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No, al zumo no se le escapan las vitaminas. Deborah García Bello te desmiente este mito y muchos más en su nuevo libro

‘Tómate el zumo rápido, que le escapan las vitaminas’ es una de las frases que, posiblemente, nos han dicho y repetido nuestras madres y abuelas a la hora del desayuno a lo largo de nuestra vida. Pero no, a un zumo de naranja recién exprimido nunca se le van a escapar las vitaminas (en este caso la Vitamina C) por la sencilla razón de que ésta no se queda frotando o pululando sobre ese jugo de fruta sino que está disuelta en el líquido (lo que es conocido como ‘hidrosoluble’) y es imposible que se evapore en cuestión de minutos, tal y como nuestras mayores nos aseguraban, siendo éste uno de los mitos más famosos que existen y que más personas creen a pies juntillas.

No, al zumo no se le escapan las vitaminas. Deborah García Bello te desmiente este mito y muchos más en su nuevo libro

Quienes sois lectores habituales de este blog conocéis mi empeño por intentar destripar mitos y bulos que corren por la red o que han llegado hasta nosotros a través del boca a boca generacional. Este es el motivo por el que me haya alegrado tanto de la aparición de un nuevo libro que se dedica a desenmascararlos y explicar de una manera sencilla, pero muy rigurosa, las razones lógicas (y sobre todo científicas) sobre una gran cantidad de hechos que habitualmente damos como válidos y que realmente son invenciones (la mayoría sin fundamento) que llevan décadas entre nosotros.

¡Que se le van las vitaminas! de Deborah García BelloEl libro en cuestión se titula ‘¡Que se le van las vitaminas! (Mitos y secretos que solo la ciencia puede resolver)’ escrito por Deborah García Bello (@deborahciencia), una de las divulgadoras españolas de mayor proyección en los últimos años (lleva ganados unos cuantos premios por su labor), a la que admiro enormemente además de profesar un cariño muy especial (me siento muy orgulloso de contar entre mis amistades con personas de tan extraordinario nivel profesional y personal).

Dividido en 24 capítulos, nos explica y pone al descubierto una serie de mitos que llevan mucho tiempo compartiéndose como ciertos y es que muchos de ellos no nos ha tocado más remedio que creérnoslos debido a lo que se conoce como ‘argumento de autoridad’, o sea, la identidad de aquella persona que nos lo transmitió (en muchos casos nuestros propios progenitores –como es el caso de la mencionada pérdida de vitaminas del zumo-, pero en otros porque venía avalado por la opinión de un experto –como un ganador de Premio Nobel- que aseguraba algo que después ha sido desmentido).

Otro de los grandes enemigos de la salud y que provoca que acabemos creyéndonos mitos sin fundamento alguno es el ‘A mí me funciona’ (conocido como ‘amimefuncionismo’) o lo que es lo mismo: personas que aseguran que algo les va bien (como puede ser el caso de la recomendación de que Vitamina C va bien para curar el refriado, un mito ampliamente desmentido pero que sigue estando muy presente).

¡Que se le van las vitaminas! de Deborah García BelloA través de su libro, Deborah nos habla, entre otros, de mitos alrededor de la homeopatía, las vacunas, la radiación de antenas o Wi-Fi, las estelas dejadas en el cielo por los aviones o las cremas solares (por cierto, en esa entrada aparezco citado en las fuentes de consulta).

Tanto si estas interesado en el tema como si conoces a alguien que se traga todo tipo de bulos y mitos,  ‘¡Que se le van las vitaminas!’ de Deborah García Bello es un libro que debes comprar, porque, sinceramente, te va a abrir los ojos respecto a muchos temas de los que estabas convencido que eran ciertos.

 

¡Que se le van las vitaminas! de Deborah García Bello
Editorial: Ediciones Paidós
ISBN: 9788449334061
https://www.planetadelibros.com/libro-que-se-le-van-las-vitaminas/262247
http://dimetilsulfuro.es

 

 

 

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Fuente de la imagen: pixabay / planetadelibros / Alfred López

La leyenda urbana sobre Albert Einstein y sus malas notas de estudiante

La leyenda urbana sobre Albert Einstein y sus malas notas de estudiante Uno de los virales que más tiempo lleva correteando por las redes sociales y los blogs es el relato que explica que Albert Einstein de pequeño padecía tartamudez, tenía cierto retraso psicomotriz y problemas de aprendizaje (asegurándose que sacó unas pésimas notas durante su periodo de estudiante).

Pero en realidad el genio de la física y padre de la teoría de la relatividad (ganador del Premio Nobel de Física de 1921) no padeció ninguno de esos problemas, todo lo contrario, siempre fue un muy buen estudiante que sacaba unas notas más que aceptables.

No tuvo problemas de tartamudez, aunque sí que es cierto que empezó a hablar más tarde de lo que lo hacen otros niños, pero los expertos han confirmado que no se trataba de un retraso, sino un reflejo de su carácter introvertido, observador y reservado. Mientras otros hablaban el pequeño Einstein observaba, aprendía y memorizaba.

Entonces ¿de dónde surge que sacaba malas notas? Pues del modelo de calificación que se empleaba en Suiza, donde se trasladó para realizar sus estudios superiores. En el país transalpino se calificaba del uno al seis (siendo el uno la nota más baja y seis la más alta). Albert era de los que sacaban todo con seis y excepcionalmente algún cinco. Por el contrario, en Alemania (de donde era originario) la calificación en las escuelas era totalmente a la inversa: el uno era la nota más alta y el seis la más baja.

De ahí que sin tener en cuenta el método de calificación suizo, alguien (muchos años después) al ver las notas de Einstein llena de seises y algún cinco, pensó que había sido un pésimo estudiante y ahí nació el mito de las malas notas que en realidad nunca sacó.

 

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Fuente de la imagen: Wikimedia commons

¿De dónde surge el mito que indica que el ‘alma’ pesa 21 gramos?

¿De dónde surge el mito que indica que el ‘alma’ pesa 21 gramos?Existe la creencia de que el peso del alma es de 21 gramos. Al menos así lo señalan aquellos defensores de esta teoría, asegurando que esos gramos son los que exactamente se pierden en el momento posterior al fallecimiento.

Evidentemente se trata de una teoría avalada mayoritariamente por aquellas personas, colectivos y religiones que defienden que todo ser humano está constituido por un cuerpo y una esencia inmortal (llamada alma o espíritu) y que está sale del organismo una vez llegada la muerte del individuo.

A pesar de tratarse de un supuesto pseudocientífico ampliamente refutado, este es uno de los mitos en los que más personas creen en él, existiendo la errónea convicción de que el alma pesa 21 gramos. De hecho está tan incorporada en la cultura popular que incluso se filmó una película en el año 2003 que llevaba por título ’21 gramos’ y que fue dirigida por Alejandro González Iñárritu.

Para encontrar de dónde surge este mito hemos de trasladarnos hasta principios del siglo XX, época en la que el médico estadounidense Duncan MacDougall, doctor en biología, realizó una serie de experimentos con seis personas moribundas a las que pesó e inmediatamente después del fallecimiento de éstas anotó lo que pesaban.

Con todo lo anotado hizo una sencilla operación matemática con la que le salió la media de 21 gramos (por lo que no todos los fallecidos dieron el mismo resultado).

Una vez determinado que cada persona perdía como media esa cantidad de gramos el siguiente paso era averiguar cuál era la causa, a lo que el doctor MacDougall en lugar de buscar respuestas científicas y pruebas que demostrasen que podía ser debido a la pérdida de fluidos corporales, incluso del aire o gases contenido en el organismo una vez exhalado, prefirió tirar por el camino de la creencia religiosa y avalar la teoría de que los seres humanos poseemos alma.

Cabe destacar que finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX fue una época en la que tuvo una gran influencia el espiritismo y todo lo relacionado con los temas paranormales sobre almas, muerte y el más allá.

El doctor Duncan MacDougall dio a conocer sus conclusiones a través de un comunicado a la prensa a principios de 1907, por lo que  The New York Times publicó un artículo titulado ‘Soul has weight, physician thinks’ (El alma tiene peso, el facultativo piensa) el 11 de marzo de aquel mismo año, haciéndose eco del ‘descubrimiento’ del médico. El 11 de mayo en el ‘Journal of the American Society for Psychical Research’ (publicación de la organización de parapsicología de la que formaba parte MacDougall) publicó el artículo firmado por el propio médico: ‘Hypothesis concerning soul substance together with experimental evidence of the existence of such substance’ (Hipótesis relativa a la sustancia del alma junto con evidencia experimental de la existencia de tal sustancia).

Desde entonces (y gracias a la gran influencia que tuvo este tipo de temas en la sociedad) se ha tenido la convicción en ciertos sectores de que el alma pesa exactamente 21 gramos.

Como nota curiosa cabe destacar que el propio Duncan MacDougall hizo el experimento con quince perros, a los que pesó antes y después de morir, no dándole apenas variación en el peso, por lo que determinó que los perros no tenían alma, otro de los mitos también ampliamente difundido y rebatido en su día por el también médico Augustus P. Clarke, quien apuntó que las conclusiones de su colega eran erróneas debido a que en el momento de la muerte se produce un repentino incremento de la temperatura corporal a causa de que los pulmones dejan de enfriar la sangre y que el consecuente incremento de la sudoración podría explicar fácilmente los 21 gramos de menos defendido por MacDougall, además de que hay que tener en cuenta que los perros carecen de glándulas sudoríparas por lo que no es de extrañar que el peso de estos animales no sufriera ningún cambio súbito en el momento de morir.

 

 

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Fuentes de consulta: xatakaciencia / cienciadesofa / pseudociencia.wikia / snopes / nytimes (pdf) / diogenesii (pdf)
Fuente de la imagen: pixabay

Destripando mitos: ¿sirve de algo poner un bistec crudo sobre un ojo morado?

Destripando mitos: ¿sirve de algo poner un bistec crudo sobre un ojo morado?

Hoy en día, cuando alguien ha recibido un golpe y le está saliendo un hematoma, uno de los remedios más efectivos y rápidos es ponerse algo frio en la zona golpeada (como una bolsita de gel guardad previamente en el congelador, hielo dentro de una bolsa o envuelto en un paño, guisantes congelados en una bolsa…) y posteriormente aplicar una pomada que contenga ‘pentosano polisulfato’ (comercializada como ‘Thrombocid’), que ayuda a mejorar la irrigación sanguínea de la zona afectada, previniendo la formación de trombos.

Pero muchas son las ocasiones en las que, ya sea a través del cine, la televisión, la literatura e incluso por trasmisión oral, hemos visto que como remedio para bajar el hinchazón y el hematoma (comúnmente de un ojo morado) era colocando un bistec de carne crudo sobre la zona amoratada.

Hoy en día esto tiene poco sentido de hacerlo. Si alivia algo el poner la carne sobre un ojo morado es por el frío del bistec, que es conservado en un frigorífico, pero si realmente se quiere aplicar algo que por su baja temperatura ayude a bajar un hinchazón lo que hay que hacer es usar uno de los productos mencionados al inicio de este post.

El hecho de poner el bistec sobre el moratón fue una costumbre que se popularizó sobre todo a mediados del siglo XX, siendo un recurso frecuente utilizado en innumerables películas y series de la época. Esto es así no por la efectividad del remedio, sino porque visualmente la escena quedaba mucho más impactante de cara al espectador que si se colocaba una bolsa con hielo.

Pero también cabe destacar que no fue un recurso inventado por la ficción cinematográfica, sino que viene de mucho más atrás.

Hoy en día todas las neveras disponen de una parte con congelador donde se produce hielo o se almacenan productos congelados, pero hace varias décadas atrás muchos eran los refrigeradores que tan solo tenían la propiedad de enfriar los alimentos, por lo que era más frecuente tener un bistec guardado ahí que unos cubitos de hielo. Éste solía venderse ambulantemente y en bloques, por lo que salía mucho más barato y fácil utilizar carne para aplicar a un hematoma que hielo.

Pero el hecho de que se pensara que aplicar un bistec era un buen remedio no surgió de la nada y porque fuese uno de los productos más frescos que se tenían, sino que era una costumbre heredada desde la antigüedad.

Muchísimos son los tratados médicos de hace varios siglos en los que se indica que la carne era un buen remedio para aliviar los golpes y, de hecho, durante la Edad Media se realizaba una ‘cataplasma de carne’ en la que se mezclaban varias hierbas medicinales con carne previamente machacada (picada) y que se aplicaba ya no solo en un hematoma, sino sobre heridas, llagas, úlceras, etc.

Actualmente esto estaría totalmente contraindicado, debido a que aplicar carne cruda sobre una herida abierta infectaría ésta de bacterias y, sobre todo, teniendo en cuenta que siglos atrás no existía la higiene de hoy en día.

Esto se hacía no porque la carne estuviera fría (que por aquel entonces no lo estaba) sino porque se había recibido como enseñanza médica desde la época de la Antigua Grecia en la que el médico Hipócrates de Cos (que vivió entre el 460 a.C y el 370 a.C) formuló su ‘Teoría de los humores’ en la que catalogaba la personalidad de cada individuo en cuatro estados: colérico, melancólico, sanguíneo y flemático; cada estado producía un tipo de fluido (humores) y tenía un modo diferente de sanarse.

Los hematomas se englobaban en el ‘sanguíneo’ y el remedio para curarlos era aplicando carne de vacuno, ya que, al ser roja y sangrienta, atraería la hinchazón.

De ahí que durante la mayor parte de la Historia (hasta bien entrado el siglo XIX) la teoría humoral fuese la más extendida y difundida entre los médicos.

En resumida cuentas ¿sirve de algo poner un bistec crudo sobre un ojo morado? Hoy en día tiene poco sentido hacerlo pero si no se tiene nada más a mano y esa carne se saca del frigorífico sí que puede aliviar un poco la hinchazón, pero no porque la carne tenga propiedades curativas, sino por el hecho de aplicar algo frío sobre el golpe. Eso sí, si la herida está abierta es totalmente desaconsejable aplicar un bistec crudo (por las bacterias que contiene éste y la infección que podría causar).

 

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Fuente de la imagen: Captura vídeo dailymotion (episodio ‘The Apology’ -9×09- de la serie ‘Seinfeld’)

Destripando mitos: La mayonesa no se corta ni las flores se marchitan por estar menstruando

Destripando mitos: La mayonesa no se corta ni las flores se marchitan por estar menstruando

La mayoría de los mitos que existen están relacionados con algún aspecto de la salud y es, quizás, el hecho de que desde la antigüedad ya preocupaba todo lo que estaba implicado con la anatomía humana (aunque todavía no se tenía un conocimiento tan exacto en multitud de temas como hoy en día se tiene) lo que provocó que surgieran innumerables invenciones y estúpidos consejos que advertían de lo insalubre o perjudicial que podría resultar realizar ciertas actividades… quién no ha escuchado alguna vez que si te tragas un chicle  tarda siete años en digerirse, la advertencia sobre lo peligroso que es dormir en una habitación con plantas, que dar azúcar a los niños los vuelve hiperactivos o que si te das un baño después de comer puede darte un corte de digestión

Entre mis recuerdos de infancia y adolescencia están las muchas veces que escuché a mi madre y abuela advertir a mis hermanas sobre el peligro de bañarse durante los días que tenían la regla e incluso que tampoco debían lavarse el cabello (afortunadamente, mis hermanas jamás hicieron caso a esos avisos).

Y es que alrededor de la menstruación existen infinidad de mitos que advierten de lo peligroso que puede ser realizar según qué actividades e incluso absurdas teorías sobre lo que se puede hacer o no, debido a que, según se creía desde la antigüedad (y hay quien todavía los cree) la mujer durante los días de periodo irradiaba influjos y toxinas que perjudicaba a las plantas, alimentos e incluso que podían hacer enfermar a los animales de compañía.

Durante muchísimos años las mujeres se han visto privadas de poder realizar cosas tan cotidianas como trasplantar una maceta o regar unas flores ante el temor de que éstas marchitaran. O tal y como cito en el título del post: el hecho de que la mayonesa se corta si se realiza durante los días de menstruación es un mito que todavía hoy sigue muy presente en nuestra sociedad.

¿De dónde surge el mito que indica que durante la menstruación si se hace mayonesa ésta se cortará?No existe ni una sola evidencia científica que asegure que por el solo hecho de estar menstruando se vaya a cortar la mayonesa. Es un mito sin fundamento alguno que lleva arrastrándose durante demasiado tiempo. La mayonesa es una salsa en la que se debe emulsionar dos elementos bien diststintos: el aceite y el huevo. Si batiésemos por un lado un huevo (que es acuoso) y le echásemos un chorro de aceite podríamos comprobar como el segundo ‘flota’ sobre el primero sin llegar a mezclarse (como ocurre cuando intentamos mezclar aceite y agua). Es a través de batir ambos elementos juntos, mientras se va echando el aceite poco a poco y el huevo está a temperatura ambiente, lo que hará que emulsionen perfectamente y den como resultado una riquísima y cremosa mayonesa. Pero hay infinidad de motivos por el que una salsa mayonesa se nos pueda cortar cuando la estamos haciendo (y nada tienen que ver con la menstruación, ya que a mí mismo me ha ocurrido bastantes veces): echar el aceite muy deprisa, que el huevo esté recién sacado de la nevera o todavía esté frío, que la batidora tenga más revoluciones de las que se necesitan para la emulsión, que el recipiente tenga restos de otro líquido o elemento, que no batamos demasiado rápido (si lo hacemos a mano con unas varillas), etc. Infinidad son las posibles causas que provocarían que, a cualquier persona, se le corte una mayonesa. Seguro que entre las lectoras de este post debe haber docenas de ellas que han realizado una mayonesa durante el periodo menstrual y nunca se le ha cortado. Simplemente no debemos hacer caso a este tipo de absurdas creencias.

Pero, evidentemente, esas invenciones y mitos alrededor de la menstruación no han surgido de la nada y hay un origen y un cuándo se originaron. En este caso debemos viajar hacia atrás un par de milenios para encontrarnos los primeros escritos en los que se advertía (sin fundamento alguno) de los peligros que rodeaban a las mujeres que estaban menstruando.

Por ejemplo, en el siglo I d.C., Plinio el Viejo dedicó un capítulo a la menstruación en su ‘Naturalis historia’ (concretamente en el Libro XXVIII) en el que indica lo siguiente:

[…] El contacto con el flujo mensual de la mujer amarga el vino nuevo, hace que las cosechas se marchiten, mata los injertos, seca semillas en los jardines, causa que las frutas se caigan de los árboles, opaca la superficie de los espejos, embota el filo del acero y el destello del marfil, mata abejas, enmohece el hierro y el bronce, y causa un terrible mal olor en el ambiente. Los perros que prueban la sangre se vuelven locos, y su mordedura se vuelve venenosa como las de la rabia. El Mar Muerto, espeso por la sal, no puede separarse excepto por un hilo empapado en el venenoso fluido de la sangre menstrual. Un hilo de un vestido infectado es suficiente. El lino, cuando lo toca la mujer mientras lo hierve y lava en agua, se vuelve negro. Tan mágico es el poder de las mujeres durante sus períodos menstruales, que se dice que lluvias de granizo y remolinos son ahuyentados si el fluido menstrual es expuesto al golpe de un rayo […]

En el Antiguo Testamento también podemos encontrar en el Levítico 15:19-30 algunas ‘joyitas’ como las siguientes:

[…]La mujer que padece un derrame, tratándose de su sangre, permanecerá en su impureza por espacio de siete días. Quien la toque será impuro hasta la tarde. Todo aquello en que se acueste durante su impureza quedará impuro, lo mismo que todo aquello sobre lo que se siente. Quien toque su cama lavará sus vestidos y permanecerá impuro hasta la tarde. Quien toque un mueble cualquiera sobre el que ella se haya sentado, lavará sus vestidos, se bañará y quedará impuro hasta la tarde. Quien toque algo que esté puesto sobre el techo o sobre el mueble donde ella se sienta quedará impuro hasta la tarde. Una vez que sane de su derrame, contará siete días quedando después pura. Al octavo día tomará para sí dos tórtolas o dos pichones y los presentará al sacerdote a la entrada de la Tienda de las Citas. Éste los ofrecerá, uno como sacrificio por el pecado y el otro como holocausto y hará el rito de absolución por ella ante Yavé, por el derrame que la hacía impura […]

En la Edad Media encontramos que entre el siglo XIII y XIV apareció el tratado de medicina ‘De Secretis Mulierum’ (atribuido al filósofo y estudioso de la ciencia Albertus Magnus, nacido en Baviera) y en el que también soltaba algunas perlas acerca de las mujeres y la menstruación como:

[…] Las mujeres que menstrúan emiten humos nocivos que envenenarán los ojos de los niños que yacen en sus cunas de un solo vistazo. Los niños concebidos por mujeres que están menstruando tienden a tener epilepsia y lepra porque la materia menstrual es extremadamente venenosa [….]

En base a lo que indicó Plinio el Viejo, así como lo que ponía en el Levítico, el tratado De Secretis Mulierum (y otros escritos del estilo), durante decenas de siglos se tomó como referencia lo que decían y se estigmatizó a la mujer que menstruaba.

¿De dónde surge el mito que indica que durante la menstruación si se hace mayonesa ésta se cortará?Pero una vez iniciado el siglo XX y cuando viejos mitos deberían haber sido desterrados, gracias a los avances que se hizo en la medicina durante la segunda mitad de 1800, a Béla Schick, médico de cierta relevancia que dirigía el departamento de pediatría del hospital Monte Sinaí de Nueva York durante la década de 1920, se le ocurrió asociar el hecho de que cuando alguien llevaba un ramo de flores al hospital y era cogido por una de sus enfermadas, si ésta estaba menstruando las flores marchitaban antes.

Ello lo achacó a la ‘menotoxina’, unas supuestas sustancias tóxicas que, según él, se expulsan durante la menstruación y que eran las causantes de marchitar las flores pero también de perjudicar el proceso de la levadura y la fermentación de ésta, agriar el vino, la cerveza y un buen número de alimentos (entre ellos cortar la mencionada mayonesa)

En base a esta hipótesis, sin fundamento científico alguno, otros médicos se pusieron a estudiar sobre el influjo negativo de la mujer durante sus días de menstruación a lo largo del siglo XX y aunque ninguno de ellos pudo demostrar que fuera cierto (todo lo contrario, hubo quien desestimó por completo la absurda teoría de la menotoxina) el mito ya estaba muy instalado en la sociedad, por lo que generación tras generación infinidad han sido las personas que lo han dado por bueno.

 

 

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Fuentes de consulta: womenpriests / mum / BBC / uchicago / scientificamerican / brepols / bitnavegante / sexomandamiento
Fuentes de las imágenes: Wikimedia commons / pixabay

¿De dónde surge el mito de que los avestruces esconden la cabeza cuando se sienten en peligro?

¿De dónde surge el mito de que los avestruces esconden la cabeza cuando se sienten en peligro?

Este es uno de los mitos populares más extendidos y que más personas creen a pies juntillas. Incluso existe la costumbre de decirle a una persona que ha escondido la cabeza como un avestruz cuando rehúye algún compromiso, no quiera dar la cara en un asunto o tiene una actitud cobarde.

Pero nada más lejos de la verdad, ya que el avestruz no es un animal que se caracterice por su cobardía. Evidentemente, al no tratarse de un animal depredador, sino todo lo contrario (de los que suelen ser presa de los carnívoros) debe tomar todas las precauciones posibles para no ser cazado, motivo por el que, a pesar de ser un ave que no vuela, puede alcanzar grandes velocidades corriendo gracias a sus largas patas (hasta los 90 kilómetros por hora).

Pero el hecho de que en alguna ocasión podamos observar a un avestruz que mete la cabeza en la tierra se debe a otros motivos, por ejemplo el de estar cavando para conseguir algún tipo de alimento (entre ellos lombrices) y, sobre todo, para cavar un agujero donde posteriormente depositará los huevos.

Cabe destacar que son varios los huevos que entierran y que además éstos son de un gran tamaño, por lo que el agujero que deben cavar con su pico tiene que ser muy profundo (puede superar los dos metros), razón por la que podremos observar que tienen metida la cabeza dentro de tierra durante mucho tiempo. También hay que tener en cuenta que, durante el periodo de incubación (realizado tanto por la hembra como por el macho) van introduciendo la cabeza para ir moviendo y dando la vuelta a los huevos.

Así pues, no hay nada de cierto en el mito que cuestiona la valentía de los avestruces. Sí que hay que tener en cuenta que, debido a su altura (suelen alcanzar los dos metros y medio e incluso superarlos) muchas son las ocasiones en las que si el avestruz ve que le acecha algún peligro baja su largo cuello hasta la altura del suelo, pero no lo entierra debido a que debe de estar expectante y alerta al peligro que le acecha.

 

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Fuente de la imagen: zsantz.deviantart

El falso mito sobre el peligro de dormir en una habitación con plantas

El falso mito sobre el peligro de dormir en una habitación con plantas

Este es uno de los mitos más comunes y más repetidos hasta la saciedad por nuestras madres y abuelas que insistían en que no se podían tener plantas en los dormitorios debido a que éstas, durante la oscuridad de la noche, absorben oxígeno y liberan dióxido de carbono. Incluso muchos son los hospitales en los que cuando llega la hora de dormir las enfermeras o familiares del paciente retiran las flores o plantas y las dejan en los pasillos.

En realidad la persona que tiene en su dormitorio alguna planta (o incluso varias) no corre peligro alguno de morir por falta de oxígeno. El consumo que hacen las plantas de este elemento, tan necesario para nosotros para poder vivir, es mínimo en comparación al que tiene cualquier ser humano e incluso animal. Lo curioso del asunto es que, quienes defienden la teoría de que hemos de retirar las plantas, en ningún momento se plantean si corremos peligro o no por compartir el dormitorio con otras personas.

De correr algún peligro por quedarnos sin oxígeno todos dormiríamos en habitaciones individuales. Si os ponéis a pensar, podréis recordar un buen puñado de ocasiones en las que habéis compartido y dormido en un mismo cuarto con otras personas (en unas colonias junto a docenas de niños y niñas, en la mili, en un albergue, con vuestros hermanos o primos…) o incluso con algún animal de compañía.

Otro de los motivos por el que es prácticamente imposible quedarse sin oxígeno por la noche al dormir junto a plantas es porque los dormitorios no son unas estancias que quedan cerradas herméticamente. Aunque se cierren las ventanas y puerta siempre hay alguna rendija por la que, por poco que sea, entra oxígeno a la habitación.

 

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Fuente de la imagen: pixabay

¿De dónde surge el mito que indica que sólo utilizamos el 10% de nuestro cerebro?

¿De dónde surge el mito que indica que sólo utilizamos el 10 por ciento de nuestro cerebro?No hay una sola prueba o evidencia que demuestre que tan solo utilizamos un 10% de nuestro cerebro, pero a pesar de ello se ha hecho mucha literatura (y últimamente cinematografía) al respecto, por lo que éste ha acabado siendo uno de los mitos (ya convertido en leyenda urbana) que más éxito tiene entre los amigos de propagar y creer en este tipo de cosas.

Si nos ponemos a indagar de dónde surge este mito nos encontraremos que muchas son las fuentes que se lo atribuye a Albert Einstein. Según dicen, el famoso físico en una ocasión dio como respuesta (a modo de guasa)  que ‘él tan sólo utilizaba el 10 % de su cerebro’ y parece ser que dicha contestación quedó perpetuada como algo generalizado para el resto del planeta. También hemos de tener en cuenta que son centenares las citas y frases pertenecientes a otras personas y que le son asignadas a Einstein sólo por el hecho de ser el científico más conocido de la historia, dándole así cierta credibilidad por mucho de que eso pueda tratarse de una falacia. Evidentemente, la irrupción de internet y las redes sociales han ayudado a difundir este tipo de mensajes erróneos.

Otro de los posibles orígenes de este mito está en la cita Estamos haciendo uso de tan solo una pequeña parte de nuestros posibles recursos físicos y mentales’ que fue incluida en el artículo ‘The energies of men’ (Las energías del hombre) escrito por el prestigioso psicólogo neoyorquino William James y que fue publicado en 1907 en el ‘The American Magazine’. Esta frase ya había sido pronunciada una década atrás por el propio profesor James en la Universidad de Harvard .

Pero también nos encontramos con quienes apuntan que, muy posiblemente, el mito naciera a principios del siglo XIX, cuando era habitual que los charlatanes y vendedores ambulantes viajaran de una población a otra con el fin de vender sus ‘productos milagros’ (crecepelo, tónicos que daban fuerza y vigor o algún elixir que aseguraba proporcionar una memoria e inteligencia prodigiosas). Para poder venderlos mejor, durante sus demostraciones de charlatanería, intentaban convencer a la gente que se agolpaba frente a ellos de que el cerebro del ser humano todavía no había llegado a su potencial máximo y que ingiriendo su producto lo conseguirían; un argumento que con una teatralizada demostración y utilizando las palabras adecuadas lograba convencer a los presentes vendiéndose un buen número de brebajes.

Cabe destacar que en realidad los seres humanos utilizamos la totalidad de nuestro cerebro y todas las resonancias magnéticas, tomografías por emisión de positrones o PET y otros estudios por imágenes que se han realizado para determinar la actividad del cerebro, no han mostrado zonas del cerebro inactivas (en personas sin lesiones cerebrales, evidentemente).

 

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Fuentes de consulta: archive.org / scientificamerican / livescience / BBC / Naukas / Quo
Fuente de la imagen: Yoel (morguefile)

¿De dónde surge el mito que indica que dar azúcar a los niños los vuelve hiperactivos?

¿De dónde surge el mito que indica que dar azúcar a los niños los vuelve hiperactivos?Uno de los mitos científicos más extendidos entre la población es aquel que indica que dar azúcar a los niños los vuelve hiperactivos.

Si bien es conocido que tomar dulces aumenta la liberación de insulina, los investigadores y científicos no han podido demostrar reacción metabólica alguna que asocie su consumo con una sobreexcitación del sistema nervioso del niño (hiperactividad), señalando que se trata más de una razón psicológica que orgánica.

Evidentemente habrá muchos padres y madres que estarán pensando en este momento, mientras leen este post, que ellos recuerdan infinidad de ocasiones en las que sus hijos se han comportado de una manera hiperactiva tras haberse atiborrado a dulces y chuches, pero esto tiene una explicación lógica que es la que señalan los expertos: los niños no se ponen hiperactivos y sobreexcitados por la ingesta del azúcar sino por el entorno y momento en el que lo están tomando.

Hay que tener en cuenta que, en la mayoría de ocasiones, cuando a un niño se le da algún tipo de dulce (chucherías, pastel, bebidas azucaradas o cualquier producto con un alto contenido en azúcares) suele ser dentro de un entorno festivo, rodeado de otros niños y en el que se realizan juegos, risas y alborotos.

Ya sea en un parque infantil, un cumpleaños o cualquier fiesta especial, es el hecho de estar jugando, correteando y trotando de un lado a otro sin parar con otros niños (amigos, compañeros, primos, hermanos…) lo que causa la sobreexcitación e hiperactividad del pequeño y no lo que ha estado comiendo, que en su caso lo quema muy rápidamente al estar tan activo.

El asociar esa sobreexcitación del niño con los dulces que ha tomado en la fiesta/evento especial es lo que causó que fuesen muchos los progenitores que rápidamente asociasen los dulces/azúcar con la hiperactividad, convirtiéndose en uno de los mitos más comunes.

Cabe destacar que quien más influyó en difundirlo, o al menos dio pie para ello, fue Benjamin Feingold, alergólogo estadounidense que en 1973 propuso prevenir las posibles conductas de hiperactividad infantil suprimiendo los colorantes, conservantes, sabores y edulcorantes artificiales de las dietas de los niños. Fue precisamente el citar a los edulcorantes lo que hizo relacionarlos con el azúcar y cualquier dulce en general, aunque no tuviese nada que ver.

 

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Fuentes de consulta: medlineplus / esmas / babycenter / bbc / medicinajoven / xatakaciencia / bmj / yalescientific
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¿De dónde surge el mito que asegura que la vitamina C cura el resfriado?

¿De dónde surge el mito que asegura que la vitamina C cura el resfriado?Estoy completamente seguro que en alguna ocasión, en la que cualquiera de los lectores de este blog hayáis cogido un resfriado, alguien os ha recomendado tomar vitamina C (sobre todo zumo de naranja) con el fin de que se os cure más rápida y eficazmente.

Este, como muchos otros, no deja de ser un mito que a pesar de llevar muchos años demostrado que es falso sigue transfiriéndose de una persona a otra como si de un consejo válido se tratase.

Hace unos años era muy común que fuesen nuestras madres y abuelas las que nos dijesen esos remedios que creían infalibles para curar enfermedades (aunque no tuvieran base científica alguna), pero hoy en día son las redes sociales las encargadas de difundir cualquier tipo de mensaje y convertirlo incluso en viral, sin importar si se trata de un bulo o no. Lamentablemente continua habiendo demasiada gente que comparte la información sin comprobar previamente si es errónea o no.

Sobre el tema que os traigo hoy al blog, cabe destacar que actualmente ya existen suficientes estudios científicos en los que se ha demostrado la ineficacia de tomar vitamina C como remedio para curar o prevenir un resfriado.

Pero, evidentemente, hay un origen y un responsable directo para que durante tantísimos años nos hayamos creído a pies juntillas que realmente sí que era un buen remedio: el bioquímico Linus Pauling, quien, además de ganar el Premio Nobel de Química en 1954, puso mucho empeño en intentar demostrar las virtudes y bondades que tenía la vitamina C sobre la salud de las personas.

En 1970 Pauling publicó el libro ‘Vitamin C and the Common Cold’ (La vitamina C y el resfriado común) que alcanzó una gran popularidad, por lo que la convicción que aseguraba que era un remedio infalible quedó incrustada en la sociedad y se convirtió en el perfecto consejo que se le da a alguien cuando lo ves acatarrado.

Con el tiempo y docenas de estudios científicos realizados, se llegó a demostrar que la vitamina C puede ser buena para muchas cosas de nuestro organismo, pero no para curar o mejorar los síntomas de un resfriado. Este, como otros muchos remedios, ha basado su posible eficacia en casos puntuales y en el placebo que producía en aquellas personas que estaban convencidas de las virtudes de la vitamina C contenida en algo que tomaban (zumo de naranja, por poner un ejemplo).

 

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