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Venus puede tener miles de compañeros peligrosos (hablamos del planeta)

Estamos acostumbrados a imaginar el Sistema Solar como nos lo muestran los modelos, casi siempre fuera de escala: la gran bola amarilla y un puñado de ocho planetas (antes nueve) muy próximos entre sí en tamaño y distancia; y entre unos y otros, algo de hueco vacío y negro. Difícilmente se puede reunir en un espacio abarcable un modelo que respete la relación de distancias y tamaños para facilitarnos la comprensión del lugar que ocupamos en este barrio cósmico. Y por cierto, uno de los que sí lo hacen está en un lugar de visita muy recomendable: el radiotelescopio de Arecibo, en Puerto Rico, donde la senda que conduce hacia el gran plato esférico está jalonada con modelos de los planetas a escala.

Además, últimamente los descubrimientos más sonados sobre el universo nos hablan de lugares y fenómenos inconcebiblemente lejanos, como la reciente detección de las ondas gravitatorias del Big Bang. Podría parecer que el vecindario próximo ya es lo que en jerga viajera suele llamarse beaten track, camino trillado. Pero ni mucho menos. Continuamente se descubren nuevos objetos a la vuelta de la esquina espacial y algunos de ellos incluso se permiten el lujo de estallarnos en las barbas sin que hayamos llegado a detectarlos, como el bólido que explotó sobre la ciudad rusa de Chelyabinsk hace algo más de un año. El Sistema Solar está cuajado de millones de objetos aún no descritos, una profusa arenilla en comparación con la talla de los planetas, pero una arenilla que en muchos casos cae en la categoría llamada PHA, siglas en inglés de Asteroide Potencialmente Peligroso.

Gran parte de esta arenilla está reunida en dos cinturones de asteroides, el situado entre Marte y Júpiter y el llamado de Kuiper, más allá de Neptuno. Sin embargo, que nadie se imagine el campo de asteroides que debía sortear el Halcón Milenario en la trilogía Star Wars (la buena): “No son ni parecidos a los de las películas, ya que la densidad de objetos es baja, estando separados por millones de kilómetros en promedio. En general, si uno está situado en un asteroide, no puede ver otro cerca (excepto en los casos de binarios, triples…)”.

El autor de la aclaración es Carlos de la Fuente Marcos, astrónomo de la Universidad Complutense de Madrid. De la Fuente es coautor, junto a su hermano Raúl, de un estudio que se publicará próximamente en la revista Monthly Notices of the Royal Astronomical Society y en el que se describe la órbita de un asteroide llamado 2013 ND15, descubierto el pasado año por el telescopio Pan-STARRS 1 situado en la isla hawaiana de Maui. Este asteroide, que cae en la categoría de PHA, forma parte de una clase muy especial de objetos llamados troyanos.

Esquema de la órbita de un planeta (azul) alrededor del Sol (amarillo) con los puntos lagrangianos en rojo.

Esquema de la órbita de un planeta (azul) alrededor del Sol (amarillo) con los puntos lagrangianos en rojo.

Los troyanos son cuerpos que comparten órbita con un planeta o luna, con el que juegan al gato y al ratón. Nunca colisionan porque orbitan en torno a un punto llamado lagrangiano que está siempre situado a una distancia de 60 grados de circunferencia por delante o por detrás del planeta; digamos que están en porciones diferentes de la pizza. Esto no implica que sus órbitas coincidan; de hecho, pueden ser muy diferentes. Pero esta situación se puede mantener estable durante mucho tiempo, incluso miles de millones de años. El primer troyano se descubrió en la órbita de Júpiter a comienzos del siglo XX, y desde entonces se han identificado varios miles en aquel planeta. Según De la Fuente, hoy conocemos además nueve troyanos de Neptuno, uno de Urano, ocho de Marte e incluso uno de la Tierra, descubierto en 2010.

A los hermanos De la Fuente les llamó la atención el hecho de que 2013 ND15, cercano a Venus, tardara casi lo mismo que ese planeta en recorrer su órbita. “Nuestro estudio muestra que, con la información actualmente disponible sobre este objeto, se trata de un troyano. De hecho es el primer troyano de Venus reconocido como tal”, explica el astrónomo a Ciencias Mixtas. Sin embargo, a diferencia de otros troyanos, este ocupa una órbita inestable. “La mayoría de los Troyanos de Júpiter, Neptuno y Marte han permanecido como tales, siguiendo las mismas órbitas desde la formación del Sistema Solar, hace unos 4.500 millones de años. 2013 ND15 se convirtió en compañero de Venus hace unos 6.000 años”. Y ese estatus podría cambiar, lo que lo convierte en un PHA.

De la Fuente detalla cuáles son los procesos que pueden convertir a un pacífico asteroide en una bala perdida: “Un asteroide que sea estructuralmente débil puede fragmentarse. Hay un cierto número de mecanismos capaces, entre ellos rotación excesiva, impactos externos, fuerzas de marea, o cambios extremos de temperaturas. En nuestro artículo sugerimos que 2013 ND15 puede tratarse de uno de estos fragmentos”. Y al mismo tiempo, estos mecanismos pueden multiplicar la población de asteroides cercanos a la Tierra (los llamados NEO), con un cierto riesgo de una desafortunada carambola. De hecho, los hermanos De la Fuente estiman que Venus circula en compañía de una insospechada y nutrida escolta de acompañantes potencialmente peligrosos: “Nuestros cálculos estadísticos sugieren que la población de objetos coorbitales con Venus puede ser notable, con una decena de objetos con tamaño superior a unos 150 metros y varios miles de tamaño inferior”.

Esquema del Sistema Solar interior con el cinturón de asteroides entre Marte y Júpiter (en blanco), los troyanos de Júpiter (en verde) y otros asteroides.

Esquema del Sistema Solar interior con el cinturón de asteroides entre Marte y Júpiter (en blanco), los troyanos de Júpiter (en verde) y otros asteroides.

Por suerte, no parece que el riesgo sea inminente, al menos en lo que se refiere a 2013 ND15. Los astrónomos calculan que el asteroide permanecerá en su órbita actual durante algunos siglos más. En cuanto a la miríada de objetos que rondan el planeta Venus, De la Fuente tampoco cree que el cielo vaya a desplomarse sobre nuestras cabezas en un plazo breve: “Estos objetos llevan ahí miles de años y no parece que ninguno de ellos haya chocado con la Tierra en el pasado cercano”. “No obstante, sería interesante tener un censo razonablemente detallado de los mismos para evaluar su peligro potencial”, añade.

Y si llegara a ocurrir lo peor, ¿podríamos predecirlo? ¿Por qué no se hizo con el meteorito de Chelyabinsk? Por increíble que parezca en esta era de sofisticados instrumentos tecnológicos, la respuesta es de lo más simple: si estos objetos pasan de día, no se ven. “Muchos de estos objetos, cuando pasan cerca de la Tierra (que es cuando pueden ser descubiertos debido a su pequeño tamaño) lo hacen durante el día y por tanto no pueden ser observados por los telescopios nocturnos. El objeto de Chelyabinsk se movía en el cielo diurno y por eso no fue descubierto antes del impacto, a pesar de que era relativamente grande, de unos 20 metros”.

1 comentario

  1. Dice ser Stewart Cops

    Sin ir mas lejos, hasta donde llegara la cantidad de “basura espacial”, que se esta generando en nuestra orbita terrestre, consecuencia de satelites y estaciones abandonadas.
    Hay una buena pelicula (Gravity) que da un ejemplo del peligro existencial por los desechos espaciales o pequeños fragmentos de asteroides.

    25 marzo 2014 | 13:27

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