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Una evaluación nutricional con príncipe y pajarillo

por Trish Newport (enfermera de Médicos Sin Fronteras en Chad)*

Algunos días, siento que realmente estamos teniendo un impacto. Otros, me cuesta asimilar nuestras limitaciones y los cambios que no hacemos o no podemos hacer. Y la mayor parte de los días, paso de una sensación a otra a la velocidad del rayo. Y una vez me ocurrió que una de estas sensaciones se formó estando sentada, como la realeza, sobre un colchón de satén rosa con volantes.

Si bien la situación de seguridad alimentaria en Chad nunca es sobresaliente, este año es especialmente preocupante. El año pasado trajo malas cosechas y los cultivos que sí prosperaron fueron diezmados por una variedad de plagas. En esta región del mundo, en la que la desnutrición, la meningitis y el cólera cuentan cada uno con su propia estación, las malas cosechas no hacen sino aumentar la complejidad de los problemas que se pueden presentar.

Antes de cualquier intervención, debemos hacer una evaluación nutricional. Si os parece, os cuento cómo funcionan en un lugar como este y cómo llegué al colchón del que os hablaba al principio.

Llevar a cabo una evaluación nutricional no implica tan solo llegar a un pueblo y hacer un cribado de los niños. No solo hay que notificarlo a los jefes de los poblados, y que ellos nos autoricen a examinar a los niños: el territorio de Chad es inmenso así que, si no cuentas con un guía adecuado, es bastante fácil extraviarse durante horas en el desierto.

En una de las regiones en las que pretendíamos hacer el cribado el pasado mes de mayo, fue el Jefe de Cantón (un responsable de distrito) quien nos hizo de guía. Aunque se trate teóricamente de un puesto administrativo, culturalmente los jefes de cantón son vistos como miembros de la realeza, especialmente en las zonas más remotas.

El Jefe de Cantón de Affrouk, nuestro guía, era un hombre joven de 37 años y aspecto principesco, especialmente con sus bellísimos e impresionantemente blancos bubú**, túnica y turbante. Los asesores nutricionales a los que acompañaba me informaron de la costumbre de que el Jefe se sitúe en el asiento delantero de los vehículos, acompañado solamente por el conductor, ya que nadie querría jamás causarle incomodidad.

Al ver lo absurdo de que nueve personas se hacinaran en la parte trasera del todoterreno a 45 grados de temperatura, junto a todos los materiales que debíamos acarrear para pasar una semana en el desierto, el principesco jefe insistió en que me sentara delante con él. El equipo trató de disuadirle, pero finalmente (y con bastante alegría por mi parte) me pasé a los asientos delanteros.

Condujimos durante horas a través del desierto en busca de poblados seleccionados al azar para su inclusión en el estudio nutricional. A veces pasaba más de una hora sin que viéramos rastro alguno de vida humana, ni huellas de vehículos, ni pueblos, ni siquiera ganado. En las tres aldeas en las que nos detuvimos a realizar el cribado, nos trataron como a auténticos reyes. En uno de ellos, el jefe del poblado había preparado su choza para la ceremonia de bienvenida.

Para que nos sentáramos, tanto a mi principesca contraparte como a mí nos facilitaron nuestro propio colchón rosa con volantes forrado en raso. Sentada frente al Jefe del Cantón, me sentí como una princesa de derribo, ataviada con ropas que no lograban ocultar mi sempiterna incapacidad de mantenerme limpia durante más de dos minutos al día (especialmente en el desierto, donde las tormentas de arena son una forma de vida).

Después de que nos sirvieran numerosas rondas de té, uno de los evaluadores nutricionales nos presentó a un padre que llevaba en brazos a una niña diminuta, una bebé de 4 semanas que llevaba una semana enferma con diarreas y que a esas alturas parecía un pajarillo esquelético. El padre se sentó al borde del colchón rosa y lloró mientras yo le hacía preguntas acerca de la enfermedad de la niña. En francés fluido, me explicó cómo, unos días atrás, había caminado cuatro horas con la bebé en brazos para que la atendieran en el centro de salud más próximo; se lo encontró cerrado y tuvo que volverse.

Una vez terminada la evaluación nutricional en el pueblo, subimos a la bebé y a su madre al coche y emprendimos el larguísimo camino de vuelta al hospital de MSF. Esa noche, y cada una las seis noches siguientes, el padre de la bebé me llamó para preguntar por su familia. Con el tratamiento, la diminuta bebé pasó a ser una bebé pequeña, y finalmente volvió a ser una bebé lo suficientemente grande y sana como para poder regresar a casa. Agradecí las llamadas del padre, ya que hicieron que una de las razones por las que estamos aquí cobrara vida. Me dio un poco de pena que aquellas conversaciones terminaran.

Pero a la noche siguiente, el padre volvió a telefonear: llamaba para decirme que su hija y si mujer habían llegado a casa sanas y salvas. Y rompió a llorar de nuevo.

 

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* Trish Newport, de nacionalidad canadiense, es enfermera. Esta es su quinta misión con MSF.

** El bubú (‘boubou’ en francés) es una prenda típicamente africana similar a una camisa larga y ancha.

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Foto 1: Paisaje en el centro de Chad, en abril de 2012 (© Andrea Bussotti/MSF).

Foto 2: Evaluación nutricional en la aldea de Sinetaye, Chad, en abril de 2012 (© Andrea Bussotti/MSF).

Foto 3: Unidad de tratamiento intensivo para niños con desnutrición aguda severa en el hospital de MSF en Massakoty, Chad, en abril de 2012 (© Natacha Buhler).

Estaciones

por Trish Newport (Chad, Médicos Sin Fronteras)*

El cambio de estación afecta a la vida de las personas de manera diferente en distintos lugares del mundo. Durante la mayor parte de mi vida, el cambio de estación me había provocado una sensación de expectación emocionada con respecto a lo que pudiese traer la nueva temporada.

Aquí, en Chad, las estaciones se pueden dividir según el clima, o según la epidemia. Están la estación de la meningitis, la del cólera y la de la desnutrición, y todas ellas se solapan en algún momento. En abril, tuvimos la estación de la meningitis y se iba acercando lentamente la temporada alta de la desnutrición. Nos rodeaban las señales del cambio de estación, pero en este caso no era algo que me emocionara.

El número de personas en el programa de desnutrición de Massakory iba creciendo paulatinamente cada semana. Y no solo crecía el número de admisiones, sino que estaba cambiando el tipo de admisión. Empezamos a ver un número creciente de niños que retornaban al programa. Podemos curar la desnutrición de un niño, pero no somos capaces de curar de este problema al país. Al salir del programa, los niños regresan a los mismos problemas que originaron su desnutrición.

Así fue como conocí a Abdoulaye, de 22 meses, y a su madre. Abdoulaye estuvo en el programa de desnutrición en verano de 2011. Se curó en septiembre, pero en enero enfermó de diarrea. Él y su familia viven a dos horas y media caminando del centro de salud más próximo. Su madre no le había podido traer al centro de salud porque, ella sola, tenía que atender el campo para asegurar que la familia tuviese algo que comer.

Poco a poco, la salud de Abdoulaye empeoró hasta que volvió a estar desnutrido. En febrero reingresó en el programa de nutrición ambulatoria. A las pocas semanas había recuperado un peso adecuado y, una vez más, le consideramos ‘curado’. Cuando se lo dijimos a la madre de Abdoulaye, se enfadó. “¿Y ahora qué? ¿Esperar a que vuelva a estar desnutrido?”, nos contestó.

En Massakory estamos llevando a cabo una investigación sobre un alimento suplementario que sirve para prevenir la desnutrición en niños de entre 6 y 24 meses de edad. Vamos a distribuirlo en los pueblos de la región en la que vive Abdoulaye, entregándoselo a cada uno de los niños que cumplan los criterios de edad. Sus madres reciben cuatro tarros de este alimento cada mes: deben dar a sus hijos tres cucharadas tres veces al día. Se lo expliqué a la madre de Abdoulaye, pero no se calmaba. “Y cuando se acabe la distribución, cuando hayáis terminado de estudiarnos, ¿qué hacemos entonces? ¿Esperar a que nuestros hijos enfermen y vuelvan a estar desnutridos?’”. No supe qué responder. ¿Cuál es la respuesta?

La discusión me retrotrajo a Yibuti, a la primera vez que me encontré con algunas madres de las que sospechábamos estaban limitando la ingesta de alimentos de sus hijos para poder acceder a la atención médica gratuita ya que de otra forma no podían ver a un médico. Me recordó a algunas madres desesperadas en Níger que parecían mantener constantemente desnutrido a uno de sus hijos para poder recibir una ración semanal de alimentación terapéutica con la que poder alimentar al resto. Me recordó también a las madres del Congo, que debían decidir entre ir a recoger las cosechas de sus campos, donde las violarían, o quedarse en casa, no ser violadas y ver cómo sus familias pasaban hambre.

Las causas de la desnutrición son complejas, como lo es también su tratamiento. No lo es clínicamente, pero social, política y económicamente sí que es tremendamente problemático. Ni la alimentación terapéutica ni todos los demás productos similares son la solución a largo plazo.

Cuando se marchaba del centro con su última ración semanal, la madre de Abdoulaye miró hacia atrás y, con cínico realismo, se despidió con un “nos vemos dentro de unos meses”.

 Me recordó al final del campamento de verano cuando era joven. El fin de la temporada de acampada nos arrancaba lágrimas a todos, con la esperanza compartida de volvernos todos a ver al verano siguiente. La temporada alta de la desnutrición ha comenzado, pero ya sé que, para cuando asome su final, se habrán derramado muchas lágrimas, y pondré cada gramo de optimismo en la esperanza de que no tengamos que volver a ver en el centro de nutrición a los mismos niños que hemos tratado este año. Dicen que es lo último que se pierde, pero incluso la esperanza tiene sus límites.

* Trish Newport, de nacionalidad canadiense, es enfermera. Esta es su quinta misión con MSF.

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Foto 1: Una madre alimenta a su hijo con alimento terapéutico preparado (RUTF por sus siglas en inglés) en el centro ambulatorio de MSF en Karal, oeste del Chad (© Simon Petite/MSF, febrero de 2012).

Foto 2: Mujeres saliendo del centro de distribución de alimento terapéutico en Kitchimarom, oeste de Chad (© Simon Petite/MSF, febrero de 2012)