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Entradas etiquetadas como ‘msf haiti’

Haití, quince meses después: de vudú, ouganes y peristilos

Por Segimon García-Prades Querol (Médicos Sin Fronteras, Haití)

Aunque casi el 50% de los haitianos residen en Puerto Príncipe, el resto viven en el campo, subsistiendo de la agricultura y a menudo realmente aislados, incluso teniendo que andar varias horas hasta la carretera más cercana. En estos sitios aislados es donde también son muy relevantes las acciones de información y promoción de la salud.

La importancia —básica— de la rehidratación precoz del enfermo de cólera marca en muchos casos la diferencia entre la vida y la muerte. Sin una rehidratación oral correcta, muchos de estos enfermos no llegarían a los centros de tratamiento. Es por eso que la información y la donación de dosis de sales de rehidratación oral son cruciales. Y es a través de los líderes locales y religiosos que esa información llega a la población más aislada.

A menudo les convocamos a reuniones multitudinarias donde se explica cómo se transmite la enfermedad y cómo administrar el tratamiento precoz con suero oral. Naturalmente surgen dudas, preguntas y diálogo. Y es eso lo que nos permite saber cuáles deben ser las respuestas y las formas correctas de propagar el mensaje para que sea comprensible para la población.

El vudú es una creencia largamente extendida en Haití, especialmente en los medios rurales. Lejos de la imagen estereotipada de gallinas negras decapitadas, mujeres en trance, muñequitos con agujas y zombies insomnes, el vudú tiene una gran implantación entrelazada con la cooperación social y la colaboración comunitaria.

Y aunque algunas creencias pueden ser contrarias a nuestros conocimientos biocientíficos sobre el origen de la enfermedad, evitamos enfrentarnos a ellas de forma directa. Tampoco desautorizamos a sus líderes, puesto que lo que necesitamos son aliados y no más enemigos. El cólera ya es un enemigo lo bastante fuerte.

Las reuniones con “ouganes” (sacerdotes vudú) son realmente productivas puesto que ellos, como los pastores protestantes o los curas católicos, tienen una gran capacidad de ser escuchados por la comunidad en los “peristilos” (las ‘iglesias’ vudú), y así difundir los mensajes que pueden ayudar a prevenir la enfermedad o a tratarla con prontitud en los Centros de Tratamiento de Cólera (CTC).

La epidemia, afortunadamente, está perdiendo empuje. Sólo en el CTC del barrio de Bicentenaire, en Puerto Príncipe, han sido tratados más de 5.700 pacientes. Posiblemente la mitad hubieran perdido la vida si no hubieran sido tratados correctamente y a tiempo. Y el que sea “a tiempo” es en gran medida responsabilidad de una buena sensibilización, que permita a la gente saber que el cólera no es más que una enfermedad fácilmente tratable, que les permita saber que hacer y donde llevar a los enfermos.

No tenemos demasiados datos que nos indiquen cuál es el impacto de una buena sensibilización, pero sí que podemos decir que al principio de la epidemia mayormente acudían a nuestro centro sólo los casos mas graves, puesto que la gente sentía miedo y vergüenza: hasta que no veían la muerte muy de cerca, no iban al centro de tratamiento.

Afortunadamente para finales de febrero, muchos de los pacientes ya llegaban con una simple diarrea, y después de unas horas de observación regresaban de nuevo a sus casas. La población había perdido el miedo a la enfermedad. La sensibilización había ganado la batalla a la estigmatización. Y es que la lucha contra una enfermedad no se gana sólo en la sala de un hospital.

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Foto superior: Ruben, promotor de la salud de MSF, durante actividades de sensibilización e información para frenar la propagación del cólera, en el centro de salud de Barbe (región de Artibonite, donde se declaró la epidemia). (© Benoit Finck/MSF)

Foto inferior: Traslado de un paciente en estado severo desde la unidad de tratamiento en Martissant al Centro de Tratamiento del Cólera en Sarthe (© Aurélie Baumel/MSF)

Haití, catorce meses después

Por Segimon García-Prades Querol (Haití, Médicos Sin Fronteras)

Salgo a la calle después de una sesión informativa sobre el cólera en una escuela de secundaria en Carrefour Feuille. El calor y el ardiente sol me recuerdan que estoy en el Caribe, pero en uno de los barrios más tocados por el terremoto del 2010 y también por el cólera. Estoy en Puerto Príncipe, capital de este país incombustible que es Haití.

Los alumnos y alumnas de 12 a 16 años han hecho un montón de preguntas en una sala con desconches y grietas que siguen recordándonos a todos el seísmo que sacudió la ciudad. El polvo, omnipresente e inevitable desde el temblor, lo sigue cubriendo de nuevo todo cada día, pese a los denodados esfuerzos de los haitianos por deshacerse de él.

Sin embargo, los alumnos, sentados en bancos de madera frente a una pizarra pintada en negro sobre la pared, lucen impolutos uniformes con camisa azul celeste y pantalón azul marino, los chicos, y blusa azul celeste y falda azul marino, las chicas. Cintas del mismo color adornan de una forma alegre y naíf los diferentes peinados y trenzas “afro” de las chicas.

Las preguntas, sobre el cólera, son discutidas y analizadas entre ellos y algunos que conocen la respuesta. Los profesores alientan el diálogo. También intervienen la pareja de sensibilizadores, especialmente aclarando dudas sobre la transmisión de la enfermedad. Todos hablan en criollo haitiano, que más o menos puedo seguir.

Hablan con confianza y seguridad, con el desparpajo y alegría natural de los haitianos. Y como siempre cuando se habla de caca, letrinas y hábitos de higiene, surgen ocurrencias y risas. Una vez terminado el debate, los más pequeños cantan una canción sobre las moscas y lo que hay que hacer al salir del “baño”.

Es muy importante que ellos sepan cómo se transmite el cólera.

Por muchas razones.

Porque ellos pueden ser posibles víctimas de la enfermedad si no se protegen.

Porque ellos pueden alentar a sus familias a seguir normas de higiene.

Porque ellos son casi todos y todas responsables de transportar el agua de consumo doméstico. Desde la fuente municipal, el depósito o el tanque, hasta su casa o lo que queda de ella. Veinticinco litros en equilibrio sobre sus cabezas sobre los bonitos trenzados del pelo. Deben saber de la importancia de beber el agua tratada y de mantener desinfectado el cubo para transportarla y guardarla en casa.

Y ese es nuestro trabajo en MSF en el ámbito de la promoción de la higiene y la salud. Comprender cuáles son las inquietudes y dudas de la población sobre la enfermedad del cólera, y ayudarles a entender cuáles son las mejores maneras -en el marco de sus posibilidades- , para protegerse contra ella, y cómo actuar en caso de caer enfermo.

Como en cualquier epidemia, especialmente si causa mortalidad, los rumores y falsas informaciones desatan una vorágine de malentendidos que no ayuda en nada, y lo único que consigue es aumentar la confusión y la propagación de la enfermedad y a estigmatizar a aquellos que caen enfermos. Recordemos por ejemplo la cantidad de prejuicios y malas informaciones que durante años han revoloteado, y revolotean, alrededor del sida.

El cólera tiene además una virulencia enorme y la falta de información puede provocar –y ha provocado- terribles efectos sobre la vida de las personas. Enfermas o no.

En próximos posts seguiré contándoos algunas experiencias que estoy viviendo en Puerto Príncipe en esta lucha contra el cólera que aún hoy continúa. ¿Alguien recuerda la epidemia de cólera en Barcelona de 1853? ¿Cuál es el papel de los sacerdotes de vudú? Continuará…

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Foto superior: Lavado de manos, una de las medidas preventivas para evitar la propagación del cólera, en el Centro de Tratamiento de MSF en Tabarre, Puerto Príncipe (© Aurélie Baumel/MSF).

Foto inferior: Personal de MSF lavando los recipientos utilizados en la atención a pacientes de cólera, en el Centro de Tratamiento de MSF en Sarthe, Puerto Príncipe (© Aurélie Baumel/MSF).

Un día de cólera (2ª parte)

Por Xavi Casero (Haití, Médicos Sin Fronteras)

 Así es. No lo ven, no quieren verlo. No les dejan verlo. No les han dejado verlo, o a quien intentó verlo no le pudieron pagar las gafas graduadas para ver tal necesidad. Necesidad de simplemente dar un salto. Ellos quieren saltar, no de mierda en mierda, sino hacia una vida mejor. Pero no les dejan, no les dejamos.

Y me sigo preguntando si lo ven o no lo ven. Sigo sin obtener respuesta, mientras voy al centro del tratamiento del cólera en mi coche con todo tipo de radios para comunicarnos todos con todos, en una capital donde la comunicación es en criollo. Idioma que sólo ellos conocen.

Por fin llego a nuestro CTC. Bien vallado y aislado a simple vista de todo el desasosiego, inseguridad, barbarie, desaliento que nos rodea. Bien vallado para los que aquí venimos nos sintamos seguros y podamos trabajar, intentar pensar.

Nuestro trabajo consiste en salvar vidas de esas gentes que, viviendo en la porquería, bebiendo el agua que emana de semejante injusticia negra, en forma de fuentes de contagio de un cólera mortal, nos llegan medio moribundos en camilla.

Nos llegan en camilla, alguien los trae. Alguien los deja en la puerta. Si les ha dado tiempo a llegar, pues el cólera te mata en 12 o 24 horas si no sabes que tienes que beber tanta agua como diarreas tienes. Así que muchos no llegan y no vienen en camilla. Directamente otros los llevan quién sabe dónde y los entierran quién sabe dónde. Pero otros nos llegan, y nuestro trabajo es curarlos.

No es fácil ni difícil, curarlos es nuestro trabajo. Gracias a unos goteros maravillosos que vienen de la maravillosa Europa que todo lo puede, y después de cuatro o cinco o siete días, hemos curado a esa persona que llegó en camilla. No sabemos cómo ni de dónde. Le hemos curado el cólera, le hemos dado comida y plátanos.

Hasta un cursillo acelerado para que no vuelva a beber esa agua o liquido negro que rodea las alcantarillas de su casa. Si es que la tiene. La casa.

Pero no le damos dinero para comprar agua embotellada. Este no es nuestro papel, y en todo caso tampoco es la solución en un país que está, en tantos ámbitos, al borde de la quiebra.

Por suerte se habrá inmunizado del cólera y aunque vuelva a beber agua llena de bacterias malignas, ya no morirá de ello. Morirá de una malaria que nadie atendió, una tuberculosis que nadie trató, un sida que nadie diagnosticó, una neumonía o crisis asmática o infarto que ni el mismo notó… pero ya no morirá de cólera. Morirá de alguna otra cosa de las muchas que golpean a esta gente, de las muchas que pueden matarte cuando nunca vas al médico: llevamos 20 años trabajando en este país pero todo lo que hacemos nunca parece suficiente porque no podemos llegar a todos.

Pero nos sentimos bien. Porque esa persona ya no ha muerto de cólera, y puede volver a su basura, a su casa de plástico que una ONG le hizo, a su medio cuarto medio derruido que le queda después del terremoto. Puede volver a su casa sin familia que le espere. Puede volver a su casa sin hijos, ni perros, ni televisión ni vistas al mar. Porque el mar que divisa también es mugriento y lleno de plancton lleno de cólera. Un mar donde también flotan las bolsas de plástico como si fueran medusas artificiales, que tardarán años en descomponerse.

Y nos sentimos contentos porque hemos vencido un caso más de cólera. Y con el trabajo bien hecho nos volvemos a casa en nuestro coche. Con las ventanillas bien subidas, los pestillos bien cerrados para nuestra seguridad.

Y volvemos a casa volviendo a mirar por las ventanillas el mismo paisaje de diez horas atrás, que no ha cambiado. Todo sigue ahí: el río inundado de bolsas, plásticos, coches quemados, toneladas de basura que desbordan su negra agua, su hedor. Todo sigue igual. Y nosotros llegamos a casa, donde nos espera el reposo hasta el día siguiente.

Intentamos comer algo. Intentamos hablar algo. Intentamos olvidar tanto, mucho, todo lo visto ese día que os acabo de contar. Todo eso hay que hacerlo antes de que vuelva a sonar el despertador a las 5 o 6 de la mañana del día siguiente para ir a seguir salvando vidas.

Hay que aprovechar las pocas horas de calma y sosiego para no hacerte más preguntas, responderte a una o dos, las más sencillas. Pensar solo en lo bueno, bonito de cada día: la cara de ese niño sonriente que se fue de alta agradeciéndote que vuelve a correr. El espíritu de satisfacción de tantas miles de personas que desde que estamos aquí nos agradecen cada día nuestra presencia. Los cientos, miles, millones de sonrisas que nos dedican los habitantes de esta gran y negra urbe por intentar ayudarles a dar el salto.

Ese gran salto a la felicidad, que es sinónimo de igualdad de oportunidades. Para que, si yo puedo y quiero vivir, lo haga. Y para que si ellos quieren y pueden vivir, también lo hagan. Y que no venga una epidemia y se lo impida.

En eso pensamos, para poder conciliar el sueño… en que mañana, otros diez o veinte haitianos habrán encontrado una razón más para seguir adelante. Una razón muy poderosa que a todos nos mueve: la razón de un poco menos de sufrimiento en cada uno de nuestros días.

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Foto 1 y 3: Centro del Tratamiento del Cólera de MSF en Dessalines (© Amos Hercz)

Foto 2: Barricada en el barrio de Petionville, Puerto Príncipe, vista desde una ambulancia de MSF (© Aurélie Baumel)

Haití, trece meses después: un día de cólera

Por Xavi Casero (Haití, Médicos Sin Fronteras)

Puerto Príncipe es un basurero. No me atrevo a decir Haití porque todavía no he salido de esta ciudad y hace ya casi un mes que llegué.

Parece que el Dios del desorden, caos, suciedad y nubes de polvo es quien reina en esta capital. En realidad se diría que no hubiera aquí ningún dios, más allá de aquel que se interprete como sinónimo de miseria, pobreza, resignación del país más pobre de todo el continente americano.

En medio de todo este río de aguas negras, jungla de contenedores reventados, millones de bolsas de basura que decoran todos los rincones, perros famélicos que cojean antes de morir atropellados, cerdos inmundos perdidos por las calles que comen tanta barbarie, desperdicios y mugre…

… en medio subsisten los haitianos.

Como pueden.

Yo los veo desde el coche cada día al ir al trabajo. Al CTC (centro de tratamiento de cólera) que tiene Médicos Sin Fronteras en medio, también, de este bosque amazónico de catástrofe, destrozos, ruinas y restos de lo que fue una ciudad antes de un gran terremoto.

Lo veo todo desde el coche: la basura, la gente que vive y se alimenta de ella, gente de todas las edades, los perros y las ruinas. Lo veo todo desde mi coche de MSF que me protege, me aísla de tanto sufrimiento y nubes de polvo y polución. Yo voy sentado, con mi cinturón de seguridad.

Ellos van descalzos, andando, en bicicleta … Quien tiene más dinero se paga un “tap tap”, que viene a ser una camioneta abierta tipo “pick-up” destrozada por los años, sin suspensiones, que en vez de humo echa lava fundida y que se desplaza más lenta que el que anda. Va cargada de tanta gente que hay quien cuelga más de medio cuerpo y no se mata en el trayecto porque el dios del desorden y la pobreza, que aquí reina, lo protege.

Yo lo veo todo desde mi coche, mientras voy cada día al CTC. Y me asaltan cada día millones de preguntas. Como me asaltaban cuando trabajaba en otras ciudades del África subsahariana, donde la rabia es idéntica.

Donde la dignidad humana también se perdió hace siglos, donde también impera la gente descalza y un calor insoportable que a quien no va en mi coche le toca sufrir.

Preguntas sin respuesta, mientras voy al trabajo. Preguntas que es mejor dejar en silencio porque su respuesta pudiera destruirnos a todos. Pero hay una que no me quito de la cabeza. Cada día me asalta mientras voy al CTC: ¿es que no lo ven?

(Continuará…)

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Foto superior: Vertedero de Puerto Príncipe (© Nicola Vigilanti).

Foto inferior: Cité Soleil, arrabal chabolista de Puerto Príncipe (© Michael Goldfarb/MSF).

Haití: despedida desde “el patio de atrás”

Por Amos Hercz (Haití, MSF)

Hay un aspecto de la pobreza de Haití que llama especialmente la atención del mundo y de la prensa: lo cerca que está del país más rico del planeta. Es una idílica isla tropical “en nuestro patio de atrás”. Esta puede parecer una frase hecha de la prensa, pero en el caso de Anse-a-Pitre, ciudad fronteriza, es una descripción literal.

En muchos aspectos, es sólo otra comunidad más como las que he visitado: pocas carreteras asfaltadas, y la mayoría de las casas son chozas sin ventanas levantadas a base de barro y maderos. No es posible comprar gasolina, rara vez hay electricidad y, desde luego, no hay internet.

Y al otro lado de la frontera y perfectamente a la vista, está Pedrales, en República Dominicana. Allí hay señales de tráfico. Hay aceras. Hay líneas de alta tensión. Hay casas con pulcros jardines delanteros. Hay cafeterías y restaurantes. Hay un hospital con salas de hospitalización, urgencias, e incluso ambulancias aparcadas en la puerta. Como en mi país.

Por cierto, ya vuelvo a casa, mi misión aquí ha terminado. Os agradezco a todos los lectores de este blog el apoyo prestado durante estas semanas.

Llegué a Haití a mediados de noviembre, y aquella semana MSF trató a 12.000 pacientes con cólera; es decir, en una semana, atendimos en este país a más gente de la que solemos atender en otras epidemias de tres o cuatro meses de duración en otros países. Esperemos que la próxima sea menos grave.

Hasta la próxima,

Amos.

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Foto superior: Escombros en Puerto Príncipe (© William Martin / MSF)

Foto inferior: Pacientes en el Centro de Tratamiento de Cólera de Dessalines (© Amos Hercz)

Haití: destilando información

Por Amos Hercz (Haití, MSF)

Después de mi último post, dejé el valle de Artibonite para seguir trabajando en la respuesta al cólera en el sureste de Haití. Se tarda horas en llegar a Anse-A-Pitre por polvorientas carreteras de montaña apenas transitables. Aunque en general los casos de cólera están disminuyendo, en comunidades rurales o apartadas como esta sigue habiendo brotes.

Estamos intentando elaborar un mapa de las instalaciones en las que se proporciona tratamiento, y una lista de contactos que nos ayuden a hacer el seguimiento de las actividades contra el cólera: esperamos ver más casos en la próxima estación de lluvias, y nuestra capacidad de reacción inmediata dependerá de lo fiable de este seguimiento y de nuestra capacidad de alerta temprana.

Nuestra investigación se basa, sobre todo, en hablar con personas de la zona y con los líderes locales. A partir de ahí, destilamos la información útil. ¿Los pacientes enfermos de los que nos hablan presentan síntomas de cólera, o de alguna otra enfermedad? ¿Están enfermos ahora mismo, o lo estaban, y el brote ya ha pasado? ¿Si en verdad están enfermos ahora, podemos verles?

Muchas personas ocultan que tienen diarrea por miedo a que les sea diagnosticado el cólera, ya que la enfermedad está muy estigmatizada. Incluso se oculta la causa de las muertes. La gente teme no poder oficiar un funeral apropiado, o ser rechazada por sus vecinos.

Circulan rumores de todo tipo. Con una tasa de alfabetización de apenas 62% y pocos medios de comunicación, la sociedad haitiana tiene un vínculo muy fuerte con la tradición oral. Las noticias locales y los rumores pueden ser una mezcla de medias verdades y mentiras absolutas que circulan de boca en boca o por mensajes de texto. Difundir información básica sobre salud es todo un desafío.

Hemos invertido mucho tiempo en la formación de médicos y enfermeros locales para que puedan atender casos de cólera. No dejamos de ser unos extranjeros aquí, así que luchamos una dura batalla. Sin embargo, la reputación de MSF entre los haitianos es muy buena, y eso ayuda.

Una de mis responsabilidades principales es difundir una cultura médica que en los países ricos damos por sentada. Pero una cosa es lo que dicen los libros de texto, y otra es llevarlo a la práctica. Aprendemos a identificar cuándo se puede desestimar algo que a priori parece preocupante, y cuándo dar la señal de alarma. En Haití, la cultura de la salud está tan fracturada como los edificios de Puerto Príncipe. Por eso construimos también capacidad humana.

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Foto superior: Centro de Tratamiento del Cólera de Tabarre, sala pediátrica (© Aurelie Baumel/MSF).

Foto inferior: Pacientes de cólera y sus familiares son rociados con solución de cloro, CTC de Tabarre (© Aurelie Baumel/MSF).

Cólera: un día… y otro… y otro…

Por Amos Hercz (Haití, Médicos Sin Fronteras)

Empiezo el día visitando pacientes con Elena, una médico que llegó aquí dos semanas antes que yo. Las notas de los médicos son breves y concisas. Las reevaluaciones son frecuentes. Estamos tratando una enfermedad: cólera. Pero a veces también llegan pacientes con fiebre y signos de anemia: tienen malaria, que también puede producir diarrea. Mientras intentamos asegurar el diagnóstico, tratamos la malaria y otras complicaciones, pero lamentablemente no podemos hacer mucho por los pacientes con enfermedades crónicas.

Para cuando llega la tarde, ya estoy corriendo como un loco: ya he asumido las funciones clínicas de Elena. Esto le ha permitido regresar a la oficina y concentrarse en analizar las estadísticas, evaluar las necesidades de suministros médicos, contratar personal y, en general, intentar planificar para lo imprevisible.

Visitamos el centro de tratamiento del cólera (CTC) que estamos construyendo. Va rápido. Y después de la cena, seguimos con las reuniones hasta bien entrada la noche. Hemos estado recopilando datos sobre las localizaciones de las que proceden los pacientes, e identificando las comunidades donde parece que hay más casos agrupados. Nuestro enfermero de consultas externas irá allí mañana para determinar si tenemos que organizar puntos de rehidratación oral.

Y efectivamente, así es. Nuestro enfermero establece puntos de rehidratación en numerosas comunidades de los alrededores, como Niels, Gilbert, Coupe à L’Inde. En una de ellas, Post Pierrot, se estaban registrando hasta 50 casos nuevos por día, así que establecemos directamente un centro de tratamiento.

En Dessalines, hemos estado trabajando con médicos haitianos con el fin de optimizar la gestión de los casos de cólera. Esto es nuevo para todos ellos, porque no ha habido un caso de cólera en Haití en más de una generación. Ahora que estamos “construyendo” nuestra fuerza laboral, podemos enviarles también a las intervenciones fuera de Dessalines. Por ejemplo, Post Pierrot necesita cobertura médica ininterrumpida durante las 24 horas del día.

Es complicado contratar personal médico aquí. Ya antes del terremoto había poco, y muchos murieron en la catástrofe cuando los hospitales se derrumbaron. Promociones enteras de estudiantes fallecieron también. Es una tragedia, aunque es un detalle más dentro de la enormidad de la tragedia en Haití. Yo estudié Medicina en la Universidad de Calgary, en Canadá. Intento imaginar a toda mi clase sucumbiendo de repente en un desastre natural.

Al menos esta mañana, es algo que desafía mi imaginación…

(Continuará…)

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Foto 1: Suero de rehidratación intravenosa para pacientes de cólera, en Dessalines (© Amos Hercz).

Foto 2: Descarga de suministros médicos para el cólera en Dessalines (© Amos Hercz).

Foto 3: Un médico del personal de MSF, entre los escombros del hospital La Trinité de MSF en Puerto Príncipe,  parcialmente destruido en el terremoto del 12 de enero de 2010.  La foto fue tomada tres días después del seísmo. (© Julie Rémy)

De Saint-Marc a Dessalines

Por Amos Hercz (Haití, MSF) 

Me llamo Amos Hercz. Son médico, canadiense, y estoy trabajando con Médicos Sin Fronteras en la epidemia de cólera de Haití.

No pude conciliar el sueño la noche antes de salir con MSF en mi primera misión en terreno. Y creo que no conozco aún a nadie que lo haya conseguido. Esto es una audacia total… el turismo es una cosa, pero “insertarte” en la vida, la enfermedad y la desgracia de otro es muy diferente. Me moría de los nervios.

Llegué a Haití el pasado 15 de noviembre. Me enviaron a Dessalines, en el valle de Artibonite, donde comenzó la epidemia de cólera.

De camino a Dessalines, paramos en Saint-Marc. El Centro de Tratamiento del Cólera (CTC) que MSF había montado allí había salido en las noticias, ya que se produjo una manifestación de gente que no quería tener uno de estos centros en su barrio. Hay mucho estigma rodeando al cólera en Haití.

Cuando llego a Saint-Marc, el CTC está desbordado de enfermos. Un verdadero ejército de médicos y enfermeros se abren camino entre ellos, yendo de un lado a otro sin apenas espacio para moverse. Según pasamos por la zona pediátrica, una niña deja de responder y muere a pesar de los esfuerzos de reanimación. Estoy arrinconado en el espacio abarrotado. En la cama de al lado a otro niño le pasa lo mismo, pero esta vez consiguen reanimarle. Volvemos a los coches y seguimos camino. Tengo un nudo en el estómago.

Al llegar a Dessalines, paso al CTC. Entramos a través del punto de limpieza de manos y calzado: rocían solución de cloro sobre mis zapatos. Personal cargado con tanques de cloro a la espalda anda a diestro y siniestro desinfectando bancos y las zonas del suelo manchadas con fluidos corporales. En Saint-Marc, me había atrapado el olor. Olía… como en una piscina. El cólera no huele, lo único que huele es el cloro. Es un pequeño alivio para los enfermos.

Los pacientes severos tienen un aspecto terrible. Tienen los ojos hundidos debido a la deshidratación, están en silencio, apáticos. No he visto fotos de personas en este estado en la prensa. Creo que los periodistas no se sienten bien fotografiando a personas en este estado, lo cual me parece bien.

MSF llegó a Dessalines el 8 de noviembre. Llegan unos 200 casos de cólera al día. De forma provisional, empezaron a tratar a los pacientes en el patio del hospital local. Se impedía entrar en el hospital a cualquier persona con síntomas de cólera, con el fin de evitar contagios entre los demás pacientes. Pero el patio no es un sitio ideal, es pequeño, irregular, y las diferentes “salas” de nuestro CTC invaden hasta el último rincón. Incluso algunas de las camas son difíciles de alcanzar con comodidad.

Todo el mundo pasa por el “triage”, y es mantenido en observación durante un par de horas, durante las cuales podemos evaluar la gravedad del caso. Quienes responden bien a la rehidratación oral y son capaces de hacerlo por sí mismos, son mantenidos aparte del resto. Quienes están más graves son hospitalizados para dispensarles suero por vía intravenosa, y les instalamos donde podemos, en una cama, una camilla, un banco… y al fondo está la morgue, porque el cólera puede ser mortal.

A veces vienen padres con hijos que acaban de fallecer. Desgraciadamente, la mala gestión de los cadáveres puede contribuir también a la propagación del cólera, así que los desinfectamos con solución de cloro antes de devolverlos a sus familias para el entierro.

(Continuará)

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Fotos: Centro de Tratamiento del Cólera de MSF en Dessalines, Haití (© Amos Hercz)

Haití, diez meses después: Vibrio Cholerae

Por Miriam Alía (Haití, Médicos Sin Fronteras)

Después de casi un año en el equipo de emergencia de Nairobi, el NET para los amigos, por fin he saltado a un nuevo continente. Hace diez días que estoy en Haití. No estoy en Puerto Príncipe: a mí la única ciudad que me gusta es Madrid, así que estoy en Dessalines, una zona de 100.000 habitantes, justo en la región donde empezó la epidemia.

Dessalines es una pequeña ciudad colonial. Me recuerda a Cienfuegos, en Cuba, pero en deteriorado: casas de colores con barandas de madera y adoquines en las calles… y ruido, mucho ruido. A diferencia de Puerto Príncipe, esta zona no estuvo afectada por el terremoto y es bastante más tranquila, aunque en Haití, la gente lleva años viviendo y creciendo rodeada de violencia. Y el trauma del terremoto no ayuda nada, claro. Pero al menos en Dessalines el director de salud de la zona y el señor alcalde están de nuestra parte.

En Haití no ha habido cólera en 100 años, y el rumor de que es una enfermedad importada y traída por los extranjeros nos ha puesto las cosas difíciles, pero aquí la verdad es que nos han acogido bien. Mucho trabajo con la comunidad, y de sensibilización, porque hay muchos rumores y leyendas sobre la forma de transmisión.

Así que, cuando el primer equipo llegó aquí, abrieron un “punto de rehidratación oral” para tratar a los pacientes moderados, y estabilizar a los severos, y luego trasladarlos a Saint-Marc, que es donde estaba nuestro hospital. Al cabo de 2 días, pusimos 10 camas, y montamos una CTU, una unidad de tratamiento del cólera. Pero al día siguiente había 40 pacientes severos, y al otro, 200, así que al final montamos un nuevo centro de tratamiento, un CTC, con 80 camas. Nos metimos en el patio del hospital, en plan “okupas”. Y mientras hemos estado construyendo un nuevo centro, con 200 camas, a las afueras de la ciudad y nos trasladamos ya mismo.

De momento, parece que el número de casos no aumenta mucho en la ciudad y alrededores, aunque la epidemia no deja de subir y bajar. El problema está en la periferia, donde tenemos muchos casos y no podemos trasladarlos. Así que tenemos un equipo, integrado por una enfermera y una logista, que se encargan de montar unidades ambulatorias; y vuelta a empezar… organizamos un punto para dar suero oral, le acabamos poniendo un par de camas, que suben a diez, y en algunos sitios ya estamos en 30. Mi “favorito” es Poste Pierrot, donde cada día tenemos 50 casos, y para llegar hay que cruzar dos ríos a pie, y mandar el material en burros.

El principal problema es encontrar personal sanitario cualificado. Como os decía, hace un siglo que no ven cólera en Haití, así que no saben cómo tratarlo (cómo echo de menos a Sypiila, la enfermera jefa de Lusaka, en Zambia…). Hay que empezar de cero, y el personal es escaso. Que, además, acepten irse a los pueblos y quedarse allí, casi imposible. En Dessalines, nos salvan unas enfermeras formadas en Cuba, y algún médico que estudió en República Dominicana. Así que de momento el personal médico y sanitario internacional tiene que cubrir estas deficiencias, mientras vamos formando al personal local.

El segundo problema es que hay casos en muchos sitios, y de momento sólo un puñado de organizaciones, entre ellas MSF, están haciendo tratamiento. De hecho, MSF está atendiendo cerca del 75% de los casos y, a pesar de tener aquí cientos de expatriados, incluyendo muchos prestados por nuestras misiones regulares, no damos abasto. Y no sabemos si estamos en el pico, o esto puede ir a peor.

Continuará, de la mano de uno de mis compañeros aquí en Dessalines o en alguna otra de las muchas zonas golpeadas por la epidemia…

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Foto superior: Pacientes ingresados en el Centro de Tratamiento del Cólera (CTC) de MSF en el barrio de Sarthe, en Puerto Príncipe (© Francois Servranckx/MSF)

Foto inferior:  Pacientes en el CTC de MSF en el Hospital Choscal del barrio de Cité Soleil, Puerto Príncipe. (© Richard Accidat/MSF)

Busca “haiti” en este blog y sigue la serie sobre las consecuecias del terremoto y la actual epidemia de cólera que golpea a este país…

Haití, nueve meses después: un hospital que aguantará

Por Stéphane Reynier de Montlaux (Haití, Médicos Sin Fronteras)

Hace diez días inauguramos un nuevo hospital en Léogâne, la ciudad más cercana al epicentro terremoto que devastó Puerto Príncipe. Está construido a partir de estructuras prefabricadas, de “containers”. Los últimos pacientes fueron transferidos en septiembre, así que sólo faltaba la inauguración.

Pero voy a empezar por el principio. A pesar de la enorme destrucción causada por el terremoto, Léogâne ha vuelto ya al día a día, a lo cotidiano. Desde marzo, las hospitalizaciones en nuestros centros de salud en esta zona ya no están relacionadas con la catástrofe ahora que las carreteras se han limpiado de escombros, el tráfico ha regresado… y los accidentes también.

Recibimos tres o cuatro víctimas de accidentes de tráfico cada día. Aquí la gente se mueve mucho en moto, así que las heridas resultantes son muy graves. Y ya si hay algún autobús implicado, la cifra de heridos puede llegar a las decenas.

Pero el grueso de las actividades médicas de MSF en Léogâne lo constituyen los partos y las complicaciones relacionadas con estos o con los embarazos. De hecho, un 80% de nuestros ingresos en urgencias se deben a esto. También atendemos a las víctimas de violencia sexual, y contamos con un servicio de planificación familiar.

Como sabréis bien lo que hayáis seguido los posts de otros compañeros en este blog, desde el terremoto del 12 de enero, en Léogâne estábamos atendiendo a los pacientes en grandes tiendas de campaña, incluso a veces bajo lonas de plástico. Y ahora tenemos este nuevo hospital, a base de “containers” como os decía, que tienen la ventaja de que pueden ensamblarse unos con otros con gran rapidez, de forma que la estructura puede adaptarse a las necesidades de cada momento.

Este hospital ha sido como una bendición para la gente de aquí. Cuando se produjo el terremoto, hacía más de dos años que no había ninguna estructura de salud funcionando en la región. Había una clínica privada, pero se fue a la quiebra por falta de clientes: nadie podía pagar, lo cual no es sorprendente si pensamos que el 70% de los haitianos viven con menos de 2 dólares al día1, y que una cesárea puede costar unos 125 sólo la operación… 

Vuelvo al nuevo hospital. Como la estación de ciclones se acerca, teníamos prisa por terminar, así que podría decirse que hemos batido récords. Normalmente se tarda un año en poner en pie una estructura como esta, y la hemos acabado en cinco meses.

A la ceremonia asistieron representantes del primer ministro haitiano, del Ministerio de Sanidad y del de Planificación, que luego visitaron el hospital. La ocasión también merecía un alto representante de MSF, así que tuvimos al presidente de una de las secciones que estamos trabajando aquí, Abiy Tamrat, de MSF Suiza.

Ahora contamos con una superficie total de unos 1.700 metros cuadrados. Hay 120 camas de hospitalización, dos quirófanos, siete salas de consulta, un servicio de radiología… y claro, es autónomo en materia de suministro de agua y electricidad.

En cuanto al coste, pregunta que seguro que os hacéis, ha sido de 2 millones de dólares, y mantenerlo costará entre 7 y 8 millones más de dólares al año, incluyendo los salarios de las 400 personas que van a trabajar aquí.

La «esperanza de vida» del hospital es de al menos cinco años, hasta diez si el mantenimiento de la estructura es bueno. Esperamos que, cuando llegue el momento, las autoridades haitianas asuman su gestión, o construyan un centro nuevo en este mismo emplazamiento. Ya estamos en negociaciones «informales» con el gobierno y han expresado su interés por el hospital, pero esto no es más que el comienzo del diálogo. Y una de las cosas en las que más insistimos es que la atención tendrá que seguir siendo gratuita.

Os dejo algunas fotos de lo que ha sido la construcción del nuevo hospital.

Hasta pronto,

Stéphane

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(1) Menos de 1,5 euros al días.

Fotos: ©Ludovic Beauger/MSF y ©Benoit Finck/MSF