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¿Pueden los perros, gatos y otros animales contagiar la COVID-19? ¿Y producir variantes como la británica?

En estos días se ha difundido en los medios que la variante británica del coronavirus SARS-CoV-2 de la COVID-19 pudo surgir en los perros, lo cual, según mi valiosa fuente, tiene al “patio perrero revolucionado”. Las personas que aman a los animales de compañía temen que noticias como esta puedan incitar al abandono de perros o gatos, pero posiblemente muchas tampoco estén del todo informadas de cuánto hay de cierto en esto, ni de si deberían adoptar alguna precaución especial con sus animales. Así que aquí van algunas explicaciones.

Este es el resumen en un párrafo, para los perezosos de lectura. A la pregunta de si perros y gatos pueden contraer el virus de la COVID-19, la respuesta es que sí, es posible. Pero más bien raro, según los datos actuales, y más infrecuente en perros que en gatos. Los que se infectan, que se sepa, adquieren el virus de las personas. Y el riesgo de que ellos a su vez infecten a las personas se considera bajo. No es descartable que un animal infectado pueda producir una nueva variante del virus, con independencia de que este sea realmente el caso de la variante británica o no. Pero los dueños de perros y gatos deberían comprender que, mientras entre las personas estamos adoptando medidas dirigidas a reducir el riesgo de contagio, es imprudente dejar que los gatos entren y salgan de casa libremente, como tampoco tienen sentido las escenas que se ven en los parques: dueños con mascarillas y sin contacto físico, perros interactuando libremente entre ellos y con otras personas.

Imagen de pixabay.

Imagen de pixabay.

Ahora, la explicación más detallada. Los virus son parásitos celulares que necesitan hospedadores concretos para vivir y multiplicarse. Dado que invaden las células utilizando como puerta alguna molécula concreta de la superficie celular, en principio parecería que solo colonizan un tipo concreto de células de una especie determinada. Como regla general, los virus son específicos de huésped: los humanos tienen los suyos, los perros los suyos y las plantas los suyos. Incluso las bacterias tienen los suyos.

En la práctica, los virus se saltan esta regla: lo que ocurre es que los animales nos parecemos genéticamente entre nosotros mucho más de lo que sugiere nuestro aspecto, y más los mamíferos, y aún más los primates. Muchas de nuestras moléculas son bastante parecidas, y por ello sucede que hay numerosos casos en los que un mismo virus puede infectar a varias especies distintas, aunque a menudo con distinta gravedad.

En el caso concreto del SARS-CoV-2, hay constancia de que, además de los humanos, el virus puede infectar y transmitirse en otros primates, hámsters, conejos, gatos y otros felinos, perros, visones, hurones, zorros, ciervos, perros mapache y murciélagos. Sin embargo, la gama de especies a la que este virus podría infectar es potencialmente mucho más amplia. Estudiando las características en cada especie de la proteína ACE2, uno de los receptores celulares que permiten la entrada del virus, un estudio en PNAS estimó que al menos 46 especies de mamíferos tendrían una propensión alta o muy alta a la infección por el SARS-CoV-2, aunque otro estudio en Nature ha subrayado la dificultad de las predicciones basadas solo en la secuencia de los genes. La Organización Mundial de Sanidad Animal mantiene una página actualizada con todos los casos notificados de contagios en animales, ya sea de forma natural o experimental, y otra con información actualizada sobre las especies susceptibles.

En concreto, según esta última y centrándonos en los animales de compañía, la susceptibilidad a la infección es alta en gatos, conejos, hámsters y hurones, y baja en los perros. En EEUU se han notificado un centenar de casos de contagios en perros y gatos, lo cual da idea de su muy baja frecuencia. Estos casos se han atribuido al contacto con personas infectadas; son los humanos quienes contagian a los animales, y no al revés. Con los datos disponibles, se considera que en general los animales domésticos no están teniendo un papel epidemiológico relevante en la transmisión del virus; no están infectando a los humanos.

Sin embargo, hay un pero: con millones de infecciones entre los humanos en todo el mundo, y dado que en general no se ha observado que el virus cause síntomas graves en perros y gatos, es perfectamente posible que las infecciones de mascotas sean mucho más frecuentes de lo que se cree, pero que pasen indetectadas. De hecho, la presencia de la variante británica en los animales de compañía se ha detectado con más frecuencia porque se ha observado una posible relación con casos de miocarditis en perros y gatos.

Un caso particular es el de los visones. Como es bien sabido, se ha detectado transmisión entre animales en granjas, y contagios a humanos que trabajan en ellas. En estos animales se ha detectado la aparición de nuevas mutaciones. Lo cual nos lleva a la pregunta: ¿es posible que la variante británica haya surgido en los perros? La respuesta: sí, es posible.

La noticia mencionada más arriba respecto a los perros y la variante británica se refiere a un estudio preliminar aún sin publicar, elaborado por investigadores de China y EEUU. El trabajo de los científicos ha consistido en analizar casi medio millón de secuencias parciales del genoma del virus y casi 15.000 secuencias completas, estudiando sus tiempos de aparición para trazar una posible ruta de evolución de la variante B.1.1.7, que conocemos como británica.

Los investigadores no han encontrado una ruta coherente que revele la acumulación temporal progresiva de las nueve mutaciones de esta variante en las muestras tomadas en humanos, ni en Reino Unido ni en otros lugares. Sin embargo, han encontrado posibles formas progenitoras de esta variante (digamos “eslabones perdidos”, tal como popularmente se entienden) sobre todo en una muestra de un perro tomada en julio de 2020 en EEUU, y en otras extraídas de tigres, gatos y visones.

Estos resultados no demuestran en absoluto que la variante en cuestión surgiera en los perros. Los investigadores solo pueden trabajar con las secuencias que tienen a su disposición. Y de todas las que han analizado, la mayor similitud en un marco temporal compatible corresponde a esa muestra del perro. Pero nada descarta que realmente la variante se originara en los humanos, y que las muestras relevantes que revelarían esa ruta evolutiva no se hayan podido recoger, o existan pero aún no se hayan analizado.

Pero debe tenerse en cuenta lo siguiente. Cuando un virus se está transmitiendo entre los humanos con facilidad y está bien adaptado a ellos, como ocurre con el de la COVID-19, no hay una presión selectiva que le obligue a evolucionar. Hay situaciones que sí pueden hacerlo: por ejemplo, el uso de fármacos antivirales puede ejercer esta presión, de modo que entre las muchas pequeñas mutaciones que pueden surgir en una persona enferma, aquellas capaces de escapar a la acción del antivirus proliferen más, se transmitan a otras personas y originen un nuevo linaje del virus.

Pero cuando el virus adaptado a los humanos salta a otra especie, se encuentra de repente en un entorno distinto de las condiciones habituales en las que está acostumbrado a sobrevivir. En estos casos, también alguna de esas muchas pequeñas mutaciones que surgen por azar puede resultar de repente en una mejor adaptación a esa nueva especie. Es pura evolución biológica (y uno de los motivos por los que algunos consideramos a los virus seres vivos): cuando el medio cambia, empuja a las especies a evolucionar; para un virus, un salto de especie es un acelerador de evolución. Si ese mutante originado en un animal aún es capaz de infectar a los humanos, puede ocurrir que dé el salto de vuelta, y así tendremos una nueva variante.

Puede ocurrir, además, que en un animal se mezclen (recombinen) dos virus distintos relacionados. Esto suele ocurrir con las variantes de gripe, y algunos investigadores han sugerido que el SARS-CoV-2 podría ser el producto de la recombinación de dos coronavirus parecidos pero distintos en una especie intermedia.

La conclusión de todo lo anterior es que, si bien el riesgo que suponen los animales de compañía es bajo, es muy conveniente adoptar medidas de precaución, algo que en general suele pasarse por alto en las recomendaciones que se difunden y en las medidas que se adoptan. Por ejemplo, el Centro para el Control de Enfermedades de EEUU enumera las siguientes recomendaciones:

  • Mantener a los gatos dentro de casa y no dejarlos sueltos en el exterior.
  • Llevar a los perros con correa, al menos a dos metros de otras personas para protegerlos de interactuar con personas ajenas al hogar.
  • Evitar los lugares públicos donde se concentra mucha gente.
  • No poner mascarillas a las mascotas. Podrían hacerles daño.
  • No utilizar desinfectantes o geles hidroalcohólicos en los animales.
  • En caso de padecer COVID-19, evitar el contacto con las mascotas. Si no es posible, utilizar mascarilla y lavarse las manos antes y después de interactuar con ellas.
  • En caso de padecer COVID-19 y notar síntomas en una mascota, no llevarla al veterinario. Contactar por teléfono para recibir instrucciones sobre cómo actuar.