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Los bebés de alta demanda, esos que te obligan a cerrar las ventanas

Jaime preparándose para llorar en su carrito con pinchos.

Jaime preparándose para llorar en su carrito con pinchos.

Bebés de alta demanda. Es una manera muy moderna de llamar a los bebés que antes eran simplemente muy llorones. Sensibles e intensos es una de las definiciones actuales. ¡Y tanto! Son esos recién nacidos que parecen creer que cunas y carros tienen pinchos, que piden brazos, cercanía constante, que lloran mucho, sin parar y con frecuencia pese a estar en brazos, pese a que les ofrezcas el pecho, pese a intentar todo lo que está en tu mano para que callen: ponerles junto a ruidos blancos como el de la campana extractora, llevarles en mochila por la casa, estar en la calle dando vueltas como un hámster en una rueda en torno a las fuentes públicas…

Todo eso lo hice yo. Jaime fue así, los primeros meses lloraba con frecuencia y sin consuelo. Cólicos los llamamos, esos misteriosos cólicos del lactante sin causa conocida. Mamaba cada poco, dormía micro siestas minúsculas durante el día. No fue un bebé fácil, pese a que tampoco era yo de ir quejándome por las esquinas ni por este blog. Soy de las de la botella medio llena y la asertividad por bandera de serie, ya lo sabéis. Fue un bebé de alta demanda. Uno de esos bebés que nos hacen cerrar las ventanas de la casa tras llevar una hora en casa paseando con el berrido en la oreja, exhausta, impotente y angustiada por sí algo le dolerá, para evitar siquiera pensar en la posibilidad de inaugurar la disciplina olímpica del lanzamiento de recién nacido. Uno de esos bebés que arrojamos a los brazos del primer adulto que nos encontramos para descansar un poco. Que nos hacen gritarles: ¡¿Por qué lloras?!

Y no hay que sentirse mal por ello.

Julia también fue muy demandante, aunque en menor medida. No hubo lloros semejantes. Fue más sencillo, pero también pedía siempre brazos y pecho. Jamás fue de esos bebés que se duermen solos, que aguantan en carros y cunas, que apenas se hacen sentir permitiendo a sus padres salir de noche a un restaurante como quien lleva dos bolsos.

‘El gran olvidado’ llamaba una amiga al tercero de sus hijos, que era exactamente así: lo dejabas en la cuna y ahí se quedaban gorjeando, durmiéndose solito, despertando para mirar satisfecho como un pequeño Buda los peluches sobre su cabeza.

Ciencia ficción con cualquiera de mis hijos.

Tal vez por ser la segunda y por la experiencia previa con Jaime decidí disfrutar de sus exigencias. Usé más la mochila que el carro, le di todos los brazos y el pecho que quiso y me metalicé de que durante unos meses mi trabajo a tiempo completo, las 24 horas, era ser madre de mis hijos.

Jaime a moco tendido.

Jaime a moco tendido.

Además, el diagnóstico de autismo de Jaime y las primeras terapias llegaron justo cuando ella tenía un mes.

Al lado de digerir el hecho de tener un hijo con una discapacidad que le haría dependiente toda la vida, unos meses de bebé que llora y te exige atención constante es como un paseo por El Retiro.

Ayer estuve con una madre que está justo en plena etapa de supervivencia en nuo de esos aquelarres contemporáneos que se forman en los cumpleaños de parques de bolas.

– “Me dan ganas de matarlo” le dije a la pediatra. “Mientras no llegues a hacerlo es completamente normal”, me contestó ella –

Y éramos varias las madres que nos solidarizamos con ella, que tuvimos bebés así, que recordamos que es cuestión de paciencia, que en pocos meses todo pasa.

Como siempre en estos casos, es más fácil decirlo que hacerlo. Ya lo sé.

Y que quede claro, que un bebé sea de alta demanda no tiene nada que ver con el carácter que tendrán más adelante. Luego pueden ser niños tranquilos, movidos, pacientes, irascibles… J&J son tranquilos, dulces, cariñosos y poco dados a las rabietas en los terribles dos.

Tampoco tiene nada que ver con que el niño que duerman bien o mal. En mi caso ambos dormían bien por las noches, teniendo en cuenta que dormir bien era hacerlo a mi lado y dándoles el pecho entre las brumas del sueño varias veces durante la noche. Sé que el biberón y la cuna hubieran hecho de mis noches un infierno. Bueno, las mías y las de mi santo, que ahí hubiéramos compartido la tarea.

Tener paciencia, poner al mal tiempo buena cara, entender que es más sencillo que nosotros los adultos seamos flexibles con las exigencias de un bebé que lo contrario, buscar y aceptar toda la ayuda que tengamos a nuestro alcance, son las únicas opciones sensatas.

¡Ánimo!

 

Pegar está fatal, da igual que no se llegue a hacer daño

imageA veces los adultos decimos unas cosas a los niños que son, como dice mi abuela, para mear y no echar gota.

Seguro que habéis visto alguna escena similar a la que os voy a describir: un niño pega a otro, lo hace con intención pero sin causar daños, es decir, suave, torcido, con u objeto blando tipo peluche. Y, lo tengo comprobado, muchas veces se oye cuando el niño agredido llora lindezas como “venga, que no ha sido para tanto” “no seas llorón, que no te ha hecho daño” “te ha dado sólo con ese muñeco blandito, no seas tan sentido”.

Independientemente de que regañen o castiguen al niño que pegó, dirigirse así al niño al que han pegado, qunque sea por una tontería, aunque no haya daños, me parece inadmisible. Desde mi punto de vista le estamos transmitiendo que pegar es algo aceptable si no hay dolor, o si duele poquito. Les estamos enseñando que si te levantan la mano pero no hay sangre hay que aguantarse y no llorar o protestar.

¿Y si lo asimilan y acaban aplicándolo cuando sean adultos? ¿Qué te parecería sí tu pareja te levantase la mano, aunque sin hacerte apenas daño, y te dijeran eso?

Reconozco que en lo del pegar soy intransigente. Hay otra escena muy típica, que es la del niño enfadadísimo pateando o manoteando a su progenitor, que a veces aguanta ignorándolo, a veces se ríe del niño y en otras ocasiones no lo consienten. Yo soy de esos que no toleran que los niños me peguen cuando están enfadados o tienen una rabieta. No me hace gracia, por supuesto no me río, cuando un crío que levanta apenas un metro del suelo me levanta la mano o me pega sin lograr causar daño. Siempre les digo, a mis hijos y a los ajenos, que no se les ocurra pegar nunca a niños o adultos. Deben buscar ayuda de un mayor o buscar otras maneras de expresar su frustración y nuestra labor es darles esos recursos.

Rabietas: la mejor forma de probar la paciencia de los padres recientes

Me ha gustado un artículo de la psicóloga valenciana Inmaculada Gisbert que he leído en El arca de tiza sobre las rabietas, algo de lo que he escrito ya en este blog en el pasado en Racha de rabietas, racha de paciencia, Cómo mantener la visión positiva, por Inma Cardona, Las rabietas atacan de nuevo, ¿Cómo lidiar con las rabietas?, Rabietas recurrentes en el espacio y en el tiempo o “Los terribles dos”.

Tantos años escribiendo el blog dan para varios posts sobre el tema, como podéis ver.
Desde que escribí esos primeros posts ha llovido mucho y yo he aprendido bastante, en el plano teórico y en el práctico. Y eso que mis niños no han sido de grandes rabietas, ni siquiera Jaime con su autismo, que hace que el no poder comunicarse derive en esos comportamientos. Pero las han tenido, claro que sí, algunas razonablemente importantes, algunas en lugares públicos. ¿Qué niño no?

El artículo que os comentaba me ha gustado porque es respetuoso e intenta ponerse en el lugar del niño. Y me he decidido a traerlo aquí en parte porque precisamnte ahora tengo algunos padres recientes de mi entorno bregando con una racha de rabietas.

Ante estos comportamientos, los padres deben adoptar una posición más cariñosa que de censura, ofrecer más explicaciones que reclamar obediencia ciega, prestar más atención que mostrar indolencia. Puede que los niños estén equivocados, pero ignorar o castigar su comportamiento sin explicarles qué esperamos de ellos no hará que aprendan lo adecuado.

Con el fin de evitar estas rabietas podemos enseñar estrategias de comunicación a nuestros hijos, aplicando la paciencia y la flexibilidad, hacerles saber qué es lo que esperamos de ellos, de su comportamiento y felicitarles por los progresos que vayan realizando.

Si ellos creen que valoramos su forma de actuar, si se sienten comprendidos, apoyados y queridos, crecerán con una autoestima alta, pero si lo que sienten es reprobación hacia su forma de ser crecerán con una autoestima baja. Aquello que los padres, o quienes se ocupan de ellos, dicen y hacen se constituye en lo más sólido de la identidad del niño.

Podemos no estar de acuerdo con lo que ha hecho el niño, pero nunca debemos censurarle a él, sino a su conducta.

Posibles modos de solucionar una rabieta:

-1 Comprensión. Ante alguna actitud que el niño no quiera realizar, en lugar de obligarle hay que partir de frases como “te entiendo a mí tampoco me gusta recoger juguetes…”.

-2 Educación. Explicación clara y sencilla, “pero mañana hay que barrer y así no se puede”.

-3 Elección. ¿Cómo lo hacemos?, ¿recoges media habitación tu y media yo?, o ¿me das los juguetes y yo los guardo?.

Hay que tener en cuenta:

a) Que el niño le escuche (intente ponerse a su altura, o compruebe que le escucha aunque haga otra cosa), y si está ya muy ofuscado, tranquilícele primero diciéndole que todo tiene solución si lo hablan, pero que para hablar hay que estar algo más calmado. Permanezca a su lado hasta que el niño ya haya dejado de llorar.

b) Que le siga escuchando, para lo cual es importante el paso anterior (comprensión), porque si el niño ve que le va a llevar la contraria cerrará sus oídos. No siga con esta técnica si primero no ha dejado bien clara la parte de la comprensión. En todo comportamiento del niño hay una razón, aunque no sea aceptable: dígale que entiende su razón aunque no la comparta.

Si el niño no cumple con lo acordado se le recuerda lo acordado, se le ofrece ayuda para hacerlo o se le pregunta el motivo de su actitud.

Todos los seres humanos necesitamos ser comprendidos y respetados, si los padres actúan con respeto y comprensión, poco a poco las rabietas no tendrán sentido para el niño, ya que aprenderá otra forma de comunicarse, se sentirá atendido y querido.

Yo procuro actuar con respeto y comprensión siempre con mis hijos, pero reconozco que tengo algunas reglas de oro que en el artículo no se mencionan: jamás, en ningún caso, consiguen lo que pretendían con la rabieta. Nunca pueden percibir que esa actitud ha tenido éxito. En eso soy inflexible, lo reconozco. Y si en plena rabieta no se puede razonar, lo haré después. Los niños pequeños a veces no logran tranquilizarse lo suficiente como para razonar, con los niños con autismo lo de razonar puede resultar imposible por su falta de comprensión verbal. No les castigo nunca aislándoles, dejándoles solos en otra habitación (castigar a un niño con autismo aisládole, además, es ridículo), pero sí lo hago privádoles de mi atención.

¿Como lidiáis vosotros con las rabietas?

La técnica de la extinción aplicada a los profesores

Muchos padres recientes que rondáis por aquí sabréis de sobra lo que es la técnica de extinción: lo más útil y lo que más se recomienda cuando hay que enfrentarse a las rabietas infantiles.

Consiste básicamente en ignorar al niño cuando tiene una rabieta, no intentar reprenderle, distraerle o sobornarle con algún premio a cambio de que se calle. Se le deja que se desfogue, sin que se haga daño claro, y sin prestarle atención. Se supone que la total falta de respuesta de los adultos de referencia es lo más efectivo para cortar esos comportamientos.

Esa falta de reacción también se usa en otros casos, por ejemplo si le da por empezar a decir tacos. Es muy conductual y tiene detractores, pero yo puedo dar testimonio personal de su efectividad.

Hoy ha sido séptimo día de huelga de profesores de Secundaria en Madrid, segunda para Primaria. El tutor de Jaime la ha secundado. También es día de Huelga en Castilla La Mancha y de protestas y manifestaciones en otras ciudades españolas.

Pues hablando de Madrid, que es lo que conozco mejor, desde hace tiempo tengo la sensación de que los están tratando como a niños, aplicándoles la técnica de la extinción a la perfección.

No hay ninguna respuesta, o muy poca al menos. No van a sentarse a negociar con ellos. No les van a escuchar por mucha movilización que hagan (cada vez menos, que el tiempo gasta y en el sueldo se nota cada vez más). No van a hablar con ellos.

El problema aquí es que no están tratando con niños.

Aunque por desgracia creo que a medio plazo les va a resultar igual de efectivo que con ellos.

Aunque han olvidado que esta técnica no funciona con los niños sin la otra cara de la moneda: precisamente prestarles atención y jugar mucho con ellos cuando están tranquilos, contentos y colaboradores.

Cómo mantener la visión positiva, por Inma Cardona

El otro día hablaba de cómo Jaime ha empezado a tener rabietas con mayor frecuencia e intensidad. Algo que va acompañado de haber descubierto el “no”, esa palabra mágica cuyo poder todos los niños aprenden en torno al año y que suele llegar antes que el “sí”.

Contaba cómo a veces esas rabietas te ponen en situaciones difíciles pero que tenían una lectura claramente positiva de evolución y autoafirmación. No dejan de ser comunicación.

Podéis pensar que es aquello de “quién no se consuela es porque no quiere”, pero os aseguro que no es así.

En ese post Inma Cardona me escribió un comentario. Inma es logopeda y madre de un precioso niño (tal vez debería decir ya preadolescente) con autismo. Ella me ayudó mucho en la distancia tras el diagnóstico, me dio muchos buenos consejos que perduran.

Y este fue su comentario:

Me alegro de las rabietas de Jaime, sabes que con autismo hay dos tipos de bebés, los más pasivos y los de muchas rabietas. Las rabietas son comunicación, que de momento no tiene la forma adecuada, pero eso se lo iréis enseñando entre familia y terapeutas. No está bien conformarse con todo y ser un niño “muy bueno” porque en la rebeldía hay mucho aprendizaje. Todo parece más fácil cuando son dóciles, obedientes, tranquilos… pero a la larga hay un mayor desarrollo cuando el niño ha hecho uso de la oposición a lo que sea: comer, andar, venir, etc, etc. Te entiendo perfectamente cuando dices que es agotador, lo sé muy bien. En esos momentos es cuando con la cabeza lo más fría que puedas debes pensar “está aprendiendo, está aprendiendo…” e intentar sonreir por dentro, después vas y te comes un trozo de chocolate como refuerzo por tu paciencia 🙂 Sé que es duro y difícil pero ya has comentado y sabes muy bien que es una maratón.

Respecto a la polémica sobre quien debe aguantar a los niños y las rabietas, evidentemente los padres, pero a pesar de esto los niños no están programados para tener las rabietas sólo en casa, y allá donde se den, no lo dudéis los que más van a sufrir van a ser los padres.

Y respecto a la visión condescendiente hacia los niños con autismo, como mami de un niño con autismo no me gusta, me hace sentir que mi hijo es menos que el resto, sé que la intención es buena, no lo dudo en absoluto, pero desde mi punto de vista es errónea. Procuro educar igual a mis tres hijos, aunque uno de ellos tenga mayores dificultades, no quiero que ninguno de ellos sea digno de pena ni se le perdone todo por tener autismo, quiero que se le exija como al resto. Espero que este comentario no moleste a nadie, pero si no lo digo algunas personas seguirían pensando en el “pobrecito tiene autismo” y es un gran error

Y además me recuerda un artículo que escribió hace ya tiempo en su blog titulado Cómo mantener la visión positiva.

Hoy quería compartir con vosotros tanto el comentario como su artículo, que creo que tienen mucho valor.

Hace unos días hablaba de cómo debemos mirar al autismo, de como buscar sus puntos fuertes y valorarlos por encima de las dificultades. Hoy quiero hablaros de como mantener esa visión positiva en el día a día, en las dificultades, en las rabietas, en las conductas que no comprendemos,…

Cuando los niños son pequeños es muy común que se den rabietas, todos los niños pasan por ello, sin embargo muchas veces los motivos de las rabietas de los niños autistas, no son fáciles de ver. Ellos tienen grandes dificultades para comunicárnoslos, no pueden decirnos que les pasa, porqué se han enfadado, solemos ser los papás a través de la convivencia y de la observación los que averiguamos los motivos. Éstos pueden ser muy variados y a veces incluso absurdos para nosotros, como cambiar el orden de algunas cosas, cerrar la puerta más fuerte o simplemente cerrarla, romper la tapa del yogour al abrirlo, cambiar la cuchara de siempre por otra diferente, que el agua de la bañera no esté exactamete a la misma temperatura, ponerles una prenda de ropa que ellos han asociado con algo en concreto, entrar en una calle concreta en el paseo, cambiar cualquier cosa que ellos consideran una rutina, y así un millón de cosas más, diferentes en cada niño. Como mamá de un niño con autismo tienes que estar constantemente atenta a todas sus reacciones para saber que cosas le calman y que cosas le alteran, la única forma de averiguarlo es a través de la experiencia. Las mamás de niños autistas estarán de acuerdo conmigo en que llegas a tener un conocimiento muy profundo de los niños, conoces todas sus reacciones, sabes que cosas le van a provocar una rabieta irremediablemente. Todo esto es un proceso muy duro para los niños y para las familias, para los pequeños porque no controlan el entorno, no pueden decirnos que cosas no soportan, porqué en un momento determinado pierden el control y se sienten fatal. Para las familias porque es horrible ver llorar a tu hijo, desesperado y no poder ayudarle. Muchas mamás sabemos la de sentimientos encontrados que pasamos durante las rabietas, pena de verlo sufrir, ansia por calmarlo, dudas sobre como actuar,… en fin que después de esto puedes pensar ¿donde encuentro en estas situaciones la visión positiva? ¿cómo puedo defender la dignidad del autismo?

Pues es muy importante que incluso en estos momentos comprendamos que por más dificil que sea, debemos seguir mirando el autismo con respeto. Nuestros niños son así y cada rabieta va a ser una oportunidad de aprendizaje y aunque no sea la mejor manera, es la que tienen cuando son muy pequeños. Es aprendizaje en tanto seamos constantes en que las cosas no cambian porque ellos lloren o se desesperen, es aprendizaje en tanto les demos oportunidades de comunicación, es aprendizaje en tanto que nosotros nos mantengamos lo más tranquilos posibles, es aprendizaje en tanto se van calmando y aceptando que esa situación se puede dar, es aprendizaje, si, si y si.

Hay que buscar la visión positiva en esta oportunidad de aprendizaje, en el respeto a su rabieta, respeto porque un niño con autismo no tiene la rabieta para manipular nuestra conducta como es el caso de los niños neurotípicos, hemos de pensar que en ese momento es su forma de comunicar y que estamos ahí para ayudarle y para enseñarle una manera mejor de rechazar alguna cosa. A veces necesitan un tiempo extra para calmarse, no podemos pretender que la rabieta dure 5 minutos, cuando su proceso es más lento. Con esto no quiero decir que cuando nuestro niño tenga una rabieta y la ansiedad le provoque darse cabezazos o golpes no tengamos que actuar, cada uno deberá actuar de acuerdo a lo que considere más conveniente o de acuerdo a la recomendación del terapeuta, lo que pretendo es que no perdamos de vista que la rabieta es parte del proceso de aprendizaje. Recuerdo algunas rabietas de Miguel cuando era más pequeño, recuerdo como juntos hemos ido aprendiendo a reconducirlas a formas más adecuadas de comunicación, recuerdo el dolor de corazón de ver a mi niño sufrir, he llorado mucho pensando en que no estaba a la altura y no sabía ayudarlo, pero es falso, si le estaba ayudando, solo que a corto plazo no se ve, hoy veo conductas que antes eran una rabieta de tirarse al suelo, patalear, gritar, llorar, sufrir, que hoy son un leve enfado o contrariedad. Hoy Miguel con 10 años sigue teniendo rabietas pero no son para nada comparables con las que tenía de pequeño, hoy Miguel es capaz de decirme porqué está enfadado, eso para mi es tranquilizador porque me ayuda a saber como calmarlo, y a pesar de que siguen siendo dificiles de pasar, las veo como una oportunidad para aprender a autoregularse, porque en el futuro esa autoregulación le va a dar mayor calidad de vida.

Quiero compartir con vosotros una metáfora que me dijo uno de los psicólogos que atendió a Miguel y que siempre me ha servido mucho. Él me decía que Miguel es como un barril y todo lo que voy haciendo son gotas de agua, que parecen imperceptibles, pero gotita a gotita, llegará un día que el barril rebosará y todos los aprendizajes que Miguel ha ido teniendo se verán, por eso debemos siempre ser muy constantes en todo lo que les ensañamos.

Si aceptamos que nuestros niños tienen un estilo de pensamiento diferente, hemos de aceptar que su estilo de aprendizaje también lo es, hemos de mantener la visión positiva por respeto a ellos y a su diversidad. Desde el respeto y centrándonos en las capacidades de los niños, les ayudaremos a aprender nuevas formas de comunicar y de regular su conducta.

Y por último os recomiendo también (hoy estoy muy recomendadora) un artículo que esta en estos momentos en portada de 20minutos.es: Perros guardianes de vida para personas con diabetes y autismo. Os dejo aquí uno de los vídeos que lo acompañan.

Racha de rabietas, racha de paciencia

Una de los lugares comunes que más se repiten en artículos y libros (y guías de identificación como la de la imagen) para identificar y comprender a los niños con autismo son las rabietas. Jaime apenas ha tenido. Existieron, claro que sí, pero eran algo muy puntual. Siempre ha sido un niño con un carácter muy dulce y fácil de llevar.

Lo sigue siendo, pero lleva un par de semanas en las que las rabietas se suceden. Está muy protestón. En seguida está con el “se acabó” (babó o abó dice él) o con el “no” (o). Especialmente en la última semana es raro que el día que sus protestas no alcanza la intensidad de rabieta.

Gritos, llantos e incluso negarse a caminar. Y con la fuerza y el tamaño de un niño que en un mes cumplirá cinco años.

Y cuando se desencadena una rabieta tenemos suerte ya que no hay agresiones, a los demás o a él mismo (que sería lo que yo peor llevaría).

Coinciden todos sus terapeutas en que en el fondo es bueno. Está evolucionando, está manifestando sus deseos, ya no le da igual lo que hagamos con él. Y de hecho esta etapa viene acompañada del inicio de la imitación motora, de más verbalizaciones y más atención.

También creo que es un avance positivo y tengo mucha paciencia y mucha presencia de ánimo. Pero a veces es agotador.

En momentos así siempre me recuerdo que esto no es una carrera de un par de kilómetros, es una maratón y más vale coger fuerzas y avituallarse siempre que sea posible por si nos espera un muro que salvar al tomar la siguiente curva.

Las rabietas son comportamientos coléricos mediante los que el niño manifiesta su incapacidad para hacer o conseguir algo que desea. Se consideran una parte normal del desarrollo del niño de 1 a 3 años y la tendencia es a la desaparición hacia los 4 años. Una rabieta es una forma inmadura de expresar ira o enfado.

Esa sencilla explicación está extraída de un artículo la mar de recomendable de la web de un centro de atención temprana. Aquí lo tenéis entero.

Rabietas recurrentes en el espacio y en el tiempo

El otro día íbamos andando con mi sobrina, que estaba empeñada en ir solita, sin dar la mano a ningún adulto. La cosa llegó a rabietilla incluso. Y mientras la veía recordaba que mis dos hijos tuvieron rabietas tiempo atrás por idéntico motivo.

Eso me ha dado qué pensar. Muy probablemente haya causas de rabietas infantiles recurrentes. Prácticamente todos los niños habrán (habremos) protestado alguna vez.

Cambiará la intensidad de la protesta en función de su carácter, cambiará el idioma, el tiempo, la vestimenta de los protagonistas e incluso el momento histórico. Pero no los desencadenantes.

Soy perfectamente capaz de imaginarme a un niño de veinte meses en Atapuerca con una buena perra por no querer ir de la mano a buscar piedras con las que despellejar bisontes.

En la foto hay una recreación de un niño neandertal de tres años (aquí tenéis más información sobre él si os interesa).

Por no querer ir de la mano, por querer comer o beber algo que no pueden, por querer que les cojas en brazos cuando eso resulta imposible, por no querer dejar de jugar para ir a casa a comer, por ese objeto que desean con todas sus fuerzas…

Seguro que se os ocurren bastantes ejemplos.

Los niños que molestan


Me llega un correo con este cartel, que por lo visto estaba en un restaurante en Santoña.

Hay niños que molestan y mucho. Hay una leyenda negra en torno a los niños en aviones, restaurantes, museos, cines… y probablemente se la merezcan.

Hay sitios y horas en los que no procede que estén los niños más pequeños.

Pero también hay adultos muy poco tolerantes.

Me recuerdo antes de ser madre, entrando en un restaurante e intentando esquivar esa mesa llena de niños aparantemente revoltosos o la fila del avión en la que no estaba el niño de dos años.

Mi santo y yo conocemos de pasada (coincidimos en la sala de espera de una de las actividades de Jaime) con dos hermanos a los que él rebautizó para nosotros dos como Atila y Gengis Kan.

Corren, chillan, se pelean, saltan en las sillas…

Y ningún niño, ni siquiera el más bueno, está libre de tener una rabieta o un día revuelto en uno de esos lugares.

A veces no queda más remedio que ver como tu hijo chilla y llora un rato en un restaurante sin hacerle caso para que se le pase lo antes posible el berrinche (la famosa técnica de la extinción) mientras las mesas de alrededor te lanzan miraditas en plan “mira esos padres que no saben imponerse a sus hijos, cuando yo era padre/ cuando yo sea padre no va a ser/no era así”.

También es verdad que ahora soy consciente de que hay muchos niños en los que las rabietas, el exceso de actividad o las conductas extravagantes son un caso aparte consecuencia de distintos trastornos y soy más paciente y comprensiva cuando me encuentro con algo así.

Conozco a una madre reciente de un niño con autismo, un niño muy inteligente y comunicativo pero con graves problemas conductuales a consecuencia de su trastorno, a la que una vecina de mesa en el restaurante le dijo que se lo llevase a la calle hasta que se calmase para que los demás pudiesen comer tranquilos. Y ella entendía que esa persona quisiera comer tranquila sin un niño llorando al lado, pero caían chuzos de punta y lo mejor para que su hijo se calmara en esa situación era ignorarlo un ratito.

¡Qué tema más delicado!

Algo sí os digo. Yo en ese restaurante no entraría, ni con mis hijos ni sin ellos.

Las rabietas atacan de nuevo

Me escribe Mónica vía Facebook preocupada por la reacción de su hijo:

busco informacion de porque un niño de 2 años y ocho meses nos pega cuando llegamos de trabajar o cuando lo voy a buscar a la guarde ,se porta bien pero en determinados momentos como esos o cuando comemos los tres juntos se enfada y hace rabietas busco la informacion y no la encuentro necesito entender el porque para solucionar el problema es un niño muy listo y crece rodeado de cariño porque lo hace? esta todo el dia llamando a su papi y cuando llega le pega o le chilla y a mi tambien ,si tienes informacion sobre el tema porfavor coméntalo en algun articulo plis

El cuento Mis Rabietas de Mónica Kot, a partir de 2 años

Es difícil prestar consejo a alguien que conoces, más aún a un desconocido. Si te preocupa mucho y la reacción es exagerada tal vez puedas contactar con algún psicólogo infantil. El niño tiene casi tres años ¿No es capaz de explicaros o daros pistas de que le molesta o quiere con esas rabietas?

Otro caso sería hablar en general sobre las rabietas y de cómo ponerles freno.

Pocos niños, incluso los de mejor carácter, se libran de tener entre el año y los tres (los llamados “terribles dos” que a veces se prolongan más y a veces comienzan más tarde) las famosas rabietas. En algunos es algo desesperante. Pero siempre es un proceso normal que responde a que buscan su propia identidad, nuestra atención, explorar los límites o simplemente a que no son capaces de verbalizar sus deseos o frustraciones.

Muchas veces el objetivo son los padres. Son con quién más confianza y trato tienen. Muchas veces uno no descarga tensiones con su jefe sino con su pareja. Por eso existe el refrán de que dónde hay confianza da asco…

En los primeros casos suele funcionar la llamada técnica de la extinción, que (muy resumido) no es ignorar al niño sino precisamente prestarle atención y jugar mucho con él cuando está tranquilo, contento y colaborador, no hacerle caso mientras se desarrolla la rabieta (asegurándonos de que no puedar dañarse o dañar a otro) y en cuanto afloje y busque negociación o se tranquilice atenderle de nuevo. Claro que es más fácil decirlo que hacerlo, como siempre en estos casos.

En el último caso lo mejor es la paciencia, ponerse a su altura y facilitarle tanto como podamos la comunicación, que exprese lo que quiere o le molesta.

En general cuanto antes y mejor se actúe, menor será el problema de las rabietas. Pese que aquí la idiosincrasia de cada peque tiene mucho que decir.

Te recomiendo que busques información sobre esa técnica y sobre los terribles dos. Y que hagas acopio de mucho amor y de mucha paciencia.

Y dejo tu petición de consejo abierta en el blog por si hay algún padre reciente que pueda ayudarte.

“Los terribles dos”

Aún recuerdo cuando escuché por vez primera la expresión de “Los terribles dos”.

Fue mi prima mayor quien lo dijo. Su hijo tenía ya dos años cumplidos, mi peque era casi un recién nacido, y me explicó al verme poner cara de pasmo que se refería al periodo de máximo apogeo de las rabietas.

Los llaman “los terribles dos” por que abarcan por lo visto dos años enteros. Desde que cumplen un año hasta que celebran su tercer cumpleaños.

Durante mucho tiempo lo almacené en algún rincón de ese trastero lleno de conocimientos inaplicables que es mi cabeza, pero ya hace unos meses que me tocó repescarlo.

Y es que llegaron las rabietas. Casi siempre se producen cuando decidimos dar por terminado el paseo y nos metemos en una casa, propia o ajena.

Da igual que llevemos paseando o en el parque horas, nada más franquear el portal empiezan los gritos y las lágrimas.

Es prácticamente el único motivo por el que se desencadenan.

La mayor parte de las veces se le pasa pronto afortunadamente. Y las maniobras de distracción en forma de baños adelantados, galletas o pocoyos suelen funcionar.

Pero sigue siendo un mal rato para todos. Todos los vecinos saben cuando llegamos a casa. Y si estamos visitando a alguien siempre nos presentamos a grito pelado y mandando la paz del hogar que sea a tomar por saco.

Claro que no es plan de quejarse. Las rabietas empezaron tarde, tienen causas localizadas y son más o menos manejables.

A poco que se busque información online sobre “los terribles dos” compruebas que son frecuentes los casos de niños que en sus frecuentes estallidos llegan incluso a querer morder, pegar y dar patadas.

Pero las rabietas forman parte del desarrollo de la personalidad del niño y hay que aceptarlo e intentar lidiar con ellas como se pueda.

Tener hijos es una oportunidad magnífica que se nos concede para ejercitar la paciencia.