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¿Pastillas contra el dolor del parto?

Por fin en España se empiezan a vender pastillas contra el dolor del parto, bajo el nombre comercial “pastillas CDP”. Tras tantos años de espera finalmente han pasado los filtros de ensayos y pruebas de laboratorios, incluido un amplio estudio a más de 16.000 mujeres de varios países. Y lo mejor de todo es que podemos decir que no tienen efectos secundarios.

¿Pastillas contra el dolor del parto? ¿Cómo? ¿De qué estamos hablando?. Eso es lo primero que pensé al ver el correo. Vale, estoy muy desactualizada. Como mis niños son ya mayores no escribo ni leo demasiado últimamente sobre el embarazo y el parto. Pero de algo así me tendría que haber enterado. De no ser porque me lo enviaba Esther Martín, la matrona que tuve la suerte de tener en mis dos partos, no hubiera mirado dos veces el correo.

“Son buenísimas. Mira el enlace y descubrirás todo lo que se necesita para el parto. Seguro que te gusta. Ha sido un folleto elaborado por el Ministerio“, me dice.

Y Esther es una profesional como la copa de un pino, madre reciente y una persona excelente, con la que da gusto tratar. En su afán divulgador ha creado una página de lo más recomendable que se llama Vivir la maternidad, así que he sido obediente y, pese a que el escepticismo ha hecho clic junto con mi dedo en el ratón, he seguido el enlace para informarme.

Obviamente nadie ha inventado o va a comercializar unas pastillas sin efectos secundarios contra el dolor del parto (ojalá), pero el folleto (o por lo menos sus principios activos) me ha gustado tanto que aquí os lo dejo:

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No solo curan las medicinas

En todas las casas con niños pequeños lo sabemos. Las medicinas son importantes para lo que son, por supuesto, pero hay un tipo de dolor cotidiano y sin consecuencias que todos los padres (y abuelos y tíos…) recientes aprendemos a curar de muchas otras maneras.

Lo curamos con besos, con abrazos, con muchos mimos.

Lo curamos con fantásticas tiritas de colores.

Lo curamos con encantamientos milagrosos.

Lo curamos con bailes y balanceos.

Lo curamos con el pecho si aún están lactando (la teta que todo lo cura decíamos nosotros).

Lo curamos cogiendo el dolor con la mano y tirándolo por la ventana.

Lo curamos con chuches, que endulzan cualquier golpe o caída.

Incluso los hay que lo curan devolviendo el golpe al suelo, el pico del mueble o la puerta golpeadora (algo que a mí particularmente no me gusta).

Y por supuesto están las canciones que curan.

Las clásicas:

Y alguna que otra nueva, que en mi casa al menos ha desplazado a la anterior:

¿Recuerdas la primera vez que viste llorar a tus padres?

Creo que es imposible que un hijo no recuerde la primera vez que ve llorar a sus padres.

Tal vez llorase antes y yo no lo recuerdo por ser muy pequeña, sinceramente creo no equivocarme al decir que recuerdo perfectamente cuando vi por primera vez llorar a mi madre siendo una niña, ya no tan pequeña.

Y no puedo olvidar la sensación que me produjo ver el dolor de mi madre. Era algo terrible. La persona que me consolaba cuando yo lloraba, ahora necesitaba consuelo. Y no era por ninguna tontería: acababa de descolgar el teléfono justo tras regresar de las vacaciones, con las maletas aún sin deshacer, para escuchar que un familiar suyo, muy querido, había muerto en un accidente de tráfico.

Ella se llamaba MªCarmen. Era sobrina de mi madre, pero se llevaban pocos años. Y se habían criado juntas. Pasó una de esas cosas comunes antes en los pueblos, de que una familia con muchos hijos dejara que otra cercana criara o medio criara a uno de ellos.

Estuvo muy enferma siendo niña, creyeron que se moría, al final le quedó una discapacidad que le obligaba a desplazarse con muletas y sujeciones en las piernas. Aún así supo tener una buena vida y ser feliz. Le gustaban los niños y dirigía una de las primeras guarderías de la ciudad, a la que yo asistí puntualmente, se apañó para conducir su propio coche adaptado y pintaba y gustaba de toda expresión artística.

Siempre relacionaré el llanto de mi madre y su muerte como uno de esos momentos que te hace cambiar tu modo de pensar. Imagino que también te hace crecer.

También recuerdo la primera vez que vi llorar a mi padre
. No le vi llorar cuando mi abuela, su madre, estuvo luchando (con éxito) contra un cáncer de mama. No le vi llorar cuando operaron a mi madre del corazón. No le vi llorar a lo largo de los tratamientos y convalecencias derivadas de su diabetes, que le ha hecho enfrentarse a un transplante que no salió bien y le ha robado casi toda la vista. Le vi llorar, conteniéndose, eso sí: cuando llegamos a su casa con el diagnóstico de autismo de Jaime, su primer nieto en el que se había volcado por completo desde que nació (y así sigue).. Y me costó mantenerme entera. Y me emociona aún recordarlo.

¿Cuál será la primera vez que ellos recordarán haber visto mis lágrimas?

Cuidado al llevar a los niños a hombros

Una amiga está doliente en estos momentos por culpa de las cervicales, y aunque no es su caso, me ha recordado lo mal que lo pasó mi santo hace dos años.

Tenía Jaime entre 2,5 y 3 años y él, como muchos padres recientes, lo cargaba a menudo a caballito sobre los hombros. A Jaime le encantaba, se lo pasaba pipa divisando el mundo a más de dos metros de altura. ¿A qué niño no le gusta? Y mi santo disfrutaba también oyéndole reir. No sé quién se lo pasaba mejor paseando así sinceramente.

Pero por anchas que tenga las espaldas, tanto cargar con el peque a cuestas acabó pasándole factura. Literalmente, porque el fisioterapeuta no es precisamente barato. Al menos la tortura a la que le sometió por un nada módico precio fue efectiva y al cabo de poco tiempo el dolor cesó.

También cesó el llevarle a caballito claro. De hecho Julia se está llevando menos paseos a hombros que su hermano. Y eso que es peso pluma.

Así que ya sabéis: cuidado con eso de ponerse a los peques a hombros durante demasiado tiempo.

“¡Quita pupa mamá!”

Hoy Julia se ha pegado un buen coscorrón en el parque. Estaba emocionada correteando y pateando una pelota cuando se ha caído y ha ido a dar con la frente contra una moto balancín.

No es que sea nada grave, pero enseguida ha salido un huevecillo.
Hemos ido a una farmacia a comprar y poder aplicar árnica en un rollon (sí, aquello que le daban a Zipi y Zape en versión moderna).

Aparentemente ha pasado todo. Ha estado jugando y saltanto tan contenta. Pero antes de dormir ha vuelto a ponerse tontorrona. Se tocaba la frente y decía “quita pupa mamá”.

“Ojalá pudiera” le he contestado, recordando cuando yo era niña, estaba enferma o dolorida y mi madre me decía “ojalá pudiera pasarlo yo por tí”. Tiene poco más de año y medio, Para ella sus padres aún somos superpapá y supermamá.

Desgraciadamente no lo somos. Con el tiempo, paulatinamente, lo irá descubriendo. Como lo hemos hecho todos.

Pero ojalá fuera así y uno de mis súper poderes fuera librarla de todo mal.

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La ilustración es de Mastropiero, un estupendo ilustrador freelance méxicano.Ha colaborado con las revistas Complot, 15 a 20, Veintitantos, Tierra Adentro, H Extremo, H para hombres, Récord Luchas, y para editoriales como Alfaguara y Trillas.

¿Tu enfermera/o de pediatría hace algo para aliviar el dolor de las vacunas?

Otra vez es el bueno de Armandilio con uno de sus posts quien me inspira el tema del día.

Os pongo un fragmento, pero os recomiendo que lo leais entero en su blog.

¿Recordáis que os conté que estoy haciendo un postgrado de pediatría?

Bien, pues algunas clases han dado bastante que hablar entre las compañeras y una de ellas fue una que nos dieron sobre vacunas y quiero hablar de ella.

Según la profe hay dos corrientes al respecto del dolor en los bebés y niños ante una vacunación. Unos autores están de acuerdo en evitar el dolor y otros comentan que las vacunas son así, que duelen y que lo tienen que vivir o incluso que no deben dolerles tanto como se cree.

Posibles técnicas para evitar el dolor ante una administración vacunal serían:

Tratamiento con anestésicos tópicos. La mezcla eutética de crema anestésica (EMLA) aplicada bajo un apósito oclusivo logra analgesia durante la inyección y durante 24 horas después.

Debe aplicarse más o menos una hora y media antes de la administración de la vacuna aplicando un poco de crema en la zona y tapándola con un apósito (gasas y esparadrapo) que se retirará antes de aplicar la inyección (o antes de entrar a la consulta).

Existen parches ya preparados cuya pauta de administración es idéntica, es decir, colocar el parche una hora y media antes y retirarlo al ir a administrar la vacuna.

Tratamiento con analgésicos orales. La administración de paracetamol o de ibuprofeno antes de la vacunación también disminuye el dolor de las vacunas. Para que sea efectivo deben haber pasado unas 6 horas y continuar con la administración del mismo durante 24 horas.

Tratamientos no farmacológicos. La presión local sobre la zona a pinchar durante unos 10 segundos antes del pinchazo disminuye levemente el dolor. Una cucharada de azúcar antes de la administración también puede disminuir las molestias.

Pinchar a los niños estando en brazos de sus padres o incluso, si toman pecho, mientras son amamantados son buenos sistemas para que el niño esté más relajado y sienta menos dolor.

En niños de mayor edad son eficaces técnicas de respiración y distracción como “alejar el dolor soplando”, utilizar sopladores festivos (alias “matasuegras” – ¿por qué se llamarán así?), hacer burbujas de jabón, leer libros, cantar alguna canción o usar música.

Actualización: Desde que escribiera este post en Bebés y más allá por noviembre he leído algún estudio sobre el manejo del dolor y parece ser que lo más efectivo es la succión durante la prueba (pecho o chupete) y, si es con chupete, que haya tomado antes de entrar un poco de sacarosa (si es con el pecho, pues que tome un poco de pecho antes y durante).

Pues a mi peque grande le pusieron las vacunas a lo bonzo. Sólo cuando tuvo extracción de sangre le recetaron la crema anestésica.

Siempre estuve presente eso sí. ¡Faltaría más!

Con la peque peque en su prueba del talón mi enfermera de pediatría me dijo que la pusiera al pecho mientras estrujaba su pie, que así era el nuevo protocolo aunque no parecía muy convencida de su efectividad.

A partir de ahora os aseguro que procuraré que siempre se intente aliviarles.

¿El parto es más cansado o más doloroso?

Mi anterior matrona decía que el “parirás con dolor” al que se nos condenó a todas las mujeres por culpa de la glotona Eva bíblica es una mala traducción.

En realidad debería ser “parirás con esfuerzo”.

Me creo que sea una mala traducción. Me consta que la Biblia está llena. Creo que la más famosa es aquella del camello pasando por el ojo de una aguja.

Y también me creo que un parto supone más esfuerzo, más cansancio y trabajos, que dolor.

Lo que no quiere decir que no duela claro.

Pero ya sabéis que aunque espero mi segundo hijo soy una primeriza en esto del parto.

Lo mío con el peque fue cesárea y ahí sí que puedo deciros que hay más dolor que esfuerzo.

Las que habéis pasado por la experiencia ¿qué opináis?

¿Es más agotador que doloroso?

¿Dar el pecho duele?

Me lo han preguntado en alguna ocasión. Incluso en los comentarios de este blog.

Sólo puedo hablar desde mi experiencia. Y para mí dar el pecho nunca ha sido doloroso.

Había escuchado a otras mujeres hablar de grietas sangrantes, de lo dolorosa que era la subida de la leche, de los entuertos, de los mordiscos del bebé al hacerse mayor…

Yo tal vez he tenido mucha suerte, pero no me ha tocado nada de eso.

Por si ha sido algo más que suerte, os voy a contar lo que hice:

Obedecí a la matrona y no utilicé ninguna crema durante el embarazo para preparar el pecho. Me limité a llevar en casa los pechos al aire tanto como pude.

Y tras el nacimiento del peque, tampoco usé cremas. Hice lo mismo: ir con los pechos al aire todo el tiempo que podía por casa y dejar un poco de mi propia leche secarse sobre los pezones.

La subida de la leche no me resultó dolorosa, tampoco fue tan espectacular como en otras mujeres, simplemente tuve el pecho hinchado y caliente al tercer día tras la cesárea.

Siempre procuré que mi peque abriera bien la boca y tomara tanto pezón como fuera posible. Y cuidé la forma en la que lo colocaba, barriga frente a barriga.

No le dejé chupetes ni biberones para que no confundiera la forma de mamar. Algo que me explicaron era muy importante las primeras semanas.

Cuando se hizo mayor y sacó los dientes, las pocas veces que hizo amago de usarlos, le dije “NO” con firmeza y lo aparté.

Y la lactancia siempre ha sido para los dos una experiencia placentera.

Sobre todo comencé a disfrutar de ella a partir de los cuatro o cinco meses, cuando ya tenía plena confianza en mi capacidad para lactar y los pechos estaban acostumbrados al proceso y no se endurecían en exceso ni goteaban.

¿Cómo te fue a tí?