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¿Puede el ébola mutar y contagiarse por el aire?

En estos días en que rueda la bola del ébola, todos los medios de comunicación disparan intensas ráfagas de declaraciones procedentes de las fuentes más variopintas. A veces da la sensación, y esta es una humilde opinión personal que puede discutirse (aunque no creo que merezca la pena hacerlo), de que muchos medios corren como pollos sin cabeza, recurriendo a voces que, siendo relevantes, no son necesariamente las mejor informadas.

Pongo un ejemplo: para comentar los resultados de fútbol, a ninguna redacción de deportes se le ocurriría llamar al presidente de la Federación Española (creo que se llama así, y me disculpo si me equivoco; ya he dejado claro aquí que no practico esa religión), sino a los jugadores y entrenadores de los equipos. ¿No? Y sin embargo, en varios medios he visto/oído/leído cómo las redacciones recurren para hablar del ébola al presidente de nosequé, o al expresidente de tal y rector de cuál universidad. No pongo en duda la autoridad de estos augustos señores, como tampoco al presidente de la federación de fútbol le cuestionaría, supongo, su conocimiento de la religión a la que representa. Pero podremos coincidir en que los portavoces más apropiados son los que están, como suele decirse, hands-on, y estos difícilmente suelen ejercer como presidentes de nada, porque están demasiado ocupados investigando o curando enfermos.

El problema con las fuentes verdaderamente relevantes se resume en un símil maravilloso que leí recientemente: cuando un científico habla “on the record“, no especula ni sobre el color de sus calcetines sin mirarse antes los tobillos. Acostumbrada la población a las verdades de los políticos, que responden con categóricos “siempre”, “nunca jamás” o “puedo prometer y prometo”, el lenguaje de todo buen científico nunca puede ir más allá del “tal vez”, “posiblemente”, “sería raro”, “hasta donde sabemos” o incluso el viejo y simple “no lo sé”.

Fotografía de falso color un virión del ébola al microscopio electrónico. Imagen de CDC / Wikipedia.

Fotografía de falso color un virión del ébola al microscopio electrónico. Imagen de CDC / Wikipedia.

El problema es que, en tiempos convulsos como estos, el público quiere respuestas contundentes. Pero la ciencia no puede darlas. Una de las preguntas más escuchadas estos días se refiere a la posibilidad de que el ébola “mute” y llegue a contagiarse por vía aérea. Y ante esta pregunta, los científicos no aseguran ni sí ni no, ni blanco ni negro. Nadie puede poner en riesgo su credibilidad por una cuestión de probabilidades, aunque esto no quepa en la visión del mundo de los políticos.

Vayan aquí unas ideas básicas para llevar. Primero, y al contrario de lo que nos presenta la cultura popular, ningún organismo muta para hacerse más fuerte, más peligroso o para hacer más la puñeta a otros. La mutación (cambio en el ADN) es un proceso ciego y básicamente aleatorio. Siempre que se produce una mutación, lo que ocurre con enorme frecuencia, el resultado puede favorecer la supervivencia o la reproducción del organismo en su entorno, o perjudicarla, o no tener consecuencia alguna, opción que según muchos científicos es la mayoritaria. Si la mutación es ventajosa y existe una presión selectiva exterior, es posible que este cambio acabe predominando en la población.

Un ejemplo de esto último son las resistencias a antibióticos que surgen en las bacterias, quizá el ejemplo más clásico y sencillo de evolución exprés en el laboratorio. Si a un cultivo de bacterias se le añade uno de estos fármacos, es posible que algunas bacterias resistentes logren crecer. Pero no es la adición del antibiótico lo que provoca en las bacterias una voluntad de sobrevivir que las obliga a mutar. Como ya propuso Darwin (con otras palabras, ya que en su época no se conocían aún los genes) y han demostrado innumerables experimentos, la mutación es preadaptativa; es decir, preexistente, y solo se manifiesta al aplicar una presión ambiental que favorezca el crecimiento de las bacterias capaces de sortear la agresión.

En el caso del ébola, primero habría que determinar si existe una trayectoria de mutación (o combinación de mutaciones en el orden correcto) que pudiera conferir al virus la capacidad de transmitirse por el aire y que debería producir, como mínimo, una infección masiva de las vías respiratorias. Esta es una pregunta para los virólogos especialistas en filovirus (y no para el presidente o expresidente de nada); pero aunque la respuesta fuera afirmativa, y volviendo al ejemplo de las bacterias y el antibiótico, hace unos años un experimento publicado en la revista Science determinó que, de 120 trayectorias posibles para que una bacteria concreta adquiriera resistencia a un antibiótico, solo cuatro o cinco de ellas eran realmente viables. Y conviene destacar que, aunque el virus del ébola es especialmente propenso a mutar por la naturaleza de su material genético (ARN en lugar de ADN), cualquiera de estas rutas mutacionales es como una combinación de una caja fuerte.

Una razón importante para lo anterior es que las mutaciones también producen otros efectos secundarios. Por ejemplo, hace un par de años un controvertido experimento publicado también en Science logró producir (nota: no por mecanismos naturales, sino por mutaciones específicas forzadas por los investigadores) un virus de gripe A H5N1 transmisible por el aire entre hurones, levantando un gran revuelo azuzado por ciertos medios. Lo que muchos de estos no contaron es que, al mutar, el virus dejó de ser letal en los hurones.

Incluso si existiera esa combinación de mutaciones para el ébola y no lo inactivara ni apagara su agresividad, otro factor a tener en cuenta es que, para que un fenotipo se extienda en una población, hace falta una presión selectiva. En el caso de las bacterias, es el antibiótico el que selecciona a las bacterias resistentes impidiendo crecer a las demás. Pero en el caso del ébola, no hay tal presión: el virus se las arregla muy bien sin necesidad de transmitirse por el aire. Prueba de ello es que sigue existiendo, al contrario que las bacterias sensibles al antibiótico en presencia de este.

Y por si a alguien le quedara alguna duda de esto, se le borrará de un plumazo cuando comprenda que esto mismo es aplicable a otros muchos virus que llevan largo tiempo entre nosotros y que nunca han generado mutantes transmisibles por el aire: el VIH/sida, el virus de la hepatitis C, el del papiloma o el de la fiebre amarilla, por citar cuatro ejemplos muy conocidos. Es más: según escribe en su blog el virólogo de la Universidad de Columbia Vincent Racaniello, en más de cien años que el ser humano lleva estudiando los virus, jamás se ha encontrado un solo caso de cambio en la forma de transmisión. Así que, en lo que respecta a ese apocalíptico augurio de la mutación, que circula por ahí como tantas otras tonterías, podemos estar tranquilos. Como siempre, mirándonos los tobillos.

El ébola, de cero a cien en 24 horas (¿y de cien a cero en…?)

Fotografía coloreada de partículas del virus del Ébola al microscopio electrónico. Imagen de Thomas W. Geisbert, Boston University School of Medicine.

Fotografía coloreada de partículas del virus del Ébola al microscopio electrónico. Imagen de Thomas W. Geisbert, Boston University School of Medicine.

Parece difícil escribir hoy sobre algo que no sea el ébola. Pero el enorme despliegue actual en los medios, con telediarios casi monográficos, solo es igualado por la también palmaria indiferencia con que este asunto se ha tratado anteriormente. La presencia mediática del ébola crece de cero a cien en 24 horas y vuelve a detenerse en seco con la misma facilidad, como ocurrió al remitir la resaca de los casos de los sacerdotes españoles.

La información, ese instrumento al que se le supone una función de conciencia pública, no es lo único que ha faltado en la historia del ébola. Resulta fácil comprenderlo si se compara con el ejemplo del sida. Los primeros afectados de sida afloraron a comienzos de la década de 1980 (aunque hoy sabemos que las infecciones confirmadas se remontan al menos hasta finales de los 50). La epidemia de una enfermedad aún sin nombre se declaró en EE. UU. en junio de 1981, cuando sus casos ya merecían titulares en medios como The New York Times. A finales de ese año, aún constaban solo 121 muertes debidas a la enfermedad. El virus fue aislado por primera vez en enero de 1983, y en 1987 ya se disponía de un tratamiento específico y eficaz, el AZT, siete años después de los primeros casos. Las terapias combinadas aparecieron en 1992. Hoy, los tratamientos permiten que los pacientes cronifiquen la dolencia sin que esta amenace sus vidas. La Fundación para la Investigación del Sida, amfAR, estima que desde el principio de la pandemia unos 78 millones de personas han contraído el virus, y unos 39 millones han fallecido debido al sida. Actualmente el virus afecta a más de 35 millones de personas en todo el mundo.

Veamos ahora el caso del ébola. Los primeros enfermos aparecieron en 1976, cuando el sida aún no había brotado públicamente. Aquel año murieron 431 personas en Zaire y Sudán, y el número total de afectados superaba los 600, una cifra que el sida no alcanzaría hasta 1982. El virus se aisló en 1977 y, en los diversos estallidos detectados desde entonces, se han confirmado más de 6.000 pacientes de los cuales han muerto algo más de la mitad, aunque las cifras reales pueden ser mucho mayores. Y a pesar de que han transcurrido casi cuatro decenios desde que se conocen el virus y la enfermedad letal que provoca, aún ni siquiera existe un tratamiento universal específico y eficaz.

Conviene explicar por qué el número de casos de ébola no ha progresado más, dado que se transmite con más facilidad que el VIH. En anteriores brotes y al comienzo del actual, la infección estuvo confinada a ciertos países africanos. En términos biológicos, el virus del Ébola es un parásito mal adaptado al ser humano; o, mirado al contrario, nosotros somos malos hospedadores para el virus. A un parásito no le conviene matar a su hospedador o, si lo hace, le interesa que transcurra el tiempo suficiente para colonizar nuevas víctimas. El VIH es un corredor de fondo, mientras que el virus del Ébola en humanos es un esprinter; mata demasiado y demasiado aprisa, y solo es altamente infeccioso cuando el paciente ya presenta graves síntomas, lo que reduce la posibilidad de contacto con personas sanas. Pese a todo esto, los expertos barajan para finales de este año un número acumulado de casos de entre 30.000 y 60.000, y una dinámica exponencial de crecimiento, doblándose la cifra de afectados cada pocas semanas.

Frente a lo anterior, las autoridades de salud pública arguyen que el contagio no es probable por un contacto casual. Pero lo cierto es que, aunque el mecanismo de transmisión e infección es conocido, aún no existen suficientes datos empíricos respecto a la infectividad en condiciones reales y a la permanencia de los virus viables en el medio exterior. Como ejemplo, pasaron años antes de que se pudiera afirmar con seguridad y responsabilidad que el sida no se contagiaba por un beso o por compartir una cuchara, a pesar de que ya se conocía el requerimiento de una vía sanguínea o sexual para consumar el contagio. Una vez se supo que el VIH era parecido a otros retrovirus linfotrópicos humanos, se comprendió que no se requerían medidas excepcionales de aislamiento, como las que sí precisa el ébola. La siguiente tabla, publicada en 2007 en la revista Journal of Infectious Diseases, resume el estudio más completo hasta la fecha sobre la detección del virus del Ébola en varios tipos de muestras biológicas, y solo reúne un pequeño número de pacientes. Como conclusión, la alarma no es una buena consejera, pero las comparecencias de responsables públicos haciendo el papel del alcalde de Amity Island en Tiburón tampoco son garantía de tranquilidad.

Tabla de ensayos de presencia de virus Ébola en muestras biológicas de pacientes infectados. Cada círculo representa un paciente. Rojo: positivo. Azul: negativo.

Tabla de ensayos de presencia de virus Ébola en muestras biológicas de pacientes infectados. Cada círculo representa un paciente. Rojo: positivo. Azul: negativo.

Comparando la cronología del sida con la del ébola, surge naturalmente la pregunta de qué se ha hecho en todos estos años, o por qué no se ha hecho más para prevenir brotes como el actual. Respecto a qué se ha hecho, solo puede afirmarse que Canadá hizo sus deberes; tras los atentados del 11-S en EE. UU., el gobierno canadiense lanzó una potente iniciativa llamada CRTI, que unía esfuerzos de varias instituciones para investigar sobre la prevención y minoración de posibles ataques terroristas con armas no convencionales. El programa del CRTI incluía una línea dedicada al ébola como posible agente bioterrorista. Algunos expertos consideraron (y consideran) que el ébola es inútil como arma, debido a su patrón de infectividad. Por suerte, el gobierno de Canadá invirtió siete millones de dólares a lo largo de 11 años para investigar sobre el ébola, y fruto de ese esfuerzo son el tratamiento experimental ZMapp, desarrollado en colaboración con EE. UU., y la vacuna VSV-EBOV, también en fase de pruebas. Fármacos como estos no pueden improvisarse cuando los telediarios son monográficos.

Respecto a por qué no se ha avanzado más desde 1977, probablemente las causas son variadas. Pero hay un hecho innegable: el sida debutó públicamente matando a occidentales, algunos de ellos con nombre de celebrity. Hasta el brote actual de ébola y aún bien entrado este, muchos parecían creer que la expansión podría controlarse cerrando los espacios aéreos. Pero por muy limpia que esté una casa, si el cuarto de baño se mantiene en estado nauseabundo es seguro que alguien acabará enfermando. Y durante demasiado tiempo, occidente ha permitido y propiciado que África siga siendo el baño nauseabundo que nadie se acuerda de limpiar. Como ilustración, baste recordar un dato terrible e insólito en la ciencia moderna: el pasado agosto, la revista Science publicaba un trabajo de investigación destinado a rastrear genéticamente el itinerario infectivo del virus. Cuando el artículo se publicó, cinco de sus coautores, todos ellos africanos, habían muerto a consecuencia de la enfermedad.

Resumiendo, las cosas deberían funcionar así: demanda social genera presencia mediática, presencia mediática genera preocupación política. Algo debe de fallar cuando en muchos casos el orden es el contrario, y así es fácil que el eco se apague en cuestión de horas.