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Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. (Pablo Neruda)

Unos matan delfines y otros toros

Los pescadores de la localidad japonesa de Taiji vuelven a masacrar delfines y otros cetáceos, tiñendo de sangre las aguas del mar. A la mayoría de los capturados los hacen sushi y a unos pocos los venden a los zoológicos. Es la tradición, aseguran.

Ellos matan delfines y nosotros matamos toros. Así se ha hecho siempre, responden unos y otros. E incluso habrá muy buenos matarifes nipones, a los que les gritarán olé los aficionados a la fiesta nacional del Imperio del Sol Naciente. ¡Qué cuchilladas más artísticas!

No hay mucha diferencia con nosotros. O quizá sí, pues ellos lo hacen a escondidas (que se lo digan al oscarizado documental “The Cove“, donde se muestra la crueldad de esa práctica), mientras que nosotros no nos ocultamos. Incluso hemos llegado más lejos aún, lo hemos convertido en un espectáculo, en arte, lo subvencionamos y hasta sacamos leyes para protegerlo.

Richard O’Barry, activista y ex entrenador de delfines en la famosa serie “Flipper“, ha dicho en Tokio que esta caza es cruel y no puede ser considerada como parte de la cultura de Taiji. ¿Os suena? Cualquier día van a decir lo mismo de los toros.

Foto: EFE /CENTRO DE CONSERVACIÓN MARÍTIMA SHEPHERD

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12 comentarios

  1. Dice ser GratisMadrid

    Hay leyes para matar toros en la plaza, y hay leyes para matar toros en el matadero, de toda la vida de Dios. Estaría muy mal matar toros en el mar, y delfines en la plaza de toros.

    De toda la vida de Dios han habido antitaurinos, y taurinos, nada nuevo bajo el sol.

    MADRID ocio GRATIS

    03 septiembre 2010 | 16:09

  2. Terrible imagen, no puedo decir más

    salu2

    03 septiembre 2010 | 16:15

  3. Dice ser antonio larrosa

    Opino igual que Gratis Madrid, no es lo mismo la gimnasia y la magnesia.

    Clica sobre mi nombre

    03 septiembre 2010 | 16:17

  4. Dice ser gaby

    Lo cierto es que a los delfines no los criamos ni reproducimos y a los toros sí. crueles son las dos masacres.

    03 septiembre 2010 | 16:46

  5. Dice ser David

    Como siempre, y como se ve en los comentarios, nosotros somos los primeros en criticar las “tradiciones” de los demás pero no soportamos que critiquen las nuestras.
    Las corridas de toros son un tradicción salvaje, estupida y cruel. Las matanzas de delfines son una tradición salvaje, estúpida y cruel.
    En cuanto a las leyes, también hay leyes en Irán que permiten apedrear mujeres por adulteras, ¿acaso deja de ser una salvajada porque sea legal?

    03 septiembre 2010 | 17:12

  6. Dice ser Marta

    Pues en algún momento cambiarán las cosas. Hace unos años (no tantos) había anuncios de brandy que incitaban a someter a la mujer. También por tradición se condena que puedan existir sacerdotisas en la religión católica, o se justifica la ablación en África. Afortunadamente las sociedades van cambiando y las costumbres también. Para algunos los cambios son demasiado y peligrosamente rápidos y para otros son exasperantes por ser lentos y no adaptarse a tiempo a las nuevas sociedades. Pero siempre son inevitables y acordes a la evolución de las sociedades.

    Por cierto, hace unos años, en la época vistoriana, los vibradores eran un utensilio utilizado de forma médica porque se consideraba que los orgasmos eran muy saludables, años más tarde fueron proscritos, y ahora vuelven a estar al alcance de todas.

    Marta
    http://www.mivibardor.es

    03 septiembre 2010 | 20:07

  7. Dice ser Sílver

    Recientemente, aparecía en la prensa nacional este artículo donde precisamente relaciona (pone en un nivel de equivalencia) a los delfines y a los toros, además de otras razones que podrían ayudar a reflexionar no a los hooligans taurinos (esos ya no tienen remedio), pero sí a los razonables, aquellos que consideran que aún tienen cosas que aprender:
    “De toros y argumentos
    Ni la tradición, ni la libertad de empresa, ni la protección de una especie, ni el arte y la diversión de los aficionados sirven para justificar una actividad que produce dolor y sufrimiento a un mamífero superior.

    PABLO DE LORA, JOSÉ LUIS MARTÍ Y FÉLIX OVEJERO 19/08/2010

    En el mundo hay personas que creen que los animales poseen ciertos derechos, o cuanto menos que los seres humanos tenemos ciertas obligaciones para con ellos. Y también hay personas que genuinamente creen que no. No es un drama. También hay quienes creen que Elvis Presley sigue con vida, que el color de la piel debe determinar nuestros derechos o que vivimos entre fantasmas. Hay gente para todo.
    Pero no hay razones para todo. Los filósofos morales discrepan profundamente sobre el estatus ético de los animales no humanos, pero muy pocos, por no decir ninguno, sostienen que no tenemos ninguna obligación de respeto mínimo, al menos hacia los grandes mamíferos. También los legisladores en muchísimos países del mundo piensan que la crueldad o el maltrato gratuito hacia los animales no son admisibles, llegando a considerar esos actos como delitos. En Estados Unidos, una ley federal promulgada en 1999 castigaba incluso la creación, venta o posesión con fines comerciales de material gráfico que muestre crueldad animal. Con esa norma se trataba de poner coto a la industria de los llamados crush videos -imágenes que muestran la tortura intencional y sacrificio de animales indefensos (perros, gatos, monos, ratones y hámsters)- con los que, al parecer, algunos individuos obtienen placer sexual.
    La discusión se centra, por tanto, en estas otras cuestiones: ¿qué obligaciones concretas tenemos y hacia qué animales? ¿Cómo podemos ponderar dichas obligaciones con otras consideraciones moralmente valiosas, como la alimentación y supervivencia de los propios seres humanos o la investigación médica? ¿Es el ocio o incluso el arte uno de esos bienes que cabe sopesar frente al sufrimiento cierto de un animal no humano, como ocurre en las corridas de toros?
    Habida cuenta de la alarmante confusión que ha presidido estos días los debates y comentarios, queremos analizar algunos de los argumentos esgrimidos en defensa de la pervivencia del llamado “espectáculo” de los toros e impedir su prohibición.
    Vamos a orillar la cuestión identitaria, que algunos interesadamente han introducido en el debate, o la disputa jurídica sobre la competencia del Parlament para tomar esta decisión, así como la hipocresía o incoherencia moral de quienes defienden la medida adoptada, pero no se oponen con parecidas armas a otras prácticas igualmente crueles. Nos centraremos en estos cinco argumentos: la tradición, la desaparición natural, la preservación de la “especie”, la libertad y el arte.
    El argumento de que los toros son una tradición consolidada en España -y en otros países- no tiene mucho vuelo. Que una acción se haya venido produciendo a lo largo del tiempo sencillamente no ofrece ninguna razón moral para seguir realizándola. Segundo, estos días hemos podido escuchar en boca de algunos protaurinos una preferencia por la “desaparición natural” de las corridas antes que por la prohibición impuesta por el poder público. Las corridas ya habían perdido buena parte del favor popular en Cataluña -se dice- así que hubiera sido mejor que se dejaran extinguir por sí solas. Pero este argumento tampoco funciona. Imaginen que lo extendiéramos a otras acciones o actividades prohibidas. Que dijéramos algo así como: “Cada vez son menos los padres que maltratan físicamente a sus hijos menores, así que dejemos que desaparezca esta práctica de manera natural”. O tenemos la obligación de no infligir sufrimiento innecesario a los toros -o a nuestros hijos- o no la tenemos. Esto es lo que debemos discutir. ¿Para qué prohibir algo que ya nadie hace?
    Se ha aducido también que, si no fuera por las corridas, desaparecería esta “especie” de toros, y que si las prohibimos, propiciaremos su desaparición. Es el argumento de la preservación, un razonamiento añejo en los pagos de la discusión sobre la consideración moral que merecen los animales no humanos. Al respecto cabe esgrimir, primero, que, desde el punto de vista zoológico, los toros de lidia no constituyen una “especie” independiente. Segundo, si los aficionados son tan profundos defensores de los toros que luchan por su supervivencia, ¿por qué no aúnan esfuerzos colectivos para preservarlos creando refugios naturales en las dehesas sin causarles por ello sufrimiento, como hacemos con los bisontes, por ejemplo? Finalmente, a nosotros nos preocupan prioritariamente -en este y en otros ámbitos de la ética- los intereses y el bienestar de los individuos que sufren el maltrato. Las “especies” -como las lenguas, las naciones o los pueblos- no se ven afectadas por el perjuicio de su inexistencia. Si para preservar una especie debemos torturar a todos sus miembros, tal vez la preservación no sea tan valiosa.
    En cuarto lugar, se apela a la libertad: la prohibición supondría un “liberticidio”, han dicho algunos. El poder público no está, ha señalado una representante del PP, para decirnos cómo vestir o qué estilos de vida abrazar. Una segunda expresión de la libertad -la libertad de empresa-, ampararía también que se sigan celebrando corridas. El argumento en cuestión presupone lo que antes hemos negado: que desde el punto de vista moral es irrelevante el sufrimiento o dolor que causemos a los animales no humanos. Si la prohibición es un sacrificio ilegítimo de la libertad de espectadores y empresarios es porque lo que ocurra con el toro en la plaza no cuenta nada. Se ha repetido hasta la saciedad, pero muchos no se han querido enterar, que nuestros ordenamientos jurídicos cuentan con multitud de restricciones a la libertad que nadie considera ofensivas ni liberticidas porque con ellas se protegen bienes igualmente valiosos o importantes, incluso cuando ni siquiera se infligen daños a sujetos con capacidad de sufrir. La protección del patrimonio histórico-artístico, o del medio ambiente, o la disciplina urbanística, son ámbitos plagados de prohibiciones en aras a que todos disfrutemos de paisajes, o ciudades más amables, o de un legado monumental, pictórico, escultórico que estimamos valioso. ¿Alguien se imagina que un grupo de personas, basándose en la libertad de empresa, constituyera una sociedad que organizara espectáculos de tortura pública de delfines, en el que tras causarles diversos daños, dolor y sufrimiento se acabara con su vida con una espada? ¿Justificaría algo la libertad de empresa, o incluso la diversión que pudiera generar esta macabra actividad en cierto público? ¿O es que los toros merecen menos respeto que los delfines? Ni la libertad de empresa, ni el lucro mercantil, ni la diversión de los aficionados, sirven para justificar una actividad que produce dolor y sufrimiento a un mamífero superior.
    En último lugar, tal vez buscando ese otro valor que justifique el daño infligido, se esgrime habitualmente el argumento de que los toros son un arte -no los toros en sí mismos, entiéndase, sino las acciones que les provocan sufrimiento y al final la muerte-. Pero este razonamiento es, en el mejor de los casos, incompleto, y en el peor, inconcluyente. Lo que sí nos interesa subrayar es que, de resultas de ese debate, cabe concluir que decir que algo es arte no le confiere ningún estatus o valor especial a la actividad en cuestión. Lo que da valor -estético- a un objeto no es, pues, que dicho objeto sea simplemente catalogado como arte, sino el hecho de que se trate de buen arte o arte valioso. Por lo demás, igual que una tradición no es, por el hecho de serlo, buena o mala moralmente, tampoco lo es el buen arte.
    No confundamos, por cierto, el supuesto “arte de los toros”, con el indiscutible “arte acerca de los toros”. Que algunos artistas hayan realizado magníficas obras a cuenta de las corridas, como tantos novelistas las han realizado a cuenta de los asesinatos, no les otorga -ni a las corridas ni al asesinato- ninguna dignidad artística. Los fusilamientos del 3 de mayo no se disculpan por la pintura de Goya. Por seguir con la misma comparación: aunque Thomas de Quincey y algunos de los aficionados a las novelas de misterio tuvieran razón, y el asesinato fuera una de las bellas artes, ello no quiere decir que debamos derogar los artículos 138 a 143 del Código Penal. Y por cierto, un aviso para malpensantes y tramposos: no estamos comparando el asesinato de un ser humano con el sacrificio de un toro; no, no estamos estableciendo una relación de semejanza sino una semejanza de relaciones.
    No han faltado en estos días los defensores de la “fiesta nacional” que nos recuerdan que este debate forma parte también de la tradición taurina, como si de un adorno se tratara. Pero no, no se trata de “dar vidilla” -con perdón por el sarcasmo dado el contexto- como si los argumentos, en el fondo, dieran igual. Cuando se discute sobre la conveniencia de una ley que ha de regir la convivencia, los argumentos son lo único que importa.”

    Pablo de Lora, profesor titular de Filosofía del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid; José Luis Martí, profesor titular de Filosofía del Derecho de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, y Félix Ovejero, profesor titular de Ética y Economía de la Universidad de Barcelona.

    03 septiembre 2010 | 20:19

  8. Dice ser ana...

    @ Silver…gracias por poner ese articulo… a buen entendedor pocas palabras bastan!

    03 septiembre 2010 | 22:06

  9. Dice ser Roberto

    Los japoneses de ese pueblo matan delfines para alimentarse, no por diversión o almenos en primera instancia. Creo que hay una confusión al tratar de comparar un acto de sobrevivencia con otro que es practicado por mero placer. En esta misma página, mas no en este artículo, leí que lo hacían desde siglos atrás porque no era un zona fértil para el cultivo de arroz (eso explica mucho)
    En cuanto a la crueldad, seguramente si nos muestran un video de como funciona un matadero vacuno, seguramente diremos :”que horrible”, pero la verad es que seria todo un caos si dejaramos de comer vacas. Estoy en contra de la caza innecesaria de animales, pero en este caso es completamente justificable. Y ademas el ecosistema evoluciona, desaparecen ciertas especias animales y vegetales y aparecen nuevas.
    De pronto nos llama la atención porque estéticamente el delfín es “lindo”, pero no veo la difererencia con pescar una sardina, y digo “pescar” pero se puede considerar tambien como eufemismo de “matar”.

    Espero no haber ofendido a nadie,

    Saludos!

    03 septiembre 2010 | 22:17

  10. Dice ser Marga

    De acuerdo con el post y con el artículo expuesto por Silver.

    Lamentablemente los taurinos no se molestan en leer este tipo de cosas, ya que ellos creen poseer la verdad absoluta. Los toros son arte y los “animalistas” estamos equivocados. Y no saben ni quieren saber más.

    Nada peor que una mente cerrada. Espero que esta “cultura” nuestra se vaya extinguiendo poco a poco… es decir, que evolucionemos como país y como seres humanos.

    Y lo dice una sevillana a la que, supuestamente, deberían gustarle los toros “por tradición”. Nada más lejos de mi realidad.

    03 septiembre 2010 | 23:43

  11. Dice ser Xonxa

    Para que esta sociedad vaya cambiando hemos de echarle una manita. Si no fuera porque durante tantísimos años en este país no se podía decir ni “mú” ya habríamos acabado con la masacre taurina. Si no fuera por eso, este país habría evolucionado en sus formas de comportamiento y relación sociales, y, seguramente, no veríamos escenas como las que se muestran en este enlace: http://www.publico.es/espana/334733/toros/antitaurinos/explotacion/animal/sacedon/encierro/agresiones
    Los defensores de los animales son los nuevos perseguidos en muchos lugares de España.
    En puertas de la masiva protesta del próximo día 12 en Tordesillas contra esa canallada llamada “Toro de la Vega”, será el Ministerio del Interior el culpable de cualquier agresión que allí pueda producirse.

    04 septiembre 2010 | 16:29

  12. Dice ser sniper

    la vida se sabe cobrar las cosas indevidas, si ellos saben que lo que hacen esta mal y no les interesa el mal que viene sera para ellos y los demas el problema de los buenos es dejar que los malos ganen y procurar un bienestar mutuo el matar no es la respuesta,las reacciones traen acciones y es el cuento de nunca acabar solo el que se cansa se muere…

    05 septiembre 2010 | 19:48

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