Julia tiene una prima casi de su misma edad. Ambas nacieron en 2009, una en marzo y la otra en noviembre. Como vivimos a diez minutos y nos llevamos bien están juntas con frecuencia desde que nacieron y se adoran. Tanto la una como la otra siempre quieren estar juntas. Julia se pone literalmente a dar saltos de contento cuando sabe que van a verse.
Es frecuente que se nos caiga la baba viéndolas bailar cogidas de las manos, darse besos, jugar a imitarse, abrazarse con tanto ímpetu que acaban las dos en el suelo, ayudarse a subir el tobogán del parque de bolas contracorriente o defenderse la una a la otra cuando se las regaña (por ejemplo: “Tío, no hables así a mi prima”).
Pero tan frecuente como lo anterior es que acaben gruñéndose, peleando por el mismo juguete e incluso cascándose. Hace dos semanas mi sobrina se llevó un par de arañazos como recuerdo de un manotazo de Julia. Ayer fue Julia la que los recibió de su prima.
Pueden pasar de la paz y el amor a la gresca en cuestión de segundos.
Y por lo que hablo con otros padres recientes sobre la relación entre hermanos, me da que es así, que cuando dos niños pequeños pasan mucho tiempo juntos la cosa suele ser así de pasional.
¿Es esta también vuestra impresión?





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