Pedro Cavadas y la desinformación sobre el coronavirus

No sé si es verdaderamente preocupante el volumen de bulos sobre el nuevo coronavirus 2019-nCoV que está corriendo por las redes sociales. Habrá que esperar a que los expertos en comunicación y salud pública estudien y valoren este fenómeno a toro pasado, una vez que las aguas vuelvan a su cauce, para saber si de él se derivan auténticos efectos dañinos, como una saturación de los sistemas de salud debida a la histeria de las personas que no están enfermas o lo están por otras causas diferentes.

Lo que sí es indudable es que los grandes profesionales y expertos que trabajan en las autoridades y organismos competentes aprovecharán para aprender aún más sobre la respuesta de cara a futuras situaciones similares: como ya conté aquí, para las personas que han sufrido una pérdida cercana, el 2019-nCoV es la peor tragedia imaginable; pero para la comunidad global, si es posible elegir entre ver qué pasa ante una emergencia de salud global con un virus que parece relativamente inocuo en la inmensa mayoría de los casos, como el 2019-nCoV, o con otro virus mucho más letal, mejor que sea lo primero. Dado que desde hace años los expertos vienen advirtiéndonos de que los virus emergentes van a ser una preocupación frecuente en nuestras vidas, es necesario que toda la maquinaria de respuesta vaya engrasándose.

Lo que también es seguro es que la desinformación no es sorprendente. Incluso lo hemos visto en el cine. La película científicamente más realista que se ha rodado sobre una pandemia vírica (al menos que yo haya visto), Contagio de Steven Soderbergh (2011), se presentaba con una tagline muy reveladora: “Nada se extiende como el miedo”. En el clima de desinformación que conducía al desorden social, jugaba un papel esencial el personaje de Jude Law, un bloguero ruin dedicado a extender bulos y que pretendía enriquecerse con una falsa cura homeopática contra el virus.

Y lo que también es cierto es que los medios no son inocentes, ni de fomentar la histeria colectiva, ni de hacerlo dando voz a quien no se debería. Sobre lo primero, el otro día la persona que presentaba un programa de radio se quejaba de la excesiva atención que se le está concediendo al nuevo coronavirus. Y lo decía cuando esa misma persona había convertido el coronavirus en el tema central de su programa. Quienes nos dedicamos a contar y analizar la actualidad relacionada con la ciencia tenemos la obligación de centrarnos en un asunto que ojalá no tuviéramos que contar, pero que no podemos soslayar. Sin embargo, los medios y cauces generalistas tienen la oportunidad/opción/obligación de valorar su interés/responsabilidad en echar gasolina al fuego.

Respecto a lo segundo, en estos días han destacado las desafortunadas declaraciones del cirujano Pedro Cavadas, sin cualificaciones en virología o epidemiología –como él mismo reconoce– en las que se limitaba a conjeturar, incluso cuestionando el nivel de inteligencia de quienes se ciñen a los datos publicados y avalados por aquellos que sí son expertos en epidemiología: “Si reconocen un número de muertos y de contagiados, no hace falta ser muy listo para pensar que hay como diez o cien veces más”. Y aún más, los medios ponen a comentar las declaraciones de Cavadas a personas con aún menos cualificaciones relevantes que el cirujano, lo que conduce a una progresiva putrefacción desinformativa.

Pedro Cavadas en una imagen de archivo.

Pedro Cavadas en una imagen de archivo.

En el fondo de esto, existe un problema que no tiene solución y que va a repetirse siempre en situaciones similares: la gente reclama respuestas claras y contundentes, síes y noes, verdades absolutas. Pero la salvación segura o la condenación segura solo la prometen los políticos y los sacerdotes, no los científicos. Un científico debe ceñirse estrictamente a los datos, y por ello el lenguaje de los científicos a menudo puede resultar demasiado ambiguo e incierto para la gente. Pero si la ciencia perdiera esta cualidad, dejaría de ser ciencia.

En este clima, es natural que palabras contundentes como las de Cavadas calen tan hondo, sobre todo cuando proceden de un reputadísimo cirujano que además es conocido por sus acciones altruistas. Pero cuando Cavadas dice lo que ha dicho, no está hablando como científico. Él mismo aseguraba estar cualificado para hablar sobre China porque sus hijas son originarias de ese país. Dicho de otro modo, la única cualificación que exhibe para hablar sobre la epidemia es que sus hijas son chinas.

¿Significa esto que Cavadas miente? ¿Puede afirmarse que lo que dice es falso? No. Como tampoco lo contrario. En realidad, nadie lo sabe, incluido él mismo. Se limita simplemente a especular sin el menor fundamento, probablemente pensando que es libre de decir lo que le venga en gana. Y por supuesto, nadie puede negarle esa libertad. Salvo quizá él mismo, ya que sin duda no ignora la onda expansiva que sus palabras pueden provocar. Y teniendo en cuenta que el pasado agosto anunció que dejaba la sanidad pública porque la saturación del sistema le cargaba con más trabajo del que podía atender, resulta chocante escuchar de sus labios declaraciones infundadas que, si algo van a conseguir, será precisamente agravar ese problema de saturación de los servicios de salud.

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