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De acuerdo, los zombis no existen; pero ¿podemos escapar de ellos?

Teniendo en cuenta que los zombis no pueden morir porque ya están muertos –aunque sí es posible conseguir que dejen de incordiar–, no tiene nada de raro que regresen una y otra vez para protagonizar largas sagas. George A. Romero, el padre fundador del género tal como hoy lo entendemos, ya ha rodado al menos seis películas de su serie Dead, si no me fallan las cuentas, y The Walking Dead ha sobremuerto en la competitiva cancha televisiva durante cinco temporadas, con la sexta en preparación.

'The Walking Dead'. Imagen de AMC.

‘The Walking Dead’. Imagen de AMC.

Y a pesar de que ya hemos visto zombis en todos los formatos y tamaños posibles –el año pasado les tocó a los castores–, siempre me ha llamado la atención una curiosidad: ¿por qué los protagonistas de las películas de zombis nunca han visto una película de zombis? Un ejemplo: en las historias de vampiros que nos trae el cine, es habitual que más pronto que tarde los personajes reconozcan que se encuentran ante una coyuntura de vampiros, incluso cuando no se trata estrictamente del modelo clásico, como ocurre en la serie de Guillermo del Toro y Chuck Hogan The Strain. Una vez que los protagonistas han identificado que la cosa va de vampiros, de inmediato les viene a la mente todo el repertorio estándar de ideas sobre estos seres; entre otras cosas, cómo acabar con ellos.

En cambio, no recuerdo una sola película de zombis (repito: “no recuerdo”, no “no existe”) en la cual llegue un momento en que uno de los personajes sentencie: “¡Ya está, claro, son zombis, de los de toda la vida!”. Más bien al contrario, suelen mostrar su absoluta sorpresa: “¿Qué diablos es eso? ¡Oh, se comen a la gente! ¡Y no mueren! ¡Y convierten a otros en lo mismo que ellos!”. Dichos protagonistas no llaman al pan pan y al zombi zombi, sino que se refieren a ellos con nombres ad hoc, como los “caminantes” de The Walking Dead, o sencillamente los denominan “esas cosas”. Con la ya larga tradición de películas, series, libros, dibujos animados, cómics, novelas gráficas y toda otra clase de formatos que han cubierto el género, ¿por qué los protagonistas nunca han visto/leído/oído ninguna de estas historias para saber reconocer a los zombis y llamarlos por su nombre?

Así empezó todo. El primer zombi de 'La noche de los muertos vivientes' de George A. Romero (1968). Imagen de The Walter Reade Organization.

Así empezó todo. El primer zombi de ‘La noche de los muertos vivientes’ de George A. Romero (1968). Imagen de The Walter Reade Organization.

No tema, no le ocurre nada a su pantalla. Tampoco se ha equivocado de blog. Si hoy traigo aquí esta cuestión, hay un motivo, incluso relacionado con la ciencia, porque todo esto nos conduce a una proposición: si los protagonistas de las películas de zombis supieran identificar correctamente la naturaleza de su situación desde el primer momento, contarían con mejores armas para sobrevivir. Y no me refiero a machetes o fusiles de gran calibre, sino a prevención; estar sobre aviso, saber qué hacer, qué no hacer, a dónde ir, a dónde no ir.

Y quien dice zombis, dice cualquier epidemia. La experiencia del ébola nos ha mostrado que, si en algún momento futuro sufrimos un grave brote de alguna enfermedad terriblemente contagiosa y mortal, al menos no nos vencerá el factor sorpresa; dispondremos de amplia información que nos enseñará cómo actuar, y esto puede ser decisivo en la evolución de la hipotética infección.

De esta veteranía nos beneficiamos todos: público, autoridades sanitarias y científicos; esta semana la revista Science publica una revisión sobre el estado de la cuestión en la elaboración de modelos matemáticos de epidemias infecciosas, herramientas fundamentales a la hora de guiar la respuesta frente a estas crisis. El artículo, firmado por un numeroso equipo multidisciplinar perteneciente a la colaboración Infectious Disease Dynamics (IDD) del Instituto de Ciencias Matemáticas Isaac Newton en Cambridge (Reino Unido), concluye que los modelos están mejorando y que cada vez reflejan más fielmente la dinámica de las epidemias, y ello a pesar de que la complejidad ha aumentado con el mayor tráfico internacional de personas y el aumento de las resistencias a fármacos antimicrobianos.

Hoy el panorama de la salud ha pasado de local a global, valoran los científicos, y resumiendo lo que acabo de explicar en los párrafos anteriores, “en nuestro mundo moderno de comunicación instantánea, el comportamiento cambiante de los individuos en respuesta a la publicidad sobre las epidemias puede tener efectos profundos en el curso de un brote”. Los firmantes del artículo, encabezado por el epidemiólogo de la Universidad de Utrecht (Países Bajos) Hans Heesterbeek, argumentan que el diálogo entre la comunidad científica y los responsables sanitarios es esencial para que los modelos matemáticos ayuden a tomar las decisiones correctas y a definir estrategias de control mejor informadas.

Uno de estos modelos matemáticos ha servido ahora a un grupo de investigadores de la Universidad de Cornell (EE. UU.) para simular la dinámica de una epidemia. Tal vez el estudio no tendría mayor repercusión –y, como diría la foto de Julio Iglesias, sus autores lo saben– de no ser porque la enfermedad elegida no es el ébola, ni la gripe aviar, ni la tuberculosis. Para su modelo, los autores han escogido precisamente un brote zombi en EE. UU. “En su raíz, el zombismo es solo eso: una enfermedad (ficticia), y por tanto debería ser apta para el mismo tipo de análisis y estudio del que se han beneficiado las enfermedades más tradicionales”, escriben los autores en su trabajo, disponible en la web de prepublicaciones arXiv.org.

Esta no es la primera simulación matemática de una epidemia zombi, pero como destaca el artículo de Science, los modelos mejoran y se refinan, por lo que podríamos asumir que es la mejor diseñada hasta ahora. Para su algoritmo, los investigadores, encabezados por Alexander Alemi y dirigidos por el físico James Sethna, han considerado variables particulares del fenómeno zombi que lo diferencian de otras enfermedades. Por ejemplo, los virus no buscan activamente a sus víctimas; los zombis sí. “Los zombis no vuelan en aviones”, escriben los científicos. Y cuando un zombi y un “humano” (sic; siempre me he preguntado entonces por qué al menos a los zombis no se les concede la categoría de “ex humanos”) se encuentran, la reunión puede saldarse con uno de dos resultados: el zombi muerde al humano y lo recluta para su causa (probabilidad β), o el humano “mata” (¿remata?) al zombi (probabilidad κ). Así, la virulencia se define como α = κ / β.

Una aclaración: a pesar de que los investigadores definen α como “virulencia”, la denominación es un poco confusa; tal como se calcula esta relación, cuanto mayor es α (si es mayor que 1), la situación es favorable a nosotros, mientras que con α menor que 1, lo tenemos complicado (más adelante aclaran que se trata de “virulencia inversa”). Pero incluso si α es mayor que 1, el resultado final dependerá de si el número inicial de zombis permite a los humanos matarlos a todos antes de que ellos acaben con la humanidad.

Mapa de densidad de población en EE. UU., con muchas zonas vacías en el medio oeste. Imagen de Alemi et al.

Mapa de densidad de población en EE. UU., con muchas zonas vacías en el medio oeste. Imagen de Alemi et al.

Los investigadores aplican la simulación a su país, tomando como base el censo de 2010 y la densidad de población para repartir a sus 306.675.005 habitantes, lo que da como resultado el mapa de la figura, con muchas zonas vacías en el medio oeste que desconectan ambas costas. A la virulencia α le dan un valor de 0,8 basándose en algunas películas del género. Por último, añaden movimiento a los zombis, a razón de un pie por segundo (0,3 metros). Y regresando a la cuestión con la que he abierto este artículo, aquí tampoco la población parece advertida del fenómeno zombi, ya que los investigadores asumen que los humanos no se mueven, algo que probablemente ocurriría si los sujetos de la simulación hubieran visto las cinco temporadas de The Walking Dead. Alemi y sus colaboradores lo justifican así: “Asumimos que los humanos no se mueven, no solo por eficacia computacional, sino porque, como veremos, los brotes zombi tienden a ocurrir rápidamente, y suponemos que las grandes redes de transporte dejarán de funcionar en los primeros días, confinando a la mayoría de la gente en sus casas”.

Evolución de la simulación de la epidemia zombi en EE. UU. El azul representa la población, el rojo los zombis, y el verde los zombis rematados. Imagen de Alemi et al.

Evolución de la simulación de la epidemia zombi en EE. UU. El azul representa la población, el rojo los zombis, y el verde los zombis rematados. Imagen de Alemi et al.

En resumen, y una vez que los científicos han encajado estas y otras variables en su modelo matemático, vayamos a lo práctico: hay un brote zombi en EE. UU que afecta al azar a una persona de cada millón. ¿Qué ocurre? “La mayoría de la población de EE. UU. ha sido convertida en zombis durante la primera semana”, escriben los científicos, mostrando mapas de la evolución del brote. La epidemia se extiende con rapidez por ambas costas y por la mitad oriental, la más poblada de aquel país, pero no así por el medio oeste. “Después de cuatro semanas, gran parte de Estados Unidos ha caído, pero a los zombis les lleva mucho tiempo difundirse y capturar el resto del país”. “Incluso cuatro semanas después [los famosos 28 días], áreas remotas de Montana y Nevada permanecen libres de zombis”. Así que, ya ven, hay escapatoria.

Por último, los investigadores construyen un mapa de riesgo, basado en promediar 7.000 casos distintos en los que la epidemia comienza con un solo zombi en un lugar aleatorio. En estas situaciones, como es lógico, el brote se extiende con más lentitud; en el caso de que el zombi cero aparezca en Nueva York, 28 días después solo ha caído la región noreste. Pero lo importante es que con este cálculo los científicos estiman dónde es más peligroso vivir suponiendo una epidemia que empezara de esta manera. Y quienes corren más riesgo son los que viven en zonas intermedias entre áreas metropolitanas muy pobladas, ya que el ataque les puede llegar por distintos flancos. “Por ejemplo, en California es la región cercana a Bakersfield, en el valle de San Joaquín, la que corre mayor riesgo, ya que será asediada por los zombis si estos se originan en el área de San Francisco o en la de Los Ángeles/San Diego. El área con el mayor riesgo a un mes es el noreste de Pensilvania, susceptible a brotes originados en cualquiera de las grandes áreas metropolitanas de la costa este”.

Por si alguien desea entretenerse, los investigadores han colgado su modelo funcional de simulación en internet. Basta con elegir los parámetros, hacer click en uno o varios lugares para sembrar muertos vivientes, y sentarse a contemplar cómo la epidemia zombi se extiende por EE. UU. Solo nos faltaría que alguien se animara a aplicarlo a nuestro país para saber si deberíamos escapar a Soria o Teruel, las provincias con menor densidad de población, o si sería preferible enfilar hacia Jaramillo Quemado (Burgos), donde cada habitante tiene casi tres kilómetros cuadrados y medio para él solito, o si deberíamos buscar alguna cueva remota en el Pirineo. Nos vemos allí. Si llegamos.

¿Qué tienen en común los espárragos, los zombis y la búsqueda de alienígenas?

No, no voy a responder en la primera línea. Empezaré repasando algo que todo estudiante de biología aprende rápidamente: los seres vivos somos CHONPS, es decir, saquitos químicos (todo es química, a pesar de esa boyante falacia que trata de enfrentar química y naturaleza y que viene engordando gracias a la ignorancia humana) rellenos esencialmente de carbono (C), hidrógeno (H), oxígeno (O), nitrógeno (N), fósforo (P) y azufre (S). Aunque debo decir que me gusta más una forma trastocada de mi invención, SPONCH, que suena como el inglés de “esponja”, a la sazón uno de los principales candidatos a ser nuestro ancestral tatarabuelo multicelular. Y qué demonios, porque Bob Esponja es un tipo simpático.

El caso es que, hasta el día, si llega, en que conozcamos otras formas de vida basadas en una química diferente –y no hay muchas alternativas–, lo que somos se resume fundamentalmente en variaciones con repetición de esos seis elementos tomados de n en n, para entendernos. Al unir carbono e hidrógeno tenemos lo que se llama un hidrocarburo, también conocido como molécula orgánica. Somos hidrocarburos (por eso cuando arrancamos el motor del coche estamos quemando dinosaurios muertos, y de ahí su precio). Hoy les voy a presentar una de estas moléculas que forman parte de lo que somos, o seremos. Y les advierto de algo: me huele que no les va a gustar.

Señoras y señores, tápense las narices: les presento al metanotiol.

Señoras y señores, tápense las narices: he aquí el metanotiol.

No voy a mantener el suspense por más tiempo: la respuesta a la pregunta del título es metanotiol, también llamado metilmercaptano. Este compuesto, de fórmula química CH3-SH y olor pestilente, está presente en nuestras heces y flatulencias (dije que no les iba a oler bien), pero también en alimentos como ciertos quesos. Sin embargo, nuestro encuentro más íntimo con el metanotiol se produce un rato después de comer espárragos, cuando toca ir al baño. La mayoría de ustedes ya saben de qué estoy hablando, aunque me da en la nariz que no todos: en 1980, un estudio científico demostró que la capacidad de oler el metanotiol es un rasgo genético del que algunos afortunados carecen, para desgracia de sus semejantes, ya que el producto de un atracón de espárragos también se transpira, se lacta y… se eyacula.

El metanotiol es la forma principal en la que expulsamos el azufre procedente de la digestión de los espárragos, pero no es el único lugar en el que podemos encontrarlo. La fragancia del metanotiol aparece en la descomposición de la materia orgánica, por lo que forma parte de la sabrosa mezcla de aroma a cadáver. Sirva como ejemplo el siguiente vídeo, producido recientemente por la Sociedad Química Americana (ACS) en su serie divulgativa Reactions. En este clip, la investigadora del Doane College de Nebraska (EE. UU.) Raychelle Burks, aficionada al género zombi, aprovecha el final de la cuarta temporada de la serie de televisión The walking dead para ofrecer una receta de colonia contra zombis. Según Burks, perfumarse con olor a cadáver podría lograr que los muertos vivientes pasaran de largo en busca de otra comida más fresca. La científica propone que esta eau de toilette debería contener dos compuestos apropiadamente llamados putresceína y cadaverina, además de nuestro nuevo común amigo, el metanotiol.

Ese olor a muerto del metanotiol no es algo casual. El hecho de que la materia orgánica en descomposición nos resulte desagradable al olfato tiene, como casi todo, una razón desde el punto de vista evolutivo. Antes de que inventáramos ese concepto comercial y biológicamente artificioso de la fecha de caducidad, el olor fétido de un alimento nos servía de alerta para evitar una muerte por intoxicación entre horribles convulsiones, lo que explica por qué la mayor parte de la población es sensible a la pestilencia del metanotiol (y está claro que, a los que no lo son, alguien les avisaba). Es un detector de comida en mal estado que la mayoría llevamos incorporado de serie.

Con todo, el metanotiol no solo huele a muerte, sino también a vida. Una teoría sugiere que la transformación no biológica de gases como el monóxido de carbono (CO) y el dióxido de carbono (CO2) en unas condiciones concretas puede producir metanotiol, y que este compuesto podría servir como precursor de un rudimentario metabolismo para nutrir el desarrollo de microbios. Se da la circunstancia de que tales condiciones se encuentran en las fumarolas hidrotermales submarinas, lugares que acogen comunidades biológicas floreciendo al amparo de una rica sopa química y donde algunos investigadores proponen que podría haberse originado la primera vida en la Tierra. En pocas palabras, que al metanotiol podríamos deberle el favor de estar hoy aquí.

El sumergible robótico 'Jason' de la WHOI recoge muestras de una fumarola hidrotermal en la Fosa de las Caimán. Chris German, Woods Hole Oceanographic Institution.

El sumergible robótico ‘Jason’ de la WHOI recoge muestras de una fumarola hidrotermal en la Fosa de las Caimán. Chris German, Woods Hole Oceanographic Institution.

Un equipo de geoquímicos de la Institución Oceanográfica Woods Hole en Massachusetts (EE. UU.) quiso poner a prueba esta hipótesis recogiendo muestras del fluido hirviente producido en varias fumarolas hidrotermales submarinas. Con la ayuda de un sumergible no tripulado llamado Jason, entre 2008 y 2012 los investigadores visitaron un total de 38 fumarolas en distintos lugares del mundo, como la Dorsal Mesoatlántica, la Cuenca de Guaymas (en el golfo de California), la Dorsal del Pacífico Oriental y la Fosa de las Caimán, todos ellos representando diferentes entornos geológicos donde se esperaban distintos niveles de producción de metanotiol. Para asegurarse de preservar la composición química de estos fluidos, que en algunos casos emergen de la roca a más de 370 grados centígrados, los científicos emplearon recipientes herméticos a presión. “La idea era que fabricar metanotiol a partir de ingredientes básicos en las fumarolas hidrotermales submarinas debería ser un proceso fácil”, apunta Eoghan Reeves, autor principal del estudio publicado recientemente en la revista PNAS. “Algunos sistemas son muy ricos en hidrógeno, y cuando tienes mucho hidrógeno en teoría debería ser muy fácil producir mucho metanotiol”.

Pero lo que los científicos encontraron no fue lo que esperaban. “Descubrimos que no importa cuánto hidrógeno tengas en los fluidos de las fumarolas negras; no parece que se produzca mucho metanotiol”, señala Reeves. De hecho, los investigadores detectaron mayor cantidad de este compuesto en las fumarolas pobres en hidrógeno, algo que tira por tierra la hipótesis original y que resta crédito a la posibilidad de que el metanotiol sirviera como “masa de partida”, en palabras de los autores, para moldear un metabolismo primitivo que diera origen a la vida terrícola. Esto no descarta que las primeras células pudieran surgir a pesar de todo en estos pequeños volcanes acuáticos, pero sí que el culpable de todo ello fuera el metanotiol.

Este resultado negativo tampoco significa que el trabajo de Reeves y sus colaboradores haya sido en vano. Dicen que cuando una puerta se cierra, otra se abre, y en ciencia a menudo la contrahipótesis es tan seductora o más que la hipótesis. Los científicos descubrieron que sí se produce metanotiol, pero en los lugares donde el fluido hirviente entra en contacto bajo el suelo oceánico con el agua fría de las profundidades que templa su temperatura por debajo de los 200 grados. ¿Qué significa esto?

Ilustración de Júpiter desde la superficie helada de su luna Europa. NASA/JPL-Caltech.

Ilustración de Júpiter desde la superficie helada de su luna Europa. NASA/JPL-Caltech.

Y en este caso, volvemos a los zombis. O más vulgarmente, a microbios muertos. Otros marcadores biológicos asociados a la descomposición dieron a los investigadores la clave de lo que estaba ocurriendo: el fluido caliente cuece los microorganismos que viven alrededor de las fumarolas. Y al morir, liberan metanotiol. “El hallazgo de que el metanotiol se está formando como producto de desecho de la vida microbiana proporciona un indicio más de que la vida está presente y extendida bajo el fondo marino, y esto es muy excitante”, dice Reeves, que tiene un buen argumento para su excitación: “El lado bueno es que ahora tenemos un marcador muy simple para la vida. Si algún día podemos posar un vehículo en el hielo que cubre los océanos de Europa, la luna de Júpiter –otro lugar en el Sistema Solar que podría albergar fumarolas hidrotermales y posiblemente vida– y logramos perforar la capa helada, probablemente lo primero que [ese robot] debería buscar es metanotiol”.

Así, esta es la conclusión esencial a la que iba: a diferencia de lo descrito en 2010, la continuación de la odisea espacial de Arthur C. Clarke, tal vez los primeros seres alienígenas no se manifiesten a través de la glamurosa, verde y refrescante clorofila, sino mediante algo tan ordinario como un hedor a flatulencia. Pero los querremos igual.