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EL KM. 43

14 junio 2012

por Erna Rijnierse (Sudán del Sur, Médicos Sin Fronteras)*

Nada resulta fácil aquí. En solo una mañana, fuimos testigos de seis muertes en el Km. 43. Una mujer llegó tan deshidratada que murió nada más entrar en la clínica. La gente muere, sufre; lo que vemos aquí es una crisis en toda regla. No podemos quedarnos sentados mirando sin hacer nada, tenemos que hacer todo lo que esté en nuestras manos y presionar para que mejoren las condiciones de vida de estas personas.

Si quieres ver el testimonio de Erna Rijnierse desde el Km.18: http://bit.ly/LQwSpN

“El Km. 43”. Así es como se llama este punto en mitad de ningún sitio en el estado del Alto Nilo, en Sudán del Sur. Aquí se están asentando refugiados que llegan huyendo de la violencia en el vecino Sudán. Han llegado unas 30.000 personas en las últimas semanas, y los campos de refugiados ya están llenos, así que los últimos se están quedando en este sitio con escueto nombre de punto kilométrico, y en otro de similar apelativo, el Km. 18. Aquí los refugiados duermen bajo los árboles, sin cobijo y prácticamente sin comida.

Las carreteras que llegan hasta aquí son un infierno, especialmente tras las lluvias, cuando resulta casi imposible acceder a la zona. Disponemos pocas plazas en nuestros vehículos, así que solo podemos trasladar a los más enfermos, dejando atrás a gente a la que esperamos poder volver a ver con vida al día siguiente. Como médico, es algo muy doloroso. Pero no nos queda otra elección, tenemos que priorizar a los pacientes en estado más grave.

El problema en estos asentamientos temporales de refugiados es que no hay suficientes organizaciones humanitarias trabando aquí. Estas personas han estado caminado durante semanas y cuando llegan ya están muy débiles, especialmente los grupos más vulnerables como los ancianos, los niños menores de 5 años y las mujeres embarazadas.

Hemos estado distribuyendo agua en el Km. 43, pero el principal depósito en superficie, el que usamos para potabilizar y distribuir, se ha secado. Así que ya no hay agua en el Km. 43. También estamos tratando y distribuyendo agua en el Km. 18, pero el agua disponible pronto se acabará también. Por eso es tan importante que ACNUR (la agencia de la ONU para los refugiados) y sus contrapartes les trasladen con urgencia a un lugar mejor acondicionado.

Cada día vamos a las pequeñas clínicas de campaña que hemos montado en los dos asentamientos para ver a los pacientes y asegurar la atención médica a los casos más graves. Ayer, justo antes de marcharnos del Km. 18, nos trajeron a un pequeño en estado de shock. Conseguimos salvarle, un oportuno recordatorio de las razones por las que estamos aquí y de lo que podemos hacer, incluso en las circunstancias más adversas.

La semana pasada realizamos 537 consultas: 292 fueron por diarrea y 40 por enfermedades respiratorias. De los 342 niños que acudieron a las clínicas y fueron examinados para detectar síntomas de desnutrición, un 38% estaban desnutridos, lo que supera con creces el umbral de emergencia.

Con la estación de lluvias a la vuelta de la esquina, también estamos viendo los primeros casos de malaria. La gente vive hacinada y, al llover, hace más frío, así que seguro que veremos otras enfermedades. La neumonía, especialmente en los niños más pequeños, probablemente tendrá una mayor incidencia.

Además de dar atención médica urgente, quizá el mayor impacto que podemos tener será en la prevención de enfermedades. Esta semana empezamos una campaña de vacunación de sarampión para niños menores de 15 años. Esta enfermedad es potencialmente mortal y muy contagiosa, especialmente en campos de refugiados, donde hay gran número de gente concentrada en una zona muy reducida. Estas personas no han sido vacunadas, por eso lo incorporamos en nuestra primera respuesta de emergencia.

La situación es desesperada. Se ha avanzado muy poco en la identificación de un lugar para albergar a estos 30.000 refugiados, y la lluvia y los problemas logísticos han paralizado todos los desplazamientos organizados. Los refugiados ni siquiera tienen un pedazo de plástico para cobijarse por la noche, así que ya os podéis imaginar que esto no mejorará la situación sanitaria de esta población tan vulnerable. Estas personas necesitan ser trasladadas de inmediato a un lugar adecuado donde tengan comida, agua y abrigo, y donde su salud pueda quedar asegurada. El tiempo corre en su contra.

*Erna Rijnierse es responsable del equipo médico de MSF que asiste a los refugiados sudaneses en el estado del Alto Nilo, en Sudán del Sur.

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Fotos 1 y 2: Refugiados sudaneses, llegando con sus pertenencias a Sudán del Sur, el 10 de junio de 2012. (© Louise  Roland-Gosselin/MSF).

Foto 3: Refugiados sudananeses cogiendo agua en uno de los depósitos naturales de agua en superficie (ya agotados) en el Km. 43, el 9 de junio de 2012 (© Louise  Roland-Gosselin/MSF).

Y de repente Ambia se puso mejor

31 mayo 2012

Por Michele Trainiti (Médicos Sin Fronteras, Etiopía)

He pasado casi ocho meses en Etiopía, concretamente en Hiloweyn y sus alrededores, trabajando para MSF en la respuesta a la crisis de los refugiados somalíes. Al principio era responsable del centro de salud, y más tarde me hice cargo de todos los proyectos en Liben.

Cuando pienso en el campo de refugiados de Hiloweyn, pienso en Ambia. Fue uno de nuestros primeros pacientes, una pequeña de 9 años y 10 kilos de peso, enferma de tuberculosis y sin nadie en la vida aparte de un tío suyo. Todo el resto de su familia había muerto durante la crisis nutricional o en la guerra. Ambia ha sido uno de los símbolos de nuestro centro de salud.

Por aquel entonces, entre finales del verano y otoño de 2011, el hospital estaba abarrotado de pacientes: solíamos tener entre 40 y 50 niños hospitalizados con desnutrición severa, de los cuales por lo menos 8 estaban ingresados en cuidados intensivos. El personal tenía que hacer guardias agotadoras para poder atender a todos los pacientes las 24 horas del día.

Fuera del centro de salud, una multitud inacabable esperaba a ser admitida también en nuestro programa nutricional. Cientos de mujeres con niños desnutridos. Dentro del centro, los médicos y enfermeras corrían de una tienda a otra, de un paciente a otro, durante todo el día, con solo unos pocos minutos de descanso para comer y cenar.

En aquel momento, el campo albergaba a unos 25.000 refugiados del sur de Somalia, que habían llegado hacía unas pocas semanas. Cada mañana distribuíamos sudarios para aquellos que habían muerto en el campo durante la noche. Perdíamos a entre tres y cuatro niños cada semana y, en el peor momento, llegamos a perder uno al día. La situación era muy difícil, la población en el campo no reconocía la desnutrición como una enfermedad, probablemente acostumbrada a años y años de hambruna y sequía, y por lo tanto nos traían a los niños sólo cuando enfermaban de algo más (diarrea, infecciones respiratorias, etc.), así que a menudo nos llegaban en un estado muy crítico.

Y entre ellos se encontraba Ambia. Como os digo, tenía 9 años y pesaba 10 kilos. Ojos abiertos al mundo de par en par, muñecas tan pequeñas como las de una niña de 4 años, muy testaruda, muy débil, siempre a la defensiva. Siempre enferma. No importaba lo ocupados que estuviesen los sanitarios, siempre sacaban unos minutos extra para ella. Y ella sonreía, pero no mejoraba. Conseguía ganar peso, pero al cabo de unos días volvía a perderlo rápidamente. Su diagrama de peso era una línea irremediablemente descendente.

Pensando en aquel tiempo, siento que de alguna forma ella era el paradigma de toda aquella crisis: un lugar complicado donde, a pesar de los inmensos esfuerzos, no vislumbrábamos signo alguno de mejora, donde cada mañana contábamos las camas que se habían quedado vacías por la noche, donde, perdida toda esperanza, las madres querían llevarse a casa a sus bebés moribundos, donde el personal sanitario poco a poco pero de forma progresiva se iba agotando en ese esfuerzo extenuante que supone tener que afrontar una abrumadora crisis nutricional.

Y entonces un buen día, de repente, Ambia se puso mejor. Nos limitamos a cambiar su dieta, ya que de todas formas no estaba respondiendo ya a los alimentos terapéuticos. El tratamiento contra la tuberculosis también empezó a tener sus primeros efectos positivos. Siempre recordaré a su tío llorando quedamente al darle las gracias al médico por salvarle la vida a la pequeña.

En octubre de 2011, la situación empezó a mejorar. Había menos pacientes con necesidad de hospitalización, también fallecían menos, y la mortalidad en el campo estaba bajo control. La situación sanitaria y nutricional se fue estabilizando poco a poco, la distribución de alimentos cada vez llegaba a más gente y los esfuerzos médicos por fin daban resultado.

La semana pasada, después de siete meses, volví a ver a Ambia. Y apenas pude reconocerla. Iba vestida con un traje somalí tradicional, el pelo cubierto y un velo enmarcándole el rostro, los mofletes y la cara resplandecientes… tuve que buscar ese pestañeo de obstinación en sus ojos para encontrar en ella a la Ambia que yo conocía.

Compartía sonriente un paquete de galletas con una amiga que había hecho en el centro de salud. La enfermera de la sala me dijo que acababa de completar con éxito el tratamiento de tuberculosis pero que todavía iba al centro de salud a diario, por costumbre y por las galletas. Ambia me miró y pude percatarme de que su sonrisa se agrandaba. Quiero pensar que me había reconocido.

Ahora la sala donde Ambia había estado ingresada está casi vacía; sólo hay una pocas camas ocupadas por niños enfermos. La inacabable cola de gente fuera del centro ha desparecido, y en general todo está muy tranquilo en comparación con hace apenas unos meses. La situación sanitaria en Hiloweyn ha mejorado significativamente, la crisis nutricional ha sido derrotada.

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Foto 1: Una trabajadora de MSF enseña a la madre de un niño con desnutrición aguda cómo completar su lactancia haciendo que el niño tome también suplementos al mismo tiempo que toma el pecho. Hospital de MSF en Hiloweyn, Etiopía, en septiembre de 2011 (© Samuel Hauenstein Swan).

Foto 2: Una larga cola de madres con sus niños, refugiados somalíes, en el campo de Dolo Ado, en Etiopía, en septiembre de 2011 (© Samuel Hauenstein Swan).

Foto 3: Una familia de refugiados somalíes recién llegados a la frontera etíope, en septiembre de 2011 (© Samuel Hauenstein Swan).

Foto 4: Refugiados somalíes en la sala de espera en el centro de salud de MSF en Kobe, Etiopía, en julio de 2011 (© Lali Cambra).

Días de guardia en Jamam

22 marzo 2012

por Kirrily de Polnay (Médicos Sin Fronteras, Sudán del Sur)*

Me paso el día en el hospital de MSF, un poco aislada del campo de refugiados de Jamam. La mayor parte de las personas a las que atiendo son muy corteses, y hacen lo que todos solemos hacer cuando vamos al médico: arreglarse. Así que vienen bien vestidos, se muestran amables, hacen ese esfuerzo, y casi podrías olvidarte de que estás en un campo de refugiados. Y solo cuando llega un niño que lleva un mes con diarrea, que llegó la noche anterior con su familia del paso fronterizo de El Fuj, que todos llevan dos días sin comer ni beber, y que han sufrido cinco robos ese día, recuerdas de repente dónde estás.

Y los padres están tan angustiados, tan preocupados, y tú te vuelcas en el niño, le colocas un suero, le pones todo lo que puedes. Estos niños a menudo están desnutridos así que hay que hacerlo todo con gran delicadeza ya que podría sufrir con facilidad un fallo cardiaco o un edema pulmonar. Así que es un equilibrio muy delicado: no tratas a niños sanos que han enfermado, sino a niños que ya llegan con reservas muy bajas.

Tenemos muchos casos de diarrea. Intentas explicarles cómo tomar la solución de rehidratación oral, pero no tienen dónde prepararla. Incluso a mí me cuesta calcular cuánto es “la mitad del paquete”… les dices “tienes que beber agua, tienes que beber la solución que te damos”, y ellos asienten y dicen “sí”. Pero sabes que no tienen agua suficiente, reciben apenas unos litros al día. Así que les prescribimos algo que no pueden hacer, y sientes que lo haces es como poner una minúscula tirita para detener una gran hemorragia.

Hasta ahora todos hemos estado compartiendo los turnos de noche. Hay que estar ahí constantemente, sobre todo con los niños desnutridos, evaluando, buscando el equilibrio entre aportarles el suero suficiente por un lado y evitar provocarles un fallo cardiaco. Por el momento hemos podido hacerlo, pero no sé por cuánto tiempo podremos seguir trabajando a este ritmo.

Recuerdo a un paciente, muy pequeño, tendría dos o tres años, que estaba en tal estado cuando llegó que pensamos: “no hay nada que hacer, se acabó para él”. Afortunadamente, acabábamos de instalar la máquina de oxígeno, así que comenzamos con eso, le pusimos en tratamiento, ¡y al final del día el niño ya se estaba quejando, quería irse a casa! Fue increíblemente agradable: cuando un niño empieza a incordiar, ya sabes que la cosa va bien. En casos como este, le dejamos ingresado toda la noche. Quiero decir, que llegó moribundo, ¡tampoco puedes mandarle a casa el mismo día aunque haya mejorado! Pero a veces ocurre, niños que se recuperan de inmediato.

También tenemos recuperaciones asombrosas cuando referimos a un paciente a Doro, donde MSF tiene un hospital de campaña más grande que el que tenemos aquí. Te pasas un par de noches pensando cómo le estará yendo allí al paciente. El otro día sin ir más lejos tuve a un niño de 7 años que realmente no pensé que fuera a sobrevivir. Llegó en estado muy grave y no teníamos la capacidad de diagnóstico aquí necesaria para saber exactamente qué le pasaba.

Cuando nos le llevamos de urgencia a Doro, fue con mucha prisa, su abuela también tuvo que subir al vehículo, iba llorando y se te rompía el corazón al verla porque se la veía asustada y sola. Ese mismo día volvió con el crío, con una gran sonrisa, estrechándonos la mano a todos y haciendo que el niño también lo hiciera. Y aquello hizo que aquel mal día se convirtiera en algo mucho más llevadero.

Y luego está el tema de la traducción a tres bandas. Es muy complicada, y los intérpretes se cansan, porque pasamos de la lengua tribal al árabe y de ahí al inglés, y vuelta al revés. A veces tienes cuatro niños que han llegado con su abuela, o con una hermana mayor, y ellas no saben necesariamente qué ha ocurrido. Y esperan de nosotros que seamos capaces de adivinar. Intentamos explicarles que no podemos hacernos una idea si no nos cuentan ellas qué ha ocurrido, cuál ha sido el proceso hasta ahora. Pero les resulta extraño porque ven nuestros estetoscopios, y un estetoscopio significa que debes de saber lo que va mal ¿no? Sé que a los traductores les cuesta explicar estas cosas. Cualquier traducción es complicada, muy complicada.

En mi primera noche aquí, tuvimos que quedarnos con un niño que estaba muy enfermo. En un momento dado, nos dijeron que había otro niño también muy enfermo en la puerta, así que dejé al pequeño ingresado durante unos minutos para ir a examinar al recién llegado. Cuando pasábamos delante de los guardias, estaban matando a una descomunal serpiente que se había colado en el recinto. Y la verdad es que me dio por reírme, por lo ridículo de la situación. Imagina que se te cae la linterna, te tropiezas con una de las enormes grietas que hay en el suelo y vas y das de bruces con una serpiente gigante que probablemente es venenosa. Es una situación bastante extrema, así que si no te ríes, ¿qué te queda?

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* La doctora Kirrily de Polnay trabaja con MSF en el hospital de campaña del campo de refugiados de Jamam, en Sudán del Sur. Los campos de refugiados de Doro y Jamam acogen a más de 80.000 personas procedentes del estado de Nilo Azul, en el vecino Sudán. Malviven en un entorno hostil que no está preparado para cubrir las necesidades de tantas personas, por lo que los refugiados dependen totalmente de la ayuda humanitaria.

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Foto1: La doctora Kirrily de Polnay, con el pequeño Aman, en la “sala de urgencias” del hospital de MSF en Jamam, Sudán del Sur (© Robin Meldrum).

Foto2: Un paciente en estado muy grave, ingresado en el hospital de MSF en Doro tras su traslado de urgencia desde el hospital de Jamam (© Robin Meldrum).

 

Cuando se acabe el sorgo

16 marzo 2012

por Younassa Lifa Lenya (refugiado en Sudán del Sur)

Soy enfermero en el hospital de campaña de Médicos Sin Fronteras en el campo de refugiados de Doro, en el noreste de Sudán del Sur; pero además soy refugiado en este mismo campo. Yo soy del país vecino, de Sudán, el estado de Nilo Azul, y llevo en Doro unos cuatro meses*.

Uno de nuestros principales desafíos es la estación de lluvias. Espero que podamos estar preparados a tiempo, porque conozco cómo es este sitio y lo difícil que puede ponerse.

Cuando vivía en Nilo Azul, trabajaba como agente comunitario de salud con otra ONG. Concretamente trabajaba con Kurmuk. Creo para que la gente que se ha quedado en Nilo Azul todo lo relacionado con la salud se ha puesto muy difícil. Todo el mundo  ha huido de allí, así que no hay ni médicos ni enfermeros.

Llegar al campo de Doro con mi familia fue complicado. Hicimos todo el viaje andando, creo que tardamos unos 30 días, y apenas podíamos encontrar agua o comida.

Antes de esto también fui refugiado en Etiopía. Fue hace mucho tiempo, éramos muchos. Creo que estuve allí como refugiado unos 20 años. Después pude regresar a Nilo Azul, pero ahora de nuevo hemos tenido que irnos y cruzar la frontera porque vuelve a haber combates. Y aquí estamos, en Doro.

Aquí no hay agua suficiente para todos. En nuestro caso, es mi mujer la que va a por agua. A veces sale por la mañana y no consigue encontrar nada hasta por la tarde. Cuando vuelve siempre me cuenta que ha tenido que pelearse por el agua con otras mujeres.

Además, recibimos comida en las distribuciones, pero no es suficiente. Hay quien regresó a Sudán para la cosecha de sorgo, porque aquí no hay comida para todos. Pero no me parece una buena opción, es muy peligroso.

Ahora que la cosecha ha terminado, creo que vamos a tener problemas. Podríamos tener problemas de hambre en el campo. Hasta ahora nos hemos mantenido con el sorgo que la gente ha ido trayendo. Pero ahora lo que necesitamos es que las organizaciones humanitarias nos distribuyan comida.

Como decía, la estación de lluvias también traerá problemas. No tenemos sitio para que los refugiados podamos cultivar algo nosotros mismos. Así que no podemos cubrir nosotros mismos nuestras necesidades.

* Los campos de refugiados de Doro y Jamam, en el noreste de Sudán del Sur, acoge a más de 80.000 personas procedentes del estado de Nilo Azul, en el vecino Sudán. Malviven en un entorno hostil que no está preparado para cubrir las necesidades de tantas personas, por lo que los refugiados dependen totalmente de la ayuda humanitaria.

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Foto1: Younassa Lifa Lenya, refugiado en el campo de Doro y enfermero en el hospital de campaña de MSF (© Robin Meldrum).

Foto2: Refugiados en una de los puntos de agua potable establecidos por MSF en el campo de Jamam (© Robin Meldrum).

“Medio millón de murcianos se hacinan en los campos de refugiados del sur de Francia”

29 agosto 2011

Por Alfonso Verdú, Médicos Sin Fronteras (Kenia)*

 

y a continuación de este titular vendría el siguiente subtítulo: “a pesar de los esfuerzos del gobierno francés y la presencia de Naciones Unidas, miles de murcianos siguen padeciendo las consecuencias de la desnutrición y los primeros brotes de sarampión y cólera”.

Obviamente sólo trato de llamar vuestra atención: en España no se dan las condiciones que en Somalia han forzado a más de medio millón de somalíes a buscar refugio en Kenia. No hay guerra, no hay sequía, existe un gobierno, un sistema de salud público y, afortunadamente, no hace falta la presencia de actores como Médicos Sin Fronteras.

Imaginar un campo de refugiados con la población de Murcia capital resulta cuando menos difícil, pero os aseguro que es una realidad; acabo de estar en los campos de Dadaab, en Kenia, una acumulación de tres mega-sub campos (Ifo, Dagahaley y Hagadera), de un cuarto en proceso de extensión (conocida como Ifo2 e Ifo3) y de otro más planificado (Kumbios). Según hablamos, estos campos ya sobrepasan las 440.000 personas.

Digo esto porque cada día se producen una media de 1.400 nuevas llegadas, en su mayoría mujeres y niños, que han recorrido a pie desde Somalia distancias similares a la que habría entre Murcia y Andorra. De seguir esta tendencia, a finales de año podríamos estar hablando de más de medio millón de personas en los campos, convirtiéndolos en la tercera “ciudad” en número de población de este turístico país que es Kenia.

Si en el último post os hablaba del desplazamiento interno, el flujo de refugiados es la otra cara de la moneda… con la diferencia de que en el ámbito humanitario pensábamos que campos de esta magnitud se habían convertido en una rareza.

Por muchísimas razones, a nadie le interesa que existan: seguridad, economía, medio ambiente y la propia capacidad de los países receptores para con sus respectivas poblaciones hacen que a ningún gobierno le guste ver en su territorio tanta población de otro país agolpándose de una forma tan súbita y descontrolada. ¿Podemos pensar en España acogiendo a medio millón de portugueses, 170.000 de ellos llegados sólo en un año? Además, están todas las experiencias de los años 90, cuando muchos de los campos de los vecinos de Ruanda se utilizaron como bases para contraatacar de nuevo…

El cambio en los conflictos tras la caída del Muro también ha favorecido más el desplazamiento interno que el de los refugiados que cruzan fronteras; e incluso muchos de nuestros países (que no sufren conflictos y no reciben flujos masivos de población en comparación a lo que sucede en África, por ejemplo) prefieren del desplazamiento interno que potenciales refugiados, ya que éstos últimos les generarían obligaciones de acogida y asilo que en muchos casos no están dispuestos a asumir.

MSF ya estuvo presente en la creación de estos campos hace veinte años, cuando fueron diseñados para 90.000 personas que huyeron tras la caída del régimen de Siad Barré en Somalia en 1991. Volvimos hace tres años, cuando la intensidad de la guerra en Somalia durante la intervención del ejército etíope generó decenas de miles de refugiados más.

En julio de 2010 se decidió extender un tercer campo (Ifo) para tratar de descongestionar a los 270.000 refugiados que por aquel entonces se agolpaban en Dadaab. Fue ahí cuando consideramos que era necesaria una mayor inversión de MSF. Tras un largo proceso de negociación entre el Gobierno de Kenia y el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR), Ifo finalmente ha sido extendido. Y hemos comenzado a trabajar en esta extensión hace sólo tres semanas, cuando la población de los campos supera ya las 440.000 personas.

En próximos posts os contaré qué estamos haciendo y cuál es nuestro análisis de la situación desde el punto de vista médico y humanitario. Pero, una vez más, resulta inevitable reflexionar en voz alta: ¿dónde está la carga de la recepción de la población somalí? ¿Por qué cientos de miles de personas han tenido que dejarlo todo y huir? ¿Es suficiente pedir dinero y dar comida para dar una respuesta a estas poblaciones? ¿De verdad podemos seguir aceptando que cada generación vea las escenas del niño desnutrido, la madre desesperada, la tienda del refugiado y los logos de las organizaciones humanitarias como MSF en el fondo?

 

*Alfonso Verdú es responsable de Operaciones de MSF en Somalia, Kenia y Etiopía.

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Foto 1: Refugiados somalíes recién llegados a Kenia esperan en la puerta del centro de recepción del campo de Daghaley (© Michael Goldfarb/MSF, julio de 2011).

Foto 2: Asentamientos espontáneos de refugiados somalíes que se quedaron fuera del abarrotado campo de Daghaley, en enero de 2011 (© MSF). 

Foto 3: Un pequeño somalí con desnutrición aguda, atendido en el hospital de MSF en Dadaab, Kenia (© Brendan Bannon, julio de 2011).

 

 

Las palabras de Seku

27 mayo 2011

Por Serene Assir (responsable de prensa en emergencias, Médicos Sin Fronteras)

Ya no estoy en Túnez. En próximos post os daré cuentas de otra emergencia a la que he sido destacada como responsable de prensa, pero de momento quería cerrar la pequeña serie que iniciamos en marzo en los campos de tránsito en la frontera con Libia, con una historia que sigo recordando tantas semanas después.

Era mi último día en la frontera de Túnez con Libia, donde llevaba algo más de un mes con la unidad de emergencias de MSF. Ahlem, una de las psicólogas de nuestro equipo en el campo de tránsito de Choucha (a 7 kilómetros del paso fronterizo de Ras Ajdir), insistió en presentarme a Seku, un joven refugiado de Costa de Marfil, antes de que me marchara. Quedaba poco tiempo, pero ella insistía en que valía la pena. “Su historia es increíble,” decía Ahlem. “Y además, es poeta.”

Al rato apareció Seku en la tienda de campaña que había montado el equipo de MSF en el corazón del campo, en el que se habían llevado a cabo decenas de consultas individuales con personas que habían huido de la violencia en Libia. A día de hoy, más de 230.000 personas ya han cruzado la frontera tunecina con Libia, y aunque muchos de ellos son repatriados a sus países de origen con relativa rapidez, personas como Seku, cuyos países están inmersos en crisis, todavía no saben cuál será su destino.

“Al principio no quedaba claro si nos iban a repatriar a Costa de Marfil, a pesar de la situación ahí”, me contaba Seku, hablando en voz baja y con una tranquilidad que resaltaba debido al contraste con el peso de sus palabras. “Ahora sabemos que no nos enviarán de vuelta a casa a menos que la situación ahí realmente se calme.”

Seguimos hablando, y cuando le pregunté cómo se sentía estando en un campo de tránsito, donde por defecto estaría refugiado temporalmente, contestó: “si son tres o cuatro meses, vale. Pero si se trata de más tiempo, realmente tendríamos que saberlo. Y en eso nadie ha sido claro con nosotros hasta ahora. Nos dicen que esperemos. Pero, ¿hasta cuándo?”

Y entonces me pidió que comunicara su historia a “quienes dirigen el mundo”, y que le ayudara a cambiar su situación. Le dije que lo intentaría, pero que no sabía si me escucharían. “Eso depende de ti, no de ellos”, me contestó Seku. “Si escribes de manera que la persona que te lea sienta el profundo deseo de hacer algo para ayudar a cambiar el mundo, entonces tu lector se convertirá en un agente de cambio.”

Sus palabras me emocionaron. Me hizo recordar que todos tenemos en nuestras manos un gran potencial, el poder de hacer que las cosas cambien para mejor. Es solo cuestión de ponernos en  movimiento, de pensar creativamente y con sentido de compromiso con el mundo, más allá de los límites de nuestras vidas personales.

Para concluir, refugiándonos en la calma de la tienda de campaña de MSF, Seku me habló de su amor por su país, de lo verde y bello que es, y de lo mucho que desea que nunca más se haga la guerra. “Tendremos nuestra recompensa el día que ya no haya guerra en Costa de Marfil,” decía. “Ese día, te acordarás de mí.”

Las palabras de Seku siguen resonando desde lo más profundo de mi memoria.

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Foto: Seku, en el campo de tránsito de Choucha (© Serene Assir)