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Vivir es cabalgar un dragón y disfrutar del viaje

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“Hace 40 años estaría en una institución mental. Ahora veo cerca mi sueño de ir a la universidad”

Hace casi dos años, coincidiendo con el arranque de curso, la famosa vuelta al cole, escribí un post recordando la labor de los maestros de educación especial, esos de los que pocos se acuerdan entre mucho reportaje del peso de la mochila, el coste de los libros de texto, el uniforme sí o el uniforme no o los chavales que no han logrado plaza en los colegios de su elección.

Entre todos los comentarios que tuvo esa entrada, muchos muy críticos con el trabajo de esos profesionales pero sobre todo por esos lugares comunes que son sus supuestos buenos sueldos y largas vacaciones, un comentario brilló con luz propia.

Era el de un chaval de 17 años con asperger, que espero que en estos momentos se encuentre ya en la universidad, avanzando feliz. Un comentario lleno de agradecimiento de un chico con suerte, (sí, con suerte, porque ni mucho menos es siempre así y también hay maestros que restan) que ha sido capaz de reconocer lo que le han servido las manos tendidas de unos buenos profesores.

Buenas noches. Tengo 17 años. Tengo asperger desde nacimiento. Es un tipo de autismo. De los leves-moderados pero autismo.

Mi inteligencia es normal pero tengo muchas limitaciones. Me da miedo la gente, los sonidos, algunos lugares, no entiendo las bromas ni las ironías. Me han dicho que en eso tengo suerte porque así me ahorro de escuchar muchas estupideces. Parece ser que tienen razón. Así que no puedo usarlas tampoco. Soy obsesivo de muchas cosas. Del orden. De la ortografía perfecta. De otras cosas también.

Tardé mucho en hablar. Tengo buena memoria y aun recuerdo a mi logopeda. Gracias Lorena por tu paciencia y amor.

Tengo mal la psicomotricidad fina. Pero ahora soy rápido escribiendo tanto manualmente como por ordenador y móvil. Gracias José Manuel , mi profesor de lengua , sin ti no habría llegado a dónde estoy.

A ustedes los padres, me congratula ver que muchos agradecen la labor de los profes. Yo, como alumno con necesidades especiales, quiero darles las gracias a todos por su labor. Su cariño cuando me dan los ataques de pánico. Su paciencia cuando me cuesta el doble hacer muchas cosas.

Se me dan bien las matemáticas pero no entendía el dinero. Gracias a mi profe Gonzalo ahora puedo ir a comprar solo muchas cosas.

Las tardes con Marisa que me enseña habilidades sociales porque no sé comportarme en sociedad ni como establecer comunicación con mis compañeros.

Gracias a mi profe de educación física por integrarme en deportes cuando una de mis limitaciones es no saber jugar en equipo.

Gracias también a mis compañeros. Porque mis profes se han encargado de enseñarles a aceptarme. A quererme. A ayudarme.

Tengo una memoria prodigiosa. Como mucho autistas de alto funcionamiento, como así nos llaman. Y gracias a esta memoria nunca olvidaré a cada uno de ellos. Unos señores que han conseguido que sea un chico independiente y feliz.

Casi me siento como todo el mundo. Señores hagan caso de lo que dice un estudiante agradecido. Aparten lo malo y quédense con lo que yo les digo. No dejen que ese cariño lo empañen señores o señoras que no han experimentado nunca un cariño como el que yo he recibido . Como el que aún recibo.

Gracias a ustedes. Mis logopedas. Mis maestros. Y también a mis papás y a mis hermanitos.

Que tus hijos  encuentren un buen maestro es maravilloso, que tus hijos con autismo encuentren un buen profesional que se vuelque en ellos, es sencillamente un tesoro de un valor incalculable, algo que puede marcar la diferencia para bien en muchas vidas.

Muchas veces somos los padres los que lanzamos piedras contra la labor de estos profesionales, que hacen más de lo que pueden o están obligados pese al poco tiempo, los pocos medios, las trabas administrativas… Pocas se lo agradecemos como merecen.

Así que hoy, con el curso casi recién terminado, gracias de todo corazón a los buenos maestros, a los de Especial o a los que simplemente son especiales, a los que se dejan la piel con nuestros chicos, con o sin autismo.

No creáis nunca que vuestros desvelos no merecen la pena.

GTRES

No es fácil ser un buen maestro

a00481789 325No es fácil ser maestro. Tengo en la cabeza a los maestros que conozco por mis hijos, de Infantil, Primaria y Educación Especial. La gran mayoría son personas implicadas, formadas, que respetan a los niños, que dedican tiempo fuera de su jornada y con los que la relación siempre ha sido buena. Imagino que he tenido suerte, aunque hemos mejorado mucho respecto a cuando yo era niña. Por ellos sé que no es fácil ser maestro, menos aún maestro.

Bueno, voy a rectificar. No es fácil ser un buen docente, es muy fácil ser uno malo, uno que simplemente cumple el expediente.

Hoy es el día del docente y os voy a ser sincera, recuerdo muy pocos profesores con cariño, muy pocos que me marcaran. Estudié la (incomprensiblemente para mí) añorada EGB en los años ochenta y principios de los 90 en un colegio religioso, los primeros años privado y después concertado, solo de niñas. Entre los docentes abundaban las religiosas, muy poco preocupadas por la excelencia académica, evitar situaciones de acoso o inculcar valores. En Infantil ponían a las más mayores y estaban muy poco cualificadas; con una de ellas, a cargo de mi curso de preescolar, tuvo que hablar mi madre porque me había puesto un mote.

Su mayor interés era que pasáramos de curso sin darles mucha guerra y arañando a nuestras familias todas las pesetillas que pudieran, vía material escolar, uniformes… Incluso intentaron librarse de pagar la limpieza haciendo que nos quedásemos dos niñas después de clase cada día para limpiar el aula a partir de los diez años, menos mal que esa ocasión los padres se pusieron en pie de guerra y lo evitaron. Recuerdo que a las alumnas mayores, niñas de a partir de doce y trece años, nos mandaban al patio de las pequeñas a cuidarlas, a vigilar. Un despropósito.

Recuerdo también que expulsaron brevemente a una compañera por haberla visto enrollarse con un chaval del colegio de enfrente en una calle cercana. No solo la expulsaron, nos reunieron a todas para contárnoslo y hacer ejemplo (y escarnio) de ella. ¿Qué problema hay en que una adolescente esté besándose con un chico en la calle? ¿Qué potestad tiene el colegio para establecer un castigo por algo así? Ninguno, obviamente, pero ellas estaban indignadas porque llevaba el uniforme del colegio y estaba mancillando la reputación de toda la institución.

En aquel colegio, que sigue en activo pero por suerte ya es mixto, con otra dirección y apenas monjas dando clase, también había profesoras laicas, en bastantes casos antiguas alumnas y con frecuencia con relaciones familiares entre ellas. Solo hubo un hombre dándome clase en todos los años que estuve allí, y estuve desde los cinco hasta los dieciséis.

La gimnasia era sueca y nos limitábamos a mover los brazos como molinillos. El nivel de las asignaturas de ciencias daba risa. No importaba, total las ciencias no eran cosa de niñas y casi todas acabábamos en letras. Allí vi cómo ignoraban a las alumnas que requerían más apoyos, como invitaban a irse más pronto que tarde a aquellas que hoy calificarían como de necesidades especiales, su favoritismo si ibas al rosario del mes de mayo, participabas en sus convivencias cristianas extraescolares, tocabas la guitarra en el coro o tus padres iban a misa los domingos a la iglesia del colegio.

De aquella etapa sólo recuerdo con cariño a dos maestras. Una ya tenía edad de estar jubilada y solo impartía una asignatura. Logró ser universitaria a una edad en la que muy pocas mujeres lo conseguían, devoraba El País y tenía su casa llena de periódicos. Vivía por mi barrio, nos saludábamos con afecto siempre que nos encontrábamos y lamenté su reciente muerte. Era inteligente y era una buena persona.

Otra, la mejor, me duró muy poco, apenas un curso. La recuerdo joven y enseñaba literatura cuando teníamos catorce años, interpretábamos las obras de Casona y Lorca en clase, amaba los libros, se le notaba y hacía todo lo que podía por transmitírnoslo. Su forma de enseñar y su trato eran distintos a todo lo que había conocido y me enamoró, logró lo que ninguna otra profesora en ese centro, convertirse en alguien importante para mí, alguien que inspiraba y que me hacía querer saber más. Estaba deseando que llegase su hora de clase.

Apenas un curso. Cuando quedaba poco para el verano nos dijo que había aprobado la oposición y conseguido plaza para enseñar en un instituto. Se fue a la enseñanza pública, lloró, unas cuantas la lloramos, envidié a los chicos que iban a tenerla como maestra y le perdí la pista para siempre.

Ojalá pudiera encontrarla ahora para contarle lo importante que fue para mí. Ojalá me contestara que todo le ha ido bien.

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Y desembarqué en el instituto en COU y aquello era otro mundo. Un mundo en el que fui mucho más feliz. Estudie más que ningún otro año en toda mi vida, incluyendo los años de carrera, porque quería subir mi nota media y hacerlo bien en selectividad, pero aquella libertad de acción era lo que necesitaba. Allí encontré un profesor de filosofía deprimido que faltó muchísimo a clase y cuando iba era todo raro, raro, raro, con sustitutos que no llegaban, pero también a una profesora de latín que aprovechó que éramos cuatro gatos en clase para hacerme disfrutar como una enana traduciendo a Virgilio, otra de Historia del arte que era probablemente la profesional más competente que me he encontrado en la enseñanza y una de Historia Contemporánea que venía con fama de dura pero que sabía lo que se hacía y me hizo aprender muchísimo, en primero de carrera tenía la misma asignatura y la aprobé con sus apuntes. De hecho tenía un trato aséptico e impersonal muy semejante al que vería luego en la universidad.

Cuando uno se hace mayor ya no necesita que un maestro le conozca, le entienda, le integre, le asista emocionalmente. Que eso no sobra a ninguna edad, ojo, pero no es igual. A partir de cierta edad basta con tener delante un buen profesional capaz de transmitir sus conocimientos.

De esos tuve pocos en la universidad. Periodismo en la Complutense fue una tremenda decepción. Al profesor que mejor recuerdo fue a José Julio Perlado. Crucé muy pocas frases con él y dudo que pisara su clase más de media docena de veces, pero me gustó mucho lo que hizo, que no tenía nada que ver con todos los demás y que me parecía semejante a lo que sería trabajar en un periódico. Sé que compañeros míos no opinan lo mismo, pero fue la asignatura que yo más disfruté.

Al llegar el primer día a clase nos pidió que escribiéramos entrevistas y reportajes que nos gustaría hacer, recogió todas nuestras ideas locas y, en la siguiente clase, nos encargó a cada alumno una entrevista y dos reportajes, a ser posible de lo que habíamos propuesto. Nos marcaba la extensión, el formato y había que entregar fotos. Si no conseguíamos la entrevista no pasaba nada, presentábamos lo que habíamos preparado y las preguntas que le hubiéramos hecho. Ese fue mi caso, me tocó Paco Rabal y ya estaba muy mayor, lo más que logré fue hablar brevemente por teléfono con su mujer. Los reportajes fueron sobre los conciertos de música clásica en Madrid y sobre la Policía Nacional a caballo. El primero estuvo bien, acudí a varios conciertos, pude ver ensayos y entrevisté a varios músicos. El segundo fue aún mejor. Durante un mes entero salía de clase a las doce y me iba en transporte público a la Casa de Campo, caminaba hasta las instalaciones en las que trabajaban caballos y policías y me quedaba un rato por allí, charlando con ellos y echando un poquito una mano con los animales, con lo que procedía y me dejaban. Logré meter la cabeza tirando de un policía amigo de la familia, y durante este tiempo me fui ganando la confianza de los que allí estaban y convirtiendo un poco en una mascota, la inofensiva estudiante de periodismo de 19 años. Ojalá hubiera conservado una copia del reportaje que le entregué. Desde aquello aún hoy no puedo evitar sonreír ante los policías que veo a caballo.

Cuando comencé tercero de carrera comencé a trabajar a jornada completa y ya no pisé la facultad más que para recoger apuntes y hacer exámenes. Al menos no teníamos Bolonia y podía compatibilizar trabajo y estudios.

Veinte años estudiando y solo he podido destacar a seis docentes de entre todos los que tuve. No es mucho. O tal vez sí. La verdad es que no lo sé.

¿Veis? Al final va a ser verdad que no es fácil ser maestro.

* Fotos: GTRES

¿Vosotros hacéis regalos a los maestros de vuestros hijos al acabar el curso?

121726Hoy es el último día que Julia va al colegio. Comienzan sus primeras vacaciones escolares. El otro día, charlando con un compañero del tema, me habló de los regalos que hacían al final de curso a los profesores de sus hijas y de que no acababa de estar de acuerdo. Me contaba que ya reciben su sueldo por hacer su trabajo, igual que él.

Por lo visto la cosa consiste en que, cuando acaba el curso, todos los padres ponen entre tres y seis euros para comprarle un detallito, que acaba siendo un detallazo del tipo libro electrónico. Me contaba que si un padre protesta o no participa, ya es el raro, el seco que no quiere colaborar.

Su impresión cuando me comentó el asunto de los regalos era que se trataba de una práctica generalizada. Yo, desde mi limitada experiencia, le confesé que ni los hacía ni sabía de colegios en los que se hicieran por sistema de esa manera.

En el colegio de Jaime, por iniciativa de una de las madres a la que doy las gracias desde aquí, los padres le regalamos una orla con la foto de los cinco niños de su clase enmarcada. Los padres nos quedamos además una copia de la orla sin enmarcar como recuerdo. Yo, a veces, en alguna tutoría que he tenido en el anterior colegio de Jaime y actual de Julia, he llevado cuentos como regalo al centro a título individual.  Pero son cuentos que disfrutarán todos los niños.

Decidí preguntar en Twitter y Facebook y me encontré de todo: padres que (como mi compañero) se veían forzados sin estar de acuerdo a regalar algo, padres que ni habían oído hablar del tema, padre que solo lo hacían al acabar el ciclo de infantil, padres que preparaban alguna manualidad o un bizcocho con sus hijos, profesores que dicen que no aceptarían regalos tipo libro electrónico…

Tras reflexionar, creo que coincido con mi compañero y no me parece bien un regalo cada año de la clase al completo por obligación. Entendería perfectamente lo del detalle al final del ciclo de infantil al tutor que ha estado tres años con los peques, pero por supuesto como algo voluntario y buscando algún regalo relacionado con los niños y su oficio. Los detalles individuales de una familia especialmente agradecida, sobre todo si son bizcochos o manualidades, pueden ser una recompensa muy bonita a su dedicación. No sé cómo lo véis vosotros…

¿Qué estamos haciendo mal?

Los alumnos españoles de 9 años no llegan a la media de la OCDE ni de la UE se titula una noticia de ayer, martes, que cita a un informe elaborado por la International Association for the Evaluation of Educational Achievement (IEA), en 48 y 63 países, según las pruebas PIRLS (Lectura) y TIMSS (Matemáticas y Ciencias) de 2011. Es parecido al famoso informe PISA, pero con niños más pequeños: nueve añitos.

En Matemáticas, España ha obtenido 482 puntos y, por tanto, se sitúa por debajo del promedio de los 63 países de 500 puntos, e inferior también de la media de la OCDE (522) y de la UE (519). Los resultados más elevados los han logrado Hong Kong-China (602), Irlanda del Norte (562) o la comunidad flamenca de Bélgica (549). La proporción de alumnos rezagados en España en matemáticas es del 13% frente al 7% de la OCDE. La proporción de alumnos excelentes en nuestro país es del 1% por el 5% de la OCDE.

En Ciencias, España obtiene 505 puntos, por encima de la media internacional de 500 puntos, pero por debajo de la OCDE (523) y la UE (521). España tiene un 8% de alumnos rezagados en Ciencias frente al 6% de la OCDE. La proporción de estudiantes excelentes en nuestro país es del 4%, mientras que en la OCDE es del 7%. Ciencias es la materia en la que menos alejada está España tanto de alumnos rezagados y excelentes con respecto a la OCDE.

Y una vez ofrecido un resumen de los datos, os dejo algunas perlas interesantes que se desprenden del informe:

  • España tiene un 19% de alumnos que no muestran interés en clase, una cifra que casi duplica a la media internacional, que se sitúa en el 10%.
  • En la media de los países participantes en PIRLS-Lectura hay un 9% de alumnos en centros con muy elevado énfasis en el éxito académico frente al 3% de España.
  • España es uno de los países donde menos diferencias existen entre colegios.
  • Los centros privados y concertados obtienen resultados superiores a los públicos, no porque sean mejores, sino porque sus estudiantes proceden de entornos socio-económicos más favorecidos.

 

¿Qué estamos haciendo mal? Porque está claro que estamos haciendo algo rematadamente mal. Probablemente estamos errando en varias cosas, que los problemas complejos no tienen soluciones fáciles. Pero el informe apunta a una causa con la que me parece que dan en el clavo: a nuestros alumnos no les interesan las clases. Por ser más concreto, dos de cada diez niños van al cole sin interés, sin ilusión, sin ganas de aprender. Y hablamos de niños de 9 años, no de adolescentes en lo que yo llamo “la fase anticontra”.

Y la culpa no es de los niños. Los primeros responsables de ese desinterés somos sus adultos de referencia: maestros y padres. También la administración pública y sus vaivenes y política del puño cerrado, está claro, pero creo que los profesores y, sobre todo, los padres, podemos hacer mucho, tenemos en nuestra mano lograr que la situación mejore para nuestros niños.

A los primeros me encantaría preguntarles qué creen que se puede hacer para evitar ese desinterés de los niños, para volver a entusiasmarles, a lograr que les guste ir a clase para aprender, socializar y divertirse. Sé que cuando uno está embarcado en una guerra contra esos gigantes que son molinos, sufriendo ajustes y recortes de todo tipo, ninguneado… es fácil acabar desmotivado en su trabajo. Pero cuando ese trabajo es la enseñanza, esa desmotivación la pagan los alumnos. No es fácil evitarlo, pero hay que intentarlo. Y luego hay otro mal común a todos los puestos de trabajo, que también afecta a los maestros: caer en la rutina, en el piñón fijo, en no reciclarse, en perder la ilusión. Cuando yo estudié no existía una marea verde, pero sí muchos profesores acomodados y/o desencantados con su labor.

Pero no quiero cargar las tintas con los profes. Los padres tenemos muchas pelotas botando en nuestro tejado. Ayer comentaba en twitter con mi compañero @hectormgarrido que durante varias generaciones los padres somos los culpables de haber trasmitido a los chavales un interés meramente utilitarista del estudio. Ha calado en nuestra sociedad, por desgracia, que estudiar solo sirve para conseguir un trabajo más cómodo o mejor pagado. Y no es así. Estudiar, aprender, leer, querer saber cómo funcionan las cosas sirve para ser personas mejores, más interesantes, con más andamiaje interno para moverse por el mundo y ser felices. Los padres podemos hacer mucho por transmitir a nuestros hijos el interés por saber, por descubrir, por investigar, por conocer, por ser críticos y tener siempre una pregunta preparada. Claro que es difícil transmitir lo que no se siente. El primer paso es recuperar nosotros ese interés.

También es importante no desacreditar desde casa la labor de los maestros. Si tenemos la mala suerte de que a nuestro hijo le haya tocado en suerte un mal profesional, claro que hay que tomar medidas, pero sin atacar a toda una profesión. Si padres y profesores vamos en la misma dirección, todo será mucho más fácil.

En el título del post preguntaba qué estamos haciendo mal. Os he contado lo que yo creo. ¿Qué opináis vosotros? ¿En qué nos estamos equivocando? ¿Qué podemos hacer como padres recientes?

El día del maestro más verde de todos

Hoy es el día del maestro. Por algún motivo que desconozco, y no sé si seré la única, yo identifico con esa palabra a los profesionales que atienden y enseñan a los niños más pequeños. Cuando los niños crecen, mi cerebro invoca otra: profesor. Me resulta difícil utilizar con ellos de forma espontánea la palabra tutor, que es la que parece que ahora prefieren. En cualquier caso, denominaciones aparte, es un buen día para recordar a aquellos que acompañan a nuestros hijos en sus primeros pasos escolarizados.

Creo que tenemos mejores maestros que nunca. Sé que siempre los hubo buenos y que siempre los habrá malos, pero de verdad estoy convencida de que tenemos mucha suerte con los hombres y mujeres que atienden a nuestros pequeños, que la gran mayoría están mucho mejor preparados y tienen más vocación que los que nos atendieron a nosotros.

Que tengamos los mejores maestros que nunca ha habido en España no significa que no puedan, que no deban, mejorar. Pero para eso hace falta que estén motivados, que se les apoye. Pero eso no es lo que está pasando precisamente en esta España de recortes.

Mis hijos tienen suerte. Jaime ha tenido distintos maestros, que en su caso son también estimuladores. Este curso, en su nuevo colegio, tiene a Fran, un chico joven, preparado, entusiasta y cariñoso. Entra feliz en el colegio todos los días. Julia está descubriendo en su primer año de cole a su primer adulto de referencia ajeno a la familia. Su profesora se llama Ana, también es muy joven, y ese nombre suena muchas veces en mi casa a diario. “Ana nos cuida mucho” “¿Jugamos al colegio y a que tú eres Ana?” “Ana es rubia” “Ana nos está enseñando la canción de una castañera”, “Ana se llama Ana, como la tía Ana”. Se nota que la adora y eso es muy buena señal.

Esos maestros, o tutores, o profesores, o como queráis llamarlos, se están enfrentando ahora a recortes sin precedentes. Los centros públicos tienen el presupuesto menguado, el ratio de alumnos (con necesidades especiales y sin ellas) aumentado, menos apoyos, menos manos y cada vez más padres que no pueden pagar mensualidades, extraescolares, libros de texto, cooperativas.

¿Cómo no dejarme llevar por la ‘marea verde’ en un día como hoy, en un post como el de hoy?

Además, como bien sabe Julia, que a todo el que se descuida le pregunta por sus colores favoritos, el verde es el color que más me gusta.

Espero sinceramente que las cosas hayan cambiado

Leo un post de Alberto Lorente en Weslu titulado 5 lecciones peligrosas que nos enseñaron en el colegio  que me deja pensando.

Estoy completamente de acuerdo, por desgracia, con él. Efectivamente el colegio en el que yo estudié en la década de los 80 era del palo que describe.

¿Y qué palo describe? Pues os dejo con esas cinco lecciones y lo entenderéis:

Las personas que mandan tienen todas las respuestas – En aquella época no era correcto discutir y argumentar con el profesor. La comunicación ocurría en una dirección y si intentabas argumentar su discurso, los profesores generalmente se sentían atacados. Aprendimos la lección de “no discutir con tu jefe, aunque no tenga la razón”.

Los mejores y más brillantes siempre siguen las reglas – Está claro que debe ser muy difícil tener en clase a un montón de niños de forma ordenada si no les enseñas y “obligas” en cierto modo a cumplir las reglas, sin embargo a lo largo de la vida desarrollamos la intuición, que nos ayuda a decidir cuando es más o menos conveniente romper las reglas para conseguir mejores resultados. Cuando éramos niños nos recompensaban por ser perfectos subordinados, ignorando el desarrollo de la capacidad creativa.

Lo que dice el libro es siempre verdad – Si en aquella época no podíamos cuestionar y argumentar con los profesores, entonces era prácticamente imposible pensar que a veces los libros tenían una opinión partidista o sesgada de la realidad.

Solo hay un único camino hacia el éxito – Se llamaba universidad. No había otra alternativa atractiva. Nadie hablaba con orgullo de las profesiones manuales, técnicas o artísticas. No se mencionaba la posibilidad de empezar empresas. La única salida viable era sacar buenas notas para ir a la universidad.

Los tests estandarizados miden tu valía – Antes parecía que los que sacaban buenas notas valían más que los que suspendíamos. Todo se medía por el mismo rasero y por supuesto no se potenciaban las capacidades personales e individuales que cada persona pudiese poseer.

Leerlo me ha hecho recordar la que me cayó el día que contradije a la profesora de “naturales” en cuarto o quinto de EGB. Decía que había animales vivíparos y ovíparos. Yo levanté la mano y aporté que también existían los ovovivíparos, animales cuyos huevos se incubaban en el interior de sus cuerpos y parían a las crías vivas. Primero me ridiculizó delante de toda la clase y luego acudió por un libro para rematar la faena. Lo malo es que el libro me dio la razón. Ella reaccionó de la peor manera posible: castigándome.

Alberto Lorente termina su post, cuya lectura os recomiendo, diciendo: “Lo que me pregunto realmente es ¿Esto ha cambiado hoy en día? Me encantaría que opinéis”.

Pues Alberto, yo me pregunto lo mismo que tú. Espero sinceramente que las cosas hayan cambiado, pero no lo acabo de tener claro…

“Yo también quiero trabafar con Merche”

Eso es lo que dice muchas veces mi hija cuando una o dos veces por semana viene a mi casa Merche.

Llega cargada como una mula de puzles, cuentos, chuches, pictos y sonrisas. Entra con Jaime en la habitación que hemos dispuesto para trabajar con él, colocan los pictos que indican las tareas del día (“primero cantar, después boca (ejercicios logopédicos), después cuento, después jugar, después trileros y por último parejas”) y se ponen manos a la obra.

Siempre que puedo me siento con ellos, observo y aprendo. Me fijo en cómo reacciona, cómo empuja a mi hijo a comunicarse, cómo logra sacar de él nuevos sonidos y palabras, cómo persigue su atención como un sabueso un rastro. Siempre de buen humor, siempre con entusiasmo, siempre creyendo en educar en positivo. Joven y a la vez sabia y responsable. Siempre formándose, siempre pensando en cómo ayudar a los niños. Trabajando por vocación.

Muchas veces medito sobre lo que es trabajar así día tras día, un niño tras otro, cada uno con una problemática diferente incluso dentro del mismo diagnóstico, siempre conservando ese estado de ánimo tan especial, nunca flaqueando. Hay que valer.

Los primeros dos años creo que no falté ni un día. Llevo en cambio dos meses que parece que los hados se confabulan en contra, pero la idea es estar en todas las sesiones. Estar para aprender. Estar para empaparte.

El modelo de la Asociación Alanda es precisamente implicar a los padres para sacar el máximo partido de los niños. Están en contra de ese tipo de terapia en el que los profesionales van por un lado y los padres por otro. Del modelo en el que llevas a un niño a lugar extraño, el terapeuta se lo lleva y los padres se quedan en la sala de espera. Ellos creen en trabajar en el entorno natural del niño, en su casa que es dónde más a gusto está, sin obligarle a desplazarse, muchas veces con sus propios juguetes. Yo también creo en ese modelo de intervención.

Un modelo que introduce en la dinámica de la familia al terapeuta. Es imposible mantener esa fría distancia profesional que a muchos les encanta.

Recuerdo perfectamente la primera vez que conocí a Merche. Era un mayo caluroso. Habíamos estado un buen rato con Jaime, que tenía dos años y nueve meses, y con Julia, que tenía tres meses y estaba dormida en mi pecho, en una sala observando a mi hijo y hablando con Laura Escribano, la directora de Alanda. Era la primera vez que acudíamos a la asociación por recomendación de Inma Cardona. No tuvimos que pensarlo, tras esa charla quisimos empezar la terapia cuanto antes y Laura nos dijo: “¿Vivís en Getafe? Entonces os toca con Merche. Creo que está por aquí, voy a presentárosla”.

Ayer estuvo en casa y se fue diciendo que había sido el día que mejor había trabajado Jaime. El día que más atento había estado.

Jaime cumplirá cinco años en agosto. Julia tiene dos años y cuatro meses. Estoy convencida de que para ellos Merche es una más en la familia.

Hoy el post va por ella. También por Ruth e Inma de su cole (te echaremos de menos el año que viene Inma) y por sus terapeutas del centro de atención temprana.

Realmente va por todos los profesionales (PTs, AyLs, logopedas, auxiliares, fisioterapeutas, monitores de piscina, psicólogos…) que trabajan con niños con alguna discapacidad con esa misma entrega, con humildad, muchas veces luchando contra los pocos medios disponibles (cada vez menos, la crisis también se nota aquí), escuchando a los niños y a los padres, aplicando lo aprendido pero siendo constantemente creativos y abriendo nuevos caminos.

De vez en cuando no está nada mal reconocer sus méritos públicamente.

¿Qué colegio vas a solicitar para tu hijo?

El otro día vimos a unos amigos cuyo hijo cumple tres años este verano y, nada raro, una de los temas que salieron en la conversación fue la elección de colegio.

Hoy se ha abierto el plazo de admisión en Madrid para escolarizar a nuestros hijos. Es decir, son fechas para muchos padres recientes de darle muchas vueltas al colegio que elegirán para sus hijos. No es algo como para tomárselo a la ligera.

Estos son los criterios que influyen para obtener puntos:
1) Proximidad al centro educativo.
2) Renta per cápita de la unidad familiar.
3) Hermanos matriculados en el centro.
4) Padre, madre o tutores legales que trabajen en el mismo.
5) Familia numerosa.
6) Discapacidad de algún miembro de la familia y enfermedad crónica del sistema digestivo, endocrino o metabólico del alumno.

Y extraído de un artículo de Armando Bastida para bebesymas la mar de recomendable, los criterios para elegir colegio son:
– Ideología
– Distancia del hogar
– Comedor
– Metodología

También sé de otros criterios que han pesado en padres que conozco como:
– Distancia del trabajo
– Ser el antiguo centro de uno de los dos progenitores
– Ser el sitio al que van otros niños de la familia (primos normalmente) o de amigos muy cercanos, lo que facilita la intendencia de ir a llevarlos/recogerlos y organizar festivos.
– Las instalaciones deportivas.
– El bilingüismo.

Yo me temo que es un quebradero de cabeza que ya no voy a tener. Salvo que llegue el momento de elegir un colegio específico para niños como Jaime, algo muy probable, pero los criterios y baremos no serán los convencionales. Julia irá al colegio de su hermano sin duda alguna. Está cerca de casa y estamos muy contentos con su funcionamiento y sobre todo con los profesionales que allí trabajan.

¿Qué criterios buscábais vosotros para elegir cole?
(que luego se consiga el cole deseado o no, ya es otro cantar).

Para los maestros

Ayer intercambié un par de correos con una maestra a consecuencia del texto dedicado a los maestros de Elvis Canino, que resultó bastante polémico.

En uno de ellos me decía:

Tal vez como contrapartida a esos “consejos” que hoy escribes hacía los maestros (algunos los comparto, otros no pues eso convertiría la clase en un autentico lugar de anarquía y caos, y esos niños no recibirían una educación y modales que en muchísimas ocasiones en sus casas no reciben), podrías poner este vídeo, dedicado a las maestras/os de Infantil que seguro que agrada a todas/os los educadores que leemos tu blog.

Pues como lo prometido es deuda ahí va ese bonito vídeo (y otro de regalo sobre educación especial).