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Entradas etiquetadas como ‘refugiados’

A salvo en Turquía, los sirios siguen atormentados por la guerra

Por Caroline Willemen, asesora de salud mental de MSF

Una mujer y su hija reciben atención en una de las clínicas donde trabaja MSF con refugiados sirios. Anna Surinyach.

Una mujer y su hija reciben atención en una de las clínicas donde trabaja MSF con refugiados sirios. Anna Surinyach.

Una mujer sale al patio soleado de una vieja casa en Killis (Turquía), nos saluda y llama a su hijo para que limpie con un trapo un par de sillas de plástico para que nos sentemos. Su nombre es Loubna* y durante la próxima media hora compartirá con dos agentes comunitarios de salud mental sus reflexiones sobre lo que supone ser una refugiada siria.

Mientras, su hijo pequeño juguetea y se esconde detrás de ella. El niño tiene curiosidad por los dos extraños que acaban de entrar en su casa, pero al mismo tiempo se muestra inquieto.

Los dos trabajadores son parte de un equipo de diez personas que visitan cada día a los refugiados sirios en sus hogares y también en lugares públicos para ofrecerles una primera atención psicosocial e identificar quienes de ellos necesitan seguir un tratamiento psicológico.

Muchas de las personas a las que atendemos llegaron a Turquía hace varios años. Su sentimiento de inseguridad ha menguado pero siguen afectados por la guerra por muchísimas razones. La primera de ellas, la proximidad a Siria, tanto emocional como física. Aquí en Killis, a unos pocos kilómetros de la frontera, puede verse desde las colinas y a veces incluso escuchar el sonido distante de los bombardeos.

Pero mucho más difícil de afrontar son los fuertes lazos emocionales con su país. Todos aquí tienen familiares o amigos en Siria de los que no han tenido noticias desde hace demasiado. Y cuando las tienen son historias desgarradoras de la rutina diaria de un país en guerra.

Luego están los desafíos propios de vivir en el extranjero. La población de Killis es hoy una mezcla casi al 50% de sirios y turcos. Sin embargo, para muchos refugiados encajar en un país que no es el suyo sigue siendo una lucha constante. Tal y como Loubna nos cuenta mientras tomamos café, “es difícil ser un extranjero cuando no se tiene trabajo ni un hogar y la familia está lejos”.

La mujer duerme poco. Cuenta que antes era muy sociable, pero que ahora, sin embargo, evita el contacto con el resto de personas. Loubna vive con sus cuatro hijos y su cuñada en una casa austera. Cuando amanece, el patio se torna un lugar acogedor, pero los plásticos que cubren las ventanas recuerdan rápidamente el frío invierno que esta familia acaba de atravesar. Las condiciones en las que viven los sirios también pueden generar tensiones. Los hogares que visitamos oscilan entre los que son algo confortables y garajes que han sido convertidos en precarios habitáculos, con poca luz natural y ausencia de privacidad. No es extraño que la salud mental de los refugiados se resienta en esta situación.

Siempre me siento algo incómoda cuando entro a estos hogares acompañando a nuestros agentes de salud mental, que también son sirios. Sin embargo, es una agradable sorpresa ver que a la gente no parece importarle la presencia de un extranjero. Durante nuestras visitas, encontramos a las mujeres y a los niños casa, dispuestos a conversar con nosotros y compartir sus experiencias. Nos sirven interminables rondas de café o té y siempre me impresiona ver lo rápido que mis colegas se ganan la confianza de las personas a las que asistimos.

Una mujer y su hija reciben atención en una de las clínicas donde trabaja MSF con refugiados sirios. Anna Surinyach.

Una mujer y su hija reciben atención en una de las clínicas donde trabaja MSF con refugiados sirios. Anna Surinyach.

Tal y como nos dice una pequeña de diez años: a ella le encanta su profesora y de mayor quiere ser también maestra. Pero entonces su madre empieza a llorar en silencio. Fátima*  explica que ella concibe la educación como la herramienta más importante que se le puede dar a un niño para su futuro. Pero muestra también una gran preocupación por sus dificultades económicas, que le obligarán a dejar de llevar a sus hijos a la escuela para que empiecen a trabajar. Es solo un ejemplo de cómo los niños resultan afectados por esta guerra. Loubna menciona que los juegos infantiles han cambiado y que ahora incluyen armas, tiroteos y aviones de guerra. Un reflejo de lo que los más pequeños consideran algo normal.

Cada sirio en este pueblo tiene una triste historia que contar. Pero también es impresionante comprobar su resiliencia. Aunque Loubna crea que jamás podrá regresar a Siria, guarda algo de esperanzas en el futuro y da gracias porque su familia está a salvo en Turquía. Fátima, por su parte, sonríe cuando dejamos su casa y agradece a los agentes comunitarios de salud mental la oportunidad de poder compartir sus pensamientos y sus miedos. Asegura que se ha quitado un gran peso de encima.

*Los nombres se han cambiado para proteger la privacidad.

Médicos Sin Fronteras apoya a Citizens’ Assembly, una ONG turca, en Killis desde 2013. Además de salud mental y ayuda psicosocial, MSF gestiona una clínica de salud primaria para la población que ha huido de Siria.

Un ‘pueblo’ de refugiados

Katja Schmitz, pediatra de Cruz Roja Española en el campo de refugiados de Skaramagas.

Hace 6 meses me embarqué en la experiencia más increíble de mi vida. Llegué a un puerto con cientos de contenedores convertidos en viviendas, metros y metros de cemento a casi 40º C, y dónde la gente salía cuando se ponía el sol. Un lugar que pretendía hacer de hogar a miles de personas que lo habían perdido todo. En este lugar, apartado del centro de Atenas, la actividad que ocupaba el día a día de las personas era la espera, la espera a una oportunidad, a una vida mejor, a poder ofrecerles un futuro a sus hijos.

Muchos de los jóvenes habían iniciado sus estudios en sus países de origen. Relataban con una sonrisa en la cara que soñaban con reanudarlos una vez llegados al destino de su viaje que había empezado hacía ya mucho tiempo. Esta sonrisa en muchos de ellos se fue borrando a lo largo de las semanas y meses, y nosotros lo observamos, porque la espera continúa para muchos.

Pero también observamos cómo este lugar tan singular se fue transformando progresivamente: aparecieron grupos de trabajo de voluntarios comunitarios, espacios para los niños y mujeres lactantes, una escuela y un parque infantil cargado de energía y vitalidad inagotable.

Múltiples organizaciones trabajan duro con el fin de preservar la dignidad de estas personas. A pesar de las dificultades del día a día y de algunas barreras idiomáticas, fácilmente superables gracias al objetivo común que nos mueve, es bonito ver personas de tan diversas nacionalidades y orígenes que acuden a este lugar formando parte de este equipo.

Pronto me contagié del entusiasmo y alegría del equipo de la Cruz Roja constituido por profesionales tan variopintos como se puede imaginar, echando muchas horas todos los días tanto en terreno como en casa.

Al principio, a pesar de la energía positiva y el esfuerzo, muchas veces recibimos reacciones de exigencias y enfados por parte de la comunidad a la que asistíamos. Esto probablemente reactivo a todo lo vivido durante el camino, el cansancio y la impotencia de no poder comunicarse en ocasiones. En particular, a lo que se refiere a mi consulta, los inicios fueron duros. Había poca aceptación de la no prescripción de antibióticos y otros fármacos. A veces era percibida como una maniobra de rechazo de asistencia, maniobra de ahorro o discriminación. Poco a poco nos fuimos haciendo con la confianza de la gente y ganándonos su respeto. Ahora, la mayoría nos saluda con confianza y pasear por Skaramagas se ha convertido en pasear por un pueblo donde los vecinos se conocen.
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Fátima, un embarazo de alto riesgo en un campo de refugiados

Nuestro compañero Jamal El Kadib narra su experiencia en Ritsona (Grecia) como delegado de Cruz Roja Española en apoyo a personas refugiadas.

El sábado por la mañana vino Mohamed sonriente y algo exhausto a la clínica que Cruz Roja tiene desplegada en el campo para personas refugiadas de Ritsona (Grecia) para informarnos de que había recibido una llamada desde uno de los hospitales de Atenas. En aquella llamada, uno de los médicos de guardia le indicaba que, un mes y medio después, su mujer, Fátima, embarazada de seis meses, había recibido el alta médica, que podía ir a buscarla y traerla de vuelta al campo.

Mohamed, de 22 años, quería que le gestionásemos el transporte que traería a su mujer del hospital al campo de Ritsona, ubicado a aproximadamente una hora de la capital griega. En este campo intentan convivir alrededor de seiscientas personas, en su mayoría niños y mujeres de la Siria kurda. El transporte de este tipo de pacientes lo realiza otra organización ubicada en el campo, pero siempre por indicaciones del médico de turno o recomendaciones del propio hospital.

Poco antes de las 17 horas, Mohamed, volvió a nuestra clínica para trasladar a la médico de familia y a la matrona que su mujer no se encontraba bien y que tenía mucho dolor abdominal. Inmediatamente, las dos especialistas fueron a ver a la paciente y, efectivamente, la encontraron tumbada en su tienda con mucho dolor. Le preguntaron si las contracciones eran constantes y si seguían un patrón determinado y su respuesta fue negativa. Tampoco tenía hemorragias ni había perdido líquidos. Sin embargo, la matrona le recomendó volver al hospital, ya que el embarazo era de alto riesgo y podría complicarse en cualquier momento. La paciente, no obstante, dijo que prefería esperarse hasta que amaneciera para estar con sus dos hijos de 2 y 4 años porque apenas le había dado tiempo disfrutar de ellos, tras casi dos meses sin verlos.

Al día siguiente, domingo, nos dirigimos directamente a su tienda, aunque no nos habían llamado en ningún momento a lo largo de la noche, pero aun así, estábamos preocupados. Fátima seguía tumbada en una colchoneta en su tienda de campaña con su marido al lado y su niña pequeña Adla. Estaba retorciéndose de dolor y con lágrimas en los ojos. La matrona la preguntó si seguía igual y dijo que sí y que no había cambiado nada. La matrona empezó entonces a contar el tiempo de las contracciones y enseguida se dio cuenta que algo había cambiado desde la última vez que la exploró. Tenía contracciones cada cinco minutos, y la paciente había empezado a perder líquidos. En ese momento decidió mandarla de nuevo al hospital contra la voluntad, pues no quería separarse nuevamente de sus hijos.

Fátima, debido al dolor y al trauma que le causó su última estancia de más de un mes en el hospital sin poder ver a sus hijos y a su marido, me preguntó si había alguna manera de abortar su embarazo en el campo, ya que no quería tener al bebé si el precio era permanecer tres meses en el hospital lejos de los suyos. Le dijimos que no, pero que haríamos todo lo que estuviera en nuestras manos para que pudiera estar con los suyos o para que ellos pudieran visitarla más a menudo en el hospital de Atenas.

Mientras esperábamos la llegada de la ambulancia, la matrona montó una pequeña clínica de primeros auxilios en la misma tienda para aliviar el dolor de la paciente y al mismo tiempo para estar alerta por si la paciente se ponía de parto en cualquier momento.

Media hora más tarde, llegó la ambulancia y pudieron llevarse a Fátima antes de dar a luz, pero en un mar de lágrimas por separarse de nuevo y en menos de 24 horas de sus hijos y la angustia de no saber cuánto tiempo estaría ingresada en el hospital.

El martes, dos días más tarde, sobre las 17:30h., Fátima dio a luz una niña prematura de apenas veintiséis semanas. Desde el hospital se pusieron en contacto con nosotros para pedirnos explicar al padre lo que implicaría un parto tan prematuro y, en especial, la incertidumbre para dar un pronóstico de cara al futuro más inmediato del recién nacido. Cuando explicamos al padre la situación del bebé, nos preguntó si podían llevar a sus otros niños al hospital o traer a la madre con sus hijos. Le dije que era muy pronto y que se trataba de las primeras horas del recién nacido y lo más prudente en ese caso, era esperar y ver cómo evolucionaría el bebé. Le indicamos también que, en cualquier caso, ya no se temía por la vida de la madre que había sufrido durante los últimos cuatro meses y que en las condiciones en las que se encontraba y dado su estado de ánimo, había tenido en vilo a todos los médicos.

Al día siguiente, pasadas las 20:00h., sonaba de nuevo el teléfono, pero esta vez era para informarnos que el recién nacido no pudo sobrevivir y que había fallecido. Se lo trasladamos al padre que en cierto modo esperaba un desenlace de esta índole. Nos dijo, con un nudo en la garganta y los ojos llenos de lágrimas, que le daba mucha pena perder a su hijo y ver a su mujer sufriendo, pero que, por otro lado, sabe que su mujer podría por fin despegarse de la cama, salir del hospital y sobre todo poner fin a la angustia de no poder abrazar a sus otros hijos y tenerlos su lado que era lo que la tenía obsesionada.

La desesperación de esta familia y del equipo de profesionales que atienden en la clínica, es sólo un ejemplo de la labor que se realiza en el seguimiento de los veintiséis casos que hay de embarazos, actualmente, en el campo de Ritsona.

P.D.: Todos los nombres mencionados en este artículo son ficticios para conservar el anonimato de sus protagonistas.

¡Qué difícil es cuando nuestros hijos o hijas deciden nacer antes de tiempo!

Por Gabriela Pérez-Noceti, delegada de Cruz Roja Española en el campo de refugiados de Ritsona, Grecia.

Qué difícil es pasar por ese duelo y volverse padres y madres de golpe, haciéndose los fuertes para que a pesar de todo nuestro dolor, físico y también psíquico, esa mezcla de alegríatristezafrustraciónmiedoesperanza no se interponga en nuestra capacidad de darle a nuestro pequeño prematuro todo nuestro amor y cuidados. Las madres, nuestra leche.

Qué difícil, qué exigente, sin tener a nuestro bebé en brazos aún, ser capaces de mantenernos conectadas a esa máquina llamada extractor del que en el mejor de los casos alguna vez habíamos escuchado hablar, y que nos ayudará a que apenas podamos, demos a nuestro hijo lo mejor que tenemos: nuestra leche. Ojeras, noches sin dormir, agotamiento, incertidumbre, pasando de golpe a vivir entre una casa vacía y esa “nave espacial” que parece ser la unidad especial de cuidados de cualquier gran hospital. Las palabras del médico y enfermera, en quien confiamos, nos pueden resultar a veces indescifrables….

Qué fundamental es en esos casos no sólo contar con la tecnología necesaria, sino con una atención humana, que nos escuche, que nos entienda y respete, que valore nuestra capacidad de cuidar y de alimentar, nuestros tiempos…. Todo el apoyo del mundo en estos casos es más que trascendental. Una atención centrada en las familias y sus necesidades particulares pueden hacer que te cambie radicalmente la vivencia que te ha tocado atravesar…Admirable lo que pasan esas familias, y el personal que los asiste.

Me saco el sombrero con lo que están avanzando hospitales como Vall d’Hebron o Sant Joan de Deu en ese sentido. ¡Qué cracks!

Ahora piensen por un momento lo que puede ser vivir esta experiencia estando muy lejos de tu hogar, y de tu gente. Sin poder ni siquiera entender el idioma de los cuidadores de nuestro bebé. Cuando lo único que podemos hacer es rezar a cualquiera que sea nuestro Dios, si tenemos la suerte de creer en uno, y sacarnos leche, esperando pronto poder hacérsela llegar a nuestro pequeño.

Recién llegados, en un campo de refugiados en una caravana sin luz ni agua potable, echando mano a un extractor de leche manual, y esperando que la próxima semana su bebé prematuro de dos meses tenga el alta, así me encontré hoy en una visita.

No vamos a tener grandes tecnologías, pero tendremos nuestros brazos abiertos y una mamá y papá canguros, que están esperando desde hace meses, en esa mezcla de alegríatristezafrustraciónmiedoesperanza, pero con todo su amor a esa bebé que ha decidido nacer antes de tiempo.

Hoy me he sentido privilegiada de estar aquí ahora.

Campo de refugiados de Ritsona. Foto Ovi Vega @ovitveo

Campo de refugiados de Ritsona. Foto Ovi Vega @ovitveo

El sueño de Narmin

Por Javier Enrique Hernández Cordero, delegado de Cruz Roja Española en el campo de refugiados de Ritsona, Grecia.

Cuando llegué a Ritsona tenía muchas interrogantes y estaba algo inconforme con lo que me deparaba el futuro durante mi primera misión en Grecia. Siempre había anhelado ir con la Cruz Roja Española de misión. Nunca imaginé que la vida me iba a brindar la oportunidad de participar en una misión humanitaria de esta envergadura. Esa oportunidad llegó antes de lo esperado.

Cuando eres enfermero y sales en tu primera misión lo último que te esperas es no estar en contacto diario y permanente con los pacientes en la clínica. Un enfermero en su día a día desea llegar al sitio estar en primera línea y dar lo mejor de  sí y  aprovechar sus conocimientos y habilidades adquiridas para aliviar el sufrimiento  de aquellos que lo necesiten.
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Mi caso fue  distinto desde mi llegada a Grecia. De hecho vine con el encargo de gestionar la farmacia de ‘mi’ campo, Ritsona, y, a la vez, realizar la función de almacén general para los dos campos en los que opera la Cruz Roja Española. Honestamente, en el momento que recibí la noticia, pensé que se trataba de una mala broma. Pocos días después, me di cuenta de que lo que me esperaba era estar entre cajas y papeles. Sin embargo, con el tiempo descubrí, que en cierto modo aquello era también muy importante, y que aunque no estaba en contacto directo con los pacientes, con la gente, al fin y al cabo podía hacerles la vida un poco mejor desde mi posición realizando mis funciones como delegado internacional de la Cruz Roja Española. El trabajo evidentemente tiene sus complicaciones, como cualquier trabajo en España, pero con el añadido de que estás en un país extranjero, con sus características particulares, tratando con personas refugiadas, con una cultura y costumbres totalmente distintas a la nuestra.

Después de un tiempo y con los cambios imperceptibles en situaciones como ésta, fui asumiendo otras funciones que me permitieron tener más contacto con la clínica, cosa que me aportó muchísima satisfacción personal porque finalmente estaba realizando aquello que sabía hacer y todo aquello que había imaginado desde el principio.

La experiencia en Grecia ha sido satisfactoria a nivel personal, aunque algunos recuerdos se me quedarán en la retina para siempre. Recuerdo especialmente, un día estresante durante mi guardia, con la mitad del personal en España de capacitación y con mil personas alrededor nuestro haciendo distribuciones.

Aquel día, teníamos la sensación de que había problemas cada cinco minutos y cuando pensábamos que ya no podía ir a más justo en ese momento de caos llega una madre con una bebe de nueve meses en  brazos corriendo y con cara desesperación suplicando ayuda porque la niña se había quemado con té hirviendo el brazo.

¿Qué es lo primero que haces en una situación como ésa?  Cuando eres enfermero y sabes lo que tienes que hacer, vas directo al problema, te preocupa dar los primeros auxilios sin hacer más daño. Haces la cura de la herida de la mejor manera que puedas. Después de los momentos de tensión, te debes decidir cuál es la mejor opción y los pasos a seguir para proporcionar los mejores cuidados y el mejor tratamiento para una niña tan pequeña. Conociendo los riesgos de infección, las curas dolorosas, etc, conversamos el equipo de salud y, junto con la pediatra, decidimos derivarla con urgencia en ambulancia al hospital. Con la esperanza de que la niña fuese tratada en una unidad de quemados especializada.

La niña como era de esperar estuvo hospitalizada durante unos días antes de volver al campo de refugiados. Volvió con las respectivas instrucciones para hacerle las curas. Desafortunadamente no contaban con que las condiciones que tienen las personas refugiadas en los campos no son las idóneas ni se pueden comparar con las que tendría cualquier familia en Europa. Sin embargo, intentamos explicar los cuidados que deberían tener en cuenta pese a las barreras culturales e idiomáticas que supone un contexto como el campo de refugiados.

A la mañana siguiente nos encontramos a la madre con la niña en brazos en la puerta de la clínica esperándonos para que le tratásemos las heridas. La niña durante la noche se había tocado la herida y se había desprendido parte de la piel superficial. Consultando con el equipo médico y con todas nuestras limitaciones asumimos el riesgo de realizar las curas en nuestra clínica. Fueron momentos difíciles con Narmin, nunca en mis años de carrera se me ha dormido una niña en los brazos durante una cura tan dolorosa.

El verla sonreír y seguirme con la mirada dondequiera que fuera era mi mayor alegría y satisfacción. No sé explicar lo que sentí cuando Narmin me extendía los brazos, aun estando en los brazos de su madre o de su padre.

Tiempo después, Narmin ya tenía la herida mucho mejor, ya no sentía dolor cuando la curábamos, le quedaba menos tiempo hasta que se recuperase del todo; pero aun así, seguía durmiéndose en los brazos todos los días cuando la trataba. No le importaba si le hablaba en castellano o no, me tiraba de la barba y me mordía jugando los dedos. Cada día venía con una sonrisa que hace olvidar todo lo demás.

Ya me despido de mi misión en Grecia, fueron unos meses muy intensos pero también gratificantes. Conocí y compartí con gente excepcional. Nunca olvidaré todos aquellos momentos y aquellas situaciones que hemos  vivido, pero el recuerdo del sueño de Narmin me quedará el resto de mi vida. Sinceramente Narmin, te deseo lo mejor en la vida y que esa quemadura no deje nunca huella en tu camino hacía el futuro.

Gracias a mis compañeros y a la Cruz Roja Española por ésta grandiosa oportunidad.

Kike.

La silenciosa crisis del este de Camerún

Asentamiento de refugiados en la región Este de Camerún. UNICEF/A.Brecher

Asentamiento de refugiados en la región Este de Camerún. UNICEF/A.Brecher

Después de la guerra civil, 260.000 refugiados centroafricanos encontraron asilo en su vecino Camerún. De ellos el 62% son niños, que viven en condiciones verdaderamente precarias en asentamientos de refugiados o en comunidades de acogida. Más de 88.000 niños siguen sin poder ir al colegio. Debido a la grave falta de financiación, es imposible actualmente para UNICEF y sus aliados dar una respuesta que asegure que ningún niño queda atrás.

“No soy feliz en casa. No quería casarme, no quería tener un bebé. Quería ir al colegio. Con 13 años se es demasiado joven para ser una adulta”.

Kulsumi intenta sonreír, pero sus ojos están llenos de esa tristeza que ningún niños debería sentir jamás. Estamos en Tongo Gandima, un pequeño pueblo de la región este de Camerún, a cien kilómetros de la frontera con la República Centroafricana (RCA), el país del que huyó en 2014 cuando la violencia llegó a su pueblo.

“A mis padres les asesinaron delante de mí”, recuerda Kulsumi. “A mi hermano mayor también, al final hui sola. Seguí a un pastor, cuando se puso a dormir lo hice yo también. Por la mañana nos marchamos. Nunca he vuelto”.

Después de unas semanas de camino llegó a Camerún. Primero vivió en el asentamiento de refugiados de Gado. Después cuando encontró una familia de acogida, se mudó al pueblo de Tongo Gandima.

“Ahí es cuando las cosas fueron mal. Mi familia de acogida no tenía dinero para mandarme al colegio. Me casaron con un chico mayor que yo. No quería, pero no tenía otra opción. Ahora soy la madre de un bebé de 4 meses. Quiero a mi hijo, pero a veces siento que me han robado mi infancia”.

Kulsumi con su hijo. Foto: UNICEF/A.Brecher

Kulsumi con su hijo. Foto: UNICEF/A.Brecher

Kulsumi es una de las miles de niñas con historias desgarradoras similares. Un matrimonio temprano es el destino de más de la mitad de las chicas jóvenes que viven en una de estas dos regiones afectadas por la crisis: la región Este y Adamawa. Los padres prefieren no enviar a sus hijos al colegio para que puedan ayudar en casa en el trabajo del campo, y entregan a sus hijas para casarlas.

Cuando una niña llega a la pubertad, se la aparta del colegio”, explica Sylvie Ndoume, una directora de colegio del pueblo de Gado. “Hace 10 años que trabajo aquí y en todo este tiempo he visto solo a una niña llegar a noveno. Aquí el precio de una niña es un pack de cervezas y una gallina, que se le da al padre. Y ahí se acaba la historia”.

Desde el principio de la crisis, el Ministerio de Educación, UNICEF y sus aliados han llevado a cabo campañas públicas a gran escala para convencer a los padres de que envíen a sus hijos al colegio. Pero de los 250 pueblos a los que iba dirigida solo se ha llegado hasta el momento a 59, debido a una falta de recursos que obstaculiza seriamente los esfuerzos que se realizan para que los niños vuelvan al colegio. Este año, la sección de educación de UNICEF solo ha recibido el 20% de la financiación necesaria para las crisis de las regiones de Adamawa y del Este.

Niños frente a espacios de aprendizaje construidos por UNICEF y sus aliados en asentamientos de refugiados en las regiones Este y Adamawa de Camerún. Foto: UNICEF/A.Brecher

Niños frente a espacios de aprendizaje construidos por UNICEF y sus aliados, en asentamientos de refugiados en las regiones Este y Adamawa de Camerún. Foto: UNICEF/A.Brecher

“Hoy en día hay 88.000 niños que no pueden ir al colegio. ¿Qué tipo de futuro les espera?” se preguntaba Felicite Tchibindat, representante de UNICEF en Camerún. “Solo el 12% de los niños iban al colegio en la RCA. Con nuestras intervenciones, hemos conseguido aumentar esta cifra hasta el 30%, pero sigue sin ser suficiente. Cuando los niños no están en el colegio, su capacidad para alcanzar su pleno potencial desaparece”.

Leila es la madre de seis niños. Escapó de la RCA en lo que recuerda como la peor noche de toda su vida. “Disparaban por todas partes”, recuerda. “Asesinaron a todos mis vecinos. Milagrosamente conseguí llegar con mis hijos al asentamiento de refugiados de Gado, pero sigo sin noticias de mi marido”.

Aunque consiguió que cuatro de sus hijos accediesen a la escuela, los dos pequeños Amadou, de 3 años y Hissen de 4, tienen que quedarse en casa todo el día. No hay actividades para los niños de su edad.

“Mis hijos han visto la guerra, a la gente morir, han escuchado el ruido de las armas. Sé que no están bien. Están muy callados, y a veces se ponen a llorar sin motivo. ¿Qué les pasará cuando tengan que ir al colegio?”

En 2016 UNICEF consiguió dar apoyo psicosocial a través de ONG aliadas a 15.000 niños, pero se estima que otros 75.000 niños necesitan este tipo de apoyo para recuperarse de sus horribles experiencias durante el conflicto.

Más de 200 alumnos en una sola clase. No es una imagen inusual en el este de Camerún Photo: UNICEF/A.Brecher

Más de 200 alumnos en una sola clase. No es una imagen inusual en el este de Camerún Photo: UNICEF/A.Brecher

Este estatus quo conduce a una “tormenta perfecta” que pone en peligro el futuro de miles de niños. La ausencia de servicios de protección significa que estos niños no se pueden recuperar como debieran de su sufrimiento. Cuando llegan al colegio se enfrentan a condiciones muy duras por falta de profesores e infraestructuras. No es inusual encontrarse en el este de Camerún con 250 alumnos para un solo profesor. Además es frecuente que dejen de ir a la escuela cuando llegan a la edad en la que pueden trabajar con sus padres o casarse.

“La situación es extremadamente difícil, pero no irreversible”, añadía Felicite Tchibindat. “Podemos convertirla en una oportunidad para que los padres puedan ofrecer una vida mejor a sus hijos. Pido a la comunidad internacional que no se olvide de estos niños. Esta no puede convertirse en una crisis silenciosa. Todavía estamos a tiempo de actuar, pero si no lo hacemos ahora mismo, deberemos hacer frente a consecuencias mucho peores en el futuro”.

Alexandre Brecher, especialista en comunicación de UNICEF Camerún

 

 

El invierno llega. También para los refugiados en Grecia

Por Anita Dullard, Federación Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja.

Amina Sulimán y Klaled Al Khedur, voluntarios y refugiados en el campamento de Nea Kavala, Grecia.

Amina Sulimán y Klaled Al Khedur, voluntarios y refugiados en el campamento de Nea Kavala, Grecia.

Klaled Al Khedur y Amna Sulimán vinieron a Grecia para quedarse por poco en principio, antes de continuar su viaje a través de Europa. Nueve meses después, están todavía en el norte de Grecia, tratando de hacerse a la idea de que permanecerán aquí durante al menos nueve más.

“No tenemos ningún plan para el futuro porque estamos atrapados aquí. Estamos esperando al programa de reasentamiento de la UE. Pero ahora mismo no tenemos ni idea de cómo va a ser nuestro futuro,” afirma Khaled.

Khaled y Amina son solo dos de las más de 60.000 personas que se han quedado varadas en Grecia desde que la frontera norte cerrara, la puerta hacia el resto de Europa.

Se mantienen activos como voluntarios en el grupo de fomento de la higiene de la Cruz Roja, concienciando a sus compañeros en el campamento de migrantes de Nea Kavala donde viven, sobre temas de salud y gestión de desechos, y recientemente, distribuyendo artículos para combatir el invierno.

“Estamos contentos de ayudar a la gente que vive en el campamento para mejorar su situación y hacer que sea un lugar más habitable.”

“Nuestras tiendas se inundan cuando llueve”

En Grecia central, las familias hacen frente a problemas similares. Anima comparte una tienda con su madre, cuatro hermanos y tres hermanas. La familia vivió durante ocho meses en el campamento de migrantes de Ritsona. Para afrontar el invierno, Amina ha estado tejiendo bufandas de lana y gorros de punto para que la familia no pase frío.

Al describir la vida en el campamento, Amina señala, “Es realmente dura. Ayer había una rata en los aseos. Y nuestras tiendas se inundan cuando llueve.”

Tanto Nea Kavala como Ritsona están trasladando a sus residentes a módulos prefabricados que cuentan con electricidad, calefacción, duchas y aseos. Pero no en todos los campamentos son tan afortunados. En otros campamentos, donde la gente va a quedarse en tiendas durante todo el invierno, la Cruz Roja ha estado trabajando con otras asociaciones humanitarias para proporcionar aislamiento y revestimiento a las tiendas a fin de proteger a sus inquilinos del viento y la lluvia.

“¿Qué clase de vida es esta?”

En el campamento de migrantes de Cherso, Mohammad Ali Alshekh vive con sus dos hijos adolescentes. Él y sus hijos pasarán el invierno en una tienda. Dice “en Siria, era el propietario de un negocio de piezas de recambio para automóviles europeos. Ahora me tengo que conformar con vivir en una tienda, sin que se vislumbre una solución. ¿Qué clase de vida es esta para mis hijos?”

La Cruz Roja exige la reubicación para la gente que se ha quedado varada en Grecia. Más de 12 meses tras el inicio de la crisis, la Cruz Roja sostiene es preciso ayudar a esta gente para que abandone los campamentos y sea trasladada a viviendas más duraderas y dignas.

El Jefe de oficina de la IFRC, Rubén Cano, señala que “es esencial que la respuesta en Grecia pase del estado de urgencia a soluciones más sostenibles y duraderas. Esto incluye viviendas para gente que va a quedarse durante los próximos meses y el rápido reasentamiento de los solicitantes de asilo y refugiados en el marco de los esquemas de reasentamiento y de la reunificación familiar de la UE.

 

“Macarrones, solo macarrones”

La doctora Erna Rijnierse trata las secuelas de la violencia de Anon a bordo del Aquarius. Fotografía: Alva White/MSF.

La doctora Erna Rijnierse trata las secuelas de la violencia de Anon a bordo del Aquarius. Fotografía: Alva White/MSF.

Sarah Giles, doctora de urgencias a bordo del Aquarius, barco de rescate operado conjuntamente por Médicos Sin Fronteras y SOS Méditerranée.

Es difícil reconocer que he desarrollado una reacción visceral negativa hacia el nombre del alimento que más me gusta comer. Los ‘macarrones’ ahora me llenan de una sensación de desesperanza y temor.

Llevo dos meses trabajando como médico en el equipo de Médicos Sin Fronteras en el barco de búsqueda y rescate Aquarius en el Mediterráneo central. Prácticamente todas las personas que hemos rescatado de embarcaciones de goma y madera peligrosamente atestadas nos dicen que los han mantenido en cautividad en Libia.

Hay diferentes tipos de centros de detención. Algunos de ellos son instalaciones autorizadas por las autoridades libias donde las personas sin documentación son retenidas. Otros son centros son auténticos tugurios carentes de aseos y ventanas y llenos de desesperación donde las personas son secuestradas a la espera del pago de un rescate. En esas ‘prisiones’ pasan mucho tiempo hasta que sus familias reúnen el dinero suficiente para pagar su liberación.

Las personas a las que rescatamos nos cuentan que, a menudo, son privadas de comida, golpeadas y violadas en los centros. Mientras les torturan, llaman a sus familias para que escuchen los gritos de sus seres queridos y paguen rápidamente. Algunos nos cuentan que el precio de la libertad es muy alto: unos 6.000 dólares (5.450 euros). Según nos relatan, es habitual que, en el caso de darles de comer, les alimenten con exiguas raciones de macarrones sin nada más.

Hace unos días, una mujer me contó que había estado detenida durante nueve meses. Antes de su cautiverio pesaba 58 kilos, pero cuando la subimos a una báscula en el Aquarius esta solo marcó 36. Había pasado de ser una mujer más o menos de mi tamaño a casi un esqueleto tan falto de aliento y tan débil que caminar unos pasos la hacían jadear. Cuando le pregunté lo que había comido durante los últimos nueve meses, me respondió con las palabras habituales: “Solo macarrones”.

Refugiados, migrantes y solicitantes de asilo cautivos en un centro de detención de Trípoli, Libia. Fotografía: Ricardo García Vilanova.

Y cuando digo macarrones, me refiero a la pasta sin nada, sin una salsa de tomate (que podría tener algunas vitaminas) ni salsa de carne (que podría aportar algunas proteínas), no, solo la pasta. Junto a la desnutrición generalizada, he visto personas con signos clásicos de escorbuto (por la falta de vitamina C): llagas en boca y labios, dientes sueltos y úlceras en el cuerpo.

Antes de esta misión, había visto casos de desnutrición severa en menores y adultos con enfermedades crónicas o en contextos en los que había escasez de alimentos debido al conflicto. Sin embargo, no había visto una desnutrición severa provocada por una negligencia intencionada en un lugar donde sí hay comida. Me horroriza la capacidad de las personas para torturar a otros seres humanos.

La mayoría de nuestros pasajeros nos dicen que no comerán pasta el resto de sus vidas. Resulta cruelmente irónico que desembarquen en Italia. Sus historias me generan sentimientos encontrados respecto a la pasta en general y, muy probablemente, derivarán en una aversión irracional y prolongada a los macarrones.

Volví a Grecia para ayudar a mis compañeros afganos

Sharif tiene 27 años, es de Afganistán y vive en Suecia desde 2013. Tras 18 años como refugiado, al fin encontró en Suecia un lugar al que poder llamar hogar.  Tras saber que miles de compatriotas se encontraban varados en terribles condiciones en Grecia, Sharif decidió abandonar la comodidad de su domicilio para trabajar en los campos de refugiados con Médicos Sin Fronteras (MSF). Esta es la historia de su viaje.

Más de 3.500 personas, de mayoría afgana, han estado viviendo durante meses en tiendas en la antigua terminal del aeropuerto o en dos estadios olímpicos abandonados. Pierre-Yves Bernard/MSF.

Más de 3.500 personas, de mayoría afgana, han estado viviendo durante meses en tiendas en la antigua terminal del aeropuerto o en dos estadios olímpicos abandonados. Pierre-Yves Bernard/MSF.

Mis padres y yo tuvimos que huir de Afganistán en 1998 y buscamos refugio en Pakistán. Sin embargo, en 2006, con solo 17 años, tuve que volver a huir porque estaba en peligro. Quería ir a Europa, donde soñaba con una vida mejor. Pasé dos años tratando de llegar a Grecia, pero cada vez que lo intentaba era capturado por las fuerzas de seguridad iraníes o turcas y enviado de vuelta a Afganistán. No tenía suficiente dinero para pagar a los traficantes así que continué intentándolo. Mi objetivo era llegar a Suecia, quería estar lo más lejos posible de Afganistán.

Llegué a Grecia por primera vez en 2008. Durante los siguientes tres años hice todo lo posible para poder continuar mi viaje. Durante mi periplo pasé por Grecia, la Antigua República Yugoslava de Macedonia (ARYM), Eslovaquia, Hungría y Austria; he sido arrestado, detenido en espantosas condiciones, golpeado, amenazado y humillado. Incluso me enviaron de vuelta a Afganistán. Hubo una vez en que corrí riesgo de ahogarme. Pensé en muchas ocasiones que iba a morir. Pero mi tenacidad me salvó. He tenido que vivir todos estos años clandestinamente, escondiéndome de policías, traficantes, mafias, ladrones y violentas milicias extremistas, con el único objetivo de sobrevivir.

MSF también da asistencia psicológica individual y social a los refugiados en Suecia. En este caso, nuestro mediador cultural habla con Khaldoun Ali Ali y su hija, dos palestinos que tuvieron que huir de Damasco, Siria. Karin Ekholm/MSF.

MSF también da asistencia psicológica individual y social a los refugiados en Suecia. En este caso, nuestro mediador cultural habla con Khaldoun Ali Ali y su hija, dos palestinos que tuvieron que huir de Damasco, Siria. Karin Ekholm/MSF.

Conseguí llegar a Suecia en 2011 donde solicité asilo. Al principio me lo denegaron. Me escapé a Dinamarca, donde fui detenido en un centro de detención durante un mes, antes de ser deportado a Suecia.

Desde 2013, mi vida ha cambiado por completo. Ese año me reconocieron el estatus de refugiado y me han concedido un permiso permanente de residencia. Puedo estudiar, trabajar, encontrar alojamiento y vivir una vida decente, todo legalmente.

En el campo de béisbol, más de 900 personas se han visto obligadas a vivir en tiendas desde Febrero. Pierre-Yves Bernard/MSF.

Cuando comenzó la crisis migratoria en Europa, mi experiencia personal hizo que tratara de ayudar a los refugiados en Suecia. Oí que muchos afganos se habían quedado bloqueados en campos en Grecia. En los medios hablaban de una catástrofe humanitaria; así que decidí volver.

Cuando llegué, trabajé como mediador cultural para MSF en el campo de Elliniko, donde viven alrededor de 3.500 refugiados, la mayoría afganos. Pronto desempeñé el puesto de coordinador de Actividades de Salud. En esta posición, he aprendido a a promover mensajes de salud a la población. Escucho a la gente, recabo información sobre sus problemas y trato de mejorar su situación. Estas personas aún tienen esperanzas y expectativas, pero se dan de cara contra un muro. A veces, comparto su desesperación.

Hay rumores de que pronto cerrarán el antiguo aeropuerto. Psicológicamente, esta incertidumbre sobre su futuro supone una carga más para los refugiados, ya que no reciben ningún tipo de información. Pierre-Yves Bernard /MSF.

Hay rumores de que pronto cerrarán el antiguo aeropuerto. Psicológicamente, esta incertidumbre sobre su futuro supone una carga más para los refugiados, ya que no reciben ningún tipo de información. Pierre-Yves Bernard /MSF.

Después de todo por lo que he pasado, solo quiero ver a mis padres. Solo era un niño cuando tuve que dejarlos en Pakistán. Se supone que nos encontraríamos en Suecia y empezaríamos el proceso de reunificación familiar. Pero antes de recibir la documentación, tuvieron que huir de Pakistán porque sus vidas estaban en peligro. Ahora están en Turquía, un lugar más seguro que Pakistán. Hablo todos los días con ellos por teléfono. Soy hijo único. Me extrañan y les echo demasiado de menos.

Una nueva ciudad en el desierto

A las afueras de un pueblo polvoriento de Iraq, está floreciendo una nueva ciudad. Cada día, cientos de personas llegan al campamento de desplazados de Debaga.

“400 de los que estamos aquí nos fuimos juntos”, cuenta Ali*, que al igual que otros muchos residentes del campamento es de Haji Ali, al sur de Mosul, en la provincia de Ninewa. Huyeron durante la escalada del conflicto en su pueblo, cuando el grupo armado de la oposición, que llevaba dos años en el poder, comenzó a perder terreno. “Nos escapamos y nos fuimos hacia el río Tigris”, dice.

En el camino que lleva a la entrada del campamento, los vehículos reducen la marcha hasta avanzar al paso de las personas. Las familias llegan como pueden: a pie, apiñados en coches destartalados o en la parte trasera de camionetas. En el arcén hay una fila de casetas y refugios. En uno de ellos, un hombre corta con una sierra un bloque grande de hielo. En otro, tres niños se esconden del calor abrasador bajo una lona azul.

© UNICEF/UN025325/Mackenzie Ali*, de 75 años, llegó al campamento después de caminar durante dos días para escapar del conflicto de su pueblo. Anduvo junto a otros cientos de habitantes de su pueblo. Su grupo se vio atrapado en el conflicto y dos personas resultaron heridas de bala. Los militantes abdujeron a su hijo después de tomar el control del pueblo hace dos años. “No sabemos qué fue de él”, dice. “No hemos vuelto a saber nada”.

© UNICEF/UN025325/Mackenzie
Ali*, de 75 años, llegó al campamento después de caminar durante dos días para escapar del conflicto de su pueblo. Anduvo junto a otros cientos de habitantes de su pueblo. Su grupo se vio atrapado en el conflicto y dos personas resultaron heridas de bala. Los militantes abdujeron a su hijo después de tomar el control del pueblo hace dos años. “No sabemos qué fue de él”, dice. “No hemos vuelto a saber nada”.

Hace un calor sofocante. Las calles están llenas de camiones que transportan agua y ayuda humanitaria de emergencia. Muchos de los niños que hay van descalzos. La mayoría de las personas salieron de sus casas tan deprisa que la única ropa que tienen es la que llevaban puesta cuando escaparon.

“Unos hombres armados entraron en nuestra casa y comenzaron a disparar. Querían obligarnos a ir a otro lugar para utilizarnos como escudos humanos”, cuenta Fatima*, familiar de Ali.

Debaga se construyó para albergar únicamente a las familias desplazadas que vivían en emplazamientos informales de la zona. En noviembre de 2015 –aproximadamente, un mes después de su apertura– el campamento de Debaga ya acogía a 3.300 personas. Desde entonces, el número ha crecido diez veces más.

Rápidamente, el campamento se amplió a un estadio de deportes cercano, y cerca de allí se está construyendo otro asentamiento. En la actualidad, hay más de 30.000 personas repartidas entre los tres asentamientos, y se estima que en los próximos meses llegarán 15.000 más.

El segundo asentamiento, llamado simplemente El Estadio, es un campo de fútbol de césped seco flanqueado por dos grandes gradas. En tiempos mejores fue un terreno de juego en el campo donde los niños solían pasarse la pelota de aquí para allá. Ahora, alberga filas de tiendas rodeadas por una alambrada.

© UNICEF/UN027628 Una familia que dejó hace poco su pueblo y llegó al campamento de Debaga se reúne en su tienda. Después de huir de su hogar la casa quedó destruida, pero Abu Omar, el padre, aseguró: “Mi familia es lo más importante. Estamos a salvo. Eso es lo que importa”.

© UNICEF/UN027628
Una familia que dejó hace poco su pueblo y llegó al campamento de Debaga se reúne en su tienda. Después de huir de su hogar la casa quedó destruida, pero Abu Omar, el padre, aseguró: “Mi familia es lo más importante. Estamos a salvo. Eso es lo que importa”.

“Escapamos por la noche”, cuenta Nektal. “En total, éramos unos 200 habitantes del pueblo. Caminamos hasta Makhmour y allí nos ayudaron a llegar hasta aquí”.

Mientras cruzaban una tierra de nadie entre grupos armados, el hermano pequeño de Nektal pisó una mina terrestre. “No pudimos llevarlo con nosotros, tuvimos que dejarlo ahí”, explica Nektal.

A la entrada del Estadio hay dos tiendas grandes llenas de mujeres y niños esperando para ser alojados en una tienda individual. Sanar está cuidando de Salafia, una niña alegre con la cara regordeta y una cicatriz en el antebrazo izquierdo.

“Una bomba rompió una ventana de nuestra casa”, explica Sanar. “Los cristales rotos le cayeron en el brazo. Ella estaba dormida cuando sucedió; de hecho, siguió durmiendo”.

© UNICEF/UN027632/Mackenzie Unos niños juegan en un balancín improvisado en una de las nuevas extensiones del campamento para desplazados de Debaga, conocido como Debaga Dos.

© UNICEF/UN027632/Mackenzie
Unos niños juegan en un balancín improvisado en una de las nuevas extensiones del campamento para desplazados de Debaga, conocido como Debaga Dos.

Sanar huyó con 12 miembros de su familia y juntos realizaron a pie el trayecto de seis horas. Cuando llegó al campamento de Debaga, recibió un kit de emergencia distribuido como parte del Mecanismo de Respuesta Rápida liderado por UNICEF. Los alimentos, el agua y los suministros de higiene incluidos en el kit están ayudando a su familia a salir adelante durante los primeros días en el campamento.

En el exterior de la tienda hay decenas de personas en fila que llevan cubos y esperan para recibir agua. Contar con agua limpia y adecuada es uno de los asuntos más urgentes en el campamento. Cada día, UNICEF transporta en camiones 945.000 litros de agua potable, lo que corresponde a 35 litros por persona. UNICEF, además, está proporcionando duchas y letrinas y evaluando constantemente la calidad del agua para garantizar que siga siendo segura.

El plan a largo plazo consiste en perforar hasta seis pozos. Pronto se comenzará a trabajar en un canal de agua que distribuirá el agua por el campamento y, al mismo tiempo, acabará con la necesidad de enviar 60 camiones distribuidores cada día.

En el principal centro de tránsito del campamento, dos nuevos contenedores prefabricados se están instalando junto a la clínica del campamento. Los equipos de salud y nutrición de UNICEF utilizarán los contenedores como unidades permanentes de supervisión de inmunización y crecimiento. En todo el campamento, los trabajadores de la salud, vestidos con batas blancas, garantizan que los niños estén al día con las vacunas esenciales contra la poliomielitis, el sarampión y otras enfermedades prevenibles.

A la vuelta de la esquina, los niños juegan en un espacio adaptado para ellos establecido con la ayuda de UNICEF. Estos lugares brindan a los niños la oportunidad de hacer deporte, aprender música, crear arte, pasar tiempo con los amigos y, en definitiva, volver a ser niños.

Mientras el conflicto de Iraq sigue ocasionando nuevas oleadas de desplazamientos, escenas como las de Debaga se harán cada vez más frecuentes.

Foto 4 © UNICEF/UN025353/Mackenzie Unos niños corren hacia una tormenta de arena pasajera en un terreno que se está preparando para ser otra extensión del campamento para desplazados de Debaga, conocido como Debaga Dos.

Foto 4
© UNICEF/UN025353/Mackenzie
Unos niños corren hacia una tormenta de arena pasajera en un terreno que se está preparando para ser otra extensión del campamento para desplazados de Debaga, conocido como Debaga Dos.

“Las dificultades logísticas son enormes”, asegura el Jefe de la Oficina de Erbil, Maulid Warfa. “La situación es muy fluida y cambia constantemente. Estamos proporcionando suministros de emergencia, así como agua y saneamiento. Hemos abierto dos espacios adaptados para la infancia y estamos vacunando a los niños; pero esto es solo el principio. Tenemos mucho trabajo por delante. Quedan miles de personas por llegar”.

*Los nombres se han cambiado

 

 

 

 

Chris Niles

Consultora de comunicación en emergencias de UNICEF Iraq