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Los buitres llegaron a Canarias siguiendo a los hombres y sus cabras

La revista científica británica BMC Evolutionary Biology publicó ayer un interesantísmo trabajo donde se demuestra que los buitres llegaron a las islas Canarias hace tan sólo 2.500 años, siguiendo los rebaños de cabras de los primeros aborígenes que colonizaron el archipiélago.

Pero algo aún más increíble. En estos dos milenios las aves isleñas han evolucionado de forma distinta a sus vecinos continentales, de tal manera que son ahora mismo una subespecie endémica diferente a cualquier otra conocida; denominada majorensis en homenaje a la Maxorata (Fuerteventura), la única isla donde en la actualidad sobrevive este pequeño buitre. Nunca antes un proceso evolutivo había sido tan rápido.

Ya sabéis muchos que durante más de diez años formé parte del equipo que ha estudiado al guirre o alimoche canario, un taxón gravemente amenazado de extinción. De ser abundante en prácticamente todo el archipiélago, en apenas 50 años sus poblaciones se desplomaron y en la actualidad tan sólo sobreviven 150 ejemplares.

Cuando descubrimos que tenía diferencias, no sólo de tamaño (es más robusto y está más adaptado a volar con viento) y de comportamiento (al contrario que los peninsulares no es migrante), sino también genéticas, nos quedamos asombrados. Calculamos entonces que para haber evolucionado de una manera tan radical debería haber llegado a las islas hace decenas de miles de años. Y como entonces no había grandes mamíferos terrestres en Canarias, supusimos que se alimentaría de las colonias de aves marinas, focas y lagartos gigantes.

Este nuevo descubrimiento nos rompe de nuevo los esquemas a todos. Como explican los investigadores y ha recogido El País, “la introducción de fuentes de alimentos nuevas y abundantes por parte de los humanos habrían permitido no solo la colonización de los alimoches, sino también su expansión demográfica y su adaptación putativa al nuevo medio ambiente de las islas”. Por lo tanto, y ésta es la gran novedad, los resultados sugieren que la actividad humana puede disparar la divergencia evolutiva en muy poco tiempo.

Creamos especies con nuestros actos, pero también las destruimos. Como el pobre guirre canario, tan cercano a nosotros que nos siguió en nuestras colonizaciones, y al que ahora, que ya no nos interesa su presencia como basurero del campo, lo envenenamos o le colocamos tendidos eléctricos contra los que se estrella mortalmente. Somos bastante ingratos ¿no os parece?

El trabajo publicado se titula The role of humans in the diversification of a threatened island raptor. Está firmado por cinco prestigiosos investigadores de la Estación Biológica de Doñana y puede descargarse íntegro en este enlace.

Foto: Gustavo Peña / Cabildo de Fuerteventura

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