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Septicemia: jueves

Por Veronica Ades (ginecóloga de Médicos Sin Fronteras, Sudán del Sur)*

Jueves. A lo largo del día compruebo repetidamente el estado de la paciente, que cada vez parece estar peor. Su frecuencia cardíaca se dispara por encima de 150 y su respiración es extremadamente rápida: da bocanadas con cada breve aliento, a pesar de que la saturación con el oxígeno suplementario es buena.

Me doy cuenta de que, probablemente, va a morir. Comienzo a preparar a la familia para que se hagan a la idea. Les digo, con la ayuda de un enfermero que habla dinka, que vamos a hacer todo lo posible, pero que probablemente se va a morir. Lo entienden. Su padre dice: “ahora está en manos de Dios”.

Los padres se sientan en la cama, sosteniendo cada uno una de sus manos. La observan con atención. Desde que la ingresamos, han estado pendientes de ella en todo momento. Cuando les pedimos que cuidaran la jeringa para la sonda nasogástrica, la envolvieron con cuidado y la guardaron en un rincón, bajo una manta, para que no se perdiera. Nos ayudaron a comprobar la orina, o la saturación de oxígeno, y a ajustar los tubos. Su ternura es estoica.

Hasta este momento no he procesado lo injusto de la situación. Esta paciente tiene 18 años. Iba a tener su primer hijo. Y eso la ha matado.

Es difícil mirarla. Aunque está inconsciente, parece tan incómoda… su respiración es tan laboriosa, tan torturada. Vuelve a subirle la fiebre y le cambio los antibióticos. Ahora que tiene los pulmones secos, le administro un poco de suero de rehidratación por vía intravenosa. Es lo único que tengo.

Cada vez que me acerco a la cama, compruebo sus constantes vitales y su saturación de oxígeno, y me alejo. No sé qué más hacer. Finalmente, dejo de comprobarle las constantes y simplemente la miro desde el cabecero de la cama. Se está muriendo y no hay nada que podamos hacer.

Esa noche estoy en quirófano hasta tarde: las dos de la madrugada. Luego, me paso a verla. Sigue viva, sigue luchando por respirar. Su familia ni siquiera parece dormir. Están sentados en la cama, sujetándole las manos, viéndola morir dolorosamente.

A la mañana siguiente, viernes, me comunican que falleció a las cuatro de la madrugada. Ni ella ni su familia se encuentran ya en la planta.

En Sudán del Sur, las mujeres tienen muchos hijos y poco acceso a atención sanitaria. La mayoría da a luz en sus casas y, cuando las cosas se tuercen, el centro de salud más próximo queda muy lejos. Un estudio reciente de una zona remota próxima encontró que el centro de salud más cercano para esa población estaba a seis horas de camino. Así que, cuando el bebé no sale, las mujeres no pueden más que esperar y sufrir. Esperan durante días, porque levantarse y salir en busca de ayuda es un martirio y aún así, no es probable que sirviese de gran cosa.

Y así es como pueden llegar a transcurrir cuatro días y un bebé muere dentro de una vagina. Para cuando logran llegar hasta alguien que sí puede ayudarlas, están tan enfermas a veces ya no hay nada que hacer. Lo intentamos de todos modos y a menudo se produce el milagro y se salvan: son las mujeres que morirían si no estuviésemos aquí. Luego están las que siguen muriendo, demasiadas.

* Veronica Ades, de Nueva York, es ginecóloga. Esta es su primera misión con Médicos Sin Fronteras.

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Foto: Hospital Civil de Aweil, en el que MSF trabaja junto con el Ministerio de Salud para reducir la mortalidad materno-infantil. Mayo de 2012, Sudán del Sur (© Takuro Matsumoto /MSF).

 

Septicemia: miércoles

Por Veronica Ades (ginecóloga de Médicos Sin Fronteras, Sudán del Sur)*

Miércoles. Estamos tratando la infección y suministrándole a la paciente líquidos por vía intravenosa, pero su saturación de oxígeno en sangre es del 91% (debería ser del 95% o superior). Esto, junto a la hipotensión y la taquicardia (frecuencia cardíaca elevada), me hace sospechar que se está descompensando. Le ponemos un flujo continuo de oxígeno suplementario.

Pido la opinión de la anestesista, que me da una ampolla de dopamina, junto a una bolsa de suero corriente, y me explica cómo administrarla. Vamos a aumentar artificialmente la tensión de la paciente para mantener la función de los órganos hasta que mejore su estado. La enfermera cuenta diligentemente el número de gotas por minuto, para controlar escrupulosamente la dosis de dopamina. Al poco, su tensión mejora. Después de comer reevaluaremos la situación y quizá reduciremos paulatinamente la dosis.

Esa misma tarde su aspecto ha empeorado. Tiene el abdomen hinchado y se queja de dolor abdominal. Tiene la respiración acelerada y parece incómoda. Su saturación de oxígeno empeora. Es muy probable que la septicemia esté causando una disfunción pulmonar llamada ‘síndrome de distrés respiratorio agudo’ o SDRA. Mientras está con la dopamina, su tensión se mantiene bien, pero cae rápidamente en cuanto disminuimos la dosis.

Cuando la estoy examinando, se pasa por allí la anestesista. Convenimos que, a raíz de la infección, los intestinos seguramente no le estén funcionando bien: va a necesitar una sonda nasogástrica. Esta sonda se inserta por la nariz y desciende por el esófago hasta llegar al estómago. Nos permite descomprimir el estómago y los intestinos desde arriba, ya que por abajo no se están vaciando. La enfermera va corriendo a buscar una sonda y, a la segunda, logramos insertarla correctamente. Conseguimos sacar un poco de fluido. Me preocupa su estado y quiero tener alguna otra opinión, así que llamo al director médico del hospital, que acude inmediatamente.

Encontramos una jeringa grande con la que logramos aspirar de la sonda una gran cantidad de líquido muy feo. El estómago de la paciente se descomprime visiblemente, pero ni su respiración ni su frecuencia cardíaca ni su tensión mejoran. Llegado este punto, se ha acabado la dopamina y debemos decidir si administrarle más. Me preocupa que pase la noche sola con la dopamina, sin supervisión del personal de enfermería. El director médico, la anestesista y yo debatimos el tema.

El director señala que administrarle la dopamina no es sostenible porque no tenemos unidad de cuidados intensivos, y se trata de un medicamento potente y peligroso que, si bien a veces salva vidas, no parece una buena alternativa terapéutica en este caso. Va muy bien en situaciones agudas, como una reanimación intraoperatoria, pero hace más de 24 horas que intervinimos a nuestra paciente y no estamos en disposición de proporcionar los cuidados intensivos que este tratamiento requiere. Finalmente, convenimos en que necesita un régimen agresivo de hidratación intravenosa, además de oxígeno y monitorización.

Por la noche, vuelvo al hospital para realizar otra intervención y me paso a ver a la paciente. Se ha descompensado y está inconsciente. Sus constantes vitales siguen siendo malas. Su saturación de oxígeno ha caído al 83%. Por algún motivo, han apagado la máquina del oxígeno. La enciendo de nuevo, y la saturación mejora hasta el 90%. No está claro quién apagó la máquina, ni por qué. La enfermera a cargo del caso está muy frustrada: al parecer algún otro miembro del equipo la ha apagado sin preguntar. Hablamos con todos para hacerles saber que debe apagarse.

La paciente no tiene fiebre, pero ahora está padeciendo los efectos de la septicemia. Probablemente tenga fallo multiorgánico, pero no disponemos de las pruebas de laboratorio necesarias para confirmarlo. Le borbotean los pulmones. Su tensión arterial ha mejorado con la hidratación, pero la septicemia debe de haber permitido que el fluido del torrente sanguíneo escape a “terceros espacios” del cuerpo, en su caso, los pulmones.

Empiezo a administrarle furosemida, un diurético. La cambiamos también de posición, incorporándola para que el líquido no le encharque completamente los pulmones. Tras múltiples dosis de furosemida, orina una buena cantidad y su saturación de oxígeno mejora notablemente. Algunas horas más tarde, tiene los pulmones más secos, aunque la saturación sigue sin ser perfecta: sigue con SDRA.

No consigo despertarla.

Sigue inconsciente incluso después de mejorar su saturación de oxígeno, administrarle glucosa concentrada y aspirar la sonda. La cosa pinta mal. Su tensión arterial fluctúa mucho. En cuestión de minutos, pasa de muy baja a normal y a límites máximos. No se me ocurre qué más puedo hacer. Consulto a la anestesista y con el director, pero tampoco pueden sugerir nada más. En estas situaciones no se puede hacer más.

(Continúa mañana)

* Veronica Ades, de Nueva York, es ginecóloga. Esta es su primera misión con Médicos Sin Fronteras.

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Foto: Hospital Civil de Aweil, en el que MSF trabaja junto con el Ministerio de Salud para reducir la mortalidad materno-infantil. Mayo de 2012, Sudán del Sur (© Takuro Matsumoto /MSF).

Septicemia: martes

por Veronica Ades (Sudán del Sur, Médicos Sin Fronteras)*

Martes. Era mi primer día de trabajo en el proyecto de MSF en Aweil, en Sudán del Sur. La ginecóloga a la que había venido a sustituir aún no se había marchado y aquel día se estaba encargando del trabajo hospitalario, mientras yo recibía de distintas personas mis preceptivos ‘briefings’, las reuniones con los miembros del equipo que tenemos nada más llegar a una nueva misión. El coordinador de la misión nos cuenta a Katie (la matrona que llegó conmigo) y a mí una versión abreviada de los últimos 200 años de la historia sudanesa. Justo cuando estamos terminando, recibimos un mensaje del operador de radio: nos necesitan en la maternidad.

Cuando llegamos al quirófano, la paciente ya está anestesiada y la ginecóloga saliente está intentando que tenga un parto vaginal. El embarazo ha llegado a término pero el bebé está muerto. En realidad, la paciente, de 18 años, lleva cuatro días de parto. Dado que no pudo expulsar al bebé de forma natural, nos imaginamos que ahora la extracción será difícil.

Lo intentamos con la ventosa Kiwi, que me parece muy adecuada para partos normales, porque es fácil de usar y no ejerce demasiada presión sobre la cabeza del bebé. Si aplicas demasiada fuerza, la ventosa se suelta sola: es como un control de seguridad, y si te ocurre varias veces, es señal de que tienes que practicar una cesárea. Pero en este caso, el bebé ha muerto. Y la Kiwi no deja de soltarse.

A continuación lo intentamos con el fórceps, una tenaza metálica que se coloca a ambos lados de la cabeza del bebé para guiarla hacia abajo. Pero la cabeza está tan encajada en la pelvis que ni siquiera lo podemos colocar, a pesar de que ambas lo intentamos varias veces.

A continuación probamos con la ventosa más fuerte de que disponemos, que tiene una copa de succión grande de silicona y un mecanismo de succión manual externo. Parece ejercer más fuerza que la Kiwi. Tiramos y tiramos. Avanzamos lentamente. Mi compañera tira de la copa de succión mientras yo sujeto hacia atrás la pelvis de la paciente para evitar que se caiga de la mesa: usa toda su fuerza y, por fin, logramos extraer al bebé.

Al haber estado la paciente tanto tiempo de parto, existe el riesgo de que tenga necrosis tisular y se forme una fístula obstétrica. Tiene el útero anormalmente desplazado hacia arriba dentro del abdomen, cerca del ombligo. Probablemente la causa sea que la mayor parte del bebé estaba colocado sobre la vagina, y no en el útero o la cérvix, y el tejido inferior está distendido. La examinamos con un espéculo y el cérvix tiene una apariencia relativamente normal, aunque agrandado y distendido. La paciente no sangra. Hemos terminado.

La anestesista comenta que la paciente ya presentaba septicemia cuando fue ingresada. Esto significa que, debido al prolongado parto, había desarrollado ya una infección uterina que se había extendido al flujo sanguíneo, causando cambios fisiológicos como hipotensión y una elevada frecuencia cardíaca, signos de una infección generalizada. Durante el procedimiento, la anestesista había tenido que suministrar dopamina a la paciente para mejorar su tensión arterial. Todavía no está fuera de peligro: necesitará antibióticos potentes, buenos cuidados y mucha suerte.

La enviamos a planta y comprobamos repetidamente su estado a lo largo del día. Se está estabilizando. Tiene fiebre, pero le estamos dando antibióticos y paracetamol. Está débil, pero puede hablar y está bien atendida por su familia.

Al día siguiente, su estado es regular…

 

(Continúa mañana)

 

* Veronica Ades, de Nueva York, es ginecóloga. Esta es su primera misión con Médicos Sin Fronteras.

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Foto: Quirófano en el Hospital Civil de Aweil, en el que MSF trabaja junto con el Ministerio de Salud para reducir la mortalidad materno-infantil. Mayo de 2012, Sudán del Sur (© Takuro Matsumoto /MSF).

EL KM. 43

por Erna Rijnierse (Sudán del Sur, Médicos Sin Fronteras)*

Nada resulta fácil aquí. En solo una mañana, fuimos testigos de seis muertes en el Km. 43. Una mujer llegó tan deshidratada que murió nada más entrar en la clínica. La gente muere, sufre; lo que vemos aquí es una crisis en toda regla. No podemos quedarnos sentados mirando sin hacer nada, tenemos que hacer todo lo que esté en nuestras manos y presionar para que mejoren las condiciones de vida de estas personas.

Si quieres ver el testimonio de Erna Rijnierse desde el Km.18: http://bit.ly/LQwSpN

“El Km. 43”. Así es como se llama este punto en mitad de ningún sitio en el estado del Alto Nilo, en Sudán del Sur. Aquí se están asentando refugiados que llegan huyendo de la violencia en el vecino Sudán. Han llegado unas 30.000 personas en las últimas semanas, y los campos de refugiados ya están llenos, así que los últimos se están quedando en este sitio con escueto nombre de punto kilométrico, y en otro de similar apelativo, el Km. 18. Aquí los refugiados duermen bajo los árboles, sin cobijo y prácticamente sin comida.

Las carreteras que llegan hasta aquí son un infierno, especialmente tras las lluvias, cuando resulta casi imposible acceder a la zona. Disponemos pocas plazas en nuestros vehículos, así que solo podemos trasladar a los más enfermos, dejando atrás a gente a la que esperamos poder volver a ver con vida al día siguiente. Como médico, es algo muy doloroso. Pero no nos queda otra elección, tenemos que priorizar a los pacientes en estado más grave.

El problema en estos asentamientos temporales de refugiados es que no hay suficientes organizaciones humanitarias trabando aquí. Estas personas han estado caminado durante semanas y cuando llegan ya están muy débiles, especialmente los grupos más vulnerables como los ancianos, los niños menores de 5 años y las mujeres embarazadas.

Hemos estado distribuyendo agua en el Km. 43, pero el principal depósito en superficie, el que usamos para potabilizar y distribuir, se ha secado. Así que ya no hay agua en el Km. 43. También estamos tratando y distribuyendo agua en el Km. 18, pero el agua disponible pronto se acabará también. Por eso es tan importante que ACNUR (la agencia de la ONU para los refugiados) y sus contrapartes les trasladen con urgencia a un lugar mejor acondicionado.

Cada día vamos a las pequeñas clínicas de campaña que hemos montado en los dos asentamientos para ver a los pacientes y asegurar la atención médica a los casos más graves. Ayer, justo antes de marcharnos del Km. 18, nos trajeron a un pequeño en estado de shock. Conseguimos salvarle, un oportuno recordatorio de las razones por las que estamos aquí y de lo que podemos hacer, incluso en las circunstancias más adversas.

La semana pasada realizamos 537 consultas: 292 fueron por diarrea y 40 por enfermedades respiratorias. De los 342 niños que acudieron a las clínicas y fueron examinados para detectar síntomas de desnutrición, un 38% estaban desnutridos, lo que supera con creces el umbral de emergencia.

Con la estación de lluvias a la vuelta de la esquina, también estamos viendo los primeros casos de malaria. La gente vive hacinada y, al llover, hace más frío, así que seguro que veremos otras enfermedades. La neumonía, especialmente en los niños más pequeños, probablemente tendrá una mayor incidencia.

Además de dar atención médica urgente, quizá el mayor impacto que podemos tener será en la prevención de enfermedades. Esta semana empezamos una campaña de vacunación de sarampión para niños menores de 15 años. Esta enfermedad es potencialmente mortal y muy contagiosa, especialmente en campos de refugiados, donde hay gran número de gente concentrada en una zona muy reducida. Estas personas no han sido vacunadas, por eso lo incorporamos en nuestra primera respuesta de emergencia.

La situación es desesperada. Se ha avanzado muy poco en la identificación de un lugar para albergar a estos 30.000 refugiados, y la lluvia y los problemas logísticos han paralizado todos los desplazamientos organizados. Los refugiados ni siquiera tienen un pedazo de plástico para cobijarse por la noche, así que ya os podéis imaginar que esto no mejorará la situación sanitaria de esta población tan vulnerable. Estas personas necesitan ser trasladadas de inmediato a un lugar adecuado donde tengan comida, agua y abrigo, y donde su salud pueda quedar asegurada. El tiempo corre en su contra.

*Erna Rijnierse es responsable del equipo médico de MSF que asiste a los refugiados sudaneses en el estado del Alto Nilo, en Sudán del Sur.

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Fotos 1 y 2: Refugiados sudaneses, llegando con sus pertenencias a Sudán del Sur, el 10 de junio de 2012. (© Louise  Roland-Gosselin/MSF).

Foto 3: Refugiados sudananeses cogiendo agua en uno de los depósitos naturales de agua en superficie (ya agotados) en el Km. 43, el 9 de junio de 2012 (© Louise  Roland-Gosselin/MSF).

Días de guardia en Jamam

por Kirrily de Polnay (Médicos Sin Fronteras, Sudán del Sur)*

Me paso el día en el hospital de MSF, un poco aislada del campo de refugiados de Jamam. La mayor parte de las personas a las que atiendo son muy corteses, y hacen lo que todos solemos hacer cuando vamos al médico: arreglarse. Así que vienen bien vestidos, se muestran amables, hacen ese esfuerzo, y casi podrías olvidarte de que estás en un campo de refugiados. Y solo cuando llega un niño que lleva un mes con diarrea, que llegó la noche anterior con su familia del paso fronterizo de El Fuj, que todos llevan dos días sin comer ni beber, y que han sufrido cinco robos ese día, recuerdas de repente dónde estás.

Y los padres están tan angustiados, tan preocupados, y tú te vuelcas en el niño, le colocas un suero, le pones todo lo que puedes. Estos niños a menudo están desnutridos así que hay que hacerlo todo con gran delicadeza ya que podría sufrir con facilidad un fallo cardiaco o un edema pulmonar. Así que es un equilibrio muy delicado: no tratas a niños sanos que han enfermado, sino a niños que ya llegan con reservas muy bajas.

Tenemos muchos casos de diarrea. Intentas explicarles cómo tomar la solución de rehidratación oral, pero no tienen dónde prepararla. Incluso a mí me cuesta calcular cuánto es “la mitad del paquete”… les dices “tienes que beber agua, tienes que beber la solución que te damos”, y ellos asienten y dicen “sí”. Pero sabes que no tienen agua suficiente, reciben apenas unos litros al día. Así que les prescribimos algo que no pueden hacer, y sientes que lo haces es como poner una minúscula tirita para detener una gran hemorragia.

Hasta ahora todos hemos estado compartiendo los turnos de noche. Hay que estar ahí constantemente, sobre todo con los niños desnutridos, evaluando, buscando el equilibrio entre aportarles el suero suficiente por un lado y evitar provocarles un fallo cardiaco. Por el momento hemos podido hacerlo, pero no sé por cuánto tiempo podremos seguir trabajando a este ritmo.

Recuerdo a un paciente, muy pequeño, tendría dos o tres años, que estaba en tal estado cuando llegó que pensamos: “no hay nada que hacer, se acabó para él”. Afortunadamente, acabábamos de instalar la máquina de oxígeno, así que comenzamos con eso, le pusimos en tratamiento, ¡y al final del día el niño ya se estaba quejando, quería irse a casa! Fue increíblemente agradable: cuando un niño empieza a incordiar, ya sabes que la cosa va bien. En casos como este, le dejamos ingresado toda la noche. Quiero decir, que llegó moribundo, ¡tampoco puedes mandarle a casa el mismo día aunque haya mejorado! Pero a veces ocurre, niños que se recuperan de inmediato.

También tenemos recuperaciones asombrosas cuando referimos a un paciente a Doro, donde MSF tiene un hospital de campaña más grande que el que tenemos aquí. Te pasas un par de noches pensando cómo le estará yendo allí al paciente. El otro día sin ir más lejos tuve a un niño de 7 años que realmente no pensé que fuera a sobrevivir. Llegó en estado muy grave y no teníamos la capacidad de diagnóstico aquí necesaria para saber exactamente qué le pasaba.

Cuando nos le llevamos de urgencia a Doro, fue con mucha prisa, su abuela también tuvo que subir al vehículo, iba llorando y se te rompía el corazón al verla porque se la veía asustada y sola. Ese mismo día volvió con el crío, con una gran sonrisa, estrechándonos la mano a todos y haciendo que el niño también lo hiciera. Y aquello hizo que aquel mal día se convirtiera en algo mucho más llevadero.

Y luego está el tema de la traducción a tres bandas. Es muy complicada, y los intérpretes se cansan, porque pasamos de la lengua tribal al árabe y de ahí al inglés, y vuelta al revés. A veces tienes cuatro niños que han llegado con su abuela, o con una hermana mayor, y ellas no saben necesariamente qué ha ocurrido. Y esperan de nosotros que seamos capaces de adivinar. Intentamos explicarles que no podemos hacernos una idea si no nos cuentan ellas qué ha ocurrido, cuál ha sido el proceso hasta ahora. Pero les resulta extraño porque ven nuestros estetoscopios, y un estetoscopio significa que debes de saber lo que va mal ¿no? Sé que a los traductores les cuesta explicar estas cosas. Cualquier traducción es complicada, muy complicada.

En mi primera noche aquí, tuvimos que quedarnos con un niño que estaba muy enfermo. En un momento dado, nos dijeron que había otro niño también muy enfermo en la puerta, así que dejé al pequeño ingresado durante unos minutos para ir a examinar al recién llegado. Cuando pasábamos delante de los guardias, estaban matando a una descomunal serpiente que se había colado en el recinto. Y la verdad es que me dio por reírme, por lo ridículo de la situación. Imagina que se te cae la linterna, te tropiezas con una de las enormes grietas que hay en el suelo y vas y das de bruces con una serpiente gigante que probablemente es venenosa. Es una situación bastante extrema, así que si no te ríes, ¿qué te queda?

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* La doctora Kirrily de Polnay trabaja con MSF en el hospital de campaña del campo de refugiados de Jamam, en Sudán del Sur. Los campos de refugiados de Doro y Jamam acogen a más de 80.000 personas procedentes del estado de Nilo Azul, en el vecino Sudán. Malviven en un entorno hostil que no está preparado para cubrir las necesidades de tantas personas, por lo que los refugiados dependen totalmente de la ayuda humanitaria.

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Foto1: La doctora Kirrily de Polnay, con el pequeño Aman, en la “sala de urgencias” del hospital de MSF en Jamam, Sudán del Sur (© Robin Meldrum).

Foto2: Un paciente en estado muy grave, ingresado en el hospital de MSF en Doro tras su traslado de urgencia desde el hospital de Jamam (© Robin Meldrum).

 

Testimonios de la violencia en Sudán del Sur

Por Karel Janssens (Sudán del Sur, Médicos Sin Fronteras)*

Me presento brevemente: me llamo Karel Janssens, soy coordinador de terreno de Médicos Sin Fronteras en Pibor, en el Estado de Jonglei, en Sudán del Sur. Quiero haceros una rápida introducción a la que va a ser una pequeña serie de testimonios de pacientes recogidos por nuestros equipos tras la última ola de violencia en esta zona.

 

Por situaros: en Pibor, MSF proporciona atención sanitaria en tres estructuras de salud, tres clínicas: una en el pueblo de Pibor, una en Lekwongole y una en Gumruk. Y estas tres estructuras ofrecen la única atención sanitaria disponible para las 160.000 personas que viven en esta zona. El pasado 23 de diciembre, tuvimos que evacuar al equipo al saber que iba a producirse un ataque inminente contra Lekwongole y la propia Pibor, lo que de hecho se produjo: Lekwongole el día de Navidad, y Pibor un par de días después.

Regresamos a Pibor el 7 de enero y reanudamos las actividades médicas. Unos días más tarde, yo mismo me desplacé a Lekwongole para comprobar en qué estado estaba la clínica: me la encontré reducida a cenizas. Sólo quedaban las paredes y el techo, y del resto no queda nada, lo habían quemado todo, y lo que no, lo habían esparcido por todas partes. Un verdadero caos. Y en cuanto a Lekwongole, era un pueblo fantasma. Las llamas lo habían devorado todo, no quedaba ni una sola choza en pie. Apenas unas pocas personas vagaban por aquel siniestro paisaje, junto a perros callejeros y algunos pájaros.

Ahora hemos vuelto a trabajar en Lekwongole. Pasamos consulta a las personas que huyeron del pueblo y que se han instalado como han podido en los alrededores de Lekwongole. No se atreven a regresar a sus casas, primero porque ya no queda nada en pie, pero también porque tienen miedo de nuevos ataques. Así que la gente se acerca desde el campo en busca de comida -que esperan conseguir en la pista de aterrizaje- y en busca de asistencia médica.

Uno de los principales problemas a la hora de reanudar las actividades es el hecho de que nuestro personal local sufrió también las consecuencias de la violencia. Al poco de volver a Lekwongole seguíamos sin noticias de casi treinta de ellos; algunos regresaron después, pero de otros seguimos sin saber nada.

Tres semanas después de los ataques seguíamos recibiendo pacientes con heridas de bala y otras sufridas durante la huida. Pero también vemos muchos casos de malaria: casi la mitad de los pacientes que vemos la padecen. Vemos diarrea, infecciones respiratorias, y naturalmente esto se debe a que la gente se ha dispersado por el campo, buscando refugio como han podido entre árboles y matorrales, y duermen al raso y sin mosquiteras.

Estos han sido ataques de mucha virulencia. Yo mismo pude comprobar, viajando por la carretera que conduce desde aquí hacia el sur, que la mitad de las aldeas han sido atacadas e incendiadas. No es la primera vez que se produce un ataque en el Estado de Jonglei. El año pasado ya hubo varios, tanto aquí en Pibor como en Pieri, más al norte. Los equipos de allí también tuvieron los mismos problemas, con hospitales saqueados, evacuaciones, muchos heridos y entre ellos muchas mujeres y niños.

En los próximos posts me gustaría, simplemente, dejaros los testimonios de algunos de los pacientes que hemos atendido en estas últimas semanas, ya que no hay mejor forma de explicar lo sucedido.

(Continuará)

* Karel Janssens es coordinador de proyecto de MSF en Pibor, Estado de Jonglei.

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Foto superior: Pacientes atendidos en la clínica de MSF en Pibor tras los ataques (© Heather Whelan/MSF).

Foto inferior: Dentro de la clínica incendiada de MSF en Lekwongole (© Heather Whelan/MSF).

Mi nueva amiga ROSS*

Por Emmett Kearney (Médicos Sin Fronteras, Sudán del Sur)

 

Pasé la mayor parte de mi primera semana en la oficina de Médicos Sin Fronteras delante de mi ordenador, el mismo frente al cual había estado sentado la semana anterior en casa de mis padres, cerca de Chicago, en Estados Unidos. Cinco vuelos después, el escenario había cambiado sensiblemente. Los aeropuertos y los aviones se fueron volviendo cada vez más pequeños, hasta que aterricé en la localidad de Raja, en Sudán del Sur, en un avión monomotor del Programa Mundial de Alimentos.

La pista de aterrizaje, de tierra, se encuentra aproximadamente a una manzana de la oficina de MSF, que a su vez está separada del hospital en el que trabajamos por la distancia equivalente a un campo de fútbol.

Aunque la planificación e investigación que me tiene atado al ordenador es esencial para mi trabajo, siempre que puedo levanto la mirada por encima de la pantalla, alejándome, movido por la curiosidad de saber qué es lo que está sucediendo, y deseoso de “ensuciarme” las manos.

Como técnico de agua y saneamiento, en el hospital soy el responsable de supervisar las cuestiones relacionadas con la calidad y cantidad del suministro de agua, las letrinas y la higiene, así como de llevar a cabo el control vectorial (mosquitos, etc) y la gestión de los residuos procedentes de la atención sanitaria.

La parte técnica debería resultar sencilla: instalar tuberías, cavar zanjas, construir estructuras, sonreír y cortar la cinta. Pero estando en mitad de la nada, las cosas no son lo que uno espera. En este lugar perdido en el mundo, la mayor dificultad con la que nos encontramos es la provisión y abastecimiento de suministros.

El mercado local es un cuadro. En realidad me encanta, pero no encuentro nada que pueda servirme para mi trabajo. Ni siquiera está bien abastecido de comida. ¿Tuberías? Ni una. ¿Grifos? Lo siento, pero no. ¿Cemento? Tal vez, ¿para quién? ¿Cebollas? Sí, pero son caras. Aquí las cebollas son como el oro. Patatas ya ni siquiera se encuentran, pero tenemos un alijo gigante en la cocina. No hay vino… La escasez es genuina.

En el trabajo de gestión de equipos es donde las cosas se vuelven más complejas y difíciles para un técnico de agua y saneamiento. Se trata de formar a las personas, construir para ellas, o incluso muchas veces escucharlas. Como bien es sabido, los seres humanos somos bastante complejos por naturaleza, pero cuando no se comparte el mismo idioma, las mismas raíces culturales, ni se compra en las mismas tiendas, las relaciones pueden volverse mucho más complejas aún. ¿Cómo puedo diseñar letrinas para estas personas cuando llevo en su país menos de una semana? Lo que, por cierto, resulta ser una coincidencia, ya que este país , Sudán del Sur, sólo tenía una semana de vida cuando llegué.

 Por mucho que quisiera creer que mi trabajo es el más importante (que no salga de aquí, pero lo es sin ningún tipo de duda), somos una organización médica, y estoy aquí para apoyar esas actividades. Nuestra doctora argentina, una persona muy enérgica, me ha enseñado el hospital. Edificio por edificio, habitación por habitación, fue indicándome la insuficiencia de puntos de agua, las deficiencias en el sistema de gestión de residuos, los problemas con las estructuras existentes e ideas de cara al futuro.

Hizo todo esto mientras saludaba a hombres y grupos de mujeres y niños con una energía y naturalidad más propias de alguien que se presenta a un cargo público. “Salam aleikum. ¿Tammam?”. “Tammam”, contestaban ellos con una sonrisa. Hizo de todo excepto besar a los niños. Durante la ronda hasta tuvo tiempo de salvar la vida de un bebé: nuestra última parada fue en la sala pediátrica, y justo cuando estábamos terminando, un problema médico con uno de los pacientes requirió su intervención inmediata. Así es más o menos como fue la cosa:

“¿Así que aquí iría un dispensador de agua potable aquí y allí una estación para el lavado de manos?”, digo yo, bizqueando, mientras me ajusto las gafas con el lápiz.

Por encima del hombro, mientras alguien le entrega un bebé que apenas puede respirar, ella me responde: “Lo siento, tengo que conectar este bebé a la máquina de oxígeno, colocarle la vía intravenosa, explicar al personal nacional el tratamiento que debe seguir durante las próximas horas, enviar a alguien rápidamente para que le diga a Wilson que vuelva a encender el generador para así tener la energía suficiente que haga funcionar la máquina, y buscar un traductor que le explique a la madre lo que le estamos haciendo a su hijo”.

“No te preocupes, me quedo por aquí haciendo un pequeño croquis de la sala de pediatría para señalar con puntitos la ubicación de las estaciones de lavado de manos y los dispensadores de agua. ¿Te parece? Estupendo, me quedo aquí entonces.” Por supuesto, lo único que dijo antes de pasar a la acción fue: “Lo siento, Emmeeeett, espérate”.

 Después de pasarme varios días en mi mesa trabajando cuestiones técnicas, examinando las existencias en el almacén e inspeccionando las instalaciones de agua y saneamiento del hospital, me vino bien darme de bruces con esta experiencia médica: me recordó para qué estamos aquí. La visita relámpago que hice con ella fue exactamente lo que necesitaba para conectar las mejoras propuestas en agua y saneamiento, con las personas para quienes lo estoy haciendo y, al mismo, tiempo con cómo debe hacerse.

 De todas maneras, todavía necesito involucrar más al personal nacional –desde médicos hasta personal de la limpieza-, así como a los pacientes, con respecto a la importancia del agua y el saneamiento. Luego tendremos que trabajar para conseguir las piezas que necesitamos…

Eso es todo de momento. De aquí en adelante, intentaré arrojar alguna luz sobre nuestro trabajo y sobre la situación que se vive en este rural, hermoso y hasta ahora tranquilo estado de Bahr el Ghazal Occidental, perteneciente a la recién independizada República de Sudán del Sur (ROSS). ¡Hasta el próximo post!

 

* ROSS: República de Sudán del Sur, por sus siglas en inglés

Emmett Kearney es logista y experto de agua y sanemiento y gestión de residuos. Ha trabajado con diversas organizaciones no gubernamentales, por ejemplo en la frontera entre Myanmar y Tailandia. Su primera misión con MSF se desarrolló en Zambia.

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Foto: Emmett Kearney (© MSF)