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La Isla de las Tentaciones: Por qué Fani se ríe al ver su infidelidad y Cristopher reacciona con ese grito desgarrador

Me lo habéis preguntado muchísimo. ¿Las emociones que vemos en el exitoso programa de televisión son reales o fingidas? Y lo cierto es que el reality de ‘La Isla de las Tentaciones‘ ha ido adquiriendo una trama de comportamientos y relaciones complejas que parecen más propias de un guion hollywodiense que de la vida cotidiana. Pero la realidad supera casi siempre a la ficción, y no hay mayor prueba que el caso que nos ocupa.

El análisis daría para mucho y para centrarse detenidamente en cada uno de los protagonistas del programa pero nos vamos a quedar con Fani y Cristopher, por razones obvias. Sus conductas son las que más han trascendido e incluso viralizado en redes sociales.

Al grito de ¡Estefaníiiiiiaaaaaa! hemos podido ver (pincha aquí para acceder al vídeo) una de las reacciones más desgarradoras de la historia de la ‘telerrealidad‘. Cristopher se muestra fuera de sí cuando ve en una pantalla que su pareja durante 7 años le ha sido infiel, y, en principio, podemos descartar que tanto Cristopher como Fani se dediquen a la interpretación profesional, ni están formados ni preparados para fingir de tal manera.

Sí, su lamento fue sentido, espontáneo y totalmente impulsivo. Podemos ver el alto grado de la emoción de ira que se dibuja en su rostro, mezcla además de la desesperación y la tristeza con rabia extrema que podemos observar en su lenguaje corporal, se levanta de forma rápida, agresiva, los movimientos del cuerpo están descontrolados.

Cuando la furia es muy fuerte, la emoción va acompañada de cambios fisiológicos, como el aumento de la frecuencia cardíaca y la presión arterial; así como una elevación de ciertas hormonas en sangre. Esta ira que observamos es una respuesta natural ante la amenaza (física o sentimental) con un comportamiento de lucha y defensa cuando nos sentimos atacados.

La rabia surge ante condiciones que generan frustración, interrupción de una conducta motivada, situaciones injustas, o atentados contra valores morales. Como vemos, en este contexto está más que justificada esta reacción.

Cristopher continúa con un proceso mental también propio de esta emoción de ira real: Focaliza toda su atención en los obstáculos externos que impiden la consecución del objetivo o son que son responsables de su frustración, cae en un estado de obnubilación e incapacidad para racionalizar la situación. Corre hacia la playa para ir en su búsqueda, la llama gritando su nombre, ignorando que era físicamente imposible llegar hasta ella o que ésta le escuchase.

Por otra parte observamos la insólita reacción de Fani cuando, en la confrontación con Cristopher, visualizan juntos las imágenes de su infidelidad. Se tapa la cara (siente la emoción de vergüenza), pero se ríe. Y se ríe mucho. ¿Por qué reacciona de esa forma?

Hay dos posibilidades: Tiene un ataque de lo que se conoce como risa nerviosa o inapropiada por los nervios o, segunda opción, muestra tal indiferencia porque la que ya considera su expareja que la situación le resulta cómica.

Respecto a la primera, a todos nos ha pasado alguna vez, estás hablando de algo muy tenso, y tu cuerpo responde riendo, esta sonrisa o carcajada nerviosa es una respuesta psicológica a la ansiedad y la tensión, nuestro cerebro nos hace reír para aliviar la tensión, incluso si realmente no queremos. Se trata de un mecanismo de defensa que se activa cuando nos enfrentamos a algo traumático o angustiante.

La segunda hipótesis no es tan benevolente. Decía Schopenhauer que «gozar de la desgracia de otros es demoníaco». Disfrutar de la desgracia ajena se debe principalmente a tres causas: la agresión, es decir, regocijarte de que tú ganas y el otro pierde; el sentimiento de justicia al ver roto a alguien que consideramos que se lo merece y por último, una rivalidad personal profunda motivada por la venganza, la envidia o el rencor.

¿Qué pensáis que le puede haber ocurrido?

Un incómodo pero convincente Abascal en El Hormiguero

No fue así toda la entrevista, al inicio, Santiago Abascal entraba alegre, tranquilo, amigable y hasta divertido. Veíamos cómo todo eran sonrisas sinceras por la activación del músculo orbicular del ojo (patas de gallo), estaba realmente contento de estar ahí, relajado.

Duró poco. Su rostro, gestos y posturas se fueron transformando en seriedad, nervios, contrariedad, parálisis corporal (por el aumento de la tensión y el estrés) y a nivel fisiológico llegó la consecuente sudoración corporal y la sequedad de boca.

Parece que las preguntas de Pablo Motos pillaron totalmente descolocado al líder de VOX, quien no se esperaba una entrevista tan áspera; el lenguaje corporal del entrevistador también es para analizar, intenta mostrarse afable y neutral pero está claro que no lo consigue, es una persona muy expresiva y se nota a la legua cuando sí que conecta y es benevolente (caso Rivera) y cuándo le ocurre todo lo contrario (Abascal o Iglesias). Ayer, anormalmente, se le veía notablemente nervioso también.

Abascal, en alguna ocasión incluso contestaba titubeante, recurría a eternos silencios (en un contexto de comunicación en público) antes de responder y escoger unas palabras nada políticamente correctas. Si algo destacaría de este líder político es precisamente eso, creo que estamos ante la primera ocasión en la que un aspirante al Gobierno de España no elige lo que quiere decir, lo suelta sin más.

Admite sin tapujos que su experiencia laboral fuera de la política ha sido nula (como la de casi todos los políticos de este país, por cierto) y que además fracasó con su empresa privada, a la que solo mantuvo unos meses antes de cerrarla. Que no se siente orgulloso de su paso por un ‘chiringuito’ de la comunidad autónoma de Madrid y que por eso precisamente ahora representa a propuestas políticas que intentan eliminarlos.

Y continúa con respuestas que ‘suenan mal’: ¿Qué hacer con los menores extranjeros no acompañados que entran ilegalmente? «Deberíamos expulsarlos». ¿Qué haría con las vallas de Ceuta y Melilla? «Las haría más grandes y enviaría al Ejército».

Hay palabras de alto impacto emocional que no deberían utilizarse en un discurso público… ¿o sí?

Estas palabras pueden resonar en nuestro cerebro casi como si de palabrotas se trataran, entran directamente a nuestra parte más profunda y emocional por ser directas, férreas y por tanto, se convierten en memorables. Una estrategia arriesgada pero eficaz para desmarcarse en las formas de la política tradicional y marcar un punto de novedad que capta, cuanto menos, la atención de los espectadores.

Sus convicciones son muy polémicas, pero las tiene y las expresa como tal, le da igual convencer (tal y como él mismo manifestaba) y esta premisa despierta la credibilidad de la audiencia. Un político que no me quiere convencer de nada y dice las cosas tal y como las piensa es todo un acontecimiento en el mundo de la comunicación. Y puede que funcione.

Mientras anoche analizaba la entrevista, un familiar mío me escribía un mensaje que decía: «El tema está en que yo no estoy de acuerdo con más de la mitad de las cosas que dice, y aún así no tengo ninguna duda en que les votaría.»

 

¿Pánico a hablar en público? Estos trucos (no tan típicos) pueden ayudarte

No nos entrenan para ello. Personalmente creo que ese es el problema. Al menos en España, no nos educan para aprender a hablar en público correctamente y como algo habitual. Esto está cambiando sutilmente en la actualidad, implementando ejercicios con breves exposiciones, historietas, etc, en las clases de los más pequeños.

Tradicionalmente ha sido un ejercicio que se ha obviado, y claro, llegamos a adultos y tenemos que enfrentarnos a ello casi en cualquier trabajo u ocasiones sociales varias, entonces aparecen la vergüenza, los nervios, la tensión, el miedo e incluso un terrible pánico que puede trasformarse en fobia a hablar en público.

Todos conocemos las pautas teóricas: imaginarnos a nuestra audiencia desnuda para quitarle hierro al asunto, llevar notas para no temer quedarnos en blanco, prepararse muy bien y ensayar muchísimas veces nuestra intervención… y sí, todo esto suma para superar la situación, pero lo que yo hoy os quería contar son 4 acciones muy sencillas y muy simples que, a mí particularmente, me ayudaron a sentirme más segura cuando con tan sólo 22 años tuve que enfrentarme a cantidades ingentes de personas que me atendían sedientos de información.

Una de las claves más productivas era la de hablar, previamente a mi charla, con los asistentes. Antes de entrar a la sala o ya una vez en ella mientras esperábamos al resto, me ayudaba muchísimo conocer poco a poco a los que iban llegando. Nos presentábamos, les preguntaba qué esperaban de la formación, les contaba mi trayectoria y les interrogaba por la suya, y bueno, un poco de lo que se me iba ocurriendo e iba surgiendo entre todos.

Lo que quiero decir con esto es: Intenta divertirte e iniciar tu intervención con ganas y buen ánimo, con buena sintonía con la gente que estará sentada expectante frente a ti. Es una forma ideal de conectar con la audiencia y de que te perdonen cualquier nerviosismo o alteración que pueda ocurrir a continuación. Las personas serán más benevolentes con quien ya ‘conocen’.

Los momentos iniciales son los más importantes. Otro de los ‘trucos’ que utilizaba en mis clases era el de empezar la ponencia sin tener que hablar yo. Al principio es cuando uno está más nervioso, por tanto, deberemos evitar, en la medida de lo posible, intervenir. ¡Deja que hablen ellos! Haz que se presenten, si tienes tiempo. O en mi caso, por ejemplo, solía siempre introducir mi clase con algún vídeo, ejercicio práctico, role playing, etc, que hiciera que todos nos soltáramos y rompiéramos la frialdad del momento inicial.

Seguimos. Lo ideal y lo bonito es mirar a todos los asistentes para conectar con cada uno de ellos, si bien es cierto que la realidad es que hay gente que te lo pone muy difícil, bien porque te miran fijamente con cara de póker, o porque tienen el ceño fruncido, o están distraídos, o con gesto aburrido. Esto siempre va a ser así en algún momento de la clase, es algo normal, no lo tomes como algo personal y, sobre todo, que no enturbie tu actitud. Engánchate a los rostros amables, también siempre habrá gente que te sonría, que escuche activamente con interés, que participe y que te lo haga fácil.

Por último, no te excuses continuamente, pase lo que pase sonríe y evita frases del tipo: «perdón, estoy muy nervioso», «lo siento, me he perdido», «ay, me he equivocado»… El mayor porcentaje de tu audiencia no va a notar si has cometido algún error, o te has olvidado de exponer una idea en una diapositiva, por tanto, ¡no te delates a ti mismo!