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Por aquí han pasado cooperantes de Ayuda en Acción, Cruz Roja, Ingeniería Sin Fronteras, Unicef, Médicos del Mundo, HelpAge, Fundación Vicente Ferrer, Médicos Sin Fronteras, PLAN
Internacional, Farmamundi, Amigos de Sierra
Leona, Sonrisas de Bombay y Arquitectura sin Fronteras.

Archivo de la categoría ‘India’

El confinamiento de los más vulnerables

Por Alfonso Hernández, portavoz de campañas de Sonrisas de Bombay


Una crisis de salud pública como el coronavirus pone a prueba las estructuras de cualquier estado. Pero en aquellos donde este equilibrio es más precario o se encuentra en permanente tensión, este tipo de situaciones supone un factor de desestabilización impredecible. Es el caso de la India, el segundo país más poblado del mundo con 1.300 millones de habitantes, en el que el 20% de la población vive con menos de 1,9 dólares al día. Esto es, 260 millones de personas.

La India ha aplicado medidas radicales para evitar la propagación del virus en un país que cuenta con una de las densidades de población más altas del mundo, especialmente en las grandes ciudades. Por el momento, el confinamiento general de la población está surtiendo efecto, con poco más de 5.100 casos confirmados y 150 fallecidos, según el Ministerio de Salud (cifras del miércoles 8 de abril). Pero estas necesarias medidas de prevención también suponen confinar a millones de habitantes de los slums, las barriadas que habitualmente viven en condiciones insalubres, en sus precarias viviendas luz ni agua potable.

Sin ir más lejos, días antes a la orden de confinamiento, los equipos de Sonrisas de Bombay visitaron distintos slums para informar a la población sobre cómo prevenir el contagio. Allí, muchas personas no tenían conocimiento de la pandemia ni de sus síntomas ni de cómo prevenirlos. Y otras no se habían tomado muy en serio las noticias o habían asumido ideas erróneas, como que es una enfermedad que sólo afecta a los ricos, a las personas blancas o de origen chino; que debido al calor el virus no es efectivo en buena parte de la India, o que beber alcohol ayuda a prevenir la enfermedad.

Los despidos y la falta de trabajo ya han comenzado a afectar a muchas familias, así como la escasez de alimentos y bienes básicos. Entre la población crece la preocupación por el difícil acceso a los sistemas de salud, una cuestión que ya era objeto de nuestros proyectos y que en esta situación se agudiza.

Si miramos más de cerca a la población vulnerable que más puede sufrir los efectos de esta pandemia nos encontramos con dos grupos de especial riesgo. ¿Qué sucede, por ejemplo, con las miles de mujeres que son víctimas de la trata en la India? Sin posibilidad de obtener ingresos sufriendo la explotación, confinadas en burdeles junto a los proxenetas de las redes ilegales que las retienen; sin poder retornar a sus lugares de origen en caso de que estuviesen en procesos de repatriación; sometidas doblemente a la violencia física de la explotación y a la imposibilidad de salir al exterior… Las víctimas de la trata son uno de los grupos de riesgo, pero no olvidemos el enorme índice de violencia machista que existe en India, donde 1 de cada 4 hombres admiten cometer violencia sexual hacia sus parejas mujeres. El confinamiento de las familias puede suponer una situación de extraordinaria angustia para millones de mujeres en este país.

Estamos hablando de confinamiento en una casa, un hogar o un lugar donde refugiarse y encontrar cobijo. Pero ¿qué sucede cuando ni siquiera existe un hogar donde confinarse? Aproximadamente 40.000 niños y niñas y sus familias viven en la calle, sólo en Bombay, solos o con sus familias. El próximo domingo es el Día internacional de los niños en la calle, y este año especialmente no podemos olvidarnos de la situación que sufren miles de niños en todo el mundo durante esta pandemia.

Desde Sonrisas de Bombay seguimos comprometidos con los más vulnerables en la ciudad donde trabajamos. Hemos reforzado el seguimiento a las familias de nuestros beneficiarios y beneficiarias. Y hemos puesto en marcha un paquete de medidas tanto para prevenir el posible aumento en la propagación del virus entre los sectores con mayor riesgo como para atender las necesidades básicas de estos grupos vulnerables. Pero hay muchos más a los que no podemos llegar.

Sólo las medidas extraordinarias que se tomen dentro y fuera de países como la India pueden evitar que una situación como la que ha provocado el coronavirus se convierta en una crisis aún mayor entre las personas que están más expuestas a perderlo todo y a sufrir doblemente esta pandemia.

364 días para seguir avanzando

Por Alfonso Hernández, portavoz de Campañas de Sonrisas de Bombay

“Yo solía ser muy tímida y callada, casi no hablaba con nadie. Pero ahora tengo confianza en mí misma y hablo con cualquiera. Nunca pensé que siendo ama de casa algún día llegaría a ser profesora, y que en mi barrio me reconocerían por la calle.

Quien dice estas palabras es Manda Baburao, una maestra india de 39 años que trabaja en un parvulario de Sonrisas de Bombay. Ella es una de las muchas mujeres para las cuales un trabajo es mucho más que una forma de ganarse la vida. Significa ser respetada y valorada por la sociedad. Lo contrario supondría estar silenciada, prácticamente no existir.

Manda siempre había querido dedicarse a la enseñanza y educar niños en un parvulario, pero para llegar hasta ahí tenía que superar una serie de obstáculos que los hombres no encuentran. Se topó con el primero nada más casarse. Su vida tenía a ser lo que se esperaba de ella: ser una buena esposa y madre, cuidar de la casa y servir a su marido. El segundo, la formación. Nadie le había preguntado si quería seguir estudiando, simplemente el futuro lo deciden otros. El tercero, su familia; la presión social para casarse… Y así sucesivamente.

En la sociedad india, como en otras muchas, los esquemas tradicionales están tambaleándose ante una ola imparable. Una ola que viene cargada de igualdad, de derechos y lo más importante: de una convicción radical de justicia. Por eso también es una ola silenciosa y pacífica. La victoria de esta lucha es precisamente su naturalidad. Es inevitable.

Cada vez más mujeres en la India están asumiendo y comprendiendo que son iguales y tienen los mismos derechos reales que los hombres. Asumen cada vez más protagonismo sobre sus vidas, con o sin permiso. Un signo de que algo está cambiando en la compleja sociedad india es, precisamente, que los hombres comienzan a apoyar o al menos no obstruyen a la mujer, de la misma manera que las familias son cada vez más comprensivas y tolerantes con la voluntad de sus hijas y lo que quieren hacer con sus vidas.

Al menos ha sido así para Manda y muchas de sus compañeras en otros parvularios. Ellas son la primera generación de mujeres que se han puesto a trabajar y no han pedido permiso a sus maridos. Pero esto sigue siendo poco frecuente en un país en el que solo el 41% de las mujeres admiten tener libertad de movimiento y poder ir libremente a cualquier parte; donde el 53% tiene acceso y maneja una cuenta bancaria personal o un escaso 46% tiene su propio teléfono móvil*.

Manda y sus compañeras han tenido que romper sus propios prejuicios, su inseguridad, atreverse a hacer algo que antes ninguna mujer en su familia había hecho. Y las fuerzas para dar ese paso provienen de una lucha compartida que se ha ido fraguando a lo largo de las generaciones. Insistiendo para ir a la escuela, negándose a aceptar un matrimonio concertado, no conformándose con un futuro ya marcado. Convenciendo a sus familias y maridos para seguir sus propios caminos. Escapando de la violencia, de una eventual red que acabara explotándolas con fines sexuales… En definitiva, recordando las injusticias que sufrieron sus madres, abuelas y bisabuelas y construyendo un camino con su legado.

Por eso es tan importante para Manda no su profesión, fuese maestra, cocinera o abogada. No el qué sino el cómo ha llegado hasta ahí y lo que simboliza. A partir de Manda ya nada será igual, porque sus hijas crecerán en otro sistema de valores, que las generaciones anteriores fueron tejiendo a base de muchas derrotas y algunas victorias.

El Día de la Mujer, en la India, se celebra la lucha silenciosa de millones de mujeres que han removido los cimientos sobre la igualdad de género en este país. Queda mucho por hacer aún, y para eso está el resto del año. Como dice Manda, “a las mujeres siempre nos dan órdenes, nos dicen que hay que hacer esto o lo otro. Yo pienso que las mujeres tenemos que ser respetadas siempre y que eso se tiene que celebrar todos los días. Celebrar el Día de la Mujer sólo durante un día no es suficiente“. En efecto, hay que luchar todo el año.

* (National Family Health Survey-4. Ministry of Health and Family Welfare. Gobierno de India).

Dejando atrás su pasado en el vertedero

Por Brian Boye, Plan International India

Prabhat, de 12 años, trabajaba en uno de los vertederos más grandes de Hyderabad.

A los 12 años, Prabhat debería haber estado estudiando en el colegio y tener unos conocimientos básicos de matemáticas, ser capaz de señalar su país, India, en el mapa y disfrutar leyendo libros. Sin embargo, a los 12 años Prabhat se ganaba la vida vendiendo la basura que recolectaba en un vertedero.

Su vida era difícil. El padre de Prabhat, desempleado, era alcohólico y su madre, Neelam, tenía tuberculosis y también se pasaba el tiempo rodeada de basura y mal olor en otro vertedero cercano al que trabajaban sus hijos.

Prabhat se pasó dos años recolectando basura en una de las plantas de residuos más grandes de Hyderabad (India) donde, diariamente, arriesgaba su seguridad, salud y bienestar para que su familia pudiera tener, por lo menos, una comida al día.

“Solía ​​saltar por encima del muro o de un lado a otro de la valla, llenar mi bolso y después venderlo. Lo hacía todos los días”, cuenta Prabhat.

Durante este tiempo, le presentaron a un miembro del personal de Plan International que trabajaba en uno de los proyectos contra el trabajo infantil. El proyecto, implementado en colaboración con la Human Dignity Fundation y la ONG Mahita, ofrece ayuda a niños y niñas que son víctimas del trabajo infantil. Además, a través de este proyecto se ayuda a los padres y las madres con un préstamo para que establezcan una pequeña empresa propia.

El personal del proyecto se reunió con los padres de Prabhat para explicarles, mediante varias sesiones de asesoramiento y sensibilización, los riesgos y consecuencias del trabajo infantil. Al final del proceso, los padres de Prabhat acordaron no mandarlo más al basurero. Con el permiso de sus padres, los miembros de Plan International inscribieron a Prabhat en el centro del Proyecto Nacional de Trabajo Infantil (NCLP, por sus siglas en inglés), donde ahora recibe clases de recuperación junto con otros niños y niñas en situación similar. Se espera que, en poco tiempo, Prabhat ingrese a una escuela convencional.

Por su parte, Neelam, la madre, recibió un préstamo comercial para establecer una pequeña tienda de “tiffin” (bocadillos), gracias a la cual ahora gana suficiente dinero como para cuidar a sus hijos y enviarlos a la escuela.

El proyecto contra el trabajo infantil ha logrado cambios notables, no solo en el caso de Prabhat y su familia, sino en la comunidad de Hyderabad en general. Entre otras cosas, se formó un Comité de Protección Infantil conformado por padres, madres y miembros de la comunidad que se reúnen mensualmente para discutir los problemas y las inquietudes entorno a esta temática.

Prabhat también ha estado ayudando. De vez en cuando, él y otros niños y niñas de la comunidad realizan controles en el basurero para ver si hay otros niños trabajando allí y, si los encuentran, informan al personal del proyecto para encontrar opciones alternativas.

Sin el apoyo de este proyecto, Prabhat todavía podría estar recolectando basura. Sus padres probablemente se habrían visto obligados a hacer que el resto de sus hijos también trabajasen allí. Sin embargo, ahora vuelven a tener esperanza y están seguros de que les espera un futuro mejor.

Desde su inicio hace tres años hasta hoy, el proyecto ha ayudado a casi 16,000 niños y niñas a acceder a la educación.

El esfuerzo ha merecido la pena

Por Silvia García, economista cooperante del proyecto de comercio justo de la Fundación Vicente Ferrer.

Cuesta ponerse a resumir lo que ha sido tu trabajo y en definitiva tu vida durante un período tan largo. Me preparo un cafelito, me siento y me traslado mentalmente al IDT -proyecto de comercio justo de la Fundación Vicente Ferrer- que conocí nada más llegar y al IDT que dejo estos días. Hemos avanzado mucho y en muy poco tiempo, lo que me hace pensar que el esfuerzo ha merecido la pena.

Con muy pocos recursos hemos conseguido mucho. Hemos sido capaces de entrar como miembros definitivos de la Organización Mundial de Comercio Justo y hacer un proyecto de artesanías sostenible que ha mejorado sustancialmente la vida de más de 300 mujeres con discapacidad.

He trabajado como coordinadora de artesanías y comercio justo de la Fundación Vicente Ferrer en India durante tres años y medio y, a pesar de ser un trabajo precioso, no ha sido nada fácil. Tengo la sensación de que siempre queremos cambiar las cosas, que todo vaya mejor y más rápido, dejar nuestra huella. Pero a la que llegas a Anantapur enseguida te das cuenta de que todo aquí tiene su ritmo, sus plazos, su forma y su lógica.

Hemos sido capaces de entrar como miembros definitivos en la Organización Mundial de Comercio Justo, mejorando la vida de más de 300 mujeres

Desde el principio tuve muy claro que para poder aportar algo, lo primero que tenía que hacer era desaprender mi propia manera de hacer las cosas y poner mucha atención en cómo realiza su trabajo las personas de aquí. Bajo mi punto de vista, solo entendiendo su forma de procesar la información y de actuar, iba a ser capaz de hacer pequeñas mejoras.

Mi labor parecía más la de una cirujana que meticulosamente va diseccionando por partes a un paciente que la de una economista. Desgrané cada una de las áreas hasta poder entender qué hacía falta. El resto del trabajo y lo que faltaba por venir se convirtió en un gran reto.

El trabajo que he realizado en handicrafts ha consistido principalmente en dar apoyo a mi compañera Safia Begum. No me gusta usar la palabra empoderamiento en el caso de una mujer tan potente como ella, pero si tuviera que definir nuestra relación laboral, mi parte ha sido de coaching y asesoramiento en gestión empresarial para que ella acabara tomando decisiones fundamentadas en criterios técnicos. Intentar que salga adelante el trabajo requiere de mucha paciencia y pedagogía, de hacer preguntas constantemente e ir canalizando las respuestas hasta lograr que el trabajo se realice conjuntamente con el equipo indio. Para mí, el éxito de este proyecto ha sido precisamente ese, el crear una sinergia con personas que tanto cultural como socialmente estamos a años luz, evitando actitudes invasivas por nuestra parte y creando puentes.

Estoy muy enamorada de este proyecto y sé que, de una forma u otra, siempre estaré vinculada a IDT y a sus mujeres

Tenemos que tener en cuenta que el personal que trabaja en IDT no ha tenido una educación reglada, no son profesionales, son sobre todo mujeres que han ido aprendiendo con la experiencia, de los errores y de muchos granitos de arena a lo largo de los años. Con todo ello, han sido capaces de poner en funcionamiento 11 talleres (7 técnicas artesanales distintas), y un volumen de facturación de más de 200.000 euros. Por lo tanto, en términos empresariales, se podría considerar que este proyecto ha sido y sigue siendo un éxito.

En mi caso, además he tenido la gran suerte de contar con un equipo de personas que se han implicado en el proyecto tanto como yo. Me refiero al voluntariado con el que he trabajado. Cada persona ha representado un aporte imprescindible en cada una de sus áreas, desde producción y marketing al área social o administrativa, sin dejar de lado el diseño y la calidad. Yo solo he intentado hacer una radiografía correcta de cada situación (al tener una visión más global) y coordinar así todas las áreas de IDT.

Por lo que respecta a la parte más personal, he tenido días de todo tipo y de todos los colores. Días en los que todo sale bien y días de estrés absoluto. En cualquier caso, los días más intensos fueron aquellos en los que te das cuenta de que sí, de que merece la pena, de que el trabajo que estamos haciendo va en la dirección correcta. Esos días son los mejores porque tienes la sensación de que tu trabajo y tantas energías invertidas en el proyecto, pues sirven para algo.

Me voy con un sentimiento muy positivo y muy emocionada por la reacción de quienes me han acompañado en la India. Me he sentido muy arropada, valorada y querida. Evidentemente, para mí, eso es lo más importante. Estoy muy enamorada de este proyecto y sé que de una forma u otra siempre estaré vinculada a IDT y a sus mujeres.

Retos y supersticiones de la salud bucal en la India rural

Por Vicente Lozano, dentista voluntario de la Fundación Vicente Ferrer que visita pacientes en Anantapur.

Hace décadas que soy el coordinador de Odontología de la Fundación Vicente Ferrer (FVF). Mi labor y la de mis compañeros sanitarios, se ha centrado en diagnosticar y tratar las patologías orales que presentan los pacientes que hemos visitado, en los servicios de Odontología de los hospitales de Kanekal y Bathalapalli, en el sur de la India.

En nuestro Dental Office (Servicio de Odontología) de Kanekal tratamos a una media de 56 pacientes al día, y en el de Bathalapalli, a otros entre 35 y 40 pacientes diarios. Poseemos todos los medios a nuestro alcance, tanto para el diagnóstico como para los tratamientos orales, y la FVF no ha escatimado en recursos para obtenerlos. Damos gran importancia al diagnóstico clínico y a la observación de los tejidos blandos orales, ya que las casta bajas (dálits y grupos tribales), al ser en su mayoría masticadores de betel y tabaco, pueden presentar tumores malignos. Además, consideramos que la profilaxis y prevención oral son básicas. Por ello, recorremos las aldeas apartadas con las Brigadas Rurales organizadas por la FVF y la ONG española, Dentistas Sin Fronteras.

En esas zonas, alejadas de la civilización y prácticamente sin recursos, nos esperan para que hagamos la visita, les diagnostiquemos y se realice la operatoria oportuna. Hay días, que entre 15 licenciados en odontología, tratamos una media de 350 pacientes. El récord lo ostentamos en agosto del 2008, cuando atendimos en un día a 530 pacientes. Vicente Ferrer, que aún vivía, fue testigo de ello. Nos quería y cuidaba mucho.

Para nosotros es prioritaria la prevención oral. Por eso, explicamos en los colegios de las castas bajas, cómo tienen que cepillarse los dientes. En colaboración con la industria, les damos cepillos dentales a los críos, enseñándoles una profilaxis correcta tras cada ingesta. Hay un porcentaje elevado de diabéticos en nuestra zona, motivo por el que hemos de ser muy cuidadosos con las historias clínicas de los pacientes, antes de cada intervención.

Además la presencia excesiva de flúor (fluorosis) en las aguas de la zona, hace que se presente una mayor patología dentaria. Los pacientes van perdiendo el miedo al odontólogo, especialmente en las zonas rurales muy apartadas. Muchos creen, que tras una extracción de una raíz de un diente, pueden perder la memoria o no reconocer a los seres queridos; es una lucha titánica contra esas costumbres ancestrales, que muchas veces dificulta nuestra labor sanitaria.

También es prioritario para nosotros, tanto los que trabajamos en los servicios de odontología de Kanekal o Bathalapallli, como en las Brigadas Rurales de Dentistas Sin Fronteras, la atención a los más desfavorecidos, a los que nadie quiere en la familia: los menores con VIH, discapacitados físicos o psíquicos, ciegos, sordomudos, que sí son tratados en la FVF de forma gratuita, a la vez que reciben escolarización, alimentos y cobijo. Fruto de esta labor, hemos publicado trabajos de investigación en revistas de alto impacto, además de varias tesis doctorales de algunos de nuestros licenciados voluntarios.

Lo que más nos emociona a los voluntarios que tratamos a estas castas bajas y tribales durante todo el año, es el agradecimiento que nos muestra la población. No tenemos palabras para compensar la gratitud de los pacientes, porque ellos nos dan mucho más de lo que nosotros les ofrecemos. Sus sonrisas, darnos la mano, ofrecernos una flor o una galleta, son muestras de agradecimiento constantes, y hace que nuestro trabajo sea tremendamente gratificante.

El reto de formar y retener sanitarias en la India rural

Por Silvia Muíña, voluntaria en la Fundación Vicente Ferrer.

Ser enfermera o enfermero en la India significa tener un puesto de trabajo asegurado. Aún así, son las ganas de ayudar y ser útil a una sociedad con tantas carencias sanitarias las verdaderas motivaciones que llevan a muchas jóvenes a optar por este futuro profesional. Desafortunadamente, una vez en el mercado laboral, muchas se tienen que enfrentar a un sistema sanitario con recursos insuficientes y acaban optando por migrar.

Esta problemática es especialmente grave en el mundo rural, y contribuye a cronificar la falta de personal sanitario cualificado en estas zonas, donde vive el 70% de la población de la India.

El Informe Mundial de Salud de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sitúa a la India como uno de los 60 países con “escasez crítica de personal sanitario” y según datos de la revista The Lancet, el país tiene alrededor de 12 médicos, enfermeras y parteras por cada 10.000 personas, una cifra por debajo del índice de referencia de la OMS. El sistema de salud del país asiático es insuficiente para cubrir las necesidades de sus más de 1.300 millones de habitantes.
, en la India faltan 1,94 millones de profesionales de la enfermería, según un análisis del periódico IndiaSpend (2017), de los datos del Indian Nursing Council (INC) y de la OMS. Algunos de los problemas relacionados con la retención de profesionales son la inseguridad laboral y los salarios bajos tanto en el sector público como en el sector privado.

Uno de los pilares básicos del programa sanitario de la Fundación es precisamentearticular una red sanitaria rural que logre una cobertura básica y de calidad y paliar la falta de personal sanitario. Para ello en 2004, la FVF puso en marcha una Escuela de Enfermería, en las instalaciones del Complejo Sanitario de Bathalapalli, destinada a formar y retener profesionales

Beena Joseph, directora de la Escuela, recuerda que en los comienzos solo había 8 estudiantes. Hoy, el centro recibe 200 solicitudes para 45 plazas anuales. 25 de ellas son una cuota para el Gobierno, el resto son estudiantes becados por la Fundación Vicente Ferrer.

En estos 14 años han pasado por la Escuela cerca de 500 alumnas. El 50% se quedan trabajando en algunos de los tres hospitales de la Fundación. La otra mitad opta, o bien por continuar estudiando especializándose en la Universidad, o bien por trabajar en hospitales en grandes ciudades como Bangalore o Hyderabab, donde su sueldo será más alto y podrán ayudar a sus familias, que reside en las aldeas.

Respecto a la importancia de tener una Escuela en una zona rural destinada a mujeres, Beena subraya el valor de la educación en las jóvenes que, de otra forma, acabarían casándose a edades muy tempranas. Se trata de dar las herramientas para que estas mujeres se empoderen y puedan cuidar de sí mismas y de sus familias. Ahora, aunque se casen, el 99% sigue trabajando como enfermeras.

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Soy parte de un cambio real (un proyecto de comercio justo con mujeres con de castas bajas y con discapacidad)

Por Rocío Luque, diseñadora artesanía de comercio justo Fundación Vicente Ferrer.

Este 12 de mayo se celebra el Día Mundial del Comercio Justo, iniciativa de la WFTO (Organización Mundial del Comercio Justo, por sus siglas en inglés) que reclama este movimiento como una contribución tangible a la lucha contra la pobreza, la explotación laboral y el cambio climático. El comercio justo se identifica un modelo de negocio que rescata los valores humanistas, apostando por un desarrollo sostenible.

Durante este día podremos acudir a múltiples eventos y actividades que celebran este movimiento basado en los principios éticos del comercio. Disfrutaré de estas actividades, pero no podré evitar tener mi cabeza a más de 10.000 kilómetros de distancia, concretamente en la India. Para mí este día no solamente significa una apuesta por el cambio en el tipo de consumo sino también un paso lleno de esperanza hacia el progreso y el desarrollo que asegura las necesidades de muchas vidas, entre ellas, las de más de trescientas hermosas y valientes mujeres con las que trabajo en la India rural.

El proyecto de comercio justo de la Fundación da una oportunidad a quienes sufren discriminación por partida triple: mujeres, de castas bajas y con discapacidad.

Desde hace cuatro años coopero como diseñadora de producto de artesanía en la Fundación Vicente Ferrer (FVF). Esta labor me permite pasar varios periodos en terreno para desarrollar las distintas colecciones de producto. En 2001 la FVF crearon en Anantapur los primeros talleres-residencia para mujeres sin recursos y con discapacidad de las zonas rurales del estado sureño de Andhra Pradesh, dando oportunidades a quienes sufren discriminación por partida triple: por ser mujeres, por pertenecer a castas bajas y por tener discapacidad. La iniciativa persigue que más de 320 mujeres de las zonas rurales de Anantapur consigan independencia económica, mejoren su autoestima, aprendan un oficio y sean reconocidas y valoradas en su entorno familiar y en su comunidad.

Durante mis estancias allí, trabajo mano a mano con este colectivo de mujeres, potenciando su formación profesional y realizando las primeras muestras de aquellos productos que posteriormente se pondrán a la venta.

En relación con el trabajo de diseñadora he de decir que supone un constante reto al mismo tiempo que un aprendizaje continuo. El diseño consiste en hacer una mezcla nueva e interesante de elementos conocidos para crear productos llenos de frescura y originalidad, consiste en explotar los datos reunidos a partir de una investigación y conseguir traducirlos de forma adecuada. A través de distintas actividades de producción creativa, transformamos y creamos objetos de una naturaleza muy distintiva, ya que pueden ser funcionales, utilitarios, estéticos, decorativos, artísticos, creativos, etc. En mi opinión estos productos tienden a adquirir el carácter de piezas únicas; ya que predomina en su creación la aplicación de energía humana, de la actividad física y mental de este colectivo de mujeres. Los productos se realizan con las manos, sin un carácter seriado y con la ayuda de herramientas manuales e incluso de algunos medios mecánicos o maquinaria relativamente simple.

Esta concepción e idea de los elementos y las orientaciones creativas siempre está presente en mi trabajo, pero en este caso la realidad hace que la adaptabilidad, perseverancia y la paciencia sean las herramientas más necesarias para cumplir con tus objetivos. En este caso la realidad y su dificultad están por encima de las expectativas que tengas en tu cabeza. El trabajo con una cultura completamente diferente a la tuya implica un ejercicio de reflexión y consciencia de nuestra propia cultura. Las distintas formas de entender y analizar el mundo logran cohesionarse. Construir relaciones, ya sean laborales o personales, con gente de diferentes culturas, es vital para formar comunidades diversas que sean suficientemente poderosas para alcanzar objetivos significativos. En este caso hemos logrado entender y asumir nuestras necesidades como equipo.

Como consumidora de este tipo de productos quiero subrayar la importancia de rescatar estos valores humanos y solidarios, no en un sentido caritativo o de asistencia, sino como un concepto central que potencia una economía social centrada en las personas, en el reconocimiento y la puesta en valor del trabajo y las relaciones que se establecen entre las personas, no en un sentido utilitarista sino en un sentido social de reconocimiento de “un otro”.

A modo de conclusión, lo que me resulta más importante al mismo tiempo que apasionante, es formar parte de este proyecto. Lo emocionante de este trabajo es la propia experiencia con estas mujeres, el día a día, los descubrimientos, los buenos y malos momentos, todos ellos transformados en lecciones diarias de superación y valentía. Desde el punto de vista profesional me aporta muchísimo porque aprendo que hay diferentes vías para llegar a un mismo producto.

Formar parte de un proyecto que posibilita el acceso laboral a un colectivo en dificultad, sentirte parte del empoderamiento y el aumento de autoestima y confianza que tienen las artesanas, su independencia, su legitimidad, su autonomía hace que te sientas parte de un cambio real.

La energía solar como motor de cambio

Por Silvia Muíña, voluntaria en la India con la Fundación Vicente Ferrer.

Resulta curioso cómo en una zona como Anantapur, totalmente árida y con una situación de sequía crónica, el sol pueda convertirse en un elemento de lucha contra la desertificación. Desde que llegó a Anantapur, Vicente Ferrer, detectó la necesidad de actuar de forma contundente para poder traer agua a las miles de familias campesinas que habitan en la región. Su plan de desarrollo integral, iniciado hace casi cinco décadas, comenzó con un programa de ecología. Hoy, las técnicas de riego gracias a la energía solar han salvado de la pobreza a muchos campesinos.

Hace menos de un año, la India atravesó unas de las peores sequías de los últimos 30 años dejando cosechas perdidas y agricultores a la deriva sin nada que llevarse a la boca ni a los bolsillos. En el distrito de Anantapur, donde gran parte de las familias viven de la agricultura, la situación fue extrema. La mayoría de los agricultores en el distrito se dedican al monocultivo de cacahuete, que apenas les da beneficios y que depende del agua de las lluvias para su riego. Sin lluvia no hay cosecha y, por lo tanto, ni ingresos, ni educación ni comida en la mesa.

Ante esta situación, el uso de placas fotovoltaicas que alimentan con la energía necesaria a las máquinas de riego, constituye un respiro y una oportunidad para muchas familias. Desde que en 2005 la fundación apostó por las placas solares, se han instalado más de 518 paneles en más de 300 pueblos, de las que se han beneficiado más de 1.000 familias.

Cuando uno llega a la aldea de Dorigallu, le parece imposible pensar que hace 13 años este pequeño pueblo donde habitan 48 familias, era prácticamente un desierto. En el año 2005, se instalaron 12 placas solares que han propiciado que hoy, en esta zona crezcan árboles de mango. La familia de Sivanna, una mujer de 50 años, muestra orgullosa los diminutos mangos que empiezan a vislumbrarse en los árboles. “Antes del mango, cultivábamos cacahuete y teníamos que pedir préstamos a otras personas cuando había época de sequia, pero ahora nuestra cosecha ha mejorado y ya no pasamos hambre, incluso podemos ahorrar algo de dinero”, explica orgullosa, mientras su marido asiente con la cabeza. Su vecina y amiga, Bandi, de 52 años, añade que gracias a este sistema pudo ahorrar el dinero suficiente para construir una casa para su familia y pagar la educación de sus hijos e hijas. “Con los cacahuetes no podíamos ahorrar nada”, aclara.

Bandi y su marido, ante el panel solar que ha optimizado sus cosechas. (©Silvia Muíña)

En Anantapur, la popular frase de que “el agua es vida”, cobra todo el sentido cuando ves cómo transforma la vida de miles de familias. Los beneficios de las placas solares van más allá de conseguir el apreciado líquido para el riego de los cultivos. La opción de poder cultivar otras plantas frutales y con ello, generar más beneficios económicos, repercute en los hogares empobrecidos de estas familias agrícolas que ven cómo dar una mejor educación a sus hijos e hijas o ahorrar dinero es una oportunidad de futuro que antes no tenían.

Govinda y Manjula, campesinosde Raganapalli, Anantapur. (©Silvia Muíña)

En el pueblo de Raganapalli, en la región de Kadiri, otras familias han incorporado más recientemente en las placas solares. A pesar de que hace tan solo dos años que se ha instalado la energía solar, Manjula, de 30 años, pasea por su plantación de sandía mientras da pequeños golpecitos a sus frutos aclarando que su recogida será a finales de abril. Además, tiene plantaciones de flores, arroz, mangos y cacahuetes. “Trabajamos mucho aprovechando las horas de sol, desde las nueve de la mañana hasta las seis de la tarde, cuanto más calienta el sol, más energía se genera para regar las plantaciones. Ahora no dependemos de la electricidad ni de la lluvia”, explica. Tanto ella, como su marido, Govinda Reddy, se muestran orgullosos y optimistas para los próximos años y añaden que en dos años quieren aumentar su producción cultivando tomates y pepinos.

El cuñado de Manjula, Jayachandra Reddy, también beneficiario, cultiva mangos y sandías, se muestra también muy contento con los beneficios del sistema. “Antes siempre teníamos que acarrear agua desde muy lejos, era muy duro”, comenta. “Además, con los beneficios puedo pagar la educación de mis hijos e hijas y hacer un seguro de vida para su futuro”, concluye.

Desde el 2016, el Gobierno de la India también está colaborando en la instalación de placas solares en las aldeas del distrito. Una iniciativa que, en colaboración con la Fundación Vicente Ferrer, ayuda a paliar los estragos de la sequía en una zona donde depender de las lluvias para las cosechas es una lotería para la vida de los millones de agricultores.

Voluntariado para empoderar a mujeres en Varanasi, una de las siete ciudades sagradas del hinduismo

Almudena Fuente, responsable de comunicación de Viajes Solidarios Tumaini, una ONG dedicada al turismo solidario y sostenible.

Varanasi es uno de los lugares más especiales que hemos visitado nunca. Es una de las siete ciudades sagradas del hinduismo y el Ganjes es el protagonista de muchas tradiciones que se desarrollan en su día a día. Desde primera hora de la mañana, muchas personas se bañan, rezan, se purifican y realizan ofrendas a este impresionante río.

Hace unas semanas, viajé a Varanasi para conocer y evaluar pequeñas ONG locales con las que Tumaini podría colaborar en un futuro. Se trata de visitar los proyectos, hacer voluntariado en ellos y hablar con los coordinadores, trabajadores y beneficiarios para asegurarnos de que cumple con los requisitos necesarios para que personas voluntarias puedan visitarlos. Además, también comprobamos que el trabajo voluntario de las personas que viajan va a tener impacto social real. El equipo de Tumaini ya ha viajado a numerosas ciudades de ocho países diferentes para evaluar proyectos, pero Varanasi era una asignatura pendiente.

En mi viaje, conocí la escuela y taller de comercio justo con el que ya hemos empezado a colaborar.

La pequeña ONG se sitúa a las afueras de esta ciudad, en uno de sus barrios más empobrecidos. Su objetivo es mejorar la vida de mujeres en riesgo de exclusión. Se enfrentan a problemas como: violencia de género, alcoholismo o adicción al juego por parte de sus maridos, falta de educación, ya que no fueron a la escuela por el mero hecho de ser mujeres… y falta total de libertad. Más del 90% de las beneficiarias del proyecto nunca han visitado el centro de Varanasi (a 4 km). No se les permite ir a ningún sitio si no van acompañadas de sus maridos o familiares. La mayoría, además, pertenecen a castas bajas y sufren discriminación por ello.

El proyecto es muy pequeño, pero ha logrado que las mujeres que trabajan en el taller de costura sean independientes económicamente y puedan tomar sus propias decisiones. Además, sus hijos más pequeños asisten a la escuelita preescolar que está en el mismo centro donde ellas trabajan. De esta forma, pueden seguir trabajando, ya que saben que sus hijos están en un lugar seguro.

Mi primer contacto con el proyecto fue la visita a la tienda, que está parte antigua de la ciudad. Allí Mani, uno de los fundadores, me explicó cómo trabajan, los logros de su iniciativa y sus planes de futuro. En estos años, han conseguido que 18 mujeres trabajen en condiciones dignas cosiendo para la tienda, que sus hijos más pequeños acudan a la escuelita y que los niños y niñas que han cumplido 6 años vayan al colegio gracias al apoyo económico del proyecto. Le encantó la idea de recibir voluntarios y voluntarias para colaborar en sus actividades diarias y hacer posible que el proyecto crezca.

En un futuro, les gustaría ampliar el número de mujeres que trabajan en el taller y el número de niños y niñas que acuden a la escuelita. Para ello, sería necesario contratar a otra maestra para dividir a los niños y niñas por edades. De esta forma, se podrían hacer actividades más adecuadas para cada grupo.

Cuando visité el centro, pude hablar mucho con Ritu, maestra de los niños y niñas, y con Suneeta, supervisora de la escuela y del taller donde cosen las mujeres. Ritu me contó que se había casado con 17 años y que tenía 3 hijos. Cuando le conté que yo no estaba casada y que vivía sola me dijo: “entonces, ¡puedes hacer lo que quieras!” Me encantó compartir con ellas estos momentos en los que hablamos de nuestras vidas.

Muchas de las mujeres que trabajan en el taller no saben inglés, pero es increíble la cantidad de información que pueden dar solo con la mirada y los gestos. Las ves trabajando juntas y se las ve felices. El taller para ellas también es un espacio seguro para hablar de sus cosas con total libertad.

La cocinera del centro no sabe inglés pero estuve con ella mientras cocinaba y me encantó ver cómo cuida cada detalle con mucho cariño. Cuando menos te lo esperas, te ofrece un té como gesto de bienvenida, para que te sientas como en casa. Eso me encantó: enseguida eres una más, te incluyen en su día a día. Con Ritu, en clase, ayudamos en las tareas diarias: clase de inglés, de yoga, de matemáticas… Los peques estaban encantados con la novedad de vernos allí. Jugamos con ellos, les ayudamos en sus ejercicios, y escuchamos cómo cantaban. ¡Fueron unos días increíbles!

Mujeres, niños y niñas y trabajadores del proyecto son una gran familia. Tienen muchas ganas de que se conozca el trabajo que realizan y de recibir personas voluntarias que les ayuden con las actividades en la escuela. Solo así podrán crecer y poner en marcha nuevas ideas para mejorar la vida de estas mujeres y niños.

Más info del proyecto en la web de Viajes Solidarios Tumaini.

La migración: una lucha por sobrevivir

Por Aina Valldaura de la Fundación Vicente Ferrer.

El mes de mayo es uno de los más calurosos en el distrito de Anantapur (India) con temperaturas que alcanzan los 45 y 46 grados. Se trata del mes previo al monzón y de vital importancia para el cultivo de las cosechas, al menos así era antes de la sequía severa que desde hace tres años afectara la región. En el último año prácticamente no ha caído ni una gota durante la temporada del monzón, las cosechas se han perdido y en su lugar, la migración se ha impuesto como una necesidad.

Cuando llegamos al pueblo de Pillagundla, en la región de Madakasira, uno de las zonas más afectadas por la sequía por su carácter eminentemente rural, un grupo de mujeres mayores, niños y niñas nos estaban esperando. Nuestro objetivo era hablar con una familia en la que algunos de sus miembros hubieran migrado debido a la sequía, dejando atrás a la gente mayor y a los hijos de menor edad. Lo que no nos esperábamos era descubrir que el pueblo entero cumplía con ese perfil.

Mucho se ha escrito sobre el fenómeno migratorio: su impacto, las condiciones en las que viajan los migrantes, los motivos por los que se van y los abusos que a menudo les esperan cuando llegan a su destino. Pero, ¿qué pasa con los que se quedan? ¿Qué pasa con aquellos y aquellas que viven día a día con esa ausencia?

En el distrito de Anantapur en los últimos años han migrado 480.000 personas, lo que equivale al 10% de la población. Después de años de sequía y la pérdida del 90% de las cosechas, las opciones en las áreas rurales se reducen a dos: sentarse y esperar que llegue el monzón o migrar.

De las poco más de 70 familias que viven en la aldea de Pillagundla todas han asumido la migración como una necesidad. En todas ellas como mínimo uno de sus miembros ha migrado en busca de un futuro mejor, mientras que cinco ya han abandonado el pueblo de forma permanente.  Menores y ancianos son los únicos testimonios de este cambio en la realidad social del pueblo. Son muchos los ejemplos que podríamos enumerar, y Pillagundla, es una aldea más de esta lista, pero sus habitantes tienen mucho que decirnos.

“Mi marido y yo tenemos dos acres  (0.8 hectáreas) de tierra, pero ¿qué hacemos con ella si no llueve?”, cuenta Pushpa, una joven de 30 años y madre de dos hijos en la entrada de su casa ahora cerrada con candado. Hace cinco años tuvo que migrar de Pillagundla en busca de un futuro mejor. Ser propietario de tierras de cultivo ya no es suficiente para poder llevar una vida digna.

Los hijos de Pushpa ahora viven con su abuela Anjinamma de 65 años, quien se hace cargo de dos nietos más. Los cinco conviven en una casa de una sola habitación. Anjinamma hace años que ha asumido el rol de madre, padre y abuela, así como la responsabilidad y cuidado de los pequeños. “Cuidar de ellos es mi trabajo, lo he hecho toda mi vida, y además ahora mis vecinos me ayudan. Somos muchas las que estamos en una situación parecida”, añade la anciana.

Pushpa espera con ansia el día uno de cada mes, cuando puede ir al pueblo a visitar a sus pequeños y recoger los alimentos subvencionados que les otorga el Gobierno. Cuenta con tristeza el trabajo que tiene en la ciudad: hacer ladrillos. Trabaja 12 horas días, los siete días de la semana, por poco más de 7.000 rupias al mes (96 euros). Su marido, por el simple hecho de ser hombre, cobra 9.800  (135 euros).

Le cambia el tono de voz cuando le preguntamos por el futuro de sus hijos. Quiere que estudien, encuentren un buen trabajo y, al contrario que ella, no tengan que depender nunca de la lluvia para poder comer. “Quiero que sean doctores”. Pushpa dejó la escuela con solo 10 años y quiere evitar por todos los medios que a sus hijos les pase lo miso. Aunque el precio sea, estar lejos de ellos.

  • Todas las imágenes son de Constanza González/Fundación Vicente Ferrer.