca antes había ido al colegio. Aquí he podido ir a clase por primera vez. Solo llevo dos meses en clase y ya puedo leer algo y puedo contar. Lo que mejor se me da son las matemáticas y el inglés.

“Me encanta el cole. Ahora tengo nuevos amigos”.

UNA OPORTUNIDAD PARA LOS NIÑOS

Hadiza está en buenas manos. Según Fatma, una de las profesoras, “los alumnos están entusiasmados. Están felices de poder ir al colegio por primera vez en su vida. En un mes, son capaces de reconocer las letras del alfabeto, contar y escribir cartas. Es muy emocionante”.

Y el entusiasmo se extiende más allá de los niños. “Las madres traen a sus hijas a clase para que puedan recibir la educación a la que ellas mismas no pudieron acceder cuando eran niñas. Incluso ya hay algunas madres que nos piden que les enseñemos a leer y escribir a ellas también”, dice Fatma.

Hadiza tiene planes de futuro, planes que UNICEF y sus aliados quieren favorecer a través de su apoyo a la iniciativa de Escuelas Seguras para mitigar el impacto del conflicto en la educación. Ya se han llevado a cabo evaluaciones detalladas sobre las comunidades, colegios, niños y profesores que están siendo afectados.

La iniciativa trabaja por la seguridad de los colegios para que niños como Hadiza puedan alcanzar sus sueños. “Cuando crezca, quiero ser profesora, para poder enseñar a leer y escribir a los niños. También quiero ser profesora para ganar dinero con el que cuidar a mi madre y mis hermanas pequeñas”.

 

Niños atendiendo a una clase de aritmética en la escuela del campamento de desplazados por el conflicto causado por Boko Haram (UNICEF/NYHQ2015-0496/Esiebo)

Niños atendiendo a una clase de aritmética en la escuela del campamento de desplazados.  (UNICEF/NYHQ2015-0496/Esiebo)

 

La vida en la ‘casa del ébola’: “No toques las paredes, no toques las puertas, no toques nada”

Por Terry Howard, que trabaja en UNICEF en Nigeria.

Terry Howard. (UNICEF Nigeria/2014)

Terry Howard. (UNICEF Nigeria/2014)

Nos acercamos a la puerta de la corrala y un joven que no despega la mirada de nosotros nos advierte: “esta es la casa del ébola”. El médico al que acompaño abre la puerta oxidada con la suela de su zapato, advirtiéndome de que no toque nada ni a nadie. “No toques las paredes, no toques las puertas, no toques nada.”

Un extraño silencio llena el patio vacío que conduce a la corrala de Lagos, donde una enfermera murió de ébola. Las cinco familias, 26 personas en total, que compartían la casa con ella están siendo monitorizados para detectar posibles signos de la temida enfermedad.

No sé qué esperar y debo admitir que mi aprensión es alta acompañando al doctor que visita la corrala a diario para controlar la salud de las 26 personas que figuran como ‘contactos’, lo que significa que tuvieron contacto con una persona que tenía ébola.

Cada familia tiene su propia habitación separada, pero el baño es compartido por todos los residentes del recinto. El médico al que acompaño grita el nombre de uno de los habitantes y la gente comienza a salir de sus cuartos. En unos minutos, una docena de personas, jóvenes y viejos, se han reunido. Se saludan, pero se mantienen a un par de metros de distancia entre ellos.

Todos ellos han traído sus termómetros digitales para que se pueda registrar su temperatura. Uno de los primeros síntomas que las personas infectadas de ébola suelen mostrar es la fiebre. A todas las personas de la lista de ‘contactos’ se les da un termómetro y se les dice que se tomen la temperatura todos los días durante 21 días. Es el período de incubación del virus del ébola.

Los equipos de monitorización de ‘contactos’ se reúnen con cada persona de la lista a diario para asegurarse de que las temperaturas se toman y registran correctamente. Cualquier persona que tiene fiebre o presenta cualquiera de los otros síntomas del ébola, como vómitos, diarrea, dolor de cabeza o una simple erupción, es llevada a la planta de tratamiento para que se haga la prueba.

entrada al centro de tratamiento

Entrada al centro de tratamiento. (UNICEF Nigeria/2014)

No existe una cura conocida para el ébola, pero una atención clínica adecuada, si se inicia temprano, puede aumentar considerablemente las posibilidades de supervivencia. En Nigeria, 12 de los 19 casos confirmados el 16 de septiembre, han sobrevivido.

Pero los supervivientes enfrentan otra batalla después de luchar contra la enfermedad, la estigmatización, que también afecta a sus familias y a cualquier persona que tuviera contacto con ellos.

En el vecindario que visitamos, les pregunto a las familias cómo es la vida allí desde que la enfermera se contagió y falleció. Todos quieren hablar a la vez, y todos explican cómo han ido sintiéndose víctimas del estigma de una forma u otra.

Tres de los hombres que viven en la corrala han perdido sus puestos de trabajo, dos de ellos acababa de ser informado de ello por la mañana. Ambos trabajaban como guardias de seguridad de una iglesia cercana. El tercero era un conductor privado.

Los vecinos del barrio que solían acudir a la corrala a sacar agua del pozo del patio ahora se mantienen alejados, a pesar de que el recinto fue descontaminado el día en que la enfermera fue llevada al hospital.

“Si salimos a la calle, la gente huye de nosotros. Les damos miedo”, explica uno de los habitantes de la casa.

“Tenemos hambre”, explica otro vecino, un anciano señalando su estómago. Las familias que viven en la corrala no están recibiendo ninguna ayuda. Cuando me cuentan que no han comido nada en tres días, porque nadie los quiere vender comida… siento que el desánimo se apodera de mi fibra sensible. “La gente no nos vende comida, ni siquiera quieren tocar nuestro dinero. Hace tres días que no comemos y tenemos hambre”. Todos los vecinos asienten.

Mientras nos alejamos las palabras del anciano “tenemos hambre” no dejan de sonar en mi cabeza. Los niños, los adultos… ¿qué malo han hecho? Simplemente están siendo vigilados por su propia seguridad y la de su comunidad.

Voy a conseguir algunos alimentos – pan, arroz y yuca- y vuelvo a entrar al patio después de empujar la puerta abierta con la suela de mi zapato. Parecen sorprendidos de verme regresar tan rápidamente y sus ojos se iluminan cuando pongo las bolsas de plástico llenas de comida sobre un pequeño banco. Todo el mundo me da las gracias. Un pequeño gesto… pero que marca una gran diferencia para estos niños, mujeres y hombres hambrientos.

Al día siguiente, me explican que, de alguna forma, la noticia de que les llevé comida llegó a las autoridades del gobierno local y les proporcionaron algunos suministros más.

  • Terry Howard trabaja en UNICEF en Nigeria. Desde que el brote de ébola se inició en Nigeria, proporciona asesoramiento psicosocial a las personas afectadas por la enfermedad en Lagos y Port Harcourt. UNICEF está desempeñando un papel fundamental en la sensibilización de las personas acerca del ébola, para ayudar a contener la propagación de la enfermedad y luchar contra el estigma.

El estigma del ébola: tras la enfermedad, el ostracismo

Por Patrick Moser, UNICEF Nigeria

Uchechi, de 7 años, nos muestra cómo ha aprendido a lavarse las manos correctamente. (© UNICEF Nigeria/2014/Moser)

Uchechi, de 7 años, nos muestra cómo ha aprendido a lavarse las manos correctamente. (© UNICEF Nigeria/2014/Moser)

Uchechi tiene 7 años. Le preguntamos cómo puede protegerse del ébola y exclama rápidamente: “Yo siempre me lavo muy bien las manos antes de cocinar y también antes de comer” y, entonces, nos demuestra orgullosa cómo se hace.

Las escuelas en Nigeria empiezan a reabrirse. Es un momento crucial para que los niños entiendan cómo las medidas simples como un correcto lavado de manos pueden ayudar a mantenerse seguros.

En un pequeño patio compartido por 16 familias, Uchechi, sus padres y sus vecinos se han reunido para escuchar a un voluntario que les informa sobre cómo protegerse del virus del ébola. Uchechi escucha atentamente las explicaciones sobre cómo evitar la transmisión del virus.

Los mensajes son sencillos: “Lavarse las manos con frecuencia. No tocar los cadáveres. Si alguien muestra síntomas -como fiebre, vómitos o diarrea – hay que informar inmediatamente a las autoridades sanitarias”.

El informador Atinuke Ogundare responde a una pregunta de una madre de cinco hijos: “¿qué pasa si alguien está enfermo de ébola y lo esconde?”. “Esa persona puede infectar a su familia, a su comunidad y a cientos de personas”, explica Atinuke.

Desde el inicio del actual brote de ébola en África Occidental, Nigeria ha tenido muchos menos casos -19 a 13 de septiembre- que Liberia, Guinea o Sierra Leona. En parte, es el resultado de una estrategia enfocada a contener la enfermedad, implementada por el Gobierno, con un fuerte apoyo de aliados internacionales.

Informar sobre los riesgos y las formas de prevenir el ébola es un elemento clave de la estrategia, y UNICEF está apoyando el importante esfuerzo de movilización social, la implementación de kits de protección para los hogares y la difusión de materiales en mercados y paradas de autobús. Los rumores y la desinformación – incluso la creencia de que el ébola no existe realmente – son aún demasiado comunes en Nigeria.

“El ébola es real. No es un complot político”, proclama con voz de barítono Ibise Daka, un ex trabajador sanitario que se ha convertido en informador. “Protégete a ti mismo, protege a tu familia y a tu comunidad”, anima usando un megáfono para que se le pueda escuchar por encima del ruido del mercado de Port Harcourt.

Los equipos de informadores explican que, si bien no hay cura, un tratamiento temprano aumenta las posibilidades de supervivencia.

El informador Ibise Daka recorre el mercado de Port Harcourt para explicar a la población cómo pueden protegerse ante el ébola. (© UNICEF Nigeria/2014/Moser)

El informador Ibise Daka recorre el mercado de Port Harcourt para explicar a la población cómo pueden protegerse ante el ébola. (© UNICEF Nigeria/2014/Moser)

En uno de los hogares que visitan, varios jóvenes bromean acerca de la enfermedad, y escuchan a medias a las explicaciones. Sin embargo, permiten al equipo poner carteles informando sobre el ébola en la fachada de su casa.

Uno de los jóvenes es Calvin Caro, un estudiante de 21 años que parece estar muy bien informado sobre la enfermedad. Pero cuando le preguntamos qué haría si un superviviente del ébola lo visita, él lo tiene claro: “Me metería dentro de casa y le cerraría la puerta.”

LA LUCHA CONTRA EL ESTIGMA

La estigmatización es un problema importante. Los supervivientes y sus familias explican que han perdido sus puestos de trabajo, que han sido expulsados de sus hogares y que han sido condenados al ostracismo por sus comunidades, a veces incluso denuncian que son amenazados. La gente los señala por la calle, se ríen de ellos y dan grandes rodeo para evitarles.

Los informadores hacen hincapié en que los supervivientes de ébola que salen de los centros de tratamiento ya no están enfermos y no pueden transmitir el virus. Animan a la gente a mostrar su amor y apoyo a los supervivientes y sus familias. Caro duda al principio, pero al final dice que compartirá el mensaje con sus compañeros de estudios.

“El conocimiento es un arma poderosa en la lucha no sólo contra la propagación de la enfermedad, sino también contra la estigmatización de aquellos a quienes ha afectado. Es particularmente importante difundir la verdad sobre el ébola ahora que las escuelas vuelven a abrir”, explica Hilary Ozoh, especialista en Comunicación de UNICEF.

“Es alentador ver a los niños pequeños, como Uchechi,” dice, “ellos claramente han escuchado con mucha atención el mensaje que estamos difundiendo.”

Ébola en Nigeria: “Hasta que no certificaron que estaba libre de ébola, la gente ni siquiera respondía a mis saludos”

Por Blessing Ejiofor, Director de Comunicación de UNICEF Nigeria

Denis, la historia de un superviviente. En la foto con su certificado de salud. (UNICEF)

Denis, la historia de un superviviente. En la foto con su certificado de salud. (UNICEF)

Cuando a Denis lo llevaron por primera vez a la sala de aislamiento tras perder a su esposa por el ébola y desarrollar síntomas de la enfermedad, no perdió la esperanza. Ni siquiera perdió la esperanza cuando en su primer test dio positivo.

“No veo el ébola como una sentencia de muerte automática, es un virus como otros virus. A pesar de que es mortal, puede vencerse con un tratamiento de apoyo temprano”, explica Denis, que trabaja como empresario en Lagos. “Incluso cuando los resultados del laboratorio dieron positivo en dos momentos diferentes, yo no perdí la esperanza”, nos cuenta.

Explica que el apoyo que recibió del consejero de UNICEF Terry Howard, que ha estado proporcionando apoyo psicológico a los pacientes de ébola y a sus familiares, fue de gran ayuda. “Es importante tener a alguien que siembre la confianza entre los pacientes”.

Dos semanas después de su segundo positivo, Denis empezó a sufrir dolores articulares intensos y fue admitido en la sala de aislamiento. “Estaba preparado”, cuenta. “Me dije a mí mismo: voy a salir de la sala de aislamiento con vida”. Y tenía razón. Una tercera prueba demostró con un negativo que había ganado al virus del ébola.

Denis se sintió aliviado, por supuesto, pero seguía de luto por su esposa, que había muerto a mediados de agosto. Su esposa era enfermera y desarrolló síntomas de la enfermedad tras dos semanas cuidando a un paciente que fue finalmente identificado como el primer caso de ébola en Nigeria. Al principio, Denis cuidó de ella en su propia casa, creyendo que sufría de náuseas porque estaba embarazada de dos meses.

Cuando fue diagnosticada y la llevaron a la sala de aislamiento para pacientes con ébola, Denis se hizo con el mismo traje de protección personal que usa el equipo clínico para poder estar a su lado. “La tercera vez que fui a la sala fue únicamente para confirmarme a mí mismo que estaba realmente muerta como me habían dicho y poder despedirme de ella “.

Denis llevando a cabo la rutina de seguridad antes de visitar a su mujer. (UNICEF)

Denis llevando a cabo la rutina de seguridad antes de visitar a su mujer. (UNICEF)

Mientras su esposa estaba en la sala, Denis entró en la lista de “contacto” y puesto bajo observación. Más tarde, cuando él también fue llevado a aislamiento, obedientemente tomó sus medicinas, y mantuvo su rutina de ejercicios de la mañana. “Seguí haciendo mis flexiones mientras estaba allí”.

“Este hombre es un modelo a seguir”, explica Sara Beysolow Nyanti, que dirige la oficina de Lagos de UNICEF y que es la líder del equipo de Gestión y Coordinación en el Centro Nacional de Operaciones de Emergencia del Ébola. “Su caso muestra que el tratamiento puede funcionar si se empieza temprano. También es crucial que cualquier persona que haya estado en contacto con una persona infectada con el virus no sólo debe hacerse un examen médico, sino también someterse a un seguimiento durante 21 días, que es el período de incubación del virus”.

La comprensión pública del virus, cómo se transmite y cómo se puede evitar, es esencial para frenar su propagación. Mientras que el número de personas afectadas en Nigeria – hay 18 casos a 4 de septiembre – es mucho más bajo que en otros países afectados, el gobierno y sus aliados son muy conscientes de que no pueden permitirse el lujo de bajar la guardia. UNICEF está fomentando la movilización social puerta a puerta para explicar cómo se transmite el virus, y cómo medidas simples como lavarse bien las manos pueden ayudar a evitar la enfermedad.

La campaña de información y sensibilización también tiene como objetivo luchar contra la estigmatización de los sobrevivientes del ébola y su entorno. Denis sabe que será todo un reto que lo vuelvan a aceptar como uno más. “Hasta que no certificaron que estaba libre de ébola, la gente ni siquiera respondía a mis saludos.”