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Bichos gigantes africanos, mascotas exóticas (I)

Aunque no seamos plenamente conscientes de ello, la posesión de animales de compañía es un signo de país rico. Aquellos a quienes les ha tocado en la rifa nacer en una nación pobre o en conflicto (y de paso, pensemos un poco en cómo los nacionalismos, entendidos en sus diversos modelos y motivaciones, alimentan la crueldad de este juego de azar) ya tienen suficiente con asegurar la supervivencia y manutención de ellos mismos y de los suyos, por lo que un animal de compañía suele ser un lujo impensable.

Donde no se tienen animales, no se abandonan animales. Los refugios, incluso las perreras donde se sacrifica a algunos de sus huéspedes, son también un signo de país rico. En esas naciones pobres o en conflicto, los pocos animales abandonados o nacidos en la calle sobreviven entre el caos husmeando en la basura.

En una ocasión descubrí una jauría de perros cimarrones en el Parque Nacional de Hell’s Gate, en Kenya. Además de que la imagen de aquellos animales famélicos y mal encarados era tan desoladora como escalofriante (sobre todo si coincide con el momento en que uno se queda atascado en un banco de arena), es de suponer que no llegarían a vivir mucho más; me arriesgaría a afirmar que morirían a tiros, sacrificados por los rangers del parque al representar una amenaza para la fauna salvaje. Cualquier otro destino para ellos era muy improbable en sus desafortunadas circunstancias.

Lo normal y lo extraordinario son conceptos diferentes en países como los suyos y países como el nuestro. A los kenianos les resulta insólito y hasta cómico que algunos de los animales de su fauna salvaje, y que en ocasiones para ellos son plagas indeseables, se vendan en internet como mascotas para los ciudadanos de los países desarrollados. Traigo aquí a dos de ellos, dos animalitos curiosos que se adoptan como mascotas por parte de quienes aprecian más el interés zoológico que la calidez de la compañía. Y el interés zoológico, desde luego, lo tienen.

Caracol gigante africano 'Achatina fulica'. Imagen de Javier Yanes.

Caracol gigante africano ‘Achatina fulica’. Imagen de Javier Yanes.

El primer animal es el caracol gigante africano. Aunque existen distintas especies en diferentes lugares del continente, el keniano responde al nombre de Achatina fulica. Los datos publicados por ahí dicen que mide hasta 20 centímetros o más. En la imagen puede apreciarse el tamaño de un ejemplar hallado en la costa keniana. Su aspecto ya es asombroso, pero aún más lo son algunas de sus costumbres. Como muchos otros caracoles, se alimenta de materia vegetal, pero para mantener el crecimiento de su enorme concha devora fuentes de calcio que pueden incluir huesos de cadáveres o incluso hormigón (el cemento es básicamente calcio, aluminio y silicio).

El caracol gigante africano prefiere temperaturas altas y es de costumbres nocturnas; durante el día permanece enterrado, ya que la exposición al sol puede matarlo. Es nativo de Kenya y Tanzania, pero se ha extendido por la cintura tropical y subtropical del planeta por obra y gracia del ser humano, ya sea de forma involuntaria o deliberada. Actualmente se encuentra incluso en las islas del Pacífico, donde en algunos casos se introdujo como alimento para los militares estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN) lo incluye en su lista de las 100 peores especies invasoras del planeta.

Como especie invasora, los caracoles lo tienen fácil, ya que son hermafroditas. Aunque no suelen fecundarse a sí mismos, cualquier encuentro casual entre dos ejemplares puede acabar en boda. Y a lo largo de sus cinco años de vida pueden poner hasta 1.000 huevos.

Los problemas que causa este inocente gigante son numerosos. Debido a su gran tamaño, es un azote para las cosechas, pero además puede contagiar enfermedades a las plantas, animales e incluso al ser humano. Si se topan con él, sepan que es una mala idea tocar los ejemplares salvajes, ya que pueden transmitir parásitos peligrosos de piel a piel. Entre ellos figura el nematodo Angiostrongylus cantonensis, conocido también por el poco agradable nombre de gusano de pulmón de rata, por anidar en las arterias pulmonares de los roedores. En los humanos, hospedadores accidentales, este gusanito provoca una seria meningitis.

En 2010 se detectó en Venezuela que las heces y secreciones de estos caracoles contenían huevos de Schistosoma mansoni, la mayor plaga parasitaria de la humanidad después de la malaria. La esquistosomiasis, también llamada bilharziasis, afecta a cientos de millones de personas en todo el mundo, y es la principal razón por la que se recomienda encarecidamente a los viajeros en regiones tropicales que no se bañen en aguas dulces cuya seguridad no haya sido verificada (y que no pisen barro con los pies desnudos). El esquistosoma, un gusano platelminto, vive en diversas especies de caracoles acuáticos y terrestres, y puede infectar a los humanos penetrando a través de la piel, causando una devastadora enfermedad crónica que puede llegar a ser mortal.

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