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La crónica verde La crónica verde

Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

Descubre el misterio de los mensajes de piedra escritos en El Hierro

Hoy te invito a dar un gran salto sobre el Océano Atlántico para viajar a la isla del Meridiano, El Hierro, la más occidental y remota de Canarias. Este periplo haría las delicias de Iker Jiménez y todos sus amigos de las ciencias ocultas y las civilizaciones perdidas.

Pero para mí, cual Ulises despistado camino de Ítaca, lo que me apasiona es el viaje. Voy en busca de un misterio irresoluble que, por supuesto seré incapaz de ayudarte a solucionar. Ni los letreros de El Julan son el enigma de la Esfinge ni yo (ya me gustaría) soy Edipo. Pero ver de cerca esos mensajes en piedra y romperte la cabeza tratando de buscarle un sentido a sus jeroglíficos o lo que sean esos signos extraños sin duda merecerá la pena.

Como hay que llegar pronto he pasado la noche en la preciosa casa rural de La Jarita. El acceso a la vivienda hay que hacerlo a pie. Ascender por un estrecho y empinado sendero, empedrado con rocas de lava, tiene su recompensa. Vistas increíbles hacia el Naciente desde donde cada mañana la vida te regala unos amaneceres con sabor a Borges:

“Ya la luz raya el aire”.

Vistas al mar y los almendros.

Un mar de flores

A mi alrededor se despliega un mar todavía más maravilloso que el Atlántico. Un mar de almendros floridos, paisaje orgulloso de los herreños. Esta mañana nieva flores sonrosadas en La Jarita mientras cantan incansables las currucas capirotadas y el siempre nervioso mosquitero canario. También aparecen en nutridos bandos los canarios de monte, cuyos trinos llenan el aire de una algarabía inolvidable. Desayuno junto a un gran romero que crece a la entrada de la casa. Su olor embriagador es garantía de buena suerte en el viaje que estoy a punto de emprender.

Sólo el camino para llegar al centro de interpretación de este maravilloso Parque Cultural de El Julan es toda una aventura. Lo habitual es llegar desde la localidad de El Pinar. Para ello deberás atravesar una de las carreteras más sinuosas y solitarias de España, serpenteando por la ladera del gran volcán herreño, entre árboles centenarios del espeso pinar canario que la cubre con un impenetrable manto verde.

El lugar es tan apartado, tan remoto, que la radio del coche de alquiler te sorprende saltando de una emisora marroquí a una saharaui e incluso terminas escuchando el cálido idioma criollo de las lejanas islas de Cabo Verde, pero ninguna en español. ¿A dónde vamos?, te preguntas entre excitado y preocupado.

Un detalle importante: es imprescindible reservar con antelación [eljulan@gmail.com o teléfono 922 558 423]. Y ten en cuenta que si haces la visita a pie se sale a las 8 de la mañana, y si es en automóvil a las 9. Para que no te pase como a mí, que me confundí de hora y a punto estuve de quedarme sin la excursión soñada.

Menos mal que Rayco Padrón, como la mayoría de los habitantes de esta bendita tierra, tiene una paciencia isleña y me esperó para poder hacer la vehícula en todo terreno.

Petroglifo sobre lava herreña.

Bimbaches los de El Hierro

Antes de subir al vehículo Rayco, mi guía, ya está descubriéndome el mundo bimbache que vamos a explorar juntos. Porque los aborígenes de El Hierro eran los bimbaches. Los guanches tan sólo habitaban la isla de Tenerife, con quienes los herreños no tenían más en común que su incierto origen norteafricano. Benahoaritas los de La Palma, canarios los de Gran Canaria, gomeros los de La Gomera y majos los de Fuerteventura y Lanzarote, pues lo de majoreros y conejeros es una denominación ya post conquista.

El caso que ahí estaba yo con mi joven guía, 27 años, dispuesto a disfrutar de su saber. Es uno de los profesionales que acompañan obligatoriamente al turista en la ruta, pues no podemos olvidar la fragilidad de este yacimiento arqueológico único.

El acceso desde el centro de visitantes se realiza a través de cinco kilómetros de empinada pista forestal que se puede bajar tranquilamente a pie, pero cuya subida mejor es hacerla en vehículo, especialmente en días calurosos en los que esta zona puede convertirse en un horno. Hay que descender desde los 800 metros de altura sobre el nivel del mar hasta los 200 metros y son cuestas cercanas al 30 por ciento.

Laderas de El Julan, en los confines del mundo.

Chácaras y tambores

La charla con Rayco empieza hablando del mundo aborigen pero enseguida se nos va hacia la Bajada de la Virgen de los Reyes, sin duda la fiesta popular más impresionante de toda Canarias. Desde 1741 se celebra cada cuatro años y la próxima será precisamente este verano. Una fiesta que se alarga durante todo el mes de julio.

Los traslados de la imagen por los pueblos se hacen a pie, utilizando viejos senderos de pastores. Acompañan a la procesión los distintos grupos de bailarines vestidos con el atuendo tradicional en blanco y rojo, falda con polainas y gorros multicolores. Animan incansables los tocadores de chácaras (especie de grandes castañuelas), flautas y tambores en un todo único, maravilloso, siempre en tenso equilibrio gracias a un complejo ceremonial descifrable tan sólo para los muy iniciados, los locales.

Me gustaría ir pero no voy a poder. A estas alturas, me advierte Rayco, hasta el último sofá de la casa más perdida de El Hierro está ya reservado, pues todo herreño o amante de esta tierra no se pierde la bajada de la Virgen ni por todo el oro del mundo.

Rayco Padrón explica el significado de los petroglifos herreños.

Los números no existen

La primera parada nos acerca al famoso Panel de los Números, descubierto en 1873 por los hermanos Aquilino y Gumersindo Padrón. Lo llamaron así pero no busques números entre los extraños símbolos tallados en la roca gracias a la arcaica técnica del repicado. No los hay. Técnicamente son petroglifos,  diseños simbólicos grabados en rocas.

Se consideran el más cercano antecedente de la escritura, aunque en el caso herreño también hay signos alfabetiformes, de momento indescifrables, pertenecientes al denominado líbico-bereber. Muy semejantes, por cierto, a la escritura tuareg. Pero que al no incorporar elementos árabes confirman un origen anterior al siglo VIII.

De la mano de Rayco vamos identificando en la lisa roca símbolos de lo más curiosos. Como una mano que podría ser perfectamente la mía sino fuera porque tendrá más de mil años. O un podomorfo, una pareja de pies, pero en lugar de descalzos, como es habitual en paneles semejantes de Fuerteventura, aquí aparecen calzados. Vemos también lo que parece un insecto e incluso algo con forma fálica que podría ser un pene.

“Dibujaban lo que veían”, explica el guía, “pero no tenemos ni idea qué significado tendrían todos estos símbolos, aunque es seguro que lo tenían”. Serían, aventuramos entre risas, los grafiteros de la época.

No nos da tiempo a ver la cueva de Juan Baltasar, utilizada desde época aborigen y bautizada con el nombre del último pastor que vivió en ella no hace demasiado tiempo. Volvemos al coche pues todavía queda mucho trecho.

Tagoror de El Julan, una de las construcciones más enigmáticas de la cultura bimbache.

La asamblea de los notables

Llegamos por fin al Tagoror, el lugar de asamblea de los bimbaches. Es verlo y enmudecer de asombro. Un altar de grisáceas lajas de piedra elevando su plegaria muda al cielo, en un entorno de desolada belleza, tan inmensa como la de ese Mar de las Calmas sobre el que ahora mismo lanzamos nuestras miradas.

El altar, casi una torre, forma parte de una construcción extraña, mágica, un círculo de piedras a modo de recinto inviolable, algunas claramente con forma de asiento. En realidad lo son. Como explicó en el siglo XVI Fray Alonso de Espinosa, sobre ellas “se asentaban el rey y sus vasallos al sol de Dios”. Y el también religioso Juan de Abréu Galindo añadirá pocas décadas después:

“Y allí se sentaba el rey el día que le parecía y hacía audiencia, y a este lugar llamaban Tagoror, como lugar de cabildo, audiencia o ayuntamiento, y oía a todos los que venían”.

Desde la atalaya en la que nos encontramos resulta impresionante el sentimiento de desolación que se siente al recordar la cultura ausente. Apenas queda nada de esos hombres y mujeres, tan sólo su recuerdo borroso. Estas piedras y restos de algunas de las chozas donde vivirían, con sus penas, pasiones y alegrías, ajenos al futuro de aniquilación que el destino les tenía preparado. El yacimiento permanece en su mayor parte inalterado, esperando prudentemente a tiempos mejores en que pueda ser excavado con todas las garantías.

Los bimbaches eran ante todo pastores. Y los herreños lo han seguido siendo durante siglos, pastores a quienes todavía hoy se reverencia como depositarios de la tradición más auténtica. Son ellos los que organizan la Bajada de la Virgen, cuyo santuario se encuentra en la dehesa ganadera de la famosa sabina milenaria, tan extensa que su límite más oriental llega justo hasta el Tagoror.

Un territorio salpicado de yacimientos arqueológicos y cuevas funerarias que todavía hoy se siguen usando como refugios de pastores.

Conchero de El Julan.

Amigos del buen marisco

Seguimos más abajo. Muy cerca del Tagoror llegamos a Los Concheros. Se trata de un inmenso vertedero de lapas acumuladas a lo largo de los siglos. Es de imaginar que las reuniones se amenizaran con buena comida, y en esa época de aislamiento los moluscos marinos eran el mejor manjar posible. Los traían desde la costa y aquí se los comían todos juntos.

Los cientos de kilos de sus conchas, desparramadas por la ladera, son el último vestigio material de esas humildes francachelas, blanqueando cual arena las negras piedras de lava.

Cruzamos el conchero con cuidado de no pisar los viejos vestigios nutricios, camino del más espectacular de los paneles de petroglifos canarios. En este caso se conoce el lugar como Los Letreros, pero tampoco busques letras reconocibles. Sí que vemos símbolos que, con bastante imaginación, creemos identificar con un pescado, una tortuga e incluso la posible cabeza de una cabra. Dibujos y letras miran desde el suelo al cielo ¿Qué demonios querrán decir?

Un cuervo ladrón

Tan ensimismados estamos en el yacimiento que descuidamos lo más importante. Unos metros más arriba un cuervo descarado enreda en la mochila de Rayco. Cuando lo espantamos ya había logrado abrir con pericia la cremallera y había picoteado parte del bocadillo del almuerzo. Con el susto el animal nos vomita su última comida. Qué curioso. Son casi en exclusiva semillas de sabina, pues estas aves, injustamente perseguidas por la mala fama, son excelentes plantadores de bosques. Sin ellos no habría sabinares en El Hierro.

La razón de espantarlo no fue proteger el bocadillo. En la mochila también estaban las llaves del coche. A punto hemos estado de ver cómo se las llevaba el cuervo, lo que nos habría obligado a regresar a pie bajo un sol de justicia. Entre el centro de visitantes, allí arriba, y Los Letreros donde nos encontramos, aquí abajo, puede haber diferencias térmicas de hasta 15 grados. Mejor no comprobarlo.

La señal del cuervo marca el final de la excursión, pero las sorpresas aún no han terminado. Abandonamos el pasado para volver al presente, donde también hay sorpresas muy agradables. Cuando llegamos arriba nos espera nada menos que un “enyesque”, típico tentempié herreño. ¡Vaya lujazo! Higos pasados al sol, queso de oveja, buen vino del país y, como espectacular postre, quesadillas asadas en horno de madera de brezo. Para llorar de alegría.

Así que voy a repensarme lo de no ir este verano a la Bajada de la Virgen. Aunque vaya a dormir bajo un pino, este verano hay que volver a El Hierro.

Enyesque herreño para reponer fuerzas.

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2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

  1. Dice ser paco

    Correccion………..en Lanzarote son “conejeros” no Majos

    Saludos

    05 Marzo 2017 | 15:20

  2. Respondiendo a Paco. La cultura aborigen de Lanzarote y Fuerteventura era la misma, la de los majos. Lo de llamar conejeros a los de Lanzarote es una denominación moderna, referida a que se escondían en jameos y tubos volcánicos cuando aparecían piratas y otros invasores.

    05 Marzo 2017 | 20:49

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