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La silenciosa lucha contra el olvido de las mujeres refugiadas en Grecia

Texto y fotografías: Beatriz Garlaschi Rodríguez, Cruz Roja Española. Atenas, 10 de Agosto de 2018

Verano de 2018, Grecia. En este país balcánico viven alrededor de 60.000 personas refugiadas, y aunque las cifras de llegadas a las islas del mar Egeo han caído durante 2018, todavía hoy, decenas de personas se embarcan en Turquía en lanchas endebles y llegan a las idílicas Quíos o Lesbos, lejos de la atención de los grandes medios de comunicación.

Cruz Roja trabaja con personas que han tenido que huir de países como Sudán, Siria, Afganistán o Irak, y en ambos lados del Mediterráneo. No solo es en España donde trabajamos, Grecia es otro de esos lugares en los que se extiende la actividad de la organización con las personas refugiadas. Cada día escuchamos las historias de naufragios, de las pocas posibilidades que tienes de mantenerte a flote en el mar, de noche, solamente con tu suerte como equipaje. Son relatos que no dejan de conmovernos.

Nuestra obligación es hacer de altavoz de este sufrimiento. Se trata de seres humanos con un futuro incierto: la mayoría no podrá volver a sus pueblos y ciudades de origen, y una vez desembarcados en Europa, es difícil terminar de llegar a corto plazo.

Las organizaciones humanitarias tenemos la obligación de hacer de altavoz del sufrimiento de las personas refugiadas.

Es una lucha callada e invisible para todas las personas refugiadas, pero sobre todo para las miles de mujeres afganas, iraquíes o sirias que, solas o acompañadas por sus maridos u otros familiares, buscan una forma digna de subsistir en Grecia.

En el Centro de Multiactividades de Cruz Roja* ubicado en el corazón de Atenas, seis mujeres, procedentes de Afganistán, Irak, Siria y Armenia nos cuentan cómo es su vida en la capital griega. Este centro es un oasis en medio de la locura de la ciudad. Aquí, las personas refugiadas se sienten a salvo, protegidas, y reciben asesoría legal, ropa, o simplemente vienen a descansar un rato de la caótica ciudad.

Para Tina Agerbak, jefa de la delegación de la Cruz Roja Danesa en Grecia, “además de la asesoría paralegal o el apoyo psicológico, las personas que vienen al centro valoran también la tranquilidad de encontrarse en un sitio protegido, poder tomar un té o encontrar con quién charlar”.

Duha, Neda, Naira, Hamida, Manal y Nour, desconocidas entre ellas hasta hoy (salvo Manal y Nour, que son amigas sirias), entrelazan los relatos de sus vidas, deteniéndose en las coincidencias de sus experiencias, en el trato recibido en determinados sitios, en los detalles de la peligrosa travesía por el mar. Cuando están acompañadas de sus maridos, es muy difícil que las mujeres refugiadas cuenten cómo se sienten sin interferencias ni interrupciones. Es solo en las actividades entre mujeres cuando son capaces de revolver en sus recuerdos y poner voz a emociones y vivencias muy fuertes que se mantienen latentes en su día a día.

“Cuando están acompañadas de sus maridos, es muy difícil que las mujeres refugiadas cuenten cómo se sienten sin interferencias ni interrupciones”

Para Manal, este centro de Cruz Roja es un alivio, pues es un lugar de referencia en el que encuentran caras amigas y ayuda: “Si no fuera por sitios como éste no sé qué sería de nosotras”. Todas ellas son mujeres migrantes o refugiadas de la guerra, de la violencia generalizada de grupos armados, y algunas, hasta refugiadas del maltrato de sus propias familias, como Neda, de Afganistán.

Entre las dificultades con las que se encuentran las personas
refugiadas en Grecia, está la gestión de multitud de trámites hasta alcanzar su estatus de solicitante de asilo. Es algo que lleva mucho tiempo y esfuerzo y en lo que también es necesario apoyar para que su integración sea más rápida. En la foto, proceso de entrega de artículos de higiene en un campo de refugiados.

CUANDO NO PUDISTE SER NIÑA

Neda pasaría por ser una chica griega, con vaqueros, mochila, camiseta y coleta, pero no, es una chica afgana de 27 años y su vida es un largo listado de sufrimientos y situaciones inhumanas, por ser refugiada pero también por ser mujer. Una mujer superviviente cuya fuerza interior le ha hecho renacer de un verdadero infierno que comenzaba en su propia familia.

“Me quedé embarazada con 13 años, y yo no sabía nada de la vida. No entendía cómo era un embarazo, nadie me lo había explicado”.

Neda viajó a Irán cuando tenía nueve años, pero allí le fue muy difícil vivir como niña refugiada: “Nunca pude ir al colegio, ni a la universidad, y tampoco pude trabajar en ese país. Siempre estuvo en mi mente la idea de irme. Las mujeres no tienen derechos en ese país. Con tan solo nueve años me obligaron a llevar el Nikab, a mí no me gustaba, y me rompieron un dedo como lección para que no me lo quitara. Me violaron con nueve años también…”, nos cuenta Neda mientras clava su mirada en sus atentas interlocutoras.

“Con 13 años me obligaron a casarme, el chico tenía 36, y tenía otras mujeres. Me quedé embarazada siendo menor de edad, y yo no sabía nada de la vida. No entendía incluso cómo era un embarazo, nadie me lo había explicado. Aborté, el niño murió”.

Hay muchas maneras de vivir tu infancia, también tiene malos recuerdos de su niñez Manal, siria, de Damasco: “No tengo ningún recuerdo bonito de mi infancia, no me acuerdo de nada, incluso cuando era niña tuve que cuidar de cuatro hermanos”, cuenta con amargura. Nour, de Raqqa, Siria, 27 años, que llegó hace seis meses a Grecia, después de un largo camino con una lista de dificultades e incidentes enormes, empezando por la toma de Raqqa por parte del Estado Islámico, cuenta, sin embargo, que echa de menos todo de Siria y de su niñez: “Tuve una buena infancia, la vida no era tan difícil como lo es aquí, aquí en Grecia estoy viviendo los peores momentos de mi vida”.


“Mi vida era nada, y sigue siendo nada”, dice Manal: “Mi familia me sacó de la escuela y me casó con un hombre que ya tenía cinco hijos, yo tenía que hacer todo, en casa, en el negocio, todo. Tuve una hija, pero terminé divorciándome”.

Una Neda ya adolescente, con 15 años, después de que su marido la pegara y de denunciarlo a la policía sin éxito, fue condenada a ser enterrada y lapidada por su propia familia. Consiguió divorciarse, pero lo peor es que el sufrimiento venía desde dentro de la familia: “La gente de mi propia sangre fue quien más me hizo sufrir”. Y decidió escapar: “Quería encontrarme a mí misma. Yo no podía hacer todo lo que me decía un hombre, llegué a no saber quién era realmente. Y decidí marcharme, quería ser yo, no vivir para un hombre, ni para una familia, ni para un gobierno, ni para nadie”.

“He empezado a escribir sobre mi vida”, cuenta con un gran suspiro, haciendo una pausa en su relato. “Y me pregunto qué será lo siguiente, pero para mí, lo siguiente es vivir la vida como la vivo ahora, porque no tuve infancia, es como si estuviera naciendo en este momento… Gracias por dejarme abrir mi corazón y que otros puedan conocer mi historia”.

Hay muchas guerras diferentes. Tu propia guerra puede estar en tratar de escapar de un marido al que no quieres porque en realidad te han casado con 13 años y, a esa edad, el matrimonio es una aberración. Neda pasó por todas estas batallas, y de todas consiguió escapar.

Mientras Neda prosigue con el relato de su experiencia, Naira, de Armenia, dos niños, otra de las mujeres migrantes que ha llegado hasta Grecia, no es capaz de asimilar la lista de dramas relatados por su compañera afgana. No hay dos vidas iguales: “Mi vida es muy distinta”, nos comenta Naira entre lágrimas después de escuchar la historia de Neda. “Soy migrante en Grecia por casualidad, por haberme casado con un hombre de Costa de Marfil a quien no le está permitida la entrada en mi país. Pero mi existencia actual en Grecia, aunque no haya vivido los dramas de Neda (había oído cosas, pero conocer a alguien tan de cerca que haya pasado por todo esto me rompe el corazón) también difiere mucho de mi vida anterior en Armenia cuando trabajaba como investigadora y periodista. Es muy difícil todo cuando ya te han etiquetado como migrante”.

Desde Siria e Irak: recordando cómo tu vida puede saltar por los aires en cuestión de días

Naira y Neda son dos versiones muy diferentes de las vidas de personas migrantes y refugiadas, cada una es única y sus historias, con menor o mayor sufrimiento (un sufrimiento difícil medir realmente) están llenas de recovecos y vicisitudes. Para Duha, Irak, 21 años y una niña de un año con una enfermedad cardiaca, llegó de Irak a Grecia en 2017 después de dos intentos, la primera vez por tierra y la segunda, por mar.

El peor recuerdo de Duha está en su travesía marítima hasta llegar a Grecia: “Estábamos completamente solos en el mar, de noche. Estábamos perdidos. Las olas eran enormes e inundaban la barca”. Tuvieron la suerte de que un barco alemán pudo rescatarlos, mientras la guardia costera griega los acompañó después hasta la isla de Samos. “Por eso ya no me gusta el mar, incluso durante el día no puedo verlo”, nos cuenta esta joven mujer de ojos verdes, como ese mar al que no puede mirar.

Depender de las organizaciones humanitarias, al contrario de lo que se pueda pensar, te ayuda, pero también te convierte en alguien dependiente del apoyo externo, lo que limita tu autonomía personal.

La vida de Duha y su familia en Samos estuvo llena de dificultades, luego se trasladaron a Atenas. Su trayectoria ha sido una sucesión de situaciones siempre al amparo de organizaciones humanitarias, lo cual, al contrario de lo que se pueda pensar, te ayuda, pero también te convierte en alguien dependiente del apoyo externo, lo que limita tu autonomía personal.

Ya hace un año de la llegada de Duha a Grecia, y aún no ha conseguido hacerle una ecografía a su hija, cuando necesita un seguimiento continuo por su enfermedad del corazón. Y es que los servicios de salud se encuentran colapsados en Atenas desde hace meses, y si ya es complicado para los ciudadanos griegos acceder a sus hospitales y cuidados de salud (sobre todo para los enfermos crónicos). “Para las personas refugiadas es aún más costoso, porque se enfrentan a un idioma, a una cultura y a unos procedimientos que desconocen”, comenta Iria Folgueira, jefa de la delegación de Cruz Roja Española en Grecia.

“Hay demasiados reportajes y demasiadas fotos sobre nosotros, y todos cuentan lo mismo”.

Es lo que te puede pasar si tu vida salta por los aires, en cuestión de horas o días, y sientes que todo lo que te sustentaba, que la sociedad sobre la cual organizabas tu vida y tus necesidades ya no existe: “Mi marido perdió su tienda cuando llegó el ISIS a Raqqa, ya no hay vida allí. Yo era profesora y me ordenaron cerrar el colegio. Si te negabas, te decapitaban. Ya nadie quiere compartir estas historias, porque hay demasiados reportajes y demasiadas fotos sobre nosotros, y todos cuentan lo mismo”, nos comenta Nour, siria de Raqqa, dos hijos.

Hamida, con tres hijos, calmada, escuchando uno a uno los testimonios de sus compañeras, recuerda que en Siria tenían “una buena vida, mucho mejor que la de ahora”. Hamida ha pasado por fases similares a las de cualquier familia refugiada cuando llega a Europa, como Duha y su familia, que han tenido que cambiar de casa tres veces. En cada alojamiento encontraron una dificultad, un obstáculo que les hizo cambiar, además, su marido tiene una discapacidad y le es muy difícil vivir en un edificio sin ascensor. “Así que la vida es muy difícil para nosotros –dice Duha–. Salgo a repartir folletos, y a veces me llevo a la niña conmigo a trabajar, pero es que no tengo otra opción, necesito complementar la ayuda que nos dan“.

Otro de los riesgos a los que se enfrentan los menores y mujeres en las guerras es al tráfico de personas, algo de lo que no se está exento en los países europeos tampoco. “En Raqqa había mujeres europeas a las que habían lavado el cerebro para que fueran a la guerra en siria y se convertían en víctimas de trata, sobre todo eran francófonas. Una vez allí, buscaban traficantes para salir de Siria, pero durante la guerra había “mercados” en los que vendían a las mujeres también y una vez con los traficantes era muy complicado salir de allí”, nos cuenta Nour.

Depender de la ayuda humanitaria no es la solución

Para la mayoría de las personas refugiadas, Grecia es un país amable que les ha tendido una mano, pero en el que no ven claro su futuro, y su horizonte vital se encuentra más allá de sus fronteras.

Algo positivo que les aporta su estancia en este país es que “nos sentimos a salvo y los niños van al colegio. Es lo único bueno. Lo que me tiene enferma es que no tenemos una casa digna donde mis hijos tengan un sitio higiénico, una cocina, un baño…Los niños están desarrollando alergia. Y pensar que yo tengo mis propiedades en Siria y aquí no tengo nada”, nos cuenta Nour con desesperación.

“Estuvimos intentando escolarizar al niño y nos decían que iba a ser más fácil si vivíamos en un campo de refugiados, pero no queríamos vivir en un campo de refugiados. Vivimos en un apartamento, quinto piso sin ascensor, en un barrio en el que se ven cosas que mis hijos no tienen por qué ver. Se vende droga, por ejemplo. ¿Cómo se van a integrar mis hijos en un lugar así? Lo único que tenemos bueno es que el colegio está bien y los niños pueden llevar una vida más o menos normal”, concluye Nour.

“A veces salíamos del campo de refugiados solo para oler la comida que se cocinaba en las casas, porque teníamos hambre”.

Para Nour, el cambio radical de vida que ha supuesto la guerra para su familia es muy difícil de asimilar, y es especialmente difícil para ella aceptar que alguien te tenga que ayudar: “Imagina que en los campos de refugiados, como teníamos hambre, salíamos del campo solo para oler la comida que se cocinaba en las casas. Yo antes en Siria ayudaba a la gente y ahora soy yo quien necesita ayuda, es algo que me cuesta mucho aceptar”.

“La ayuda no nos llega para vivir, son 370 Euros por familia. No tenemos nada más, no tenemos trabajo. Tenemos que comprar leche para la niña, y no nos llega ese dinero para comer, esa es la razón por la cual la gente se quiere ir de Grecia. A las personas con necesidades especiales deberían darnos un trato especial”, comenta Duha a sus compañeras de conversación. Todas asienten, porque la comprenden, y viven esta situación de manera muy similar”.


“En Siria yo ayudaba a la gente, y ahora soy yo quien necesita ayuda, es algo que me cuesta mucho aceptar”.

Para las personas refugiadas que llegan a países extranjeros, encontrar una mano amiga y una sonrisa es a veces tan importante como la asesoría legal en su proceso de acogida. Para las mujeres refugiadas, además, tener sus propios espacios en los que poder compartir sus vivencias supone un apoyo fundamental para reconstruir sus vidas y dejar de ser personas “vulnerables”. En la fotografía, una mujer refugiada kurda acude a una sesión sobre salud materno infantil
impartida por la Cruz Roja en Grecia.


LA PALABRA ‘REFUGIADA’

“La palabra refugiado significa todo y nada a la vez. Para mí es una palabra con un fondo enorme, porque siempre he vivido bajo esa condición. Siendo refugiada te sientes sin derecho a nada, siempre piensas que eres menos que los demás. Es una palabra difícil de definir, yo lo que hago es intentar ser fuerte siempre y aprender a vivir con todo mi dolor”, comenta Neda.

“Si te conviertes en migrante o refugiado, es como si perdieras tu identidad, porque ya no tienes nada material”.

Neda, Nour, Duha, Hamida, Manal y Naira, todas ellas mujeres excepcionales y supervivientes que luchan contra el olvido y la catarsis que la inmigración ha impuesto en sus vidas. No importa si eres refugiado o migrante. Si has tenido que escapar, escapas para sobrevivir, llámalo guerra, o como quieras. Pero cada persona migrante o refugiada que se va de su país lo hace porque no ve otra alternativa. En mayor o menor grado, su vida o su salud corren peligro y lo que buscan las personas refugiadas son derechos. “Parece que solo eres alguien si vives en el lugar en el que naciste, pero si te conviertes en migrante o refugiado, es como si perdieras tu identidad, porque ya no tienes nada material, muchos ya no tienen ni siquiera donde volver”, concluye Nour.

*El Centro Multiactividad de Cruz Roja realiza sus actividades con la ayuda de los fondos provenientes de ECHO (Ayuda Humanitaria y Protección Civil de la Comisión Europea).

Un ‘pueblo’ de refugiados

Katja Schmitz, pediatra de Cruz Roja Española en el campo de refugiados de Skaramagas.

Hace 6 meses me embarqué en la experiencia más increíble de mi vida. Llegué a un puerto con cientos de contenedores convertidos en viviendas, metros y metros de cemento a casi 40º C, y dónde la gente salía cuando se ponía el sol. Un lugar que pretendía hacer de hogar a miles de personas que lo habían perdido todo. En este lugar, apartado del centro de Atenas, la actividad que ocupaba el día a día de las personas era la espera, la espera a una oportunidad, a una vida mejor, a poder ofrecerles un futuro a sus hijos.

Muchos de los jóvenes habían iniciado sus estudios en sus países de origen. Relataban con una sonrisa en la cara que soñaban con reanudarlos una vez llegados al destino de su viaje que había empezado hacía ya mucho tiempo. Esta sonrisa en muchos de ellos se fue borrando a lo largo de las semanas y meses, y nosotros lo observamos, porque la espera continúa para muchos.

Pero también observamos cómo este lugar tan singular se fue transformando progresivamente: aparecieron grupos de trabajo de voluntarios comunitarios, espacios para los niños y mujeres lactantes, una escuela y un parque infantil cargado de energía y vitalidad inagotable.

Múltiples organizaciones trabajan duro con el fin de preservar la dignidad de estas personas. A pesar de las dificultades del día a día y de algunas barreras idiomáticas, fácilmente superables gracias al objetivo común que nos mueve, es bonito ver personas de tan diversas nacionalidades y orígenes que acuden a este lugar formando parte de este equipo.

Pronto me contagié del entusiasmo y alegría del equipo de la Cruz Roja constituido por profesionales tan variopintos como se puede imaginar, echando muchas horas todos los días tanto en terreno como en casa.

Al principio, a pesar de la energía positiva y el esfuerzo, muchas veces recibimos reacciones de exigencias y enfados por parte de la comunidad a la que asistíamos. Esto probablemente reactivo a todo lo vivido durante el camino, el cansancio y la impotencia de no poder comunicarse en ocasiones. En particular, a lo que se refiere a mi consulta, los inicios fueron duros. Había poca aceptación de la no prescripción de antibióticos y otros fármacos. A veces era percibida como una maniobra de rechazo de asistencia, maniobra de ahorro o discriminación. Poco a poco nos fuimos haciendo con la confianza de la gente y ganándonos su respeto. Ahora, la mayoría nos saluda con confianza y pasear por Skaramagas se ha convertido en pasear por un pueblo donde los vecinos se conocen.
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Fátima, un embarazo de alto riesgo en un campo de refugiados

Nuestro compañero Jamal El Kadib narra su experiencia en Ritsona (Grecia) como delegado de Cruz Roja Española en apoyo a personas refugiadas.

El sábado por la mañana vino Mohamed sonriente y algo exhausto a la clínica que Cruz Roja tiene desplegada en el campo para personas refugiadas de Ritsona (Grecia) para informarnos de que había recibido una llamada desde uno de los hospitales de Atenas. En aquella llamada, uno de los médicos de guardia le indicaba que, un mes y medio después, su mujer, Fátima, embarazada de seis meses, había recibido el alta médica, que podía ir a buscarla y traerla de vuelta al campo.

Mohamed, de 22 años, quería que le gestionásemos el transporte que traería a su mujer del hospital al campo de Ritsona, ubicado a aproximadamente una hora de la capital griega. En este campo intentan convivir alrededor de seiscientas personas, en su mayoría niños y mujeres de la Siria kurda. El transporte de este tipo de pacientes lo realiza otra organización ubicada en el campo, pero siempre por indicaciones del médico de turno o recomendaciones del propio hospital.

Poco antes de las 17 horas, Mohamed, volvió a nuestra clínica para trasladar a la médico de familia y a la matrona que su mujer no se encontraba bien y que tenía mucho dolor abdominal. Inmediatamente, las dos especialistas fueron a ver a la paciente y, efectivamente, la encontraron tumbada en su tienda con mucho dolor. Le preguntaron si las contracciones eran constantes y si seguían un patrón determinado y su respuesta fue negativa. Tampoco tenía hemorragias ni había perdido líquidos. Sin embargo, la matrona le recomendó volver al hospital, ya que el embarazo era de alto riesgo y podría complicarse en cualquier momento. La paciente, no obstante, dijo que prefería esperarse hasta que amaneciera para estar con sus dos hijos de 2 y 4 años porque apenas le había dado tiempo disfrutar de ellos, tras casi dos meses sin verlos.

Al día siguiente, domingo, nos dirigimos directamente a su tienda, aunque no nos habían llamado en ningún momento a lo largo de la noche, pero aun así, estábamos preocupados. Fátima seguía tumbada en una colchoneta en su tienda de campaña con su marido al lado y su niña pequeña Adla. Estaba retorciéndose de dolor y con lágrimas en los ojos. La matrona la preguntó si seguía igual y dijo que sí y que no había cambiado nada. La matrona empezó entonces a contar el tiempo de las contracciones y enseguida se dio cuenta que algo había cambiado desde la última vez que la exploró. Tenía contracciones cada cinco minutos, y la paciente había empezado a perder líquidos. En ese momento decidió mandarla de nuevo al hospital contra la voluntad, pues no quería separarse nuevamente de sus hijos.

Fátima, debido al dolor y al trauma que le causó su última estancia de más de un mes en el hospital sin poder ver a sus hijos y a su marido, me preguntó si había alguna manera de abortar su embarazo en el campo, ya que no quería tener al bebé si el precio era permanecer tres meses en el hospital lejos de los suyos. Le dijimos que no, pero que haríamos todo lo que estuviera en nuestras manos para que pudiera estar con los suyos o para que ellos pudieran visitarla más a menudo en el hospital de Atenas.

Mientras esperábamos la llegada de la ambulancia, la matrona montó una pequeña clínica de primeros auxilios en la misma tienda para aliviar el dolor de la paciente y al mismo tiempo para estar alerta por si la paciente se ponía de parto en cualquier momento.

Media hora más tarde, llegó la ambulancia y pudieron llevarse a Fátima antes de dar a luz, pero en un mar de lágrimas por separarse de nuevo y en menos de 24 horas de sus hijos y la angustia de no saber cuánto tiempo estaría ingresada en el hospital.

El martes, dos días más tarde, sobre las 17:30h., Fátima dio a luz una niña prematura de apenas veintiséis semanas. Desde el hospital se pusieron en contacto con nosotros para pedirnos explicar al padre lo que implicaría un parto tan prematuro y, en especial, la incertidumbre para dar un pronóstico de cara al futuro más inmediato del recién nacido. Cuando explicamos al padre la situación del bebé, nos preguntó si podían llevar a sus otros niños al hospital o traer a la madre con sus hijos. Le dije que era muy pronto y que se trataba de las primeras horas del recién nacido y lo más prudente en ese caso, era esperar y ver cómo evolucionaría el bebé. Le indicamos también que, en cualquier caso, ya no se temía por la vida de la madre que había sufrido durante los últimos cuatro meses y que en las condiciones en las que se encontraba y dado su estado de ánimo, había tenido en vilo a todos los médicos.

Al día siguiente, pasadas las 20:00h., sonaba de nuevo el teléfono, pero esta vez era para informarnos que el recién nacido no pudo sobrevivir y que había fallecido. Se lo trasladamos al padre que en cierto modo esperaba un desenlace de esta índole. Nos dijo, con un nudo en la garganta y los ojos llenos de lágrimas, que le daba mucha pena perder a su hijo y ver a su mujer sufriendo, pero que, por otro lado, sabe que su mujer podría por fin despegarse de la cama, salir del hospital y sobre todo poner fin a la angustia de no poder abrazar a sus otros hijos y tenerlos su lado que era lo que la tenía obsesionada.

La desesperación de esta familia y del equipo de profesionales que atienden en la clínica, es sólo un ejemplo de la labor que se realiza en el seguimiento de los veintiséis casos que hay de embarazos, actualmente, en el campo de Ritsona.

P.D.: Todos los nombres mencionados en este artículo son ficticios para conservar el anonimato de sus protagonistas.

¡Qué difícil es cuando nuestros hijos o hijas deciden nacer antes de tiempo!

Por Gabriela Pérez-Noceti, delegada de Cruz Roja Española en el campo de refugiados de Ritsona, Grecia.

Qué difícil es pasar por ese duelo y volverse padres y madres de golpe, haciéndose los fuertes para que a pesar de todo nuestro dolor, físico y también psíquico, esa mezcla de alegríatristezafrustraciónmiedoesperanza no se interponga en nuestra capacidad de darle a nuestro pequeño prematuro todo nuestro amor y cuidados. Las madres, nuestra leche.

Qué difícil, qué exigente, sin tener a nuestro bebé en brazos aún, ser capaces de mantenernos conectadas a esa máquina llamada extractor del que en el mejor de los casos alguna vez habíamos escuchado hablar, y que nos ayudará a que apenas podamos, demos a nuestro hijo lo mejor que tenemos: nuestra leche. Ojeras, noches sin dormir, agotamiento, incertidumbre, pasando de golpe a vivir entre una casa vacía y esa “nave espacial” que parece ser la unidad especial de cuidados de cualquier gran hospital. Las palabras del médico y enfermera, en quien confiamos, nos pueden resultar a veces indescifrables….

Qué fundamental es en esos casos no sólo contar con la tecnología necesaria, sino con una atención humana, que nos escuche, que nos entienda y respete, que valore nuestra capacidad de cuidar y de alimentar, nuestros tiempos…. Todo el apoyo del mundo en estos casos es más que trascendental. Una atención centrada en las familias y sus necesidades particulares pueden hacer que te cambie radicalmente la vivencia que te ha tocado atravesar…Admirable lo que pasan esas familias, y el personal que los asiste.

Me saco el sombrero con lo que están avanzando hospitales como Vall d’Hebron o Sant Joan de Deu en ese sentido. ¡Qué cracks!

Ahora piensen por un momento lo que puede ser vivir esta experiencia estando muy lejos de tu hogar, y de tu gente. Sin poder ni siquiera entender el idioma de los cuidadores de nuestro bebé. Cuando lo único que podemos hacer es rezar a cualquiera que sea nuestro Dios, si tenemos la suerte de creer en uno, y sacarnos leche, esperando pronto poder hacérsela llegar a nuestro pequeño.

Recién llegados, en un campo de refugiados en una caravana sin luz ni agua potable, echando mano a un extractor de leche manual, y esperando que la próxima semana su bebé prematuro de dos meses tenga el alta, así me encontré hoy en una visita.

No vamos a tener grandes tecnologías, pero tendremos nuestros brazos abiertos y una mamá y papá canguros, que están esperando desde hace meses, en esa mezcla de alegríatristezafrustraciónmiedoesperanza, pero con todo su amor a esa bebé que ha decidido nacer antes de tiempo.

Hoy me he sentido privilegiada de estar aquí ahora.

Campo de refugiados de Ritsona. Foto Ovi Vega @ovitveo

Campo de refugiados de Ritsona. Foto Ovi Vega @ovitveo

El sueño de Narmin

Por Javier Enrique Hernández Cordero, delegado de Cruz Roja Española en el campo de refugiados de Ritsona, Grecia.

Cuando llegué a Ritsona tenía muchas interrogantes y estaba algo inconforme con lo que me deparaba el futuro durante mi primera misión en Grecia. Siempre había anhelado ir con la Cruz Roja Española de misión. Nunca imaginé que la vida me iba a brindar la oportunidad de participar en una misión humanitaria de esta envergadura. Esa oportunidad llegó antes de lo esperado.

Cuando eres enfermero y sales en tu primera misión lo último que te esperas es no estar en contacto diario y permanente con los pacientes en la clínica. Un enfermero en su día a día desea llegar al sitio estar en primera línea y dar lo mejor de  sí y  aprovechar sus conocimientos y habilidades adquiridas para aliviar el sufrimiento  de aquellos que lo necesiten.
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Mi caso fue  distinto desde mi llegada a Grecia. De hecho vine con el encargo de gestionar la farmacia de ‘mi’ campo, Ritsona, y, a la vez, realizar la función de almacén general para los dos campos en los que opera la Cruz Roja Española. Honestamente, en el momento que recibí la noticia, pensé que se trataba de una mala broma. Pocos días después, me di cuenta de que lo que me esperaba era estar entre cajas y papeles. Sin embargo, con el tiempo descubrí, que en cierto modo aquello era también muy importante, y que aunque no estaba en contacto directo con los pacientes, con la gente, al fin y al cabo podía hacerles la vida un poco mejor desde mi posición realizando mis funciones como delegado internacional de la Cruz Roja Española. El trabajo evidentemente tiene sus complicaciones, como cualquier trabajo en España, pero con el añadido de que estás en un país extranjero, con sus características particulares, tratando con personas refugiadas, con una cultura y costumbres totalmente distintas a la nuestra.

Después de un tiempo y con los cambios imperceptibles en situaciones como ésta, fui asumiendo otras funciones que me permitieron tener más contacto con la clínica, cosa que me aportó muchísima satisfacción personal porque finalmente estaba realizando aquello que sabía hacer y todo aquello que había imaginado desde el principio.

La experiencia en Grecia ha sido satisfactoria a nivel personal, aunque algunos recuerdos se me quedarán en la retina para siempre. Recuerdo especialmente, un día estresante durante mi guardia, con la mitad del personal en España de capacitación y con mil personas alrededor nuestro haciendo distribuciones.

Aquel día, teníamos la sensación de que había problemas cada cinco minutos y cuando pensábamos que ya no podía ir a más justo en ese momento de caos llega una madre con una bebe de nueve meses en  brazos corriendo y con cara desesperación suplicando ayuda porque la niña se había quemado con té hirviendo el brazo.

¿Qué es lo primero que haces en una situación como ésa?  Cuando eres enfermero y sabes lo que tienes que hacer, vas directo al problema, te preocupa dar los primeros auxilios sin hacer más daño. Haces la cura de la herida de la mejor manera que puedas. Después de los momentos de tensión, te debes decidir cuál es la mejor opción y los pasos a seguir para proporcionar los mejores cuidados y el mejor tratamiento para una niña tan pequeña. Conociendo los riesgos de infección, las curas dolorosas, etc, conversamos el equipo de salud y, junto con la pediatra, decidimos derivarla con urgencia en ambulancia al hospital. Con la esperanza de que la niña fuese tratada en una unidad de quemados especializada.

La niña como era de esperar estuvo hospitalizada durante unos días antes de volver al campo de refugiados. Volvió con las respectivas instrucciones para hacerle las curas. Desafortunadamente no contaban con que las condiciones que tienen las personas refugiadas en los campos no son las idóneas ni se pueden comparar con las que tendría cualquier familia en Europa. Sin embargo, intentamos explicar los cuidados que deberían tener en cuenta pese a las barreras culturales e idiomáticas que supone un contexto como el campo de refugiados.

A la mañana siguiente nos encontramos a la madre con la niña en brazos en la puerta de la clínica esperándonos para que le tratásemos las heridas. La niña durante la noche se había tocado la herida y se había desprendido parte de la piel superficial. Consultando con el equipo médico y con todas nuestras limitaciones asumimos el riesgo de realizar las curas en nuestra clínica. Fueron momentos difíciles con Narmin, nunca en mis años de carrera se me ha dormido una niña en los brazos durante una cura tan dolorosa.

El verla sonreír y seguirme con la mirada dondequiera que fuera era mi mayor alegría y satisfacción. No sé explicar lo que sentí cuando Narmin me extendía los brazos, aun estando en los brazos de su madre o de su padre.

Tiempo después, Narmin ya tenía la herida mucho mejor, ya no sentía dolor cuando la curábamos, le quedaba menos tiempo hasta que se recuperase del todo; pero aun así, seguía durmiéndose en los brazos todos los días cuando la trataba. No le importaba si le hablaba en castellano o no, me tiraba de la barba y me mordía jugando los dedos. Cada día venía con una sonrisa que hace olvidar todo lo demás.

Ya me despido de mi misión en Grecia, fueron unos meses muy intensos pero también gratificantes. Conocí y compartí con gente excepcional. Nunca olvidaré todos aquellos momentos y aquellas situaciones que hemos  vivido, pero el recuerdo del sueño de Narmin me quedará el resto de mi vida. Sinceramente Narmin, te deseo lo mejor en la vida y que esa quemadura no deje nunca huella en tu camino hacía el futuro.

Gracias a mis compañeros y a la Cruz Roja Española por ésta grandiosa oportunidad.

Kike.

El invierno llega. También para los refugiados en Grecia

Por Anita Dullard, Federación Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja.

Amina Sulimán y Klaled Al Khedur, voluntarios y refugiados en el campamento de Nea Kavala, Grecia.

Amina Sulimán y Klaled Al Khedur, voluntarios y refugiados en el campamento de Nea Kavala, Grecia.

Klaled Al Khedur y Amna Sulimán vinieron a Grecia para quedarse por poco en principio, antes de continuar su viaje a través de Europa. Nueve meses después, están todavía en el norte de Grecia, tratando de hacerse a la idea de que permanecerán aquí durante al menos nueve más.

“No tenemos ningún plan para el futuro porque estamos atrapados aquí. Estamos esperando al programa de reasentamiento de la UE. Pero ahora mismo no tenemos ni idea de cómo va a ser nuestro futuro,” afirma Khaled.

Khaled y Amina son solo dos de las más de 60.000 personas que se han quedado varadas en Grecia desde que la frontera norte cerrara, la puerta hacia el resto de Europa.

Se mantienen activos como voluntarios en el grupo de fomento de la higiene de la Cruz Roja, concienciando a sus compañeros en el campamento de migrantes de Nea Kavala donde viven, sobre temas de salud y gestión de desechos, y recientemente, distribuyendo artículos para combatir el invierno.

“Estamos contentos de ayudar a la gente que vive en el campamento para mejorar su situación y hacer que sea un lugar más habitable.”

“Nuestras tiendas se inundan cuando llueve”

En Grecia central, las familias hacen frente a problemas similares. Anima comparte una tienda con su madre, cuatro hermanos y tres hermanas. La familia vivió durante ocho meses en el campamento de migrantes de Ritsona. Para afrontar el invierno, Amina ha estado tejiendo bufandas de lana y gorros de punto para que la familia no pase frío.

Al describir la vida en el campamento, Amina señala, “Es realmente dura. Ayer había una rata en los aseos. Y nuestras tiendas se inundan cuando llueve.”

Tanto Nea Kavala como Ritsona están trasladando a sus residentes a módulos prefabricados que cuentan con electricidad, calefacción, duchas y aseos. Pero no en todos los campamentos son tan afortunados. En otros campamentos, donde la gente va a quedarse en tiendas durante todo el invierno, la Cruz Roja ha estado trabajando con otras asociaciones humanitarias para proporcionar aislamiento y revestimiento a las tiendas a fin de proteger a sus inquilinos del viento y la lluvia.

“¿Qué clase de vida es esta?”

En el campamento de migrantes de Cherso, Mohammad Ali Alshekh vive con sus dos hijos adolescentes. Él y sus hijos pasarán el invierno en una tienda. Dice “en Siria, era el propietario de un negocio de piezas de recambio para automóviles europeos. Ahora me tengo que conformar con vivir en una tienda, sin que se vislumbre una solución. ¿Qué clase de vida es esta para mis hijos?”

La Cruz Roja exige la reubicación para la gente que se ha quedado varada en Grecia. Más de 12 meses tras el inicio de la crisis, la Cruz Roja sostiene es preciso ayudar a esta gente para que abandone los campamentos y sea trasladada a viviendas más duraderas y dignas.

El Jefe de oficina de la IFRC, Rubén Cano, señala que “es esencial que la respuesta en Grecia pase del estado de urgencia a soluciones más sostenibles y duraderas. Esto incluye viviendas para gente que va a quedarse durante los próximos meses y el rápido reasentamiento de los solicitantes de asilo y refugiados en el marco de los esquemas de reasentamiento y de la reunificación familiar de la UE.

 

Desde entrenadores de fútbol a peluqueros: los refugiados se hacen cargo de la formación de niños

Por Anita Dullard, Federación Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja.

En el campamento de Skaramagás en Grecia, hay profesores, médicos, abogados, traductores, costureras, peluqueras, entrenadores de fútbol… lo que quieras. Huyendo de la guerra y la violencia, esta gente ha dejado atrás no sólo sus casas sino también sus profesiones, por el momento.

“Todas las respuestas están ya en la comunidad,” explica Helen Pardo Riikonen, delegada de apoyo psicológico que trabaja para la Cruz Roja Helénica en Grecia. “No nos hace falta empezar desde el principio porque la gente que vive en los campamentos tiene muchísimas aptitudes y estamos trabajando junto a ellos para empezar y poner en marcha actividades sociales.”

Riikonen forma parte del equipo de apoyo psicológico de la Cruz Roja, que trabaja con personas que sufren los efectos del estrés y situaciones traumáticas, y procura velar por el bienestar mental y físico de la gente que se ha quedado desamparada en Grecia. Afirma que crear oportunidades para que la gente emplee y adapte sus conocimientos y experiencia es fundamental para que ellos pasen a ser supervivientes en lugar de víctimas.

 

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“Es importante que la gente se sienta útil para su comunidad, dondequiera que esté,” asegura. “Quieren sentirse implicados. Los propios emigrantes detectan las necesidades y elaboran el programa y la gestión de las actividades y la formación para niños y adolescentes. Procuramos capacitar a la gente para que pueda hacerse cargo de organizar actividades y gestionar el espacio del campamento.”

Este enfoque centrado en la comunidad aporta numerosos beneficios psicológicos y sociales para la gente que vive en los campamentos.

Riikonen explica: “Nuestras actividades psicosociales constituyen un lugar seguro para niños y adultos que, a menudo, han vivido en carne propia y han sufrido las calamidades de la violencia en sus hogares, así como el terrible camino que han tenido que hacer para escapar.

La Dirección General de Ayuda Humanitaria y Protección Civil (ECHO) de la Comisión Europea apoya la obra de la Cruz Roja en territorio griego, que incluye la puesta en marcha de sus programas de apoyo psicológico.

Marilena Jatziantoniu de ECHO declaró: “Mucha gente ha sufrido múltiples pérdidas y están de luto por sus seres queridos, por sus hogares y la vida que han dejado atrás. Asimismo hay niños que no tienen familia con ellos o que han perdido a su familia por el camino.

“Este el motivo por el que la Comisión Europea apoya a la Cruz Roja para proporcionar ayuda psicológica en sitios como Skaramagás y otros lugares.”
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Volví a Grecia para ayudar a mis compañeros afganos

Sharif tiene 27 años, es de Afganistán y vive en Suecia desde 2013. Tras 18 años como refugiado, al fin encontró en Suecia un lugar al que poder llamar hogar.  Tras saber que miles de compatriotas se encontraban varados en terribles condiciones en Grecia, Sharif decidió abandonar la comodidad de su domicilio para trabajar en los campos de refugiados con Médicos Sin Fronteras (MSF). Esta es la historia de su viaje.

Más de 3.500 personas, de mayoría afgana, han estado viviendo durante meses en tiendas en la antigua terminal del aeropuerto o en dos estadios olímpicos abandonados. Pierre-Yves Bernard/MSF.

Más de 3.500 personas, de mayoría afgana, han estado viviendo durante meses en tiendas en la antigua terminal del aeropuerto o en dos estadios olímpicos abandonados. Pierre-Yves Bernard/MSF.

Mis padres y yo tuvimos que huir de Afganistán en 1998 y buscamos refugio en Pakistán. Sin embargo, en 2006, con solo 17 años, tuve que volver a huir porque estaba en peligro. Quería ir a Europa, donde soñaba con una vida mejor. Pasé dos años tratando de llegar a Grecia, pero cada vez que lo intentaba era capturado por las fuerzas de seguridad iraníes o turcas y enviado de vuelta a Afganistán. No tenía suficiente dinero para pagar a los traficantes así que continué intentándolo. Mi objetivo era llegar a Suecia, quería estar lo más lejos posible de Afganistán.

Llegué a Grecia por primera vez en 2008. Durante los siguientes tres años hice todo lo posible para poder continuar mi viaje. Durante mi periplo pasé por Grecia, la Antigua República Yugoslava de Macedonia (ARYM), Eslovaquia, Hungría y Austria; he sido arrestado, detenido en espantosas condiciones, golpeado, amenazado y humillado. Incluso me enviaron de vuelta a Afganistán. Hubo una vez en que corrí riesgo de ahogarme. Pensé en muchas ocasiones que iba a morir. Pero mi tenacidad me salvó. He tenido que vivir todos estos años clandestinamente, escondiéndome de policías, traficantes, mafias, ladrones y violentas milicias extremistas, con el único objetivo de sobrevivir.

MSF también da asistencia psicológica individual y social a los refugiados en Suecia. En este caso, nuestro mediador cultural habla con Khaldoun Ali Ali y su hija, dos palestinos que tuvieron que huir de Damasco, Siria. Karin Ekholm/MSF.

MSF también da asistencia psicológica individual y social a los refugiados en Suecia. En este caso, nuestro mediador cultural habla con Khaldoun Ali Ali y su hija, dos palestinos que tuvieron que huir de Damasco, Siria. Karin Ekholm/MSF.

Conseguí llegar a Suecia en 2011 donde solicité asilo. Al principio me lo denegaron. Me escapé a Dinamarca, donde fui detenido en un centro de detención durante un mes, antes de ser deportado a Suecia.

Desde 2013, mi vida ha cambiado por completo. Ese año me reconocieron el estatus de refugiado y me han concedido un permiso permanente de residencia. Puedo estudiar, trabajar, encontrar alojamiento y vivir una vida decente, todo legalmente.

En el campo de béisbol, más de 900 personas se han visto obligadas a vivir en tiendas desde Febrero. Pierre-Yves Bernard/MSF.

Cuando comenzó la crisis migratoria en Europa, mi experiencia personal hizo que tratara de ayudar a los refugiados en Suecia. Oí que muchos afganos se habían quedado bloqueados en campos en Grecia. En los medios hablaban de una catástrofe humanitaria; así que decidí volver.

Cuando llegué, trabajé como mediador cultural para MSF en el campo de Elliniko, donde viven alrededor de 3.500 refugiados, la mayoría afganos. Pronto desempeñé el puesto de coordinador de Actividades de Salud. En esta posición, he aprendido a a promover mensajes de salud a la población. Escucho a la gente, recabo información sobre sus problemas y trato de mejorar su situación. Estas personas aún tienen esperanzas y expectativas, pero se dan de cara contra un muro. A veces, comparto su desesperación.

Hay rumores de que pronto cerrarán el antiguo aeropuerto. Psicológicamente, esta incertidumbre sobre su futuro supone una carga más para los refugiados, ya que no reciben ningún tipo de información. Pierre-Yves Bernard /MSF.

Hay rumores de que pronto cerrarán el antiguo aeropuerto. Psicológicamente, esta incertidumbre sobre su futuro supone una carga más para los refugiados, ya que no reciben ningún tipo de información. Pierre-Yves Bernard /MSF.

Después de todo por lo que he pasado, solo quiero ver a mis padres. Solo era un niño cuando tuve que dejarlos en Pakistán. Se supone que nos encontraríamos en Suecia y empezaríamos el proceso de reunificación familiar. Pero antes de recibir la documentación, tuvieron que huir de Pakistán porque sus vidas estaban en peligro. Ahora están en Turquía, un lugar más seguro que Pakistán. Hablo todos los días con ellos por teléfono. Soy hijo único. Me extrañan y les echo demasiado de menos.