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La reducción al absurdo de las terapias milagrosas: yema de huevo

Hay una explicación para que timos como las bayas de goji y otros similares hayan llegado a calar en nuestra sociedad. Rectifico: probablemente haya varias razones; se me ocurren algunas más, como la sed de novedad, la necesidad social de apuntarse a las tendencias, el orientalismo, la rentabilidad que cualquier nuevo producto milagroso aporta a los medios que viven de divulgarlos (como webs y revistas de estilo de vida) y, por supuesto, la falta de criterio científico general. Y habrá otras que ahora no me vienen a la neurona. Pero me interesa destacar una que vengo a traerles, y que les explico seguidamente.

Bayas de goji. Imagen de Wikipedia / Myrabella.

Bayas de goji. Imagen de Wikipedia / Myrabella.

Pensemos, por ejemplo, en la aspirina. La aspirina, exactamente tal como hoy la conocemos, fue introducida en el mercado por la compañía Bayer en 1899. Lleva más de un siglo vendiéndose, hoy también bajo otras marcas y como medicamento genérico. Es probable que nunca desaparezca, y hay una razón sencilla y evidente: porque funciona. Podríamos citar otros muchos ejemplos; la penicilina se conoce desde 1928 y, aunque la extensión de cepas resistentes obliga al desarrollo de nuevos antibióticos, nadie podrá dudar de que también funciona.

Ahora, desplacemos el foco de los fármacos a los remedios naturales. En el folclore de todas las culturas tradicionales se aprecian los beneficios y perjuicios relativos que el consumo de ciertos remedios naturales puede aportarnos, y es lógico que tales beneficios y perjuicios existan: tanto nosotros como cualquier otra especie de la Tierra no somos más que sacos químicos, y cuando ponemos en contacto la química de otro organismo con la nuestra pueden ocurrir cosas; incluyendo que nos mate, si es el veneno de una serpiente de cascabel, o que nos ayude a mejorar el tránsito intestinal, si es la ciruela.

Pero los beneficios de los remedios naturales tienen un límite. Por supuesto, también lo tienen los fármacos. De hecho, aclaro que esta distinción entre fármacos y remedios naturales se refiere principalmente a que para los primeros se exige un proceso de revisión, validación y aprobación científica, mientras que no para los segundos. En cambio, la distintión no se aplica necesariamente a su origen: tanto la aspirina (ácido acetilsalicílico) como la penicilina son productos naturales.

Sin embargo, mientras que los fármacos no prometen milagros ni se esperan de ellos, los remedios naturales que triunfan y se convierten en la tendencia del momento sí suelen presentarse como cuasimilagrosos. Pero por supuesto, todo el mundo sabe que al romero, la manzanilla o la melisa, plantas medicinales de nuestra cultura, ya no se les puede sacar más partido; no es posible atribuirles ninguna propiedad mágica porque son sobradamente conocidos. Así que ¿de qué chistera podemos extraer la próxima gran panacea?

Imagen de Wikipedia / FDA / Michael J. Ermarth.

Imagen de Wikipedia / FDA / Michael J. Ermarth.

Muy fácil: del Oriente. De otra cultura diferente a la nuestra donde, por supuesto, ese remedio milagroso estará respaldado, sin que los pobres ignorantes occidentales lo supiéramos, por milenios y milenios de curaciones fabulosas y longevidades centenarias entre sus consumidores tradicionales. Y ahí es donde aparecen las bayas de goji.

Curiosamente, y como bien explicó ya hace muchos años mi buen vecino de blog César-Javier Palacios, finalmente resultó que las bayas de goji no venían del Himalaya, y que ni siquiera son autóctonas de China; aunque en la breve historia humana en este planeta el Lycium barbarum (su nombre científico) nos haya llegado desde allí, su origen evolutivo está en un taxón vegetal de la cuenca mediterránea. Pero esto es lo de menos. A donde quiero llegar es a que hoy en día los productos milagrosos, para venderse como tal, tienen que proceder de regiones exóticas donde hasta el momento de su gran descubrimiento mundial hayan permanecido ocultos solo para disfrute de algunos pocos sabios locales.

Como no podía ser de otra manera, finalmente el mito de las bayas de goji se pinchó. No es que hoy no sigan promocionándose, vendiéndose, encomiándose, cacareándose y ensalzándose; por supuesto que sí, dado que quienes invirtieron en bayas de goji tienen que rentabilizar su inversión. Pero cualquiera que desee enterarse ya puede saber que en realidad las bayas de goji no poseen ningún ingrediente mágico que no posean otras muchas frutas y verduras, y que por lo tanto no añaden a estas ninguna propiedad beneficiosa extra (ver, por ejemplo, este comentario de la Universidad de Granada o este del Servicio Nacional de Salud de Reino Unido, o esta conclusión de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria).

Es probable que dentro de una década las bayas de goji se recuerden como una moda de principios del XXI, como en su día lo fueron la pulsera Power Balance o la magnética Rayma. Es el sino de los remedios milagrosos: vienen, se quedan un rato y después desaparecen, una vez que la realidad acaba desmontando el mito (o a veces, una vez que la justicia acaba desmontando el tinglado). Mientras, la aspirina y la penicilina se quedan.

Pero lógicamente, incluso el Oriente tiene sus límites. Por mucho que China sea infinitamente más grande que Piquillo, y miren que de Piquillo nos vienen miles de millones de toneladas de pimientos. No me cabe duda de que aún se descubrirán muchas más plantas portentosas cuyo secreto aún hoy sus escasos conocedores, un puñado de viejecitos chinos de 150 años, continúan custodiando férreamente. Pero entretanto nos llega otra panacea oriental, a los vendedores de crecepelos no les queda otra que tirar de algo que quede a mano.

Y aquí es donde llegamos a la reducción al absurdo: gracias a una amable comunicante que me lo ha contado por correo electrónico (como ya he explicado aquí, no suelo seguir estas cosas), he sabido que una compañía se dedica a comercializar un prodigio salutífero cuyo principio activo es nada menos que… la yema de huevo.

Imagen de Max Pixel.

Imagen de Max Pixel.

Eso es; cuando no hay venta exótica que echarnos a la cuenta corriente, algún comerciante tiene que descubrir de repente las taumatúrgicas propiedades de algo que hemos estado comiendo toda la vida. Pero incluso si hasta ahora no éramos conscientes del bien que nos hacía, ¿por qué debería comprar unos sobres de yema de huevo en polvo en lugar de zamparme unos ricos huevos fritos?, tal vez se pregunten ustedes.

¿Será porque los sobres en cuestión llevan algún ingrediente modificado a partir de la yema de huevo que le confiere su poder mágico? Pero por desgracia para los vendedores de poción mágica, esta opción ya no está disponible. Hace 50 años era así; en la época de la modernidad, cuando algo solo era bueno si salía de un reactor industrial de síntesis, los vendedores de aceite de serpiente publicitaban sus prodigios alegando que solo ellos conocían la fórmula secreta. En cambio, hoy no hay fórmula que valga: en la era de la post-posmodernidad, lo que triunfa es todo lo que pueda llevar la etiqueta “natural”, sobre todo para quienes compran este tipo de productos. Así pues, ya no es posible presumir de fórmula secreta. A falta de este recurso, los vendedores de yema de huevo citan vaguedades tales como ciertos procesos patentados por ellos en virtud de los cuales sus presuntas propiedades, ¡abracadabra!, aparecen.

Termino con un detalle que enlaza con mi reciente carta a un creyente en terapias milagrosas. A propósito de aquella carta, hubo quien me achacó una aparente tolerancia con el amimefuncionismo. Debo explicar que no puedo explicar por qué era así en aquel caso concreto, el que motivó mi carta y cuyos detalles personales por supuesto omití. Aunque mi carta se publicó también en la versión impresa de 20 Minutos, en realidad originalmente no fue concebida como una carta abierta al estilo de las que suelen publicarse en los medios, sino como una carta real a una persona concreta en una situación concreta. Por supuesto que nunca alentaría al amimefuncionismo como actitud general, y que suscribo plenamente la denuncia de la explotación de esta actitud por parte de los vendedores de ojos de murciélago.

Pero, y espero explicarme mejor ahora, si alguien que sigue su terapia médica se siente más vivo, más fuerte y más capaz de enfrentarse a su enfermedad después de ejecutar un ritual diario de, por ejemplo, escuchar la 40ª de Mozart al atardecer mirando el vuelo de las bandadas de estorninos mientras se bebe un vaso de zarzaparrilla, desde luego que tampoco voy a objetárselo. Y añado: pero ni siquiera en este caso merece la pena, de verdad, gastarse ni un céntimo en comprar yema de huevo que no venga dentro de su cáscara y de su clara. Porque incluso lo absurdo también tiene un límite.