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Hibristofilia: Mujeres enamoradas de la maldad

Hoy, 25 de noviembre, se conmemora el día internacional de la eliminación de la violencia contra la mujer y hoy cuento con una de las mayores expertas juristas en criminología, autora del libro criminal-mente: Paz Velasco de la Fuente, quien investiga las profundidades de la realidad criminal y los rasgos y factores que determinan tanto a agresores como a víctimas. Os dejo con su aportación en exclusiva para este blog:

“El corazón tiene razones que la razón no entiende”. Blaise Pascal

La gran mayoría de nosotros sentimos miedo, rechazo o animadversión por los asesinos, asesinos en serie, agresores sexuales y maltratadores a nivel interpersonal. Sin embargo, algunas mujeres se sienten atraídas por estos hombres, se enamoran e incluso se casan con ellos. Gran parte de estos delincuentes violentos tienen muchos rasgos de psicopatía. Incapaces de sentir, de amar, de empatizar y de vernos como personas, saber que son admirados, que inspiran amor e incluso deseo sexual alimenta, si cabe, mucho más su ego.

La hibristofilia, consiste en la atracción y en el amor que sienten ciertas mujeres por estos delincuentes violentos. Este sentimiento que resulta incomprensible para el resto de la sociedad, se encuadra dentro de una patología que desde hace años es estudiada y analizada por distintos especialistas. Algunos psiquiatras y psicólogos, consideran a la hibristofilia como una parafilia pero ésta no aparece recogida en el DSM-V de modo que no podemos considerarla como tal desde el punto de vista de trastorno o desorden mental.

El psicólogo y sexólogo John Money fue quien definió por primera vez en los años 50 a la hibristofilia como una patología que afecta principalmente a mujeres heterosexuales, tratándose de una atracción que puede poner en peligro su propia vida.

No hay muchos estudios sobre la hibristofilia, pero por la casuística estudiada podemos determinar que hay dos categorías: La pasiva, es aquella en la que la mujer simplemente demuestra admiración, apoyo, amor, y ayuda incondicional a estos hombres. En la activa, esa mujer pasa a ser cómplice del crimen o de los crímenes debido al amor y a la lealtad que profesan a sus parejas.

En este último caso, estamos ante parejas letales como Myra Hindley e Ian Brady (Gran Bretaña), Paul Bernardo y Karla Homolka (Canadá), Fay y Ray Copeland (Estados Unidos) o Michel Fourniret y Monique Olivier (Francia).
Pero… ¿Por qué determinadas mujeres se enamoran y aman a estos hombres violentos? Son varias las causas:

A.- Amor redentor: al enamorarse y casarse con ellos están convencidas de que con su amor podrán cambiar su comportamiento violento y cruel, redimirlos, y convertirlos en hombres buenos.

B.- Amor maternal: sienten compasión y ternura por estos hombres encarcelados, con tendencia a proteger a ese niño que fue una vez.

C.- Obtener notoriedad y salir de su anonimato. En 2015 Charles Manson de 83 años, líder de La Familia y responsable de la muerte de nueve personas asesinadas por sus seguidores en 1969, estuvo a punto de casarse con Afton Elaine Burton de 27 años de edad. Manson canceló la boda al enterarse de que solo quería casarse con él para poder estar en posesión de su cadáver cuando el muriera y así poder exhibirlo con la finalidad de lucrarse económicamente.

D.- Perspectiva biológica. Las mujeres tienden a buscar al hombre dominante, fuerte, que sea capaz de proteger su vivienda y a su familia, aunque para ello tenga que matar. Así algunas mujeres relacionan la violencia con la fuerza y el poder buscando con estas aptitudes protección para ellas y sus descendientes.

Quizás la sociedad es en gran parte responsable de este fanatismo hacia estos sujetos. El hecho de que algunos asesinos produzcan en algunas mujeres las mismas emociones que un actor o un cantante, no es coincidencia. En muchos casos se enamoran de ellos (hibristofilia) porque son famosos (enclitofilia) y eso resulta interesante y tremendamente irresistible para ellas.

Intentar comprender racionalmente la hibristofilia, es casi imposible, como lo es intentar racionalizar determinados tipos de crímenes. No existen reglas que estipulen a quien amar y además, como decía Séneca “el amor no se asusta de nada”. Sin embargo el psicólogo Walter Riso afirma que “el amor irracional es más peligroso que el desamor” y en este caso, puede llevar a un intenso sufrimiento e incluso a ser una víctima más de esos sujetos.

Ellas aman, ellos fingen amar. Ellos son asesinos, ellas, mujeres que no los ven así.

La comunicación no verbal también golpea en la violencia de género

No solo los golpes duelen. A veces, las palabras o los gestos pueden provocar un daño profundo, irreparable. No es una agresión visible ni parece que esté tan condenada socialmente, es una conducta menos punitiva, pero sus consecuencias pueden ser nefastas. El lenguaje verbal y no verbal violento hiere y deteriora las relaciones, una vez que se pronuncian o se hacen, una relación ya no volverá a ser la misma. Cuando se traspasa la barrera del respeto ya podemos hablar de violencia.

Las víctimas, normalmente, sí que son conscientes de la agresión física, sin embargo, no lo son tanto de los tonos de voz, las expresiones y gestos de desdén y desprecio, la limitación del espacio, el control de su vida social, las miradas, la indiferencia, los silencios…

La expresión verbal del que agrede está hiperbolizada, es decir, comunican sus sentimientos de forma poco realista, teatralizada. No sienten la emoción primaria de ira, experimentan furia y rabia, llevan las emociones negativas a la máxima potencia, puro instinto animal, no hay racionalización de las emociones. No saben gestionarlas y al no tener esta capacidad también tienen problemas para entenderlas en los demás. Por eso, tienen tantas dificultades para empatizar. Si no son capaces de detectar las emociones en sí mismos, no llegarán a entender el impacto que tienen sobre los demás.

Eligen el modo más extremo de manifestar lo que sienten, pero su objetivo no es transmitir sus emociones, sino violentar al otro. Sin embargo, nunca consiguen el efecto deseado, ya que estas hipérboles generan lo opuesto a lo que buscan y en lugar de llamar la atención o impresionar (al principio sí que lo consiguen), los demás, al final, terminan por insesibilizarse, lo que genera aún más frustración en ellos y van aumentado su escala de violencia.

Los agresores utilizan además un discurso reiterativo, repiten hasta la saciedad las mismas frases para estigmatizar al otro y marcar ‘su realidad’ (“es que ya no me quieres como antes y por eso no haces lo que te pido”, “si me dejas no quiero vivir”, “lo hago porque te quiero”). Es una forma de manipulación que traspasa la responsabilidad y la culpa al otro, este intento se realiza por la vía más primaria: inocular las palabras en la conciencia del otro; y por eso precisamente anula al interelocutor.

Suelen ser personas con muy baja autoestima e intentan por todos los medios disminuir la de su pareja, de aislarla, para retenerla. A través de su forma de hablar, suelen hacer uso de la ironía para dar pie a la ambigüedad a lo que hacen o dicen. Con su lenguaje corporal intimidan a la víctima a través de los gestos y apoyándose en amenazas verbales acompañadas por gritos que responden al perfil del estilo comunicativo de una persona agresiva. Pero tan pronto abofetean e insultan como abrazan, lloran e imploran perdón. Y eso es lo peor, el refuerzo intermitente, ya que combinan estás agresiones con gestos de amor, regalos, caricias, piropos… mantienendo así la relación en el tiempo.

Por último, quería destacar una forma de manipulación muy típica y silenciosa de este tipo de agresores, y es la de ‘hacer luz de gas‘. Esta estrategia consisiste en provocar que alguien dude de sus propios sentidos, de su razón, e incluso de la realidad. El agresor hace que su víctima dude de sí misma, a través de la asunción de información falsa como verdadera, de la negación de la realidad “yo nunca te empujé, solo te estaba sujetando para que te calmaras”, “jamás he dicho eso”, “¿de verdad no recuerdas que todo esto lo empezaste tú?”.

En mi opinión, es una de las formas más peligrosas y sibilinas de anulación, la víctima realmente siente que está perdiendo la cordura y es capaz de cuestionar su culpabilidad y responsabilidad en las agresiones que recibe. Quien hace luz de gas es capaz de afirmar que ocurrieron cosas o no con una seguridad y una firmeza tal que resultan creíbles y la víctima comienza a pensar que “igual soy yo que exagero”, “puede que no tenga razón”, “quizá no recuerdo bien lo que pasó”. El agresor quiere inocular en el otro la sensación de histerismo, puede conseguir anular la voluntad del otro y distorsionar la realidad sin que su víctima se de cuenta.

Es muy difícil ser consciente de que podemos ser víctimas de esta manipulación tan sutil. En la terapia con las víctimas se les sugiere anotar todos los detalles de lo que ocurrió, palabras, expresiones, gestos, acciones, sentimientos, etc, antes y después de la agresión, elaborar una especie de diario que les haga registrar la secuencia conflictiva de un modo fiel a la realidad y tendrá argumentos para defenderse con firmeza de que los hechos ocurrieron de una determinada manera aunque la otra persona insista.

El amor no duele, no te humilla, no provoca ansiedad, histeria, no hace que pierdas la cordura. El amor debe ser calma, libertad, equilibrio, un refugio seguro…