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Los Álvarez y los dinosaurios, un culebrón científico con fabes y hamburguesas

Cuatro generaciones de científicos. De arriba abajo, Luis F. Álvarez, Walter C. Alvarez, Luis Walter Alvarez (1968) y este con su hijo Walter Alvarez (1981).

Cuatro generaciones de científicos. De arriba abajo, Luis F. Álvarez, Walter C. Alvarez, Luis Walter Alvarez (1968) y este con su hijo Walter Alvarez (1981).

Supongan que el que suscribe, que también escribe, se presentara un buen día en el mismo Hollywood tratando de vender un guion para una película, o tal vez una serie. ¿De qué va?, interroga el ejecutivo de la productora. Y uno le espeta lo que sigue:

Va de un médico de Asturias que emigra a Estados Unidos, se casa con la hija de un marino prusiano y se establece en Hawái, donde desarrolla un tratamiento contra la lepra y acumula una fortuna gracias a sus negocios de tabaco, minas y bienes raíces. Su hijo, también médico, describe el Síndrome de Álvarez, consistente en una hinchazón histérica del abdomen sin motivo aparente. Su nieto estudia física y participa en el Proyecto Manhattan para la fabricación de la bomba de Hiroshima, cuyo lanzamiento observa desde un bombardero que vuela junto al Enola Gay. Además, inventa un radar de aproximación para los aviones sin visibilidad, crea el primer acelerador lineal de protones y un sistema para explorar las pirámides de Egipto por rayos X, y explica las trayectorias de las balas del asesinato de Kennedy. Le conceden el premio Nobel de Física y finalmente, junto a su hijo, bisnieto del médico asturiano, descubre por qué se extinguieron los dinosaurios. Fin.

Semejante argumento solo lo compraría, si acaso, aquel ejecutivo de la Fox en Los Simpson al que el director Ron Howard lograba colocar un guion de Homer para una película protagonizada por un robot asesino profesor de autoescuela que viajaba en el tiempo para salvar a su mejor amigo, una tarta parlante. Por lo demás, para un novelista o guionista, los únicos salvoconductos válidos para cruzar la frontera de la verosimilitud sin ser acribillado a balazos se despachan a nombre de Tarantino y alguno más.

Sin embargo, la historia del médico asturiano es cien por cien verídica. Luis Fernández Álvarez, reconvertido en su versión norteamericana a Luis F. Alvarez, nació en 1853 en La Puerta, un barrio de la parroquia de Mallecina en el concejo asturiano de Salas, hijo del bodeguero del infante de España Francisco de Paula de Borbón, a su vez vástago del rey Carlos IV. La saga de científicos que Álvarez fundó en su emigración a las Américas es quizá uno de los ejemplos más tempranos y brillantes de nuestra tradicional fuga de cerebros; un modelo paradigmático de lo que nos hemos perdido.

Los Álvarez son más conocidos por la aportación estrella del nieto del médico, Luis Walter Alvarez, que a pesar de su Nobel de Física hoy es más popular por el estudio que publicó en 1980 en Science junto con su hijo Walter y en el que proponía una solución al enigma de la desaparición de los dinosaurios. Según esta hipótesis, la llamada extinción masiva K/T, que hace 65 millones de años marcó la frontera entre el Cretácico y el Terciario, fue provocada por la colisión de un gran objeto espacial. Años más tarde la teoría cobró impulso al descubrirse el cráter de Chicxulub en la península mexicana de Yucatán, una hoya de 180 kilómetros de diámetro enmascarada por sedimentos posteriores. Recientemente el gobierno de Yucatán ha anunciado que se propone emprender el desarrollo turístico del cráter de Chicxulub, lo que añadirá un atractivo científico a la costa del Caribe mexicano.

La teoría de los Álvarez es la más aceptada, pero no la única, y aún es objeto de investigaciones. Hace poco más de una semana ha aparecido el penúltimo estudio, aún sin publicar, que analiza los datos sobre el impacto para tratar de establecer su naturaleza. En este trabajo, los investigadores Héctor Javier Durand-Manterola y Guadalupe Cordero-Tercero, del Instituto de Geofísica de la Universidad Nacional Autónoma de México, han calculado que el objeto pesaba entre 1 y 460 billones de toneladas y medía entre 10,6 y 80,9 kilómetros de diámetro. Los científicos mexicanos sugieren que probablemente no se trataba de un asteroide sino de un cometa, algo que ya se había propuesto anteriormente.

Hoy el bisnieto del médico, Walter Alvarez, prestigioso geólogo de la Universidad de California en Berkeley, es un estadounidense de cuarta generación de setenta y tres años al que ya poco le liga al origen geográfico de su familia, salvando un doctorado honoris causa por la Universidad de Oviedo y una pertenencia honoraria al Ilustre Colegio Oficial de Geólogos. Aun así, es su regalo el dedicar parte de sus investigaciones a la evolución tectónica de la Península Ibérica. Será que, como sabemos quienes hemos vivido en Asturias, la tierrina nunca deja de tirarle a uno de la sisa.

Selena Giménez-Ibáñez, científica distinguida porque ella lo vale

Selena está a punto de publicar en Nature. Para un científico, publicar en Nature es como jugar en la Champions para un futbolista. El problema consiste precisamente en que haya que establecer este símil y no el recíproco: si llegara el imposible día en que pudiéramos explicar lo que significa la Champions para un futbolista asemejándolo a publicar en Nature, habríamos logrado que la ciencia ocupara el lugar que le corresponde en este país. Y quizá ese día los investigadores españoles emigrarían al extranjero simplemente para dar una vuelta.

Pero mientras, en el planeta Tierra, a Selena Giménez-Ibáñez se le cerraron las puertas para doctorarse en España. Tenía claro que lo suyo eran las enfermedades de las plantas, y que el suyo debía ser el laboratorio de fitopatología molecular que dirige Roberto Solano en el Centro Nacional de Biotecnología (CNB-CSIC). Los investigadores españoles suelen doctorarse aquí para después debutar como postdoctorales en el extranjero. Pero para Selena, un título calentito de ingeniera agrónoma y un proyecto de fin de carrera en la Universidad holandesa de Wageningen no bastaron para conseguir una beca que sufragara su tesis. “Eran tiempos complicados, no había becas”, se lamenta. Así pues, se lanzó a la piscina antes de saber nadar. Y no a cualquier piscina de barrio, sino a una olímpica: envió su currículum al Sainsbury Laboratory en Norwich (Reino Unido), “el tercer centro del mundo en plantas y sus infecciones. Me acogieron y me dieron la beca directamente”, explica Selena.

La investigadora Selena Giménez-Ibáñez, en el Centro Nacional de Biotecnología. Foto: Julio Hernández.

La investigadora Selena Giménez-Ibáñez, en el Centro Nacional de Biotecnología. Foto: Julio Hernández.

Por suerte para nosotros, Selena quería regresar, a pesar de que le ofrecieron hasta un postdoctorado en la Universidad de Cambridge. “Tenía ganas de volver y aportar aquí”, recuerda. Con su doctorado y unas diez publicaciones en el bolsillo, regresó a España para retomarlo donde lo había dejado: en el laboratorio de Roberto Solano, donde lleva ya tres años dirigiendo la línea de investigación que se trajo de Inglaterra, destinada a desentrañar los mecanismos moleculares de las infecciones en plantas. “Las bacterias inyectan unas 30 moléculas dentro de las células de la planta y eso causa una enfermedad. Si conseguimos identificar qué mecanismos de la planta están bloqueando esas moléculas, podremos crear plantas resistentes al patógeno”, resume.

Lamentablemente, en ciencia nunca llega ese remate final sobre comer perdices. La beca Juan de la Cierva que consiguió Selena tiene, como todas las becas, fecha de caducidad. Después del primer postdoctorado, para todo científico en España se abre la perspectiva de un ancho barranco cuyo fondo no se ve. “Decidí buscar financiación europea”, explica. Ahora esta valenciana de 34 años es noticia porque ha sido merecedora de la beca internacional Unesco-L’Oréal para mujeres investigadoras. Es una de las 15 científicas becadas este año en todo el mundo, solo tres en Europa, y la tercera española que lo ha conseguido en las 16 ediciones de este programa. Para entendernos (hasta que llegue ese día del que hablábamos), algo así como ganar el Balón de Oro.

Con su flamante presente y su barranco bien salvado, Selena habla ahora con satisfacción de su próximo futuro. El período cubierto por la beca, un año ampliable a dos, le permitirá investigar en un equipo de la Universidad de Warwick (Reino Unido) con el que ya ha colaborado. “Pero volveré”, advierte. “El proyecto me permitirá posicionarme para conseguir independizarme”.

Y a su regreso, investigadores como Selena importan más allá de lo puramente científico; también traen de vuelta modelos de buenas prácticas que contribuyen al progreso del sistema de ciencia. “Por supuesto que los recursos son importantísimos”, comenta. “Pero no es la única diferencia. En Inglaterra los centros son más autosostenibles porque cuentan con departamentos de patentes que sacan rendimiento económico de sus resultados, lo que les permite depender menos del estado. En España centros como el CNB ya cuentan con esto, pero en las universidades no es tan común; es una cultura que debe empezar a moverse. En el Sainsbury tenían un lema: tú dedícate a pensar, que de lo demás ya nos ocupamos nosotros”, ríe. La ilusión le rebosa, y no es para menos: el próximo 19 de marzo viajará a París para recibir la beca de manos del Nobel Günter Blobel en La Sorbona. Pero es que, además, está a punto de publicar en Nature: “Casi lo tenemos, yo creo que es inminente”.