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Las víctimas invisibles de la guerra en Siria

Por Scott Hamilton, Médicos Sin Fronteras, desde Irbid, en Jordania. 

Atención domiciliaria a pacientes con enfermedades no transmisibles en el norte de Jordania

Tanto Mohanned como Samir usan sandalias de goma. “El calzado fácil de poner y quitar es mucho más útil para los días en los que tienes que hacer varias visitas a domicilio”, dice Mohannad.

Al tiempo que conversan animadamente, ambos suben a una camioneta junto con Moataz, que será su chófer hoy. Los tres se comportan como viejos amigos, riendo y bromeando el uno con el otro. “Es importante que nos llevemos bien y que nos divirtamos”, explica Samir; “a veces pasamos más tiempo con nuestros compañeros que con nuestras familias”.

Mohanned y Samir hacen visitas domiciliarias a los pacientes que no pueden ir por sus propios medios hasta el hospital. El 60% de ellos son refugiados sirios. ©Scott Hamilton/MSF

Samir es enfermero y Mohannad, médico. Todas las semanas realizan visitas domiciliarias a refugiados sirios y ciudadanos jordanos que se encuentran en situación especialmente vulnerable en la Gobernación de Irbid, en el norte de Jordania. Todos sus pacientes sufren lo que se denomina enfermedades no transmisibles, cuyos principales exponentes son las enfermedades cardiovasculares (como los ataques cardiacos y los accidentes cerebrovasculares), el cáncer, las enfermedades respiratorias crónicas (como la enfermedad pulmonar obstructiva crónica y el asma) y la diabetes. Hoy visitarán a cuatro de estos y para ello tendrán que conducir más que de costumbre, ya que uno de los objetivos del programa es llegar hasta las personas con dificultades de movilidad que viven más alejados del centro de la ciudad de Irbid.

El programa de visitas domiciliarias de MSF comenzó en agosto de 2015. “Antes atendíamos a los pacientes en dos clínicas en la ciudad de Irbid. Todavía lo hacemos, pero las visitas domiciliarias también son necesarias. Muchos de nuestros pacientes no pueden venir a la ciudad, ya sea porque se encuentran demasiado débiles físicamente para hacer el viaje, o porque no pueden costeárselo”, explica Samir.

La primera casa que visitan es el hogar de dos pacientes: un matrimonio formado por Aziz y Azam. Su hija y sus tres nietos les abren la puerta. La casa es de una planta y apenas está amueblada. El modo distendido y familiar con que los pacientes saludan a Samir y Mohannad es revelador. “Conozco a estos pacientes desde hace mucho tiempo”, cuenta Samir. “Es un poco como tener parientes lejanos”.

Aziz es un refugiado sirio. Hace poco sufrió un derrame cerebral y por el momento no puede salir de la cama. ©Scott Hamilton/MSF

En primer lugar, Samir y Mohannad le toman la presión arterial a Aziz y comprueban sus reflejos. Aziz sufrió un derrame cerebral, es diabético y, por el momento, no puede salir de la cama. A pesar de su frágil estado, se esfuerza en explicar su situación:

“Llevamos aquí cinco años. Nos fuimos de Siria porque tanto la salud de Azam como la mía estaban empeorando. Fue por culpa de los bombardeos. Yo cultivaba una granja; no era mía, pero nos permitía vivir bien. También tenía mi propia casa. Hace años, mi abuelo palestino cruzó a través de Jordania y se estableció en Siria. Ojalá se hubiera quedado aquí en Jordania; ojalá no hubiéramos visto nunca esta guerra. Nuestra hija todavía está en Siria y pensamos en ella constantemente. No nos resulta fácil vivir aquí, el alquiler es caro y somos ocho personas viviendo en una casa muy pequeña. Tenemos sólo un hijo trabajando; él tiene que pagarlo todo, incluso la electricidad y las facturas. Queremos volver a casa, pero sólo lo haremos cuando no haya más guerra ni más matanzas”.

Azam se quedó ciega hace 15 años. Sufre glaucoma y tendría que ser operada. ©Scott Hamilton/MSF

Azam se quedó ciega hace 15 años. Sufre glaucoma y tendría que ser operada. También necesita colirio, pero cada frasco cuesta 23 dinares jordanos (algo más de 27 euros); un precio demasiado alto para ella. Afortunadamente nosotros podemos ofrecérselo gratuitamente.

“Vivir los bombardeos y la guerra fue extremadamente estresante, ciega o no. Pero estoy feliz de estar aquí. Aquí la comunidad nos recibió con agrado. Nuestros vecinos nos visitan y el propietario, que sabe de nuestra situación, nos hace un descuento en el alquiler“.

Azam por su parte tiene diabetes e hipertensión. Mientras Samir le hace un análisis de sangre y verifica su presión arterial, Mohannad coge en brazos a su nieto más pequeño, que ha empezado a arrojar juguetes. Tras breves momentos de bullicio, se sienta contento con Mohannad y se queda observando a través de la ventana a los pájaros que pasan volando.

El doctor Mohannad sostiene en brazos al más pequeño de los nietos de Aziz y Azam. ©Scott Hamilton/MSF

De camino a la segunda casa del día, Samir habla con cariño de una antigua paciente. “Un francotirador le disparó en la cadera. Las heridas fueron graves, pero logró sobrevivir. La tratábamos por hipertensión, y a pesar de su estado siempre insistía en ofrecernos un desayuno. Lamentablemente, murió hace poco de un ataque al corazón. Es la parte más dura de este trabajo; la gente que se nos va”.

La tercera paciente que hoy visita el equipo se llama Khairiya. Sufre hipertensión y también es ciega. En su situación le resulta muy difícil acudir a una clínica de la ciudad para hacer revisiones médicas, así que está feliz de que recibirnos en su casa.

Khairiya sufre hipertensión y es ciega. En su situación le resulta muy difícil acudir a una clínica de la ciudad para hacer revisiones médicas. ©Scott Hamilton/MSF

“Llevamos aquí desde 2013. La violencia y la tensión hacían muy difícil nuestra vida en Siria, pero el viaje hasta aquí tampoco fue fácil. Incluso tuvimos que caminar parte del viaje. Cuando nos acercamos al puesto fronterizo, un guardia se percató de que yo era ciega. Me tomó de la mano y me condujo durante la última parte del camino. A pesar de que tuvimos algunas oportunidades de ir a vivir a Estados Unidos y Canadá, estoy feliz de que estemos en Jordania, ya que es un país que comparte tradiciones con el nuestro. Nuestra mayor preocupación ahora es el dinero. Somos cinco personas viviendo aquí y nuestro hijo apenas gana lo necesario para pagar el alquiler y los alimentos”.

Mientras Mohannad comprueba la presión arterial de Khairiya, su hija prepara café y explica que también ella necesita ver a un médico. Mohannad le dice que la referirá a uno en el ministerio de salud. A medida que hablan, su hijo de dos años gatea hacia su abuela. Está completamente  fascinado por el dispositivo que emplean para medir la presión arterial.

La cuarta paciente del día es Saltiya. Se encuentra postrada, también tiene hipertensión y hace poco sufrió un derrame cerebral. Mientras su esposo, su hija y sus nietos dan la bienvenida a Mohannad y a Samir a su casa, ella se esfuerza por abrir los ojos.

En la casa de Saltiya viven doce miembros de una misma familia. Todos están especialmente preocupados por su salud, pues tiene hipertensión y hace poco sufrió un derrame cerebral. ©Scott Hamilton/MSF

En esta casa viven doce miembros de una misma familia y todos están especialmente preocupados por Saltiya. A pesar del precio de la electricidad, hay dos ventiladores encendidos en el cuarto para que ella no pase demasiado calor. Al hijo de Saltiya le resulta difícil mantener a su familia. En Siria era panadero y su padre era propietario de un supermercado. Cultivaban sus propias hortalizas y tenían un olivar, pero cuando empezó a ver cómo pasaban los misiles por encima de su casa decidió que tenían que salir de allí.

En el camino de regreso a la ciudad, Mohannad y Samir discuten sobre la pertinencia de este programa. Para unos profesionales que están acostumbrados a trabajar en proyectos destinados a responder a los efectos inmediatos de la guerra, a las epidemias, a catástrofes o a hambrunas, esta es una misión sin duda diferente. Sin embargo, al visitar los hogares de estos pacientes se les presenta una cruda realidad: se trata de personas con necesidades médicas reales y continuas que viven en situaciones muy precarias. Pueden haber escapado de la guerra, pero su futuro sigue siendo incierto.

Ninguno de los pacientes a los que visitaron hoy podía recibirles por sí solo. No tienen apenas dinero ni movilidad física, así que la pregunta más acuciante que Mohannad y Samir siempre se hacen es la misma: si MSF no tuviera un programa como este, ¿cómo iban a recibir tratamiento todas estas personas?

Las madres coraje de Siria. Primera parte

Testimonio de Majida*, proveniente de la Gobernación de Dar’a, en Siria.

Majida, refugiada siria de 58 años, es atendida en Irbid. Fotografía: Maya Abu Ata/MSF

Majida, refugiada siria de 58 años, es atendida en Rahabah. Fotografía: Maya Abu Ata/MSF

“Mientras haya guerra, no volveremos a Siria”

Tuve que abandonar Siria a causa de los devastadores bombardeos y ataques aéreos que sufríamos. Mi marido me dijo: «Huye y yo me uniré a ti el mes que viene». Además, mi hijo quería finalizar sus estudios y allí no habría podido, así que esa fue otra razón de peso para que decidiéramos irnos. Pagamos 24.000 libras sirias (unos 100 euros al cambio actual) para obtener los documentos oficiales de mis hijos y poder viajar a Jordania, pero solo logramos conseguir los certificados de secundaria de ambos, no los certificados universitarios. Vivo en Jordania con mi hijo y con mi hija desde hace cinco años.

Tras cinco años en Jordania, extraño mi pueblo y a mi familia. Cuando llegamos a Jordania estuvimos viviendo en una tienda de campaña durante tres meses. Era muy duro. Más tarde, nos compramos una caravana en la que permanecimos un año, pero la lluvia caía con tanta fuerza que el agua se filtraba en el interior de la misma.

Mi marido nunca llegó a salir de Siria. Al final se casó con otra mujer y se negó a enviarnos dinero. Tras permanecer un año y tres meses en el campo de refugiados, mi hijo decidió que era hora de irse. Gracias a la ayuda de un extranjero, consiguió inscribirse en la Universidad de Ciencia y Tecnología en Jordania. Entró en la universidad con otros 60 estudiantes y comenzó a estudiar farmacia. Tuvo que superar muchas dificultades durante el proceso de registro, pero lo consiguió. Espera graduarse este año después del Ramadán. A pesar de las muchas reticencias que tenían otros miembros de la familia, yo siempre lo he apoyado para que continuase sus estudios.

También apoyé mi hija para que continuara sus estudios en la escuela. La inscribí en el último curso de secundaria y en dos cursos de inglés fuera de los límites del campo de Zaatari. Siempre he animado a mi hija a superar las dificultades y continuar sus estudios a pesar del cansancio físico y psicológico que sufrían tanto ella y como mi hijo. Ambos han sufrido mucho y tuve que llevarlos varias veces al hospital a causa de esta fatiga. Mi hijo empezó a hacer algunos trabajos para ganar una pequeña paga y ayudarme a pagar los estudios de su hermana. Lo bueno es que al final ambos consiguieron su objetivo: mi hija también terminó la educación secundaria y pudo inscribirse en la universidad. Ahora está a punto de graduarse como asistente farmacéutica.

Miro atrás y veo todo lo que pude conseguir para mis hijos. Sé que todo esto se lo debo a mi fe y confianza en Dios y a la ayuda de muchas personas que se mantuvieron siempre a mi lado y que me apoyaron cuando las cosas estaban más difíciles. Aunque muchas personas me presionaron para que obligara a mis hijos a casarse, no cedí a la presión. Me he esforzado mucho para mantener a mis hijos hasta que terminen sus estudios. Esa siempre ha sido mi máxima prioridad.

“Sufría mucho, y eso tenía un impacto extremadamente negativo en mi estado físico y psicológico”.

Solía comprar mis medicamentos en el campo de Zaatari hasta que llegué a la zona de Rahabah, donde me dijeron que había un equipo de Médicos Sin Fronteras (MSF) que llevaba trabajando allí desde hacía casi un año y medio. Desde ese momento, pasé a recibir mis medicamentos gratuitamente. Hace tiempo que sufro una enfermedad del corazón y que tengo hipertensión, pero desde hace algo menos de tiempo también sufro diabetes y tengo altas concentraciones de triglicéridos. Antes de recibir la medicación gratuita, compraba el paquete de 30 comprimidos para mis problemas con los triglicéridos a un precio de 30 dinares jordanos. Además de ser caros, casi nunca quedaban existencias de ese medicamento en las farmacias, así que a veces me quedaba sin tomarlos y mi estado de salud empeoraba. Afortunadamente, ahora estoy mucho mejor, ya que estoy recibiendo tratamiento médico de forma regular.

Sufría mucho, y eso tenía un impacto extremadamente negativo en mi estado físico y psicológico. Las sesiones de apoyo psicosocial me ayudaron mucho, pero todavía no he logrado recibir ninguna ayuda financiera. Tampoco he conseguido que alguien me diera una oportunidad de trabajo. Mis condiciones de vida siguen siendo difíciles y eso hace que no pueda pagar el alquiler de forma puntual. Durante mucho tiempo fui paciente porque no tenía otra opción; debía ser fuerte y soportar esa carga por el bien de mis hijos. Tras el abandono que sufrimos por parte de su padre, solo me tenían a mí. Sin embargo, la paciencia ya se me está agotando y empiezo a tener la necesidad de salir de aquí..

Majida es atendida en el hospital de MSF en Irbid mientras le toman la tensión. Fotografía: Maya Abu Ata/MSF

Majida es atendida en el hospital de MSF en Rahabah mientras le toman la tensión. Fotografía: Maya Abu Ata/MSF

Insté a mis hijos a que también fueran pacientes y les animé a tener fe en que pronto las cosas irían mejor. Nuestra situación era tan dura que a veces un día se me hacía tan largo como un año entero. También sufrimos el intenso frío del invierno y la falta de dinero y recursos. Ni siquiera teníamos dinero para pagar la calefacción.

Espero con impaciencia el día en que mis hijos terminen sus estudios, para que puedan trabajar con dignidad sin necesitar ayuda de nadie. Estoy orgullosa de ellos, pero tengo miedo de que mi hijo no llegue a tener la oportunidad de trabajar, casarse y asentarse. Mientras sigan estudiando, me quedaré con ellos y seguiré apoyándolos. Ahora estamos evaluando las posibilidades que hay para salir de Jordania y que mis hijos puedan trabajar. Lo que tengo claro es que mientras haya guerra, no deseamos en absoluto volver a Siria.

* Se ha modificado el nombre para mantener su confidencialidad.