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Por qué la carabela portuguesa no es una medusa, y en qué se diferencian

Es comprensible que muchas personas confundan la carabela portuguesa, de actualidad estos días por su aparición en la costa mediterránea, con una medusa. Al primer vistazo ambas pueden tener un aspecto parecido, una parte superior globosa con tentáculos colgando.

Pero quien prefiera llamar a las cosas por su nombre (entre quienes, al menos, deberían contarse los medios de comunicación y las concejalas de Turismo del Ayuntamiento de Alicante) deberían evitar no solo referirse a la carabela portuguesa como “esta medusa”, sino también prescindir del “no es una verdadera medusa”; la carabela portuguesa está más lejos de ser una medusa que un tiburón de ser un humano, ya que los escualos y nosotros nos separamos en la línea evolutiva hace solo unos 470 millones de años, mientras que las medusas y los hidrozoos llevan siendo cosas distintas los últimos 580 millones de años.

Carabela portuguesa en una playa de Florida. Imagen de Volkan Yuksel / Wikipedia.

Carabela portuguesa en una playa de Florida. Imagen de Volkan Yuksel / Wikipedia.

La carabela portuguesa (Physalia physalis) es un hidrozoo, como las hidras de agua dulce. Dentro de los hidrozoos pertenece al grupo de los sifonóforos, del cual es el representante más conocido. Pero lo que más la diferencia de una medusa es que esta es un animal, mientras que la carabela portuguesa es en realidad una colonia de animales, una especie de colmena formada por muchos individuos (llamados zooides o pólipos) genéticamente idénticos, pero tan especializados en sus funciones que no pueden vivir separados.

Así, cada carabela tiene un sexo, macho o hembra. Los pólipos especializados en la reproducción, llamados gonozooides, sueltan al mar su esperma o sus óvulos cuando se reúnen muchos ejemplares, con la esperanza de que ambos tipos de células lleguen a encontrarse.

Este aparato reproductor primitivo es una de las cuatro partes de la carabela portuguesa. Otra de ellas es la más reconocible, el neumatóforo, ese globo de color azulado con forma de pizza calzone que flota sobre el agua y que está relleno de un gas cuyo componente mayoritario es monóxido de carbono, el mismo que provoca los envenenamientos por las calderas defectuosas o los tubos de escape. A diferencia de las medusas, la carabela portuguesa no se propulsa en el agua, sino que se limita a echar su vela al viento y dejarse llevar por las corrientes marinas. Pero en caso de amenaza, pueden desinflar el neumatóforo y sumergirse.

La carabela se alimenta a través de su tercera parte, los pólipos devoradores o gastrozooides. Su dieta es carnívora, formada por presas atrapadas y envenenadas por su parte más temible, los tentáculos de hasta 50 metros. Estos pólipos, llamados dactilozooides, son los que pican, y mucho. La picadura tiene fama de ser muy dolorosa, aunque en contra de lo que pueede leerse por ahí, casi nunca es letal: en las revistas médicas solo hay un caso descrito de muerte causada por una carabela portuguesa (en la prensa ha aparecido algún otro caso sin confirmar).

Detalle de una carabela portuguesa. Imagen de Taro Taylor / Flickr / CC.

Detalle de una carabela portuguesa. Imagen de Taro Taylor / Flickr / CC.

El mecanismo de la picadura es una diminuta maravilla. Los pólipos de los tentáculos tienen unas células llamadas nematocitos (o cnidocitos) que contienen una cápsula con un minúsculo arpón enrollado en su interior. En la parte exterior, la célula tiene una especie de pelo que actúa como gatillo. Cuando el roce o un estímulo químico activan el gatillo, el agua entra a presión en la célula, disparando el arpón que se clava en la presa para inyectar la toxina.

Mecanismo de acción de los cnidocitos o nematocitos. Imagen de Spaully / Wikipedia.

Mecanismo de acción de los cnidocitos o nematocitos. Imagen de Spaully / Wikipedia.

Este mecanismo es el motivo por el que siempre se recomienda tratar con extremo cuidado las picaduras: cuando lo que pica es un insecto, el daño ya está hecho. Pero los fragmentos de los tentáculos de una carabela o de una medusa se quedan adheridos al cuerpo, y un manejo inadecuado en el momento de los primeros auxilios puede hacer que salten los nematocitos que aún no lo han hecho, empeorando la situación. Este es también el motivo de que nunca deban recogerse ejemplares muertos de las playas: no están realmente muertos.

Un nematocito disparado, observado con microscopio electrónico. Imagen de Wikipedia.

Un nematocito disparado, observado con microscopio electrónico. Imagen de Wikipedia.

¿Y cuál es el tratamiento adecuado? ¿Orina? ¿Vinagre? ¿Zumo de limón? ¿Alcohol? ¿Bicarbonato? ¿Espuma de afeitar? ¿Agua dulce? ¿Agua salada? Tradicionalmente se aconseja evitar el agua dulce y lavar la herida con agua de mar. Sin embargo, el año pasado investigadores de Irlanda y Hawái comprobaron que el aclarado con agua salada no ayuda, ya que extiende los nematocitos. Los resultados de aquel estudio indican que la mejor opción es aclarar la herida con vinagre para eliminar los restos de tentáculos y después sumergir la herida en agua caliente (salada) a 45 ºC durante 45 minutos, o aplicar una bolsa de agua caliente.

Según un estudio del Instituto de Ciencias Marinas de Andalucía, parece que las recurrentes apariciones de estos multianimalitos en las playas del Mediterráneo no son el aviso de una invasión en toda regla, sino que posiblemente se trata de fenómenos aislados debidos a la coincidencia de ciertas circunstancias meteorológicas y oceanográficas durante el invierno. Por suerte aún estamos lejos del escalofriante espectáculo que muestra este vídeo, grabado en Australia el pasado noviembre.

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