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Por aquí han pasado cooperantes de Ayuda en Acción, Cruz Roja, Ingeniería Sin Fronteras, Unicef, Médicos del Mundo, HelpAge, Fundación Vicente Ferrer, Médicos Sin Fronteras, PLAN
Internacional, Farmamundi, Amigos de Sierra
Leona y Arquitectura sin Fronteras.

Retos y supersticiones de la salud bucal en la India rural

Por Vicente Lozano, dentista voluntario de la Fundación Vicente Ferrer que visita pacientes en Anantapur.

Hace décadas que soy el coordinador de Odontología de la Fundación Vicente Ferrer (FVF). Mi labor y la de mis compañeros sanitarios, se ha centrado en diagnosticar y tratar las patologías orales que presentan los pacientes que hemos visitado, en los servicios de Odontología de los hospitales de Kanekal y Bathalapalli, en el sur de la India.

En nuestro Dental Office (Servicio de Odontología) de Kanekal tratamos a una media de 56 pacientes al día, y en el de Bathalapalli, a otros entre 35 y 40 pacientes diarios. Poseemos todos los medios a nuestro alcance, tanto para el diagnóstico como para los tratamientos orales, y la FVF no ha escatimado en recursos para obtenerlos. Damos gran importancia al diagnóstico clínico y a la observación de los tejidos blandos orales, ya que las casta bajas (dálits y grupos tribales), al ser en su mayoría masticadores de betel y tabaco, pueden presentar tumores malignos. Además, consideramos que la profilaxis y prevención oral son básicas. Por ello, recorremos las aldeas apartadas con las Brigadas Rurales organizadas por la FVF y la ONG española, Dentistas Sin Fronteras.

En esas zonas, alejadas de la civilización y prácticamente sin recursos, nos esperan para que hagamos la visita, les diagnostiquemos y se realice la operatoria oportuna. Hay días, que entre 15 licenciados en odontología, tratamos una media de 350 pacientes. El récord lo ostentamos en agosto del 2008, cuando atendimos en un día a 530 pacientes. Vicente Ferrer, que aún vivía, fue testigo de ello. Nos quería y cuidaba mucho.

Para nosotros es prioritaria la prevención oral. Por eso, explicamos en los colegios de las castas bajas, cómo tienen que cepillarse los dientes. En colaboración con la industria, les damos cepillos dentales a los críos, enseñándoles una profilaxis correcta tras cada ingesta. Hay un porcentaje elevado de diabéticos en nuestra zona, motivo por el que hemos de ser muy cuidadosos con las historias clínicas de los pacientes, antes de cada intervención.

Además la presencia excesiva de flúor (fluorosis) en las aguas de la zona, hace que se presente una mayor patología dentaria. Los pacientes van perdiendo el miedo al odontólogo, especialmente en las zonas rurales muy apartadas. Muchos creen, que tras una extracción de una raíz de un diente, pueden perder la memoria o no reconocer a los seres queridos; es una lucha titánica contra esas costumbres ancestrales, que muchas veces dificulta nuestra labor sanitaria.

También es prioritario para nosotros, tanto los que trabajamos en los servicios de odontología de Kanekal o Bathalapallli, como en las Brigadas Rurales de Dentistas Sin Fronteras, la atención a los más desfavorecidos, a los que nadie quiere en la familia: los menores con VIH, discapacitados físicos o psíquicos, ciegos, sordomudos, que sí son tratados en la FVF de forma gratuita, a la vez que reciben escolarización, alimentos y cobijo. Fruto de esta labor, hemos publicado trabajos de investigación en revistas de alto impacto, además de varias tesis doctorales de algunos de nuestros licenciados voluntarios.

Lo que más nos emociona a los voluntarios que tratamos a estas castas bajas y tribales durante todo el año, es el agradecimiento que nos muestra la población. No tenemos palabras para compensar la gratitud de los pacientes, porque ellos nos dan mucho más de lo que nosotros les ofrecemos. Sus sonrisas, darnos la mano, ofrecernos una flor o una galleta, son muestras de agradecimiento constantes, y hace que nuestro trabajo sea tremendamente gratificante.

La tierra de nadie en la que los niños son el problema de otro

Por Sarah Crowe, especialista de comunicación de UNICEF, desde Níger.

Agadez, Níger. Nada podría estar más lejos de las puertas del paraíso que este desierto abrasador que se extiende mucho más allá de lo que la vista puede abarcar.

Y, sin embargo, es esto. Escondidos en los guetos, distribuidos entre los alrededores de esta antigua ciudad de color dorado y paseando en los centros, hay cientos de migrantes. Están abandonados, con deseos truncados y sueños incumplidos. Están en camino hacia o desde los países vecinos, o más allá. Algunos –sorprendentemente, no la mayoría- tienen como último objetivo atravesar las ardientes arenas del Sáhara hacia lo que se está convirtiendo rápidamente en el escurridizo Eldorado: Europa. Muchos niños viajando solos, madres lactantes, recién nacidos, y multitud de hombres jóvenes y enfadados porque su búsqueda ha sido interrumpida.

Agadez (Níger) fue una vez la capital africana de la migración, un cruce de caminos para la gente en tránsito, un bullicioso centro para los traficantes y para quienes vendían al borde de la carretera máscaras y mascarillas para el sobrecogedor viaje. Traficantes esperando su mercancía humana. Las autoridades cerraron los ojos entonces. Ahora, a medida que Europa y el norte de África –en una restricción generalizada de la migración– endurecen sus fronteras y cierran sus puertos, generando un drama en alta mar, este remoto centro se ha convertido efectivamente en la nueva frontera de Europa. Las llegadas a Italia entre enero y principios de junio se redujeron en dos tercios, en comparación con el mismo periodo del año pasado, cuando 60.000 personas cruzaron desde África del Norte.

La tierra de nadie en la que los niños son el problema de otro

Centro para migrantes en Agadez, Níger / © UNICEF/UN0209686/Gilbertson VII Photo

Desde noviembre del año pasado, más de 8.000 personas de África Occidental, incluidos 2.000 niños, han vuelto a Níger desde Argelia. Otros 900 refugiados y solicitantes de asilo del este de África, trasladados desde Libia, esperan los lentos y complejos reasentamientos o reunificaciones familiares que determinen su futuro.

Níger es uno de los países más pobres del mundo y todavía soporta las peores consecuencias de las políticas de los países ricos de “fuera de la vista, fuera de la mente”.

Los apresurados acuerdos entre un país y el siguiente (UE-Turquía, UE-Libia, Francia-Níger, Argelia-Níger) están haciendo de la migración el problema de “otro”, empujando a las personas migrantes como una “patata caliente” hacia el sur. Los niños pagan el precio más alto, con pocas estructuras que les mantengan seguros.

Estos rechazos han provocado que las apuestas sean más altas y las rutas más arriesgadas.

En medio de una tormenta de polvo, con un calor abrasador, conocemos a un joven guineano furioso por haber sido expulsado en la frontera desde Algeria, donde huía de una vida en las calles haciendo trabajos esporádicos. Comenzó una arenga gesticulando ferozmente, pero sus palabras eran tan acertadas como angustiosas: “El desierto se ha convertido en un cementerio para nuestros hermanos africanos, y a nadie le importa”.

Él es uno de los que fueron devueltos desde Argelia, abandonados en una tierra de nadie en el desierto, a temperaturas de 48º, a kilómetros de la frontera con Níger, obligados a caminar hasta que pudieran encontrar transporte y refugio. Muchos procedían de Zinder, Níger, una empobrecida ciudad que depende de las ayudas desde hace mucho tiempo.

Irónicamente, cuando los migrantes son llevados a Agadez, a un llano totalmente seco con apenas unas tiendas de campaña desgastadas, los niños de la zona les rodean con boles de plástico, pidiendo una limosna a quienes la pedían antes que ellos.

Es un grupo variopinto, algunos podrían ser clasificados como refugiados. Conozco a liberianos que dejaron su país durante la crisis del ébola, a guineanos que huyen de tiempos difíciles, a nigerianos que escaparon de Boko Haram, y a otras personas que huyeron de la tortura y los sufrimientos en Libia. Tres naciones de la ONU –ACNUR, la OIM y UNICEF- han aumentado la respuesta en Níger.

“El cumplimiento de las leyes anti migratorias ha cambiado las dinámicas del país. Estamos viendo un aumento de los niños no acompañados, y una utilización de rutas en las que no pueden ser rastreados, lo cual las hace más peligrosas”, explica Dan Rono, oficial de protección infantil de UNICEF. “Es un viaje duro para un adulto, así que imagínate para un niño de 11 años. Es casi imposible para él”.

La tierra de nadie en la que los niños son el problema de otro

Un grupo de migrantes sudaneses juega al fútbol en un refugio en Agadez, Níger / © UNICEF/UN0209677/Gilbertson VII Photo

Solo en abril se produjo un incremento del 14% respecto a los meses anteriores de gente moviéndose por Níger; un tercio de ellos eran niños, exhaustos y traumatizados. La cifra real podrías ser mucho más alta, ya que muchos niños están escondidos o no se les ha detectado.

Omar, un niño de 14 años de Sierra Leona, pertenece a una de esas estadísticas ocultas. Desgarbado y de movimientos torpes, lleva una gorra de los yankees, una camiseta sin mangas, pantalones holgados y chanclas, prácticamente son todas sus pertenencias. Está censado en un lugar llamado “Gueto”, a las afueras de Agadez, esperando la oportunidad de cruzar. Dejó su casa porque su padre no pagaba la matrícula de la escuela.

“Decidí ir a Libia, o a Europa para tener una buena vida. No volveré a casa hasta lograrlo, hasta llegar a ser un buen chico para ayudar a la familia que ha quedado atrás”, me cuenta. “Si me quedo en casa seré un mal chico. Beberé, fumaré…pero no quiero esa vida. No quiero ser un mal chico. Si voy a Europa podré ir a la escuela. Seguiré jugando al fútbol”.

Según estudios de UNICEF, aunque la mayoría de los niños migrantes se quedan en África y no desean ir a Europa, un tercio de los que sí quieren llegar, como Omar, dicen que es por su educación.

Un antiguo traficante, Dan Ader, cuyo lucrativo negocio se desmoronó cuando se produjeron las restricciones, nos explica: “Hay muchos muertos porque hay miles de rutas. Si tu GPS tiene un pequeño fallo estás perdido. Nunca encontrarás tu camino de nuevo”.

UNICEF estima que. entre enero y mayo, unos 120 niños se ahogaron en el mar. Al menos en el mar hay guardacostas. Pero nadie patrulla el vasto y letal mar de arena.

Eso no les disuadirá de seguir intentándolo.

La desesperación y los sueños les convierten en filósofos y poetas. Las inscripciones en las celdas y los grafitis en los sombríos muros de los guetos cuentas sus historias, garabateadas con carbón:

“Europa o nada. Dios está allí”. “Es mejor morir en el mar que morir delante de tu madre sin nada”.

La tierra de nadie en la que los niños son el problema de otro

Transporte de migrantes y refugiados en Zinder, Níger / © UNICEF/UN0209720/Gilbertson VII Photo

La migración es tan antigua como la propia humanidad. Para muchos, un rito de iniciación a la edad adulta, o sencillamente una manera de buscar una vida mejor. Y no parece que el cierre de puertas y fronteras vaya a detenerla. África tiene la población más joven y que crece más rápidamente. Hay un dicho que cuenta que “África está sentada con sus bolsas preparadas”. Una de las pintadas de Agadez es un crudo recordatorio de una de las razones: “África es rica, pero sus niños la abandonan por sus malos gobiernos”.

Pero solo un 15% de quienes están migrando en África muestran interés por llegar a Europa.

Así que gestionar la migración es algo global, y ahora que los Pactos Mundiales sobre Refugiados y Migraciones se están finalizando, la UE y otros actores necesitan realmente aprovechar este momento para poner las necesidades de los niños desarraigados por encima de los intereses nacionales. También hay que mantener a las familias juntas y a los niños seguros, e invertir en países como Níger y otros del sur, que reciben a más migrantes y refugiados en un mes que todos los países del norte en un año.

Para muchos de ellos, el verdadero paraíso perdido es el ser desarraigado de su hogar y de sus seres queridos, sobre todo para los niños solos. Ahora miran a los estados más poderosos, a la UE y a la Unión Africana para que establezcan un sistema migratorio adecuado que no les deseche como el viento que les llevó a orillas extranjeras.

El reto de formar y retener sanitarias en la India rural

Por Silvia Muíña, voluntaria en la Fundación Vicente Ferrer.

Ser enfermera o enfermero en la India significa tener un puesto de trabajo asegurado. Aún así, son las ganas de ayudar y ser útil a una sociedad con tantas carencias sanitarias las verdaderas motivaciones que llevan a muchas jóvenes a optar por este futuro profesional. Desafortunadamente, una vez en el mercado laboral, muchas se tienen que enfrentar a un sistema sanitario con recursos insuficientes y acaban optando por migrar.

Esta problemática es especialmente grave en el mundo rural, y contribuye a cronificar la falta de personal sanitario cualificado en estas zonas, donde vive el 70% de la población de la India.

El Informe Mundial de Salud de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sitúa a la India como uno de los 60 países con “escasez crítica de personal sanitario” y según datos de la revista The Lancet, el país tiene alrededor de 12 médicos, enfermeras y parteras por cada 10.000 personas, una cifra por debajo del índice de referencia de la OMS. El sistema de salud del país asiático es insuficiente para cubrir las necesidades de sus más de 1.300 millones de habitantes.
, en la India faltan 1,94 millones de profesionales de la enfermería, según un análisis del periódico IndiaSpend (2017), de los datos del Indian Nursing Council (INC) y de la OMS. Algunos de los problemas relacionados con la retención de profesionales son la inseguridad laboral y los salarios bajos tanto en el sector público como en el sector privado.

Uno de los pilares básicos del programa sanitario de la Fundación es precisamentearticular una red sanitaria rural que logre una cobertura básica y de calidad y paliar la falta de personal sanitario. Para ello en 2004, la FVF puso en marcha una Escuela de Enfermería, en las instalaciones del Complejo Sanitario de Bathalapalli, destinada a formar y retener profesionales

Beena Joseph, directora de la Escuela, recuerda que en los comienzos solo había 8 estudiantes. Hoy, el centro recibe 200 solicitudes para 45 plazas anuales. 25 de ellas son una cuota para el Gobierno, el resto son estudiantes becados por la Fundación Vicente Ferrer.

En estos 14 años han pasado por la Escuela cerca de 500 alumnas. El 50% se quedan trabajando en algunos de los tres hospitales de la Fundación. La otra mitad opta, o bien por continuar estudiando especializándose en la Universidad, o bien por trabajar en hospitales en grandes ciudades como Bangalore o Hyderabab, donde su sueldo será más alto y podrán ayudar a sus familias, que reside en las aldeas.

Respecto a la importancia de tener una Escuela en una zona rural destinada a mujeres, Beena subraya el valor de la educación en las jóvenes que, de otra forma, acabarían casándose a edades muy tempranas. Se trata de dar las herramientas para que estas mujeres se empoderen y puedan cuidar de sí mismas y de sus familias. Ahora, aunque se casen, el 99% sigue trabajando como enfermeras.

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Los jóvenes reporteros de Bikoro se movilizan contra el ébola

Por Christophe Yoka Nkummu Daddy, responsable de los jóvenes reporteros de UNICEF en Bikoro (República Democrática del Congo)

El 8 de mayo, el Ministerio de Salud declaró un brote de ébola en Bikoro, una zona de la provincia de Ecuatoria en República Democrática del Congo. Hasta la fecha se han registrado en este lugar unos 23 casos, 18 de los cuales han terminado con la muerte del paciente. Se ha identificado a más de 250 personas que estuvieron en contacto –directo o indirecto- con ellos, y que ahora están en observación.

Me llamo Christophe Yoka Nkumu. Soy supervisor de los Jóvenes Reporteros de Bikoro desde hace tres años. Siempre he querido guiar y proteger a los niños. No entiendo cómo alguien puede abandonar a un niño o menospreciar sus derechos. Dirigir a los Jóvenes Reporteros de Bikoro me permite entender qué problemas afrontan los niños en mi comunidad y poder hacer algo para mejorar su situación.

Los jóvenes reporteros de Bikoro se movilizan contra el ébola

Los Jóvenes Reporteros realizan actividades de sensibilización en las escuelas para combatir el ébola/ ©UNICEF

Cuando escuché por la radio la declaración del Ministerio de Salud, me dije a mí mismo que ningún niño debería morir a causa de esta enfermedad. ¡Debíamos actuar rápido! Inmediatamente reuní a los Jóvenes Reporteros y nos reunimos con el médico jefe del distrito. Era fundamental que los chicos recibieran información durante esos primeros días para poder empezar a actuar sin dilación. Algunos niños estaban un poco reacios porque no sabían nada del ébola. Después de una breve charla, el miedo dio paso a la motivación.

De un niño a otro

Concienciar en las escuelas es absolutamente crucial para combatir la propagación del virus del ébola. Los Jóvenes Reporteros establecieron puntos de lavado de manos y explicaron a los niños los buenos hábitos que debían incorporar a sus rutinas diarias. En solo unos días, ocho reporteros llevaron a cabo sesiones de sensibilización para 2.000 escolares de la ciudad de Bikoro. Es más, cuando un niño habla a otro, podemos estar seguros de que el mensaje será comprendido y tenido en cuenta fácilmente.

Los niños son discriminados por otros niños en la escuela. Recuerdo el caso de un niño de 12 años cuyo padre recibía tratamiento en el Centro de Tratamiento del Ébola (ETC, por sus siglas en inglés). Bikoro es una ciudad pequeña, así que cuando la dirección de la escuela se enteró de que el padre del chico estaba ingresado, decidieron que no podría ir más a la escuela. Durante más de dos semanas, este estudiante de cuarto grado tuvo que quedarse en casa. Los Jóvenes Reporteros lucharon por que le permitieran volver a clase. Todo le va bien a hora a este niño. Ha vuelto a la escuela y su padre ha salido del ETC.

Por el momento, las actividades de sensibilización solo se realizan en escuelas de educación primaria, pero creo que deberíamos ampliarlas a todos los centros educativos. El ébola no se detiene en el sexto curso de educación primaria.

¿Cómo podemos ampliar la concienciación?

Además de las actividades de sensibilización en escuelas, podemos publicar nuestros mensajes a mayor escala. Desafortunadamente, y a diferencia de otros distritos, Bikoro no tiene una emisora de radio comunitaria a través de la cual poder difundir buenos hábitos. Eso sería demasiado fácil. Desde un solo lugar, podríamos alcanzar a la población más remota sin tener que desplazarnos hasta allí. Pero así, ¿cómo podríamos recorrer cientos de kilómetros para que los Jóvenes Reporteros puedan difundir su mensaje?

Una emisora de radio comunitaria podría también permitirnos divulgar la Convención sobre los Derechos del Niño y aumentar la concienciación de la gente sobre las enfermedades transmitidas a través del agua, que están devastando nuestra ciudad. Podríamos hablar fácilmente sobre todo esto en la radio, y llegar a poblaciones que normalmente son inaccesibles.

Hay algo que no tuvimos en cuenta: desde la declaración del brote de ébola en Bikoro, decenas de trabajadores humanitarios han llegado a la zona. Esto ha dificultado el acceso a internet.

Pero a pesar de las dificultades, los Jóvenes Reporteros de Bikoro siguen dispuestos a concienciar a la población de Bikoro sobre el virus del ébola y a mostrar al mundo lo que aquí está ocurriendo.

Notas desde el Congo (IV): La pequeña de ojos asombrados

Por Ida Moberg, doctora de MSF en la República Democrática del Congo

La doctora Ida Moberg se encuentra en su primera misión con Médicos Sin Fronteras (MSF). Desde el poblado de Numbi, en la provincia de Kivu sur, al este de la República Democrática del Congo (RDC), relatará en un diario de campaña el trabajo en el hospital de esta pequeña aldea y el día a día de las comunidades locales.

La cesárea en curso acaba de dar un giro inesperado. La placenta está atrapada en el útero y la mujer se desangra en la mesa de operaciones. Solicitamos el apoyo de otro cirujano. Los dos médicos y la anestesista tratan de detener el sangrado. Mientras, yo me encargo de la pequeña bebé. Es prematura. Ha nacido un mes antes de la fecha prevista del parto y no llega a los dos kilos.

Le cuesta respirar así que después de limpiarla, ventilo sus pulmones por medio de un balón de respiración. Tras unos minutos, respira por sí misma y la llevamos a la sala de recién nacidos.

A pesar de la cirugía y de varias transfusiones de sangre, no podemos salvar la vida de la mujer. Ahora la pequeña está sola en el hospital. Su padre llega al día siguiente. Sin embargo, regresa a su pueblo para enterrar el cuerpo de su esposa y deja a la bebé en el hospital. Desde entonces, la niña ha estado sola.

Una bebé prematura en una hospital de MSF en Kivu norte. Gwenn Dubourthoumieu / MSF

La pequeña sufre una infección que tratamos con antibióticos por vía intravenosa. También tiene ictericia y aquí, en el hospital de Numbi, no podemos medir la cantidad de bilirrubina (la sustancia que causa ictericia) en la sangre. Tampoco tenemos una lámpara UV para tratarla. Lo único que tenemos son los rayos del sol, que ahora, en la época de lluvias, brillan por su ausencia. Por fortuna, a pesar de estas limitaciones la ictericia remite y la infección disminuye.

El otro gran problema es la alimentación de la pequeña. Es difícil encontrar leche materna aquí. Los hospitales de Suecia cuentan por lo general con un banco de reservas, pero estos es impensable en Numbi. No obstante, otra madre que acaba de dar a luz, comparte su leche con la pequeña que, de este modo, gana algo de peso.

Ahora la niña me mira con ojos de asombro. Quizás se pregunta que hace una muzungu (persona blanca en swahili) mirándola de este modo. A pesar del arduo comienzo de su vida, se siente algo mejor y con suerte tendrá el alta en poco tiempo. Pero no sabemos si su padre regresará o si tendremos que buscar a una familia que la adopte. Cruzo los dedos para que su padre regrese la próxima semana.

Garantizar el derecho a la educación de los niños y niñas en emergencia

Anne-Marie McCarthy, Gerente de Programas de Emergencia en Plan International

Temperaturas que a menudo superan los 40ºC, mucho polvo, viviendas hechas de paja y láminas de plástico que no ofrecen protección contra el calor, colas interminables bajo el sol para obtener algo de agua… Así es el campamento de refugiados de Minawao, en Camerún, hogar de unos 60.000 desplazados que han huido de sus hogares en Nigeria por culpa de Boko Haram.

Viajé hasta allí para ver cómo se desarrolla el trabajo de Plan International y para conocer de primera mano cuál era la perspectiva de los refugiados y del personal que a diario colabora en la zona.

Campamento de refugiados Minawao, Camerún.

Una vez en terreno, hablé con los padres y madres acerca de la educación de sus hijos e hijas. La mayoría, pese a las duras condiciones del campamento, deseaba que los jóvenes siguieran estudiando. Proporcionar una escuela y material escolar es imprescindible para asegurar que los niños y niñas continúen con su educación y puedan tener un futuro mejor.

“En la escuela vuelven a sentirse niños y niñas de nuevo, como si nada hubiera cambiado”, me contó uno de los líderes comunitarios. Nos comentó cuál es el papel de Plan International en el asentamiento y cómo los niños y niñas habían recuperado parte de su infancia. Gracias a la organización, que trabaja por los derechos de la infancia y la igualdad de las niñas, no solo se han podido construir centros de enseñanza, sino también letrinas y aseos para mejorar las condiciones higiénico-sanitarias de los niños y niñas, sus familias y comunidades.

Hablé con más desplazados y todos me dejaron claro que quieren regresar a su hogar. Plan International trabaja para que el regreso de estas familias se produzca lo antes posible: permite que los niños, niñas y mujeres jóvenes puedan seguir formándose en el campamento para que el día de mañana tengan capacidad y medios con los que volver a casa. Además, organiza reuniones con distintos líderes comunitarios procedentes de Nigeria para asegurar que no haya tensiones en el campamento y que la convivencia sea fácil.

Mi trabajo me proporciona perspectiva. Distancia para recordar que soy afortunada, que he podido recibir una buena educación y que eso ha hecho que hoy tenga este trabajo y esta vida. Los 22 millones de refugiados que hay en el mundo no siempre tienen estas oportunidades.

Notas desde el Congo (III): El pequeño Uwiringe y su pelea contra el cólera

Por Ida Moberg, doctora de MSF en la República Democrática del Congo

La doctora Ida Moberg se encuentra en su primera misión con Médicos Sin Fronteras (MSF). Desde el poblado de Numbi, en la provincia de Kivu sur, al este de la República Democrática del Congo (RDC), relatará en un diario de campaña el trabajo en el hospital de esta pequeña aldea y el día a día de las comunidades locales.  

Uwiringe tiene 11 años y  ha llegado al hospital desde un pueblo en las montañas a las afueras de Numbi. Por lo general, a esa hora del día está en la escuela y no en la cama de una sala de urgencias, como ahora.

Su padre, que lo ha llevado en brazos durante una hora para llegar al hospital, dice que ha enfermado esa misma mañana y que ha tenido diarrea. Desde entonces, ha empeorado muy rápido y apenas ha podido tomar nada.

Hay varios casos similares en el pueblo últimamente.

Un centro de tratamiento de cólera de MSF en Kivu sur. Marta Soszynska / MSF

Uwiringe sólo puede decir algunas palabras y yo casi no puedo sentir el pulso en su muñeca. No tiene fiebre, pero tiene la boca muy seca y cuando le pellizco la piel del estómago ésta no regresa inmediatamente a su lugar, lo cual es un signo claro de deshidratación.

Sospechamos que Uwiringe tiene cólera y deshidratación severa. Como el pequeño está tan débil, pues no es capaz ni de beber, iniciamos el tratamiento con fluidos por vía intravenosa y lo ubicamos en la pequeña unidad de aislamiento del hospital.

Se han dado varios brotes de cólera en Kivu sur en los últimos seis meses. MSF ha activado su respuesta para combatirlos y ha tratado a pacientes en los hospitales a los que apoya y en sus centros temporales de cólera. Además, el Equipo de Respuesta a Emergencias de Kivu sur (conocido como RUSK), que viaja por toda la región y realiza respuestas específicas, se ha activado para atajar la enfermedad.

Durante la noche, Uwiringe continúa con diarrea acuosa, así que seguimos con el tratamiento. Al día siguiente, se siente un poco mejor y puede empezar a beber suero.

Hoy se ha levantado casi recuperado y la diarrea ha cesado. Creemos que ya está lo suficientemente bien para que le demos el alta. Aunque ahora ya puede caminar al lado de su padre y mañana irá a la escuela de nuevo.

Soy parte de un cambio real (un proyecto de comercio justo con mujeres con de castas bajas y con discapacidad)

Por Rocío Luque, diseñadora artesanía de comercio justo Fundación Vicente Ferrer.

Este 12 de mayo se celebra el Día Mundial del Comercio Justo, iniciativa de la WFTO (Organización Mundial del Comercio Justo, por sus siglas en inglés) que reclama este movimiento como una contribución tangible a la lucha contra la pobreza, la explotación laboral y el cambio climático. El comercio justo se identifica un modelo de negocio que rescata los valores humanistas, apostando por un desarrollo sostenible.

Durante este día podremos acudir a múltiples eventos y actividades que celebran este movimiento basado en los principios éticos del comercio. Disfrutaré de estas actividades, pero no podré evitar tener mi cabeza a más de 10.000 kilómetros de distancia, concretamente en la India. Para mí este día no solamente significa una apuesta por el cambio en el tipo de consumo sino también un paso lleno de esperanza hacia el progreso y el desarrollo que asegura las necesidades de muchas vidas, entre ellas, las de más de trescientas hermosas y valientes mujeres con las que trabajo en la India rural.

El proyecto de comercio justo de la Fundación da una oportunidad a quienes sufren discriminación por partida triple: mujeres, de castas bajas y con discapacidad.

Desde hace cuatro años coopero como diseñadora de producto de artesanía en la Fundación Vicente Ferrer (FVF). Esta labor me permite pasar varios periodos en terreno para desarrollar las distintas colecciones de producto. En 2001 la FVF crearon en Anantapur los primeros talleres-residencia para mujeres sin recursos y con discapacidad de las zonas rurales del estado sureño de Andhra Pradesh, dando oportunidades a quienes sufren discriminación por partida triple: por ser mujeres, por pertenecer a castas bajas y por tener discapacidad. La iniciativa persigue que más de 320 mujeres de las zonas rurales de Anantapur consigan independencia económica, mejoren su autoestima, aprendan un oficio y sean reconocidas y valoradas en su entorno familiar y en su comunidad.

Durante mis estancias allí, trabajo mano a mano con este colectivo de mujeres, potenciando su formación profesional y realizando las primeras muestras de aquellos productos que posteriormente se pondrán a la venta.

En relación con el trabajo de diseñadora he de decir que supone un constante reto al mismo tiempo que un aprendizaje continuo. El diseño consiste en hacer una mezcla nueva e interesante de elementos conocidos para crear productos llenos de frescura y originalidad, consiste en explotar los datos reunidos a partir de una investigación y conseguir traducirlos de forma adecuada. A través de distintas actividades de producción creativa, transformamos y creamos objetos de una naturaleza muy distintiva, ya que pueden ser funcionales, utilitarios, estéticos, decorativos, artísticos, creativos, etc. En mi opinión estos productos tienden a adquirir el carácter de piezas únicas; ya que predomina en su creación la aplicación de energía humana, de la actividad física y mental de este colectivo de mujeres. Los productos se realizan con las manos, sin un carácter seriado y con la ayuda de herramientas manuales e incluso de algunos medios mecánicos o maquinaria relativamente simple.

Esta concepción e idea de los elementos y las orientaciones creativas siempre está presente en mi trabajo, pero en este caso la realidad hace que la adaptabilidad, perseverancia y la paciencia sean las herramientas más necesarias para cumplir con tus objetivos. En este caso la realidad y su dificultad están por encima de las expectativas que tengas en tu cabeza. El trabajo con una cultura completamente diferente a la tuya implica un ejercicio de reflexión y consciencia de nuestra propia cultura. Las distintas formas de entender y analizar el mundo logran cohesionarse. Construir relaciones, ya sean laborales o personales, con gente de diferentes culturas, es vital para formar comunidades diversas que sean suficientemente poderosas para alcanzar objetivos significativos. En este caso hemos logrado entender y asumir nuestras necesidades como equipo.

Como consumidora de este tipo de productos quiero subrayar la importancia de rescatar estos valores humanos y solidarios, no en un sentido caritativo o de asistencia, sino como un concepto central que potencia una economía social centrada en las personas, en el reconocimiento y la puesta en valor del trabajo y las relaciones que se establecen entre las personas, no en un sentido utilitarista sino en un sentido social de reconocimiento de “un otro”.

A modo de conclusión, lo que me resulta más importante al mismo tiempo que apasionante, es formar parte de este proyecto. Lo emocionante de este trabajo es la propia experiencia con estas mujeres, el día a día, los descubrimientos, los buenos y malos momentos, todos ellos transformados en lecciones diarias de superación y valentía. Desde el punto de vista profesional me aporta muchísimo porque aprendo que hay diferentes vías para llegar a un mismo producto.

Formar parte de un proyecto que posibilita el acceso laboral a un colectivo en dificultad, sentirte parte del empoderamiento y el aumento de autoestima y confianza que tienen las artesanas, su independencia, su legitimidad, su autonomía hace que te sientas parte de un cambio real.

Notas desde el Congo (II): Hakuna matata

Por Ida Moberg, doctora de MSF en la República Democrática del Congo

La doctora Ida Moberg se encuentra en su primera misión con Médicos Sin Fronteras (MSF). Desde el poblado de Numbi, en la provincia de Kivu sur, al este de la República Democrática del Congo (RDC), relatará en un diario de campaña el trabajo en el hospital de esta pequeña aldea y el día a día de las comunidades locales.  

Han pasado unos días desde que llegué a Numbi. Todo es intenso y lleno de nuevas experiencias. También está siendo una lucha para mí lidiar con el francés. De hecho, varias veces, me he descubierto pensando en cómo he podido ser tan inconsciente en aceptar una misión en un país en el que se habla francés…

Pero para complicar aún más las cosas, no todo el mundo lo habla, claro. La lengua de la mayoría de los pacientes del hospital es el swahili y el kinyarwanda. Así que he aprendido algunas frases en swahili para saludarlos y preguntarles cómo se sienten:

Habari Gani (¿Cómo estás?)

Unaumwa na nini (¿Qué te pasa?)

De todos modos, hay veces en que puedo identificar el problema que tiene el paciente. Pero si este acude a la consulta con una historia algo más larga, me quedo allí de pie, quieta, cómo un gran signo de interrogación. Por suerte, hay una enfermera local que traduce del swahili al francés para que la comunicación no sea un problema.

MSF trabaja en Numbi desde 2014. Desde entonces, el antiguo centro de salud ha ido convirtiéndose en un pequeño hospital. Ahora las comunidades locales tienen mejor acceso a la atención médica que antes cuando tenían que caminar o montarse en una motocicleta durante varias horas por caminos casi impracticables.

EL pequeño hospital de Numbi. Pau Miranda / MSF

La accesibilidad es uno de los mayores desafíos en el montañoso Kivu sur. La temporada de lluvias actual hace que conducir por las carreteras sea aún más difícil. El viaje de 150 kilómetros de Bukavu a Numbi nos llevó ocho horas. En varios puntos del camino nos encontramos con que los puentes se habían derrumbado. Así pues, tuvimos que conducir a través de ríos y pequeños arroyos para continuar nuestro camino. Pero a pesar de que íbamos en un jeep con tracción en las cuatro ruedas, nos quedamos atascados después de que otro puente, uno pequeño, se cayera. Pero la situación se resolvió cuando vinieron a  socorrernos varia personas que pasaban por allí.

En swahili, se usa la expresión hakuna matata. Significa “no hay problema”. ¡Creo que puede ser un buen lema para mí en Congo!

Vacunas para cada niño en Mosul

Por Jennifer Sparks, consultora de comunicación de UNICEF

La doctora Rivah y sus colegas del Centro de Atención Primaria de Al Quds, en la parte oeste de Mosul (Irak), están ocupados tratando de mantener quieto a Mohammed, de dos años, durante el tiempo suficiente para poder administrarle una dosis de la vacuna de la polio.

Finalmente, logran calmarle y vacunarle. Cuando Mohammed se da cuenta de lo que ha ocurrido y empieza a llorar, la doctora Rivah ya está actualizando su cartilla de vacunación y sus compañeros están preparando las dosis para el siguiente joven paciente.

Vacunas para cada niño en Mosul

Mohammed, de 2 años, tras recibir la vacuna contra la polio /© UNICEF/Iraq/2018/Sparks

Meses después de la operación militar para recuperar Mosul, centros de salud como este siguen llenando un vacío importante. Son clínicas –no equipadas plenamente como un hospital- funcionando más allá de su capacidad habitual. “Este centro ayuda al vecindario. La gente que viene no es siempre de esta zona. A menudo vienen de muy muy lejos en busca de ayuda. Pero no somos un hospital, nadie se queda aquí a pasar la noche”.

Los tenues pasillos de este centro de salud, de dos pisos, están atestados de gente. Los edificios cercanos están muy dañados, porque el oeste de Mosul fue duramente golpeado durante las operaciones militares para recuperar esa zona de la ciudad el año pasado.

Algunos han venido para cosas rutinarias, otros por una emergencia. Las mujeres vienen para obtener atención obstétrica, también para dar a luz. Esto da al personal una oportunidad de difundir el mensaje de la importancia de la vacunación.

“A las mujeres que vienen aquí a dar a luz, les hablamos del programa de inmunización. Así saben exactamente a dónde y cuándo venir”, nos cuenta la doctora Rivah mientras nos muestra el calendario impreso en la tarjeta de vacunación que deja claro qué vacunas deben administrarse y a qué edades.

La infraestructura médica fue gravemente dañada durante las operaciones militares para recuperar Mosul en 2017. Además de los largos y habituales cortes de energía, había un serio déficit de medicamentos. Los hospitales eran a menudo objetivo de los ataques, y muchos médicos y enfermeras estaban entre las 800.000 personas que huyeron de la ciudad. La doctora Rivah se quedó. “He trabajado aquí durante cuatro años. No me fui, pero tuve que parar de trabajar durante un tiempo”.

Vacunas para cada niño en Mosul

En 2017,los hospitales de Mosul sufrieron muchos ataques, y parte del personal médico abandonó la ciudad. La doctora Rivah fue una de los que se quedó/ ©UNICEF/Iraq/2018/Sparks

Para muchos residentes, llegar al centro médico es todavía difícil. Así que una de las maneras más eficaces de garantizar que los niños reciban sus vacunas es que los sanitarios lleguen a ellos. “También tenemos vacunadores que recorren los barrios y explican a los padres que deben vacunar a sus hijos”, explica la doctora.

Las campañas de vacunación tienen resultados muy positivos. Irak se mantuvo libre de polio en 2017, gracias a las dos tandas de vacunaciones para más de 5,6 millones de niños menores de cinco años organizadas el Ministerio de Sanidad, la Organización Mundial de la Salud y UNICEF. Además, UNICEF apoyó campañas masivas de vacunación y exámenes del estado nutricional de los niños que huían de las zonas afectadas por el conflicto. Más de 306.000 niños fueron vacunados contra la polio en Mosul, y cerca de 300.000 contra el sarampión y la rubeola.

La vacunación es solo una de las actividades de salud que UNICEF apoya en Mosul, a través de suministros para la cadena del frío y la formación a personal del gobierno que vacuna puerta a puerta. UNICEF trabajará próximamente con el departamento de Salud para contribuir a rehabilitar los servicios de agua de los hospitales de la ciudad, junto con la Media Luna Roja de Qatar.

Para la doctora Rivah, la vacunación es una de las maneras más sencillas que tienen los padres de evitar que sus hijos vuelvan al hospital aquejados de una enfermedad prevenible. “Soy feliz cuando podemos ayudar en el centro de salud. La gente ha sufrido mucho. Aquí tenemos todas las vacunas para ayudar a que los niños estén sanos”.

Del 24 al 30 de abril se celebra la Semana Mundial de la Vacunación. Se estima que las vacunas salvan cada año cerca de 3 millones de vidas infantiles. Sin embargo, en 2016 unos 1,4 millones de niños menores de cinco años murieron a causa de una enfermedad prevenible mediante una vacuna.