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Siete años de guerra en Siria: la inspiradora carta de una joven siria

Por Mouna Otham, alumna de clases de refuerzo apoyadas por UNICEF en Siria

Mouna, de 20 años, nació con una discapacidad visual. A los obstáculos que afronta de por sí, se han unido los siete años de guerra en Siria y los desplazamientos. Pero ella está decidida a continuar con su educación y a estudiar ciencias políticas. Mouna quiere que el mundo la escuche, y por ello participa en un programa radiofónico semanal en el que debate sobre temas que interesan a jóvenes como ella.

Mouna nos ha enviado una carta escrita en braille, que transcribimos a continuación:

“Me llamo Mouna Otham y soy de Alepo, Siria. Tengo 20 años. Vivo con mi padre, mi madre, dos hermanos y una hermana. Todos vivimos en una casa. Nos hemos visto obligados a desplazarnos cinco veces entre Alepo y Hama.

La situación es más tranquila ahora en mi pueblo, pero sigo sin poder volver. Muy poca gente lo ha hecho, y nosotros no podemos permitirnos arreglar nuestra casa, que quedó parcialmente destruida durante los combates.

Aunque nací ciega, siempre me he sentido agradecida porque no hay nada difícil para mí. Estoy decidida a lograr mis objetivos en la vida.

Siete años de guerra en Siria: la inspiradora carta de una joven siria

Mouna, de camino a la parada del bus escolar cerca de su casa, en Alepo / ©UNICEF/Syria2018/Khudr Al-Issa

La guerra, y sobre todo los desplazamientos, me afectaron mucho. Cada vez que hago nuevos amigos tengo que dejarlos. Echo de menos cada casa en la que hemos vivido.

Cuando la guerra empezó, siempre tuve miedo de no poder encontrar la estabilidad. Pero después me sentí más fuerte, sabiendo que tengo derecho a vivir y a aprender.

La guerra también se llevó a un amigo muy querido. Le arrancaron la vida como a una flor que está a punto de florecer. Fue asesinado por un proyectil en un ataque mientras reparaba su casa. Lloré mucho después de su muerte. Solíamos hablar mucho sobre las dificultades que afronto. Él me dio la fuerza para enfrentarme a esos obstáculos.

Empecé a ir a la escuela cuando tenía 12 años. Era un colegio para niños discapacitados visuales. En una semana aprendí braille, y en un solo año pasé dos cursos.

Después, cuando tuvimos que movernos, fui a un colegio normal. Allí mis amigos me ayudaron mucho. Ellos me leían las lecciones y yo las escribía. Tengo una herramienta especial para escribir, llamada pizarra de braille, que tiene un bolígrafo especial para perforar el papel.

Ahora sigo con mi educación. Empecé a ir a clases de refuerzo de inglés y francés después de la escuela. Cuando voy al colegio, cuento lo que aprendo de mis amigos. Les ayudo a entender y aprender. Me encanta ayudar a los demás.

El mayor obstáculo al que me enfrento en la escuela es la falta de libros de texto en braille. Solo tengo los audiolibros, pero no puedo depender de ellos. Necesito libros en braille para poder estudiar. Copiar los libros de texto nos lleva a mis amigos y a mí unas siete horas al día. Apenas tengo tiempo para estudiar. A pesar de los avances tecnológicos, los libros son los mejores recursos.

También me gusta participar en programas de radio de sensibilización, algo que hago cada semana. Comparto mis opiniones y hago sugerencias a otros jóvenes. Debatimos temas como el matrimonio temprano, el divorcio en la familia, el trabajo infantil, etc.

Más adelante quiero estudiar ciencias políticas. Mi amiga Maram me habló de esta materia y me encantó. Espero lograr ir a la universidad en el futuro.

Finalmente, deseo de todo corazón que todos los niños puedan recibir educación. Aprender es lo más importante en esta vida. No hay vida si no hay educación. Cuando la recibimos, vemos la vida de manera positiva.

Y aquellos que han tenido la oportunidad de recibir una educación deberían difundir y compartir sus conocimientos con otros. Así es cómo se desarrollan las sociedades.

Con todo mi amor y respeto,

Mouna”
(Alepo, Siria)

Servicios de Salud para las mujeres beduinas del Valle del Jordán

Marta Vallina Bayon, delegada de Cruz Roja Española en Ramallah

“Me he convertido en un referente en mi comunidad para aquellas mujeres que no tienen acceso a información en materia de salud sexual y reproductiva así como en salud preventiva”. Así de orgullosa se muestra Fatma Balo, voluntaria del Comité Comunitario de la Media Luna Roja Palestina (MLRP) en Jericó.

Fatma es una piedra angular en el proyecto de salud sexual reproductiva para las mujeres beduinas y residentes del Valle del Jordán, que cuenta con la financiación de la Agencia Andaluza de Cooperación Internacional para el Desarrollo.

A través de este programa se han creado 3 comités comunitarios en las comunidades del Valle del Jordán (áreas de Tubas, Nablus y Jericó).

Finalizado ya el proyecto estos comités cuentan con 56 miembros activos que durante la intervención han colaborado en la prestación de servicios de salud sexual y reproductiva y la realización de actividades de sensibilización en la materia para 16.287 personas, en su inmensa mayoría mujeres.

Estos comités responden a una forma de intervención que la MLRP puso en marcha hace ya 15 años y en los que el voluntariado juega un papel fundamental. Los comités comunitarios fueron creados en un intento por reforzar el trabajo de los voluntarios y voluntarias en sus propias comunidades apoyando la resiliencia de la población y la resiliencia individual.

Estos comités se extienden por todo el territorio palestino (Jerusalén Este, Franja de Gaza y Cisjordania) y coordinan su actividad a través del Departamento de Trabajo Comunitario con los diferentes departamentos y delegaciones de la MLRP.

Reciben una formación general que incluye primeros auxilios, evaluación de necesidades comunitarias, habilidades comunicativas entre otros y sus miembros se especializan en las necesidades específicas de sus comunidades.

En un contexto de crisis crónica como el que vive Palestina, el fortalecimiento de la resiliencia de la población se ha convertido en una herramienta clave para fomentar el bienestar de las personas así como para contribuir a la sostenibilidad de las intervenciones humanitarias que buscan paliar el sufrimiento de la población tras 50 años de Ocupación.

Y, para fomentar esta resiliencia, hay que contar con un voluntariado local capacitado y preparado, un voluntariado que, a su vez, permite desarrollar las habilidades personales y profesionales de sus miembros.

“Cuando terminé mis estudios de Enfermería me encontraba perdida, no encontraba trabajo y sentía que mis estudios universitarios no tenían sentido. Baja de ánimo y sin saber muy bien hacia dónde dirigirme, me apunté en diciembre de 2015 al Comité Comunitario que la MLRP estaba creando en Jericó. Allí, conocí a otras jóvenes como yo, todas queríamos hacer algo pero no encontrábamos nuestro lugar. A través de las formaciones en las que participé así como en las actividades comunitarias que hemos desarrollado durante estos años he crecido como persona y como profesional. He adquirido las habilidades sociales que me van a permitir desarrollar mi profesión así como me he convertido en un referente en mi comunidad para aquellas mujeres que no tienen acceso a información en materia de salud sexual y reproductiva así como en salud preventiva”.

Victoriia Panchenko, marcando la diferencia para los mayores afectados por la guerra en Ucrania

Por Ben Small, Coordinador del Área de Comunicación e incidencia y de HelpAge International

Cuando ocurre un desastre o un conflicto, las personas locales son no solo las mas afectadas, sino también las primeras en responder para salvar vidas y proveer el soporte a los más necesitados.

Cuando esto sucede en tu comunidad, sabes con certeza quienes son los que más ayuda requieren, y esto te conduce a asegurar que tengan seguridad y confort. También es una manera de mantenerte ocupada ya que un suceso de estos puede durar meses y aun años. O bien, tu has sido un receptor de ayuda que tu has recibido.

No hay un arquetipo humanitario, cualquiera puede serlo, y por eso quiero compartir la inigualable historia de Victoriia Panchenko, que está marcando la diferencia para adultos mayores cuyas vidas se han visto asoladas por la guerra en Ucrania.

Por Victoriia Pachenko, de voluntaria en Sviatohirsk a desarrollar Red Poppy

Todo comenzó cuando los militantes anti gobierno estallaron en la Ciudad de Sloviansk al este de Ucrania, en 2014, y decidí quedarme. Envié a mi hija Alina a la ciudad rural de Sviatohirsk para mantenerla a salvo mientras continuaba con mi trabajo en la escuela local

Mientras me encontraba en la escuela, un misil aterrizó a solo 150 metros. Los niños estaban tomando un examen, y me mantuve firme. A solo tres días después de verme envuelta en un bombardeo, salvando mi vida mientras zigzagueaba por las calles evitando las explosiones, tomé la decisión de irme. Me fui hacia Sviatohirsk en donde se encontraba mi hija.

Poco después de mi llegada, decidí que tenía que hacer algo para ayudar, y desde entonces no ha habido vuelta atrás. Me uní a un equipo de voluntarios que registraban a los desplazados internamente, asegurando que se cubrieran sus necesidades de albergue, comida y ayuda psicológica. En el momento de mayor afluencia, se registraron hasta 500 personas en un solo día.

En un solo mes, me llegue a convertir en directora voluntaria al frente de un equipo de 60 personas. Encargada de designar las tareas, entrenar a los nuevos voluntarios y lidiar con los horarios de trabajo.

Sloviansk fue retomada por las fuerzas gubernamentales en Julio 2014, pero la gente continua llegando a Sviatohirsk, saliendo de ciudades como Donetsk y Gorlovka. En el momento que regresé a Sloviansk en septiembre para reincorporarme al trabajo, ya se habían ayudado a 30.000 personas.

No quise detenerme una vez en casa, aun hay muchas personas en la ciudad y en la región de Donetsk que necesitan ayuda. Por lo que junto con los voluntarios con quienes he trabajado en Sviatohirsk inicié una organización llamada “Red Poppy”. Renuncié al trabajo en la escuela para dedicarme de lleno al voluntariado, como cabeza de Red Poppy.

Algunos de mis colegas y yo hemos sido premiados con certificados de honor de UNHCR. Estoy realmente orgullosa y muy contenta de poder ayudar a las personas vulnerables

Mi actividad de voluntariado me ha llevado a obtener una recomendación para obtener una posición en HelpAge International, en nuestro programa de respuesta de emergencia en Ucrania. Al principio como Directora de Subsidios y posteriormente como Oficial de Protección e Inclusión.

Parte clave del puesto es escuchar a la gente mayor, ¿cuáles son sus necesidades? y verificar que es lo que HelpAge puede hacer para ayudarles. Supervisar el Proyecto para asegurar que las personas mayores reciban la protección que requieren, así como también hablar con los voluntarios regularmente para asegurar que tienen las habilidades para realizar correctamente su trabajo y entrenarlos. Así como también a otras organizaciones sobre inclusión por edad o discapacidad.

La historia de un hombre mayor a quien conocí durante mi trabajo, me afectó de forma muy particular. Él vive solo en un tercer piso en un edificio de departamento en Svitlodarsk, una ciudad muy cerca del frente, donde constantemente se escuchan detonaciones; tiene una salud muy precaria, hace una década sufrió un infarto y actualmente fue diagnosticado con cáncer. El impacto de ambas enfermedades lo han dejado muy frágil. Su mal equilibrio le dificulta caminar y permanecer de pie. No quiere ir muy lejos ya que dos años de constantes bombardeos lo han dejado traumatizadom temeroso de salir de su departamento.

Los voluntarios de HelpAge, lo visitan diariamente, y hacen lo posible para tratar de mejorar su calidad de vida, necesita cuidados por un periodo muy largo, ya que carece de fuerza para ir al baño, por lo que los voluntarios le han provisto de una silla toilet. Fue una lucha el que él aceptara que le era indispensable, sin embargo puede mantener algo de dignidad mientras está en casa.

Le llevan comida, le ayudan para que coma y tratan de asistirlo de todas las formas posibles a su alcance. Tratan de hacerlo independiente ya que con esto desean que pueda integrarse de mejor manera a la comunidad. Yo ayudé a estos voluntarios motivándolos y dándoles elementos para sobrellevar los retos a los que se enfrentan.

En realidad amo mi trabajo. Cada vez que conozco gente mayor en mi comunidad, me inspira a encontrar nuevas formas de mejorar sus vidas. Aún cuando el conflicto termine en Ucrania, yo no me detendré. Seguiré ayudando gente vulnerable en cualquier forma que pueda.

Mutilación Genital Femenina: una generación más en la lucha

Por Eva Gilliam, UNICEF en Yibuti

Mariam Kako nació en el suburbio de Arhiba, en Yibuti, el 13 de abril de 1986. La mayor de seis hermanos, dejó el instituto para ayudar en casa y, en algún momento, encontrar un trabajo.

“Afortunadamente sabía leer y escribir”, recuerda Mariam. “Por eso conseguí trabajo”.

Mariam trabajaba registrando niños para campaña de vacunación contra la polio en el centro de salud.

En 2005 la invitaron a participar en un programa comunitario de empoderamiento basado en derechos humanos. Allí aprendió acerca de la Convención sobre los Derechos del Niño y acerca de derechos de la mujer, democracia, salud, medio ambiente, protección infantil y gestión de proyectos. La formación fue impartida por una ONG senegalesa con décadas de experiencia, Tostan.

Mutilación Genital Femenina: una generación más en la lucha

Mariam se ha convertido en una gran influencia para las niñas de su aldea /©UNICEF

UNICEF y UNFPA, con apoyo del Ministerio de Mujer y Familias de Yibuti, invitó a Tostan a liderar esa formación e implementar el programa en el país. Mariam fue una de los cinco invitados al curso, que duró dos años. Al finalizar, ella a su vez facilitaría otros cursos a otras comunidades.

En su primer año de formación conoció a Ali. “Tenía clase por la mañana y prácticas por la tarde. Caminé más que nunca en mi vida”, explica Mariam. “Y él siempre estaba allí, charlando, pidiéndome mi número”.

Mientras tanto Mariam aprendía sobre resolución de conflictos, derechos humanos, derechos de la infancia, democracia…y se unió a un movimiento contra la mutilación genital femenina. “Aprendí todo sobre problemas de salud, sus peligros, y que realmente debemos acabar con ello por la salud de nuestras niñas”.

Ali y Mariam se casaron, y a los dos años de empezar la formación tuvieron una niña. “Me entristecía perderme mi graduación, pero ver a mi perfecta hija hizo que mereciera la pena”.

Mariam sufrió mutilación genital femenina cuando tenía cinco años. “Recuerdo todo, cada mínimo detalle. Sigue todo en mi cabeza: dónde fue, quién me sujetaba. Y cómo todo se enmascaró como una fiesta, con regalos y música”.

Le cortaron el clítoris y los labios mayores y menores con una cuchilla de afeitar. Luego cosieron los dos lados. Es la forma más común de los tres tipos de mutilación genital femenina que se practican en Yibuti.

Era 1991, un tiempo en el que el 98% de las mujeres de entre 19 y 49 años sufrían mutilación genital femenina en ese país. Era ilegal desde los 80, pero era y sigue siendo una tradición entre la mayoría de grupos étnicos.

Mariam se puso de parto el día de su graduación. “Era perfecta. Miré a mi madre y le dije que no estaba autorizada para cortarla. La tradición acaba aquí”.

Pero su madre era una firme tradicionalista. Una semana después de dar a luz, cuando Mariam salió de casa para recoger su certificado de graduación, su madre vio la oportunidad y llamó a una “cortadora” de la zona. Cuando Mariam y su marido volvieron se encontraron a su bebé sangrando y gritando.

Durante los siguientes 40 días el bebé siguió sangrando. A los seis meses, había bajado de peso hasta alcanzar el peso que tenía cuando nació. La infección estaba apagando su cuerpecito.

“Estaba avergonzada y aterrorizada. ¿Cómo podía tener una hija víctima de la mutilación genital? Si fuera al médico sería como admitir la culpa, a menos que no le dijera la verdad y denunciara a mi madre y a mi marido, algo que no podía hacer. Estaba paralizada. Solo podía contestar al médico con monosílabos”. Con seis meses, la hija de Mariam murió.

“Pude ver el arrepentimiento en los ojos de mi madre. Pero era demasiado tarde”.

Según una encuesta de 2016, el porcentaje de mujeres que sufren mutilación genital femenina en Yibuti ha pasado del 98% al 73%.

Cortaron a mi madre con semanas de vida, y a mí también”, explica Mariam. “Nunca he conocido la vida sin la mutilación, y nunca lo haré. Creo que ahora puedo usar lo que sé para parar estas tradiciones dañinas”.

No puedo recuperar a mi niña, pero sí puedo evitar que le pase a otras. Y con suerte, algún día podre tener otra hija”.

En 2017, de una muestra de 960 niñas en riesgo, el 60% se libró de la mutilación genital femenina. Esto fue posible gracias a la movilización social. Gracias a personas como Mariam Kako.

Sudán del Sur: registrar un nacimiento es proporcionar una identidad

Por Simon Crittle, UNICEF en Sudán del Sur

Aloch Valentino, de solo un día de vida, succiona el pecho de su madre ajena al revuelo que hay a su alrededor.

Esta diminuta niña de Sudán del Sur está rodeada de médicos y funcionarios que apuntan su nombre y fecha de nacimiento en un gran libro manoseado. Con este registro se generará un documento que la niña mantendrá durante toda su vida: una partida de nacimiento.

Cuando en 2011 Sudán del Sur logró su independencia, no existía legislación para registrar los nacimientos o expedir partidas de nacimiento. Y con el país atrapado en una guerra civil desde 2013, la mayoría de nacimientos (más o menos el 65%) no se ha documentado.

Sudán del Sur: registrar un nacimiento es proporcionar una identidad

Aloch Valentino y su madre /©UNICEF/ Sudán del Sur / Simon Crittle

UNICEF lanzó un programa piloto para abordar esta laguna y ayudar al Ministerio de Sanidad a registrar los nacimientos. Desde que se puso en marcha, 100.000 recién nacidos han sido registrados en dos de los diez estados del país. Las madres que dan a luz en hospitales y clínicas rellenan un formulario y reciben un documento de notificación. Debido a que el 88% de los bebés nacen en casa, las matronas que asisten estos partos se han unido también a la iniciativa.

“Los padres pueden llevar ese documento a la oficina de inmigración para tramitar la nacionalidad, obtener pasaportes, matricular en la escuela, o incluso demostrar la propiedad de parcelas de terreno”, explica el funcionario de estadísticas del Ministerio de Sanidad, Albino Buli. Además, nos cuenta que el registro de nacimientos proporciona datos cruciales sobre el número de niños que nace, lo cual permite planificar cuándo y dónde establecer infraestructuras como escuelas, carreteras y hospitales.

Los niños menores de cinco años no solo reciben su documento de notificación, sino que también están incluidos en una base de datos. Los mayores de esta edad, que nunca fueron registrados, también reciben los nuevos documentos, tras haber sido identificados mediante listas en papel. UNICEF ha aportado ordenadores e impresoras al programa, así como artículos básicos de oficina como papel para imprimir las notificaciones y tinta para los sellos oficiales.

Antes de que Sudán del Sur se escindiera de su vecino del norte, Sudán, el entonces gobierno nacional, instalado en Jartum, registró algunos de los nacimientos del sur. Sin embargo, estos documentos ahora son inaccesibles para los sursudaneses, que no tienen los medios para viajar al norte y solicitarlos. Muchos ciudadanos que lo han intentado cuentan que fue muy difícil.

Si el parlamento aprueba las leyes federales para establecer un sistema formal de registro de nacimiento, los padres podrán cambiar los documentos de notificación por verdaderos certificados de nacimiento. Para entonces, el gobierno y UNICEEF creen que el actual programa piloto habrá establecido la mayoría de herramientas y procedimientos para registrar los nacimientos en los diez estados del país, tanto en ciudades como en pueblos remotos.

Richard Silas, oficial de protección de UNICEF, explica que si se aprueba el proyecto de ley los actuales documentos de notificación serán expedidos paro los trabajadores de salud. Estos se los entregarán a los padres, y con ellos podrán solicitar al gobierno un certificado de nacimiento.

La notificación demostrará que un niño nació en un lugar determinado en un día y hora concretos”, nos cuenta. “Luego los padres irán al lugar donde se expiden los certificados, y pasarán esa información al certificado”.

Fue más difícil emitir las notificaciones en las áreas remotas de Sudán del Sur, donde la mayoría de la gente no eran conscientes de la importancia de tener documentos identificativos. “Como parte del programa piloto”, concluye Silas, tenemos voluntarios comunitarios trabajando desde la base, concienciando sobre la importancia de registrar los nacimientos y yendo con un cuaderno para registrar a los niños”.

“Déjame tu pasaporte y todo irá bien, te prometo que vivirás como una reina”

Beatriz Garlaschi. Cruz Roja Española. Belgrado-Atenas. Enero 2018

  • Chantajes, cambio de identidad, secuestro, malos tratos, violaciones, matrimonios forzados, tráfico de órganos o asesinato, son solo algunos de los patrones que se repiten en los millones de casos de trata de personas en todo el mundo.
  • Resulta un tanto anacrónico tener que hablar de esclavitud en el siglo XXI, pero la realidad es que la trata de seres humanos, responde a una versión moderna de esclavitud, reconocida como tal por Naciones Unidas.
  • “La trata” es un problema difícil de identificar en sus primeras fases, que puede afectar a cualquiera y puede darse en cualquier país.
  • Esta crónica cuenta cómo, en Serbia, la Cruz Roja se ha convertido en un referente en la prevención de trata de personas, a través de un proyecto en el que colabora Cruz Roja Española desde el año 2011, una experiencia que puede trasladarse a otros países de Europa.

En Belgrado, las mañanas son ya bastante frías en este mes del año, pero hay multitud de gente caminando hacia el trabajo en las calles del centro. En los parques, deambulan grupos de hombres, cabizbajos, con las manos metidas en los bolsillos. Algunos de ellos son mercaderes modernos, traficantes, que se citan en los lugares públicos y abiertos para discutir sobre los precios de viajes y personas migrantes; prometen una agradable bienvenida a Europa: con la llegada todo será fácil, encontrarán a sus seres queridos y serán felices para siempre.

Entre las mafias que actúan como agencias de viaje para las personas migrantes y los traficantes de personas, hay diferencias, pero se trata solo de una delgada línea que se cruza con frecuencia.

La historia sobre Ana Doula (nombre ficticio), es una de esas historias que te dejan paralizada: Ana era una niña bosnia de 17 años, cuando un familiar convenció a sus padres para llevarla a algún lugar de la Ex-Yugoslavia, prometiéndoles una vida mejor para ella. Esta fue una mala decisión de unos padres con poca información, que solo querían lo mejor para su hija; pero Ana se fue para no volver jamás con ellos, y se convirtió en una esclava sexual, obligada a perpetrar robos, a captar a otras víctimas y a consumir drogas que pagaba con sus horas de esclavitud.

Aunque era triste pegar a otras chicas, había que hacerlo, para sobrevivir, estaba muy perdida, pero en los días en los que le encargaban salir y “hacer negocios”, se sentía grandiosa e importante.

Pasados algunos años de cautiverio, los captores de Ana fueron identificados y encarcelados, se había convertido en una adulta, y tuvo una segunda oportunidad: intentó rehabilitarse y recuperar cierta normalidad; quiso ayudar a otras chicas a ser conscientes de los escurridizos trucos de los traficantes. Pero al final, no fue posible escapar de su pasado; las secuelas psicológicas fueron en su caso más profundas que las huellas físicas que había en su cuerpo. Volvió a enfrentarse con las amenazas de otros traficantes, hasta que entró de nuevo en el bucle del mercado de seres humanos. Hoy, si está viva, tendrá unos 35 años.

Esta es la imagen principal del proyecto de prevención de trata de personas de la Cruz Roja de Serbia, y simboliza a personas tratadas como objetos, privadas de dignidad, de libertad, y de su condición humana. La figura parece humana, pero en realidad, su humanidad se ha convertido en un objeto. La brecha en la cabeza simboliza las secuelas psicológicas de la trata.

La trata puede estar al lado de casa

A muchos padres, madres y docentes de nuestro país, el término esclavitud les puede sonar a problema ajeno y lejano, pero se trata de una situación que puede afectar a cualquiera, y en la que si se invierten recursos y esfuerzos,  (no en atemorizar, sino en educar) se puede hacer bastante para prevenir.

“La trata”, aunque suene a asunto peligroso y oscuro, es un tema de conversación en Serbia, país en el que la Cruz Roja tiene una reconocida experiencia por su trabajo de prevención, gracias a su proyecto “Contra la  trata de personas”, en el que colabora Cruz Roja Española desde el año 2011. Jelena Anjelic, es la coordinadora del proyecto, y para ella, la trata “es un problema relativamente escondido, porque se habla de ello, y se trata de una situación compleja que tiene muchas capas. Los jóvenes saben que existe, pero no son conscientes de que podrían tener el problema en casa, teniendo en cuenta que muchos de ellos quieren salir de Serbia para buscar mejores oportunidades”.

España está a la cabeza en la lista de países demandantes de prostitución, según Naciones Unidas, por lo que somos parte del problema también por ese lado. Pero, es sin embargo en los países de tránsito de personas migrantes hacia la Unión Europea, (y sobre todo en Macedonia, Montenegro, Serbia o Hungría) donde existe un fuerte foco de personas víctimas de trata, debido en parte a la llegada de personas migrantes y refugiadas procedentes de la misma Europa, de Asia o África, sobre todo de menores que viajan a Europa solos.

La situación de los niños y niñas que viajan solos es de lo más desgarrador que puede ver un trabajador del ámbito social

Las mafias han abierto los ojos y los bolsillos ante la llegada de tanta “mercancía”  fácil de menores migrantes no acompañados durante los dos últimos años. A veces, caer en estas redes surge de la pura necesidad por sobrevivir, y los menores solos se dejan llevar por las falsas promesas, en un país cuyo nombre a veces desconocen, que no es el suyo y donde ellos no son de nadie (hasta que un desconocido se encarga de ponerles un dueño, un nombre falso y unas cadenas).

Salimos de Belgrado y después de un recorrido de unos 100 kilómetros  hacia el Oeste por la autopista A3, en dirección a Zagreb, llegamos a Sid, una ciudad de unos 14.000 habitantes, que se encuentra a tan solo tres kilómetros de la frontera con Croacia, donde todavía hay calles sin asfaltar y el barro que han dejado las lluvias acentúa el color gris de los edificios. Cruz Roja da de comer aquí  a 350 personas sin recursos cada día, y trabaja también en el centro de acogida de migrantes y solicitantes de asilo.

En Serbia, el problema de la trata tiene su versión doméstica y la de la inmigración. Por un lado, en la escuela infantil los horarios cambian cada semana, lo que hace muy difícil la logística familiar. Al final, muchos se quedan solos en casa. Y por otro lado, “el problema es que muchos jóvenes quieren irse de Serbia y no están informados, o no saben a quién acudir”, cuenta Vanja Stevanovic, una voluntaria de Cruz Roja de Sid que dedica gran parte de su día a capacitar a niños y niñas para que no caigan en las redes de los traficantes: “En nuestro país, cualquiera puede ser víctima de trata. El problema es que muchos jóvenes quieren irse de Serbia y no están informados o no saben a quién acudir. Nos asusta mucho, porque piensan que es fácil llegar a la Unión Europea. El año pasado se identificaron solo 55 casos, pero se sabe que hay muchos más”, añade.

Sid, Sombor y Subotica son tres de las ciudades fronterizas de Serbia que recibieron un mayor número de personas migrantes a principios de 2016. Los voluntarios de la Cruz Roja de Sid, expertos en trata de personas, han vivido todo tipo de casos, sobre todo después de que la ciudad se convirtiera en la última parada antes de la Unión Europea. Han conocido a familias que enviaban a sus hijos solos a Europa desde Afganistán o Irán. Las mafias les decían que el gobierno europeo pagaría por su reunificación, y así han viajado algunos niños solos hasta aquí, gracias al lavado de cerebro que los traficantes hacen a las familias.

La Cruz Roja Serbia imparte diariamente sesiones para prevenir la trata de personas, es una actividad que se realiza en todo el país y que comienza en la infancia con juegos adaptados a su edad. En la adolescencia, los mensajes son más contundentes, como la imagen que aparece en la pantalla del taller y que simboliza personas privadas de su dignidad humana y de libertad, a causa de la trata.

Una fórmula de Cruz Roja para aliviar el sufrimiento

La Cruz Roja de Serbia trabaja para proteger los derechos humanos,  convertida en una organización referente sobre trata de personas en el país, y en un reclamo muy atractivo para el voluntariado universitario, interesado en la prevención de trata de personas.

Vesna Milenovic, Secretaria General de la Cruz Roja de Serbia, sabe que el “peer to peer” (educación entre iguales) es un buen método,  y comenta que está “convencida de que la educación entre pares es el camino a seguir.  Ahora mismo, con la llegada de inmigrantes, el problema es aún mayor y estamos trabajando contrarreloj para prevenir que se den casos de trata de personas entre los menores no acompañados”.

Las formas de captación de personas en el mercado de la explotación son cada vez más “originales” y en Internet se libra otra batalla contra la trata. Por eso la Cruz Roja de Serbia trabaja también en un proyecto conjunto con Wikipedia en el que una selección de voluntarios, debidamente capacitados, está autorizada para publicar en nombre de Cruz Roja el contenido disponible sobre prevención de trata en esta plataforma para que sea accesible a todo el mundo.

En un día cualquiera que podría ser hoy, en un lugar de Europa fuera del espacio Schengen, una niña de 17 años entrega su pasaporte a un conocido durante un esperanzador viaje por carretera que le cambiará la vida. Confía en él, pues es el hijo de una prima de su madre, el chico tiene un coche y un look impecables. Antes de iniciar el viaje, el chico se muestra contento porque, le dice a la chica, “eres la mujer de mi vida, y te voy a hacer muy feliz…; déjame tu pasaporte”.

Historias de falsas promesas como ésta las cuenta el cortometraje The Observers, realizado por la organización UNITAS-Serbia. Estamos en Belgrado, la ruta por los caminos de la trata en Serbia termina curiosamente en el Festival de Cine serbo-japonés de la capital. El film es un recorrido por el lado más salvaje y aterrador de la vida de las personas víctimas de trata.

Vojin Milosavgevic, estudiante de medicina y voluntario de la Cruz Roja Serbia del proyecto contra la trata, en el Festival de Cine Serbo-japonés de Serbia, entes de la proyección de la película The Observers.

Escuecen los ojos cuando lees “trata de personas”, y nos resulta insoportable, inaceptable y psicológicamente difícil de digerir que esta lacra exista.  Pero lo cierto es que millones de personas en el mundo soportan sufrimientos parecidos a los de Ana Doula o a los de la joven de la película The Observers. Según la ONU, existen alrededor de 21 millones de personas explotadas, laboral o sexualmente, en un mercado inhumano que ya mueve mayores dividendos que el narcotráfico.

Tamara Vicanovic, estudiante de la facultad de Ciencia Política de Belgrado y voluntaria del proyecto de la Cruz Roja de Serbia, dice que para ella, “trabajar como voluntaria para prevenir la trata de personas es una forma de vivir”, y que está “segura de que en el futuro habrá una nueva generación más informada que la nuestra sobre la trata de seres humanos, ese es nuestro objetivo”.

Jóvenes sensibilizadas contra la trata a través del proyecto de Cruz Roja Serbia, en una de las aulas del Instituto de Enseñanza Secundaria de Sid (Serbia). Este centro participa muy activamente en campañas y aportando voluntarios y voluntarias al proyecto. Se trata de chicos y chicas que con un alto porcentaje de seguridad, ya no están en riesgo de caer en las redes de traficantes.

Zimbabue: “El estigma y la discriminación hacia pacientes con enfermedades mentales están muy extendidos en la sociedad”

Norman Magaya, enfermero de salud mental de MSF, trabaja en el equipo de rehabilitación de la unidad de Psiquiatría del Hospital Central de Harare

Soy el enfermero de rehabilitación de salud mental de la unidad de Psiquiatría del Hospital Central de Harare. Nuestro equipo trabaja con pacientes de la comunidad que han sido dados de alta tras una estancia en el hospital.

En las comunidades en las que trabajamos, el estigma y la discriminación hacia los pacientes con enfermedades mentales están muy extendidos. La gente carece de información sobre salud mental. La atención que se ofrece a los pacientes de salud mental no es la misma que la que se da a los que padecen otras patologías como el VIH, y hay pocos defensores de la salud mental, si es que hay alguno.

Personal de MSF y del Ministerio de Salud y Atención a la Infancia baila con pacientes durante la conmemoración, en la prisión, del Día de la Salud Mental. Como parte de la celebración, pacientes de salud mental de la prisión de Chikuburi, en Harare, representan testimonios con poesía hablada, bailes y actuaciones teatrales © Rachel Corner/De Beeldunie

Aquí la gente tiene ideas erróneas sobre la salud mental. Hay personas que asocian las enfermedades mentales con prácticas nocivas. Hay quien achaca estas patologías a espíritus malvados. Otros culpan a los pacientes por estar enfermos. A menudo se puede escuchar a gente que sostiene que los pacientes de enfermedades mentales han cometido crímenes contra otras personas y que la enfermedad es el castigo por esas acciones.

Todo esto se traduce en que cuando las personas padecen alguna enfermedad mental, sus parientes a menudo las llevan a algún curandero tradicional antes de acudir a hospitales o clínicas. También hay pacientes con enfermedades mentales que sufren el rechazo de su familia por su condición. Hay gente que directamente abandona a su familiar enfermo en los hospitales y nunca vuelve a ver cómo evoluciona.

Parte de mi trabajo consiste en conducir sesiones de psicoeducación con pacientes, familiares y con la comunidad en general, para que tomen conciencia de los problemas de la salud mental. A los parientes de los enfermos les doy una visión de la enfermedad de su familiar y les digo cómo pueden ofrecer apoyo como miembros de la familia.

Desde que se puso en marcha el equipo de rehabilitación de Médicos Sin Fronteras (MSF), que hace un seguimiento de los pacientes de la comunidad, el número de personas atendidas en el departamento ambulatorio del hospital se ha reducido. Se debe a que muchos pacientes están siendo atendidos en clínicas locales. Desde MSF damos formación a enfermeros de clínicas para proporcionar tratamientos y atención a los pacientes con enfermedades mentales, así que parte de mi trabajo es enseñar y formar a este personal. Por ejemplo, cuando vamos de visita a las clínicas ofrecemos a los enfermeros la posibilidad volver a ver a pacientes en nuestra presencia, así podemos apreciar cómo lo hacen y si hay algún área en la que necesiten asistencia.

Anna Morris es una bailarina zimbabuense que trabaja como entrenadora con MSF en la sala de salud mental. Enseña terapia de baile a los pacientes. Enfermeros y pacientes actúan durante la conmemoración del Día de la Salud Mental © Rachel Corner/De Beeldunie

El área de la salud de enfermedades mentales es la más abandonada, y a la que muchos trabajadores no desean dedicarse. Hay un estigma incluso entre los profesionales sanitarios. Pero también he visto a muchos pacientes que ahora están comprometidos con este trabajo. Algunos están haciendo sus propios proyectos y otros están contratados como profesionales. Cosas así me motivan.

Los retos a los que hacemos frente en el equipo de rehabilitación incluyen la escasez de personal en las clínicas. Los pacientes, a veces, no pueden tener las medicinas que necesitan si nosotros no les tenemos entre nuestros registros del equipo de rehabilitación. Algunas medicinas no están disponibles en la clínica. Hay pacientes que no tienen empleo, por lo que les es más difícil comprar medicación por su cuenta y recaen.

Cuando se introdujeron las actividades de rehabilitación, había cierta resistencia en las clínicas hacia la salud mental, porque esta no era una prioridad: la preferencia se daba a otras atenciones como el VIH, la tuberculosis, la malaria o el cuidado prenatal. La situación ahora es diferente. Nos sentimos parte del equipo.

Debra Machando, psicóloga clínica, durante un encuentro en la unidad de Psiquiatría del Hospital Central de Harare © Natacha Buhler/MSF

Para combatir el estigma que sufren los pacientes con enfermedades mentales, necesitamos sensibilizar a la comunidad sobre la salud mental. Son necesarias campañas de concienciación a todos los niveles, desde los barrios pasando por distritos y provincias hasta nivel nacional.

La salud mental está directamente relacionada con muchas otras condiciones psicológicas. Por medio de una enfermedad mental, se puede estar expuesto, por ejemplo, al VIH. La salud mental es la base de toda la medicina preventiva en términos de daño físico.

Batangafo: “Lo único que le queda a toda esa gente es su propia vida”

Por Natacha Buhler, responsable de comunicación de MSF en RCA

Desde finales de julio de 2017, los combates entre las facciones ex-Seleka y anti-balaka han vuelven a incendiar el norte de la República Centroafricana. Miles de personas se han visto obligadas a abandonar sus refugios en Batangafo y alrededores, en donde estaban instalados desde la crisis en 2013-2014. Muchos de ellos han buscado protección en el complejo hospitalario administrado por MSF.

“Estoy cansada de correr. Mientras se siga oyendo el zumbido de los disparos, me quedaré en el hospital”. Esther tiene 30 años y vive en una cabaña hecha con ramas. Junto a ella están su hija y su hermano menor. La cabaña está justo detrás del edificio en el que se encuentra el quirófano de nuestro hospital en Batangafo. El 29 de julio de este año, tras el enésimo estallido de violencia entre las facciones de la antigua coalición Seleka y la anti-Balaka, Esther y unas 16.000 personas más, buscaron refugio en este lugar.

Esther Ngaindiro, de 30 años, vive en el hospital de Batangafo desde el brote de violencia del 29 de julio. Antes, vivía en el emplazamiento de Baga para desplazados internos, donde algunos de sus familiares fueron asesinados durante los enfrentamientos. Ahora está en el hospital con su hija y otros miembros de su familia. Su madre decidió quedarse en Baga, ya que cree que si ella si Esther se separan, habrá más opciones de que alguna de las dos sobreviva para cuidar de la familia © Natacha Buhler/MSF

Los “acontecimientos”, como se conoce aquí la violencia que devastó el país en 2013 y 2014, todavía están presentes en la mente de todo el mundo. No todos los que huyeron de Batangafo en 2013 regresaron cuando pasó la gran oleada de violencia. Muchos tenían miedo de volver a sus casas y por eso unas 23.000 personas decidieron quedarse durante todo este tiempo en los campos de desplazados de la zona.

Sin embargo, si algo tengo comprobado en el tiempo que llevo aquí, es que en este país la violencia se ceba de manera especialmente cruel con los más débiles.  Aquellos que ya habían perdido todo en el pasado, vieron en julio cómo sus precarias cabañas quedaban completamente calcinadas, lo cual les llevó a tener que huir una vez más.

“No sé por qué pelean. Cualquier motivo parece ser suficiente para comenzar a luchar de nuevo; para aprovechar la oportunidad de saquearlo todo y dejarnos sin lo poco que tenemos. En los enfrentamientos de julio, algunos de mis familiares fueron asesinados y todas mis pertenencias fueron destruidas o robadas”, continúa Esther, que, como tantos otros, llevaba en uno de estos campos desde hacía tres años.

Hoy, Esther está en el hospital junto con miles de personas, con la esperanza puesta en que este lugar pueda brindarles un mínimo de seguridad. Y ojalá pudiéramos dársela, pero a día de hoy, por desgracia, ni siquiera un hospital puede considerarse a salvo de los combates o de las bombas. Lo que sí vemos es que la cantidad de personas desplazadas que acoge el recinto varía de acuerdo con la evolución del conflicto. A veces somos más y otras veces somos bastantes menos.

Desde que estallara la violencia en Batangafo, algunas personas que habían buscado un refugio intentaron volver a casa cuando la situación se calmó. Pero se vieron forzadas a refugiarse de nuevo en el hospital cuando la violencia resurgió a principios de septiembre © Natacha Buhler/MSF

Tras los incidentes de julio, la violencia continuó en Batangafo durante los meses de agosto y septiembre de este año, hasta que los ex-Seleka y anti-Balaka firmaron un nuevo alto el fuego. Luego, en octubre, surgió un nuevo grupo de “autodefensa” con las mismas ganas de pelear que todos los demás. Fue fundado en un pueblo situado no muy lejos de aquí y allí es donde ahora se están librando los combates; más allá del río que separa la ciudad de la comunidad vecina, Saragba. Muchos de los que llegan al hospital huyendo de allí lo hacen sin absolutamente nada. Y casi todos nos hablan de aldeas totalmente quemadas y de cuerpos sin sepultar.  La violencia aquí no cesa.

“Mi madre se quedó en el campo de desplazados. Me dijo que era mejor si nos separábamos, porque si algo le sucedía a una de nosotras, entonces la otra podría cuidar de la familia”, comenta Esther. “La temporada de lluvias fue dura, las lonas que usamos no nos resguardaban de la lluvia. Pasamos muchas noches de pie, apretujados los unos contra los otros. Se ha acabado la temporada y todavía seguimos aquí. No hay nada que hacer. Antes, me dedicaba un poco al comercio. Pero hace ya mucho que se nos acabó el dinero”.

Aunque refugiarse en el hospital de Batangafo puede ser la opción más fiable en términos de seguridad, también contiene riesgos ocultos como el contagio de enfermedades. Un hospital es esencialmente un sitio donde tratar a personas enfermas © Natacha Buhler/MSF

Hay poco que celebrar cuando pensamos en cómo será el futuro en Batangafo. Esther, como muchos, dice que espera que vuelva a reinar la paz para poder comenzar a ganar dinero y poder cuidar de su familia. Su mayor anhelo es el de enviar a su hija a la escuela. Pero no se acaba de creer que eso sea algo que pueda llegar a suceder algún día. “Para que haya paz, no puede haber hombres armados”, dice mirando al suelo. “Pero aquí los hombres no están dispuestos a dejar la violencia de lado”.

 

Médicos Sin Fronteras (MSF) ha prestado apoyo al hospital de Batangafo desde 2006, brindando atención médica gratuita a la población de la ciudad y de sus alrededores. La organización también ha establecido redes de trabajadores comunitarios en los cinco ejes fuera de la ciudad, de modo que el tratamiento para la malaria y para la diarrea siempre está accesible para la mayor parte de la población sin tener que desplazarse hasta el hospital. En la carretera de Ouogo, donde actualmente se libran los combates, solo dos trabajadores de 16 lograron llegar al hospital para reabastecerse del suministro de medicamentos paras sus respectivas zonas. La inseguridad también impide que el equipo de MSF acceda a aquellos lugares donde se libran los combates. La mayor parte de la población que vive allí ha huido al bosque o al campo, donde no tienen acceso a la atención médica, mientras que los puestos de salud en las aldeas han sido saqueados, destruidos o abandonados.Los trabajadores sanitarios también son víctimas del conflicto y, como todos los demás, se vieron obligados a huir para tratar de poner a salvo sus vidas.

MSF lleva trabajando en la República Centroafricana desde 1997 y hoy brinda asistencia médica a las poblaciones de Bria, Bambari, Alindao, Batangafo, Kabo, Bossangoa, Boguila, Paoua, Carnot, Zemio y Bangui. En 2016, la organización atendió un millón de consultas médicas, vacunó a 500.000 niños contra diversas enfermedades, realizó 9.000 intervenciones quirúrgicas y ayudó en el parto de 21.000 bebés en el país. Sin embargo, desde comienzos del año, con la intensificación del conflicto armado, la organización ha tenido que adaptar cuatro de sus 16 proyectos para responder a las necesidades más  urgentes de las personas directamente afectadas por el conflicto.

Cuando solo el 57% de los niños senegaleses acaba la educación primaria

Por Sara Diez, en Senegal, de Arquitectura Sin Fronteras.

Cuando llegas a Senegal, lo primero que te llama la atención es la acogida y la hospitalidad senegalesa. Su generosidad para dar lo poco que tienen, la tolerancia y el respeto hacia cualquier cultura y religión, son asombrosos.

Mi nombre es Sara, soy arquitecta y he trabajado en varios proyectos en Senegal. En este último, llevo 6 meses en una población llamada Joal-Fadiouth. Pertenezco a la ONG Arquitectura Sin Fronteras (ASF) y estamos construyendo una escuela llamada Centro de Educación Media III (CEM3).

Sara Diez con niños de la guardaría de CSF.

Trabajar en Senegal, como en otras regiones de África, supone un choque cultural grande. Significa adaptarse a una realidad que no tiene mucho que ver con lo que conocemos en España. Las cosas del día a día en las que ni reparamos, en Senegal se hacen protagonistas y condicionantes. La falta de agua potable y energía eléctrica está a la orden del día. Logísticas tan sencillas como lavarte los dientes mientras te preparas un café, no es algo que puedas hacer fácil ni rápidamente. Coger el metro para desplazarte en tu rutina diaria, aquí se traduce en coger un coche comunitario que se cae a pedazos o montar en una carreta de burros.

Como podréis imaginar, el sistema educativo y las condiciones de muchos edificios escolares, no son una excepción. Lo que en España es algo incuestionable, aquí no lo es tanto. Un claro ejemplo ha sido la anterior escuela del CEM 3 que se encontraba en muy mal estado. En época de lluvias se inundaba y se quedaba inutilizable dejando a casi 1.000 niños y niñas sin escuela durante meses. Como resultado, estas condiciones estructurales agravaban significativamente el ya de por sí complicado sistema de escolarización en Senegal.

Profesores y director del CEM 3. Detrás, el edificio en construcción de ASF.

Aunque este país cuenta con educación pública, que convive con la privada, y supone un 24% del gasto del Gobierno anual según el Banco Mundial, la tasa de abandono escolar en Joal- Fadiouth es muy alta. Debido a los pocos recursos económicos de las familias, los/as niños/as se ven obligados a comenzar a trabajar para ayudar en la economía familiar. En algunos casos, estos/as mismos/as niños/as son el único sustento para toda la familia si alguno de los padres fallece.

Como agravante, el rol tradicional de la mujer hace que, en algunos casos, las niñas deban quedarse en casa ocupándose del cuidado de sus hermanos/as y ayudando en las tareas domésticas. En otros, simplemente, les obligan a casarse demasiado pronto. A muchos de estos/as niños/as les gustaría seguir estudiando, pero sus circunstancias se imponen. El acceso a la educación es un derecho, pero en muchos lugares del mundo, solo un privilegio.

Según cifras del Banco Mundial, solo un 57% de los/as niños/as finalizan la educación primaria en Senegal, mientras que en España lo hacen un 99,2%. Entre los que terminan el primer ciclo escolar, se encuentra un 55,9% de los niños y un 60,2% de las niñas (frente al 97,3% y 97,5% en España respectivamente).

Frente a esta crítica situación, mantener edificios en mal estado que dificulten todavía más el acceso y continuidad en las aulas, es intolerable. Los/as niños/as de Senegal no pueden permitirse esos periodos de cortes en su breve educación. Y ese es uno de los objetivos de mi organización, Arquitectura Sin Fronteras, y por el que estoy aquí.

Escuela en construcción por ASF.

Durante la ejecución del proyecto, he trabajado en la obra con un equipo de hombres y mujeres senegaleses –ya que la empoderación de la mujer y la capacitación de la población son dos de nuestros principales objetivos-. Por ello, mi trabajo significa compartir muchas cosas de su cultura, dentro  y fuera de la obra. Comer todos juntos el thieboudienne con la mano, tomar el té varias veces al día, acompañarles en sus celebraciones católicas y musulmanas que celebran en armonía… Y todo ello con una filosofía de vida en la que prima la solidaridad y el respeto de los unos por los otros, el compartir todo lo que se tenga. Como ellos mismos dicen: ‘Nio far’, que significa en wolof (lengua senegalesa) que ‘Todos somos la misma cosa’.

Compartiendo experiencias con mujeres y hombres senegaleses en su día a día.

Es por eso que tras este tiempo me doy cuenta de una cosa. Los valores como la solidaridad, el respeto o la hospitalidad son enseñanzas que muchos senegaleses no han podido aprender en las aulas, o tuvieron que dejar de aprenderlas a una edad muy temprana. Sin embargo, deben de llevarlo en su ADN. Me han dado grandes lecciones de vida que deberían de tomarse como ejemplo, en muchas partes del mundo. 

Devolviendo la infancia a niñas y niños con la creación de espacios seguros

Por Fabian Boeckler, Plan International, desde Lago Chad. 

Los espacios seguros para la infancia son lugares en los que las niñas, niños y adolescentes están seguros y protegidos mientras desarrollan actividades lúdicas y deportivas que les permiten generar resiliencia y superar el trauma.

La falta de acceso siempre ha sido el mayor obstáculo a la hora de proporcionar ayuda humanitaria en algunos de los distritos locales de las áreas más afectadas del noreste de Nigeria, impidiéndonos a los trabajadores humanitarios llegar a los niños y niñas vulnerables, así como las mujeres y sus comunidades. Sin embargo, la iniciativa de las unidades móviles nos ha permitido llegar a las poblaciones más inaccesibles para llevar una ayuda muy necesitada.

El equipo de unidades móviles está formado por cinco miembros que incluyen nutricionista, enfermero, trabajadora social, ingeniero y conductor. Una parte esencial de la iniciativa es el espacio móvil de protección a la infancia. Este concepto está ganando fuerza (no sólo en Nigeria sino como componente clave de nuestra respuesta por todo el Lago Chad y en otras zonas). Una vez entendido en la teoría, estoy muy ilusionado de verlo llevarse a la práctica.

Los niños y niñas, sus familias y sus comunidades reciben el apoyo de Plan International, que colabora con ellos creando espacios seguros para la infancia © Plan International

Mi llegada a Watu

Cuando llegué a Watu, mis compañeros y yo paramos en un lugar prácticamente rodeado de edificios que habían sido colegios, donde pude ver incluso señales conmovedoras del conflicto: uno de los colegios había sido destruido. Sin embargo, a pesar de los escombros y la destrucción, pude sentir una atmósfera de alegría.

Para ser sincero, necesité un tiempo para adquirir perspectiva de lo que estaba pasando a mi alrededor, porque no era exactamente lo que me esperaba. Aunque había visto muchos de nuestros espacios seguros para la infancia en todo el mundo, esperaba encontrar una de nuestras típicas casetas grandes y blancas con niños y niñas jugando en su interior. Lo que me impactó al principio fue el gran número de niños, niñas y adolescentes que participaban de forma activa (hay más de 400 personas que forman parte de al menos ocho actividades).

Las chicas jugaban al fútbol; un grupo de chicos estaba perdiendo una partida del juego de la soga contra sus contrincantes femeninas; niños y niñas competían en carreras de sacos. Otros niños jugaban a construir edificios con ladrillos, a modelar arcilla, a hacer ganchillo, a dibujar o hacer los deberes (con el apoyo de varios de los trece voluntarios comunitarios).

Cuando le pregunté a una de las adolescentes a quién le iba a regalar el trabajo de ganchillo que estaba haciendo, contestó: “Hay niños y niñas en la comunidad cuyos padres no tienen dinero para comprarles ropa. La ropa que tejemos es para ellos”.

Mary and Salima son respetadas en la comunidad. Las dos, enfermera y profesora retiradas, son las únicas mujeres miembro de su cerrada comunidad de líderes locales © Plan International

Haciendo que todos los miembros de la comunidad se involucren

Durante mi visita al espacio seguro conocí a Elizabeth, nuestra trabajadora social y miembro de la unidad móvil. Llevaba un niño dormido en los brazos y explicó: “Este niño atrajo mi atención durante las actividades porque se mantenía aislado y no quería participar. Hablé con los voluntarios y, una vez que identificamos a los padres del pequeño, les ofrecimos apoyo y logramos que se implicaran”.

De esta forma se identifican los casos potenciales de menores en riesgo durante las actividades realizadas en el espacio seguro para la infancia. Elizabeth hace hincapié en la importancia del apoyo psicosocial y en la asesoría, pero también se ofrecen muchos otros servicios a través de las unidades móviles. Por ejemplo, los nutricionistas organizan una prueba para detectar la desnutrición infantil (el MUAC, que consiste en la medida de la circunferencia del brazo del niño o niña) de modo que los menores puedan ser remitidos a tratamiento en caso de ser necesario.

No hay refugio para la infancia

La columna vertebral de nuestro proyecto de unidad móvil son los voluntarios comunitarios. Entre ellos está Idris, que dice: “Antes de iniciar las actividades del espacio seguro para la infancia, los niños y niñas tenían mucho miedo de las experiencias que habían vivido. Permanecían en casa y no tenían otro lugar a dónde ir. Ahora, míralos. Están recuperando su infancia”.

Cuando le pregunto por qué es voluntario, Idris contesta: “Somos voluntarios porque es una forma de ayudar a nuestros niños y niñas. Queremos verlos crecer para que puedan ser alguien el día de mañana”. Si nadie se preocupa por la infancia, se estará preparando terreno para un nuevo conflicto. Cuando me despido, Idris me hace una promesa: “Aunque te vayas, nosotros continuaremos”.

Fabian Boeckler, Coordinador del Programa del Lago Chad, ha recorrido el mundo y visitado los espacios seguros para la infancia, un elemento clave en los programas de protección infantil en emergencias de Plan International. Ahora nos cuenta su viaje a Watu, una comunidad del distrito local de Michika en el Estado de Adamawa, que le ha permitido ver el nuevo concepto que Plan International Nigeria está llevando a cabo como parte de la respuesta humanitaria en el noreste del país: espacios de protección de la infancia dentro de sus unidades móviles.