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La tierra de nadie en la que los niños son el problema de otro

Por Sarah Crowe, especialista de comunicación de UNICEF, desde Níger.

Agadez, Níger. Nada podría estar más lejos de las puertas del paraíso que este desierto abrasador que se extiende mucho más allá de lo que la vista puede abarcar.

Y, sin embargo, es esto. Escondidos en los guetos, distribuidos entre los alrededores de esta antigua ciudad de color dorado y paseando en los centros, hay cientos de migrantes. Están abandonados, con deseos truncados y sueños incumplidos. Están en camino hacia o desde los países vecinos, o más allá. Algunos –sorprendentemente, no la mayoría- tienen como último objetivo atravesar las ardientes arenas del Sáhara hacia lo que se está convirtiendo rápidamente en el escurridizo Eldorado: Europa. Muchos niños viajando solos, madres lactantes, recién nacidos, y multitud de hombres jóvenes y enfadados porque su búsqueda ha sido interrumpida.

Agadez (Níger) fue una vez la capital africana de la migración, un cruce de caminos para la gente en tránsito, un bullicioso centro para los traficantes y para quienes vendían al borde de la carretera máscaras y mascarillas para el sobrecogedor viaje. Traficantes esperando su mercancía humana. Las autoridades cerraron los ojos entonces. Ahora, a medida que Europa y el norte de África –en una restricción generalizada de la migración– endurecen sus fronteras y cierran sus puertos, generando un drama en alta mar, este remoto centro se ha convertido efectivamente en la nueva frontera de Europa. Las llegadas a Italia entre enero y principios de junio se redujeron en dos tercios, en comparación con el mismo periodo del año pasado, cuando 60.000 personas cruzaron desde África del Norte.

La tierra de nadie en la que los niños son el problema de otro

Centro para migrantes en Agadez, Níger / © UNICEF/UN0209686/Gilbertson VII Photo

Desde noviembre del año pasado, más de 8.000 personas de África Occidental, incluidos 2.000 niños, han vuelto a Níger desde Argelia. Otros 900 refugiados y solicitantes de asilo del este de África, trasladados desde Libia, esperan los lentos y complejos reasentamientos o reunificaciones familiares que determinen su futuro.

Níger es uno de los países más pobres del mundo y todavía soporta las peores consecuencias de las políticas de los países ricos de “fuera de la vista, fuera de la mente”.

Los apresurados acuerdos entre un país y el siguiente (UE-Turquía, UE-Libia, Francia-Níger, Argelia-Níger) están haciendo de la migración el problema de “otro”, empujando a las personas migrantes como una “patata caliente” hacia el sur. Los niños pagan el precio más alto, con pocas estructuras que les mantengan seguros.

Estos rechazos han provocado que las apuestas sean más altas y las rutas más arriesgadas.

En medio de una tormenta de polvo, con un calor abrasador, conocemos a un joven guineano furioso por haber sido expulsado en la frontera desde Algeria, donde huía de una vida en las calles haciendo trabajos esporádicos. Comenzó una arenga gesticulando ferozmente, pero sus palabras eran tan acertadas como angustiosas: “El desierto se ha convertido en un cementerio para nuestros hermanos africanos, y a nadie le importa”.

Él es uno de los que fueron devueltos desde Argelia, abandonados en una tierra de nadie en el desierto, a temperaturas de 48º, a kilómetros de la frontera con Níger, obligados a caminar hasta que pudieran encontrar transporte y refugio. Muchos procedían de Zinder, Níger, una empobrecida ciudad que depende de las ayudas desde hace mucho tiempo.

Irónicamente, cuando los migrantes son llevados a Agadez, a un llano totalmente seco con apenas unas tiendas de campaña desgastadas, los niños de la zona les rodean con boles de plástico, pidiendo una limosna a quienes la pedían antes que ellos.

Es un grupo variopinto, algunos podrían ser clasificados como refugiados. Conozco a liberianos que dejaron su país durante la crisis del ébola, a guineanos que huyen de tiempos difíciles, a nigerianos que escaparon de Boko Haram, y a otras personas que huyeron de la tortura y los sufrimientos en Libia. Tres naciones de la ONU –ACNUR, la OIM y UNICEF- han aumentado la respuesta en Níger.

“El cumplimiento de las leyes anti migratorias ha cambiado las dinámicas del país. Estamos viendo un aumento de los niños no acompañados, y una utilización de rutas en las que no pueden ser rastreados, lo cual las hace más peligrosas”, explica Dan Rono, oficial de protección infantil de UNICEF. “Es un viaje duro para un adulto, así que imagínate para un niño de 11 años. Es casi imposible para él”.

La tierra de nadie en la que los niños son el problema de otro

Un grupo de migrantes sudaneses juega al fútbol en un refugio en Agadez, Níger / © UNICEF/UN0209677/Gilbertson VII Photo

Solo en abril se produjo un incremento del 14% respecto a los meses anteriores de gente moviéndose por Níger; un tercio de ellos eran niños, exhaustos y traumatizados. La cifra real podrías ser mucho más alta, ya que muchos niños están escondidos o no se les ha detectado.

Omar, un niño de 14 años de Sierra Leona, pertenece a una de esas estadísticas ocultas. Desgarbado y de movimientos torpes, lleva una gorra de los yankees, una camiseta sin mangas, pantalones holgados y chanclas, prácticamente son todas sus pertenencias. Está censado en un lugar llamado “Gueto”, a las afueras de Agadez, esperando la oportunidad de cruzar. Dejó su casa porque su padre no pagaba la matrícula de la escuela.

“Decidí ir a Libia, o a Europa para tener una buena vida. No volveré a casa hasta lograrlo, hasta llegar a ser un buen chico para ayudar a la familia que ha quedado atrás”, me cuenta. “Si me quedo en casa seré un mal chico. Beberé, fumaré…pero no quiero esa vida. No quiero ser un mal chico. Si voy a Europa podré ir a la escuela. Seguiré jugando al fútbol”.

Según estudios de UNICEF, aunque la mayoría de los niños migrantes se quedan en África y no desean ir a Europa, un tercio de los que sí quieren llegar, como Omar, dicen que es por su educación.

Un antiguo traficante, Dan Ader, cuyo lucrativo negocio se desmoronó cuando se produjeron las restricciones, nos explica: “Hay muchos muertos porque hay miles de rutas. Si tu GPS tiene un pequeño fallo estás perdido. Nunca encontrarás tu camino de nuevo”.

UNICEF estima que. entre enero y mayo, unos 120 niños se ahogaron en el mar. Al menos en el mar hay guardacostas. Pero nadie patrulla el vasto y letal mar de arena.

Eso no les disuadirá de seguir intentándolo.

La desesperación y los sueños les convierten en filósofos y poetas. Las inscripciones en las celdas y los grafitis en los sombríos muros de los guetos cuentas sus historias, garabateadas con carbón:

“Europa o nada. Dios está allí”. “Es mejor morir en el mar que morir delante de tu madre sin nada”.

La tierra de nadie en la que los niños son el problema de otro

Transporte de migrantes y refugiados en Zinder, Níger / © UNICEF/UN0209720/Gilbertson VII Photo

La migración es tan antigua como la propia humanidad. Para muchos, un rito de iniciación a la edad adulta, o sencillamente una manera de buscar una vida mejor. Y no parece que el cierre de puertas y fronteras vaya a detenerla. África tiene la población más joven y que crece más rápidamente. Hay un dicho que cuenta que “África está sentada con sus bolsas preparadas”. Una de las pintadas de Agadez es un crudo recordatorio de una de las razones: “África es rica, pero sus niños la abandonan por sus malos gobiernos”.

Pero solo un 15% de quienes están migrando en África muestran interés por llegar a Europa.

Así que gestionar la migración es algo global, y ahora que los Pactos Mundiales sobre Refugiados y Migraciones se están finalizando, la UE y otros actores necesitan realmente aprovechar este momento para poner las necesidades de los niños desarraigados por encima de los intereses nacionales. También hay que mantener a las familias juntas y a los niños seguros, e invertir en países como Níger y otros del sur, que reciben a más migrantes y refugiados en un mes que todos los países del norte en un año.

Para muchos de ellos, el verdadero paraíso perdido es el ser desarraigado de su hogar y de sus seres queridos, sobre todo para los niños solos. Ahora miran a los estados más poderosos, a la UE y a la Unión Africana para que establezcan un sistema migratorio adecuado que no les deseche como el viento que les llevó a orillas extranjeras.