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No nos engañemos, esto es una guerra

Por Gordon Finkbeiner, coordinador financiero de Médicos Sin Fronteras en República Centroafricana.

Campo de desplazados Mpoko, en el aeropuerto de Bangui, donde se hacinan más de 100.000 personas en condiciones infrahumanas. MSF es la única organización que les presta asistencia médica. (Copyright: Samuel Hanryon)

Campo de desplazados Mpoko, en el aeropuerto de Bangui, donde se hacinan más de 100.000 personas en condiciones infrahumanas. MSF es la única organización que les presta asistencia médica. (Copyright: Samuel Hanryon)

 

No hay manera de expresarlo de otra forma: esto es una situación de guerra. Guerra abierta, con artillería pesada y morteros que son disparados arbitrariamente en diferentes partes de la ciudad, con helicópteros sobrevolando la ciudad y con explosiones que te cortan la digestión. Tras la llegada de las tropas francesas a la ciudad, durante algunos días pareció haberse asentado en Bangui una aparente calma esperanzadora. Sin embargo, tras ese breve paréntesis, ahora se ha instalado un estado de confusión total en cuanto a quién combate a quién: los rebeldes exSéléka, los milicianos anti-Balaka, las tropas francesas, las fuerzas de mantenimiento de paz compuestas por congoleños y burundeses y sus a menudo temidos colegas del Chad (percibidos en muchas ocasiones como escasamente neutrales)… demasiados tipos armados.

La gente está desesperada, hacinándose por decenas de miles en misiones religiosas o en campos de desplazados improvisados, como el que hay en el aeropuerto y que a día de hoy ya alberga a más de 100.000 personas. Solamente en Bangui más de medio millón de ciudadanos han dejado sus casas, aunque el número se dispara cada día que pasa. Uno de nuestros compañeros pasó una semana en el interior de una iglesia con su familia, durmiendo en el suelo junto a seis mil personas más. Algunos miembros de nuestro equipo sabían que su vida correría un grave riesgo si regresaban a sus casas, por lo que fueron improvisando día tras día dónde dormir, ocultándose y durmiendo en los bosques. Algunos han perdido a varios de sus familiares.

La residencia del embajador de Camerún, a meros cien metros de donde nosotros nos alojamos, está desbordada con más de mil nacionales que pretenden salir del país después de que unos compatriotas suyos fueran asesinados en Bangui. Un grupo de civiles chadianos fue atacado cuando trataba de huir de la ciudad hacia el norte, seguramente en su pretensión de llegar de vuelta a su país. 47 de ellos fueron masacrados, mujeres y niños incluidos. Ahora tratamos de evacuar a otro compañero porque sabemos que aquí en el proyecto ya no estaría seguro. No cuento con volver a verlo por aquí.

Pacientes atendidos en el hospital Comunitario de Bangui, uno de los centros médicos en los que el personal de MSF lleva a cabo cirugías. (© Samuel Hanryon)

Pacientes atendidos en el hospital Comunitario de Bangui (© Samuel Hanryon).

El dinero y los suministros comienzan a ser un problema, pues los bancos y tiendas están cerrados. La Navidad no ha tenido lugar, no hace falta decirlo. Las escuelas, que antes del cinco de diciembre habían finalmente hallado cierta regularidad al permanecer no sólo abiertas, sino llenas de alumnos, han cerrado. En total, sólo han conseguido estar abiertas cuatro meses este año. Seguimos viendo familias enteras en las carreteras, empujando carros en los que acumulan aquellas pertenencias que han podido rescatar, y tratando de llegar a algún lugar seguro. Dejan su casa atrás, aún sabiendo que ésta será con toda probabilidad saqueada o destruida.

Las perspectivas actuales son nefastas, pero también impredecibles. Pasamos de ver cadáveres degollados amontonados por docenas en las calles, a una situación de casi normalidad. Y ahora, de nuevo, otra vez gente refugiándose de las balas… y todo esto en tan sólo dos semanas. Será difícil que la tensión existente actual amaine y que los sentimientos de odio y venganza den lugar a la reconciliación que todos deseamos.

Campo de desplazados Mpoko, en el aeropuerto de Bangui, donde los equipos de MSF pasan más de 500 consultas y ayudan a dar a luz a una media de 7 bebés al día (© Samuel Hanryon)

Campo de desplazados Mpoko, en el aeropuerto de Bangui. (© Samuel Hanryon)

En el lado positivo cabe destacar que tenemos un gran equipo y que en la actualidad, además de los muchos proyectos regulares con los que contamos en el país (hospitales que tienen una cobertura regional), también operamos y proveemos otros dos hospitales en Bangui en los que estamos dando asistencia de emergencia.

Por otro lado, hay varios equipos de MSF pasando consultas y ocupándose de las actividades de agua y saneamiento en varios de los campos de desplazados de la ciudad, donde también tratamos de luchar contra el cólera y el sarampión.

Todo ello con las dificultades obvias e impredecibles a las que nos enfrentamos a diario y bajo los riesgos e incluso amenazas que rodean a la misión. Si uno se para un minuto a analizar el caos en el que está sumido todo el país, al final no puede por menos que pensar que cada vida que logramos salvar, cada persona a la que conseguimos ayudar, resulta casi casi un pequeño milagro.

2 comentarios

  1. Dice ser Nina

    Me gustaría que leyeran la entrevista que hace Victor Usón a Juan José Aguirre, Obispo de Bengassou, en el número de octubre de 2013, de la revista 21 RS. Es una pena que nadie tome medidas. Gracias a MSF.
    Por Víctor Usón @victoruson
    En un lugar condenado al olvido por la comunidad internacional y los medios de comunicación, sometido durante décadas a los dictados de gobernantes corruptos y que ahora sufre la violencia impuesta por la guerrilla de corte islámico Seleka, desarrolla su labor Juan José Aguirre, obispo de Bengassou, una región del sudeste de la República Centroafricana. Ha venido a España a despertar nuestras conciencias.
    En marzo de este año, los rebeldes se hicieron con la presidencia que ostentaba el último gobernante del país, François Bozizé. Tal como ha alertado Naciones Unidas, han impuesto su poder a base de cruel represión y violencia, sobre una población pobre que viene luchando desde hace décadas por la supervivencia. Mayoritariamente cristianos (60% frente al 15% de musulmanes), los centroafricanos resisten los envites de los islamistas radicales que se ensañan especialmente contra las misiones católicas como la de Aguirre.
    “Cuando te destrozan todo, tienes la esperanza de volver a construir” comenta este obispo cordobés como un grito de esperanza ante el terror que ha sufrido durante los últimos meses, en los que les han saqueado, destrozado y expoliado la misión. Y esa es precisamente la razón por la que Aguirre ha pasado el verano en España, para “respirar, coger fuerza, eliminar el estrés acumulado” y tratar de que el mundo se percate, por un momento, de las barbaridades que allí están aconteciendo.

    ¿Teme sufrir algún daño físico además de los habituales saqueos que viene soportando la misión?
    Siempre existe un riego porque son militares que no están muy bien formados. A algunos los cogen directamente de la calle y otros son mercenarios. Muchas veces son inconscientes e ignorantes. Personas a las que les han lavado el cerebro y ven a todo aquel que no pertenezca al Islam como un Kafir. Un término muy negativo con el que los radicales califican a quienes no son creyentes. Así que, si a alguien se le va la cabeza, te puede pegar un tiro.

    ¿Se encuadra esta guerra dentro de la expansión de grupos islámicos radicales que sacude África?
    El Islam es enormemente grande y dentro de él hay una rama que interpreta el Corán de una forma radical. Estos son los que se están expandiendo por todo el Sahel alimentados por las armas que dejó el régimen de Gadafi, que a su vez habían sido vendidas por Europa. Han bajado por ejemplo hasta Malí, que ha sido el caso que más repercusión mediática ha tenido, pero también están llegando a otros muchos lugares. Ahora se han acercado al Subsahel, la parte que corresponde a la República Centroafricana, y nos ha tocado a nosotros porque probablemente seamos el país más frágil de la zona.

    ¿Existían estos grupos guerrilleros antes de que las armas de Gadafi se extendiesen por el continente?
    Sin ninguna duda ya había un germen de fanatismo. Estos grupos reclutan desde niños a los más radicales a través de las escuelas coránicas. Personas dispuestas a inmolarse o decididas a formar guerrillas libres como las que ahora están llegando a Burkina Faso, Malí, Chad, los países del oeste del golfo de Guinea o Centroáfrica. Grupos que están pagados por Estados que son fuertes económicamente, algo que no puedo demostrar pero de lo que no me cabe ninguna duda.

    ¿La comunidad internacional ha abandonado a su suerte a Centroáfrica?
    Completamente. Pensábamos que Francia podría intervenir, como ha hecho en Malí, ya que Centroáfrica es una antigua colonia francesa y, como consecuencia, se ha enriquecido enormemente con sus materias primas. Además, una república islámica en el corazón de África no interesa a nadie, ni a Francia, ni a ningún país limítrofe. Todos están pensando en cómo y cuándo va a terminar todo esto pero la verdad es que es imposible saberlo porque seguimos siendo un país ingobernable, un país que vive completamente en el caos.

    No es el primer golpe de Estado, ni el primer conflicto armado que soporta este país a lo largo de su historia, ¿Por qué éste acarrea tanta inestabilidad?
    La historia de Centroáfrica está plagada de golpes de Estado, amotinamientos, cambios de Gobierno… Esto se debe, en primer lugar, a que hay una corrupción generalizada en el país. No hemos conseguido tener una serie de dirigentes honestos capaces de pensar en el bien de la nación. En segundo lugar, como ocurre en muchos países del continente, Centroáfrica es muy rico en materias primas pero carece de los medios técnicos necesarios para extraerlas, así que necesita contratar compañías extranjeras para esta labor. Estas empresas no lo hacen gratis precisamente, se aprovechan de una manera brutal, son como depredadores que vienen a hincar el diente en el petróleo, el uranio o el manganeso tratando de llevarse toda la tajada que pueden.

    ¿Por qué decidió usted marcharse a la República Centroafricana?
    Me fui hace 34 años, pero en realidad lo decidí diez años antes cuando ingresé en los combonianos. Tomé la decisión porque me di cuenta de que no podía estar mirándome el ombligo, de que la experiencia misionera merecía la pena, quería dar la vida por los demás. Después de diez años de formación, me mandaron a Centroáfrica y hace quince me concedieron el servicio del episcopado como un macuto lleno de piedras, de ladrillos. Es muy duro ser obispo en África.

    ¿Por qué es tan duro?
    Porque tienes que bregar con cantidad de situaciones en las que tú eres el responsable: problemas con la policía, sacerdotes que se meten en líos, ayudar a personas que están viviendo un momento muy delicado o enfrentarte a escenarios de violencia en los que tienes que tomar partido. Cuando pasa algo, todos miran al obispo. Sientes mucha responsabilidad, y muchas veces puedes pensar la decisión, sopesarla, consultarla con la almohada, evitando juicios precipitados para no hacer daño a nadie, pero en otros momentos tienes que apostar por uno y dejar a otro. A veces tienes que permitir que alguien vaya a la cárcel porque se lo merece. Habitualmente, tienes que comulgar con ruedas de molino. •

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    15 enero 2014 | 13:10

  2. Dice ser Frank

    sera el segundo Uganda desgraciadamente.

    24 enero 2014 | 00:28

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