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Un blog desde el terreno de la mano de Ayuda en Acción, Cruz Roja, Ingeniería Sin Fronteras, Unicef, Médicos del Mundo, HelpAge, Fundación Vicente Ferrer, Médicos Sin Fronteras, PLAN Internacional y Farmamundi.

Cómo está cambiado la vida de los mayores el primer sistema público de pensiones de África del Este en imágenes

Por Ben small, Coordinador del Área de Comunicación e Incidencia de HelpAge International.

En abril 2016, Zanzíbar fue el primer lugar de África del Este en ofrecer a las personas mayores una pensión pública. Desde entonces, cada persona de 70 años o más recibe 20,000 chelines tanzanos (9€) al mes. Es una cantidad modesta de dinero, pero en una isla donde muy pocas personas hacen contribuciones formales para tener una pensión de jubilación, este dinero tiene un gran poder ya que ha llegado a transformar la vida de las personas mayores beneficiarias de la pensión pública.

Viajar a Zanzíbar y ver cómo una cantidad tan pequeña de dinero ha cambiado la vida de las personas mayores, su actitud y su modo de ver la vida me ha demostrado que debemos seguir abogando por implementar un sistema público de pensiones en todos los países en vías de desarrollo. Kombo Mohamed, Ernestina Felix, Cassim Juma Vuai o Mambo Huwiss Mambo son solamente algunos de los mayores de Zanzíbar que han compartido conmigo sus vivencias y experiencias después de empezar a recibir la pensión mensual.

1. Kombo Mohamed, 72 años, ha sido la primera persona en Stone Town, en el casco histórico de la ciudad de Zanzíbar, que ha recibido una pensión del estado de 20,000 chelines tanzanos (9€) al mes. “Toda mi familia se beneficia de mi pensión”, me explica. “Puedo pagar los estudios de mi hija y el transporte a la escuela y hemos mejorado nuestra alimentación al poder comprar más frutas y verduras”.

2. Personas mayores en Welezo, un distrito de Stone Town, se reúnen por la mañana para recoger la pensión.

3. Pensionistas esperando en la cola para recibir su pago mensual en una escuela local.

4. Ernestina Felix tiene 88 años, es viuda y vive con su hija menor y sus tres nietos, y ha sido la primera mujer en recibir la pensión.

5. La familia de Ernestina la cuida muy bien ya que ha trabajado toda su vida –ha sido empleada doméstica hasta que ha cumplido 81 años– y no quiere ser una carga para su familia. Con la pensión, ha abierto un pequeño negocio de venta de zumos y vende una botella por 1,500 chelines.

6. Cassim Juma Vuai, 71 años, ayuda a un cliente en su tienda del pueblo de Uroa, Zanzíbar. Cassim ha trabajado como limpiador hasta cumplir los 60 años y luchaba para sobrevivir con una pensión de 40,000 chelines al mes. Cuando se introdujo el sistema social de pensiones, sus ingresos incrementaron con un 50%, lo que le permitió que abriera una tienda alimentaria donde vende productos básicos como harina o aceite.

7. Cassim, regalando mangos a los niños en su tienda, relata: “He decidido abrir una tienda porque no requiere mucha energía ya que estoy sentado todo el día esperando a que vengan los clientes”.

8. Fatima Mohamed, 70 años, recoge su pensión en una escuela local de Stone Town.

9. Fátima fue abandonada por su esposo y relata: “Antes de tener la pensión, mi vida era muy difícil porque no tenía ningún recurso para mantenerme”.

10. Fátima alimenta a un pollo. Ahora tiene un pequeño negocio vendiendo tomates, cacahuetes y otros pequeños productos. Cada mes, gasta la mitad de su pensión en comida para la casa y la otra mitad la invierte en su negocio.

11. Mambo Huwiss Mambo, 75 años, pescador del pueblo Chwaka, explica: “En un mes menos productivo, el dinero de la pensión es muy importante porque puedo comprar comida”.

12. El pago mensual le ha permitido a Asherjuma Ama comprar estos libros para la escuela de su nieto. Relata que jabón será la primera cosa que comprará cuando reciba la siguiente pensión.

13. Para Kombo, la pensión significa que tiene más dinero para poder comprar mangos como los que tiene en el bol. Como profesor de química jubilado, recibe también una pensión del Ministerio de Educación. La pensión estatal es muy útil en los meses cuando va muy justo de dinero. “Es una gran ayuda para los otros mayores que tienen su propio negocio o construyen sus casas poco a poco”, cuenta Kombo.

14. Los beneficios de los que disfruta este pensionista en Zanzíbar pueden ser los mismos en toda Tanzania. El socio de HelpAge Tanzania, Age International, sigue trabajando con el gobierno nacional para desarrollar un sistema estatal de pensiones para todo el país.



Fotos:
Kate Holt, Age International/HelpAge International

Las madres coraje de Siria. Segunda parte

Testimonio de Fátima*, proveniente de la Gobernación de Dar’a, Siria

 “Nunca en mi vida había visto la felicidad como algo tan lejano e inverosímil”.

Fatima, una madre siria de 45 años recibe medicamentos en Irbid. Fotografía: Maya Abu Ata/MSF

Fátima, una madre siria de 45 años recibe medicamentos en Irbid. Fotografía: Maya Abu Ata/MSF

«Miedo, ataques aéreos, bombardeos… esos fueron los motivos que me llevaron a salir de Siria. Dejé el país hace seis años. Todavía recuerdo cómo me sentí el día que abandoné mi país. Mi marido, los niños y yo creíamos que la muerte sería más misericordiosa que permanecer allí. La terrible guerra en Siria no solo me obligó a abandonar mi país para buscar protección para mi familia y para mí en otro lugar, sino que también tuvo un impacto en la salud de mi marido, que sufrió 21 ataques a causa del miedo y de la tensión constante bajo la que vivíamos. Nos aterrorizaba la idea de algo malo pudiera pasarle a nuestros hijos y ese estrés continuo acabó pasándole factura. Y sí, es cierto que mi marido ya era un hombre enfermo desde hacía bastantes años, pero al final su estado de salud se deterioró tanto que tuvieron que amputarle una pierna.

En aquel momento, yo solo pensaba en cómo podría encontrar un lugar seguro para mi familia; un sitio que estuviese suficientemente alejado de las crueles zarpas de la guerra. Y, cómo no, en obtener un tratamiento médico que pudiera aliviar el continuo dolor de mi marido.

Nunca podré olvidar aquellas jornadas en las que cruzamos a Jordania; sé que se quedarán marcadas a fuego en nuestra historia. Fueron dos días de absoluta tristeza y desesperación, con mi marido apoyándose en mi hombro para mantenerse en pie. Formábamos un espectáculo dantesco e inolvidable; un amputado, su esposa, dos hijas y tres hijos. Una familia que no tenía nada, excepto la ropa que llevaban puesta, un pesado dolor en el pecho y muchos viejos recuerdos. Eso fue todo lo que nos pudimos llevar; lo demás, todas aquello que nos resultaba querido, lo dejamos todo atrás.

Estaba preocupada y estresada. Me encontraba constantemente pensando en qué podía hacer para ayudar a mi familia y ayudarles a ponerse a salvo. Permanecimos cuatro meses en el campo de refugiados de Zaatari, donde pasamos la mayor parte del tiempo en el hospital marroquí. Cuando llegamos al campo de Zaatari sufría de hipertensión. Mi marido, aparte de todos los problemas que ya veía arrastrando, tampoco salió indemne: los acontecimientos en Siria también le afectaron y en Zaatari le dijeron que sufría de diabetes e hipertensión.

“Nuestra miserable situación llevó a mi marido al borde de la desesperación”.

Tras esos cuatro meses, decidimos abandonar el campo. Teníamos la esperanza de que la situación mejorase, pero no lo hizo. Sí, es cierto que conseguimos dejar atrás la cultura de las «caravanas del desierto», dónde vivíamos entre el polvo y la arena, pero en nuestro nuevo hogar la nieve y la lluvia llegaron sin previo aviso y cubrieron nuestra «casa» con el manto del crudo invierno.

Durante este tiempo, mis hijos trataron de trabajar para pagar el alquiler y mantener a la familia. Nuestra miserable situación llevó a mi marido al borde de la desesperación, una vez más, pero no permití que se me contagiase ese sentimiento de desesperanza. Visitaba regularmente el dispensario médico para tratar de obtener medicamentos y el tratamiento que necesitaba mi marido. Y traté también de aliviar el agotamiento que se dibujaba tan claramente en las frentes de mis hijos. Les di apoyo psicológico, les pedí que tuvieran paciencia y que resistieran, recordándoles lo fuertes que habíamos sido. Y así logré que no perdieran la esperanza.

Las constantes dificultades y penalidades acabaron por derrotar a mi marido: un día sufrió un infarto cerebral y falleció de inmediato. Aquel día supe lo duro que puede llegar a ser el sufrimento. Nunca en mi vida había visto la felicidad como algo tan lejano e inverosímil. Me di cuenta de que a partir de ese momento estaba sola y que tendría que luchar por mí misma contra todas las mareas sorprendentes de la vida. Tenía que seguir adelante, sobrevivir y ayudar a mi familia, porque, como me repetía a mí misma constantemente, no habíamos hecho nada malo a nadie, nos merecíamos vivir en paz.

Cuando nos trasladamos a Irbid, mi hijo menor estaba haciendo sus estudios de tercer grado. Yo le animé a que completara su educación a pesar de nuestra difícil situación y de nuestras limitaciones económicas. Hoy en día ya está en séptimo y quiere continuar su formación para poder llegar a ser médico en el futuro y poder prestar una atención médica como la que hoy nos proporciona Médicos Sin Fronteras (MSF).

Conocí esta organización y sus servicios unos meses antes de la muerte de mi marido. Un médico que conozco me dijo que MSF era una organización médica internacional que proporcionaba servicios gratuitos. Así que los busqué, me registré y desde entonces recibo la atención médica que necesito, incluyendo un apoyo psicosocial que en este momento resulta imprescindible para mí. Me enseñaron cómo hacer frente a las presiones psicológicas de una manera saludable, y cómo adaptarme a mis problemas financieros y hacer frente a los problemas familiares. Además, nunca dejo de orar y alabar a Dios cada vez que tengo ese sentimiento de asfixia. La oración me da cierta sensación de confort, pero también necesito el apoyo psicológico que me da la organización. Ahora me doy cuenta de que me siento más cómoda y aliviada que durante mi periplo hasta aquí, ya que tengo a mis hijos conmigo. Me siento más segura y estable, lo que despierta una sensación de alivio dentro de mí.

Fatima, una madre siria de 45 años recibe medicamentos en Irbid. Fotografía: Maya Abu Ata/MSF

Fátima, una madre siria de 45 años recibe su tratamiento en Irbid. Fotografía: Maya Abu Ata/MSF

Seguiré siendo fuerte para poder mantener a mi familia. A pesar de las duras circunstancias, me esfuerzo al máximo para encontrar un rayo de luz, algo de esperanza para esta humilde familia. Continúo buscando trabajo, mientras tanto proporciono a mi familia apoyo moral, pero no puedo prestarles apoyo financiero.

Al fin y al cabo, soy madre, y todo el mundo sabe cuál es la definición de la madre y qué significa ser madre y refugiada siria.

* Se ha modificado el nombre para mantener su confidencialidad.

Las madres coraje de Siria. Primera parte

Testimonio de Majida*, proveniente de la Gobernación de Dar’a, en Siria.

Majida, refugiada siria de 58 años, es atendida en Irbid. Fotografía: Maya Abu Ata/MSF

Majida, refugiada siria de 58 años, es atendida en Rahabah. Fotografía: Maya Abu Ata/MSF

“Mientras haya guerra, no volveremos a Siria”

Tuve que abandonar Siria a causa de los devastadores bombardeos y ataques aéreos que sufríamos. Mi marido me dijo: «Huye y yo me uniré a ti el mes que viene». Además, mi hijo quería finalizar sus estudios y allí no habría podido, así que esa fue otra razón de peso para que decidiéramos irnos. Pagamos 24.000 libras sirias (unos 100 euros al cambio actual) para obtener los documentos oficiales de mis hijos y poder viajar a Jordania, pero solo logramos conseguir los certificados de secundaria de ambos, no los certificados universitarios. Vivo en Jordania con mi hijo y con mi hija desde hace cinco años.

Tras cinco años en Jordania, extraño mi pueblo y a mi familia. Cuando llegamos a Jordania estuvimos viviendo en una tienda de campaña durante tres meses. Era muy duro. Más tarde, nos compramos una caravana en la que permanecimos un año, pero la lluvia caía con tanta fuerza que el agua se filtraba en el interior de la misma.

Mi marido nunca llegó a salir de Siria. Al final se casó con otra mujer y se negó a enviarnos dinero. Tras permanecer un año y tres meses en el campo de refugiados, mi hijo decidió que era hora de irse. Gracias a la ayuda de un extranjero, consiguió inscribirse en la Universidad de Ciencia y Tecnología en Jordania. Entró en la universidad con otros 60 estudiantes y comenzó a estudiar farmacia. Tuvo que superar muchas dificultades durante el proceso de registro, pero lo consiguió. Espera graduarse este año después del Ramadán. A pesar de las muchas reticencias que tenían otros miembros de la familia, yo siempre lo he apoyado para que continuase sus estudios.

También apoyé mi hija para que continuara sus estudios en la escuela. La inscribí en el último curso de secundaria y en dos cursos de inglés fuera de los límites del campo de Zaatari. Siempre he animado a mi hija a superar las dificultades y continuar sus estudios a pesar del cansancio físico y psicológico que sufrían tanto ella y como mi hijo. Ambos han sufrido mucho y tuve que llevarlos varias veces al hospital a causa de esta fatiga. Mi hijo empezó a hacer algunos trabajos para ganar una pequeña paga y ayudarme a pagar los estudios de su hermana. Lo bueno es que al final ambos consiguieron su objetivo: mi hija también terminó la educación secundaria y pudo inscribirse en la universidad. Ahora está a punto de graduarse como asistente farmacéutica.

Miro atrás y veo todo lo que pude conseguir para mis hijos. Sé que todo esto se lo debo a mi fe y confianza en Dios y a la ayuda de muchas personas que se mantuvieron siempre a mi lado y que me apoyaron cuando las cosas estaban más difíciles. Aunque muchas personas me presionaron para que obligara a mis hijos a casarse, no cedí a la presión. Me he esforzado mucho para mantener a mis hijos hasta que terminen sus estudios. Esa siempre ha sido mi máxima prioridad.

“Sufría mucho, y eso tenía un impacto extremadamente negativo en mi estado físico y psicológico”.

Solía comprar mis medicamentos en el campo de Zaatari hasta que llegué a la zona de Rahabah, donde me dijeron que había un equipo de Médicos Sin Fronteras (MSF) que llevaba trabajando allí desde hacía casi un año y medio. Desde ese momento, pasé a recibir mis medicamentos gratuitamente. Hace tiempo que sufro una enfermedad del corazón y que tengo hipertensión, pero desde hace algo menos de tiempo también sufro diabetes y tengo altas concentraciones de triglicéridos. Antes de recibir la medicación gratuita, compraba el paquete de 30 comprimidos para mis problemas con los triglicéridos a un precio de 30 dinares jordanos. Además de ser caros, casi nunca quedaban existencias de ese medicamento en las farmacias, así que a veces me quedaba sin tomarlos y mi estado de salud empeoraba. Afortunadamente, ahora estoy mucho mejor, ya que estoy recibiendo tratamiento médico de forma regular.

Sufría mucho, y eso tenía un impacto extremadamente negativo en mi estado físico y psicológico. Las sesiones de apoyo psicosocial me ayudaron mucho, pero todavía no he logrado recibir ninguna ayuda financiera. Tampoco he conseguido que alguien me diera una oportunidad de trabajo. Mis condiciones de vida siguen siendo difíciles y eso hace que no pueda pagar el alquiler de forma puntual. Durante mucho tiempo fui paciente porque no tenía otra opción; debía ser fuerte y soportar esa carga por el bien de mis hijos. Tras el abandono que sufrimos por parte de su padre, solo me tenían a mí. Sin embargo, la paciencia ya se me está agotando y empiezo a tener la necesidad de salir de aquí..

Majida es atendida en el hospital de MSF en Irbid mientras le toman la tensión. Fotografía: Maya Abu Ata/MSF

Majida es atendida en el hospital de MSF en Rahabah mientras le toman la tensión. Fotografía: Maya Abu Ata/MSF

Insté a mis hijos a que también fueran pacientes y les animé a tener fe en que pronto las cosas irían mejor. Nuestra situación era tan dura que a veces un día se me hacía tan largo como un año entero. También sufrimos el intenso frío del invierno y la falta de dinero y recursos. Ni siquiera teníamos dinero para pagar la calefacción.

Espero con impaciencia el día en que mis hijos terminen sus estudios, para que puedan trabajar con dignidad sin necesitar ayuda de nadie. Estoy orgullosa de ellos, pero tengo miedo de que mi hijo no llegue a tener la oportunidad de trabajar, casarse y asentarse. Mientras sigan estudiando, me quedaré con ellos y seguiré apoyándolos. Ahora estamos evaluando las posibilidades que hay para salir de Jordania y que mis hijos puedan trabajar. Lo que tengo claro es que mientras haya guerra, no deseamos en absoluto volver a Siria.

* Se ha modificado el nombre para mantener su confidencialidad.

El poder de las vacunas

Por Belén Ruiz-Ocaña, desde UNICEF en Cuba

Analía no lo sabe, pero el pinchazo que acaba de causarle un gran berrinche la protege contra tres enfermedades. Hasta que la vacuna ha llegado a su brazo, ha recorrido un largo camino en el que cada paso es fundamental: desde que UNICEF adquiere la vacuna hasta que las enfermeras se la ponen a Analía en un policlínico de La Habana, Cuba, hay que garantizar que la cadena de frío no se rompe, y que la dosis llega en perfectas condiciones.

En el centro donde conozco a Analía y a su madre, Gretel, 160 niños son vacunados cada año. En este barrio la cobertura de vacunación en 2016 llegó al 100%. En todo el país, anualmente se distribuyen 4,8 millones de dosis de 12 tipos de vacunas para prevenir 13 enfermedades. Desde 1962 se han erradicado seis enfermedades, se han eliminado distintas complicaciones y se han reducido las tasas de morbilidad.

El poder de las vacunas

Analía, antes de recibir la vacuna que la protege contra tres enfermedades/ © UNICEF

Los números demuestran el poder de las vacunas, que cada año salvan entre 2 y 3 millones de vidas. El año pasado UNICEF adquirió 2.500 millones de dosis de vacunas, que llegaron a casi la mitad de niños menores de 5 años en todo el mundo. Solo en Cuba, UNICEF adquiere 70.000 dosis de la vacuna PRS (para prevenir la parotiditis, rubeola y sarampión), lo cual supone el 60% de las que se necesitan en todo el país.

Gracias a la aportación de UNICEF y su trabajo junto con la OMS, la Alianza Mundial para Vacunas e Inmunización, la Fundación Bill y Melinda Gates y otros aliados, se han logrado grandes éxitos como la reducción en un 85% y 83%, respectivamente, del número de niños menores de 5 años fallecidos debido al sarampión y al tétanos neonatal. Las vacunas han posibilitado la reducción en un 47% de las muertes por neumonía y un 57% de las causadas por la diarrea. Y sin embargo, el reto hoy es llegar a los 19,5 millones de niños que todavía hoy no reciben la vacuna que podría salvar su vida.

Por eso, cuando termina la Semana Mundial de la Vacunación, la sonrisa de Analía solo un rato después de recibir su dosis de la vacuna PRS nos recuerda una vez más el gran poder de las vacunas.

Cómo superar la brecha educativa a través de la tecnología

Por Brian Boye, Técnico de Comunicación de Plan International en India

En el mundo actual, la alfabetización digital se está convirtiendo en algo tan importante como la alfabetización tradicional. Más del 90% de los empleos en todo el mundo tienen un componente digital según la UIT, Unión Internacional de Telecomunicaciones. No obstante, las mujeres y las niñas siguen enfrentándose a barreras diarias que impiden su acceso y uso de la tecnología y las herramientas digitales al mismo nivel que los hombres y los niños.

En India, aproximadamente el 50% de las escuelas no dispone de baños para las niñas y el 46% de las niñas abandona la escuela antes de cumplir 15 años. Por cada año que una niña permanece en la escuela, en el futuro, sus ingresos aumentarán entre un 10-20%, y si llega a terminar la escuela secundaria, su matrimonio se retrasará 4,4 años.

Los Centros de Aprendizaje Digital de Plan International en India, creados en colaboración con Ericsson, utilizan soluciones tecnológicas para proporcionar una educación de calidad a adolescentes y mujeres de entre 15 y 25 años dentro de sus propias comunidades, para ayudarles a superar el problema que supone la movilidad para las mujeres en Nueva Delhi.

Una de las muchas razones por las que las niñas abandonan su educación es porque las escuelas están ubicadas muy lejos de sus hogares y deben recorrer largas distancias en las que se exponen a violencia, lo que lleva a los padres a temer por la seguridad de sus hijas.

Desde 2015, se han establecido 12 Centros de Aprendizaje Digital en las comunidades marginadas de Dwarka, Holambi Kalan y Rangpuri Pahadi en Nueva Delhi, en zonas de fácil acceso y seguras.

De lunes a viernes, las niñas dan clases de Inglés, Matemáticas, Ciencias, Derechos humanos y Género, desarrollo de la personalidad y salud reproductiva y sexual y también reciben orientación laboral y asesoramiento.

Los centros han sido muy beneficiosos, especialmente para las niñas como Jhanvi, que sufrió una lesión cerebral en un accidente y no pudo continuar con su educación durante un largo período de tiempo porque temía volver al colegio. Gracias a los Centros de Aprendizaje Digital, Jhanvi pudo aprender a leer y a escribir de nuevo.

Es sólo una de las muchas chicas que ha conseguido mejorar su situación después de unirse a los Centros de Aprendizaje Digital. Hasta el momento, 517 niñas asisten activamente a los 12 centros que ha instalado Plan International en India. El proyecto tiene un alcance total de más de 10.000 niñas y mujeres a través de sus diversas actividades.

El proyecto tiene como objetivo beneficiar a más de 15.000 niñas y mujeres durante los próximos tres años, haciendo que el aprendizaje y el desarrollo de sus habilidades sea asequible, en un ambiente seguro y adecuado para ellas.

El uso innovador de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC) en las escuelas, garantiza que las niñas, sin importar su lugar de residencia, tengan acceso a una educación de calidad.

Dos años del terremoto de Nepal: reconstrucción y resiliencia

Nuestro objetivo es apoyar a las comunidades para que Nepal sea resistente y resiliente”

 Por Shreeram KC, Gerente de Comunicación de Plan International en Nepal

Hace exactamente dos años, un terremoto de magnitud 7,8 golpeó Nepal a las 11.56 de la mañana. A consecuencia del desastre casi 9.000 personas perdieron la vida, más de 22.000 resultaron heridas. Además de destruir miles de casas, 8.000 escuelas se redujeron a escombros, interrumpiendo la educación de más de un millón de niños y niñas.

Dos años después, sólo 1.500 de estas escuelas han sido reconstruidas, lo que significa que muchos niños y niñas están aprendiendo en escuelas temporales o todavía no tienen escuela a la que acudir. Aunque la reconstrucción ha comenzado todavía queda mucho por hacer.

 

Niñas en una escuela temporal.©Plan International

Como organización que defiende los derechos de la infancia, responder a las necesidades de los niños y niñas fue nuestra máxima prioridad en el momento del terremoto. Comenzamos nuestra respuesta proporcionando alivio inmediato a los niños, familias y comunidades en las partes más remotas de Nepal. No fue una tarea fácil. Los caminos a estas comunidades no eran buenos incluso antes del desastre, y para acceder a algunas áreas afectadas había que andar dos o tres días en el mejor de los casos, por lo que no pudimos llegar hasta cuatro o cinco días después del terremoto.

Cuando llegamos, todos estaban llorando, preocupados e inquietos. Necesitaban desesperadamente alimentos, agua y refugio, y se encontraban en estado de confusión y pánico porque, en las semanas y meses después del terremoto inicial, nos enfrentábamos a varias réplicas cada día. Algunas de las réplicas fueron de 5,2 en la escala de Richter, por lo que cada día parecía revivirse la catástrofe y la gente no dejaba de preguntarse si el mundo nunca iba a dejar de desmoronarse.

En los meses que siguieron, y hasta nuestros días, nuestra respuesta se ha centrado en ayudar a las personas a reconstruir sus vidas y sus medios de subsistencia, y en restaurar un sentido de normalidad en la vida de las niñas y niños. No debemos permitir que los desastres naturales los dejen en situación de vulnerabilidad, deben tener las mismas oportunidades que todos los niños y niñas para alcanzar su potencial.

Aunque las escuelas están funcionando, carecen de instalaciones suficientes. Del mismo modo, la reconstrucción de viviendas se está retrasando. El gobierno está ofreciendo ayudas, pero el ritmo es lento y muchas áreas de Nepal no parecen diferentes de cómo se veían justo después del terremoto.

Sin embargo, siempre hay esperanza y, en los últimos dos años, nuestro trabajo ha llevado a que se construyan 12 escuelas nuevas –y otras 10 más están en construcción- en las zonas más afectadas por el desastre. Son escuelas que están preparadas para niñas y niños con discapacidad y se están diseñado para soportar futuros desastres. Han sido muy bien recibidas por las comunidades que se están beneficiando de ellas -en total más de 5.000 niños y niñas- así que, de la devastación y la destrucción, ha sido posible crear algo positivo que estará ahí para las próximas generaciones.

Construir colegios no es solo proporcionar estructuras permanentes para la educación, es construir una cultura de seguridad y preparación ante desastres y asegurar que la comunidad se hace cargo de estas escuelas. No podemos prevenir los desastres naturales, pero podemos intentar mitigar los riesgos. Nuestro objetivo es apoyar a las comunidades para que Nepal sea resistente y resiliente.

Siendo Nepal uno de los países con más probabilidades a sufrir desastres, una preparación como ésta es una necesidad. Los riesgos asociados con los terremotos deben ser identificados por adelantado para poder diseñar planes y poner fin a los riesgos. Las comunidades también deben ser conscientes de lo que pueden hacer para prepararse y salvar vidas. Esto solo será posible si los gobiernos y las agencias de desarrollo invierten y continúan trabajando juntos.

Además de los 14 distritos afectados por el terremoto, el gobierno necesita evaluar el estado de las escuelas que permanecen en pie y debe tomar medidas para confirmar que sean seguras.

Desde Plan International hemos trabajado para influir en las políticas y los cambios legislativos, apoyando el desarrollo de una política de colegios seguros que ahora está siendo revisada por el Ministerio de Educación.

El gobierno y otras agencias también deben trabajar para crear un plan de evacuación para asegurarse de que los estudiantes saben qué hacer si vuele a ocurrir un desastre. Esto es lo que nos traerá esperanza en tiempos difíciles y nos hará sentir más fuertes. Si un día como el 25 de abril de 2015 sucede de nuevo, estaremos preparados porque habremos trabajado para crear una nación verdaderamente resistente y resiliente.

 

Volver a empezar tras un terremoto

Por Leticia Diego, delegada de Cruz Roja Española en Ecuador.

Barón Zambrano vive en Coaque, Pedernales una comunidad afectada por el terremoto que azotó a Ecuador el 16 de abril.

Padre soltero con dos hijos, vivía en su terreno junto a su hermana y familia antes del fatídico 16 de abril.

Barón trabaja en una empacadora de camarones y es el único miembro de la familia con trabajo fijo. Los gastos de su familia y de la de su hermana recaen sobre sus hombros.

El día del terremoto Quedamos en la calle, con lo que teníamos puesto. Las paredes colapsaron, deteriorando todo lo que estaba adentro. Pudimos rescatar pocas cosas como platos y cucharas, el resto se echó a perder, comentó Barón, con sus ojos llenos de lágrimas al recordar el día del desastre.

Durante el terremoto, Barón y su pequeña hija estaban dentro de casa. La tierra tembló tan fuerte que no pudieron salir y quedaron atrapados durante varias horas bajo los escombros. Esperaron ayuda, con la esperanza de sobrevivir.

Tras el duro golpe decidieron empezar de cero. Limpiaron los escombros e improvisaron un nuevo hogar construido con carpas y caña guadua. Barón confiesa que entre sus planes estaba vivir este lugar por mucho tiempo, puesto que asumía que no podría recuperarse de un desastre de esa magnitud y no podía reconstruir una vivienda fácilmente.

Cruz Roja Española interviene junto a Cruz Roja Ecuatoriana y la Federación Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja en la mejora de las condiciones de habitabilidad de la población afectada por el terremoto del 16 de abril. Barón Zambrano y su familia fueron los primeros beneficiarios del proyecto.

Me había resignado a esperar, quién sabe cuántos años para volver a levantar mi casa, pero gracias a Cruz Roja Ecuatoriana hoy puedo dormir tranquilo al saber que en poco tiempo mi familia tendrá un lugar digno para vivir” asegura Barón con entusiasmo.

Víctima de Boko Haram: nacido entre las bombas

Badre Bahaji, miembro del equipo de comunicación de UNICEF-Chad en Yamena 

La primera vez que vi a Kaltouma Ali, una mujer de 33 años y madre de 5 hijos —incluyendo el bebé de 12 meses, Hissein, nacido entre bombas — me llamó la atención lo fatigada que se la veía, pero también la dignidad que reflejaban sus ojos. En el mismo momento en el que nos conocimos, Hissein trepó a mi regazo, sin mostrar el menor atisbo de temor hacia los extranjeros.

“Hace dos años que ocurrió aquello. Era ya de noche y recibimos una llamada de la isla en el Lago Chad donde vivía mi madre. Estaba muy enferma y necesitaba mi ayuda. Dejé a mis hijos aquí y encontré una canoa que me llevaría hasta la isla. Sabía que Boko Haram andaba por la zona, pero necesitaba traerla aquí, al continente, donde podría recibir tratamiento médico” comienza su historia Kaltouma.

Víctima de Boko Haram: nacido entre las bombas

Kaltouma con su hijo Hissein, que nació mientras su madre estaba secuestrada por Boko Haram / © UNICEF Chad/2017/Bahaji

“Llegué poco después de la puesta de sol. Había electricidad en el ambiente. Encontré a mi madre tumbada sobre una colchoneta a la sombra de un árbol del barniz. Decidimos pasar la noche allí y salir temprano por la mañana hacia el continente”, me cuenta.

En mitad del relato, Hissein empieza a quejarse y Kaltouma hace una pausa en su relato para darle de mamar mientas vigila al resto de sus hijos, que juegan fuera. Juegan a las cocinitas como si la arena fuera comida, mientras que las ramitas del suelo hacen las veces de los utensilios.

Su ataque nos sorprendió en mitad de la noche. Dispararon al aire y nos hicieron salir al exterior. Nos obligaron a acompañarles, pero mi madre decidió quedarse. Dijeron que los que trataran de escapar pagarían por ello”, añade con voz temblorosa.

Kaltouma tuvo que quedarse 18 meses en aquella isla remota en compañía de los soldados de Boko Haram y del resto de personas secuestradas. Apenas las alimentaban, en función del ganado y las cosechas que robaban de las islas vecinas. Recuerdo que pensé que la voz de Kaltouma, mientras me describía este terrible suceso e intentaba dormir al bebé, sonaba monótona y ausente.

“Nada más llegar me obligaron a casarme, como al resto de mujeres, pero apenas veía a mi marido. Me quedaba sola en una cabaña y él solo venía por las noches. A las pocas semanas supe que estaba embarazada y 9 meses después nació Hissein. Lo llamé como a mi primer marido, al que dejé en la aldea. No he sabido hasta ahora, que he vuelto, que ha muerto. No quiero que Hissein sepa nada de esto”, prosigue amargamente.

“Una noche escuchamos el sonido de un helicóptero sobrevolando la isla. Estábamos todas escondidas en las cabañas y yo protegí a mi bebé bajo el vestido. Nos hirieron, pero fue leve y salimos vivos. El padre de Hissein murió durante el ataque”.

A medida que el relato de Kaltouma avanza, estoy cada vez más horrorizado por la dureza de lo que me está contando. No puedo dejar de mirar a su bebé, que me mira sonriente ajeno a lo que está pasando.

“Tras el ataque los soldados que sobrevivieron quedaron débiles, y algunos de ellos enfermaron. Un grupo de mujeres pensamos que era el momento de intentar escapar y decidimos que lo haríamos al caer la noche. Caminamos a través de los pantanos durante días. Las más altas nos ocupamos de llevar a los niños sobre nuestros hombros”, recuerda.

Kaltouma me cuenta que escapó con otras 500 mujeres, pero que algunas de ellas decidieron seguir por su cuenta en algún punto del camino. Solo 100 de ellas hicieron todo el camino de regreso juntas. No sabe qué fue de las otras. Cuando, finalmente, llegaron a la frontera, los soldados las llevaron al Centro de Transición. Se quedó allí durante algunas semanas antes de reunirse con su comunidad y con sus niños, a los que 18 meses atrás había dejado con una tía.

“Al final del viaje todos los niños estaban enfermos. El doctor le dio leche y plimplim* a Hissein”. El niño ha sido dado de alta en la última revisión que le han hecho en el centro de salud. Ahora que están libres y sanos es el momento de que Hissein y su madre empiecen a pensar en su futuro.

Hasta abril de 2017, más de 1.100 personas (el 70% de ellas, niños y mujeres) han sido presuntamente entregadas a las autoridades chadianas en la región de Lac (República de Chad). La mayor parte de ellos habían sido secuestrados por Boko Haram. En UNICEF estamos trabajando con las autoridades y nuestros aliados para prestar apoyo psicosocial, ayuda en la localización de familiares y asistencia médica a todos los niños afectados por la violencia de Boko Haram y sus familias.

*Nombre con el que se llama al alimento terapéutico listo para su uso, que se proporciona a los niños con desnutrición.

Cinco lecciones de vida que nos dan las personas mayores de Eslovenia

Por Beth Howgate, Asistente de Campañas de HelpAge International.

© HelpAge International

Hace dos semanas, estuve en Eslovenia para reunirme con dos de los socios de campañas de HelpAge. Durante este viaje, he tenido la oportunidad de conocer varias personas mayores en diferentes contextos.

Muy a menudo, pensamos que las personas mayores son un grupo de personas homogéneo, que generalmente tienen arrugas y de pelo canoso. Sin embargo, los mayores que he conocido venían de un grupo diverso, y cada uno tenía una historia única y fascinante. Todos querían ser escuchados, incluidos en la sociedad y valorados, cosas que no deberían cambiar con la edad. He aprendido mucho gracias a sus conversaciones, pero estas lecciones no eran las lecciones solo para las personas mayores, sino eran lecciones de vida.

Aquí comparto cinco de ellas:

  1. SAL Y SÉ ACTIVO

La primera lección que aprendí fue que hay que ser siempre activo, reunirte con tus amigos y aprovechar del aire libre. Para todos nosotros, pero especialmente, para las personas mayores que pueden ser más expuestas a experimentar soledad y depresión, mantenerse activo es imprescindible. Al salir, estás conectando permanentemente con la naturaleza.

© HelpAge International

2. SOY EL DUEÑO DE MI VIDA

He conocido a Milica, mujer mayor que vive en el pequeño pueblo pesquero Izola. Ella me dijo que ella es la dueña de su vida, y entendí perfectamente lo que me quiso transmitir. Nuestro tiempo es totalmente de nosotros y somos libres de hacer lo que queramos con él; por tanto, no debería ser definido por las expectativas de la sociedad sobre lo qué es la edad, al contrario, debería ser definido por nuestras propias expectativas.

3. SER CURIOSO ES IMPORTANTE

Muchos de los mayores con los que he hablado me dijeron que es muy importante que a medida que envejeces, mantengas tu curiosidad e interés por aspectos desconocidos. ¿Qué aporta esto? Ellos me explicaron que, si siguen aprendiendo nuevas cosas y adquiriendo nuevos conocimientos, se sientes jóvenes. Este es el primer paso para ser incluido totalmente a la sociedad como persona mayor. Esto nos revela que la curiosidad no es necesariamente una cuestión que prevalece en la juventud, sino que además es muy importante en la tercera edad.

4. NO TE ENFOQUES EXCLUSIVAMENTE EN TU CARRERA

Milan, un hombre mayor de Eslovenia que escribe periódicamente canciones de amor para su esposa ya que dice que “se ve mejor en las canciones”, me ha dicho: “el amor es lo que cuenta, no la edad –ama lo que de te guste y haz que eso te fascine”. Nevenka, ex–periodista y editora de diferentes periódicos, me explicó algo muy parecido, y es que deberíamos de ir al trabajo con entusiasmo. Pero ella también me dijo que no deberíamos enfocarnos solamente en nuestra carrera ya que una vez que te jubiles, te puedes sentir perdido y encontrar dificultades en hacerte una red social. Deberíamos construir estas redes a lo largo de nuestras vidas y encontrar amigos fuera del ámbito laboral también. Esto puede parecer algo obvio, pero muchos de nosotros nos sentimos culpables por dedicar demasiado tiempo y poner demasiada energía en nuestro trabajo y no tanto en nuestras vidas afuera de la oficina.

5. LOS MAYORES NO SON SOLO UN RECURSO

Muy importante, los mayores no son solo un recurso para aprender sobre el pasado, ellos tienen mucho que enseñarnos tanto sobre el presente como sobre el futuro. Al igual que los jóvenes, muchos de los mayores hablan hoy en día sobre política, tecnología, esquiar o desear aprende otro idioma.

Como sociedad, parece que estamos obsesionados con la palabra “viejo” y con el paso del tiempo nos sentimos culpables de tener miedo al añadir otra vela en la tarta de cumpleaños. Hemos creado sentimientos de miedo al pensar que viviremos muchos años cuando muchas personas mayores se sienten muy orgullosas de las vidas que han llevado y continuarán llevando. No les importa decirle a la gente su edad. A fin de cuentas, hacerse mayor es un privilegio y una conquista para la humanidad. “La vida es demasiado hermosa para nosotros para que no la vivamos como se debe”, me dice Milica.

El caso de Sree Lata, deportista olímpica, que desafía el doble estigma de ser mujer y tener discapacidad

Por Enric Romaguera, cooperante en la Fundación Vicente Ferrer. Profesor de Educación Física especializado en Deporte y Discapacidad.

En septiembre de 2010, cuando llegué por primera vez a Bathalapalli, el pequeño pueblo donde descansa Vicente Ferrer en el sur de la India, el proyecto de discapacidad y deporte solo contaba con dos atletas (dos chicas con discapacidad intelectual) y un entrenador local. Hoy en día el Programa Deporte y Discapacidad asiste a los 1.400 niños y niñas con diversidad funcional de todos y cada uno de los centros de la Fundación Vicente Ferrer en India dotando de educación física a los alumnos con discapacidad auditiva, visual, intelectual y parálisis cerebral. Hoy cuenta con 15 profesionales locales y el soporte de voluntarios españoles formados en la rama de actividad física y deporte.

Entrenamiento Special Olympics © Mariano Fuentes

En los 3 centros donde residen pequeños héroes con parálisis cerebral se han creado gimnasios adaptados – tetrasport- para que estos niños que no pueden ponerse de pie puedan ejercitarse y así sus familiares vean que “sí” son capaces. Para ellos se creó el primer campeonato nacional de Boccia -petanca adaptada- en el cual los campeones de Anantapur ganaron la Medalla de Oro en Calcuta y demostraron a sus padres lo lejos que son capaces de llegar.

Según la ONU, el deporte es una excelente herramienta para el desarrollo de los pueblos. En el caso de las personas con discapacidad, fomenta su empoderamiento y su reconocimiento social.

En los centros con niños y niñas con discapacidad visual se han creado programas como el judo, el patinaje o el tenis para ciegos a partir de la también incorporada Educación Física de base. En la misma línea, los centros de niños y niñas con discapacidad auditiva además de tener una práctica deportiva regular que contribuye a mejorar sus capacidades motoras y la confianza en sí mismos, han empezado a competir en las competiciones nacionales de las olimpiadas para sordos (Deaf Olympics).

El cooperante Enric Romaguera mantiene una charla con los jugadores © FVF

 

Pero si alguno de estos proyectos ha crecido exponencialmente y nos ha mostrado de manera clara y contundente cómo el deporte puede cambiar el mundo, o por lo menos pequeños mundos, es Special Olympics. Las olimpiadas donde se concentran más de 7.000 atletas con discapacidad intelectual de todo el planeta han aumentado la cantidad y calidad de deportistas de esta zona árida del sur de la India gracias a la tenacidad y capacidad de superación de los jóvenes con discapacidad intelectual.

Ni ciudades imponentes como Los Ángeles,  Newcastle o Barcelona han conseguido igualar la frescura, creatividad y pasión con la que compite Sree Latha, jugadora de Ping-Pong  ganadora de 2 medallas olímpicas y nacida hace 18 años en Anantapur. Sree Latha ha conseguido el reconocimiento social que antes no tenía en su aldea a través del deporte, pasando de ser rechazada y estigmatizada por su discapacidad a ser un referente familiar y comunitario.

Sree Latha muestra su medalla, obtenida en los Special Olympics Los Ángeles 2015 © FVF

Hoy es un espejo para el resto de atletas que ven en ella un claro ejemplo del “si quieres puedes, solo debes desearlo con fuerza y luchar por ello”. Sree Latha se casó con un hombre sin discapacidad, tiene un trabajo en un taller de yute y además tiene una paga por las 2 medallas olímpicas con las que planea comprar una casa y abrir un negocio. Esto significa que será autónoma y no dependerá de su marido. Sree Lata ha conseguido romper moldes en su aldea, donde las mujeres con discapacidad sufren discriminación por partida doble.

La vida de una persona con diversidad funcional es dura y cruel en la India e historias como la de Sree Lata evidencian que el deporte es una preciosa herramienta para mejorar la calidad de vida y empoderar a un colectivo tradicionalmente marginal en las aldeas rurales.